Sermón 74 - La Iglesia
Efesios 4.1-6
Os ruego que andéis como es digno de la vocación con
que fuisteis llamados, con toda humildad y mansedumbre,
soportándoos con paciencia los unos a los otros en amor,
solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el vínculo de la
paz; un cuerpo y un Espíritu, como fuisteis también llamados
en una misma esperanza de vuestra vocación; un Señor, una fe,
un bautismo, un Dios y Padre de todos, el cual es sobre todos,
y por todos, y en todos.
1. ¡Cuánto oímos hablar casi continuamente acerca de
la Iglesia! Para muchos es un asunto de conversación diaria. ¡Y
sin embargo cuán pocos entienden de qué están hablando!
¡Cuán pocos saben qué significa el término! Apenas se podrá
encontrar en el idioma inglés una palabra más ambigua que
ésta: la «iglesia». A veces se la entiende como un edificio
apartado para la adoración pública, a veces como una
congregación o cuerpo de personas reunidas para rendir culto a
Dios. En el siguiente discurso se la entiende sólo en este
segundo sentido.
2. Se la puede entender independientemente del
número de personas, sea pequeño o grande. Dado que donde
están dos o tres congregados en su nombre,1 allí está Cristo,
así también, para decirlo con san Cipriano, «donde dos o tres
creyentes están reunidos, allí hay una iglesia». De esta manera
1 Mt. 18.20.
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es que san Pablo, escribiendo a Filemón, menciona
la iglesia que está en su casa,2 o dando a entender sencillamente
que aun una familia cristiana puede ser llamada iglesia.
3. Algunos de aquéllos a quienes Dios «llamó a salir»
del mundo (esto es lo que significa el término original), reunidos
en una congregación, formaron una iglesia más grande: la
iglesia en Jerusalén, esto es, todos aquéllos en Jerusalén a
quienes Dios así había llamado. Pero considerando cuan
rápidamente se multiplicaron después del día de Pentecostés, no
puede suponerse que hayan podido continuar reunidos en un
lugar, especialmente porque no tenían ningún lugar grande ni se
les hubiera permitido construirlo. En consecuencia, deben
haberse dividido, aun en Jerusalén, en varias congregaciones
diferentes. Del mismo modo, cuando san Pablo escribió varios
años después a la iglesia en Roma, (dirigiendo su carta «a todos
los que estáis en Roma, llamados a ser santos»)3 no puede
suponerse que tuviesen algún edificio capaz de contenerlos a
todos, sino que estaban divididos en unas cuantas
congregaciones, las cuales se reunían en varias partes de la
ciudad.
4. La primera vez que el apóstol usa la palabra «iglesia»
es en el prefacio a su primera carta a los Corintios: «Pablo,
llamado a ser apóstol de Jesucristo, a la iglesia de Dios que
está en Corinto», quedando establecido el significado de esta
expresión por las palabras que siguen: «a los santificados en
Cristo Jesús, con todos los que en cualquier lugar (no sólo en
Corinto, pues era una carta circular) invocan el nombre de
2 Flm. 2.
3 Ro. 1.7.
La Iglesia 83
nuestro Señor Jesucristo, Señor de ellos y nuestro».4 En la
dedicatoria de su segunda carta a los Corintios lo dice aún más
explícitamente: «A la iglesia de Dios que está en Corinto, con
todos los santos que están en toda Acaya».5 Aquí incluye
abiertamente a todas las iglesias o congregaciones cristianas que
estaban en toda la provincia.
5. Frecuentemente emplea la palabra en plural. Así lo
hace en Gá. 1.2: «Pablo, apóstol...a las iglesias de Galacia»,
esto es, a las congregaciones cristianas esparcidas a través de
toda aquella comarca. En todos esos lugares (y podrían citarse
muchísimos más) la palabra iglesia o iglesias significa, no los
edificios donde se reunían los cristianos, como sucede
frecuentemente en el idioma inglés, sino la gente que
acostumbraba reunirse allí, ya sea que fuesen una o más
congregaciones cristianas. Pero a veces la palabra «iglesia» es
usada en las Escrituras en un sentido aún más extenso, que
incluye a todas las congregaciones cristianas que hay sobre la
faz de la tierra. Y en este sentido la entendemos en nuestra
liturgia cuando decimos: «Oremos por toda la iglesia militante
de Cristo aquí en la tierra». Es indudable que en este sentido la
emplea san Pablo en su exhortación a los ancianos de Éfeso:
«Mirad por vosotros y por todo el rebaño... para apacentar la
iglesia del Señor, la cual él ganó por su propia sangre».6 Aquí
«iglesia» significa, indudablemente, la iglesia católica o
universal, esto es, todos los cristianos bajo el cielo.
