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Sermón 87 - El peligro de las riquezas

1 Timoteo 6.9

Porque los que quieren enriquecerse caen en tentación

y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que hunden a los

hombres en destrucción y perdición.

1. ¡Cuán innumerables son las malas consecuencias que

han tenido lugar porque la gente no conoce y no toma en

consideración esta gran verdad! ¡Y cuán pocos son los que aun

en el mundo cristiano la conocen o la consideran debidamente!

¡Cuán pequeño es el número de aquéllos, aun entre los

auténticos cristianos, que la comprenden y la toman a pecho! La

mayoría la pasa por alto livianamente, recordando escasamente

que tal texto se halla en la Biblia. Y muchos le incorporan tal

interpretación que lo despojan de toda clase de efecto. «Los que

quieren enriquecerse» dicen, «esto es, los que quieren

enriquecerse de cualquier modo, que quieren enriquecerse bien

o mal, que están resueltos a lograr su propósito, a alcanzar su

fin, cualesquiera sean los medios que usen para lograrlos, esos

caen en tentación, y en todos los males enumerados por el

apóstol». Pero por cierto que si este fuera todo el significado del

texto bien podría estar fuera de la Biblia.

2. Esto está tan lejos de ser todo el significado del texto

que no es ni parte de su significado. El apóstol no habla aquí de

ganar riquezas injustamente, sino de algo bien distinto: sus

palabras deben entenderse en su sentido llano y obvio, sin

restricción ni calificación cualesquiera sean. San Pablo no dice:

«Los que quieren enriquecerse por malos medios», mediante el

robo, el despojo, la opresión o la extorsión; los que quieren

129

130 Sermón 87

enriquecerse mediante el fraude o artificios deshonestos, sino

simplemente «Los que quieren enriquecerse», éstos,

admitiendo y suponiendo que los medios que utilizan son de lo

más inocentes, «caen en tentación y lazo, y en muchas codicias

necias y dañosas, que hunden a los hombres en destrucción y

perdición».

3. ¿Mas quién cree en esto? ¿Quién lo recibe como la

verdad de Dios? ¿Quién está profundamente convencido de

ello? ¿Quién lo predica? Grande es la compañía de predicadores

hoy en día, regulares e irregulares. Pero ¿cuál de ellos predica

abierta y explícitamente esta extraña doctrina? Según la aguda

observación de un gran hombre, «el púlpito es el baluarte del

predicador temeroso». Pero ¿quién, aun en su baluarte, tiene el

coraje de proclamar una verdad tan fuera de moda? No recuerdo

que en sesenta años haya escuchado predicar un sermón sobre

este tema. ¿Y qué autor durante el mismo lapso lo ha

proclamado desde la prensa? ¿Por lo menos en el idioma inglés?

No conozco ni uno, no he visto ni oído a tal autor. He visto a

dos o tres que apenas lo rozan, pero ninguno de ellos lo trata

expresamente. Yo mismo lo he tocado frecuentemente al

predicar, y dos veces en lo que he publicado: una vez al explicar

el Sermón del Monte de nuestro Señor y una vez en el discurso

sobre «las riquezas de iniquidad». Pero nunca he predicado ni

publicado ningún sermón expresamente sobre el tema. Ya es

hora de que lo haga, que me explaye tan vigorosa y

explícitamente como pueda para dejar un testimonio pleno y

claro detrás de mí cuando Dios se complazca en llamarme.

4. ¡Oh que Dios me diese hablar con palabras directas y

compulsivas! ¡Y que vosotros las recibáis con corazones

honestos y humildes! Que no se pueda decir: «Estarán delante

de ti como pueblo mío, y oirán tus palabras, y no las pondrán

por obra. Y he aquí que tú eres a ellos como cantor de

amores, hermoso de voz y que canta bien; ¡y oirán tus

El peligro de las riquezas 131

palabras mas no las pondrán por obra!»1 ¡Oh que vosotros no

seáis oidores olvidadizos, sino hacedores de la obra, para que

seáis bienaventurados en lo que hacéis!2 En esta esperanza

trataré:

Primero, de explicar las palabras del Apóstol.

Y en segundo lugar, de aplicarlas.

Pero ¡Oh! Para estas cosas, ¿quién es suficiente?3

¿Quién es capaz de detener la corriente general? ¿De combatir

todos los prejuicios, no sólo del mundo vulgar, sino también del

culto y del religioso? Con todo, ¡nada es demasiado difícil para

Dios! Todavía su gracia nos basta.4 En su nombre, entonces, y

mediante su fuerza intentaré:

I. Explicar las palabras del apóstol.

1. Primeramente, consideremos qué es «ser rico». ¿Qué

quiere decir el apóstol mediante esta expresión?

El versículo precedente establece el significado de esto:

«Teniendo sustento y abrigo (esta palabra, literalmente, incluye

tanto vivienda como vestimentas) estemos contentos con esto.5

Porque los que quieren enriquecerse...», esto es, los que quieren

tener más que estas cosas, más que «sustento y abrigo». Se

deduce sencillamente que cualquier cosa que es más que éstas,

en el sentido del apóstol, es riquezas, o sea cualquier cosa que

esté por encima de las cosas simplemente necesarias o, a lo

sumo, convenientes de la vida. Quienquiera que tenga suficiente

alimento para comer y ropa para ponerse, junto con un lugar

donde reclinar su cabeza, es rico.

