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Sermón 54 - Sobre la eternidad

Salmo 90.2

Desde la eternidad y hasta la eternidad, Tú eres Dios.1

1. De buena gana hablaré de ese tremendo asunto

llamado eternidad. Mas ¿cómo podremos asirlo en nuestro

pensamiento? Tan vasto es que la estrecha mente de los seres

humanos es del todo incapaz de entenderlo. Pero ¿no tiene

alguna afinidad con otro asunto incomprensible, la inmensidad?

Ésta es el espacio ilimitado. ¿Y qué es la eternidad? Es la

duración ilimitada.

2. Por lo general se ha considerado a la eternidad como

divisible en dos partes, que han sido denominadas la eternidad

a parte ante, y eternidad a parte post;2 esto es, en lenguaje

sencillo, aquella eternidad que ya pasó, y la que está por venir.

¿No parece haber una insinuación de esta distinción en el texto?

«Tú eres Dios desde la eternidad», ésta es una expresión de

aquella eternidad que ha pasado; «hasta la eternidad» ésta, una

expresión de la eternidad por venir. Acaso algunos en verdad

puedan pensar que no es estrictamente apropiado hablar de una

eternidad que ya pasó. Pero el sentido es fácilmente

comprensible. Nos referimos a aquella duración que no tuvo

comienzo; y por eternidad por venir nombramos aquella

duración que no tendrá fin.

1 Versión castellana del traductor, siguiendo el sentido del original hebreo y el texto

de Wesley. La versión castellana de Reina y Valera dice: «Desde el siglo y hasta el

siglo, tú eres Dios».

2 Se trata de una distinción escolástica bastante común en tiempos de Wesley.

317

3 18 Sermón 54

3. Es Dios únicamente quien (usando el enaltecido

lenguaje de la Escritura) «habita la eternidad»3 en ambos

sentidos. Sólo el gran Creador, mas ninguna de sus criaturas, es

«desde la eternidad y hasta la eternidad»: tan sólo su duración

como tal, no ha tenido comienzo y no podrá tener fin. Teniendo

esto en consideración es que habla así al dirigirse a Emanuel,

Dios con nosotros,4

¡Salve, Hijo de Dios, coronado de gloria,

Antes que el tiempo llegara a ser;

Entronizado con tu Señor a mitad

de ronda de la vasta eternidad!5

Y de nuevo:

¡Salve, Hijo de Dios, coronado de gloria,

Cuando el tiempo deje de ser;

Entronizado con el Padre a lo largo de

La completa eternidad!6

4. «Antes que el tiempo llegara a ser»; pero ¿qué es el

tiempo? No es fácil decirlo, a pesar de que hemos usado el

término con frecuencia. No sabemos propiamente qué es: no

podemos expresar adecuadamente su definición. Pero ¿de

alguna manera no es un fragmento de la eternidad, cortado en

ambos extremos?7 ¿No es aquella porción de la duración que

comenzó cuando empezó el mundo, que habrá de continuar

mientras este mundo permanezca, y entonces expirará para

siempre? ¿Aquella porción que al presente es medida por la

revolución del sol y los planetas, colocada, por decirlo así,

3 Is. 57.15.

4 Is. 7:14; Mt. 1:23.

5 Samuel Wesley, "An Hymn to God the Son", Poems (1736), p. 3. Aquí Wesley

sigue su propia versión tomada de su Collection of Psalms and Hymns (Charleston,

1737), pp. 12-13.

6 Ibid., p. 4, donde el original y las antologías de 1737 y 1744 dicen: "Salve, coronado

con gloria esencial".

7 Cf. san Agustín, Confesiones, XI.xiv-xxvi; XII.xxix.

Sobre la eternidad 319

entre dos eternidades, la pasada y la que está por venir? Pero tan

pronto como los cielos y la tierra escapen delante de la faz del

que está sentado en el gran trono blanco,8 no existirá más

tiempo, sino que se hundirá para siempre en el océano de la

eternidad.

5. ¿Mas por cuáles medios podrá un ser humano mortal,

criatura de un día, formarse una idea de la eternidad? ¿Qué

podremos encontrar dentro del alcance de la naturaleza para

ilustrarla? ¿Con qué comparación la vamos a cotejar?9 ¿Qué

puede haber que tenga alguna semejanza con ella? ¿No debe

haber alguna suerte de analogía entre la duración ilimitada y el

espacio ilimitado? El gran Creador, el Espíritu Infinito, habita

la una y el otro, ambos. Ésta es una de sus peculiares

prerrogativas: ¿No lleno yo, dice el Señor, el cielo y la tierra?10

¡Ciertamente, no sólo las más distantes regiones de la creación,

sino también toda la expansión del espacio sin límites!

Entretanto cuántas de las criaturas humanas pueden decir,

He aquí, sobre una estrecha porción de tierra,

En medio de océanos infinitos, estoy

Seguro, inconmovible!

¡Un punto del tiempo, un momento del espacio,

Llévame hacia aquel celestial lugar,

O reclúyeme en el infierno!11

6. Pero dejando uno de estos ilimitados océanos al

Padre de la eternidad, a quien únicamente pertenece la duración

sin principio, volvamos nuestros pensamientos sobre la

duración sin fin. Éste no es un atributo incomunicable del gran

Creador; más bien él se ha mostrado complacido en hacer

8 Cf. Ap. 20.11.

9 Mr. 4.30.

10 Jer. 23.24.

11 Carlos Wesley, "An Hymn for Seriousness", verso 2, en Hymns and Sacred Poems

(1749).

