Sermón 129 - Tesoro celestial en vasos de barro
2 Corintios 4.7
Tenemos este tesoro en vasos de barro.
1. ¿Por cuánto tiempo fue el ser humano un enigma para
sí mismo? ¿Por cuántos siglos los más sabios fueron totalmente
incapaces de revelar el misterio, de reconciliar las extrañas
contradicciones humanas, la maravillosa mezcla de bien y mal,
de grandeza y pequeñez, de nobleza y esterilidad? Cuanto más
profundamente consideraban estas cosas, tanto más se
enredaban en ellas. Cuanto más esfuerzo ponían con el fin de
clarificar el problema, tanto más se aturdían en vanas e inciertas
conjeturas.
2. Pero lo que toda la sabiduría humana era incapaz de
hacer, lo hizo en su debido tiempo la sabiduría de Dios.
Cuando le plugo a Dios dar cuenta del origen de las cosas y en
particular del ser humano, se despejaron todas las tinieblas y
brilló una clara luz. Dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra
imagen.1 Y fue hecho. A imagen de Dios fue hecho. Por eso
estamos en condiciones de dar una explicación clara y
satisfactoria de la grandeza, la excelencia y la dignidad del ser
humano. Pero la honra del hombre2 no perduró, porque se
rebeló contra su Señor soberano. De esa manera perdió
totalmente, no sólo el favor sino la imagen de Dios. Y en Adán
todos mueren.3 Porque Adán, caído, engendró un hijo a su
1 Gn. 1.26.
2 Sal. 49.12.
3 1 Co. 15.22.
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semejanza.4 De ello aprendemos a dar una explicación clara e
inteligible de la pequeñez y la bajeza humanas. Se hundió por
debajo de los animales que perecen. La naturaleza humana es
ahora, no solamente sensual sino diabólica.5 Hay en todo ser
humano que viene a este mundo (lo que no ocurre en ninguna
parte de la creación no humana; ¡ninguna bestia ha caído tan
bajo!) una mente carnal, que es enemistad, directamente
enemistad contra Dios.6
3. Desde este punto de vista, considerando la creación y
la caída del ser humano, todas las contradicciones de su
naturaleza se entienden fácil y plenamente. La grandeza y la
pequeñez, la dignidad y la bajeza, la felicidad y la miseria de su
condición presente ya no son un misterio, sino la clara
consecuencia de su condición original y de su rebelión contra
Dios. Ésta es la llave que abre todo el misterio, que hace
desaparecer todas las dificultades al mostrarnos cómo hizo Dios
al ser humano al comienzo y lo que éste hizo de sí mismo. Es
cierto que puede recuperar una medida considerable de la
imagen de Dios en la que fue creado. Aun así, por más que
recupere, aún tenemos este tesoro en vasos de barro.
A fin de tener a este respecto una clara concepción pode-
mos inquirir, en primer lugar, cuál es el tesoro que ahora tene-
mos; y en segundo lugar, cómo tenemos este tesoro en vasos de
barro.
I.1. Averigüemos, pues, primeramente, cuál es el
tesoro que tenemos los creyentes cristianos. "Los creyentes",
digo, porque es de ellos que habla el apóstol en este pasaje.
Parte de ese tesoro lo comparten los creyentes con otros seres
humanos, en los restos de la imagen de Dios. ¿Incluiremos
4 Gn. 5.3.
5 Stg. 3.15.
6 Ro. 8.7.
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aquí, en primer lugar, un principio inmaterial, una naturaleza
espiritual, dotada de entendimiento y afectos y de una medida
de libertad, de poder de movimiento y gobierno propio (de otro
modo seríamos meras máquinas, troncos y piedras)? ¿E
incluiremos también, en segundo lugar, todo lo que vulgarmente
se llama conciencia natural, un guardián interno que excusa y
acusa, lo que implica algún discernimiento de la diferencia entre
el bien y el mal moral, aprobando al uno y repudiando al otro?
Ciertamente, sea natural o sobreañadida por la gracia de Dios,
se la halla, al menos en alguna pequeña medida, en todo ser que
viene a este mundo. Algo de esto se halla en cualquier corazón
humano, pasando sentencia sobre lo bueno y lo malo, no sólo
en todos los cristianos sino en todos los mahometanos, en todos
los paganos, incluso en el más inculto de los salvajes.
2. ¿No podemos creer que todos los cristianos, aun los
que sólo lo son nominalmente, sienten a veces algún deseo de
agradar a Dios? ¿Y también alguna claridad acerca de lo que
realmente le agrada y cierta convicción cuando toman concien-
cia de desagradarle? Estos tesoros los tienen todos los seres
humanos, más o menos, aun cuando todavía no conocen a Dios.
