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Sermón 121 - Los profetas y los sacerdotes

Hebreos 5.4

Y nadie toma para sí esta honra, sino el que es llamado por

Dios, como lo fue Aarón.

1. Quizás éste sea uno de los textos de las Sagradas

Escrituras más frecuentemente utilizado en contra de los laicos

que, sin ser sacerdotes ni diáconos, asumen tareas de

predicación. Muchos han preguntado: «¿Cómo puede alguien

atreverse a tomar para sí esta honra, si no fue llamado por Dios,

como lo fue Aarón?» Años atrás, un clérigo muy piadoso y

sensato publicó un sermón acerca de este versículo. Allí trataba

de demostrar que no basta con el sentimiento interior de que uno

ha sido llamado por Dios a predicar, como muchos creen.

También es preciso recibir un llamado exterior de otros hombres

enviados por Dios con ese propósito, como ocurrió con Aarón,

quien fue llamado por Dios a través de Moisés.

2. Pero esta argumentación contiene un lamentable

error, a pesar de la frecuencia con que se la ha utilizado.

«Llamado por Dios, como lo fue Aarón». Pero ocurre que Aarón

nunca predicó, no fue llamado por Dios ni por los humanos para

hacer tal cosa. Aarón fue llamado a administrar lo sagrado:

elevar oraciones y sacrificios, es decir, cumplir el oficio de

sacerdote. Nunca fue llamado a ser predicador.

3. En tiempos antiguos el oficio de sacerdote y el de

predicador estaban bien diferenciados. Y cualquiera que estudie

el tema objetivamente, remontándose hasta los comienzos, se

convencerá de que era así. Es por todos sabido que desde los

tiempos de Adán hasta Noé, todo primer varón nacido en la

familia era de hecho el sacerdote de esa familia, en virtud de su

281

282 Sermón 121

primogenitura. Pero esto no lo autorizaba a ser predicador o

profeta (utilizando el lenguaje bíblico). No era raro que esta

tarea recayera en la rama más joven de la familia, ya que con

respecto a este tema, Dios siempre se reservó el derecho de

enviar por medio del que debe enviar.1

4. Desde Noé hasta Moisés, la tradición se mantiene. El

hijo mayor era el sacerdote, y cualquier otro hijo podía ser el

profeta. Vemos que Esaú heredó el oficio de sacerdote por ser

el primogénito, hasta que decidió vendérselo a Jacob por un

guisado de lentejas.2 Y aunque lo procuró con lágrimas,3 nunca

pudo recuperarlo.

5. Por cierto, en tiempos de Moisés, se introdujo un

cambio profundo respecto del sacerdocio. Por aquella época

Dios designó a una tribu completa para que estuviera dedicada

a él, en lugar de elegir al primogénito de cada familia. De allí en

adelante, todos los que actuaran como sacerdotes ante él

deberían pertenecer a esa tribu. Aarón perteneció a la tribu de

Leví, y también Moisés, aunque él no fue sacerdote sino el

profeta más grande que hubo antes de que Dios trajese a este

mundo a su primogénito.4 No se conocen muchos levitas

profetas. En realidad, no hay ninguno registrado como

perteneciente a esa tribu; si existió alguno debe haber sido algo

accidental. Muchos profetas, tal vez la mayoría (según nos

informan antiguos escritores judíos), eran de la tribu de Simeón;

algunos de las tribus de Benjamín y de Judá, y probablemente

de alguna otra tribu también.

6. Pero existen razones para creer que en toda época

existieron dos clases de profetas: los personajes extraordina-

rios, como Natán, Isaías, Jeremías, y muchos otros sobre los

1 Ex. 4.13.

2 Cf. Gn. 25.29-34.

3 He. 12.17.

4 Véase Dt. 34.10.

Los profetas y los sacerdotes 283

cuales el Espíritu Santo se manifestó de manera extraordinaria.

Otro caso especial fue Amós que dijo de sí mismo: «No soy

profeta, ni soy hijo de profeta, sino que soy boyero. Y el Señor

me dijo: Ve y profetiza a mi pueblo Israel».5 Por otra parte, los

profetas ordinarios eran los que pertenecían a «las escuelas de

profetas», una de las cuales funcionó en Ramá y fue presidida

por Samuel.6 Estos profetas se capacitaban para poder enseñar

a la gente, y eran los predicadores corrientes en las sinagogas.