1 Ez. 33.31-32.

2 Cf. Stg. 1.25.

3 2 Co. 2.16.

4 Cf. 2 Co. 12.9.

5 Cf. 1 Tim. 6.8.

132 Sermón 87

2. Consideremos, en segundo lugar, qué significa esta

expresión, «los que quieren enriquecerse». ¿No implica esto,

primeramente, «los que quieren enriquecerse» y tener más que

«sustento y abrigo», a aquellos que deliberadamente desean más

que alimento para comer, ropa para vestirse y un lugar donde

reclinar su cabeza, o sea más que las cosas simplemente

necesarias y convenientes de la vida?

Por lo menos todos los que se permiten a sí mismos este

deseo, que no ven ningún daño en él, «desean enriquecerse».

3. Y lo mismo hacen, en segundo lugar, todos los que

con calma, deliberadamente y a propósito se esfuerzan por

lograr más que «sustento y abrigo»; quienes se proponen y se

esfuerzan no sólo por lograr los recursos mundanos que les

proporcionarán las cosas necesarias y convenientes de la vida,

sino por más que esto, sea para almacenarlo o para gastarlo en

cosas superfluas. Todos ellos demuestran innegablemente su

«deseo de enriquecerse» al esforzarse en lograrlo.

4. ¿Acaso no debemos, en tercer lugar, hacer figurar

entre «los que quieren enriquecerse» a todos aquellos que se

hacen tesoros sobre la tierra,6 algo tan expresa y claramente

prohibido por nuestro Señor como el adulterio o el homicidio?

Se admite (1) que hemos de proveer las cosas necesarias y

convenientes para los miembros de nuestra propia familia; (2)

que las personas dedicadas a los negocios han de guardar todo

lo que les sea necesario para llevar adelante dichos negocios;

(3) que hemos de dejar a nuestros hijos aquello que les provea

lo necesario y conveniente después que hayamos dejado el

mundo; y (4), que hemos de proveernos de todas las cosas

honestamente a la vista de las personas, de modo que no

debamos a nadie nada.7 Pero almacenar algo más, cuando

todo esto ha sido hecho, es lo que nuestro Señor lisa y

6 Cf. Mt. 6.19.

7 Cf. Ro. 13.8.

El peligro de las riquezas 133

llanamente ha prohibido. Cuando realiza tranquila y

deliberadamente, es una clara prueba de nuestro deseo de

enriquecernos. Y amontonar dinero de esta manera no es más

consecuente con la buena conciencia que arrojarlo al mar.

5. Debemos incluir entre ellos, en cuarto lugar, a todos

los que poseen más de los bienes de este mundo que lo que usan

conforme a la voluntad del Dador; yo debiera decir del

Propietario, porque él solamente nos los presta, o para hablar

más estrictamente, nos los confía como a mayordomos,

reservándose la propiedad de ellos para sí mismo. Y por cierto

que no podría actuar de otra manera, puesto que son la obra de

sus manos; él es y debe ser el dueño de los cielos y de la tierra.8

Éste es su derecho inalienable, derecho del cual no puede

despojarse. Y juntamente con esa porción de sus bienes que él

ha colocado en nuestras manos nos ha entregado las Escrituras,

especificando los propósitos para los cuales él nos los ha

confiado. Por lo tanto, si guardamos en nuestras manos más de

lo que es necesario para los propósitos precedentes, ciertamente

caemos bajo el cargo de «querer enriquecernos». Por encima de

eso, somos culpables de enterrar el talento de nuestro Señor, y

por causa de ello estamos sujetos a ser declarados malos, por ser

siervos inútiles.9

6. Bajo esta imputación de «querer enriquecerse» caen,

en quinto lugar, todos los avaros.10 La palabra probablemente

designa a aquellos que se deleitan en el dinero, que se

complacen en él, los que en él buscan su felicidad, que cobijan

su oro y plata, sus billetes y sus pagarés. Así era el hombre

descripto por el distinguido pintor romano, quien prorrumpió en

aquel soliloquio natural:

8 Cf. Gn. 14.19, 22.

9 Cf. Mt. 25.26, 30.

10 2 Ti.3.2. N. del T.: Wesley dice «amantes del dinero», tal como las versiones

inglesas y castellanas actuales, al traducir el griego filárguroi.

134 Sermón 87

... Populus me sibilat, at mihi plaudo

Ipse domi quoties nummos contemplor in

arca.11

(El pueblo me silba, pero en casa me aplaudo,

cuando contemplo el dinero en mi cofre del

tesoro).

Si hay algunos vicios que no son naturales al ser

humano, debiera imaginarme que éste es uno de ellos, puesto

que el dinero, por sí mismo, no gratifica ningún deseo natural o

apetito de la mente humana, y puesto que, durante una

observación de sesenta años, no recuerdo un sólo ejemplo de

una persona entregada al amor al dinero que no haya descuidado

emplear este precioso talento conforme a la voluntad de su amo.

Después de esto, el pecado fue castigado por el pecado, y a este

mal espíritu le fue permitido entrar en ella.

7. Pero aparte de este tipo grosero de codicia, el amor al

dinero,12 hay una forma más refinada de codicia, nombrada por

el gran apóstol, pleonexía,13 lo cual literalmente significa «un

deseo de poseer más», más de lo que ya tenemos. Y esos

también caen bajo la descripción de «los que quieren

enriquecerse». Es verdad que este deseo, bajo restricciones

apropiadas, es inocente y aun recomendable. Pero cuando

sobrepasa los límites (¡Y cuán difícil es no sobrepasarlos!)

entonces cae bajo la presente censura.

