Sermón 94 - Familia y religión
Josué 24.15
Pero yo y mi casa serviremos a Jehová.
1. Los versículos anteriores relatan que Josué, ya
anciano, reunió a todas las tribus de Israel en Siquem, y llamó
a los ancianos de Israel, sus príncipes, sus jueces y oficiales; y
se presentaron delante de Dios.1 Josué les recordó cuán grandes
cosas Dios había hecho con sus padres, y concluyó
exhortándolos así: «Ahora, pues, temed al Señor, y servidle con
integridad y en verdad; y quitad de entre vosotros los dioses a
los cuales sirvieron vuestros padres al otro lado del río, y en
Egipto».2 ¿Acaso puede haber algo más increíble? Aun en
Egipto, sí, y también en el desierto, donde cada día recibían el
alimento necesario, y eran guiados milagrosamente tanto de día
como de noche, los israelitas adoraron ídolos desobedeciendo
abiertamente al Señor su Dios. Y agregó: «Y si mal os parece
servir al Señor, escogeos hoy a quien sirváis; si a los dioses a
quienes sirvieron vuestros padres, cuando estuvieron al otro
lado del río, o a los dioses de los amorreos en cuya tierra
habitáis; pero yo y mi casa serviremos al Señor».
2. Ésta fue la decisión propia de un santo, ya anciano,
quien desde su juventud había experimentado el amor del Señor
a quien había entregado su vida, y conocía las bondades de estar
a su servicio. ¡Cuán deseable sería que todos aquellos
1 Jos. 24.1.
2 Jos. 24.14.
183
184 Sermón 94
que han gustado la benignidad del Señor,3 todos los que fueron
sacados de la tierra de Egipto, los liberados del pecado, y
especialmente aquellos que integran la comunidad cristiana,
adoptaran la misma actitud! Así la obra del Señor prosperaría
en esta tierra; así su palabra sería conocida y glorificada.
Entonces multitud de pecadores en todo lugar elevarían sus
manos hacia Dios, hasta que la gloria de Dios cubriese la tierra,
como las aguas cubren el mar.4
3. Por el contrario, ¿qué consecuencias tendría el no
adoptar esta actitud, y descuidar la formación religiosa en la
familia? ¿Qué ocurriría si no nos ocupásemos de educar a la
siguiente generación? ¿Acaso el reavivamiento religioso
presente no perecería en poco tiempo? ¿No ocurriría lo mismo
que aquel historiador escribió con respecto al estado romano en
sus inicios, res unius aetatis, un acontecimiento que comienza
y termina en el término de una generación? ¿No equivaldría una
confirmación de aquel comentario melancólico que Lutero
señaló acerca de que «un reavivamiento religioso nunca dura
más que lo que dura una generación»? Él mismo explica que
entiende por generación un periodo de treinta años. Pero,
bendito sea el Señor, esta afirmación no puede aplicarse en este
caso concreto, ya que este reavivamiento desde sus comienzos
en 1729 ha durado más de cincuenta años.
4. ¿No es verdad, acaso, que ya hemos visto lamenta-
bles consecuencias en el caso de buenas personas que no
adoptaron esta norma? ¿No hemos visto crecer una generación,
en este mismo periodo, que aunque provienen de padres
piadosos, no conocen al Señor? Una generación que no tiene el
amor de Dios en su corazón ni el temor de Dios delante de sus
3 1 P. 2.3.
4 Hab. 2.14.
Familia y religión 185
ojos.5 ¡Cuántos de ellos escarnecen a su padre y menosprecian
a su madre!6 ¡Cuántos de ellos son completamente ajenos a la
religión verdadera, a la vida y el poder que ella brinda! Y no son
pocos los que se han despojado de todo rastro de religión y se
han entregado a toda clase de maldad. Ahora bien, aunque esto
también puede ocurrir con hijos e hijas que han sido educados
en la santidad, en general, es poco frecuente. He conocido
algunos casos, pero no muchos; generalmente la maldad de los
hijos se debe a los errores o negligencia de los padres. Existe
una regla general, si bien no universal, ya que admite
excepciones: Instruye al niño en su camino, y aun cuando fuere
viejo no se apartará de él.7
5. Pero ¿cuál es el propósito de esta resolución: Yo y mi
casa serviremos al Señor? A fin de comprender y poner en
práctica esto, debemos preguntarnos en primer lugar qué
significa «servir al Señor», luego a quién incluye la expresión
«mi casa», y en tercer lugar, qué debemos hacer para que
«nosotros y nuestra casa» podamos «servir al Señor».