En el Nuevo Testamento comúnmente se los llama escribas o

nomikoí expositores de la ley. Pero muy pocos, tal vez ninguno,

llegó a ser sacerdote; éstos constituían una clase completamente

diferente.

7. Muchos estudiosos han demostrado sobradamente

que nuestro propio Señor, y todos sus apóstoles, construyeron

la iglesia cristiana siguiendo, hasta donde fuera posible, el

esquema judío. De este modo, el gran Sumo Sacerdote de

nuestra fe envió apóstoles y evangelistas a proclamar nuevas de

gran gozo a todo el mundo, y luego a pastores, predicadores y

maestros para que ayudaran a las congregaciones a crecer en la

fe. Pero no he encontrado casos en los que la tarea del

evangelista sea la misma que la del pastor, a menudo llamado

obispo. Éste dirigía el rebaño y administraba los sacramentos;

aquél lo ayudaba, y predicaba la palabra en una o más

congregaciones. No encuentro pruebas en ninguna parte del

Nuevo Testamento, ni en autores de los tres primeros siglos, que

nos permitan afirmar que un evangelista tenía derecho a actuar

como pastor u obispo. Creo que estas tareas estaban bien

diferenciadas una de la otra hasta la era de Constantino.

8. Sin duda, en esa hora fatal cuando Constantino el

Grande se hizo llamar «cristiano» y derramó honor y riqueza

sobre los cristianos, la situación cambió por completo. Muy

5 Am. 7.14-15.

6 Cf. 1 S. 19.18-20.

284 Sermón 121

pronto se volvió práctica común que un solo hombre se hiciera

cargo de toda la congregación, para recibir toda la paga. Así, la

misma persona actuaba como sacerdote y profeta, pastor y

evangelista. Gradualmente esto se extendió más y más a toda la

iglesia cristiana. Sin embargo, aún hoy, si bien es cierto que la

misma persona cumple ambas funciones, la función del

evangelista o del maestro no incluye la del pastor, que está

específicamente encargado de administrar los sacramentos.

Esto es así en la Iglesia Presbiteriana, en la Iglesia de Inglaterra

y aun entre los católicos romanos. Es por todos conocido que

las iglesias presbiterianas, especialmente las de Escocia,

autorizan a sus hombres a predicar en todo el reino antes de ser

ordenados. Y nunca se entiende que esta autorización para

predicar también les da derecho a administrar sacramentos. De

igual modo, en nuestra propia iglesia, puede haber personas que

estén autorizadas a predicar, por ejemplo, los doctores en

Sagradas Escrituras (como el Dr. Atwell en Oxford cuando yo

vivía allí), pero por no estar ordenadas, no tienen derecho a

administrar la Santa Cena. Aun en la iglesia de Roma, si un

hermano laico siente que ha sido llamado a cumplir una misión,

tal es la expresión que se usa, se lo envía, aunque no sea

sacerdote ni diácono, para cumplir esa función, pero no otras.

9. Pero ¿no podría argumentarse que el caso que

estamos discutiendo ahora es diferente? Indudablemente lo es

en muchos aspectos. Se ha dado un fenómeno que nunca antes

se había visto en el mundo cristiano, al menos no por varios

siglos. Dos jóvenes sembraron la palabra de Dios,7 no sólo en

las iglesias sino también junto al camino,8 y por supuesto, en

todo lugar donde les abrieran las puertas, donde hubiera

pecadores dispuestos a escuchar. Estos jóvenes eran miembros

de la Iglesia de Inglaterra y no tenían intención de separarse de

7 Mr. 4.14.

8 Mr. 4.15.

Los profetas y los sacerdotes 285

ella. A todos los que a ella pertenecían, les aconsejaban que no

se separaran aunque decidieran unirse a la sociedad metodista.

Esta decisión no implicaba apartarse de su anterior

congregación sino tan sólo apartarse del pecado. Los que

concurrían a la iglesia podían seguir concurriendo, los

presbiterianos, anabaptistas y cuáqueros podían continuar

teniendo sus propias ideas y asistiendo a sus congregaciones. La

única condición que se imponía era el deseo de huir de la ira de

Dios. Por lo tanto, todo aquel que temiese a Dios e hiciere

justicia,9 estaba en condiciones de pertenecer a esta sociedad.

10. Poco tiempo después un joven (Thomas Maxfield)

se ofreció para trabajar con ellos como un hijo en el evangelio.

