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Sermón 111 - Los sufrimientos de un pueblo

son frutos de su pecado

2 Samuel 24.17

Yo fui quien pequé, yo cometí el mal, pero estas ovejas ¿qué han

hecho?1

1. El capítulo veinticuatro comienza así: «Volvió a

encenderse la ira de Jehová contra Israel, e incitó a David

contra ellos a que dijese: Ve, haz un censo de Israel y de

Judá». Dice: «Volvió a encenderse», porque pocos años antes

ya se había encendido y como consecuencia de ello hubo

hambre por tres años consecutivos,2 año tras año, hasta que

David consultó a Jehová y recibió instrucciones acerca de

cómo paliar la situación. No sabemos de qué manera Israel

había ofendido a Dios, qué provocó que su ira se encendiera;

sólo conocemos el resultado. Incitó a David contra ellos a que

dijese: Ve, haz un censo de Israel y Judá. Pero ¿quién lo

«incitó»? ¡Pues no fue Dios! ¡Guárdense de atribuir esto a

quien es fuente de amor y santidad! No fue Dios sino Satanás

quien incitó a David. El paralelo de este relato en el libro de

Crónicas dice «Pero Satanás se levantó contra Israel, e incitó

a David a que hiciese censo de Israel».3 Satanás se presentó

ante Dios para acusar a David y a Israel, y rogó a Dios que le

permitiese tentar a David. Presentarse: precisamente éste es el

término que utilizamos para referirnos a quien acude a los

1 Texto tomado de la Biblia de Jerusalén, cuya traducción castellana se aproxima más

a la de Wesley que la de Reina y Valera.

2 2 S. 21.1.

3 1 Cr. 21.1.

267

2 68 Sermón 111

tribunales para acusar a alguien. Por eso las Escrituras, que

siempre nos hablan acerca de las cosas de Dios con un lenguaje

propio de los humanos, dicen que Satanás se presentó así ante

el tribunal de Dios. Y dijo David a Joab y a los príncipes del

pueblo: Id, haced censo de Israel desde Beerseba hasta Dan, e

informadme sobre el número de ellos para que yo lo sepa.4

2. No queda claro por qué se consideró pecado censar al

pueblo. En los textos sagrados de aquel tiempo no existía una

prohibición expresa al respecto. Sin embargo, leemos en el

versículo seis: «la orden del rey era abominable a Joab», y

tratándose de un hombre que no se doblegaba fácilmente,

argumentó con David antes de obedecer la orden. Y dijo Joab:

¿Para qué procura mi señor esto, que será para pecado, para

castigo o para desgracia, a Israel?5 Con frecuencia Dios castiga

a un pueblo por el pecado de sus gobernantes porque, de alguna

manera, todos los pueblos participan del pecado de aquéllos. Y

el Juez justo aprovecha la ocasión para castigarlos a todos por

sus pecados. En este caso Joab tenía razón porque dice el relato

que después que fueron censados, «Esto desagradó a Dios».6 A

David le pesó en su corazón, y dijo David al Señor: Yo he

pecado grandemente por haber hecho esto; mas ahora, oh

Señor, te ruego que quites el pecado de tu siervo.7 ¿No será que

el pecado estaba en el motivo por el cual David hizo el censo?

¿No lo hizo, acaso, por el orgullo que había en su corazón?

Probablemente lo hizo movido por el deseo de vanidad y

ostentación, para gloriarse en la cantidad de gente que tenía en

lugar de gloriarse en el Señor.

3. Al conocer las consecuencias nos damos cuenta de

que Joab actuó esa vez como un verdadero profeta, pues David

4 V. 2.

5 1 Cr. 21.3.

6 1 Cr. 21.7.

7 2 S. 24.10.

