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Sermón 85 - Trabajando por nuestra propia salvación

Filipenses 2.12-13

Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor,

porque Dios es el que en vosotros produce así el querer como

el hacer, por su buena voluntad.

1. Algunas grandes verdades, tales como la existencia y

atributos de Dios, y la diferencia entre lo bueno y moral y lo

malo, ya eran conocidas en parte por el mundo pagano. Es

posible encontrar vestigios de estas verdades en todas las

naciones, de modo que, en cierto sentido, las palabras del

profeta «Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno;

solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante

tu Dios»1 pueden aplicarse a todos los seres humanos. De alguna

manera, por medio de esta verdad, él alumbró a todo hombre.2

Y así, aquéllos que no tienen ley, que no han escrito sus propias

leyes, son ley para sí mismos. Así muestran la obra de la ley,

no la letra sino el espíritu de la ley, escrita en sus corazones3

por la misma mano que escribió los mandamientos en las tablas

de piedra. Su propia conciencia da testimonio,4 determinando si

actúan o no según sus dictámenes.

2. Sin embargo, hay dos grandes doctrinas que encierran

verdades de suma importancia y que aun los paganos más

lúcidos del mundo antiguo ignoraban por completo. Otro

tanto ocurre con los más inteligentes paganos que habitan la

1 Mi. 6.8.

2 Jn. 1.9.

3 Ro. 2.14.

4 Ro. 2.15.

115

116 Sermón 85

tierra en el presente. Me refiero a las doctrinas tocantes al Hijo

eterno de Dios, y al Espíritu de Dios —el Hijo, que se dio a sí

mismo como propiciación por los pecados del mundo—,5 y el

Espíritu de Dios, que los renueva conforme a la imagen de

Dios según la cual fueron creados.6 Después de todo el

esfuerzo realizado por personas de gran ingenio y educación

(especialmente ese gran hombre, el Caballero Ramsay), por

encontrar algo parecido a estas verdades en la enorme maraña

de autores paganos, la semejanza hallada es tan remota que

sólo una imaginación muy vívida podría reconocerla. Más aun,

esta semejanza, apenas perceptible, sólo se encuentra en el

discurso de unos pocos, que eran los más avanzados y

profundos pensadores de sus respectivas generaciones.

Entretanto, la innumerable multitud que los rodeaba se

desempeñaba bien en cuanto al conocimiento filosófico, pero

en cuanto a estas verdades capitales, su ignorancia igualaba a la

de las bestias.

3. Cierto, estas verdades nunca fueron conocidas por el

vulgo, por el grueso de la humanidad, por la mayoría de las

personas en nación alguna, hasta que el evangelio las sacó a

luz.7 A pesar de algún destello de conocimiento que brillaba

aquí y allá, toda la tierra estaba cubierta de oscuridad hasta que

nació el Sol de justicia8 y disipó las sombras de la noche. Desde

ese día en que nos visitó desde lo alto la aurora, una gran luz

resplandeció sobre los que habitaban en tinieblas y en sombra

de muerte.9 Y miles de personas en todos los tiempos

comprendieron que de tal manera amó Dios al mundo, que dio

a su Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se

5 1 Jn. 2.2.

6 Col. 3.10.

7 2 Ti. 1.10.