I.1. Podemos preguntarnos, primeramente, qué se
entiende por «servir al Señor» no como un judío, sino como
cristiano. Servirle no sólo mediante el culto formal (aunque
indudablemente hubo judíos que no se limitaron a esto) sino
servirle de corazón, adorándole en espíritu y en verdad.8 El
primer elemento presente en este culto verdadero es la fe, creer
en el nombre del Hijo de Dios.9 No podemos rendir culto
agradable a Dios si no creemos en Jesucristo, a quien él
envió.10 Éste es el primer paso para adorar a Dios en espíritu.
5 Ro. 3.18.
6 Pr. 30.17.
7 Pr. 22.6.
8 Jn. 4.24.
9 1 Jn. 5.13.
10 Jn. 17.3.
186 Sermón 94
Tan pronto como alguien puede dar testimonio de sí mismo, tan
pronto como puede decir: Lo que ahora vivo, lo vivo en la fe del
Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí mismo por mí,11
entonces puede servir al Señor en verdad.
2. «Servir al Señor» también implica amarlo, tan pronto
como hayamos creído en él. Nosotros le amamos a él porque él
nos amó primero12 (de lo cual la fe es evidencia). El amor de un
Dios de perdón ha sido derramado en nuestros corazones por
el Espíritu Santo que nos fue dado.13 Sin duda que este amor
puede tener muy variada intensidad, mas cada persona en tanto
tenga fe, puede afirmar delante de Dios: «Señor, tú sabes que te
amo.14 Tú sabes que tu nombre y tu memoria son el deseo de mi
alma».15
3. Y si una persona verdaderamente ama a Dios, no
puede menos que amar también a su hermano. La gratitud hacia
nuestro creador ciertamente despertará sentimientos
humanitarios hacia los demás seres humanos. Si le amamos, no
podemos menos que amarnos unos a otros, así como Cristo nos
amó. Sentimos nuestro corazón henchido de amor hacia toda
criatura humana. Y para con todos los hijos e hijas de Dios nos
vestimos de entrañable misericordia, de mansedumbre, de
paciencia; perdonándonos unos a otros16 si tenemos queja
contra alguno, así como Dios también nos perdonó a nosotros
en Cristo.17
4. «Servir al Señor» implica algo más: a saber,
obedecerle, permanecer en sus caminos, hacer su voluntad de
corazón. Al igual que aquellos «siervos suyos» en las alturas,
11 Gá. 2.20.
12 1 Jn. 4.19.
13 Ro. 5.5.
14 Jn. 21.15-17.
15 Is. 26.8.
16 Col. 3.12-13.
17 Ef. 4.32.
Familia y religión 187
que hacen su voluntad, que ejecutan su palabra y obedecen a la
voz de su precepto,18 sus siervos aquí en la tierra obedecen su
voz, son diligentes en cumplir sus mandamientos, evitan hacer
aquello que él ha prohibido al tiempo que se esfuerzan por hacer
todo lo que él les ha encomendado, procurando tener siempre
una conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.19
II. «Yo y mi casa serviremos al Señor», esto es lo que
diría todo verdadero cristiano. Pero ¿quiénes están
comprendidos en la expresión «mi casa»? Éste es el próximo
punto a considerar.
1. La persona de quien debes estar más cerca y a quien
debes brindar especial atención es, sin lugar a dudas, tu esposa,
a quien debes amar así como Cristo amó a la iglesia, y se
entregó a sí mismo por ella,20 a fin de purificarla para sí21 y que
no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante.22 Toda la
relación del esposo con la esposa debe estar guiada por un
mismo fin: utilizar todos los medios a su alcance para que ella
quede limpia de toda mancha y, ya libre de culpa, pueda caminar
en el amor.
