← Volver al indice Tomo IV - Digital.pdf

Sermón 65 - El deber de reprender a nuestro prójimo

Levítico 19.17

No odies a tu hermano en tu corazón, pero corrige a tu prójimo,

para que no te cargues con pecado por su causa.

La mayor parte del libro del Éxodo y prácticamente todo

el libro de Levítico se refieren a la ley ritual o ceremonial

mosaica, la cual fue dada especialmente a los hijos de Israel.

Pero fue tal su yugo, dice el apóstol Pedro, que ni nuestros

padres ni nosotros lo hemos podido llevar.1 Por tanto, hemos

sido liberados de su carga, siendo esta liberación uno de los

aspectos de la libertad con que Cristo nos hizo libres.2 Sin

embargo, es fácil advertir la gran cantidad de valiosos preceptos

morales intercalados con las leyes rituales. En este capítulo

encontramos varios de ellos. He aquí algunos ejemplos:

No recogerás el fruto caído de tu viña; para el pobre y

el extranjero lo dejarás. Yo soy el Señor, tu Dios.

No hurtaréis, y no engañaréis ni mentiréis el uno al

otro.

No oprimirás a tu prójimo, ni le robarás. No retendrás

el salario del jornalero en tu casa hasta la mañana.

No maldecirás al sordo, y delante del ciego no

pondrás tropiezo, sino que tendrás temor de tu Dios. Yo, el

Señor.

Es como si él hubiese dicho: «Yo soy aquél cuya mirada cubre

toda la tierra, y cuyos oídos están atentos a su clamor».

1 Hch. 15.10.

2 Gá. 5.1.

31

32 Sermón 65

No harás injusticia en el juicio, ni favoreciendo al

pobre, lo cual una persona compasiva puede sentirse tentada de

hacer, ni complaciendo al grande, para lo cual existen mil y una

tentaciones. No andarás chismeando entre tu pueblo (aunque

éste es un pecado que hasta el presente, ninguna ley humana ha

sido capaz de impedir). Y, por último, no odies a tu hermano en

tu corazón, pero corrige a tu prójimo, para que no te cargues

con pecado por su causa.3

A fin de comprender correctamente este mandamiento,

y para que resulte de provecho para nuestras almas,

consideremos, en primer término ¿Qué cosas debemos corregir

o reprobar? ¿Qué es lo que aquí se nos insta a hacer? En segundo

lugar, ¿a quién se nos ordena reprender? Y, por último, ¿cómo

debemos hacerlo?

I.1. Consideremos en primer lugar, cuál es el deber que

aquí se nos encomienda. ¿Qué es lo que debemos corregir o

reprender? Y ¿qué significa «corregir»? ¿Qué significa

corregir? Pues decirle a alguien qué errores cometió, como se

desprende con toda claridad de las siguientes palabras: para que

no te cargues con pecado por su causa. Se entiende, entonces,

que estamos llamados a reprobar el pecado, o más bien a la

persona que comete el pecado. Debemos hacer todo cuanto esté

a nuestro alcance para convencerlo acerca de su error, y

conducirlo por la senda del bien.

2. El amor exige de nosotros que lo alertemos no sólo

acerca del pecado (aunque esto es lo fundamental) sino también

acerca de cualquier equivocación que si fuese reiterada acabaría

naturalmente conduciéndolo al pecado. Si no odiamos a nuestro

prójimo en nuestro corazón, si lo amamos como a nosotros

mismos, ésta será nuestra constante preocupación: advertirle

3 Lv. 19.10-11, 13-17.

El deber de reprender a nuestro prójimo 33

acerca de todo mal y de toda equivocación que pueda conducirlo

al mal.

3. Pero si deseamos que nuestro trabajo no sea en vano,

deberíamos evitar corregir a alguien acerca de algo que es

controversial, que se puede argumentar en uno u otro sentido.