6. El apóstol muestra sobremanera quiénes son los que
verdaderamente componen «la iglesia de Dios», y lo hace de la
manera más clara y decisiva en el pasaje arriba citado, en el cual
4 1 Co. 1.1-2.
5 2 Co. 1.1.
6 Hch. 20.28.
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asimismo instruye a todos los miembros de la iglesia acerca de
cómo andar como es digno de la vocación con que fueron
llamados.7
[I]. 7. Consideremos, en primer lugar, quiénes son
verdaderamente la «iglesia de Dios». ¿Cuál es el verdadero
significado de este término? «La iglesia en Éfeso», como el
apóstol mismo explica, significa «los santos», las personas
consagradas, «que están en Éfeso»,8 y allí se reúnen para adorar
juntos a Dios el Padre y a su Hijo Jesucristo, sea que hicieran
esto en uno o, como uno puede probablemente suponer, en
varios lugares. Pero se trata de la iglesia en general, la iglesia
católica o universal, la que el apóstol considera aquí como «un
cuerpo», incluyendo no sólo a los cristianos en la casa de
Filemón,9 o cualquier familia particular; no solamente a los
cristianos de una congregación, una ciudad o una provincia o
nación, sino a todas las personas sobre la faz de la tierra que
responden al carácter presentado aquí. Ahora podemos
considerar y distinguir mejor los diversos aspectos particulares
que en ella se incluyen.
8. «Hay un Espíritu» que anima a todos ellos, a todos
los miembros vivientes de la iglesia de Dios. Algunos entienden
que aquí se trata del Espíritu Santo mismo, la fuente de toda vida
espiritual. Y es cierto: «Si alguno no tiene el Espíritu de Cristo,
no es de él».10 Otros lo entienden como referente a aquellos
dones espirituales y santas disposiciones que luego se
mencionan.
7 Ef. 4.1.
8 Cf. Ef. 1.1.
9 Cf. Flm. 2.
10 Ro. 8.9.
La Iglesia 85
9. En todos aquellos que han recibido este Espíritu hay
«una esperanza», una esperanza llena de inmortalidad.11
Saben que morir no es perderse; su perspectiva se extiende más
allá de la sepultura. Pueden decir alegremente: «Bendito el
Dios y Padre de nuestro Señor Jesucristo, que según su
grande misericordia nos hizo renacer para una esperanza
viva, por la resurrección de Jesucristo de los muertos, para una
herencia incorruptible, incontaminada e inmarcesible».12
10. «Hay un Señor», que tiene dominio sobre todos
ellos, que ha establecido su reino en sus corazones, y reina sobre
todos aquellos que son participantes de esa esperanza.
Obedecerle y recorrer el camino de sus mandamientos es su
gloria y gozo. Y en tanto y en cuanto hacen esto con toda buena
voluntad, están como sentados en los lugares celestiales con
Cristo Jesús.13
11. «Hay una fe», que es el don gratuito de Dios y es el
fundamento de su esperanza. No es meramente la fe de un
pagano, o sea, la fe en que «hay un Dios» que imparte su gracia
y su justicia y que, por consiguiente, es galardonador de los que
le buscan.14 Tampoco es nada más que la fe de un diablo,
aunque ésta va mucho más lejos que la anterior. Porque el diablo
cree, y no puede sino creer, que todo lo que está escrito en el
Antiguo y el Nuevo Testamento es verdad. Pero es la fe de Santo
Tomás, que le enseñó a decir con santa osadía: «¡Señor mío y
Dios mío!»15 Es la fe que capacita a todo creyente cristiano
genuino para testificar con san Pablo: «Lo vida que ahora vivo,
11 Sab. 3.4.
12 1 P. 1.3-4.
13 Ef. 2.6.
14 He. 11.6.
15 Jn. 20.28.
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la vivo por fe en el Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a
sí mismo por mí».16
12. «Hay un bautismo», al cual nuestro Señor se ha
complacido en designar como signo externo de toda aquella
gracia interior y espiritual que él está continuamente otorgando
a su iglesia. Asimismo es un medio precioso por el cual esta fe
y esta esperanza son dadas a todos aquellos que diligentemente
le buscan. Ciertamente algunos se han inclinado por interpretar
esto en sentido figurado, como referido a aquel bautismo del
Espíritu Santo que los apóstoles recibieron el día de Pentecostés,
el cual en un grado menor es dado a todos los creyentes. Pero
para interpretar las Escrituras es una regla establecida no
apartarse nunca del sentido llano y literal, a menos que ello
implique algo absurdo. Y además, si lo entendiésemos de esa
manera sería una repetición innecesaria, al estar ya incluido en
«Hay un Espíritu».
