Sermón 95 - La educación de los niños
Proverbios 22.6
Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere viejo no se
apartará de él.
1. No debemos pensar que hay que entender estas
palabras en sentido estricto, y creer que todo niño o niña que fue
instruido en su camino jamás se apartó de él. Esto no coincide
en modo alguno con la realidad. Tan alejado de la realidad se
encuentra que es común escuchar este comentario: «los mejores
padres tienen los peores hijos». Es verdad que a veces esto se
debe a que hay personas que son buenas, pero limitadas en su
capacidad de entendimiento. Y en ese caso no puede esperarse
mucho con respecto a su capacidad para educar a sus hijos.
Además, hay quienes son muy buenas personas en muchos
aspectos pero son demasiado blandos, de modo que no pueden
alejar a sus hijos del mal más de lo que pudo Elí cuando les dijo
con toda delicadeza: «No, hijos míos, no escucho cosas buenas
acerca de vosotros».1 No son éstos, por tanto, los casos que
contradicen la afirmación de Proverbios, ya que en estos casos
se trata de hijos que no han sido instruidos en su camino. Pero,
justo es reconocerlo, hay quienes han sido instruidos con toda
dedicación y responsabilidad y, sin embargo, mucho antes de
llegar a viejos, cuando estaban en el apogeo de su fuerza, se
apartaron completamente de las enseñanzas recibidas.
2. Por lo tanto, debemos entender que estas palabras
tienen cierta limitación, y así podremos apreciar en qué consiste
1 1 S. 2.24.
199
200 Sermón 95
su verdad indiscutible. Es una promesa de carácter general,
aunque no universal, y muchos han vivido la alegría de verla
cumplida. Teniendo en cuenta que es el método más eficaz para
lograr que nuestros hijos sean fieles, será éste el camino que nos
permita, en la mayoría de los casos, aunque no siempre, alcanzar
el objetivo deseado. El Dios de los padres está también con los
hijos; bendice sus esfuerzos para que puedan tener la
satisfacción de dejar a su descendencia, además de los bienes
materiales, su experiencia de fe.
3. Pero ¿cuál es el camino que los niños deben seguir?
¿Cómo lo instruiremos en él? Las bases de esto han sido
admirablemente expuestas por el Sr. Law en su obra Serious
Call to a Devout Life (Llamado formal a una vida de devoción).
He aquí parte de lo que él ha expresado:
Si hubiésemos continuado siendo perfectos, tal como
Dios creó al primer ser humano, tal vez nuestra naturaleza
perfecta hubiese bastado para instruir a toda persona. Pero
así como las dolencias y enfermedades han hecho necesaria
la existencia de remedios y de médicos, de igual modo los
desajustes en nuestra racionalidad han generado la necesidad
de recibir educación y de tener maestros. Y así como el único
fin que persigue el médico es restituir la naturaleza a su
estado original, de igual modo el único fin de la educación es
restituir nuestra racionalidad a su estado original. La
educación, por tanto, debe ser considerada como un segundo
intento de alcanzar la razón, y por medio de ella compensar,
hasta donde sea posible, la pérdida de la perfección original.
Si la medicina puede llamarse con justicia el arte de restituir
la salud, así también la educación no debe verse sino como
el arte de restituir al ser humano a su perfecta racionalidad.
Éste era el fin que perseguían los jóvenes que
asistían a las clases de Pitágoras, Sócrates y Platón. Las
La educación de los niños 201
lecciones diarias y la instrucción que recibían eran
numerosas exposiciones acerca de la naturaleza humana, su
fin último, y el uso correcto de sus facultades; acerca de la
inmortalidad del alma y su relación con Dios, la
compatibilidad de la virtud con la naturaleza divina; acerca
de la necesidad de alcanzar templanza, justicia, misericordia
y verdad, y la necedad de ceder ante nuestras pasiones.
Ahora bien, sabemos que el cristianismo en cierta
manera ha recreado la moral y la religión, y ha puesto de
manifiesto el verdadero valor de todo cuanto es razonable,
sabio, santo y deseable. Así que uno esperaría que esta
misma influencia renovadora que ejerció sobre las doctrinas
religiosas, se viera también reflejada en la educación de los
niños. Dado que el cristianismo introdujo un nuevo orden de
cosas que nos permite conocer con tanta profundidad la
naturaleza del ser humano y el para qué de su creación, y que
pone en su justo lugar lo bueno y lo malo que hay en
nosotros, enseñándonos así el camino para purificar nuestras
almas, agradar a Dios y alcanzar felicidad eterna, sería, pues,
lógico esperar que en todo país cristiano hubiese numerosas
escuelas donde no sólo se enseñase algunas preguntas y
respuestas del catecismo, sino donde los niños y niñas
recibiesen una real formación, capacitación y práctica en un
estilo de vida acorde con las más sublimes doctrinas del
cristianismo. La educación que brindaban Pitágoras o
Sócrates no perseguía otro fin que el de enseñar a los jóvenes
a pensar, juzgar y actuar de la misma forma en que lo hacían
estos maestros. ¿No es acaso razonable creer que una
educación cristiana debería perseguir como único fin
enseñarles a pensar, juzgar y actuar según el más estricto
apego a los principios del cristianismo?