Los sufrimientos de un pueblo son frutos de su pecado 269

realmente fue causa de pecado, de castigo para Israel. Su pecado

sumado al pecado del pueblo, colmó la medida de sus

iniquidades. Y el Señor envió la peste sobre Israel desde la

mañana,8 según las opciones que el profeta Gad había

presentado a David: guerra, hambruna o peste durante tres

días.9 Y murieron del pueblo, desde Dan hasta Beerseba,

setenta mil hombres.10 David vio al ángel que destruía al

pueblo,11 el cual se presentó como un varón con una espada

desenvainada en la mano para que David no dudase de que esta

peste había sido enviada por Dios. Y David dijo al Señor: Yo

pequé, yo hice la maldad; ¿qué hicieron estas ovejas?12

4. ¿No encuentran un asombroso paralelo entre la

situación del pueblo de Israel y la nuestra?13 El mal general

provocó un castigo general. ¿No vemos ahora la misma causa

provocar el mismo efecto? Igual que ellos nosotros también

hemos pecado y ahora somos castigados, y tal vez esto sea sólo

el principio de los dolores.14 Tal vez ahora el ángel está

extendiendo su mano sobre Inglaterra para destruirla.

¡Roguemos que el Señor diga al destructor «Basta ahora; detén

tu mano»!15

8 2 S. 24.15.

9 2 S. 24.13.

10 2 S. 24.15.

11 Véase Jos. 5.13; este detalle no figura en el relato 2 S.

12 2 S. 24.17.

13 Wesley se refiere a la rebelión de las colonias norteamericanas, que había estallado

poco más de medio año antes. Al igual que su padre, Wesley pertenecía al partido

conservador de los «Tories», e insistía en que el poder es don de Dios a los

gobernantes, y no viene del pueblo ni le pertenece al mismo. Para él, la rebelión

norteamericana no era sino una guerra civil entre súbditos británicos, todos parte de la

misma nación. Tales opiniones se vislumbran a través de todo este sermón. Empero,

Wesley no culpa únicamente a los rebeldes, sino a toda la nación por su pecado.

14 Véase Mt. 24.8.

15 2 S. 24.16.

2 70 Sermón 111

5. Muy pocos niegan que el dolor es fruto del pecado;

esto ha quedado demostrado durante siglos de sufrimiento. Pero

rara vez lo admitimos en nosotros mismos. Cuando hablamos

del pecado como causante del sufrimiento, generalmente nos

referimos al pecado de los demás, y creemos que nosotros

sufrimos a causa de su pecado. Pero ¿es realmente necesario

buscar tan lejos? ¿No alcanza con nuestras propias faltas para

explicar nuestro sufrimiento? Hagamos un análisis justo e

imparcial, examinemos nuestro corazón, nuestra propia vida.

Todos nosotros sufrimos, y todos hemos pecado. Me pregunto

si no sería más beneficioso para todos que cada uno aceptara

que es su propio pecado el que provoca sufrimiento en él y en

los demás; que cada uno de nosotros dijera: «Yo pequé, yo hice

la maldad; ¿qué hicieron estas ovejas?»

I.1. Analicemos en primer lugar en qué consiste este

sufrimiento; y luego veamos qué lo ocasiona. Nadie puede

negar que el pueblo está sufriendo, que está padeciendo de

manera especial. Miles de personas, decenas de miles, están hoy

profundamente afligidas por la falta de trabajo. Es verdad que

esta situación ha mejorado algo en algunas de las ciudades más

grandes y opulentas, pero no es menos cierto que esto dista

mucho, muchísimo, de ser la situación general en todo el reino.

