Sermón 101 - El deber de la comunión constante
Al lector:
El siguiente discurso fue escrito hace más de cincuenta
y cinco años para mis estudiantes de Oxford. Le añadí muy poco
pero reduje bastante, ya que entonces usaba más palabras que
ahora. Pero agradezco a Dios que hasta ahora no he visto razón
alguna para modificar mi opinión en ninguno de los puntos aquí
incluidos. J.W.
Lucas 22.19
Haced esto en memoria de mí.
No es de asombrarse que, a gente que no tenga el temor
de Dios, no se le ocurra hacer esto. Pero sí extraña que lo
descuiden quienes temen a Dios y desean salvar sus almas. Y
sin embargo, nada es más corriente. Una razón de este descuido
es que tienen tanto temor de comer y beber indignamente1 que
no piensan cuánto mayor es el peligro de no comer ni beber de
modo alguno. A fin de hacer todo lo que esté a mi alcance para
conducir a estas personas bien intencionadas a una forma más
justa de pensar:
En primer lugar, mostraré que es deber de todo cristiano
recibir la Cena del Señor tan frecuentemente como pueda. Y en
segundo lugar, responderé a algunas objeciones.
I. Mostraré que es deber de todo cristiano recibir la Cena
del Señor tan frecuentemente como pueda.
1 1 Co. 11.29.
219
220 Sermón 101
1. La primera razón por la que es deber de todo cristiano
hacerlo es porque es un claro mandamiento de Cristo. Que lo es
resulta de las palabras del texto, Haced esto en memoria de mí,
según el cual, como los apóstoles tuvieron la obligación de
bendecir, partir y dar el pan a todos los que se reunían a ellos en
estas cosas sagradas, así todos los cristianos estaban obligados
a recibir esas señales del cuerpo y la sangre de Cristo. Aquí se
nos ordena, por lo tanto, recibir el pan y el vino en memoria de
su muerte hasta el fin del mundo. Obsérvese, además, que este
mandamiento fue dado por nuestro Señor precisamente cuando
estaba entregando su vida por nosotros. Éstas son, por, lo tanto,
por así decirlo, sus últimas palabras a sus seguidores.
2. Una segunda razón por la que todo cristiano debería
hacerlo tan frecuentemente como le sea posible es porque los
beneficios de hacerlo son tan grandes para todo aquel que lo
haga en obediencia a él; a saber, el perdón de nuestros pecados
pasados y el fortalecimiento y renovación presentes de nuestras
almas. En este mundo nunca estamos libres de tentaciones. Sea
cual fuere el camino por el que marchemos o la condición en
que nos encontremos, estemos enfermos o sanos, perturbados o
en paz, los enemigos de nuestras almas están siempre alerta para
conducirnos al pecado. Y frecuentemente nos derrotan. Ahora
bien, cuando somos convictos de haber pecado contra Dios,
¿qué camino más seguro tenemos para procurar su perdón que
anunciar la muerte del Señor2 y rogarle, por el mérito de los
sufrimientos de su Hijo, que borre todos nuestros pecados?
3. De esta manera, la gracia que Dios nos da confirma
el perdón de nuestros pecados, permitiéndonos abandonarlos.
Así como el pan y el vino fortalecen nuestros cuerpos, también
se fortalecen nuestras almas por estas señales visibles del
2 1 Co. 11.29.
El deber de la comunión constante 221
cuerpo y la sangre de Cristo. Éste es el alimento de nuestras
almas: nos da fuerzas para cumplir nuestro deber y nos conduce
hacia la perfección. Por lo tanto, si queremos tener en cuenta el
claro mandamiento, si deseamos el perdón de nuestros pecados,
si queremos la fuerza para creer, para amar y obedecer a Dios,
no debemos descuidar ninguna oportunidad de recibir la Cena
del Señor. Por eso nunca debemos dar la espalda a la fiesta que
el Señor ha preparado para nosotros. No debemos dejar pasar
ninguna de las ocasiones que la buena providencia de Dios nos
otorga para ese propósito. Ésta es la verdadera regla: debemos
recibirla tan frecuentemente como Dios nos dé la oportunidad.