202 Sermón 95
Al menos uno esperaría que en toda escuela cristiana,
enseñar a los alumnos a comenzar su vida en el espíritu del
cristianismo, practicando la abstinencia, la humildad, la
sobriedad y la devoción que el cristianismo exige de
nosotros, debería ser no una sino cien veces más importante
que cualquier otro aspecto de la educación.
Aquellos que nos educan deberían actuar como nuestros
ángeles de la guarda: no acercar a nuestra mente nada que no
sea sabio y santo, y ayudarnos a descubrir los razonamientos
falsos a que nos conduce nuestra mente y a dominar toda
pasión equivocada en nuestro corazón. Es perfectamente
razonable esperar y exigir todos estos beneficios de una
educación cristiana, así como exigimos que la medicina nos
ayude a fortalecer todo lo que está bien en nuestro organismo
y a librarnos de todas nuestras enfermedades.2
4. Debemos tener siempre muy presente que es Dios, no
los humanos, el gran médico para nuestra alma. Sólo él, y nadie
más que él, sana nuestras dolencias;3 él es quien obra salvación
en medio de la tierra,4 y no hay nadie entre los seres humanos
que pueda hacer limpio lo inmundo.5 En una palabra, Dios es el
que en nosotros produce así el querer como el hacer, por su
buena voluntad.6 Y generalmente se complace en realizar su
obra a través de sus propias criaturas, es decir, que sus hijos se
ayuden unos a otros. Él honra a las personas permitiéndoles ser
colaboradores suyos.7 De este modo, la recompensa es nuestra,
en tanto que la gloria le pertenece a él.
2 Resumido y revisado de Law, Serious Call Works, IV.180-82.
3 Sal. 147.3, según la traducción del Libro de Oración Común.
4 Sal. 74.13.
5 Job 14.4.
6 Fil. 2.13.
7 2 Co. 6.1.
La educación de los niños 203
5. Una vez establecida esta premisa, y a fin de ver
claramente en qué clase de camino debemos instruir a un niño,
preguntémonos: ¿Qué enfermedades tiene por naturaleza?
¿Cuáles son las enfermedades espirituales que toda criatura
nacida de mujer trae consigo al mundo?
¿Acaso no es el ateísmo la primera de ellas? A pesar de
todo lo que se ha escrito con tanta lógica acerca de «la idea
innata de Dios», a pesar de todo lo que se ha dicho afirmando
que esto es propio de todos los seres humanos en todo tiempo y
lugar, no parece que el ser humano tenga por naturaleza más
idea de Dios que cualquier bestia del campo. El ser humano no
posee el más mínimo conocimiento de Dios, ni tiene temor de
él, ni está Dios presente en ninguno de sus pensamientos.8
Podrán operarse cambios luego (por la gracia de Dios, o por
reflejo de su propia imagen, o por la educación), pero la criatura
humana es meramente atea por naturaleza.
6. Ciertamente podríamos decir que, por naturaleza,
cada persona se considera a sí misma como su propio dios. Se
adora a sí misma. Se ve a sí misma como dueña absoluta de su
ser. El héroe de la obra de Dryden nos habla según el sentir de
su propia naturaleza cuando dice: «Yo soy mi propio rey».9 Se
busca a sí mismo en todas las cosas, y busca complacerse. ¿Y
por qué no habría de hacerlo? ¿Acaso alguien es señor de su
vida? Su propia voluntad es su única ley; actúa de tal o cual
manera simplemente porque así le place. Impulsado por el
mismo espíritu que el hijo de la mañana cuando decía: «Me
sentaré a los lados del norte»,10 dice «Yo haré esto o aquello».
¿Acaso no encontramos en todos los ámbitos hombres sensatos
que actúan movidos por este mismo espíritu? Personas a las
8 Sal. 10.4.
9 El héroe Almanzor en la obra de John Dryden, The Conquest of Granada (1672).
10 Is. 14.12-13.
204 Sermón 95
que si se les pregunta: «¿Por qué has hecho esto?» responderán
sin dudar: «Porque así lo quise».
7. El orgullo es otra de las malas enfermedades que todo
ser humano trae al mundo en su alma; una permanente
inclinación a tener más alto concepto de sí que el que debe
tener.11 Cada uno de nosotros puede detectar esta enfermedad,
en menor o mayor grado, en todos los demás, excepto en
nosotros mismos. Por cierto, si uno pudiese detectarlo en sí
mismo, este orgullo desaparecería ya que entonces la persona se
valoraría a sí misma en la justa medida.