Yo puedo considerar que algo está mal y, por consiguiente,

tengo reparos para hacerlo. Y si lo hiciera a pesar de mis

reparos, estaría en pecado delante de Dios. Pero no puedo juzgar

a otro según mi propia conciencia,4 pues cada uno para su

propio señor está en pie, o cae.5 Sólo lo reprenderé, pues, acerca

de aquello que sea cierta e indiscutiblemente malo. Por ejemplo,

el caso de las maldiciones y juramentos profanos, algo que ni

aun aquellos que lo practican se atreverán a defender si

argumentamos con ellos y tratamos de convencerlos sin

violencia. Otro ejemplo es el alcoholismo; aun el alcohólico

condena este comportamiento cuando está sobrio. Y también es

el caso de la profanación del día del Señor, según la opinión de

la mayoría de la gente. Y si acaso alguna persona culpable de

estos pecados intenta por un momento defenderse, muy pocos

continuarán haciéndolo si uno los mira fijo a los ojos, y apela a

su propia conciencia delante de Dios.

II.1. Analicemos, en segundo lugar, a quiénes estamos

llamados a reprender. Es muy importante reflexionar acerca de

esto porque muchas personas afirman seriamente que hay

pecadores a los cuales la propia Escritura nos prohíbe

reconvenir. Éste es el mensaje contenido en esa solemne

advertencia que hiciera el Señor en el Sermón del Monte: «No

echéis vuestras perlas delante de los cerdos, no sea que las

4 Véase 1 Co. 10.29.

5 Ro. 14.4.

34 Sermón 65

pisoteen, y se vuelvan y os despedacen».6 Pero el significado

liso y llano de estas palabras es: «No ofrezcas las perlas, la

maravillosa doctrina o los misterios del evangelio, a aquellas

personas cuyos sentidos estén embrutecidos, personas

sumergidas en pecado, ante cuyos ojos no hay temor de Dios.7

Esto significaría exponer nuestro más preciado tesoro al

desprecio y exponerte tú mismo a un trato ofensivo. Pero aun

respecto de personas que reconocemos como «perros y cerdos»,

en el sentido en que Jesús lo dijo, si los viéramos hacer, o los

escuchásemos decir, algo que ellos mismos saben que está mal,

deberíamos corregirlos. De otro modo los estaríamos odiando

en nuestro corazón.

2. La expresión «tu prójimo» se refiere a todas las

criaturas humanas, a todo ser que respira y que posee un alma

que debe ser salvada. Y si nos abstenemos de cumplir con este

deber de amor hacia alguna persona por considerarla más

pecadora que los demás, ella permanecerá en su iniquidad, pero

su sangre Dios demandará de nuestras manos.8

3. Es muy interesante la reflexión que hace el Sr.

Baxter en su obra Saints' Everlasting Rest (El descanso eterno

de los santos): «Imagina que te encontraras allí abajo con

alguien a quien hubieras negado este deber de amor cuando

ambos vivían aún bajo el sol, ¿qué responderías a su reclamo?

«En tal tiempo y lugar, cuando ambos vivíamos bajo el sol,

Dios me puso en tus manos. Yo no conocía el camino de la

salvación, sino que buscaba la muerte con los extravíos de mi

vida.9 Y en esa condición permitiste que permaneciera, ¡sin

haber intentado ni una vez despertarme de mi sueño! Si tú

hubieses compartido conmigo lo que sabías, y me hubieses

6 Mt. 7.6.

7 Ro. 3.8.

8 2 S. 4.11; Ez. 3.18, 20; 33.6, 8.