Por lo tanto, quien no la recibe sino que se aleja de la santa mesa
cuando todo está preparado, o no comprende su deber o no
presta atención a la última voluntad de su Salvador, al perdón
de sus pecados, al fortalecimiento de su alma y a su restauración
por la esperanza de gloria.
4. Que todo aquél, pues, que tenga algún deseo de
agradar a Dios o algún aprecio por su propia alma, obedezca a
Dios y tome en cuenta el bien de su propia alma comulgando en
cada oportunidad que tenga, tal como lo hicieron los primeros
cristianos, para quienes el sacrificio cristiano era una parte
constante del culto en el día del Señor. Por varios siglos lo
recibieron casi diariamente; al menos cuatro veces por semana
y además en todos los días santos. En consecuencia, todos los
que se unían en las oraciones de los fieles nunca dejaban de
participar en el bendito sacramento. Un antiguo canon nos
permite saber qué pensaban de aquellos que le daban la espalda:
«Si un creyente participa en las oraciones de los fieles y luego
se va, sin recibir la Cena del Señor, sea excomulgado por
producir confusión en la iglesia de Dios».3
3 Se trata del Canon II del Concilio la Dedicación, celebrado en Antioquía en el año
341.
222 Sermón 101
5. A fin de comprender la naturaleza de la Cena del
Señor, sería útil releer cuidadosamente los pasajes del
Evangelio y de la Primera Epístola a los Corintios que hablan
de su institución. De ellos aprendemos que el propósito del
sacramento es la continua rememoración de la muerte de Cristo,
al comer el pan y beber el vino que son las señales externas de
la gracia interior, el cuerpo y la sangre de Cristo.
6. Es muy conveniente que todos los que se proponen
comulgar, cuando su tiempo se lo permita, se preparen para
participar en esta solemne ordenanza mediante el autoexamen y
la oración. Pero esto no es absolutamente necesario. Y cuando
no tenemos tiempo para hacerlo, debemos cuidar de tener la
preparación habitual que sí es absolutamente necesaria y no
puede ser jamás obviada, cualquiera sea la situación o las
circunstancias. Es decir, en primer lugar el pleno propósito del
corazón de guardar todos los mandamientos de Dios. Y en
segundo lugar, un sincero deseo de recibir todas sus promesas.
I. Debo, en segundo lugar, responder a las objeciones
corrientes a la constante recepción de la Cena del Señor.
1. Hablo de la recepción constante. Porque la frase
comunión frecuente es totalmente absurda. Si significa algo
menos que constante, entonces significa más de lo que pueda
probarse como exigible de cualquier persona. Porque si no
estamos obligados a comulgar constantemente, ¿con qué
argumentos se probaría que estamos obligados a comulgar
frecuentemente? ¿Sería una vez por año o una vez cada siete
años? ¿O una vez antes de morir? Cualquier argumento que se
esgrima prueba que debemos hacerlo constantemente o no
prueba nada. Toda persona sensata debe, pues, dejar de lado una
forma de hablar tan imprecisa y carente de significado.
2. A fin de probar que es nuestro debe comulgar
constantemente debemos observar que la Santa comunión debe
El deber de la comunión constante 223
ser considerada, o bien como (1) un mandamiento de Dios o
bien (2) como una merced otorgada a los humanos.
En primer lugar, como mandamiento de Dios. Dios,
nuestro Mediador y Gobernador, de quien hemos recibido la
vida y todas las cosas, de cuya voluntad depende que seamos
perfectamente felices o totalmente desdichados desde ahora y
por la eternidad, nos ha dicho que todos los que obedezcan sus
mandamientos serán eternamente felices y que quienes no lo
hagan serán eternamente desdichados. Ahora bien, uno de esos
mandamientos es: Hagan esto en memoria de mí. Pregunto
entonces: ¿Por qué no lo cumples cuando, si quieres, puedes
hacerlo? Cuando se te presenta la oportunidad, ¿por qué no
obedeces el mandamiento de Dios?
3. Tal vez dirás, «Dios no me ordena hacer esto tan
frecuentemente como pueda»; es decir, las palabras «tan
frecuentemente como puedas» no constan en ese pasaje. ¿Y
entonces? ¿No están todas las promesas de Dios hechas a
aquéllos, y sólo a aquéllos que ponen toda diligencia;4 es decir,
a aquéllos que hacen todo lo que pueden por obedecer sus
mandamientos? Nuestra posibilidad es la única medida de
nuestro deber. Todo lo que podemos hacer, debemos hacerlo.