8 Mal. 4.2.

9 Lc. 1.78-79.

Trabajando por nuestra propia salvación 117

pierda, mas tenga vida eterna.10 Y como les fue confiada la

palabra de Dios,11 ellos comprendieron que Dios también nos

dio su Espíritu Santo,12 quien produce en nosotros así el querer

como el hacer, por su buena voluntad.13

4. ¡Qué significativas las palabras del apóstol que

preceden a este versículo! «Haya, pues, en vosotros este sentir

que hubo también en Cristo Jesús, el cual siendo en forma de

Dios», compartiendo la naturaleza única de Dios desde la

eternidad, «no consideró como un robo» (ese es el significado

exacto de la palabra), o una intromisión en las prerrogativas de

otro, sino como un derecho suyo e inalienable, el «ser igual a

Dios».14 La palabra implica tanto la plenitud como la altura

suprema de la divinidad. A esto se oponen las expresiones «se

despojó» y «se humilló». El «se despojó» de la plenitud divina,

ocultó su plenitud a los ojos de los seres humanos y de los

ángeles, «tomando» (y de esta forma despojándose) «forma de

siervo, hecho semejante a los hombres», un hombre tan real

como los demás hombres. «Y estando en la condición de

hombre», un hombre común, que no poseía especial belleza o

excelencia, «se humilló a sí mismo» más aun, «haciéndose

obediente» a Dios, aun cuando era igual a él, «obediente hasta

la muerte, y muerte de cruz»,15 la mayor instancia de

humillación y obediencia que pueda imaginarse.

Después de poner el ejemplo de Cristo, el apóstol los

exhorta a que se aseguren la salvación que Cristo ha comprado

para ellos: «Por tanto, ocupaos en vuestra salvación con temor

y temblor, porque Dios es el que en vosotros produce así el

querer como el hacer, por su buena voluntad».

10 Jn. 3.16.

11 Ro. 3.2.

12 1 Ts. 4.8.

13 Fil. 2.13.

14 Fil. 2.5-6.

15 Fil. 2.7-8.

118 Sermón 85

Es posible encontrar tres aspectos contenidos en este

versículo:

En primer lugar, una gran verdad que nunca debemos

olvidar: «Dios es el que en nosotros produce así el querer como

el hacer, por su buena voluntad».

Segundo, cuál es nuestra parte para poder avanzar en

esto: «Ocupaos en vuestra salvación con temor y temblor».

Tercero, la conexión que existe entre ambos: «Es Dios

quien obra en vosotros», por tanto, «ocupaos en vuestra

salvación».

I.1. Debemos señalar, en primer lugar, la enorme

importancia de una verdad que jamás deberíamos olvidar: «Dios

es el que en vosotros produce así el querer como el hacer, por

su buena voluntad». Se puede aclarar aun más el significado de

estas palabras cambiando el orden: «Es Dios el que por su buena

voluntad produce así el querer como el hacer». Al poner las

palabras en este orden, relacionamos la expresión «su buena

voluntad» con la palabra «produce», eliminando toda

posibilidad de mérito de parte de los seres humanos, y

otorgando a Dios toda la gloria por su obra. De otro modo

podríamos dar lugar a algún tipo de jactancia, como si fueran

nuestros propios méritos, el bien que hay en nosotros o algo

bueno que hayamos hecho lo que movió a Dios a actuar. Pero

esta expresión elimina todo engreimiento vano, y muestra

claramente que la motivación para actuar partió enteramente de

él, por su gracia y su bondad inmerecidas.

2. Ésta es la única razón que lo impulsó a producir en

nosotros así el querer como el hacer. Es posible dar dos

interpretaciones a esta expresión, ambas incuestionablemente

ciertas. En primer lugar, «el querer» podría abarcar la religión

interior y «el hacer», la religión exterior. Así considerados,

significa que Dios produce la santidad interior y exterior. Por

otra parte, «el querer» puede referirse a todo buen deseo, «el

Trabajando por nuestra propia salvación 119

hacer» sería la consecuencia. En ese caso, el significado de esta

expresión sería que Dios inspira en nosotros todo buen deseo, y

hace posible que esos deseos se concreten en obras.

3. Las palabras en el texto original, to thélein y to

energeîn,16 parecen indicar que esta última construcción sería la

mejor; to thélein, que nosotros traducimos «querer»,

obviamente incluye todo buen deseo, ya sea referido a nuestro

carácter, palabras o acciones, a la santidad interior o exterior. Y

to energeîn, que traducimos «hacer», expresamente se refiere al

poder que viene de lo alto, toda esa energía que promueve en

nosotros actitudes positivas y que nos confirma en toda buena

palabra y obra.17

4. No existe mejor arma para librar a los seres humanos

de su orgullo que estar profundamente convencidos de esto.