8. También nace con cada persona, y hace a la
naturaleza del alma humana, el amor al mundo. Toda persona
es, por naturaleza, amante de las criaturas antes que del
Creador;12 amante de toda clase de deleites más que de Dios.13
Es esclava de deseos vanos que le hacen daño, ya sea los deseos
de la carne, los deseos de los ojos o la vanagloria de la vida.14
La expresión «deseos de la carne» se refiere a la propensión a
buscar la felicidad en aquello que gratifica uno o más de
nuestros sentidos. Al decir «deseos de los ojos» nos referimos a
una tendencia a buscar la felicidad en aquello que nos gratifica
interiormente, gratifica nuestra imaginación, ya sea mediante
cosas extraordinarias, novedosas o bellas. «La vanagloria de la
vida» parece referirse a la tendencia a buscar la felicidad en las
cosas que nos confieren honor. Generalmente, esto está
relacionado con el amor al dinero,15 una de las más viles
pasiones que pueda albergar el corazón humano. Pero es
probable que esto no sea una desviación natural sino algo
adquirido.
11 Ro. 12.3.
12 Ro. 1.25.
13 2 Ti. 3.4.
14 1 Jn. 2.16.
15 1 Ti. 6.10.
La educación de los niños 205
9. En tanto que puede discutirse si este último punto es
o no es mal natural, con respecto a la ira no hay duda alguna. El
filósofo de la antigüedad la definía como «la percepción de
haber sido lastimados, seguido de un deseo de venganza».16
Ahora bien, ¿es posible encontrar algún ser nacido de mujer que
no lo padezca? Por cierto, al igual que otras enfermedades de la
mente, se da con mucha más violencia en unos que en otros.
Pero no deja de ser furor brevis,17 tal como lo describió el poeta.
Cualesquiera sean las circunstancias, siempre significa perder la
razón, aunque sólo sea por un momento.
10. El apartarse de la verdad es también algo natural
para todo ser humano. Alguien en su apresuramiento dijo:
«Todo hombre es mentiroso»,18 pero nosotros podemos decir,
después de haber reflexionado con calma al respecto: «Toda
persona, si se le presenta la ocasión, disfraza la verdad o se
aparta de ella». Probablemente no falte a la verdad
abiertamente, tal vez no diga mentiras, pero con frecuencia no
será completamente franca. Todas las personas se valen de
artimañas, dan impresiones falsas, simulan o disimulan. De tal
suerte que no existe persona alguna de quien se pueda decir «He
aquí un verdadero israelita, en quien no hay engaño»;19 no
hasta que nuestra naturaleza se haya transformado por la gracia.
11. Asimismo, todos somos por naturaleza proclives a
hablar o actuar en contra de la justicia. Ésta es otra de las
enfermedades que el ser humano trae consigo al mundo.
16 La idea original viene de Aristóteles, Retórica, II.2. Más tarde fue retomada por
Cicerón y por Séneca. Steele escribió en The Guardian, No. 129 (agosto 8, 1713):
«Los moralistas han definido la ira como 'un deseo de venganza por alguna herida
recibida'».
17 Horacio, Epístolas, I.ii.62: «Ira furor brevis est» (La ira es un momento de locura).
18 Sal. 116.11.
19 Jn. 1.47.
206 Sermón 95
Somos parciales por naturaleza. En primer lugar con respecto a
nosotros mismos aprovechando toda ocasión que se nos
presenta para defender nuestros intereses y anteponer nuestros
placeres en mucho mayor medida de lo que sería estrictamente
justo. Tampoco podemos decir que los seres humanos son de
por sí misericordiosos como nuestro Padre es misericordioso,20
sino que todos, en mayor o menor medida, transgredimos esa
maravillosa norma de misericordia y de justicia: «Todas las
cosas que queráis que los hombres hagan con vosotros, así
también haced vosotros con ellos».21
12. Si admitimos que estos males están presentes en la
naturaleza humana, ¿no debería ser el fin principal de la
educación lograr desterrarlos? ¿acaso no es responsabilidad de
todos aquellos a quienes Dios ha confiado la educación de los
niños, tomar toda precaución posible para no agravar ni
fomentar estos males (que es lo que la mayoría de los padres
hacen constantemente), y luego, utilizar todos los medios a su
alcance para tratar de erradicarlos?
