Sermón 126 - La necedad del mundo
Lucas 12.20
Pero Dios le dijo: ¡Necio!
[I.] 1. Sin embargo, cualquiera de estos necios es en su
propia opinión más sabio que siete que sepan aconsejar.1 Si
fuese posible para un cristiano, es decir, una persona que
comparte el mismo sentir que hubo también en Cristo Jesús,2
despreciar a otras personas, de corazón despreciaría a aquellos
que creen que ellos son el pueblo, y que ¡con ellos morirá la
sabiduría!3 En los versículos anteriores al texto que nos ocupa,
encontrarán una descripción de la vida de uno de estos
personajes: La heredad de un hombre rico (comenzó
explicando nuestro Señor) había producido mucho. Y él
pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré, porque no tengo
dónde guardar mis frutos? Y dijo: Esto haré: derribaré mis
graneros, y los edificaré mayores, y allí guardaré todos mis
frutos y mis bienes. Y diré a mi alma: Alma, muchos bienes
tienes guardados para muchos años; repósate, come, bebe,
regocíjate. Pero Dios le dijo: ¡Necio!4
2. Me propongo, con la ayuda de Dios, en primer lugar,
presentar y explicar este versículo, breve pero pleno de
sentido, y luego encontrar su aplicación para su conciencia.
Comencemos por la presentación y explicación. Poco antes,
nuestro Señor había hecho una seria advertencia a alguien que
1 Pr. 26.16.
2 Fil. 2.5.
3 Job 12.2.
4 Lc. 12.16-20.
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3 08 Sermón 126
le había hablado acerca de partir su herencia. «Guardaos de
toda avaricia; porque la vida del hombre», es decir, la
verdadera felicidad, «no consiste en la abundancia de los
bienes que posee».5 Para probar e ilustrar esta gran verdad,
nuestro Señor relata esta notable historia. Probablemente se
tratara de un hecho ocurrido tiempo atrás, que estaba fresco en
la memoria de algunos de los presentes. La heredad de un
hombre rico había producido mucho. En la antigüedad, la
riqueza provenía fundamentalmente de lo que producía la
tierra. Y él pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré?
Palabras propias de quien se siente afligido y necesita ayuda. Es
la voz de alguien que sufre y gime bajo el peso de su carga.
Preguntas qué harás. ¿Acaso no ves a los que están a la puerta
de tu casa, personas que Dios puso allí para que reciban todo lo
que tú puedas darles? ¿Qué harás? Pues, reparte tus bienes y da
a los pobres. Alimenta al hambriento. Cubre al desnudo. Sé
padre del huérfano y esposo de la viuda. De gracia recibisteis,
dad de gracia.6 Pero ¡no! Él sabe qué hacer, puede hacer algo
mucho mejor. Y dijo: Esto haré, sin consultar a Dios, sin
pensar siquiera en él, como si no hubiera Dios ni en la tierra ni
en el cielo, derribaré mis graneros, y los edificaré mayores, y
allí guardaré todos mis frutos y mis bienes. ¡Mis frutos! ¡Esos
frutos son tan tuyos como las nubes que flotan sobre tu cabeza!
¡Tan tuyos como el viento que sopla a tu alrededor y que,
seguramente, no puedes aprisionar en tus puños! Y diré a mi
alma: Alma, muchos bienes tienes guardados para muchos
años. «Alma, ¡tienes muchos bienes!» ¿De modo que tú
consideras que el trigo, y el vino, y el aceite son los bienes de
un espíritu inmortal? Guardados para muchos años. ¿Quién te
dijo tal cosa? No le creas; es mentiroso desde el principio.7 Él
5 Lc. 12.13, 15.
6 Mt. 10.8.
7 Véase Jn. 8.44.
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no podría prolongar tu vida aunque quisiera. Sólo Dios puede
dar vida y quitarla. Él no te daría vida, aun cuando pudiera
hacerlo, sino que te arrastraría hacia su triste morada. Alma,
repósate, come, bebe, regocíjate! ¡Cuánta insensatez, cuánta
locura en cada palabra de este fantástico soliloquio! «¡Come!