9 Sab. 1.12.

El deber de reprender a nuestro prójimo 35

advertido acerca de la ira venidera,10 ni tú ni yo estaríamos en

este lugar de tormento».11

4. Por tanto, todo el que tenga que salvar su alma tiene

derecho a que le brindes esta ayuda. Aunque esto no significa

que debas dedicarte a todos con la misma intensidad. Es

innegable que existen personas a quienes nos debemos

especialmente. El primer lugar lo ocuparían nuestros padres, en

caso de que consideremos que lo necesitan, aunque tal vez

queramos que nuestros cónyuges y nuestros hijos compartan

la misma prioridad. Seguidamente nuestras hermanas y

hermanos; luego nuestros familiares, sea que tengamos una

relación más cercana o más distante con ellos por lazos de

sangre o de matrimonio. Inmediatamente después de ellos,

nuestros sirvientes, sin importar si su relación de dependencia

con nosotros será por un periodo breve o de varios años. Por

último, compartiendo diferentes niveles de relación, nuestros

compatriotas, aquellos que viven en nuestra ciudad, y las

personas miembros de una misma sociedad, sea civil o

religiosa. Estos últimos tienen especial derecho a nuestro

servicio porque estas sociedades se forman con ese preciso

propósito, alertarnos unos a otros a fin de que no nos

carguemos con pecado por causa de nuestro hermano.12 Si

pasamos por alto corregir a cualquiera de estas personas

cuando se presenta una buena oportunidad, sin duda nos

alistaremos con aquellos que odian a su hermano en su

corazón. ¡Y qué dura es la sentencia del apóstol para los

culpables de este delito! «Todo aquel que aborrece a su

hermano», aunque esto no se ponga de manifiesto por hecho o

por palabra, «es homicida; y sabéis», prosigue el apóstol, «que

10 Mt. 3.7.

11 Cf. Baxter, The Saints' Everlasting Rest (El descanso eterno de los santos), III.7, en

Works (Obras), III.226.

12 Lv. 19.17.

36 Sermón 65

ningún homicida tiene vida eterna permanente en él».13 No

tiene depositada en su alma esa semilla que nos hace crecer

hacia la vida eterna. En otras palabras, se encuentra en un estado

tal que si muriera antes de haberse arrepentido, no tendría ya

más vida. De esto se deduce con toda claridad que descuidar

esta tarea no es poca cosa, ya que pone en grave peligro nuestra

salvación final.

III. Hemos visto qué significa corregir a nuestro

hermano y a quiénes debemos corregir. Pero resta considerar el

punto más importante: ¿Cómo, de qué modo, debemos

reprenderlos?

1. Debemos admitir que no resulta nada fácil llevar a

cabo esta tarea correctamente. Aunque también es cierto que a

algunas personas les resulta mucho más fácil que a otras. Hay

personas especialmente dotadas para hacerlo, sea por su

naturaleza, por fuerza de práctica o por gracia. Ni la vergüenza

ni el temor de los demás, esa carga tan pesada, les impiden

actuar. Están dispuestos a realizar esta obra de amor, y tienen

habilidad para hacerlo. Para ellos esta tarea no significa una

carga o una cruz; por el contrario, sienten una cierta inclinación

hacia esto, y la satisfacción que nace de haber cumplido con lo

que nuestra conciencia nos dicta. Pero aunque sea una cruz para

nosotros, ya grande ya pequeña, para esto fuimos llamados.14 Y

si alguna vez la dificultad se torna demasiado grande, sabemos

en quién hemos depositado nuestra confianza, y que él

seguramente cumplirá su palabra: «Como tus días serán tus

fuerzas».15

2. ¿De qué manera, entonces, debemos reprender a

nuestro hermano para que nuestra corrección resulte más

13 1 Jn. 3.15.

14 1 P. 2.21.

15 Dt. 33.25.

El deber de reprender a nuestro prójimo 37

efectiva? En primer lugar debemos tener cuidado de que todo lo

que hagamos sea hecho en un espíritu de amor, en un espíritu

de afecto y buena voluntad hacia nuestro prójimo, como a quien

que es hijo de nuestro mismo Padre, alguien por quien Cristo

murió, para que pudiera tener parte en la salvación. Así, por la

gracia de Dios, el amor engendrará amor. El afecto de quien

habla llegará al corazón de quien escucha, y a su debido tiempo

descubrirá que su trabajo en el Señor no había sido en vano.16

3. Al mismo tiempo, debemos tener sumo cuidado de

que todo cuanto decimos sea con espíritu de humildad.