13. Hagamos un análisis más detallado. ¿Qué pueden
hacer ambos padres, y muy especialmente las madres, ya que
son ellas las que están a cargo de los niños en sus primeros años
de vida, con respecto al ateísmo natural que caracteriza a todo
ser humano? ¿En qué medida lo fomentan la mayoría de los
padres, aun aquellos que aman o, al menos, temen a Dios,
cuando pasan horas, tal vez días, en que apenas si mencionan el
nombre de Dios estando en compañía de sus hijos? Sin
embargo, durante ese mismo tiempo hablan acerca de infinidad
de cosas respecto del mundo que los rodea. Es lógico entonces
que las cosas del mundo presente, aquello que los niños tienen
frente a sí todo el tiempo, ocupen todos sus pensamientos,
alejándolos de Dios aun más de lo que originalmente estaban
20 Lc. 6.36.
21 Mt. 7.12.
La educación de los niños 207
(si tal cosa fuese posible). Cuando los padres atribuyen la obra
de la creación a la naturaleza, ¿no están fomentando su ateísmo?
Al hablar con tanta familiaridad de la naturaleza, ¿no estamos
dejando de lado a Dios? ¿Acaso no alimentan su ateísmo cuando
hablan en presencia de los niños de cosas que ocurren de tal o
cual manera, de cosas que suceden por casualidad, o de tener
buena o mala suerte? Otro tanto ocurre cuando atribuyen
determinados sucesos a la sabiduría o al poder humanos, o a
cualquier otra causa secundaria, como si ellos gobernasen el
mundo. Más aún, cuando los padres hacen referencia a su propia
sabiduría, a su bondad o a su poder para hacer esto o aquello,
sin mencionar expresamente que son dones de Dios, también
están inadvertidamente alentando el ateísmo en sus hijos. Todo
esto contribuye a reafirmar el ateísmo de sus hijos, y a alejar a
Dios de sus pensamientos.
14. Pero no nos libramos de responder por sus vidas si
tan sólo cumplimos con el deber de no fomentar su ateísmo.
¿Qué haremos para erradicarlo? Desde el mismo momento en
que percibas que el niño o niña puede entenderte, incúlcale
constantemente que Dios está aquí y en todo lugar. Dios te
creó a ti y a mí, creó la tierra, el sol y la luna, y todo cuanto
existe. Todo es suyo: los cielos y la tierra y todo lo que está en
ellos.22 Todas las cosas ocurren porque él así lo ordena: él
ordena al sol brillar, al viento soplar y a los árboles dar fruto.
Nada ocurre por casualidad; la propia palabra es un sinsentido
porque la casualidad no existe. Es Dios quien creó el mundo, y
lo gobierna junto con todas las cosas que en él hay. Ni un
pajarillo cae a tierra23 si no es la voluntad de Dios. Y así
como gobierna todas las cosas, de igual manera gobierna a
todos los humanos, buenos y malos, grandes y pequeños. Él es
quien les da el poder y la sabiduría que poseen. Y él está por
22 Jer. 51.48.
23 Mt. 10.29.
208 Sermón 95
encima de todos. Todo lo bueno que hay en nosotros, él nos lo
dio; todo buen pensamiento, palabra y acción provienen de él.
Sin él nos resulta imposible pensar o actuar correctamente. Es
por ello que debemos inculcar a los niños y niñas que Dios es
todo en todos.
15. De este modo podremos contrarrestar y, con ayuda
de la gracia de Dios, poco a poco erradicar el ateísmo natural de
nuestros hijos. Pero ¿qué podemos hacer para librarlos de la
autosuficiencia? Ésta tiene sus raíces en nuestra propia
naturaleza, y es, sin duda, la idolatría original, que no se limita
a una época o a un país, sino que es común a todas las naciones
bajo el sol. Aun entre los cristianos, aun entre aquellos que
verdaderamente temen a Dios, encontramos pocos padres libres
de culpa con respecto a este tema. Son muy pocos los padres
que no alientan o fomentan este doloroso mal en sus hijos. Una
forma muy efectiva de lograrlo es permitirles hacer siempre su
voluntad. Permitirles hacer las cosas a su modo es el mejor
método para lograr que su autosuficiencia sea siete veces mayor.
Pero ¿quién tomará la decisión de actuar de manera diferente?
¿Un padre de cada cien? ¿Quién puede ser tan raro, tan cruel,
como para no consentir a sus hijos en menor o mayor medida?
Después de todo, ¿por qué no habríamos de hacerlo? ¿Qué mal
puede haber en ello cuando todo el mundo lo hace? El mal
radica en que esto fortalece más y más su voluntad, hasta llegar
a un punto en que no se doblegará ante Dios ni ante persona
alguna. Consentir a los hijos equivale a hacer que su mal se
vuelva incurable. Por el contrario, un padre o una madre sabios
deberían comenzar a doblegar la voluntad de sus hijos tan
pronto como comience a manifestarse. Ningún área de la
educación cristiana es tan importante como ésta. Para los niños
pequeños la voluntad del padre ocupa el lugar que luego
ocupará la voluntad de Dios. Por tanto, pacientemente
enséñenles a someterse a los padres en tanto sean niños, para
que estén preparados a someterse a la voluntad de Dios cuando
La educación de los niños 209
sean mayores. Pero para poder llevar esto a cabo necesitarán
gran firmeza y decisión, y una vez que hayan comenzado no
deben ceder. Deben mantenerse firmes en su propósito, y no
apartarse de él ni por un momento, de otro modo su trabajo
habrá sido en vano.