8. Pero ¿quién es capaz de recibir estas palabras tan

duras? ¿Quién puede creer que ellas son las grandes verdades

de Dios? No muchos sabios, no muchos nobles,14 no muchos

famosos por su cultura, ciertamente ninguno de los que no son

11 Cita de Horacio, Sátiras, I.i.66-67.

12 1 Tim. 6.10.

13 Ro. 1.29; véase también 2 Co. 9.5; Ef. 4.19; 5.3; Col. 3.5.

14 Cf. 1 Co. 1.26.

El peligro de las riquezas 135

enseñados por Dios. ¿Y quiénes son aquéllos a quienes Dios

enseña? Permitamos que nuestro Señor responda: «El que

quiera hacer la voluntad de Dios, conocerá si la doctrina es de

Dios».15 Los que tienen una mentalidad distinta estarán tan lejos

de recibirla que no serán capaces de entenderla. Dos hombres

sensibles como los que más en Inglaterra se reunieron hace un

tiempo para releer y considerar aquel sencillo dicho: «No os

hagáis tesoros sobre la tierra».16 Luego de larga y profunda

consideración uno de ellos prorrumpió: «Positivamente, no lo

puedo entender. Por favor, ¿puede usted entenderlo, Sr. L.?» El

Sr. L. respondió honestamente: «Por cierto que no. No puedo

concebir qué quiere decir el Sr. Wesley. No lo entiendo para

nada». ¡Tan absolutamente ciego es nuestro entendimiento

natural con respecto a la verdad de Dios!

9. Habiendo explicado la primera parte del texto, «los

que quieren enriquecerse», y habiendo señalado de la manera

más clara que podía a las personas de quienes se habla, intentaré

ahora, con la ayuda de Dios, explicar qué se dice de ellos: «Caen

en tentación y lazo, y en muchas codicias necias y dañosas, que

hunden a los hombres en destrucción y perdición».

«Caen en tentación». Esto parece significar mucho

más que simplemente «son tentados». Entran en tentación:17

caen a plomo en ella. Sus olas les rodean y los cubren

totalmente. De aquellos que de tal manera entran en tentación

muy pocos escapan. Y los pocos que lo hacen quedan

penosamente chamuscados por ella, aunque no totalmente

consumidos. Si de alguna manera escapan es con sólo la piel

15 Jn. 7.17.

16 Mt. 6.19.

17 Cf. Mc. 14.38.

136 Sermón 87

de sus dientes18 y con profundas heridas que no se curan

fácilmente.

10. En segundo lugar, caen en lazo, el lazo del diablo,19

el cual éste ha puesto intencionalmente en su camino. Yo creo

que la palabra griega significa exactamente un armadijo, una

trampa de acero, que no presenta ninguna apariencia de peligro.

Pero tan pronto como una criatura toca el resorte, la trampa se

cierra repentinamente y le aplasta los huesos hasta hacerlos

pedazos, o la manda a una ruina inevitable.

11. En tercer lugar caen «en muchas codicias necias y

dañosas»: anoétous, tontas, insensatas, fantásticas, tan

contrarias a la razón y al sano entendimiento como lo son a la

religión; «dañosas» tanto al cuerpo como al alma, tendientes a

debilitar y aun a destruir toda tendencia celestial producto de la

gracia; destructoras de esa fe que es obra de Dios; de esa

esperanza que está llena de inmortalidad;20 del amor a Dios y

al prójimo, y de toda buena palabra y obra.21

12. Pero ¿qué deseos22 son éstos? Ésta es la pregunta

más importante y merece la más profunda consideración.

En general, pueden resumirse en uno: el deseo de

felicidad fuera de Dios. Esto incluye, directa o remotamente,

todo deseo necio y dañino. San Pablo lo expresa con las

palabras: «amando a las criaturas más que al Creador»;23 y

siendo «amadores de los deleites más que de Dios».24 En

particular son (para emplear la exacta y bella enumeración de

18 Cf. Job 19.20.

19 1 Ti. 3.7; 2 Ti. 2.26.

20 Cf. Sab. 3.4.

21 Cf. 2 Ts. 2.17.

22 N. del T.: Wesley emplea una versión inglesa que dice literalmente desires (deseos),

en lugar de lusts (codicias), lo cual explica sus reflexiones siguientes.

23 Cf. Ro. 1.25.

24 2 Ti. 3.4.

El peligro de las riquezas 137

san Juan) «los deseos de la carne, los deseos de los ojos y la

vanagloria de la vida»:25 a todos los cuales el deseo de riquezas

tiende tanto a engendrar como a acrecentar.

13. El «deseo de la carne» generalmente se entiende en

un sentido demasiado estrecho. No se refiere, como

comúnmente se supone, solamente a uno de nuestros sentidos,

sino que incluye todos los placeres sensibles, la gratificación de

cualquiera de los sentidos externos. Tiene referencia

particularmente al gusto. ¿Cuántos miles de personas hallamos

hoy en día en quienes el motivo dominante es ampliar el placer

de gustar? Quizás no gratifican este deseo de un modo grosero,

como para incurrir bajo la imputación de intemperancia; mucho

menos como para violentar su salud o perjudicar su entendi-

miento mediante la glotonería o la embriaguez. Pero viven en

una sensualidad refinada y habitual, en un elegante epicureísmo

que no lastima el cuerpo sino que solamente destruye el alma,

manteniéndola a distancia de la verdadera religión.