Guárdense de no tener más alto concepto de sí que el que

debieran tener.17 Si tienes muy alto concepto de ti mismo, no

podrás evitar despreciar a tu hermano. Y si pones de manifiesto,

o simplemente albergas, el más mínimo sentimiento de

desprecio por la persona a quien corriges, se derrumbará todo tu

trabajo y todo tu esfuerzo habrá sido en vano. A fin de impedir

que el orgullo siquiera asome, será necesario que te propongas

en forma explícita dejar de lado todo pensamiento de

preferencia por tu persona, y que al mismo tiempo que lo

reprendes por algo malo, puedas reconocer y bendecir a Dios

por las cosas buenas que hay en él.

4. Debemos poner gran atención, en tercer lugar, para

que podamos hablar con espíritu de mansedumbre, y también

de sencillez. El apóstol nos asegura que la ira del hombre no

obra la justicia de Dios.18 El enojo, aunque lo disfracemos con

el nombre de celo, engendra enojo, no amor ni santidad.

Debemos, por tanto, tomar todos los recaudos para que no se

cuele. Que no haya rastro de él en nuestros ojos, en el gesto o

16 1 Co. 15.58.

17 Ro. 12.3.

18 Stg. 1.20.

38 Sermón 65

en el tono de voz, sino que todos éstos a una sean expresión de

un espíritu de amor, humilde y desapasionado.

5. Durante todo este tiempo guárdate de no confiar en

tus propias fuerzas. No confíes en tu sabiduría, en tu forma de

encarar a las personas, o en cualquiera de tus habilidades. Para

que todo lo que digas o hagas fructifique, no confíes en ti mismo

sino en el gran Autor de toda buena dádiva y todo don

perfecto.19 Por tanto, durante la conversación eleva tu corazón

constantemente a Dios, que hace todas las cosas en todos.20 Y

todo lo que hablemos en espíritu de oración no caerá en el vacío.

6. Hasta aquí lo que se refiere al espíritu con que

debemos hablar cuando corregimos a nuestro prójimo. Ahora

me referiré a la modalidad externa. Con frecuencia se ha

comprobado que una sincera expresión de buena voluntad antes

de la corrección ayuda para que lo que luego se diga penetre

más hondo en el corazón. Por lo general, esto casi siempre

tendrá un efecto más positivo que el mecanismo de la adulación,

ahora muy de moda, por medio del cual las personas del mundo

han logrado cosas sorprendentes. Pero estas mismas cosas, es

más, cosas mucho mayores aun, se han logrado mediante una

simple y sencilla declaración de amor desinteresado. Cuando

sientas que Dios ha encendido esta llama en tu corazón, no la

ocultes, dale salida. Atravesará las cosas como si fuera un rayo.

Los fuertes, los duros de corazón, se derretirán delante de ti y

sabrán que verdaderamente Dios está contigo.21

7. Si bien es cierto que lo central cuando reprendemos

es hacerlo con el espíritu correcto, debemos admitir que hay

varios detalles con respecto a la forma que no dejan de tener

su utilidad y que, por tanto, no deben menospreciarse. Uno de

19 Stg. 1.17.

20 1 Co. 12.6.

21 1 Co. 14.25.