16. Si en verdad deseas que no sea en vano todo tu
esfuerzo para someter la voluntad de tu hijo o hija, a fin de que
sometiendo su voluntad a la tuya lo ayudes a prepararse para
someter su voluntad a la de Dios en el futuro, ten presente el
siguiente consejo, poco difundido pero de gran utilidad: Nunca,
por ningún motivo, cedas ante un niño que llora para obtener
algo de ti. Puede parecer algo sin importancia, pero sus
consecuencias son más serias de lo que uno puede imaginar. Se
ha comprobado, y pueden ustedes mismos comprobarlo tantas
veces como deseen, que si uno le da al niño aquello por lo cual
estuvo llorando, creerá que obtiene su recompensa por llorar, y
entonces seguramente volverá a hacerlo. «Pero si no se lo doy
cuando llora, gritará todo el día». Bueno, si lo hace es por tu
culpa, ya que está en ti el impedir que lo haga. No hay razón
para que una madre soporte los berridos de un niño después de
que éste haya cumplido el año. «Pero cómo, es imposible
lograr que no lo haga». Esto es lo que mucha gente supone,
pero están equivocados. Yo mismo, y muchas otras personas,
podemos atestiguar exactamente lo contrario. Mi propia madre
tuvo diez hijos, cada uno de ellos con bastante carácter. Sin
embargo, a ninguno de ellos se lo escuchó llorar a viva voz
después de haber cumplido el año. Una dama de Sheffield (creo
que varios de sus hijos viven aún) me aseguró que ella también
había tenido éxito con sus ocho hijos. Hubo quienes cuestiona-
ron que tal cosa pudiera ocurrir, pero entonces el señor Parson
Greenwood, bien conocido en el norte de Inglaterra, respon-
dió: «No es imposible. En mi propia familia he podido
comprobar que es posible lograr esto, y más. Tuve seis hijos
con mi anterior esposa, y ella nunca toleró berridos de ninguno
210 Sermón 95
de ellos después de que cumplieron diez meses de edad. Sin
embargo, el carácter de ninguno de ellos resultó tan afectado
que les impidiese desempeñar cualquier tipo de tarea en la
vida». Por lo tanto, toda mujer con sentido común puede
lograrlo, y de este modo se ahorrará muchísimos problemas y se
librará de escuchar bajo su techo esos berridos de los pequeños
que resultan tan desagradables. Mas debo admitir que sólo una
mujer sensata es capaz de poner esto en práctica. Es más, debe
ser una mujer con tal grado de paciencia y determinación como
sólo se puede obtener por la gracia de Dios. Sin embargo, éste
es sin duda el camino más excelente,24 y la que sea capaz de
recibir esto, ¡que lo reciba!25
[17.] Es difícil decir si la autosuficiencia o el orgullo
constituye el mal más serio. Fue principalmente el orgullo lo
que hizo caer tantas estrellas del cielo y convirtió ángeles en
diablos. Pero ¿qué pueden hacer los padres para al menos
controlar esto hasta tanto sea erradicado totalmente?
En primer lugar, cuídense de no echar más leña al
fuego, de no alentar el mal que deben ayudar a erradicar. Casi
todos los padres caen en este error cuando alaban a los niños
en su presencia. Si se dan cuenta de cuán vano y cruel es esto,
háganse el firme y sagrado propósito de no hacerlo. Y a pesar
del temor que les provoquen las posibles reacciones de otras
personas o del deseo de agradarles, den un paso más: No sólo
no los alaben ustedes sino que tampoco toleren que otros
hagan lo que ustedes mismos no se atreven a hacer. ¡Pocos son
los padres que se dan cuenta de esto! O al menos son pocos los
que cuentan con suficiente decisión para ponerlo en práctica;
para callar, a la primer palabra, a toda persona que alabe a los
niños delante de ellos. Vemos que aun aquellos padres que por
24 1 Co. 12.31.