13. «Hay un Dios y Padre de todos» los que tienen el
Espíritu de adopción, el cual clama en sus corazones: ¡Abba,
Padre!17 y continuamente da testimonio a sus espíritus que son
hijos de Dios,18 quien es sobre todos, el Altísimo, el Creador, el
Sustentador, el Gobernador de todo el universo. «Y por todos»,
impregnando todo el espacio, llenando el cielo y la tierra:
Totam
Mens agitans molem, et magno se corpore miscens.19
«Y en todos ustedes», viviendo de un modo peculiar en
todos ustedes que son un cuerpo mediante un espíritu:
Haciendo en vuestras almas su amada morada,
16 Gá. 2.20.
17 Gá. 4.6.
18 Ro. 8.16.
19 Cita aproximada de Virgilio, Eneida, vi.726-27. «El alma que todo lo informa, que
llena, impregna y activa el todo».
La Iglesia 87
los templos del Dios inmanente.20
14. Entonces hay aquí una respuesta clara e ineludible a
aquella pregunta: ¿Qué es la iglesia? La iglesia católica o
universal es: Todas las personas a quienes Dios ha llamado a
salir del mundo para concederles el derecho al carácter
precedente, a ser «un cuerpo», unidos por «un Espíritu», que
tienen «una fe, una esperanza, un bautismo; un Dios y Padre de
todos, el cual es sobre todos, y por todos, y en todos».
15. A aquella parte de este gran cuerpo, de la iglesia
universal, que habita en cualquier reino o nación podemos
denominarla apropiadamente iglesia «nacional», como la
Iglesia de Francia, la Iglesia de Inglaterra, la Iglesia de Escocia.
Una parte más pequeña de la iglesia universal son los cristianos
que habitan en una ciudad, como la iglesia de Éfeso, y el resto
de las siete iglesias mencionadas en el Apocalipsis. Dos o tres
creyentes cristianos reunidos son una iglesia en el sentido más
estrecho de la palabra. Tal era la iglesia en la casa de Filemón,
y la otra en casa de Ninfas, mencionada en Col. 4.15. Por lo
tanto, una iglesia particular puede estar constituida por cualquier
número de miembros, así sean dos o tres, o dos o tres millones.
Pero aun así, sea su número mayor o menor, la misma idea ha
de ser preservada. Ellos son un cuerpo y tienen un Espíritu, un
Señor, una esperanza, una fe, un bautismo, un Dios y Padre de
todos.
16. Esta descripción concuerda exactamente con el
decimonoveno Artículo de Fe de nuestra Iglesia, la Iglesia de
Inglaterra, sólo que el artículo incluye algo más que lo
manifestado por el apóstol:
La Iglesia:
20 Cita de un himno de Carlos Wesley.
88 Sermón 74
La Iglesia visible de Cristo es una congregación de
personas fieles, en la cual se predica la palabra pura de Dios y
se administran debidamente los sacramentos.
Puede hacerse notar que al mismo tiempo que fueron
compilados y publicados nuestros Treinta y Nueve Artículos,
también fue publicada por la misma autoridad una traducción
de ellos al latín. En ésta las palabras eran coetus credentium,
«una congregación de creyentes», mostrando lisa y llanamente
que por «personas fieles» los compiladores quisieron significar
personas dotadas de una «fe viviente». Esto trae el Artículo a
una concordancia aún mayor con la descripción hecha por el
apóstol.
Pero puede ponerse en duda si el Artículo habla de una
iglesia particular o de la iglesia universal. El título «La Iglesia»
parece referirse a la iglesia católica. Pero la segunda cláusula
del Artículo menciona a las iglesias particulares de Jerusalén,
Antioquía, Alejandría y Roma. Quizás se tuvo la intención de
incluir a ambas, definiendo a la iglesia universal de tal manera
que se mantuviese en vista las diversas iglesias particulares de
las cuales se compone.