2. Después de tu esposa están tus hijos: espíritus
inmortales que Dios ha encomendado a tu cuidado por un
tiempo, para que los instruyas en la santidad y los prepares para
gozar de Dios en la eternidad. Es éste un encargo glorioso y de
enorme importancia; vale más un alma que todo el mundo a
nuestro alrededor. Por lo tanto, debes velar por cada niño con
infinito cuidado, de modo que cuando el Padre de los espíritus
18 Sal. 103.20-21.
19 Hch. 24.16.
20 Ef. 5.25.
21 Tit. 2.14.
22 Ef. 5.27.
188 Sermón 94
te llame a dar cuenta de cada uno de ellos, puedas rendirle
cuentas con gozo y no con pesar.
3. A tus sirvientes, cualquiera sea su condición, debes
considerarlos como tus segundos hijos ya que también a ellos
Dios los ha encomendado a tu cuidado, y deberás responder por
ellos. Tú debes velar por la salvación de cada persona que vive
bajo tu mismo techo. No sólo por los sirvientes permanentes,
que están legalmente obligados a permanecer contigo
determinado número de años, o los sirvientes contratados, sea
que se hayan comprometido por un periodo de tiempo más o
menos prolongado, sino aun por aquellos que trabajen por
semana o por día, ya que ellos también han sido puestos en tus
manos. Y la voluntad de tu Señor que está en los cielos es que
ninguna de estas personas salga de tu casa sin haber recibido
algo más valioso que el oro o la plata. Es más, en cierta medida
eres responsable aun por el extranjero que está dentro de tus
puertas.23 Así como se te pide especialmente que cuides que no
realice ninguna obra24 en el día de reposo mientras esté dentro
de tus puertas, así también, por la misma razón, se espera que
hagas cuanto esté a tu alcance para impedir que peque contra
Dios en modo alguno.
III. Preguntémonos en tercer lugar, qué podemos hacer
para que todos ellos «sirvan al Señor».
1. ¿No deberíamos esforzarnos primeramente por
impedir que caigan en pecado? Hacer juramentos profanos,
tomar el nombre de Dios en vano, realizar trabajos innecesarios
o dedicarse a cualquier clase de pasatiempo en el día del Señor.
Estamos obligados por amor a asumir esta responsabilidad aun
con las visitas, cuánto más con tu esposa, tus hijos y sirvientes.
A los primeros, sobre quienes tienes muy poca influencia,
23 Ex. 20.10; Dt. 5.14; 31.12.
24 Ex. 12.16; Lv. 23.31.
Familia y religión 189
tratarás de impedírselo mediante argumentos o persuasión. Si
después de varios intentos no consigues convencerlos por
ningún medio, es tu deber dejar de lado las reglas de cortesía y
despedirlos de tu casa. Otro tanto ocurre con los sirvientes, tanto
los que trabajan por día como los contratados por largo tiempo.
Si no logras convencerlos sumando la razón al ejemplo que tú
mismo les das, ni mediante reprimendas ya gentiles, ya severas,
después de haberlo intentado reiteradamente, debes tomar la
sabia decisión de despedirlos, aunque esto te cause muchos
inconvenientes.
2. Pero no puedes despedir a tu esposa salvo por causa
de fornicación,25 es decir, adulterio. ¿Qué se puede hacer si ella
reiteradamente cae en otra clase de pecado? No he podido
encontrar en la Biblia texto alguno que confiera al esposo
autoridad para golpear a la esposa en ningún caso, ni aun
cuando ella lo hubiese golpeado primero, a menos que su
propia vida estuviese en peligro. No he conocido un sólo caso
de una esposa que haya logrado enmendarse por este medio.
Indudablemente he escuchado acerca de tales casos, pero como
no lo he visto, no lo creo. En mi opinión, todo lo que puede
hacerse en este caso es actuar en parte a través del ejemplo, en
parte mediante el argumento o la persuasión, utilizando todos
estos recursos según aconseje nuestra prudencia cristiana. Si es
posible vencer al mal, se lo debe vencer con el bien.26 No se lo
puede vencer con el mal; no se puede derrotar al diablo con sus
mismas armas. Por lo tanto, si no es posible vencerlo con el
bien, estamos llamados a sufrirlo. Estamos llamados a decir:
«Esta es la cruz que Dios ha elegido para mí. Si él lo permite
seguramente será con un buen fin; que él haga lo que bien le
parezca.27 Cuando él lo crea conveniente, hará que pase de mí
25 Mt. 19.9.
26 Ro. 12.31.
27 1 S. 3.18.