25 Mt. 19.12.
La educación de los niños 211
ninguna razón se sentarían a escuchar sus propios aplausos,26
cuando se trata de sus hijos no tienen reparos en sentarse a
escuchar cómo los aplauden. ¡Y lo hacen frente a los propios
niños! ¡Reflexionen! ¿No estamos tendiendo una red delante de
sus pasos?27 ¿Acaso esto no constituye un lamentable incentivo
para su orgullo, aun cuando los alabemos por algo
verdaderamente digno de alabanza? Y doblemente penoso si se
les alaba por cosas que no tienen valor real, cosas que carecen
de importancia tales como provenir de una buena familia, la
belleza, o la elegancia en el vestir. Esto probablemente afecte
no sólo su corazón sino también su entendimiento. Tiene
relación directa con el hecho de inculcarles orgullo y vanidad al
mismo tiempo, arruinar su capacidad de discernir y de juzgar,
enseñándoles a valorar aquello que es estiércol, basura a los ojos
de Dios.
18. Si, por el contrario, deseas cortar su orgullo de raíz,
sin pérdida de tiempo, enseña a tus hijos tan pronto como sea
posible que son personas caídas. Enséñales que les falta mucho
para alcanzar la gloriosa imagen de Dios según la cual fueron
creados; que ya no son, como fueron en un principio, imágenes
incorruptibles del Dios de gloria, semejantes en sabiduría, en
bondad y santidad al Padre de los espíritus. Ahora, en cambio,
son más ignorantes, más necios y más malvados de lo que ellos
son capaces de imaginar. Muéstrales que en cuanto a orgullo,
pasión y deseos de venganza son ahora iguales al diablo; y en
cuanto a deseos vanos y bajos instintos son iguales a las bestias
del campo. Observa cuidadosamente su conducta con respecto
a este mal para que en cuanto se presente la ocasión puedas
descubrir el orgullo en sus primeros movimientos y controlarlo
desde el momento en que haga su primera aparición.
26 Pope, Epistle to Dr. Arbuthnot, ll.209-10.
27 Pr. 29.5; Lm. 1.13.
212 Sermón 95
Si su pregunta es: «Pero ¿cómo haré para alentarlos
cuando hagan algo bueno si no debo elogiarlos?» A esto
respondo que yo no he dicho tal cosa. No he dicho: «Nunca
debes elogiarlos». Sé que hay muchos escritores, escritores que
se destacan por su consagración, que sostienen esto. Según ellos
elogiar a las personas equivale a quitarle algo a Dios y, por tanto,
lo reprueban completamente. Pero ¿qué dicen las Escrituras? En
ellas leemos que nuestro Señor elogió a sus discípulos en
reiteradas ocasiones. Tampoco el gran apóstol tuvo reparos en
elogiar a los corintios, a los filipenses y a muchos otros a
quienes escribía. Sin embargo, yo les digo que lo utilicen con
moderación. Y cuando lo hagan, asegúrense de hacerlo con
extremo cuidado, indicándoles al mismo tiempo que consideren
todo lo que tienen como un don de Dios, y que puedan decir con
profunda humildad: «¡No a nosotros, Señor, no a nosotros! Sino
a tu nombre da gloria».28
19. Después de la autosuficiencia y del orgullo, el peor
mal que traemos con nosotros desde el nacimiento es el amor
por el mundo. Sin embargo, ¡con cuánto afán la mayoría de los
padres celebran esto en sus diversas manifestaciones! Celebran
los deseos de la carne,29 es decir, la tendencia a buscar la
felicidad en la gratificación de nuestros sentidos, dedicándose a
«incentivar» al máximo «el sentido del gusto» en sus hijos, no
sólo dándoles otros alimentos además de leche, que es el
alimento natural de los niños, desde antes del destete, sino
ofreciéndoles antes y después, cualquier tipo de comida o
bebida que ellos deseen. Es más, tientan a sus hijos con vino o
bebidas fuertes mucho antes de que por naturaleza sientan
necesidad de ello, y les ofrecen confituras, golosinas y cualquier
otra clase de dulces que se les ocurra. Estimulan en ellos los
deseos de los ojos, la tendencia a buscar la felicidad en aquellas
28 Sal. 115.1.
29 1 Jn. 2.16.
La educación de los niños 213
cosas que cautivan la imaginación, dándoles toda clase de
hermosos juguetes. Los visten con ropa elegante adornada con
hebillas y botones brillantes; les compran zapatos de color,
sombreros con cintas y otros adornos superfluos como moños,
collares y enormes cuellos fruncidos. Peor aún, les ofrecen estos
objetos como recompensa por cumplir con sus obligaciones, lo
cual equivale a hacerlos objeto de gran reconocimiento. Con
igual empeño y dedicación celebran un tercer aspecto de su
amor por el mundo, la vanagloria de la vida, la inclinación a
buscar la felicidad en la gloria de los hombres.30 Tampoco
olvidan el amor al dinero; sin duda sus hijos escucharán en más
de una ocasión la exhortación a «asegurarse el porvenir», y
reiterados consejos que concuerdan exactamente con los de
aquel pagano de la antigüedad, Si possis, recte; si non,
quocumque modo rem31 (si puedes, obtén el dinero
honestamente, y si no puedes, entonces obtenlo). Y
cuidadosamente se les enseña a considerar las riquezas y el
honor como la recompensa a todos sus esfuerzos.