Con respecto a éste, como a cualquier otro mandamiento, quien
pudiendo obedecer si quiere hacerlo, no lo hace, no tiene lugar
en el reino de los cielos.
4. Esta gran verdad, que estamos obligados a guardar
todos los mandamientos en cuanto podamos, se prueba
claramente por el absurdo de la opinión contraria; porque si
aceptáramos que no estamos obligados a guardar todos los
mandamientos de Dios tan frecuentemente como podamos, no
nos quedaría ningún argumento para probar que alguien está
obligado a guardar un mandamiento cualquiera en cualquier
oportunidad. Por ejemplo, si le preguntáramos a alguien por
4 2 P. 1.5.
224 Sermón 101
qué no obedece uno de los más evidentes mandamientos de Dios
—por qué, por ejemplo, no ayuda a sus padres— podría responder:
«No voy a hacerlo ahora pero lo haré en otra oportunidad».
Cuando se presente esa otra oportunidad, recuérdesele el
mandamiento y nuevamente responderá: «Lo obedeceré en
algún otro momento». Nunca será posible probarle que debe
hacerlo ahora a menos que pueda probársele que debe hacerlo
tan frecuentemente como pueda y que por lo tanto debe hacerlo
ahora, porque, si quiere, puede.
5. En segundo lugar, consideremos la Cena del Señor
como una misericordia de Dios al género humano. Como Dios,
cuya misericordia se extiende sobre todas sus obras5 y
particularmente sobre todos los seres humanos, sabía que había
sólo un camino para que el ser humano pudiese ser feliz como
el mismo Dios, a saber, ser como él en santidad; como sabía que
nada podíamos hacer por nosotros mismos para lograr ese fin,
nos dio algunos medios para obtener su ayuda. Uno de ellos es
la Cena del Señor, que en su infinita misericordia nos proveyó
precisamente con este propósito: para que por medio de ella
podamos alcanzar la santidad en la tierra y la gloria eterna en
los cielos.
Pregunto, entonces, ¿por qué no aceptas su misericordia
tan frecuentemente como puedes? Dios te ofrece ahora su
bendición: ¿Por qué la rehúsas? Tienes una oportunidad de
recibir su misericordia: ¿Por qué no la recibes? Eres débil: ¿Por
qué no te aferras a cada oportunidad de acrecentar tus fuerzas?
En una palabra: si consideramos la Cena del Señor como un
mandamiento de Dios, quien no comulga tan frecuentemente
como pueda, carece de piedad; considerándola como una
misericordia, quien no comulga tan frecuentemente como
pueda, carece de sabiduría.
5 Sal. 145.9.
El deber de la comunión constante 225
6. Estas dos consideraciones ofrecen una perfecta
respuesta a todas las objeciones corrientes que se han hecho
contra una comunión constante; en realidad vale contra
cualquier objeción que pudiese hacerse. Y nada puede objetarse
contra ella, a menos que en una oportunidad dada la comunión
no fuese un acto de misericordia de Dios o no se nos ordenara
recibirla. Aun si admitiéramos que no es una misericordia, no
bastaría, porque se mantendría todavía la segunda razón: te haga
o no algún bien, debes obedecer el mandamiento de Dios.
7. Veamos, sin embargo, las excusas particulares que la
gente aduce comúnmente para no obedecer este mandamiento.
La más común es: «Soy indigno y el que come y bebe
indignamente...juicio come y bebe para sí.6 Por lo tanto no me
atrevo a comulgar, no sea que coma y beba mi propia
condenación».
El caso es así. Dios te ofrece una de las mayores
misericordias que existan de este lado del cielo y te ordena
aceptarla. ¿Porqué no aceptas esa misericordia obedeciendo su
mandato? Dices: «No soy digno de recibirla». ¿Y entonces qué?