14. La experiencia muestra que la imaginación es

gratificada principalmente por medio del ojo. Por lo tanto, «el

deseo de los ojos», en su sentido natural, es desear y buscar la

felicidad gratificando la imaginación. Ahora bien, la

imaginación es gratificada ya sea por la magnificencia, la

belleza o la novedad; especialmente por esta última, puesto que

ni los objetos grandiosos ni los hermosos causan placer mucho

más tiempo que mientras son nuevos.

15. Buscar la felicidad en el saber de cualquier índole

cae bajo «el deseo de los ojos», si es en historia, en idiomas, en

poesía o en cualquier rama de la filosofía natural o

experimental; y aun debemos incluir las diversas clases de

saber, tales como la geometría, el álgebra y la metafísica. Porque

si nuestro supremo deleite está en alguna de éstas, estaremos en

ello gratificando «el deseo de los ojos».

25 1 Jn. 2.16.

138 Sermón 87

16. «La vanagloria de la vida» (cualquiera sea el

significado de esa expresión muy poco común: hé alazonéia tou

bíou) parece implicar especialmente el deseo de honores, o de

la estima, el aplauso o la admiración de los demás. Y como las

riquezas atraen mucha admiración y son ocasión de mucho

aplauso, proporcionalmente suministran alimento para la

vanagloria, y de esta manera pueden ser incluidas en este

párrafo.

17. El deseo de comodidad es otro de estos deseos

necios y dañinos; el deseo de evitar toda cruz, toda medida de

molestia, peligro, dificultad; el deseo de vivir un ensueño

alejado de la vida y de ir a cielo (como se dice vulgarmente)

«sobre un lecho de plumas». Todos pueden observar cómo las

riquezas primero engendran y luego confirman y acrecientan

este deseo, haciendo a las personas más y más blandas y

delicadas, más reacias y ciertamente más incapaces de tomar su

cruz cada día,26 de sufrir penalidades como buen soldado de

Jesucristo,27 y de arrebatar el reino de los cielos mediante la

violencia.28

18. Las riquezas, ya sean deseadas o poseídas, conducen

naturalmente a unos u otros de estos deseos necios y dañinos; y

al proporcionar los medios de gratificarlos todos, tienden

naturalmente a aumentarlos. Y hay una conexión cercana entre

los deseos impuros y toda otra pasión o tendencia impura.

Fácilmente pasamos de éstas al orgullo, la ira, la amargura, la

envidia, la malicia, el deseo de venganza; a un espíritu

contumaz, que no admite consejos ni admoniciones, y

ciertamente a toda tendencia terrenal, sensual y diabólica.29

26 Cf. Lc. 9.23.

27 2 Ti. 2.3.

28 Cf. Mt. 11.12.

29 Cf. Stg. 3.15.

El peligro de las riquezas 139

El deseo o la posesión de riquezas tiende a crear, fortalecer y

acrecentar a todos éstos.

19. Y haciéndolo así, en la misma proporción en que

prevalecen, traspasan a los hombres con muchos dolores;30

dolores de remordimiento, por una conciencia culpable; dolores

provenientes de todas las malas tendencias que inspiran o

acrecientan; dolores inseparables de esos mismos deseos, dado

que todo deseo impuro es un deseo incómodo, y dolores

provenientes de la contradicción de dichos deseos entre sí, por

lo cual es imposible gratificarlos a todos. Y finalmente

«hunden» al cuerpo en dolor, enfermedad, y «destrucción», y al

alma en eterna «perdición».

II.1. Y ahora, en segundo lugar, voy a aplicar lo que se

ha dicho. Y éste es el punto principal. Porque, ¿de qué sirve el

conocimiento más esclarecido, aun de las cosas más excelentes,

aun de las cosas de Dios, si ello no va más allá de la

especulación, si no se traduce a la práctica? ¡El que tiene oídos

para oír, oiga!31 Y lo que oye, que inmediatamente lo ponga en

práctica.

¡Oh que Dios me diese aquello que yo ansío: que antes

que yo me vaya y perezca,32 y no me vean más, pueda ver un

pueblo plenamente consagrado a Dios, crucificado al mundo, y

el mundo crucificado a ellos.33 ¡Un pueblo verdaderamente

entregado a Dios, en cuerpo, alma y sustancia! ¡Cuán

alegremente diría entonces: «Ahora, Señor, despides a tu siervo

en paz!»34

2. Pregunto entonces, en el nombre de Dios, ¿Quién de

vosotros «desea enriquecerse»? ¿Quién de vosotros

30 Cf. 1 Ti. 6.10.

31 Mt. 11.15, etc.

32 Cf. Sal. 39.13.

33 Cf. Gá. 6.14.

34 Cf. Lc. 2.29.

140 Sermón 87

(preguntaos en vuestros corazones, ante la vista de Dios) desea

seria y deliberadamente (y quizás os aplaudáis a vosotros

mismos, como ejemplo no pequeño de vuestra prudencia) tener

más que alimentos para comer, ropa para ponerse y una casa que

os cubra? ¿Quién de vosotros desea tener más que las cosas

sencillas que son necesarias y convenientes para la vida?

¡Deteneos! ¡Considerad! ¿Qué estáis haciendo? ¡El mal está

delante de vosotros! ¿Correréis sobre la punta de una espada?