20. Con criterio absolutamente opuesto, un padre sabio
y verdaderamente bondadoso tendrá sumo cuidado de no alentar
en sus hijos los deseos de la carne, es decir, su natural
inclinación a buscar la felicidad mediante la gratificación de sus
sentidos. Siendo tal su propósito, los padres no aceptarán que el
niño o la niña prueben otro alimento que no sea leche hasta el
momento del destete (lo cual se logra sin riesgos y con toda
facilidad al final del séptimo mes, como lo han demostrado mil
y un experimentos realizados). Luego se les debe acostumbrar a
comidas sencillas, fundamentalmente vegetales. Se les puede
crear el hábito de comer una sola clase de alimento, además del
pan, durante el almuerzo, y a desayunar y cenar leche, fría o
caliente, pero no hervida. Es posible acostumbrarlos a sentarse
30 Jn. 5.41.
31 Horacio, Epístolas, I.i.65-66.
214 Sermón 95
con los mayores durante las comidas sin pedir nada, sino
tomando sólo lo que se les ofrece. No es necesario que conozcan
el sabor del té antes de los nueve o diez años de edad, ni
ofrecerles otra bebida durante las comidas excepto agua o malta.
Y no sentirán necesidad de probar la carne o de ingerir bebidas
entre las comidas si se les acostumbra a no hacerlo. Si les dan
frutas o golosinas, que sea sólo durante las comidas. Y nunca
ofrezcan esto como recompensa, sino enséñenles a aspirar a
cosas superiores a esto.
A propósito de esto, se presentará una dificultad que
sólo se superará con mucha decisión de parte de los padres. Los
sirvientes, que no sabrán cuál es su plan, continuamente
ofrecerán algo a los niños, echando por tierra todo su trabajo.
Deben impedir que tal cosa ocurra. Si fuera posible, deberían
advertirles desde el mismo momento en que entren en su casa,
y recordárselo de vez en cuando. Si ellos persisten a pesar de
sus recomendaciones, deben despedirlos. Es preferible perder
un buen sirviente que arruinar un buen hijo.
Probablemente la madre deba enfrentar otra dificultad
que demanda un mayor esfuerzo aún. Quizás tu madre, o la
madre de tu esposo, viva con tu familia y, por supuesto, debes
tratarla con todo respeto. Pero por ningún motivo permitas que
tenga la más mínima injerencia en la educación de tus hijos.
Seguramente echaría por tierra todo lo que tú habías logrado,
los dejaría hacer según su voluntad en todo. Los consentiría en
el camino que lleva a la destrucción de sus almas, y
probablemente, también de sus cuerpos. En ochenta años no he
conocido una sola mujer que supiese manejar a sus nietos. Mi
propia madre, que tan bien crio a sus hijos, nunca pudo manejar
a uno solo de sus nietos. Con respecto a todo lo demás, obedece
a tu madre. Somete tu voluntad a la suya. Pero con respecto a la
crianza de tus hijos, sostén firmemente las riendas en tus
manos.
La educación de los niños 215
21. Un padre y una madre sabios y bondadosos tendrán
igualmente cuidado de no estimular en sus hijos los deseos de
los ojos. No deben darles hermosos y atractivos juguetes, ni
vestirlos con ropa fina y elegante, ni adornarlos con hebillas o
botones brillantes. No los carguen de adornos superfluos, ni les
den cosas que entren por los ojos. Tampoco toleren que otras
personas les den lo que ustedes mismos han decidido no darles.
Si alguien ofreciese a los niños un regalo inconveniente, los
padres pueden rechazarlo cortésmente o aceptarlo y hacerlo a
un lado. Si la persona se molesta, ustedes no pueden hacer nada
para evitarlo. El deseo de agradar a otros y los compromisos
temporales deben necesariamente postergarse cuando está
comprometida la vida eterna de nuestros hijos.
Todos sus esfuerzos se verán recompensados si pueden
despertar en ellos desde temprana edad un rechazo por todo lo
sofisticado, a la par que el gusto por la sencillez en el vestir.
Enséñenles a encontrar qué relación existe entre la sencillez y la
modestia, y entre el refinamiento y una vida disipada. Asimismo
los invito a inculcar en sus hijos, tan pronto como sea posible,
temor y desprecio por la pompa y el esplendor, odio y pavor al
amor al dinero, y la convicción profunda de que las riquezas no
pueden brindarnos felicidad. Apártenlos de todas estas falsas
metas; ayúdenlos a que Dios sea su única meta, de modo que
todo lo que hagan tenga como único fin conocerlo, amarlo y
servirlo.