Eres indigno de recibir cualquier misericordia de Dios. ¿Es esa
razón para rehusar toda misericordia? Dios te ofrece el perdón
de todos tus pecados. Por cierto que eres indigno de ser
perdonado, y él lo sabe. Pero si le place ofrecértelo a pesar de
ello, ¿no lo aceptarás? Te ofrece librar tu alma de la muerte. Eres
indigno de vivir. ¿Por eso rehusarás la vida? Te ofrece dotar tu
alma de nuevas fuerzas. ¿Rehusarás recibirlas porque eres
indigno de ellas? ¿Qué más puede hacer Dios por nosotros si
rehusamos su misericordia, precisamente porque no somos
dignos de ella?
8. Pero supongamos que ésta no fuese para nosotros
misericordia (suponer lo cual es en realidad desmentir a Dios,
6 1 Co. 11.29.
226 Sermón 101
diciendo que no es bueno para el humano aquello que él de
propósito ordenó para su bien). Sigo preguntando: ¿por qué no
obedeces el mandamiento de Dios? Él dice: «Haz esto»; ¿por
qué no lo haces? Respondes: «soy indigno de hacerlo». ¡Qué!
¿Indigno de obedecer a Dios? ¿Indigno de hacer lo que Dios te
ordena que hagas? ¿Indigno de obedecer el mandamiento de
Dios? ¿Qué quieres decir? ¿Que aquellos que son indignos de
obedecer a Dios no deben obedecerle? ¿Quién te dijo semejante
cosa? Aunque haya sido un ángel del cielo, sea anatema.7 Si
piensas que Dios mismo lo ha dicho por medio de San Pablo,
escuchemos sus palabras. Son éstas: «el que come y bebe
indignamente...juicio come y bebe para sí».8
Pero esto es algo totalmente diferente. Aquí no se habla
de ser indigno de comer y beber. Se habla de comer y beber
indignamente, lo que es cosa totalmente diferente —como él
mismo nos lo ha dicho—. En este mismo capítulo se nos dice que
comer y beber indignamente quiere decir tomar el santo
sacramento en forma tan desconsiderada y desordenada que uno
tiene hambre y el otro se embriaga.9 ¿Qué tienes que ver tú con
eso? ¿Hay algún riesgo de que tú hagas eso? ¿de que comas y
bebas así indignamente? Por indigno que seas de comulgar, no
hay peligro de que comulgues en esas condiciones. De modo
que, cualquiera sea el castigo para esa clase de indignidad, nada
tiene que ver contigo. No tienes con este texto más razón para
desobedecer a Dios que si ese texto no estuviese en la Biblia. Si
hablas de comer y beber indignamente en el sentido en que San
Pablo utiliza esas palabras, bien podrías decir: «No me atrevo a
comulgar por temor de que la iglesia caiga tanto como por
temor de que yo coma y beba indignamente».
7 Gá. 1.8.
8 1 Co. 11.29.
9 1 Co. 11.21.
El deber de la comunión constante 227
9. Por lo tanto, si temes en base a ese texto atraer
condenación sobre ti mismo al comulgar, estás temiendo donde
no hay razón para temer. No temas por comer y beber
indignamente, porque, en el sentido en que Pablo lo dice, no
puedes hacerlo. Te diré por qué sí debes temer la condenación:
por no comer y beber, por no obedecer a tu Hacedor y Redentor,
por desobedecer su claro mandamiento, por descontar tanto su
misericordia como su autoridad. Teme esto. Escucha lo que dice
su apóstol: cualquiera que guardare toda la ley, pero ofendiere
en un punto, se hace culpable de todos.10
10. Vemos cuán débil es la objeción: «No me atrevo a
recibir porque soy indigno». Y no es más válida si la razón por
la que te consideras indigno es que recientemente hayas caído
en pecado. Es cierto que nuestra Iglesia prohíbe a quienes han
cometido un delito grave recibir la comunión sin arrepentirse.
Pero todo lo que de esa prohibición puede deducirse es que
debemos arrepentirnos antes de acercarnos a la mesa, no que
dejemos de acercarnos.
Por lo tanto, decir que «alguien debe volver la espalda
al altar porque recientemente ha caído en pecado, que debe
imponerse a sí mismo esa penitencia» es hablar sin fundamento
alguno en la Escritura. Porque, ¿dónde nos enseña la Biblia que
expiemos el quebrantamiento de un mandamiento de Dios
quebrantando otro? ¡Qué clase de consejo es éste: «Comete un
nuevo acto de desobediencia y Dios te perdonará más
fácilmente el anterior»!