No existe duda respecto de los miles de personas desocupadas

en el oeste de Inglaterra, especialmente toda la región de

Cornwall, también el norte y aun en los condados del centro del

país. Como consecuencia de esta situación, personas que hace

un tiempo lo tenían todo ahora no tienen nada. Están tan lejos

de disfrutar la abundancia que tuvieron en otro tiempo que se

sienten tremendamente angustiados, privados no sólo de

bienestar sino de aquello estrictamente necesario para vivir. He

visto gran número de estas desafortunadas criaturas, a no más

de cien millas de la ciudad de Londres. Se las ve paradas en la

Los sufrimientos de un pueblo son frutos de su pecado 271

calle, con los ojos hundidos, la mirada sin brillo, los miembros

muy enflaquecidos, o arrastrándose por las calles, como

espectros vivientes. He conocido familias que pocos años atrás

vivían cómoda y respetablemente, y que ahora sólo cuentan con

la ropa que llevan puesta y la comida que pueden recoger en el

campo. Una vez por día algún miembro de la familia se dirige

al campo a recoger los nabos que no fueron comidos por el

ganado. Si consiguen algo de leña, los hierven, si no los comen

crudos. Tal es la escasez de comida que afecta a muchos de

nuestros compatriotas hoy día a causa de la falta de trabajo.

2. Tremendamente dolorosa es esta calamidad que

afecta a multitud de personas a diario. Pero no sé si no existe

otra calamidad aun peor que afecta a mucha más gente. Si la

falta de pan es algo doloroso, la falta de sentido común lo es aun

más. Y esto es lo que ocurre con miles y miles de personas en

nuestro país hoy. Pobreza generalizada (aunque no un índice tan

alto) había visto hace ya unos cuantos años. Pero locura

generalizada como ahora nunca vi, ni creo que haya visto la

persona más anciana de este país. Miles de personas sencillas,

honestas, en todo el país, se han trastornado por el veneno que

tan cuidadosamente han esparcido en cada pueblo y ciudad.

Están clamando por libertad y la tienen entre sus manos, en

realidad ya son libres. Poseen una libertad como no se conoce

en ninguna otra nación bajo el firmamento: libertad civil,

libertad de poder disponer de nuestra propiedad, y libertad

religiosa, la libertad de adorar a Dios según el dictado de nuestra

conciencia. Por lo tanto, todos aquellos que están gritando

apasionada o lastimosamente: «¡Esclavitud! ¡Esclavitud!»

cuando en verdad no existe el más mínimo riesgo de caer en

esto, están completamente errados, han perdido la razón y su

mente está confundida. Ciertamente muchos de ellos han

recuperado su juicio en este último tiempo, pero hay una

2 72 Sermón 111

multitud de personas que en lo que a este tema se refiere están

tan locos como los pacientes del hospital psiquiátrico Bedlam.

3. Nadie debe desestimar la importancia de esta tragedia

que está afectando nuestra tierra. Si ustedes hubieran visto,

como yo vi, en todos los condados, ciudades y pueblos personas

que una vez fueron de temperamento tranquilo, amistoso y

agradable, enloquecidos de celo partidario, ciegos de rabia

contra su prójimo, listos para degollarse y apuñalarse unos a

otros; si hubieran escuchado a personas que en un tiempo

temieron a Dios y honraron al rey16 y que ahora lanzan los más

terribles insultos en su contra, y que si se presentara la

oportunidad, serían terreno propicio para la traición y la

rebelión. Si tal cosa sucediera, ya no consideraríamos que esto

es una cuestión sin importancia, un mal menor, sino uno de los

más severos castigos que Dios permite que una nación culpable

reciba.

4. Hemos descrito nuestra situación como ingleses en

nuestra propia casa. ¿Funcionarán mejor las cosas en el

extranjero? No lo creo. Me he enterado a través de quienes

están en nuestras colonias, que también allí hay muchos que

están haciendo que la gente beba el mismo veneno mortal.

Miles de ellos se han enfurecido tanto que han perdido la

cabeza y tienen los más disparatados propósitos e intenciones.