¡Por la gracia de Dios: volveos y vivid!

3. Por la misma autoridad pregunto: ¿Quiénes de

ustedes se están esforzando por ser ricos? ¿De procurarse más

que las cosas simplemente necesarias y convenientes para la

vida? Colocad, cada uno de vosotros, la mano sobre el corazón

e inquirid seriamente: ¿Soy yo uno de esos? ¿Estoy trabajando,

no sólo por lo que necesito, sino por más de lo que necesito?

Que el Espíritu de Dios le diga a quien le corresponda: «¡Tú eres

ese hombre!»35

4. Pregunto, en tercer lugar, ¿Quién de vosotros está de

hecho haciéndose tesoros sobre la tierra?36 ¿Aumentando sus

bienes? ¿Añadiendo, tan rápidamente como puede, casa a casa

y heredad a heredad?37 Mientras así te beneficies, serás loado

cuando prosperes.38 ¡Dirán de ti que eres un hombre «sabio» y

«prudente»! Un hombre que «sabe aprovechar su oportunidad».

Así es, y siempre lo ha sido, la sabiduría del mundo. Pero Dios

te dice: «¡Necio!»39 ¿Acaso no estás atesorando para ti mismo

ira para el día de la ira y de la revelación del justo juicio de

Dios?40

35 2 S. 12.7.

36 Cf. Mt. 6.19.

37 Cf. Is. 5.8.

38 Cf. Sal. 49.18.

39 Cf. Lc. 12.20.

40 Cf. Ro. 2.5.

El peligro de las riquezas 141

5. Quizás preguntéis: «Pero ¿acaso tú mismo no nos

aconsejas ganar todo lo que podamos y ahorrar todo lo que

podamos?» ¿Y es posible hacer esto sin «desear» y al mismo

tiempo «esforzarse» por enriquecerse? ¿Es posible suponer que

nuestros esfuerzos tengan éxito sin hacernos al mismo tiempo

«tesoros en la tierra»?

Yo respondo: «Es posible». Es posible que ganes todo

lo que puedas sin que perjudiques tu alma o tu cuerpo; puedes

ahorrar todo lo que puedas, evitando cuidadosamente todo gasto

innecesario, y sin embargo nunca «hacerte tesoros en la tierra»,

ni tampoco desearlos ni esforzarte por ello.

6. Permíteme hablar tan francamente de mí mismo

como lo haría de otra persona. «Gano todo lo que puedo» (a

saber, escribiendo) sin dañar a mi alma o a mi cuerpo. «Ahorro

todo lo que puedo», sin malgastar nada por gusto, ni una hoja

de papel, ni un vaso de agua.

No gasto nada, ni un chelín, a no ser como un sacrificio

a Dios. Sin embargo, «dando todo lo que puedo», estoy

efectivamente protegido contra el peligro de «hacerme tesoros

sobre la tierra». Y estoy protegido de desear enriquecerme o de

esforzarme por ser rico puesto que «doy todo lo que puedo». Y

de que hago esto llamo a testificar a todos los que me conocen,

tanto amigos como enemigos.

7. Pero algunos pueden decir: «Sea que te esfuerces por

ello o no, tú eres innegablemente rico. Tienes más que lo

necesario para vivir». Lo tengo. Pero el apóstol no pone la carga

simplemente en poseer cualquier cantidad de bienes sino en

poseer más de lo que empleamos conforme a la voluntad del

Dador.

Hace cuarenta y dos años, teniendo el deseo de proveer

a la gente pobre con libros más baratos, más cortos y más

sencillos que cualquiera de los que yo había visto, escribí

muchos tratados pequeños, generalmente a un penique cada

uno, y luego varios más grandes. Algunos de ellos tuvieron una

142 Sermón 87

venta como yo no lo había pensado, y por este medio,

inadvertidamente, me hice rico. Pero nunca lo deseé ni me

esforcé por lograrlo. Y ahora que me ha sobrevenido de

improviso no acumulo tesoros sobre la tierra; no acumulo

absolutamente nada. Mi deseo y mi esfuerzo en este aspecto es

«redondear mis cuentas al fin del año».41 Me veré obligado a

dejar mis libros detrás de mí cuando Dios me llame. Pero en

todos los demás aspectos mis manos serán mis ejecutoras.

8. Y ahora, mis hermanos, que vosotros los que sois

ricos sean siquiera como soy yo. Preguntaos vosotros, los que

poseéis más que el alimento y la vestimenta: «¿Qué haremos?

¿Arrojaremos al mar lo que Dios nos ha dado?» ¡Dios no

permita que lo hagáis! Es un talento excelente que puede ser

empleado en gran manera para la gloria de Dios. Vuestro

camino se extiende llano ante vuestro rostro; si tenéis valor,

caminad en él. Habiendo «ganado» (en sentido correcto) «todo

lo que podéis», y «ahorrado todo lo que podéis», a pesar de la

naturaleza, la costumbre y la prudencia mundana, «dad todo lo

que podéis». Yo no digo: «Se un buen judío, dando un diezmo

de lo que posees». Tampoco digo: «Sé un buen fariseo, dando

un quinto de tus bienes». No me atrevo a aconsejarte a que des

la mitad de lo que tienes; no, ni tampoco los tres cuartos, ¡sino

todo! Levantad vuestros corazones y veréis en qué sentido esto

ha de hacerse.