11. Otros excusan su desobediencia aduciendo que son
indignos en otro sentido, que «no son capaces de vivir como
corresponde, que no pueden pretender que viven en una
santidad tal como la que exigiría una comunión constante».
Digámoslo llanamente. Pregunto: ¿Por qué no aceptas la
10 Stg. 2.10.
228 Sermón 101
misericordia que Dios te ordena aceptar?. Respondes: «Porque
no puedo vivir a la altura de la profesión que debo hacer cuando
la recibo». En tal caso, es claro que nunca debes recibirla.
Porque no es más legítimo prometer una vez lo que sabes que
no podrás cumplir que prometerlo mil veces. Sabes, además,
que es una y la misma promesa, sea que la hagas una vez al año
o todos los días. Prometes hacer lo mismo tanto si lo prometes
muy frecuentemente como si lo prometes rara vez.
Por lo tanto, si no puedes vivir a la altura de las
promesas que hacen quienes comulgan semanalmente, tampoco
estarás a la altura de las promesas que haces cuando comulgas
anualmente. Pero ¿verdaderamente no puedes? En tal caso, te
sería mejor no haber nacido.11 Porque todo lo que profesas en la
mesa del Señor debes profesarlo y cumplirlo, o no podrás ser
salvo. Porque lo que profesas es precisamente que cumplirás
diligentemente sus mandamientos. ¿No puedes mantener esa
profesión? Entonces, no puedes entrar a la vida.
12. Piensa lo que dices antes de decir que no puedes
vivir como corresponde a una práctica de comunión constante.
No es más que lo que se requiere a cualquier comulgante, en
realidad, a quienquiera tiene un alma que salvar. De modo que
decir que no puedes vivir a la altura de ese requerimiento no es
ni más ni menos que renunciar a ser cristiano. Significa
renunciar a tu bautismo, en el que solemnemente prometiste
cumplir todos sus mandamientos. Ahora te alejas de esa
profesión. Voluntariamente quebrantas uno de sus
mandamientos ¡y te excusas diciendo que no puedes guardar sus
mandamientos! Entonces no puedes esperar recibir las
promesas, que están hechas sólo a quienes los guardan.
13. Lo que se ha dicho de este pretexto contra la
comunión constante se aplica a quienes dicen lo mismo con
otras palabras: «No nos atrevemos a hacerlo porque requiere
11 Mr. 14.21.
El deber de la comunión constante 229
luego una obediencia tan perfecta que no podemos prometer
cumplirla». De ninguna manera; no requiere una obediencia ni
más ni menos perfecta que la que prometieron en su bautismo.
Prometieron entonces guardar los mandamientos de Dios con su
ayuda y no es otra cosa lo que prometen al comulgar.
Pero observen que, finalmente, éstas no son
propiamente objeciones contra una comunión constante sino
contra toda comunión. Porque si no hemos de recibir la Cena
del Señor hasta que seamos dignos de ella, por cierto que nunca
deberíamos recibirla.
14. Una segunda objeción que a menudo se hace a la
comunión constante es la de que hay tanto que hacer que no
queda tiempo para la preparación que sería necesaria.
Respondo: toda la preparación que es absolutamente necesaria
está contenida en estas palabras: Arrepiéntanse verdaderamen-
te de sus pecados pasados; tengan fe en Cristo nuestro
Salvador (y observen que esta palabra no se emplea aquí en su
sentido más elevado); enmienden su vida y estén en caridad
con todos los hombres y así serán dignos partícipes de estos
santos misterios. Todos los que así se preparen pueden
acercarse sin temor y recibir el sacramento para su consuelo.12
¿Qué quehacer puede impedirte estar preparado de esta
manera, impedir arrepentirte de tus pecados pasados, creer que
Cristo murió para salvar a los pecadores, enmendar tu vida y
estar en caridad con todos los seres humanos? Ninguna
ocupación puede impedirte hacer esto, a menos que sea tal que
te impida estar en condición de salvación. Si estás resuelto y
tienes el propósito de seguir a Cristo estás en condiciones de
aproximarte a la mesa del Señor. Si no estás resuelto a esto
12 Aquí y en el resto del párrafo Wesley cita frases del ritual de comunión del Libro
de Oración Común. En varias ramas del metodismo se utilizan todavía frases
semejantes en la comunión.