Y luego otro, Thomas Richards; y un poco más adelante un

tercero, Thomas Westell. Debemos señalar que los recibimos

como profetas, no como sacerdotes. Los recibimos sólo para

predicar, no para administrar sacramentos. Quienes suponen

que estas tareas están indisolublemente unidas desconocen por

completo la organización tanto de la iglesia judía como de la

cristiana. Ellos no eran considerados sacerdotes por la iglesia

romana, ni por la inglesa, ni la presbiteriana. De otro modo

nunca hubiésemos aceptado los servicios del Sr. Maxfield, del

Sr. Richards o del Sr. Westell.

11. En 1744 todos los predicadores metodistas

tuvieron su primera conferencia. Pero a ninguno de ellos se le

ocurrió que el haber sido llamados a predicar les daba derecho

a administrar sacramentos. Y cuando surgió la pregunta acerca

de cómo definirían su función, la respuesta fue: «Seremos

mensajeros extraordinarios, llamados a despertar el celo de los

mensajeros ordinarios». Para lograr esto, una de las primeras

reglas que se le daba a conocer al predicador era: «Debe

cumplir con la tarea que nosotros le asignamos». ¿En qué

consistía esta tarea? ¿Alguna vez los designamos para

9 Hch. 10.35.

286 Sermón 121

administrar sacramentos, para ejercer el oficio de sacerdote?

Nunca cruzó por nuestra mente hacer tal designación, nada más

lejos de nuestro pensamiento. Y si algún predicador hubiese

dado un paso en ese sentido, lo hubiésemos considerado una

franca violación de las normas y, por lo tanto, una negación de

nuestra conexionalidad.

12. Pero supongamos (aunque yo lo niego

categóricamente) que al aceptarlos como predicadores también

los hubiésemos autorizado a administrar sacramentos. De todos

modos, no les confería más autoridad que la de hacerlo en el

lugar donde yo los designaba. Pero ¿a qué lugar los envié para

hacer tal cosa? No los envié a lugar alguno. Por consiguiente,

según esta misma norma, quedan impedidos de hacerlo. Y si lo

hacen, se están apartando del principio fundamental del

metodismo: predicar el evangelio única y exclusivamente.

13. Pasaron varios años desde la formación de nuestra

sociedad hasta el primer intento de este tipo. Creo que el

primero ocurrió en Norwich. Uno de nuestros predicadores en

aquel lugar cedió a la insistencia de un pequeño grupo de

personas, y finalmente bautizó a sus hijos. Tan pronto como nos

enteramos le informamos que esto no debía repetirse si deseaba

permanecer en nuestra sociedad. Prometió no volver a hacerlo,

y supongo que cumplió su promesa.

14. En tanto que los metodistas mantengan este

esquema, no pueden separarse de la Iglesia. Y en esto nos

gloriamos particularmente. Es algo nuevo en el mundo.

Analicen la historia de la iglesia, desde sus comienzos, y

comprobarán que toda vez que Dios obró poderosamente en

determinada ciudad o nación, los protagonistas de esa historia

no tardaron en decir a sus vecinos: «No se acerquen a

nosotros, porque somos más santos que ustedes».10 Tan pronto

como les fue posible se separaron de los demás, se retiraron al

10 Cf. Is. 65.5.

Los profetas y los sacerdotes 287

desierto, o bien construyeron sus propios templos, o cuando

menos formaron partidos donde sólo eran admitidos aquéllos

que suscribían a su pensamiento y práctica. Pero con los

metodistas la situación es completamente diferente. No se trata

de una secta ni de un partido. Los metodistas no se han separado

de la comunidad religiosa a la que pertenecían originalmente;

son miembros de la iglesia, y así desean permanecer mientras

vivan. Personalmente creo que una de las razones por las que

Dios permite que mi vida se prolongue, es para reafirmarlos en

su propósito actual de no separarse de la iglesia.

15. Sin embargo, a pesar de esto, muchas personas están

disgustadas y me dicen: «Eso no es cierto, usted efectivamente

se ha separado de la iglesia». Otros se sienten igualmente

disgustados porque entienden que aun no lo hice. Explicaré con

toda claridad cuál es la situación:

Sostengo la doctrina de la Iglesia de Inglaterra en su

totalidad. Amo su liturgia. Apruebo su esquema disciplinario y

mi único anhelo es que se lo pueda poner en práctica. No me

aparto de las normas de la iglesia intencionalmente, excepto en

unas pocas instancias en que considero, y sólo cuando así lo

considero, que es absolutamente necesario. Por ejemplo:

(1) Dado que muy pocos clérigos me permiten predicar

en sus iglesias, me veo obligado a predicar fuera de las iglesias.