17. Habiendo considerado estas cosas, es fácil contestar
a la pregunta: ¿Qué es «la Iglesia de Inglaterra»? Es aquella
parte, aquellos miembros de la iglesia universal, que son
habitantes de Inglaterra. La Iglesia de Inglaterra es aquel
«cuerpo» de personas en Inglaterra en quienes hay «un Espíritu,
una esperanza, un Señor, una fe», que tienen «un bautismo» y
«un Dios y Padre de todos». Ésta y ésta solamente es la Iglesia
de Inglaterra, conforme a la doctrina del apóstol.
18. Pero la definición de iglesia expuesta en el Artículo
incluye no sólo esto sino mucho más, debido a lo que sigue: «en
la cual se predica la Palabra pura de Dios y se administran
debidamente los sacramentos». De acuerdo a esta definición,
La Iglesia 89
aquellas congregaciones en las cuales la Palabra pura de Dios
(una fuerte expresión) no es predicada no son parte de la Iglesia
de Inglaterra ni de la iglesia católica. Ni tampoco lo son aquéllas
en las cuales los sacramentos no son debidamente
administrados.
19. No me voy a tomar el trabajo de defender la
exactitud de esta definición. No me atrevo a excluir de la iglesia
católica a todas aquellas congregaciones en las cuales algunas
doctrinas no contenidas en las Escrituras y de las cuales no
puede afirmarse que sean «la Palabra pura de Dios», son
frecuentemente predicadas. Ni tampoco a todas aquellas
congregaciones en las cuales los sacramentos no son
«debidamente administrados». Por cierto que si esto es así, la
Iglesia de Roma no es parte de la iglesia católica, ya que vemos
que allí ni se predica «la Palabra pura de Dios» ni los
sacramentos son «debidamente administrados». Quienes quiera
sean aquellos que tienen «un Espíritu, una esperanza, un Señor,
una fe , un Dios y Padre de todos», fácilmente puedo sobrellevar
que tengan opiniones erróneas y hasta formas supersticiosas de
culto. Ni por causa de estas cosas tendría escrúpulos en
incluirlos dentro del recinto de la iglesia católica. Tampoco
tendría objeciones para recibirlos, si lo desearan, como
miembros de la Iglesia de Inglaterra.
II. 20. Pasamos ahora al segundo punto: ¿Qué es «andar
como es digno de la vocación con que fuimos llamados»?
Debe recordarse siempre que la palabra «andar», en el
lenguaje del apóstol, tiene un significado muy extenso. Incluye
todas nuestras vivencias internas y externas, todos nuestros
pensamientos, palabras y acciones. Incluye no sólo lo que
hacemos, sino también todo lo que decimos o pensamos. Por lo
tanto, no es poca cosa andar, en este sentido de la palabra,
90 Sermón 74
«como es digno de la vocación con que fuimos llamados»:
pensar, hablar y actuar en todos los casos de una manera digna
de nuestro llamamiento cristiano.
21. Somos llamados a andar, primero, «con toda
humildad»; a tener en nosotros ese sentir que hubo también en
Cristo Jesús,21 a no tener de nosotros más alto concepto que el
que debemos tener,22 a ser pequeños, pobres, viles e inferiores
ante nuestros propios ojos, a conocernos a nosotros mismos
como somos conocidos23 por aquél para quien todos los
corazones están abiertos, a ser profundamente sensibles de
nuestra propia indignidad, de la depravación universal de
nuestra naturaleza (en la cual no mora el bien),24 inclinada a
toda maldad, opuesta a todo bien, en cuanto estamos no sólo
enfermos sino muertos en delitos y pecados,25 hasta que Dios
sopla sobre los huesos secos,26 y crea vida mediante el fruto de
sus labios.27 Supongamos que esto ha sucedido, supongamos
que ahora él nos ha vivificado infundiendo vida en nuestras
almas muertas; sin embargo, ¡cuánto permanece aún de la mente
carnal! ¡Cuán inclinado está todavía nuestro corazón a apartarse
del Dios vivo! ¡Qué tendencia a pecar permanece en nuestro
corazón, aunque sabemos que nuestros pecados pasados han
sido perdonados! ¡Y cuánto pecado, a pesar de nuestros
esfuerzos, se adhiere tanto a nuestras palabras como a nuestras
21 Fil. 2.5.
22 Ro. 12.3.
23 1 Co. 13.12.