Porque si somos plenamente conscientes de que todo lo que

tenemos nos fue dado, ¿cómo podremos gloriarnos como si no

lo hubiésemos recibido?18 Si llegamos a sentir y reconocer que

toda iniciativa hacia el bien procede de lo alto, como también el

poder que la lleva a su concreción final; si es Dios quien no sólo

impulsa todo buen deseo, sino que lo acompaña y conduce

(porque si así no fuera perecería) de esto se desprende, entonces,

que el que se gloría, gloríese en el Señor.19

II.1. Pasemos ahora al segundo punto: si Dios «obra en

ustedes» entonces «ocúpense de su propia salvación». La

palabra que fue traducida como «ocuparse» tiene, en el texto

original, la connotación de hacer algo cabalmente. «Su propia

salvación», es decir, algo que ustedes mismos deben hacer, de

lo contrario nadie más podrá hacerlo por ustedes. «Su propia

16 Fil. 2.13.

17 2 Ts. 2.17.

18 1 Co. 4.7.

19 1 Co. 1.31.

120 Sermón 85

salvación», salvación que comienza con lo que muy acertada-

mente se ha llamado una «gracia anticipante». Nos referimos

así al deseo primero de agradar a Dios, al primer atisbo de

conocimiento con respecto a su voluntad, y a tener esa primera

sensación, leve y transitoria, de que hemos pecado contra él.

Todo esto ya es señal de vida, de cierto grado de salvación; es

el primer paso para librarnos de nuestra ceguera e insensibilidad

hacia Dios y todo lo referido a él. Esta salvación se continúa

con la «gracia convincente», generalmente denominada

«arrepentimiento» en las Escrituras, que nos permite alcanzar

un mayor conocimiento de nosotros mismos, y avanzar más en

el proceso de librarnos de nuestros corazones de piedra.20

Luego experimentamos la verdadera salvación de Cristo,

mediante la cual «por gracia, somos salvos por fe». Esta

salvación comprende dos grandes áreas: justificación y

santificación. Por medio de la justificación somos salvos de la

culpa del pecado, y recuperamos el favor de Dios. La

santificación nos libra del poder y la fuente del pecado, y así

recuperamos la imagen de Dios. Sabemos por experiencia y

por las Escrituras que esta salvación es al mismo tiempo

instantánea y gradual. Comienza en el momento en que somos

justificados por el amor santo, humilde y paciente de Dios y el

ser humano. Y a partir de ese momento crece lentamente,

como el grano de mostaza, el cual a la verdad es la más

pequeña de todas las semillas, pero lentamente, se hace árbol

y las aves hacen nidos en sus ramas.21 En un instante el

corazón es limpio de todo pecado, y lleno de amor puro hacia

Dios y las demás personas. Y este amor se fortalece más y más,

hasta que crezcamos en todo en aquel que es la cabeza,22

20 Ez. 11.19.

21 Mt. 13.31-32.

22 Ef. 4.15.

Trabajando por nuestra propia salvación 121

hasta que todos lleguemos a la medida de la estatura de la

plenitud de Cristo.23

2. ¿De qué forma debemos «ocuparnos» de nuestra

propia salvación? El apóstol responde: «con temor y temblor».

Esta misma expresión la encontramos en otro texto de san Pablo

que quizás pueda arrojar luz sobre esto: «Siervos, obedeced a

vuestros amos terrenales con temor y temblor». Esta expresión

tiene un sentido figurado, por tanto no debemos tomarla

literalmente. ¿Acaso algún amo podría soportar, o peor aún,

exigir, que su siervo se presentara ante él temblando y muerto

de miedo? Las palabras que siguen excluyen por completo la

posibilidad de tal significado: con sencillez de corazón, sólo

pensando en la voluntad y providencia de Dios, no sirviendo al

ojo, como los que quieren agradar a los hombres, sino como

siervos de Cristo, de corazón haciendo la voluntad de Dios.24

Es claro que estas expresiones, dichas con fuerza por el apóstol,

tienen dos implicaciones. Por un lado, todo lo que hacemos,

debemos hacerlo con la mayor entrega, con todo cuidado y

prudencia (esto quizás más estrechamente ligado a la primera

palabra, meta fóbou, «con temor». Por otra parte, debemos ser

diligentes y actuar a tiempo, con toda rapidez y precisión —esto

probablemente más ligado a la segunda palabra, meta trómou,

«con temblor»—.