En el furor de la lucha la razón se pierde, su voz queda

ahogada por el clamor popular. La sabiduría ha tropezado en

las calles.17 ¿Dónde está el lugar de la inteligencia?18 Es muy

difícil encontrarla en aquellas provincias. Allí sí existe

esclavitud, la verdadera esclavitud (nunca mejor aplicado el

término), ya que ha dejado de existir el gobierno regular,

constitucional y legal. Allí existe una esclavitud real, no

16 Véase 1 P. 2.17.

17 Cf. Is. 59.14.

18 Job 28.12, 20.

Los sufrimientos de un pueblo son frutos de su pecado 273

imaginaria. No ha quedado ni la sombra de las libertades que

caracterizan a Inglaterra. No sólo no existe libertad de prensa

(nadie se atreve a publicar una página o una línea siquiera, que

no coincida exactamente con el sentimiento de nuestro amo y

señor, el pueblo) sino que tampoco hay libertad de palabra.

Nadie puede hablar en su propia lengua;19 nadie debe atreverse

a pronunciar palabra a favor del rey Jorge o en contra del ídolo

que se han fabricado: el nuevo gobierno, ilegal e inconstitucio-

nal; una forma de gobierno completamente desconocida para

nosotros y nuestros antepasados. No existe libertad religiosa,

no hay libertad de conciencia para quienes honran al rey y

sienten, en consecuencia, que es su deber defenderlo de las

viles calumnias que continuamente se dicen de él. Tampoco

existe libertad civil: nadie puede disfrutar del fruto de su

trabajo sino hasta el límite fijado por el pueblo. Una persona no

posee seguridad en cuanto a su empleo, su casa, o su

propiedad a menos que esté dispuesta a seguir la corriente. Ni

siquiera tiene su vida asegurada en caso de que un vecino

perteneciente a las clases populares se decida a cortarle el

cuello. Esto se debe a que no existe la ley, y no hay magistra-

dos ante quienes presentar las denuncias. Están inmersos en

una tiranía que esgrime un poder arbitrario en una mano y

anarquía en la otra. Y como si no tuviesen bastante con todo

esto, también padecen la monstruosidad de una guerra. ¡Cómo

describir la miseria que esto encierra! ¡Rugen los cañones! El

cielo queda cubierto por una espesa nube negra. En medio de

ese ruido ensordecedor sólo imperan el horror y la confusión.

Se escuchan los quejidos de los moribundos de ambos bandos.

Vemos los hombres, sus cuerpos atravesados por bayonetas,

desgarrados, despedazados, su sangre derramada sobre la tierra

como si fuese agua. Sus almas levantan vuelo hacia la vida

eterna, o tal vez, hacia el eterno sufrimiento. Los ministros de

19 Cf. Hch. 2.8.

2 74 Sermón 111

la gracia se alejan de tan terrible escena; triunfan los ministros

de la venganza. Así se han dado los hechos en esa tierra que

antes fuera un lugar feliz. Una tierra donde, a pesar de estar

aislada de gran parte de Europa, la gente gozó de paz y

abundancia durante casi cien años.

5. ¿Qué arrastra a estas pobres víctimas a un sangriento

campo de batalla? Un enorme fantasma que marcha delante de

ellos y al cual les han enseñado a llamar «libertad». Es este

fantasma el que impulsa

en sus corazones un decidido amor por la guerra,

y sed de venganza, y desprecio por la muerte.20

Mientras tanto, la verdadera libertad es pisoteada y se pierde en

medio de tanta anarquía y confusión.

6. Pero ¿alguno de estos guerreros se acordó durante este

tiempo de la esposa de su juventud convertida ahora en

desconsolada viuda, tal vez, sin tener a nadie que se ocupe de

ella; tal vez privada de su único respaldo y sostén, y sin tener

donde reclinar su cabeza? ¿Quién pensó en el desamparo de sus

hijos convertidos ahora en tristes huérfanos, quizás llorando por

un pedazo de pan mientras su madre no tiene más que dolor y

lágrimas para darles?

II.1. Y sin embargo, «estas ovejas, ¿qué han hecho?»

para que caiga todo esto sobre ellas? ¿Pensáis que ellos son más

pecadores que los demás hombres porque padecen tales cosas?