24 Ro. 7.18.
25 Ef. 2.1.
26 Ez. 37.1-10.
27 Is. 57.19.
La Iglesia 91
acciones! ¿Quién puede ser debidamente sensible a cuánto
permanece en él de su natural enemistad contra Dios? ¿O de
cuánto está todavía alejado de Dios por la ignorancia que hay
en él?28
22. Sí, supongamos que ahora Dios ha limpiado
completamente nuestro corazón y ha esparcido los últimos
vestigios del pecado; sin embargo, ¿cómo podemos ser
suficientemente sensibles de nuestra propia indefensión, nuestra
completa incapacidad de todo bien, a menos que seamos a cada
hora, cada momento, dotados con poder de lo alto? ¿Quién es
capaz de tener un solo buen pensamiento, o de formarse un
solo buen deseo, a no ser por esa fuerza todopoderosa que
produce en nosotros tanto el querer como el hacer, por su
buena voluntad?29 Aun en este estado de gracia necesitamos
estar completa y permanentemente impregnados de la
conciencia de estas cosas. De otra manera, estaremos en
perpetuo peligro de sustraerle su honor a Dios, gloriándonos en
algo que hemos recibido como si no lo hubiésemos recibido.
23. Cuando lo más íntimo de nuestra alma está
completamente teñido de esto, aún falta que seamos revestidos
de humildad.30 La palabra empleada aquí por san Pedro implica
que seamos recubiertos con esa humildad como con un
sobretodo; que seamos todo humildad, tanto interior como
exteriormente, tiñendo ella todo lo que pensamos, hablamos y
hacemos. Que todas nuestras acciones surjan de esta fuente; que
todas nuestras palabras respiren ese espíritu; que todas las
personas puedan saber que hemos estado con Jesús y que hemos
aprendido de él a ser humildes de corazón.
28 Ef. 4.18.
29 Fil. 2.13.
30 1 P. 5.5.
92 Sermón 74
24. Y habiendo sido instruidos por aquel que fue manso
y humilde de corazón,31 entonces estaremos capacitados para
«andar con toda mansedumbre», siendo enseñados por aquel
que enseñó como jamás hombre alguno ha enseñado,32 a ser
mansos y humildes de corazón. Esto implica no sólo poder sobre
la ira, sino también sobre todas las pasiones violentas y
turbulentas. Implica tener todas nuestras pasiones en su debida
proporción, ninguna de ellas ni demasiado fuerte ni demasiado
débil, pero debidamente balanceadas las unas con las otras,
todas subordinadas a la razón, y la razón dirigida por el Espíritu
de Dios. Que esta ecuanimidad gobierne totalmente vuestras
almas, que vuestros pensamientos puedan fluir como en una
corriente suave y pareja, y que el tenor uniforme de vuestras
palabras y acciones concuerde con ellos. En esta paciencia
poseeréis vuestras almas,33 las cuales no son nuestras mientras
somos agitados por pasiones indisciplinadas. Y por esto todas
las personas sabrán que somos ciertamente seguidores del
manso y humilde Jesús.
25. Caminad con toda paciencia. Esta virtud está
estrechamente ligada a la mansedumbre, pero implica algo más.
Lleva la victoria ya ganada sobre todas vuestras pasiones
turbulentas, a pesar de todos los poderes de las tinieblas, y de
todos los asaltos de las malas personas o de los malos espíritus.
Ella es pacientemente victoriosa sobre toda oposición, e
inconmovible aunque todas sus olas y tormentas pasen sobre
vosotros. Aunque sea provocada con más frecuencia que nunca,
permanece siempre igual, tranquila y firme, no siendo jamás
vencida de lo malo, sino venciendo con el bien el mal.34
31 Mt. 11.29.
32 Jn. 7.46.
33 Lc. 21.19.
34 Ro. 12.21.
La Iglesia 93
26. «Soportándoos los unos a los otros con amor»
parece significar no sólo no guardar ningún resentimiento, y no
vengarnos nosotros mismos; no solamente no injuriarse, herirse
o agraviarse los unos a los otros, ya sea por palabras o de hechos,
sino también sobrellevar los unos las cargas de los otros,35 y
además aliviarlas por cualquier medio a nuestro alcance.