Si deseas ser un mayordomo fiel y prudente,42 de esa

porción de los bienes del Señor que en el tiempo presente él ha

colocado en tus manos, mas con el derecho a recuperarlos

cuando a él le plazca, (1) provee las cosas necesarias para ti

mismo: alimentos para comer, vestimenta para cubrirte,

cualquier cosa que la naturaleza requiera para preservar tanto

41 Wesley emplea aquí un refrán idiomático que traducimos dando sólo una idea

aproximada: «Wind my bottom round the year».

42 Lc. 12.42.

El peligro de las riquezas 143

tu salud como tus fuerzas; (2) provee estas cosas para tu esposa,

tus hijos, tus sirvientes, y todos los otros que estén

comprendidos en tu casa. Si cuando esto ha sido hecho, queda

un excedente, entonces haz el bien a los de la familia de la fe.43

Si todavía hay un excedente, según tengas oportunidad, haz el

bien a todos los hombres.44Al obrar así, da todo lo que puedas;

y en un sentido cabal, todo lo que tienes. Porque todo lo que se

entrega de esta manera es realmente dado a Dios. Das a Dios

las cosas que son de Dios,45no sólo por lo que das a los pobres,

sino también mediante aquello que gastas en proveer las cosas

necesarias para ti mismo y para tu familia.

9. ¡Oh vosotros, metodistas, escuchad la palabra del

Señor! Tengo un mensaje de Dios para toda la humanidad,

pero sobre todo para vosotros. Por más de cuarenta años he

sido un siervo para vosotros y para vuestros padres. Y no he

sido como una caña agitada por el viento.46 No he variado en

mi testimonio. Os he testificado exactamente lo mismo desde el

primer día hasta ahora. Pero ¿quién ha creído a nuestro

anuncio?47 Me temo que no muchos ricos. Me temo que es

necesario aplicar a algunos de ustedes aquellas terribles

palabras del apóstol: «¡Vamos ahora, ricos! ¡Llorad y aullad

por las miserias que os vendrán! Vuestro oro y plata están

enmohecidos; y su moho testificará contra vosotros, y

devorará del todo vuestras carnes como fuego».48 Ciertamente

así será, a menos que vosotros a la vez ahorréis todo lo que

podéis y deis todo lo que podéis. Pero ¿quién de vosotros ha

considerado esto desde que escuchasteis por primera vez la

voluntad de Dios al respecto? ¿Quién está decidido ahora a

43 Gá. 6.10.

44 Cf. Gá. 6.10.

45 Cf. Mt. 22.21.

46 Cf. Mt. 11.7.

47 Is. 53.1; Jn. 12.38.

48 Stg. 5.1, 3.

144 Sermón 87

considerarlo y practicarlo? ¡Por la gracia de Dios, comienza

hoy!

10. ¡Vosotros, «amantes del dinero», oíd la palabra del

Señor! ¿Suponéis que el dinero, aunque se multiplique como la

arena del mar, puede dar felicidad? Entonces estáis entregados

a un poder engañoso, para que creáis una mentira,49 una

mentira palpable, refutada diariamente por mil experiencias.

¡Abrid vuestros ojos! ¡Mirad a vuestro derredor! ¿Son los ricos

los más felices? ¿Tienen la porción más grande de

contentamiento los que tienen las mayores posesiones? ¿No es

verdad lo contrario? ¿No es una observación común que las

personas más ricas son generalmente las más descontentas, las

más miserables? ¿No tenían más felicidad la mayor parte de

ellos cuando tenían menos dinero? Mirad dentro de vuestros

pechos. Si habéis acrecentado vuestros bienes, ¿habéis

acrecentado proporcionalmente vuestra felicidad? Tenéis más

fortuna, ¿pero tenéis más contentamiento? Sabéis lo contrario.

Sabéis que al buscar la felicidad en las riquezas sólo estáis

tratando de beber en copas vacías. Y por más que estén

finamente decoradas y pintadas, aun están vacías.

11. ¡Vosotros los que deseáis enriqueceros,50 oíd la

palabra del Señor! ¿Por qué habéis de ser golpeados aún más?

¿Ni aun la experiencia os enseñará sabiduría? ¿Saltaréis dentro

de un hoyo con los ojos abiertos? ¿Por qué todavía debéis caer

en tentación? No otra cosa sino la tentación os acosará

mientras estáis en el cuerpo. Pero aunque os acose por todos

lados, ¿por qué os meteréis en ella? Esto no es necesario; es

vuestro propio acto voluntario. ¿Por qué habéis de arrojaros

una vez más «en un lazo», en la trampa que Satanás os ha

preparado, la cual está lista para romperos los huesos en

pedazos, para quebrantar a muerte vuestra alma? Después de

49 Cf. 2 Ts. 2.11.

50 Cf. 1 Ti. 6.19.

El peligro de las riquezas 145

una clara advertencia, ¿por qué habéis de hundiros una vez más

en «codicias necias y dañosas»? Codicias tan necias, tan

incongruentes con la razón como lo son con la misma religión.

Deseos que ya os han hecho tanto mal que ni todos los tesoros

sobre la tierra pueden contrapesar.