3. Pero ni es de éstos de quienes habla aquí el apóstol,
ni son éstos los tesoros a los que se refiere. Las personas de las
que habla son los que han nacido de Dios, los que justificados
por la fe,7 tienen ahora redención por su sangre, el perdón de
los pecados,8 los que gozan de la paz del Señor, que sobrepasa
todo entendimiento,9 aquellos cuya alma engrandece al
Señor10 y se regocijan en él con gozo inefable y glorioso,11 que
sienten el amor de Dios derramado en sus corazones por el
7 Ro. 5.1.
8 Col. 1.14.
9 Fil. 4.7.
10 Lc. 1.46.
11 1 P. 1.8.
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Espíritu Santo que les es dado.12 Éste es el tesoro que han
recibido, una fe en el poder de Dios,13 una paz que los eleva por
sobre el temor a la muerte, que les permite contentarse con
todo,14 una esperanza llena de inmortalidad,15 por la cual ya
gustan...de los poderes del siglo venidero,16 el amor de Dios
derramado en sus corazones junto al amor hacia todos los seres
humanos y una renovación a la perfecta imagen de Dios, en toda
justicia y verdadera santidad. Éste es, propia y directamente, el
tesoro del que habla aquí el apóstol.
II.1. Este tesoro, inestimable como es, lo tenemos en
vasos de barro. La expresión es exquisitamente exacta, pues
denota a la vez la fragilidad de los vasos y lo ordinario de la
materia de que están hechos. Significa literalmente lo que
llamamos arcilla —loza, porcelana, etc.—. ¡Qué débil, cómo se
hace trizas fácilmente! Tal como ocurre con un cristiano
santificado. Tenemos el tesoro celestial en cuerpos terrenales,
mortales, corruptibles. Polvo eres, dice el justo Juez a su
rebelde criatura, hasta entonces incorruptible e inmortal, y al
polvo volverás.17 ¡Con cuánta delicadeza (pero con que
combinación de luz y sombra) se refiere a este cambio el poeta
pagano!: Post ignem aetheria domo subduxerat —luego que hubo
robado de los cielos el fuego (¡qué símbolo del conocimiento
oculto!) sobrevinieron magna et nova febrium, etc.18— ese
desconocido ejército de tuberculosis, fiebres, enfermedades,
dolencias de todo tipo que acampó sobre la tierra, a la que hasta
entonces tan poco hubieran podido entrar como escalar los
12 Ro. 5.5.
13 Cf. Col. 2.12.
14 Fil. 4.11.
15 Sab. 3.4.
16 He. 6.5.
17 Gn. 3.19.
18 Horacio, Odas, I.iii.29-31.
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cielos. Y todas ellas tendían a introducir y preparar el camino al
postrer enemigo, la muerte.19 Al menos desde que se pronunció
la terrible sentencia, si no desde el momento en que nuestros
primeros padres completaron su rebelión comiendo del fruto
prohibido, el cuerpo recibió en sí mismo la sentencia de muerte.
¿No podríamos probablemente conjeturar que había en este
fruto alguna cualidad natural oculta que sembró la simiente de
muerte en el cuerpo humano, hasta entonces incorruptible e
inmortal? Sea como fuere, lo cierto es que desde ese momento
un cuerpo corruptible hizo pesada el alma.20 ¿Y qué tiene de
extraño, visto que el alma, durante su unión vital con el cuerpo,
no puede ejercer ninguna de sus acciones sino por medio de su
unión con el cuerpo, con sus órganos corporales. Pero todos
éstos quedaron más envilecidos y dañados por la caída de lo que
podamos concebir. Y el cerebro, del que más directamente
depende el alma, no sufrió menos que los demás órganos.
Consiguientemente, si se desordenan estos instrumentos, por
medio de los cuales opera el alma, ésta quedará inevitablemente
impedida en su operación. Por más hábil que sea un músico,
sólo podrá producir una pobre música si su instrumento está
desafinado. De un cerebro desordenado (como, más o menos, es
el de todo ser humano) necesariamente surgirá confusión en el
entendimiento, que se mostrará en mil formas: falsos juicios y
como consecuencia falsas deducciones. Y de ello, por más
cuidado que pongamos, resultarán innumerables errores. Pero,
frecuentemente, los errores en el juicio ocasionarán errores en
la práctica: naturalmente producirán unas veces hablar mal y
otras obrar mal. Más aún, no sólo pueden causar palabras y
acciones malas sino actitudes malas. Si considero a alguien
mejor de lo que realmente es, como consecuencia lo amaré más
19 Véase 1 Co. 15.26.
20 Sab. 9.15.
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de lo que merece. Si a otro lo juzgo peor de lo que
verdaderamente es, en consecuencia lo amaré menos de lo que
merece. En ambos casos son actitudes equivocadas. Y sin
embargo, puede ser que no esté en mi poder evitar lo uno o lo
otro.