¡Bebe!» ¿Acaso tu espíritu necesita comer y beber? Sí, pero ¡no
necesita comida terrenal! Muy pronto comerás llamas ardientes,
y beberás del lago de fuego que arde con azufre.8 ¿Qué harás
entonces? ¿Beberás y te regocijarás? De ninguna manera, no
habrá regocijo en esa horrenda oscuridad. No se escuchará
música en esas cavernas sino el lloro y los lamentos y el crujir
de dientes.9
3. Y mientras él celebraba su propia sabiduría, Dios le
dijo: Necio, esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has
provisto, ¿de quién será?
4. Analicemos sus palabras con mayor detenimiento. Él
pensaba dentro de sí, diciendo: ¿Qué haré? La respuesta a esta
pregunta ya existía: Haz el bien. Haz todo el bien posible. Tu
abundancia debe servir para suplir las necesidades de tu
prójimo, así nunca necesitarás preguntarte qué tienes que hacer.
¿No conoces personas que carecen de las cosas más necesarias,
personas que sufren hambre y frío? ¿No conoces personas que
carecen de ropa para cubrirse y que no tienen un lugar donde
reclinar su cabeza? ¿No conoces gente debilitada y agotada por
la enfermedad? ¿No conoces gente que agoniza en prisión? Si
hubieran comprendido debidamente aquellas palabras de
nuestro Señor: «Siempre tendréis pobres con vosotros»,10 no
preguntarían «¿Qué debo hacer?»
5. ¡Qué enorme diferencia con el propósito de aquel
pobre tonto! «Derribaré mis graneros, y los edificaré
8 Véase Ap. 19.20.
9 Véase Mt. 8.12; 13.42.
10 Mt. 26.11; Mr. 14.7; Jn. 12.8.
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mayores, y allí guardaré todos mis bienes».11 Pues daría lo
mismo que los enterrases en la tierra o los arrojases al mar. Esto
no haría ninguna diferencia en términos del fin para el cual Dios
los confió en tus manos.
6. Pero sigamos adelante en el análisis de la
determinación que tomó este hombre. Diré a mi alma: Alma,
muchos bienes tienes guardados para muchos años; repósate,
come, bebe, regocíjate.12 ¿Dices que éstos son los bienes de un
espíritu eterno? Alimentar tu alma con frutos terrenales sería
como tratar de que tu cuerpo se alimente de la brisa. Excelente
consejo para el espíritu, «comer y beber» —un espíritu hecho
semejante a los ángeles, imagen incorruptible del Dios de gloria;
un espíritu que no se alimenta de cosas corruptibles sino del
árbol de la vida, el cual está en medio del paraíso de Dios—.13
7. No nos sorprende, por tanto, que Dios le haya dicho:
«¡Necio!» Tenía muchas razones, pero la más poderosa era esta:
¡Esta noche vienen a pedirte tu alma!
¿Has nacido tan sólo para morir,
para que tu cuerpo puedan sepultar?
¿Por qué habrías de permitir que tu espíritu
vuele hacia una tierra desconocida,
un lugar de tan profunda oscuridad,
que la mente humana jamás podrá penetrar:
la región tenebrosa de los muertos,
donde todo se pierde en el olvido?14
¿Y de quién serán, entonces, todos los bienes
que has obtenido?
11 Lc. 12.18.
12 Lc. 12.19.
13 Ap. 2.7.
14 Cf. Carlos Wesley, Hymns for Children (1763), p. 52.
La necedad del mundo 311
II.1. El segundo punto que me había propuesto era
encontrar la aplicación práctica de esta reflexión que se refiere,
sin duda, a algunos de los temas más importantes que puedan
penetrar el corazón del ser humano. En cierto sentido ya lo
hemos hecho, porque todo lo que se ha dicho tiene relación
directa con la práctica. Sin embargo, deseo que todo aquel que
lea o escuche estas palabras, las aplique directamente a su propia
vida.
2. ¿No creen que al escuchar: «La heredad de un hombre
rico había producido mucho», cada uno de nosotros debería
preguntarse si alguna vez le ocurrió algo similar? ¿Alguna vez
he tenido, o acaso tengo ahora, más bienes materiales de los que
necesito? ¿Qué pensé ante tal situación? ¿Me dije a mí mismo:
¿Qué haré? ¿Me sentí preocupado por mi abundancia? ¿Acaso
pensé: «Tengo muchos bienes guardados para muchos años»?