El deber de reprender a nuestro prójimo 39

ellos es que se debe corregir con gran seriedad, que la forma en

que lo haces refleje el real anhelo e interés que sientes. Una

reprimenda jocosa no causa gran impresión, y muy pronto se

olvida. Además, muchas veces la persona puede tomarlo a mal,

como si estuvieses ridiculizándola. Y ciertamente aquellos que

no acostumbran hacer bromas tampoco gustan de que se las

hagan a ellos. Una buena manera de dar seriedad a lo que

decimos es utilizar las propias palabras de la Escritura tanto

como sea posible. A menudo descubrimos que la palabra de

Dios, aun en una conversación privada, tiene una fuerza muy

especial, y el pecador, cuando menos lo espera, siente que es

más cortante que toda espada de dos filos.22

8. Existen, sin embargo, algunas excepciones a esta

regla general de corregir con seriedad. Hay algunos casos

excepcionales en los cuales, tal como lo señalara un buen juez

de la naturaleza humana, ridiculum acri fortius:23 una pequeña

dosis de humor en el momento apropiado puede penetrar más

hondo que una sólida argumentación. Pero esto ocurre

fundamentalmente cuando tenemos que tratar con personas

ajenas a la religión. Y cuando aceptamos dar una reprimenda

con humor a esta clase de personas, creo que nos sentimos

autorizados a hacerlo por aquel consejo de Salomón: «Responde

al necio como merece su necedad, para que no se estime sabio

en su propia opinión».24

9. La manera en que corregimos también puede sufrir

otras variaciones según la ocasión. A veces podemos creer

conveniente utilizar muchas palabras a fin de ser muy explícitos

con respecto a lo que queremos transmitir. Otras veces

probablemente juzguemos más apropiado ser breves; bastará,

quizás, una simple frase. Y puede haber aún otras cuando sea

22 He. 4.12.

23 Cf. Horacio, Sátiras, I.x.14.

24 Pr. 26.5.

40 Sermón 65

aconsejable no decir nada, sino limitarnos a un gesto, un suspiro

o una mirada —especialmente cuando la persona a quien

debemos corregir es nuestro superior—. Con frecuencia esta clase

de corrección en silencio será asistida por el poder de Dios, y

tendrá, por lo tanto, un impacto mucho mayor que un discurso

largo y trabajoso.

10. Una vez más, recordemos el decir de Salomón: «La

palabra a su tiempo, ¡cuán buena es!»25 Ciertamente, si

providencialmente se presentara la oportunidad de reprender a

alguien a quien probablemente no volvamos a ver, debemos

aprovechar la ocasión y hablar a tiempo y fuera de tiempo.26

Pero con quienes nos vemos frecuentemente, podemos esperar

a que llegue el mejor momento. Aquí cabe el consejo del poeta:

Podemos hablar si validus, si laetus erit, si denique poscet,27

cuando la persona está bien, si está de buen humor, o si ella lo

pide. De este modo podremos aprovechar mollia tempora

fandi28 el momento en que su mente esté abierta, dispuesta. Y

entonces Dios te indicará cómo debes hablar, y bendecirá la

conversación.

11. En este punto permítanme advertirles acerca de una

equivocación. Se considera que la siguiente máxima es una

verdad indiscutible: «Nunca intentes reprender a una persona

cuando está ebria», porque la corrección resulta en vano, y no

tiene ningún efecto positivo. Yo opino que no es así. He visto

muchas instancias en que claramente ocurrió lo contrario.

Tomemos una: hace muchos años, pasé por al lado de un

hombre en Moorfields que estaba tan ebrio que apenas se

mantenía en pie. Coloqué un papel en su mano; lo miró y dijo:

«Mensaje: Mensaje para un alcohólico. Ése soy yo. ¡Señor,

25 Pr. 15.23.

26 2 Ti. 4.2.

27 Horacio, Epístolas, I.xiii.3. Aquí, como en otras citas latinas, Wesley traduce el

sentido en las palabras que siguen inmediatamente.

28 Virgilio, Eneida, iv.293-294.

El deber de reprender a nuestro prójimo 41

señor, estoy mal, yo sé que estoy mal. Por favor, quiero hablar

con usted». Estuvo tomado de mi mano durante media hora. Y

creo que nunca más se emborrachó.