12. ¿No os han dañado ya, no os han herido en lo más

tierno, debilitando y aun destruyendo vuestra hambre y sed de

justicia?51 ¿Tenéis ahora el mismo anhelo que una vez tuvisteis

de la imagen plena de Dios? ¿Tenéis el mismo deseo vehemente

como antes lo tuvisteis de ir adelante a la perfección?52 ¿No os

han lastimado ya debilitando vuestra fe? ¿Tenéis ahora «la

impresión inmanente de la fe, como certeza de lo que se

espera»?53 ¿Soportáis todas las tentaciones, provenientes del

placer o del dolor, como viendo al invisible?54 ¿Tenéis cada día,

cada hora, un sentido ininterrumpido de su presencia? ¿No os

han dañado con respecto a vuestra esperanza? ¿Tenéis ahora

una esperanza que está llena de inmortalidad?55 ¿Es todavía

grande vuestra sincera expectativa de todas las preciosas y

grandísimas promesas?56 ¿Gustáis ahora de los poderes del

siglo venidero?57 ¿Estáis sentados en los lugares celestiales con

Cristo Jesús?58

13. ¿No os han herido como si apuñalaran vuestra

religión en pleno corazón? ¿No han enfriado, si es que no lo

apagaron, vuestro amor a Dios? Esto se determina fácilmente.

51 Cf. Mt. 5.6.

52 Cf. He. 1.6.

53 Cita de una línea de un himno de Carlos Wesley, que evoca palabras de He. 11.1.

54 Cf. He. 11.27.

55 Sab. 3.4.

56 Cf. 2 P. 1.4.

57 Cf. He. 6.5.

58 Cf. Ef. 2.6.

146 Sermón 87

¿Tenéis el mismo deleite en Dios que una vez tuvisteis? ¿Podéis

decir ahora:

Nada deseo, ni abajo ni arriba,

Feliz, feliz en tu amor?59

Me temo que no. Y si vuestro amor a Dios está en cierto modo

decaído, lo mismo está vuestro amor al prójimo. ¡Estáis pues

heridos en la misma vida y espíritu de vuestra religión! Si

perdéis el amor, lo perdéis todo.

14. ¿No estáis heridos con respecto a vuestra humildad?

Si habéis aumentado vuestros bienes, no puede ser de otra

manera. Muchos pensarán que eres una persona mejor porque

eres más rico. ¿Y cómo podrás evitar que tú mismo pienses así?

Digo esto considerando especialmente las recomendaciones que

algunos te darán con toda simplicidad, y muchos con el

propósito de servirse ellos mismos de ti.

Si estás herido en tu humildad, ello se manifestará por

esta señal: no serás tan receptivo de enseñanzas o de consejos

como lo eras antes; no eres tan fácil de convencer ni de ser

persuadido. Tienes una opinión mucho mejor de tu propio juicio

y estás más adherido a tu propia voluntad. Antes, podías ser

guiado con un hilo; ahora nadie puede hacerte dar vuelta ni con

coyundas de carreta.60 Te alegrabas de ser amonestado o

reprendido; pero eso es tiempo pasado. Y ahora consideras a una

persona como tu enemigo porque te dice la verdad. ¡Que cada

uno considere esto con calma y vea si no es su propio retrato!

15. ¿No estáis igualmente heridos con respecto a

vuestra mansedumbre? Una vez aprendiste una excelente

lección de aquel que era manso y humilde de corazón.61

59 Versos de un himno de la colección de Juan y Carlos Wesley, A Collection of Psalms

and Hymns (1743), p. 95.

60 Cf. Is. 5.18.

61 Cf. Mt. 11.29.

El peligro de las riquezas 147

Cuando te maldecían, no respondías con maldición.62 No

devolvías agravio por agravio, sino por lo contrario,

bendición.63 Tu amor no se irritaba,64 sino que te capacitaba en

todas las ocasiones para vencer con el bien al mal.65 ¡Más bien

puede decirse que no puedes soportar nada: ni injurias ni aun

afrentas! ¡Con qué rapidez te excitas! Qué pronto eso sucede:

«¿Qué? ¡Hacerme eso a mí! ¡Qué insolencia es ésta! ¡Cómo se

atreve! No soy ahora como era tiempo atrás. Que sepa que soy

capaz de defenderme». Lo que quieres decir es: «de vengarme».

Y si no agarras a tu consiervo por el cuello no será porque no

quieres sino porque no eres capaz de hacerlo.

16. ¿No estáis heridos también en vuestra paciencia?

¿Ahora vuestro amor todo lo soporta?66 ¿Todavía con vuestra

paciencia poseéis vuestras almas,67 como cuando

primeramente creísteis? ¡Oh, qué cambio hay aquí! Has

aprendido a estar frecuentemente de mal humor. Estás a menudo

sin sosiego; te sientes mal y le das rienda suelta al enfado.

¡Hallas que demasiadas cosas vienen atravesadas de modo que

no sabes cómo podrás soportarlas!

Hace muchos años estaba visitando en Londres a un

caballero que temía mucho a Dios, y que generalmente donaba

cada año nueve décimos de su renta anual. Vino un sirviente y

arrojó algunos trozos de carbón en el fuego. Salió una bocanada

de humo. El distinguido caballero se echó hacia atrás en su silla

y exclamó: «¡Oh, señor Wesley, éstas son las cruces con que me

encuentro cada día!» ¿No hubiera sido un poco menos

impaciente si hubiera ganado cincuenta libras por año en vez de

cinco mil?