Os digo: No; antes si no os arrepentís, todos pereceréis

igualmente.21 Nos corresponde, por tanto, analizar nuestro

propio pecado, la causa de todo nuestro sufrimiento. Nos

corresponde decir: «Señor, yo he pecado, yo hice la maldad».22

20 Líneas aproximadas de un poema de Samuel Wesley.

21 Lc. 13.2-3.

22 2 S. 24.17.

Los sufrimientos de un pueblo son frutos de su pecado 275

2. Si tratase de enumerar todos nuestros pecados el

tiempo resultaría escaso, pero en general es posible afirmar:

El rico, el pobre, el encumbrado, el humilde,

todos se han desviado de sus mandamientos;

Se han desbordado torrentes de maldad

inundando toda la tierra;

Pueblo y sacerdotes yacen sumergidos en pecado,

y el abismo abre sus fauces para recibirlos a todos.23

¡Cuán innumerables son entre nosotros las violaciones a la

justicia! Cuántos han adoptado la vieja y conocida máxima, si

possis, recte; si non, quocunque modo rem («si puedes ganar

dinero honestamente, bien; pero si no, hazlo como sea»).24

¿Quién es capaz de mostrar compasión cuando esto implica ir

en contra del interés propio? ¿Cuántos tendrían reparos en

oprimir a la viuda o al huérfano25 si por este medio obtuvieran

buenas ganancias? ¿Dónde está la verdad? El engaño y el

fraude viven en nuestras calles. ¿Quién habla con palabras del

corazón? ¿Quién dice verdaderamente lo que piensa? ¿Dónde

están los que desechan la mentira,26 aquellos cuyas palabras no

ocultan segundas intenciones? ¿Hay alguien que se avergüence

de todo esto? Alguien dijo con acierto, aun cuando se trataba

de un integrante del gobierno: «Toda mala conducta ha

contado con defensores, pero la mentira es tan vil, tan

abominable, que nunca se ha encontrado alguien que se

animara a salir públicamente en su defensa». Nadie podría

imaginar que quien escribe tal cosa vive en la corte, sí, y en este

tiempo presente, porque eso significa que él, junto con sus

correligionarios en el gobierno, han defendido una forma de

actuar que se basa en la mentira deliberada. ¿O acaso no fue él

23 Juan y Carlos Wesley, Hymns for Times of Persecution (1744), p. 4.

24 Horacio, Epístolas, I.i.65-66.

25 Zac. 7.10.

26 Ef. 4.25.

2 76 Sermón 111

mismo quien abogó por la inocencia y la necesidad de emplear

espías? La peor estirpe de mentirosos que vive bajo el sol. Sin

embargo, excepto Lord Clarendon, ¿hay alguien que se haya

opuesto a utilizarlos?

3. Oh Verdad, Verdad, ¿adónde has huido? ¡Qué pocos

son los que te conocen! En nuestro tiempo se miente sin cesar,

aun cuando no obtengamos beneficio o placer alguno al hacerlo.

Incluso nuestro lenguaje cotidiano está repleto de engaño. Han

pasado más de cien años desde que el poeta se quejó de que éste

nunca fue un mundo feliz porque las mentiras más viles se

consideraban un cumplido.27 ¿Qué hubiera dicho si hubiera

vivido un siglo después, cuando el arte de mentir ha alcanzado

la perfección?

4. A menudo no prestamos atención a un hecho que

puede ser la evidencia más tangible de esto que acabamos de

decir con respecto a la mentira. Se puede acusar a una persona

de muchas cosas sin que se sienta particularmente agraviada,

pero nunca tolerará que la llamemos «mentirosa»; responderá al

agravio de inmediato. ¿Cómo se explica esto? Pues porque

alguien puede tolerar una acusación cuando sabe que es

inocente, pero al decirle «mentiroso», ponemos el dedo en la

llaga; la persona se siente culpable y, por eso mismo, no puede

soportarlo.