12. Les ruego, hermanos, por las misericordias de

Dios,29 que no desprecien a las personas alcohólicas. Tengan

compasión de ellas. ¡Ínstenlas a tiempo y fuera de tiempo!30 No

permitan que el miedo o la vergüenza frente a los demás les

impida arrebatar estos tizones del fuego.31 La mayoría de ellos

se autocondenan,

No que ellos no sepan ver

su terrible condición.32

Su situación es desesperada; no tienen esperanza de encontrar

una salida. Y se hunden más y más, porque ¡nadie les da

esperanza alguna! «A menudo he visto toda clase de pecado-

res» ha dicho un anciano clérigo muy respetable, «convertirse

al Señor. Pero jamás conocí un alcohólico convertido». Pero

yo he conocido mil, tal vez cinco mil. Oh, ¿acaso eres tú uno de

ellos, estimado lector? Entonces escucha las palabras del

Señor, pues tengo palabra de Dios para ti:33 «¡Oh, pecador!»

así ha dicho el Señor, «No pierdas tu confianza.34 Yo no me he

olvidado de ti». Aquel que te dice: «No hay salida» es

mentiroso desde el principio.35 ¡Eleva tu mirada! ¡He aquí el

Cordero de Dios que quita el pecado del mundo!36 Hoy ha

venido la salvación a tu alma.37 ¡Sólo debes preocuparte por

no despreciar a quien te habla! En este preciso momento él te

29 Ro. 12.1.

30 2 Ti. 4.2.

31 Zac. 3.2.

32 Cf. Milton, El Paraíso Perdido, i.335-36.

33 Jue. 3.20.

34 He. 10.35.

35 Véase Jn. 8.44.

36 Jn. 1.29.

37 Lc. 19.9.

42 Sermón 65

está diciendo: «¡Hijo, ten ánimo! ¡Tus pecados te son

perdonados!»38

13. Por último, si tú eres diligente en esta obra de amor,

ten cuidado de no desanimarte aunque no veas ningún fruto

después de haberte esforzado al máximo. Es necesaria la

paciencia, y luego, después de haber hecho la voluntad de

Dios,39 llegará el tiempo de cosechar. Nunca te canses de hacer

bien; a su tiempo segarás si no desmayas.40 Sigue el ejemplo de

Abraham quien creyó en esperanza contra esperanza.41 Echa tu

pan sobre las aguas, porque después de muchos días lo

hallarás.42

14. Sólo quisiera agregar unas pocas palabras

dedicadas a ustedes, mis hermanos «metodistas», como se los

llama vulgarmente. Nunca escuché ni leí acerca de un

reavivamiento religioso de importancia que no fuera acompa-

ñado de un espíritu de reprensión. Creo que no podría ser de

otra manera, porque ¿qué es la fe si no obra por el amor?43 Así

fue en cada lugar de Inglaterra cuando este reavivamiento

religioso comenzó hace ya cincuenta años: todos los actores de

ese reavivamiento, todos los así llamados metodistas,

reprobaban las manifestaciones externas del pecado. Y sin duda

otro tanto hacen todos quienes justificados por la fe, tienen

paz para con Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.44

Así es en el principio, pero si ellos hacen uso de ese precioso

don, jamás les será quitado. ¡Vengan, hermanos y hermanas!

¡Comencemos una vez más en el nombre de Dios! Ricos o

pobres, ¡pongámonos en marcha como una sola persona! Y

38 Mt. 9.2.

39 He. 10.36.

40 Gá. 6.9.

41 Ro. 4.18.

42 Ec. 11.1.

43 Véase Gá. 5.6.

44 Ro. 5.1.

El deber de reprender a nuestro prójimo 43

que cada uno de nosotros corrija a su prójimo, para que no nos

carguemos con pecado por su causa. Entonces toda Gran

Bretaña e Irlanda sabrán que no batallamos a nuestras propias

expensas.45 Y Dios nos bendecirá, y todos los términos de la

tierra lo temerán.46

Manchester, 28 de julio de 1787.

45 1 Co. 9.7.

46 Sal. 67.7.