62 Cf. 1 P. 2.23.

63 Cf. 1 P. 3.9.

64 Cf. 1 Co. 13.5.

65 Cf. Ro. 12.21.

66 Cf. 1 Co. 13.7.

67 Cf. Lc. 21.19.

148 Sermón 87

17. Pero para volver al tema: Vosotros los que habéis

tenido éxito en vuestros esfuerzos por aumentar vuestras

posesiones, ¿no os habéis hundido insensiblemente en la

molicie mental, y acaso también corporal? Ya no os regocijáis

más en sufrir penalidades como buen soldado de Jesucristo.68

Ya no os apresuráis a entrar al reino de los cielos, ni lo

arrebatáis.69 No os negáis a vosotros mismos alegre y gozosa-

mente, ni tomáis vuestra cruz cada día.70 ¡No podéis negaros a

vosotros mismos el pobre placer de echar un sueñito o de una

cama blanda, en vez de escuchar la palabra que puede salvar

vuestras almas! Por cierto, «uno no puede salir tan temprano en

la mañana, además está oscuro, y hace frío, y hasta lluvioso

también: todo junto. ¡Ni pensarlo!» No decías eso cuando eras

pobre. Entonces no tomabas en cuenta ninguna de estas cosas.

Es el cambio de las circunstancias lo que ha causado este

cambio de melancolía en tu cuerpo y tu mente; no eres más que

la sombra de lo que fuiste. ¿Qué han hecho de ti las riquezas?

«Pero no se puede esperar que yo haga lo mismo que

hacía antes; ahora he envejecido». ¿No he envejecido yo tanto

como tú? ¿No ando en mis setenta y ocho años? Sin embargo,

por la gracia de Dios no aflojo el paso todavía. Ni tampoco

aflojarías tú, si todavía fueses pobre.

18. Estáis tan profundamente heridos que habéis casi

perdido vuestro celo por las obras de misericordia así como por

las de piedad. Alguna vez avanzaste, a través del frío o de la

lluvia, o cualquier obstáculo que hubiera en tu camino, para ver

a los pobres, los enfermos, los atribulados. Anduviste por todos

lados haciendo el bien, y hallaste a aquellos que no eran capaces

de hallarte. Alegremente te arrastraste hasta dentro de sus

sótanos, trepaste a sus buhardillas, para suplir todas sus

68 Cf. 2 Ti. 2.3.

69 Wesley cita aquí un himno de su hermano Carlos, con ecos de Mt. 11.12.

70 Cf. Lc. 9.23.

El peligro de las riquezas 149

necesidades, y gastar y gastarte asistiendo a sus santos.71

¿Andas ahora en los mismos pasos? ¿Qué te lo impide? ¿Temes

que se te arruine tu saco de seda? ¿O acaso hay otro león en el

camino?72 ¿Tienes miedo de contagiarte con parásitos? ¿No

tienes miedo de que el león rugiente te atrape?73 ¿No tienes

temor de aquel que ha dicho: «En cuanto no lo hicisteis a uno

de éstos más pequeños, tampoco a mí lo hicisteis».74 ¿Y qué

vendrá después? «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno

preparado para el diablo y sus ángeles».75

19. ¡Cuán conscientes erais en tiempos pasados de

aquellas palabras: «No aborrecerás a tu hermano en tu corazón;

razonarás con tu prójimo, para que no participes de su

pecado»!76 Tú reprobaste, directa o indirectamente, a todos

aquellos que pecaron ante tus ojos. Y a ello siguieron felices

consecuencias. ¡Qué buena era una palabra dicha a su debido

tiempo!77 Era a menudo como saeta en mano del valiente.78

Muchos corazones fueron traspasados. Muchas personas de

corazón robusto, que desdeñaban escuchar un sermón,

cayeron subyugados ante su cruz,

y sintieron sus saetas en sangre bañadas.79

Pero ¿quién de vosotros tiene ahora esa compasión por

los ignorantes y por aquellos que han errado el camino? Puede

ser que sigan errantes por vuestra causa, y que se hundan en el

71 Cita de un himno de Carlos Wesley, Hymns and Sacred Poems (1749), II.281.

72 Cf. Pr. 26.13.

73 Cf. 1 P. 5.8.

74 Mt. 25.45.

75 Mt. 25.41.

76 Lv. 19.17.

77 Cf. Pr. 15.23.

78 Cf. Sal. 127.4.

79 Cita de un himno de Carlos Wesley, A Collection of Psalms and Hymns

(1743), p. 74.

150 Sermón 87

lago de fuego sin retardo ni estorbo. El oro ha acorazado

vuestros corazones. Tenéis otras cosas que hacer. Sin defensa ni

piedad, que caigan los miserables.80

20. De esta manera os he dado a vosotros, ganadores,

amantes y poseedores de riquezas, una advertencia más, que

puede ser la última. ¡Oh, que no sea en vano! ¡Que Dios escriba

todo esto en vuestros corazones! Aunque es más fácil pasar un

camello por el ojo de una aguja que entrar un rico en el reino

de Dios,81 sin embargo, las cosas imposibles para los hombres

son posibles para Dios.82 ¡Habla, Señor! ¡Y aun los ricos que

escuchan estas palabras entrarán en tu reino! Arrebatarán tu

reino,83 todo lo venderán por la perla de gran precio:84 serán

crucificados al mundo,85 y tendrán todas las cosas por basura

para ganar a Cristo.86

80 Cita de un poema de Samuel Wesley.

81 Mt. 19.24.

82 Cf. Lc. 18.27.

83 Cf. Mt. 11.12.

84 Cf. Mt. 13.46.

85 Cf. Gá. 6.14.

86 Cf. Fil. 3.8.