230 Sermón 101
sólo estás en condiciones de participar en la mesa y la compañía
de los diablos.
15. Ninguna ocupación puede, pues, impedir la única
preparación necesaria a menos que sea tal que no le permita
estar preparado para el cielo, que lo coloque fuera de la
salvación. Por supuesto, toda persona prudente, cuando tenga el
tiempo, se examinará a sí mismo antes de recibir la Cena del
Señor: si realmente se arrepiente de sus pecados pasados, si cree
en las promesas de Dos, si tiene el firme propósito de andar en
sus caminos y estar en caridad con todos. En esto y en la oración
privada indudablemente empleará todo el tiempo que
convenientemente pueda. Pero ¿qué significa esto para ti, que
no tienes tiempo? ¿Qué excusa es ésta para no obedecer a Dios?
Él te ordena venir y prepararte en oración si tienes tiempo; si no
tienes tiempo, de todos modos, ven. No hagas de la reverencia
por el mandamiento de Dios una excusa para quebrantarlo. No
te rebeles contra él por miedo de ofenderle. Hagas lo que hagas
o dejes de hacer lo que dejes de hacer en lo demás, asegúrate de
hacer lo que Dios te ordena que hagas. Es bueno examinarse a
sí mismo, hacer uso de la oración privada, especialmente antes
de participar en la Cena del Señor. ¡Pero considera! Obedecer
es mejor que el autoexamen y prestar atención13 es mejor que
la oración de un ángel.
16. Una tercera objeción contra una comunión
constante es que reduce nuestra reverencia por el sacramento.
¿Y si lo hiciera? ¿Qué significaría? ¿Habría que concluir que no
es necesario recibir el sacramento constantemente? El
argumento no es lógico. Dios te ordena: «Haz esto». Puedes
hacerlo, pero no lo haces. Y te excusas diciendo: «Si lo hago tan
a menudo, reducirá la reverencia con la que ahora lo hago».
Supongamos que sea así. ¿Te ha dicho Dios alguna vez que
cuando obedecer su mandato reduzca tu reverencia hacia él,
13 1 S. 15.22.
El deber de la comunión constante 231
puedes desobedecer? Si lo ha hecho, no tienes culpa; si no, lo
que dices nada tiene que ver con el asunto en consideración. La
ley es clara. O muestras que el legislador hace esta excepción o
eres culpable ante él.
17. La reverencia por el sacramento puede ser de dos
órdenes: la que se le debe simplemente por la novedad de la cosa
en sí, tal como se la siente naturalmente ante algo a lo que no se
está habituado. Y la reverencia que se le debe por la fe, por amor
o por temor a Dios. La primera no es propiamente reverencia
religiosa sino solamente natural. Y la constante participación en
la Cena del Señor disminuirá esta clase de reverencia. Pero no
disminuirá la verdadera reverencia religiosa sino que, por el
contrario, la confirmará y la aumentará.
18. Una cuarta objeción es: «Yo he comulgado
constantemente por mucho tiempo pero no he hallado el
beneficio que esperaba». Ésta ha sido la situación de muchas
personas bien intencionadas y por lo tanto merece consideración
aparte. En primer lugar, consideren que lo que Dios nos ordena
debemos hacerlo porque él lo ordena, sea que percibamos o no
inmediatamente un beneficio por hacerlo. Dios nos ordena:
«Hagan esto en memoria de mí». Por lo tanto, hemos de hacerlo
porque él lo ordena, recibamos o no un beneficio inmediato.
Pero, indudablemente, tarde o temprano recibiremos un
beneficio, aunque tal vez no lo percibamos. Sin darnos cuenta
de ello seremos fortalecidos, mejor dotados y más constantes en
el servicio de Dios. Por lo menos, somos protegidos del peligro
de retroceder y preservados de muchos pecados y tentaciones.