(2) Dado que no conozco oraciones que se ajusten a

todas las situaciones, a menudo siento la necesidad de orar

extempore.

(3) Con el fin de fortalecer al rebaño de Cristo en fe y en

amor, me veo en la necesidad de reunirlos y distribuirlos en

pequeños grupos para que se estimulen unos a otros en el amor

y en las buenas obras.

(4) Para que mis compañeros de tarea y yo podamos

ayudarnos de manera más efectiva a salvar nuestras propias

288 Sermón 121

almas y las de aquéllos que nos escuchan, estimo necesario

reunirme con los predicadores, o al menos con la mayor parte

de ellos, una vez al año.

(5) En esas Conferencias anuales se asignan los lugares

de trabajo de los predicadores para el año siguiente.

Pero todo esto no significa separarse de la iglesia. Tanto,

que siempre que puedo yo mismo participo del servicio

religioso, y recomiendo a nuestras sociedades que hagan otro

tanto.

16. Sin embargo, la mayoría de las personas, aun las que

son religiosas, que no entienden por qué actúo de esta forma, y

que me escuchan afirmar que no me separaré de la iglesia, pero

por otro lado ven que me aparto de sus normas en estos puntos,

naturalmente piensan que soy incoherente. Y es lógico que

piensen así, a menos que conozcan los dos principios que me

sostienen: el primero es que no me atrevo a separarme de la

iglesia, porque creo que si lo hiciera caería en pecado; dos, creo

que sería pecado no apartarme de ella en los puntos arriba

mencionados. Les digo que si toman estos dos principios en

forma conjunta —primero, no me separaré de la iglesia; segundo,

pero me apartaré de sus normas cuando lo crea absolutamente

necesario (durante más de cincuenta años he defendido ambos

principios de manera pública y permanente)— verán que la

incoherencia desaparece. Me he mantenido fiel a estos

principios desde 1730 hasta la fecha.

17. «¿No va en contra de su afirmación de principios

permitir que el servicio en Dublín se lleve a cabo a la misma

hora que en la iglesia? ¿Qué necesidad hay de hacer esto? ¿Se

persigue un buen fin?» Creo que responde a varios buenos fines

que no podrían lograrse de otra forma. El primero (aunque

parezca extraño) es para impedir la separación de la iglesia.

Muchos miembros de nuestra sociedad estaban completamente

apartados de la iglesia, jamás concurrían a los servicios. Pero

ahora asisten regularmente a la iglesia el primer domingo de

Los profetas y los sacerdotes 289

cada mes. «¿No sería mejor que fueran todas las semanas?» Sí,

pero ¿quién puede convencerlos? Yo no puedo. He luchado en

vano durante veinte o treinta años. El segundo objetivo es

alejarlos de las reuniones de grupos disidentes que muchos de

ellos frecuentaban, y que ahora han dejado por completo. El

tercero, para que estén constantemente expuestos a esta sólida

doctrina que puede salvar sus almas.

18. Me gustaría que todos ustedes que comúnmente

son llamados metodistas, meditaran seriamente acerca de lo

que aquí se ha dicho. Y muy especialmente, aquéllos que Dios

ha enviado para llamar a los pecadores al arrepentimiento. Esto

no implica en modo alguno que hayan sido enviados a bautizar

o a administrar la Cena del Señor. Ustedes nunca soñaron con

esto durante los diez o veinte años que siguieron al momento

en que comenzaron a predicar. En ese entonces no procuraban

también el sacerdocio11 como Coré, Datán y Abiram.

Entonces sabían que nadie toma para sí esta honra, sino el que

es llamado por Dios, como lo fue Aarón.12 Los insto a que

actúen dentro de los límites; conténtense con predicar el

evangelio. Hagan obra de evangelista.13 Proclamen en todo el

mundo la inmensa bondad de Dios nuestro Salvador, digan a

todos: «El reino de Dios se ha acercado; arrepentíos y creed

en el evangelio».14 Les pido encarecidamente que guarden su

lugar, permanezcan en sus puestos. Hace cincuenta años,

aquellos de ustedes que eran predicadores metodistas se

consideraban «mensajeros extraordinarios» de Dios, no

andaban por voluntad propia sino que eran lanzados, y esto no

para superar a los «mensajeros ordinarios» sino para «despertar

en ellos nuevo celo». ¡Deténganse, en el nombre de Dios!