3. Fácilmente podemos transferir esto a nuestra

principal tarea en esta vida: ¡trabajar por nuestra propia

salvación! Con la misma disposición y del mismo modo en que

un siervo cristiano sirve a su amo terrenal, así se esfuerzan los

cristianos por servir a su Señor que está en los cielos. Es decir,

primeramente, con la mayor entrega, con todo cuidado y

prudencia, y en segundo lugar, con toda diligencia, actuando a

tiempo, con toda rapidez y precisión.

23 Ef. 4.13.

24 Ef. 6.5-6.

122 Sermón 85

4. Mas ¿cuáles son los pasos que según las Escrituras

debemos seguir para ocuparnos de nuestra propia salvación? El

profeta Isaías nos da una orientación general con respecto a los

primeros pasos que debemos dar: «Dejad de hacer lo malo;

aprended a hacer el bien».25 Si de veras deseas que Dios obre

en ti esa fe que trae la salvación presente y eterna por la gracia

recibida, huye de todo pecado como de una serpiente; abstente

de todo mal, de obra y palabra y aléjate de toda manifestación

del mal. Aprende a hacer el bien, vuélvete celoso de buenas

obras,26 de obras de santidad y de misericordia. Ora en familia,

y clama a Dios en secreto. Ayuna en secreto, y tu padre que ve

en lo secreto te recompensará en público.27 Escudriña la

Escritura:28 escucha su lectura en público, léela en privado, y

luego medita acerca de lo que has escuchado y leído. Participa

de la cena del Señor cada vez que tengas oportunidad de

hacerlo. Haz esto en memoria de él,29 y él estará allí contigo.

Conversen principalmente con los hijos de Dios, y cuiden que

su palabra sea siempre con gracia, sazonada con sal.30

Siempre que puedan, hagan bien a toda persona,31 ocupándose

de sus almas y también de sus cuerpos. En todo esto

manténganse firmes y constantes, creciendo en la obra del

Señor siempre.32 Sólo resta, entonces, que se nieguen a sí

mismos y tomen su cruz cada día.33 Niéguense todo placer que

no los prepare para gozarse en el Señor, y háganse el propósito

de aferrarse a todo aquello que los acerque a Dios, aunque sea

25 Is. 1.16-17.

26 Tit. 2.14.

27 Mt. 6.4, 6, 18.

28 Jn. 5.39.

29 Lc. 22.19; 1 Co. 11.24.

30 Col. 4.6.

31 Gá. 6.10.

32 1 Co. 15.58.

33 Véase Lc. 9.23.

Trabajando por nuestra propia salvación 123

una cruz, aunque implique dolor y renuncia para la carne y la

sangre. De este modo, cuando sean redimidos por la sangre de

Cristo, irán adelante a la perfección,34 hasta que andando en la

luz, como él está en la luz,35 podrán testificar que él es fiel y

justo no sólo para perdonar nuestros pecados sino para

limpiarnos de toda maldad.36

III.1. Algunos dirán, «Pero ¿qué relación existe entre la

primera y segunda parte de este versículo? ¿No hay una clara

contradicción entre una y otra? Si es Dios quien obra en

nosotros el querer y el hacer, ¿qué necesidad hay de que

nosotros trabajemos? ¿Acaso su obra no hace completamente

innecesario todo esfuerzo de nuestra parte? Más aún, ¿no

significa esto que nuestro esfuerzo se torna tan inútil como

innecesario? Si afirmamos que Dios hace todo, ¿qué podemos

hacer nosotros?»