Y esto debería bastar para hacernos recibir este alimento tan
frecuentemente como podamos, aunque no sintamos de
inmediato los gratos efectos de hacerlo, como algunos sí lo han
percibido y nosotros mismos lo haremos cuando Dios lo
considere conveniente.
19. Pero supongamos que alguien ha acudido
frecuentemente al sacramento y sin embargo no ha recibido
232 Sermón 101
ningún beneficio. ¿No ha sido él mismo responsable de ello? O
no estaba adecuadamente preparado, dispuesto a obedecer todos
los mandamientos y a recibir todas las promesas de Dios. O no
lo recibió como corresponde, confiando en Dios. Preocúpate
solamente de estar adecuadamente preparado y cuanto más
frecuentemente acudas a la mesa del Señor tanto mayor
beneficio recibirás allí.
20. Una quinta objeción que algunos han dirigido contra
la participación constante es: «la ordenanza de la Iglesia
requiere sólo tres veces por año». Lo que dice la Iglesia es:
«Nótese, que todo feligrés debe comulgar al menos tres veces al
año». A esto respondo, en primer lugar: ¿Qué si la Iglesia no
hubiese ordenado nada al respecto? ¿No basta que Dios lo haya
ordenado? Obedecemos a la Iglesia sólo por amor de Dios. ¿No
obedeceremos al mismo Dios? Si, por lo tanto, recibes la
comunión tres veces al año porque la iglesia lo ordena, recíbela
en toda ocasión porque lo ordena Dios. Si no lo haces, obedecer
a la Iglesia te excusará tan poco por no obedecer a Dios, que tu
propia práctica prueba tu insensatez y pecado y te deja sin
excusa.
Pero, en segundo lugar, no podemos deducir de estas
palabras que la Iglesia excusa a quien recibe el sacramento sólo
tres veces al año. El sentido más evidente es que quien no lo
reciba al menos tres veces será expulsado de la Iglesia. Por eso,
toma el mayor cuidado para que el sacramento sea debidamente
administrado cada vez que se utilice el Libro de Oración
Común, todos los domingos y feriados religiosos del año.
La Iglesia da una particular dirección con respecto a
quienes han recibido la ordenación al santo ministerio: «En
todas las catedrales, iglesias colegiadas y colegios en que
hubiese muchos sacerdotes y diáconos, todos ellos recibirán la
comunión con el sacerdote, al menos todos los domingos».
21. Se ha demostrado, en primer lugar, que si
consideramos la Cena del Señor como mandato de Cristo,
El deber de la comunión constante 233
nadie puede pretender tener piedad cristiana si no la recibe tan
frecuentemente (no una vez por mes) como pueda. En segundo
lugar, que si consideramos su institución como una misericordia
hacia nosotros, nadie que no la reciba tan frecuentemente como
pueda puede considerarse cristiano sensato. En tercer lugar, que
ninguna de las objeciones que habitualmente se aducen puede
constituir una excusa válida para quienes no obedecen este
mandamiento ni aceptan esta misericordia cada vez que se
presenta la oportunidad.
22. Particularmente, se ha demostrado, primeramente,
que la indignidad no es excusa, porque en un sentido, todos
somos indignos y a la vez que ninguno de nosotros debe temer
serlo en el sentido en que lo señala san Pablo, de comer y beber
indignamente. En segundo lugar, que carecer del tiempo
necesario para prepararse no es excusa puesto que la única
preparación que es absolutamente necesaria es tal que ninguna
ocupación la puede impedir; en realidad que nada en el mundo
puede impedirla, como no sea que nos impida estar en
salvación. En tercer lugar, que el que la comunión constante
debilite nuestra reverencia no es excusa puesto que quien nos
ordena Hagan esto no añade en ningún momento «a menos que
debilite su reverencia». En cuarto lugar, que el que no resulte
ningún beneficio de la participación no es excusa, puesto que es
falta nuestra por descuidar la preparación necesaria que está a
nuestro alcance. Finalmente, que el juicio de nuestra propia
Iglesia favorece la comunión constante. Si quienes hasta ahora
la han descuidado en base a alguna de estas excusas toman en
cuenta estas consideraciones, alcanzarán, por la gracia de Dios,
una mejor comprensión y nunca más abandonarán sus
misericordias.
Oxford, 19 de febrero de 1732.