11 Nm. 16.1, 10.

12 He. 5.4.

13 2 Ti. 4.5.

14 Mr. 1.15.

290 Sermón 121

Estimúlenlos al amor y a las buenas obras15 mediante su

predicación y su ejemplo. Ustedes constituyen un fenómeno

nuevo sobre la tierra: un grupo de personas que sin pertenecer a

secta o partido alguno, es amigo de todos los partidos, y se

esfuerza por impulsar en todos una religión del corazón,

encaminarlos en el conocimiento y el amor hacia Dios y sus

semejantes. Ustedes fueron llamados en la Iglesia de Inglaterra,

y aunque tienen y tendrán mil y una tentaciones para separarse

y establecerse por su cuenta, no cedan ante ellas. Permanezcan

miembros de la Iglesia de Inglaterra. No desprecien la gloria que

Dios ha puesto sobre ustedes; no frustren los designios de la

Providencia, el fin último para el cual Dios los llamó.

19. Me gustaría agregar algunas palabras dirigidas a

todas aquellas personas responsables, muchas de ellas

miembros de la Iglesia de Inglaterra igual que nosotros, pero

que no están relacionadas con el metodismo. ¿Por qué habrían

de estar disgustados con nosotros? No les hacemos ningún daño.

No tenemos intención ni deseo de ofenderlos en nada. Seguimos

su doctrina. Obedecemos las reglas, más que cualquier otra

persona en este reino. Algunos de ustedes son clérigos, ¿por qué

habrían de estar ustedes, precisamente ustedes, disgustados con

nosotros? No atacamos su manera de ser ni sus ingresos. Los

honramos por causa de su obra.16 Si vemos algo que

desaprobamos, no lo divulgamos. Aquellas cosas por las que no

podemos alabarlos, preferimos cubrirlas con un manto y

ocultarlas. Cuando nos tratan mal o son injustos con nosotros,

lo soportamos. Nos maldicen, y bendecimos.17 No devolvemos

mal por mal.18 ¡No levanten su mano contra nosotros!

15 He. 10.24.

16 1 Ts. 5.13.

17 1 Co. 4.12.

18 1 P. 3.9.

Los profetas y los sacerdotes 291

20. Y ustedes, los ricos de este mundo, no nos

consideren enemigos por el hecho de que les decimos toda la

verdad y, probablemente, verdades más fuertes que lo que los

demás se atreven o jamás se atreverán a decirles. Por esta razón,

ustedes nos necesitan, tienen una inexplicable necesidad de

nosotros. Ustedes no pueden comprar estos amigos a ningún

precio, todo el oro y toda la plata que poseen no es suficiente

para comprarlos. Deben aprovecharnos mientras puedan.

Dentro de lo posible, traten de que cerca suyo siempre haya

alguien que les hable con la verdad. De otro modo, tal vez el

pecado continúe ensombreciendo su vida. Dirán a sus almas:

«Paz, paz; y no hay paz».19 Podrán dormirse, y aun soñar, con

la idea de que están camino al cielo, hasta que un día despierten

en medio del fuego eterno.

21. Pero, ya sea que ustedes nos escuchen o que

simplemente nos toleren, nosotros, por la gracia de Dios,

perseveraremos en nuestro camino. Continuaremos siendo

miembros de la Iglesia de Inglaterra, como lo fuimos desde el

principio, pero recibiremos como hermano, y hermana, y madre

a toda persona que ame a Dios sin importar la iglesia a la cual

pertenezca. Para sentirnos unidos a ellos no es necesario que

piensen igual que nosotros, o que adoren a Dios de la misma

manera que nosotros lo hacemos, sino, simplemente, como ya

lo hemos dicho, que teman al Señor y hagan justicia.20 Ahora

bien, esto es algo completamente nuevo, nunca visto en

comunidad cristiana alguna. ¿En qué iglesia o congregación, en

todo el mundo cristiano, se admiten miembros con esta única

condición, sin ningún otro requisito? Si alguien puede señalar

otra comunidad con estas características, que lo haga. ¡Yo no

conozco ninguna otra en toda Europa, Asia, África o América!

Esta gloriosa característica es de los metodistas, y sólo a ellos

19 Jer. 6.14; 8.11.

20 Hch. 10.35.

292 Sermón 121

pertenece. No constituyen una secta ni un partido, sino que

reciben a toda persona de cualquier grupo que haga justicia, y

ame misericordia, y se humille ante su Dios.21

Cork, 4 de mayo de 1789.

21 Mi. 6.8.