2. Tal es el razonamiento de la carne y la sangre. Y en

primera instancia puede parecer muy lógico. Pero si hacemos

un análisis más profundo, rápidamente comprobamos que

carece de solidez. Veremos, entonces, que no existe

contradicción entre estas dos afirmaciones: «Dios trabaja, por lo

tanto, también ustedes deben trabajar»; sino que, por el

contrario, existe una estrecha relación entre ambas. Esta

relación presenta dos aspectos: por una parte, es Dios quien obra

en primer lugar, y esto hace posible que nosotros actuemos. En

segundo lugar, porque Dios obra, es nuestro deber obrar en

consecuencia.

3. Primeramente Dios obra en ti, por eso puedes

trabajar. De otra forma sería imposible. Si él no obrase, para ti

sería imposible trabajar por tu propia salvación. «Para los

34 He. 6.1.

35 1 Jn. 1.7.

36 1 Jn. 1.9.

124 Sermón 85

hombres esto es imposible», dijo nuestro Señor, «difícilmente

entrará un rico en el reino de los cielos».37 Verdaderamente es

imposible para cualquiera de nosotros, para cualquiera nacido

de mujer, a menos que Dios obre en nosotros. Dado que no sólo

somos todos malos por naturaleza, sino que además estamos

muertos en delitos y pecados,38 no podemos hacer nada bueno

hasta que Dios nos devuelve a la vida. Fue imposible para

Lázaro salir del sepulcro antes de que el Señor le devolviera la

vida. Y resulta igualmente imposible para nosotros «salir» de

nuestro pecado, imposible siquiera intentarlo, hasta tanto aquél

que tiene todo poder en el cielo y en la tierra dé nueva vida a las

almas que están muertas.

4. Sin embargo, esto no excusa a quienes continúan en

pecado y culpan a su Creador diciendo: «Sólo Dios puede

darnos nueva vida, nosotros no podemos dar nueva vida a

nuestra alma». Aun cuando afirmamos que toda alma está

muerta en pecado por naturaleza, esto no es excusa para nadie.

Ninguna persona se encuentra en estado de naturaleza pura;

ningún ser humano, a menos que haya aniquilado el Espíritu,

está completamente destituido de la gracia de Dios. Ninguna

persona carece completamente de lo que comúnmente

llamamos «conciencia natural». En realidad, no se trata de algo

natural, y el término más apropiado es «gracia anticipante».

Esta gracia no depende de la iniciativa humana, y toda persona

la posee en menor o mayor grado. Todos tenemos buenas

intenciones en algún momento de nuestra vida, aunque la

mayoría de las personas las ahogan antes de que puedan echar

raíces y llegar a producir buen fruto. Todos poseen algo de esa

luz, acaso un tenue resplandor, que tarde o temprano, en

menor o mayor grado, alumbra a todo hombre.39 Y todo ser

37 Mt. 19.23, 26.

38 Ef. 2.1.

39 Jn. 1.9.

Trabajando por nuestra propia salvación 125

humano, a menos que pertenezca al pequeño grupo de quienes

tienen cauterizada la conciencia,40 siente cierto grado de

incomodidad cuando actúa en contra de lo que le indica su

propia conciencia. De modo que el ser humano peca no porque

esté excluido de la gracia, sino porque no sabe hacer uso de la

gracia que posee.

5. Por consiguiente, a medida que Dios obra en ti, tú te

encuentras en condiciones de trabajar por tu propia salvación.