¡Muchos años! ¿Qué es tu vida, aun si la prolongas hasta su
mayor duración? Es neblina que se aparece, y luego se
desvanece.15 Por tanto, no digas: «Derribaré mis graneros», sino
di a Dios en lo secreto de tu corazón: «¡Señor, sálvame, que
perezco!16 Mira cómo aumentan mis riquezas, mas no permitas
que mi corazón descanse en ellas. Señor, estoy en terreno
peligroso y quiero que tú te hagas cargo.
¡Sostenme, Salvador, para que no caiga!
Extiende tu mano de gracia hacia mí,
¡Sólo a ti acudo pidiendo ayuda,
Sólo por fe en ti puedo andar!17
¡Señor tú sabes cuánto ha aumentado mi fortuna! Sólo tu
inmenso poder puede impedir que mi corazón descanse en ella,
y que acabe aplastado bajo una sepultura».
15 Stg. 4.14.
16 Mt. 8.25.
17 Cf. Juan y Carlos Wesley, Hymns and Sacred Poems (1742), p. 217.
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3. «A ti, Señor, te pregunto: ¿Qué haré?» En primer
lugar, debes proponerte ser plenamente consciente del peligro
que corres, y pedir en oración constante y sincera que nunca
pierdas esa conciencia. Ora pidiendo que siempre puedas sentir
que estás al borde de un precipicio. Entretanto, que broten estas
palabras de tu corazón: «Ahora que poseo más recursos, por la
gracia de Dios, practicaré el bien mucho más que antes. Todos
estos bienes adicionales que Dios tuvo a bien poner en mis
manos, me propongo distribuirlos con toda diligencia
realizando más obras de caridad. De este modo, atesoraré para
mí buen fundamento para poder alcanzar la vida eterna.18
4. Ya no hablarás de tus bienes o tus frutos, porque sabes
que no son tuyos sino de Dios. De Jehová es la tierra y su
plenitud,19 a él pertenecen los cielos y la tierra. Él no puede ser
despojado de su gloria; él es el Señor y todo lo que existe le
pertenece. Simplemente ha depositado una parte de sus bienes
en tus manos, para que los utilices según él lo ha especificado.
Tú no sabes durante cuánto tiempo él ha dispuesto dejarlos bajo
tu custodia. Tal vez sólo hasta mañana o hasta esta noche. Por
tanto, no hables ni pienses en términos de años. ¿Ignoras, acaso,
que eres criatura de un sólo día, que puedes ser aplastado como
una polilla?20 ¿No sabes que puedes perder el soplo de vida en
un instante, que aquel que te lo dio puede hacer que vuelva a él,
cuando tú menos lo esperas? ¿Cómo puedes estar seguro de que
la próxima vez que te acuestes en tu cama no escucharás la voz
que te dice: «Esta noche vienen a pedirte tu alma»?
5. ¿No te das cuenta de que tu vida es tan efímera
como una nube, tan cambiante como las burbujas sobre la
18 Cf. 1 Ti. 6.19.
19 Sal. 24.1.
20 Job 4.19 (versión de la Biblia de Jerusalén, que se acerca más al texto de Wesley).
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superficie del agua? Tu vida huye como la sombra y no
permanece.21 «¡Muchos años!» No puedes estar seguro respecto
de un día siquiera. Ésta es otra manifestación de la sabiduría y
la bondad de Dios, que guarda tu aliento de vida en sus manos,
y te lo da momento a momento para que no olvides que debes
«vivir cada día como si fuese el último».22 Recuerda que apenas
transcurrida tu breve vida bajo el sol, dirán que no queda de ti
más que un montículo de tierra, que no eres más que eso, y que
ni aun el más orgulloso llega a más.23
6. Observemos una vez más la increíble insensatez de
aquellas palabras: «Alma, muchos bienes tienes guardados».
¿Crees que puedes alimentar un espíritu nacido de lo alto con
cosas producidas por la tierra? ¿Existe alguna combinación de
tierra y agua que, aun sumándole los elementos de aire y fuego,
alcance a alimentar a los seres de un orden superior? ¿Qué
similitud puede haber entre un espíritu y un ser tosco como un
terrón de tierra? Analiza el resto de este soliloquio y ve de qué
manera puedes aplicarlo a tu vida. «¡Alma, repósate!» ¡Vana
ilusión! ¿Crees que la tranquilidad de un espíritu puede brotar
de la tierra? Aun cuando se lograra mejorar enormemente la
calidad del suelo, ¿crees que puedes cosechar tales frutos?