190 Sermón 94
esta copa».28 Mientras tanto continúa orando fervientemente, en
la confianza de que para Dios no hay imposibles, y que, a su
debido tiempo, alejará esa tentación de ti o la convertirá en
bendición para tu alma.
3. Mientras tus hijos sean pequeños puedes apartarlos
del mal no sólo mediante consejos, persuasión y reprimendas
sino también mediante el castigo, aunque debes recordar que
éste debe ser utilizado como último recurso y sólo después de
haber comprobado que todos los demás no resultaron eficaces.
Y aun así debes ser muy cuidadoso de no reaccionar apasio-
nadamente. Todo lo que hagas debes hacerlo con serenidad, y
por cierto, también con bondad. De otro modo tu propio espíritu
resultará afectado y el niño o niña obtendrá poco provecho.
4. Algunos te dirán: «Todo esto es una pérdida de
tiempo; no es necesario castigar a los niños. Basta con instruir,
convencer, y aconsejar, sin castigar; especialmente si esto va
acompañado de una amonestación según lo requiera la
ocasión». Yo respondo que es posible que existan situaciones
en que este método dé buenos resultados. Pero de ninguna
manera debes tomar esto como la regla general, a menos que
consideres que tienes más sabiduría que Salomón o, para ser
más preciso, más sabio que Dios. Fue Dios mismo, que conoce
sus criaturas mejor que nadie, quien nos ha dicho expresamente
«El que detiene el castigo, a su hijo aborrece; mas el que lo
ama, desde temprano lo corrige».29 Y en esto se basa ese
sencillo mandamiento dirigido a todos los que temen a Dios:
Castiga a tu hijo en tanto que hay esperanza; no dejes que tu
alma se conmueva por su llanto.30
5. En segundo lugar, ¿acaso no deberíamos asumir
responsabilidad por su instrucción? ¿No deberíamos velar para
28 Lc. 22.42.
29 Pr. 13.24.
30 Cf. Pr. 19.18, donde la traducción es algo distinta.
Familia y religión 191
que cada persona que habita bajo nuestro techo conozca todo lo
que necesita para ser salvo? Debemos ocuparnos de que
nuestras esposas, sirvientes e hijos aprendan todo lo
concerniente a su paz eterna. Para ello, debes brindar no sólo a
tu esposa sino también a tus sirvientes la posibilidad de gozar
de los medios de instrucción pública. Especialmente en el día
del Señor deberías proveer todo lo necesario para el hogar con
anticipación, a fin de que todos ellos puedan asistir al servicio
religioso. También debes ocuparte de que tengan un tiempo para
leer, meditar y orar diariamente. Y luego debes averiguar si
realmente dan a ese tiempo el destino correcto. Tampoco dejes
pasar un solo día sin tener un tiempo de oración con la familia,
llevado a cabo con seriedad y solemnidad.
6. Con respecto a la instrucción de tus hijos, debes
ocuparte de ella desde edad temprana, y debes hacerlo
regularmente, con sencillez y paciencia. Instrúyelos desde un
principio, en cuanto percibas que existe un atisbo de razón. Así
podrá la verdad comenzar a brillar en sus mentes mucho antes
de lo que nosotros somos capaces de imaginar. Y quienquiera
observe las primeras señales del entendimiento puede poco a
poco proveer material adecuado para su desarrollo, y puede
hacer que el alma se vuelva hacia cosas buenas, o bien hacia
cosas malas o superfluas. Tan pronto un niño comienza a hablar
podemos estar seguros de que su capacidad de razonamiento
está en funcionamiento. No creo que exista impedimento alguno
para que los padres comiencen en ese preciso momento a
hablarles acerca de las cosas más valiosas, las cosas de Dios. Y
a partir de entonces no deberíamos perder oportunidad de
inculcarles todas las verdades que estén en condiciones de
comprender.
7. Sin embargo, hablarles desde edad temprana no
resultará beneficioso a menos que se les hable claramente.