Porque él obra en ti el querer y el hacer, por su propia buena

voluntad, sin exigir mérito alguno de tu parte, tú puedes cumplir

toda justicia.41 Tú puedes amar a Dios, porque él nos amó

primero.42 Y puedes andar en amor,43 siguiendo el ejemplo de

nuestro gran Maestro. Tenemos la certeza de que cuando dijo:

«Separados de mí nada podéis hacer»,44 reveló una gran

verdad. Pero también sabemos que todo creyente puede decir:

«Todo lo puedo en Cristo que me fortalece».45

6. Entretanto debemos recordar que Dios ha unido estas

dos experiencias en la vida de todo creyente. Debemos

cuidarnos, por consiguiente, de no caer en la ilusión de que

pueden separarse.46 Debemos guardarnos de esa falsa humildad

que nos hace decir, excusándonos por nuestra desobediencia

consciente, «Yo no puedo hacer nada», y todo acaba allí, sin

siquiera mencionar la gracia de Dios. Te ruego que lo pienses

dos veces. Medita acerca de lo que estás diciendo. Espero que

te des cuenta de que estabas equivocado. Porque si fuera

realmente cierto que nada puedes hacer, eso implicaría que no

tienes fe. Y si no tienes fe, tu situación es lamentable.

40 1 Ti. 4.2.

41 Mt. 3.15.

42 1 Jn. 4.19.

43 Ef. 5.2.

44 Jn. 15.5.

45 Fil. 4.7.

46 Véase Mt. 19.6.

126 Sermón 85

Seguramente no es éste el caso. Tú puedes hacer algo mediante

la fuerza que Cristo te da.47 Enciende la chispa de gracia que

hay en ti, y él te dará más de su gracia.

7. En segundo lugar, porque Dios obra en ti, tú debes

trabajar; debes ser colaborador suyo48 (según las palabras del

propio apóstol), de otro modo él dejará de obrar. La regla

general según la cual invariablemente dispensa su gracia es la

siguiente: «a todo el que tiene, se le dará; y a todo el que no

tiene», a quien no haya aumentado la gracia recibida, «aun lo

que tiene se le quitará»49 (tal sería la traducción correcta). El

propio san Agustín, a quien generalmente se le atribuye una

posición contraria a esto, hace precisamente este comentario:

Qui fecit nos sine nobis, non salvabit nos sine nobis, aquél que

nos creó sin nosotros, no nos salvará sin nosotros. No nos

salvará a menos que nosotros mismos nos salvemos de esta

generación perversa,50 a menos que nosotros peleemos la buena

batalla de la fe, y echemos mano de la vida eterna,51 a menos

que nos esforcemos a entrar por la puerta angosta,52 nos

neguemos a nosotros mismos y tomemos nuestra cruz cada

día,53 y trabajemos, con todos los medios a nuestro alcance, para

hacer firme nuestra vocación y elección.54

8. Por tanto, hermanos, trabajen, no por la comida que

perece, sino por la comida que a vida eterna permanece.55

Digan junto con nuestro Señor, aunque con un sentido algo

47 Véase Fil. 4.13.

48 2 Co. 6.1.

49 Lc. 8.18.

50 Hch. 2.40.

51 1 Ti. 6.12.

52 Lc. 13.24.

53 Lc. 9.23.

54 2 Pe. 1.10.

55 Jn. 6.27.

Trabajando por nuestra propia salvación 127

diferente: «Mi padre hasta ahora trabaja, y yo trabajo».56

Teniendo en cuenta que él continúa obrando en ustedes, nunca

se cansen de hacer bien.57 En virtud de la gracia anticipante de

Dios que los conduce y acompaña, prosigan en la obra de la fe,

el trabajo del amor y la constancia en la esperanza.58 Estad

firmes y constantes, creciendo en la obra del Señor siempre.59

Y el Dios de paz que resucitó de los muertos a nuestro

Señor Jesucristo, el gran pastor de las ovejas, os haga aptos en

toda obra buena para que hagáis su voluntad, haciendo él en

vosotros lo que es agradable delante de él por Jesucristo; ¡al

cual sea la gloria por los siglos de los siglos!60

56 Jn. 5.17.

57 Gá. 6.9; 2 Ts. 3.13.

58 1 Ts. 1.3.

59 1 Co. 15.58.

60 He. 13.20.