«¡Come, bebe, regocíjate!» ¿De modo que tu alma puede comer
y beber? Sí, por supuesto, «el maná que comen los ángeles es
deleite para el espíritu».24 Pero tal alimento no crece en la tierra,
sólo puedes encontrarlo en el paraíso de Dios.
7. Imagina que la voz que gobierna la vida y la muerte
diga: «Esta noche vienen a pedirte tu alma; y lo que has
provisto, ¿de quién será?» ¡Ay de ti! ¡Ya no te pertenecen! Ya
no tienes bienes ni participación en ninguna cosa que existe
21 Job 14.2.
22 William Drummond, Flowers of Sion (Flores de Sion) (1630), soneto XXV.
23 Cf. Pope, «Elegy to the Memory of an Unfortunate Lady», l.73-74.
24 Cf. Carlos Wesley, «The Twenty-fifth Chapter of Isaiah», en Moral and Sacred
Poems, III.258; también Herbert, The Temple.
3 14 Sermón 126
bajo el sol. No posees nada en la tierra. Estás desposeído, como
si la tierra y todo lo que en ella hay hubiese sido devorado por
el fuego. Desnudo saliste del vientre de tu madre, y desnudo
volverás allá.25 Has acumulado muchos bienes. ¿Para qué?
¡Para dejarlos aquí cuando partas! ¡Pobre de ti! Ahora te
encuentras despojado de todo. ¡Ni siquiera te queda la
esperanza!
8. Presten atención al comentario que hizo nuestro Señor
con referencia a lo ocurrido: Así es el que hace para sí tesoro, y
no es rico para con Dios. ¡Faltan palabras para expresar tanta
insensatez, tan extrema y manifiesta locura! No importa cuán
sabio sea en su propia opinión,26 y quizás en opinión de sus
vecinos; la verdad es que sólo el tonto más tonto dedica su vida
a amontonar bienes de los cuales deberá separarse en muy poco
tiempo. Quienquiera que busque la felicidad en cosas
perecederas, hace tesoro para sí. Esto es absolutamente
inconsistente con la idea de ser rico (o más bien, hacerse rico
para Dios), obedeciendo el mandato de las Escrituras «Dame,
hijo mío, tu corazón».27 El que es hijo de Dios puede
sinceramente decir que toda su riqueza está en lo alto, y que no
tiene más tesoro que el amor de Dios.28 Da testimonio diciendo:
«Tu nombre y tu memoria son el único deseo de mi alma».29
9. Todo aquel que lea estas palabras, escudriñe su
corazón. ¿Dónde está ahora tu tesoro? ¿Estás trabajando para
hacerte rico para Dios, o para amontonar riqueza en la tierra?
¿A cuál de estas actividades dedicas la mayor parte de tu
tiempo? Tú que cuidas las apariencias, que te esmeras por
25 Job 1.21.
26 Véase Pr. 3.7.
27 Pr. 23.26.
28 Cf. Carlos Wesley, «Gentle Jesus, lovely Lamb», en Hymns and Sacred Poems
(1749), I.217.
29 Is. 26.8.
La necedad del mundo 315
hacer el bien, y eres exigente con relación al cumplimiento de
tus deberes, cuídate, también, de la codicia, ese amor que
respeta y honra las riquezas, y del deseo de amontonar tesoros
en la tierra. ¡Haz tesoros en el cielo!30 Dentro de muy poco
tiempo te encaminarás hacia una tierra de oscuridad, donde no
obtendrás provecho de los bienes terrenales, donde no podrás
comer ni beber, ni gratificar tus sentidos. ¿Qué beneficio
recibirás de todo lo acumulado en este mundo? ¿Qué
satisfacción obtendrás de todo lo que has atesorado, de todo lo
que quedará cuando partas? ¡Todo quedará! «¿Cómo, no
podemos llevar nada con nosotros a las moradas eternas?»31
No. Por lo tanto, antes de partir, procura para ti una herencia
incorruptible.32
Balham, 19 febrero de 1790.
30 Mt. 6.20.
31 Lc. 16.9.
32 1 P. 1.4; 5.4.