5. ¿Existe una característica más despreciable que la de

ser mentiroso? Tal vez sí la hay: ser un epicúreo. ¿No

formamos parte de una generación de epicúreos? ¿No es

nuestro vientre nuestro dios?28 Nuestro mayor placer radica en

comer y beber; esa es nuestra mayor felicidad. La principal

(única, me temo) actividad de muchas personas honorables

consiste en desarrollar su sentido del placer. Nunca como

ahora, desde que Gran Bretaña existe como nación, se vivió

27 Shakespeare, Twelfth Night, III.i.109-10.

28 Fil. 3.19.

Los sufrimientos de un pueblo son frutos de su pecado 277

con tanto lujo, no sólo en la comida, sino en el vestir, en el

mobiliario y equipamiento de las casas. En el último tiempo

hemos extendido el imperio británico prácticamente a todo el

globo. Nuestros triunfos han llegado hasta África, Asia, y a los

climas más cálidos y más fríos del continente americano. ¿Y qué

hemos traído de estos lugares? Los vicios más caros que el

mundo oriental u occidental pueda pagar.

6. El lujo engendra holgazanería. Con el correr del

tiempo, todo glotón llega a ser un haragán. Cuanto más carne y

vino engulle, menos satisfacción encuentra en el trabajo. Esta

degradación de los británicos con respecto a la moderación y la

laboriosidad de sus antepasados, ya fue señalada en el siglo

pasado. Mas si el Sr. Herbert en aquel entonces se lamentó

porque Inglaterra estaba llena de pecado, pero por sobre todas

las cosas de holgazanería,29 ¿qué diría ahora? Basta observar la

diferencia entre el siglo pasado y el presente en un solo aspecto.

En el pasado, el Parlamento se reunía hora quinta ante

meridiem, es decir, a las cinco de la mañana. Si estos británicos

pudiesen levantarse de sus tumbas, ¿qué pensarían de nuestra

generación?

7. Permítanme referirme a otro punto en el cual

superamos a todas las naciones de la tierra. No existe nación

bajo el cielo que pueda competir con los ingleses en

irreverencia. No hay lugar donde pueda encontrarse un

desinterés, un desprecio tan absoluto por Dios. Exceptuando

Irlanda, en ningún otro lugar como aquí, puede uno escuchar en

las calles

...horrendos juramentos, terribles maldiciones,

El arma de guerra de la gente más baja,

Y junto con esto la blasfemia,

¡triste compañera de la angustia!30

29 George Herbert, The Temple, «The Church Porch», 16.1.1.

30 Cf. Matthew Prior, «Henry and Emma», II.464-66.

2 78 Sermón 111

8. Ahora, cada uno de nosotros ponga su mano sobre su

corazón y diga: «¿Soy yo, Señor?»31 ¿He contribuido a este

torrente de injusticia e impiedad y, por lo tanto, a la desgracia

de mis compatriotas? ¿Soy culpable de alguna de las cosas antes

mencionadas? ¿No será que ellos sufren porque yo he pecado?

Si somos benignos, si tenemos entrañable misericordia, si

somos compasivos con los que sufren, reflexionemos acerca de

esto hasta que hayamos tomado plena conciencia de que nuestro

pecado es una de las causas importantes de su sufrimiento.