Hablen un lenguaje que los niños puedan comprender,
utilizando las mismas palabras que ellos usan. Obsérvenlos
192 Sermón 94
atentamente y traten de que lo que ustedes digan tenga conexión
con las ideas que ellos ya tienen. Tan sólo a modo de ejemplo:
supongamos que invitamos a la niña o al niño a levantar la vista
al cielo y le preguntamos «¿Qué ves allí?» «El sol». «¡Mira
cómo brilla! ¿Sientes su calor sobre tu mano? Gracias al sol el
pasto y las flores pueden crecer, y también hace que los árboles
y todo lo demás se vea verde. Pero Dios, aunque tú no puedas
verlo, está más allá del cielo y ¡brilla mucho más que el sol! Es
Dios quien hizo el sol, a ti y a mí, y todo cuanto existe. Él es
quien hace crecer el pasto y las flores, da el verde a los árboles
y los colma de frutos. ¡Imagina todo lo que puede hacer! Puede
hacer cualquier cosa que desee. Podría matarme a mí o a ti en
un instante. Pero él te ama; quiere hacerte bien. Le gusta hacerte
feliz. ¿No te parece que tú también deberías amarlo? Tú me
amas porque yo te amo y te hago bien. Pero es Dios quien hace
posible que yo te ame. De modo que tú también debes amarlo;
él te enseñará cómo hacerlo».
8. Mientras así le hablas, con estas u otras palabras,
deberías elevar tu corazón a Dios implorándole que abra los ojos
de su entendimiento y que derrame su luz sobre ese niño o niña.
Él y nadie más que él puede hacer que se diferencien de las
bestias que indefectiblemente han de perecer. Sólo él puede
hacer que tus palabras queden grabadas en sus corazones, y que
tu esfuerzo no sea en vano. Recuerda que si el que enseña es el
Espíritu Santo, el aprendizaje es inmediato.
9. Pero si quieres ver el fruto de tu trabajo, no sólo debes
enseñarles a edad temprana y con claridad, sino también
regularmente. De poco o nada serviría que lo hicieras una o dos
veces a la semana. ¿Cuántas veces al día les proporcionas
alimento para sus cuerpos? No menos de tres veces al día. Pues
bien, ¿consideras que el alma tiene menos valor que el cuerpo?
¿No crees que se la debería alimentar con la misma frecuencia?
Si esta tarea te resulta demasiado pesada, sin duda hay algo en
Familia y religión 193
ti que está mal. No los amas lo suficiente, o no amas a quien es
Padre de todos, tuyo y de ellos. ¡Humíllate delante de él!
Ruégale que aumente tu amor, y el amor hará que la tarea te
resulte menos pesada.
10. Pero aunque les enseñes desde pequeños, y lo hagas
con claridad y regularmente, no será de provecho a menos que
estés dispuesto a perseverar. No interrumpas, no abandones esta
obra de amor hasta que veas sus frutos. Descubrirás que para
lograrlo es absolutamente necesario que seas investido de poder
desde lo alto; estoy convencido de que sin él nadie jamás tuvo,
ni tendrá, suficiente paciencia para cumplir con esta tarea. La
increíble torpeza de algunos niños, y los caprichos o tozudez de
otros te llevarían a abandonar la difícil tarea, y dejarlos librados
a su propia imaginación.
11. Supongamos que después de haber hecho todo esto,
después de haber instruido a tus hijos desde pequeños de la
manera más clara posible, sin desaprovechar oportunidad
alguna, y perseverando siempre, no llegaras a ver el fruto de tu
labor. Pues bien, no debes creer que esto significa que ya nunca
lo verás. Probablemente el pan que echaste sobre las aguas sea
hallado después de muchos días.31 La semilla que permaneció
largo tiempo en la tierra puede finalmente brotar y llegar a dar
una cosecha abundante. Especialmente si no escatimas tiempo
de oración, si permaneces constante con toda clase de súplica.
Entre tanto, más allá del efecto que esto provoque en otras
personas, tú recibirás tu recompensa del Altísimo.
12. Por otra parte, muchas madres y padres ven en forma
casi inmediata el fruto de las semillas que han sembrado, y se
sienten reconfortados al ver que sus hijos crecen en gracia de la
misma manera que crecen en años. Sin embargo su misión no
ha terminado. Aún tienen por delante una decisión que no
siempre resulta fácil. Sus hijos han crecido y es tiempo de que
31 Ec. 11.1.
194 Sermón 94
vayan a la escuela. Pero ¿cómo elegir la escuela más
conveniente?