2. Éstas son las consecuencias inevitables de tener estos
tesoros en vasos de barro. No sólo la muerte y sus precursoras,
la enfermedad, la debilidad, la aflicción y mil dolencias, sino
también el error en diez mil formas estará siempre acechán-
donos. ¡Tal es la condición presente de la humanidad! ¡Esta es
la condición de los más sabios entre los humanos! ¿Qué es el
hombre para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre
para que lo visites?21
3. Algo de esta gran verdad, que un cuerpo corruptible
hace pesada el alma, se expresa vigorosamente en estas celebra-
das líneas del antiguo poeta. Dice, hablando de las almas:
Igneus est ollis vigor et coelestis origo
Seminibus, quantum non noxia corpora tardant
Terrenique hebetant artus moribundaque membra22
Estas semillas de fuego celestial
Con innata fuerza tenderían hacia su origen
Si sus miembros terrenales no obstruyeran su vuelo,
Y detuvieran su ascenso hacia los planos de la luz.
4. Pero suponiendo que un Creador omnisciente
hubiese querido, a causa del pecado humano, permitir que las
almas en general fuesen aplastadas por el peso de sus cuerpos
corruptibles, ¿por qué permite que el excelente tesoro que él ha
confiado a sus propios hijos siga alojado en esos pobre vasos
de barro? ¿No es una pregunta que se le ocurriría a cualquier
mente reflexiva? Tal vez así fuera, y por lo tanto el apóstol nos
21 Sal. 8.4.
22 Virgilio, Eneida, vi.730-32.
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ofrece inmediatamente una conclusiva respuesta: Dios ha hecho
esto para que la excelencia del poder sea de Dios, y no de
nosotros,23 para que sea totalmente evidente a quién pertenece
este excelente poder, para que ninguna carne pueda jactarse en
su presencia, para que todos los que han recibido este tesoro
exclamen continuamente: No a nosotros, oh Jehová, no a
nosotros, sino a tu nombre da gloria, por tu misericordia, por
tu verdad.24
5. Sin duda fue éste el principal designio de Dios en esta
maravillosa dispensación, para tornar humilde al humano, para
hacerlo y mantenerlo pequeño y pobre, vil y despreciable a sus
propios ojos. Y por más que suframos por ello, somos bien
recompensados si sirve para apartar del varón la soberbia,25
para hacernos humillar hasta el polvo, precisamente cuando más
peligro corremos de envanecernos por los excelentes dones de
Dios.
6. Es más: si sufrimos por la mezquina habitación del
espíritu inmortal; si, además, el dolor, la enfermedad y
numerosas otras aflicciones, a los que de otra manera no
hubiéramos estado expuestos, nos asaltan por todos lados y al
fin nos hunden en el polvo de la muerte,26 ¿quién pierde por
ello? ¿Perder? De ninguna manera, antes, en todas estas cosas
somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó.27
Vengan, pues, enfermedad, debilidad, dolor, aflicciones (en el
lenguaje humano). ¿No seremos más bien ganadores?
¡Ganadores por siempre y siempre!, puesto que esta leve
23 2 Co. 4.7.
24 Sal. 115.1.
25 Job 33.17.
26 Sal. 22.15.
27 Ro. 8.37.
3 24 Sermón 129
tribulación momentánea produce en nosotros un cada vez más
excelente y eterno peso de gloria.28
7. ¿No nos enseña eficazmente la conciencia de nuestra
presente debilidad dónde reside nuestra fuerza? ¡Cómo nos
declara a voz en cuello, confiad en Jehová perpetuamente,
porque en Jehová el Señor está la fortaleza de los siglos!29
¡Confíen en el que sufrió mil veces más de lo que ustedes podrán
jamás sufrir! ¿No tiene él todo poder en los cielos y en la tierra?
Entonces, aunque
¡El tesoro celestial ahora llevamos
en una vil habitación de barro!
Aun así él nos salvará plenamente,
y nos guardará para aquel día.30
Potto, 17 de junio de 1790.
28 2 Co. 4.17.
29 Is. 26.4.
30 Cf. Juan y Carlos Wesley, Hymns for Those that Seek... (1747), p. 69.