Significa simpatizar con los otros en sus tristezas, aflicciones y
enfermedades; sobrellevarlas junto con ellos cuando sin nuestra
ayuda correrían peligro de hundirse bajo sus cargas, esforzarse
por alzar sus cabezas sumergidas y por dar fuerzas a las rodillas
que decaen.36
[III]. 27. Finalmente, los verdaderos miembros de la
Iglesia de Cristo se «esfuerzan», con toda la diligencia posible,
con todo cuidado y preocupación, con paciencia infatigable (y
toda ella sería bastante poca), «en guardar la unidad del
Espíritu en el vínculo de la paz», para preservar inviolado el
mismo espíritu de humildad y mansedumbre, de paciencia, de
sostén mutuo y de amor; y todos éstos consolidados y
entretejidos por ese sagrado vínculo: la paz de Dios que llena el
corazón. Solamente así podemos ser y continuar siendo
miembros de esa iglesia que es el cuerpo de Cristo.
28. ¿No surge claramente de todo este análisis por qué
en el antiguo Credo comúnmente llamado «de los Apóstoles»
designamos a la iglesia católica o universal como «la santa
iglesia católica»? ¡Cuántas razones maravillosas se han
encontrado para darle este apelativo! Un hombre muy instruido
nos informa: «La iglesia es llamada santa porque Cristo, su
cabeza, es santo». Otro autor eminente afirma: «Es así llamada
35 Gá. 6.2.
36 Job 4.4.
94 Sermón 74
porque todas sus ordenanzas han sido establecidas para
promover la santidad»; y todavía otro: «Porque nuestro Señor
tuvo la intención de que todos los miembros de la iglesia fuesen
santos». Pero la razón más corta y más sencilla que puede ser
dada, y la única verdadera, es que la iglesia es llamada «santa»
porque es santa; porque todos sus miembros son santos, aunque
en diferentes grados, como aquel que los llamó es santo.37 ¡Qué
claro es esto! Si la iglesia, en su verdadera esencia, es un cuerpo
de creyentes, nadie que no sea creyente cristiano puede ser
miembro de ella. Si todo este cuerpo está animado por un
espíritu, está dotado con una fe y una esperanza de su vocación,
entonces, quien no tiene ese espíritu, esa fe y esa esperanza, no
es miembro de ese cuerpo. Se deduce que no solamente ningún
vulgar blasfemo, ningún violador del día de reposo, ningún
borracho, ningún libertino, ningún ladrón, ningún mentiroso,
ninguno que vive en cualquier pecado exterior, sino tampoco
ninguno que está bajo el poder de la ira o el orgullo, ninguno
que ama al mundo, en una palabra, ninguno que está muerto
para Dios, puede ser miembro de su iglesia.
29. ¿Puede algo ser más absurdo que las personas
clamen «¡La iglesia! ¡La iglesia!» y pretendan que son muy
celosos de ella y que sean sus violentos defensores, mientras
ellos mismos no tienen parte ni suerte en ella,38 ni siquiera
saben qué es la iglesia? Aun en esto aparece la maravillosa
sabiduría de Dios, dirigiendo el error de ellos a su propia gloria,
y haciendo que la tierra ayude a la mujer.39 Imaginándose que
son miembros de ella, las gentes de este mundo frecuentemente
defienden a la iglesia. De otro modo, los lobos que rodean al
37 1 P. 1.15.
38 Hch. 8.21.
39 Ap. 12.16.
La Iglesia 95
pequeño rebaño por todos lados lo harían pedazos en poco
tiempo. Y por esta misma razón, no es sabio provocarlos más
de lo que es inevitable. Aun sobre este supuesto, si es posible,
en cuanto dependa de nosotros, estemos en paz con todos los
hombres.40 Especialmente porque no sabemos cuán pronto Dios
puede llamarlos también a ellos del reino de Satanás y
trasladarlos al reino de su amado Hijo.41
30. Mientras tanto, que todos los verdaderos miembros
de la iglesia se cuiden de caminar santa e irreprochablemente en
todo. Vosotros sois la luz del mundo. Vosotros sois una
ciudad asentada sobre un monte, que no se puede esconder.
¡Que vuestra luz alumbre delante de los hombres!42 Mostrad
vuestra fe por vuestras obras.43 ¡Que vean a través de todas
vuestras obras que vuestra esperanza está puesta en lo alto!
¡Que todas vuestras palabras y acciones muestren el espíritu
que os anima! Y sobre todo, que vuestro amor abunde.44 Que
se extienda a toda la humanidad, que desborde para con todos
los hijos de Dios.
Que por esto conozca la gente de quién sois discípulos,
porque os amáis los unos a los otros.45
Bristol, 28 de septiembre de 1785.
40 Ro. 12.18.
41 Col. 1.13.
42 Mt. 5.14, 16.
43 Stg. 2.18.
44 Fil. 1.9.
45 Jn. 13.35.