22. Además, la mayoría de los padres alientan
sentimientos de ira en sus hijos, o lo que es peor aún,
sentimientos de venganza. Una madre poco inteligente dirá:
«¡Conque han lastimado a mi hijo! Ya me la pagarán». ¡Qué
horrible forma de proceder! ¿No saben acaso que aquel que ha
sido homicida desde el principio32 bien pronto se ocupará de dar
esta lección a sus hijos? Entonces, los padres cristianos no
32 Es decir, el diablo. Véase Jn. 8.44.
216 Sermón 95
deben escatimar esfuerzos para enseñarles exactamente lo
contrario. Recuérdenles las palabras de nuestro bendito Señor:
«Oísteis que fue dicho: Ojo por ojo, y diente por diente. Pero
yo os digo: No resistáis al que es malo»;33 en todo caso, no
debemos hacerlo devolviendo mal por mal. Más bien, a
cualquiera que quiera quitarte la túnica, déjale también la
capa.34 También recuérdenles las palabras del gran apóstol: «No
os venguéis vosotros mismos, amados míos. Porque escrito
está: Mía es la venganza, yo pagaré, dice el Señor».35
23. Es común que los padres alienten y fomenten la
natural inclinación hacia la falsedad que hay en todo ser
humano. Con mucha frecuencia escuchamos comentarios tan
imprudentes como éste: «No, no fuiste tú, no fue mi hijo o mi
hija quien hizo esto. Creo que fue el gato». ¡Qué increíble
tontería! ¿No sientes remordimientos al poner una mentira en la
boca de tu hijo o hija aun antes de que pueda expresarse con
claridad? ¿Acaso no sabes que de este modo llegará a ser un
experto cuando sea mayor? Hay padres que les enseñan a
disimular y a mentir a causa de su excesivo rigor, y hay quienes
lo hacen festejando y alabando su ingenio y astucia para mentir
y engañar. Por el contrario, un padre y una madre sabios
enseñarán a sus hijos a desechar la mentira36 y a decir la verdad
desde lo más profundo de su corazón, se trate de un asunto
grande o pequeño, de una broma o de algo serio. Deben
enseñarles que el autor de toda falsedad es el diablo, que es
mentiroso, y padre de mentira.37 Deben enseñarles a aborrecer
y despreciar no sólo la mentira, sino también el engaño, la
astucia y el disimulo. Utilicen todos los medios a su alcance
33 Mt. 5.38-39.
34 Mt. 5.40.
35 Ro. 12.19.
36 Ef. 4.25.
37 Jn. 8.44.
La educación de los niños 217
para lograr que amen la verdad, la franqueza, la sinceridad y la
sencillez, que sean francos en espíritu y en acción.
24. Muchos padres fomentan la natural tendencia a la
injusticia que está presente en sus hijos cuando consienten que
existan abusos entre ellos, a veces llegando al extremo de reírse
o celebrar las tretas ingeniosas que utilizan para engañar a otros.
Estén alerta para que esto no ocurra con sus hijos. Desde
pequeños siembren la semilla de la justicia en sus corazones, y
edúquenlos para practicarla en su sentido más estricto. En tanto
sea posible, incúlquenles el amor por la justicia tanto en las
cosas más insignificantes como en las más importantes. Graben
en sus mentes el viejo proverbio: Quien roba un peso también
roba un millón. Acostúmbrenlos a que deben pagar todas sus
deudas, hasta el último cuadrante.38
25. Asimismo muchos padres consienten los malos
sentimientos de sus hijos, y al hacerlo, los refuerzan. Pero un
padre y una madre que verdaderamente aman a sus hijos no
tolerarán en ellos la falta de misericordia. No tolerarán que
abusen de sus hermanos o hermanas de hecho o de palabra. No
les permitirán dañar o lastimar a ningún ser vivo. No les
permitirán robar nidos de pájaros, y mucho menos matar sin
necesidad, aun en el caso de las serpientes, que pueden ser tan
inofensivas como un gusano, o los sapos, que a pesar de su
fealdad y la mala fama que los acompaña, ha quedado
demostrado más allá de toda duda que son tan inocuos como
las moscas. La norma acerca de hacer a otros como te gustaría
que hicieran contigo, deben hacerla extensiva a todo ser
viviente. A todos ustedes, padres que en verdad aman a sus
hijos e hijas, les digo: de mañana, de tarde, y durante todo el
día, insten a sus hijos a andar en amor, como también Cristo
nos amó, y se entregó a sí mismo por nosotros,39 y a tener
38 Mt. 5.26.
39 Ef. 5.2.
218 Sermón 95
siempre presente que Dios es amor; y el que permanece en
amor, permanece en Dios, y Dios en él.40
Londres, 12 de julio de 1783.
40 1 Jn. 4.16.