13. Permítanme recordarles que no le estoy hablando al
mundo inmoral, frívolo e irresponsable, sino a quienes temen a
Dios. Pregunto, entonces, ¿para qué envían a sus hijos a la
escuela? ¿Para prepararlos para vivir en el mundo? ¿En qué
mundo están pensando, en éste o en el próximo? Tal vez ustedes
pensaron sólo en este mundo, olvidándose de que otro mundo
vendrá, sí, ¡un mundo que será eterno! Les ruego que tengan
esto presente y que los envíen a estudiar con maestros que les
recuerden esto permanentemente. De otro modo, enviarlos a la
escuela (permítanme hablar sin rodeos) no es mucho mejor que
enviarlos con el diablo. En cualquier caso, si están realmente
preocupados por la salvación de sus hijos varones, no los envíen
a las grandes escuelas públicas (que son la cuna de toda clase de
maldad), sino a una escuela privada dirigida por un hombre
piadoso que se preocupe por impartir en forma conjunta religión
y conocimientos a grupos pequeños de niños.
14. «Pero ¿qué haremos con las niñas?» Ante todo, no
las envíen a las grandes escuelas con internado. También en
estas instituciones las niñas aprenden unas de otras a ser
orgullosas, superficiales y afectadas, aprenden a tramar enredos
y engaños. En síntesis, aprenden todo cuanto una mujer
cristiana no debiera aprender. Imaginemos una jovencita que
tuviese buenas inclinaciones, mas ¿qué podría hacer rodeada de
compañeras que no saben nada acerca de Dios, que no tienen la
menor preocupación por su alma? ¿Existe alguna probabilidad,
alguna posibilidad, de que continúe temiendo a Dios o
preocupándose por la salvación de su alma viviendo en
semejante compañía? Particularmente teniendo en cuenta que
toda su conversación estará enfocada en otra dirección y
versará sobre temas que uno desearía que jamás cruzaran por
su mente. No he conocido hasta el presente mujeres sensatas y
Familia y religión 195
piadosas que, después de haber sido pupilas en uno de estos
grandes colegios, duden en afirmar que sería lo mismo enviar a
una jovencita a educarse en Drury Lane.32
15. «Pero, entonces, ¿adónde debo enviar a mis hijas?»
Si no puedes educarlas tú misma (tal como lo hizo mi madre,
que crio siete hijas mujeres hasta que fueron adultas), envíalas
con alguna maestra que verdaderamente tema a Dios, una cuya
vida sea modelo para sus pupilas, y que sólo atienda a un
número tal de alumnas que le permita cuidar de cada una como
lo hace alguien que sabe que debe rendir cuenta ante Dios.
Cuarenta años atrás no conocía ninguna maestra que reuniera
tales características, pero ahora es posible encontrar varias. Se
puede encontrar esta clase de maestra y de escuela en Highgate,
en Deptford, cerca de Bristol, en Chester, o bien cerca de Leeds.
16. Imaginemos que tus hijos han estado en la escuela
todo el tiempo necesario, y ahora estás pensando en una
ocupación para ellos. Antes de tomar decisión alguna,
asegúrate de que tu mirada esté puesta sólo en Dios.33
¿Realmente lo está? ¿Es, pues, tu intención agradar a Dios? Lo
correcto sería que lo tuvieses en cuenta al tomar la decisión.
Seguramente, si tú mismo amas y temes a Dios, tu primer
pensamiento será: ¿qué ocupación le brindará a mi hijo mayor
oportunidad de amar y servir a Dios? ¿qué trabajo le permitirá
atesorar riquezas en el cielo? Me ha sorprendido enormemente
comprobar que los padres, incluso padres piadosos, se
preocupan muy poco por este tema. Aun éstos se preocupan
más por el dinero que puedan ganar sus hijos que por la
santidad que puedan alcanzar. Y por tan grandioso motivo, aun
ellos, envían a sus hijos con maestros no creyentes, a vivir con
una familia que no conoce siquiera los aspectos formales de la
32 La zona de teatros de Londres. Nota del Editor.
33 Véase Mt. 6.22; Lc. 11.34.
196 Sermón 94
religión, ¡cuánto menos el poder de la verdadera religión!34 Por
este motivo lo colocarán en un empleo en el que seguramente se
verá expuesto a tantas tentaciones que no habrá ninguna
probabilidad, ni la más remota, de que pueda servir a Dios. ¡Oh,
padres desalmados! Actuar de este modo es diabólicamente
cruel e inhumano, si verdaderamente creen que hay otra vida.