9. Pero ahora que la plaga ha comenzado, y ha

provocado tanto daño en Inglaterra y en América, ¿qué

podemos hacer nosotros para detenerla? ¿Cómo nos ubicaremos

entre vivos y muertos? ¿Existe método mejor para alejar la ira

de Dios que el que nos enseña el apóstol Santiago: «Pecadores,

limpiad vuestras manos; y vosotros los de doble ánimo,

purificad vuestros corazones»?32 Lo primero que debemos

hacer es limpiar nuestras manos, deshacernos de nuestras malas

acciones de inmediato. Huir del pecado, de toda mala acción o

palabra, como de delante de la serpiente.33 Ninguna palabra

corrompida salga de vuestra boca,34 ninguna comentario vano

o desprovisto de caridad. Que no se halle engaño en vuestra

boca:35 digan a toda persona lo que verdaderamente sienten en

su corazón. Rechacen toda actividad contraria a la justicia o a la

misericordia, aunque resulte muy rentable. Todas las cosas que,

en iguales circunstancias, quisierais que los hombres hagan con

vosotros, así también haced vosotros con ellos.36 Sean sobrios,

31 Mt. 26.22.

32 Stg. 4.8.

33 Ap. 12.14.

34 Ef. 4.29.

35 1 P. 2.22.

36 Mt. 7.12.

Los sufrimientos de un pueblo son frutos de su pecado 279

moderados, trabajadores, y en todo su hacer y decir procuren

tener siempre una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los

hombres.37 Luego, mediante la gracia todopoderosa de aquel

que los amó y se entregó a sí mismo por todos ustedes,38

purifiquen por la fe sus corazones.39 Ya no sigan siendo de

doble ánimo, a mitad de camino entre la tierra y el infierno,

esforzándose por servir a Dios y a Mamón.40 Purifiquen sus

corazones del orgullo, humillándose bajo la poderosa mano de

Dios,41 despójense de todo celo partidario, de la ira, el

resentimiento y la amargura, que fácilmente los asaltarán en este

tiempo. Libérense de todo prejuicio, fanatismo, estrechez; de

sus reacciones impulsivas e impacientes cuando se los

contradice; de su pasión por las peleas, y de todo rasgo rígido o

despiadado de vuestro carácter. En vez de la sabiduría terrenal

y diabólica, dejen que la sabiduría de lo alto penetre hasta lo

más profundo de sus corazones. Esta sabiduría es primeramente

pura, después pacífica, amable, es fácil de convencer, de

persuadir, de conciliar, llena de misericordia y buenos frutos;

sin favoritismos, porque alcanza a todas las personas, ni

hipocresía,42 es auténtica, sin engaño. Ahora, más que nunca,

quítense todo enojo, gritería —sus quejas constantes— y

maledicencia; sean benignos unos con otros, con todos sus

hermanos y compatriotas, y sean misericordiosos con todos los

que sufren, perdonándose unos a otros, como Dios también los

perdonó a ustedes en Cristo.43

10. Y ahora acepten mi consejo, todos ustedes que se

han presentado delante de Dios. Rediman sus pecados con

37 Hch. 24.16.

38 Gá. 2.20.

39 Hch. 15.9.

40 Mt. 6.24.

41 1 P. 5.6.

42 Cf. Stg. 3.15, 17.

43 Ef. 4.31-32.

2 80 Sermón 111

arrepentimiento, y sus iniquidades haciendo misericordias para

con los oprimidos, pues tal vez será eso una prolongación de su

tranquilidad,44 o de lo que queda de ella entre nosotros. Muy

especialmente sean misericordiosos con las pobres viudas y los

huérfanos desamparados de sus compatriotas muertos, caídos en

la matanza en tierra lejana. Nadie sabe qué hacer, pero si

rogamos al Señor él apaciguará la locura del pueblo, aplacará el

fragor de la lucha, y soplará en nosotros espíritu de amor, unidad

y concordia. Entonces no levantarán espadas hermanos contra

hermanos, ni se adiestrarán más para la guerra.45 Entonces

brotarán la paz y la abundancia en nuestra tierra; todos sus

habitantes se sentirán agradecidos por las innumerables

bendiciones que pueden disfrutar y temerán a Dios y honrarán

al rey.46

Londres, 7 de noviembre de 1775.

44 Cf. Dn. 4.27.

45 Cf. Is. 2.4; Mi. 4.3.

46 Cf. 1 P. 2.17.