«¿Qué hacer, entonces?» Fija en Dios tu meta, y todo
cuanto hagas, hazlo con el propósito de agradarle. Y encontrarás
un instructor, cualquiera sea su oficio, que ame, o al menos
tema, a Dios; y encontrarás una familia que tenga un
comportamiento religioso, y quizás también el poder de la
religión verdadera.35 Tu hijo podrá, de todos modos, decidir
servir al diablo si ese es su deseo, pero es poco probable que
esto suceda. Y no te fijes en el hecho de que gane menos dinero
en tanto alcance mayor santidad. Aunque posea menos bienes
terrenales, tendrá más que suficiente si asegura su tesoro en el
cielo.
17. Existe aún otra situación que requiere mucha
sabiduría de lo alto. Tu hijo o hija está en edad de casarse, y
desea conocer tu opinión al respecto. Ahora bien, tú sabes qué
es lo que el mundo considera un «buen partido»: aquel que nos
asegure mucho dinero. Ciertamente sería así si fuese verdad que
el dinero siempre trae felicidad. Pero yo dudo que esto sea
verdad; el dinero rara vez trae felicidad, ya sea en este mundo o
en el que vendrá. No dejes que nadie te engañe con vanas
palabras: las riquezas y la felicidad rara vez van juntas. Por
tanto, actúa sabiamente y no busques que el matrimonio
proporcione riquezas a tus hijos. También con respecto a este
tema asegúrate de que tu mirada esté puesta sólo en Dios, que
tu único objetivo sea la gloria de Dios y la auténtica felicidad
34 Véase 2 Ti. 3.15.
35 Ibid.
Familia y religión 197
para tus hijos, ahora y en la eternidad. Es lamentable ver padres
cristianos alegrarse por vender su hijo o su hija a un acaudalado
no creyente! ¿Realmente consideran esto un «buen partido»?
Insensatos, siguiendo este mismo criterio deberían llamar al
infierno «un buen alojamiento» y al diablo «un buen señor».
Busca primeramente el reino de Dios y su justicia, para ti y para
tus hijos, y todo lo demás os será añadido.36
18. Es innegable que si estás verdaderamente decidido
a transitar este camino, a procurar por todos los medios a tu
alcance que tú y tu casa sirvan al Señor, que cada miembro de
tu familia pueda adorarle, no sólo formalmente sino en espíritu
y en verdad, deberás recurrir a toda la gracia, todo el valor,
toda la sabiduría que Dios te ha dado. Encontrarás en el
camino obstáculos que sólo el tremendo poder de Dios te
permitirá sortear. Tendrás que luchar contra todos los «santos
del mundo» que creerán que tu postura es exagerada. Todas las
fuerzas de la oscuridad estarán contra ti, y emplearán tanto la
fuerza como el engaño; y por sobre todas las cosas, las trampas
que te tenderá tu propio corazón, el cual, si lo escuchas, te dará
muchas buenas razones por las que deberías acomodarte un
poco más a este mundo. Pero tú, tal como comenzaste, ¡sigue
adelante en el nombre del Señor y en el poder de su fuerza!37
Desafía tanto a los que se rían como a los que te reprueben.
Guíate por la razón y por los oráculos del Señor, no por las
modas o costumbres impuestas por los humanos. Consérvate
puro.38 Sin importar lo que hagan los demás, ocúpate de que tú
y tu casa adornen la doctrina de Dios nuestro Salvador.39 Tú,
tu pareja, tus hijos e hijas, y tus sirvientes, todos trabajen para
el Señor, compartiendo todos el mismo yugo, cumpliendo
36 Mt. 6.33.
37 Ef. 6.10.
38 1 Ti. 5.22.
39 Tit. 2.10.
198 Sermón 94
todos sus mandamientos y ordenanzas,40 hasta el día en que
cada uno recibirá su recompensa conforme a su labor.41
Nottingham, 26 de mayo de 1783.
40 Lc. 1.6.
41 1 Co.3.8.