3 20 Sermón 54

partícipes de ello a innumerables multitudes de sus criaturas. Lo

ha hecho conocer no sólo a los ángeles, arcángeles y a toda la

compañía del cielo, quienes no han de morir, sino que le

glorificarán y vivirán en su presencia para siempre, sino

también a los moradores de la tierra que habitan en casas de

barro.12 Cuyos cuerpos en verdad, serán quebrantados por la

polilla,13 pero cuyas almas jamás morirán. Dios los hizo, como

dice un antiguo escritor, para ser imagen de su misma

eternidad.14 Ciertamente todos los espíritus (tenemos razones

para creer así) están revestidos de inmortalidad; no teniendo un

principio de corrupción interna, y sin el riesgo de alguna

violencia externa.

7. Tal vez podemos ir un paso más adelante. La

materia en sí misma, como el espíritu, ¿no es en un sentido

eterna? Por cierto no a parte ante, como algunos insensatos

filósofos, tanto antiguos como modernos, han soñado. No que

haya existido alguna cosa desde la eternidad; pues para ello

tendría que ser Dios. Por cierto, sería el único Dios; porque es

imposible que hubiera dos Dioses, o dos eternidades. Mas

aunque nada haya existido junto al gran Dios desde la

eternidad, ningún otro puede ser eterno, a parte ante. No

obstante, no es un absurdo suponer que todas las criaturas son

eternas, a parte post. Toda materia, en rigor, está cambiando

continuamente y ello de diez mil maneras. Pero aquello que es

cambiable de ningún modo implica que es perecedero. La

sustancia puede permanecer una y la misma, aunque bajo

innumerables formas. Es muy posible que cualquier porción de

materia pueda disgregarse en los átomos con que estuvo

originalmente compuesta. Pero ¿qué razón tenemos para creer

que uno de estos átomos alguna vez fue o será aniquilado?

12 Job 4.19.

13 Ibid.

14 Cf. Sab. 2.23.

Sobre la eternidad 321

Nunca puede serlo, a menos que lo sea por el poder indomable

de su poderoso Creador. ¿Mas es probable que alguna vez él

llegue a ejercer este poder para deshacer cualquiera de las

cosas que ha hecho? En esto Dios tampoco es hijo de hombre

para que se arrepienta».15 En verdad toda criatura bajo el cielo

cambia y debe cambiar continuamente su forma, de lo cual

fácilmente podemos dar cuenta, como claramente surge de los

últimos descubrimientos que el fuego etéreo16 entra en la

composición de cada parte de la creación. Éste es esencialmente

edax rerum.17 Es el disolvente universal, el discohere, es decir,

el poder desintegrante de todas las cosas bajo el sol. Por esta

fuerza son disueltos aun los cuerpos más duros y sólidos. Esto

surge de los repetidos experimentos llevados a cabo por Lord

Bacon con los diamantes, quien demuestra que aun los

diamantes, sometidos a una elevada temperatura, pueden

convertirse en polvo.18 Y que a una temperatura más elevada

aun (extraño como pueda parecer) éstos serán totalmente

consumidos en llamas. En efecto, por esto hasta los cielos

mismos serán deshechos, y los elementos, siendo quemados, se

fundirán.19 Pero sólo serán disueltos, y no destruidos; se

fundirán, pero no perecerán. Aunque pierdan su forma

presente, no obstante ninguna de sus partículas perderá su

existencia; sino que cada átomo permanecerá bajo una forma u

otra para toda la eternidad.

15 Nm. 23.19.

16 Cf. en el tomo I, el Sermón 15.III.4.

17 Es decir, «devorador de las edades». Es una adaptación de Ovidio,

Metamorfosis, xv, 234, donde se afirma que el tiempo es «devorador de las

cosas».

18 Véase el análisis de Bacon sobre el "Calor" bajo las tres Tablas de "Esencia,

Desviaciones y Grados", en Works, editado por Spedding y otros (1869), I.354-

84.

19 Cf. 2 P. 3.12.

3 22 Sermón 54

8. Pero aun así, seguiríamos inquiriendo ¿qué es esta

eternidad? ¿Cómo podríamos derramar algo de luz sobre este

asunto tan incomprensible? No puede ser objeto de nuestro

entendimiento. ¿Mas a qué semejanza podremos compararlo?20

¡Cuán infinitamente trasciende todo esto! ¿Qué cosas

temporales podemos poner en comparación con aquellas que

son eternas? ¿Cuál es la duración del perdurable roble, de los

antiguos castillos, de la columna de Trajano,21 del anfiteatro de

Pompeyo;22 cuál es la antigüedad de las urnas Toscanas,23

probablemente más añejas que la fundación de Roma; o de las

pirámides de Egipto, suponiendo que hayan permanecido

enhiestas por tres mil años, cuando se las pone en balance con

la eternidad? Todo se desvanece en la nada. Más aún ¿cuál es la

duración de los collados eternos,24 figurativamente así

llamados, que han permanecido desde el diluvio universal, o

acaso desde la fundación del mundo, en comparación con la

eternidad? Nada más que una insignificante cifra. Vayamos más

lejos aún. Consideremos la duración desde la creación de las

primeras criaturas de Dios, del arcángel Miguel en particular,

hasta el momento en que será comisionado para hacer sonar su

trompeta y pronunciar su tronante voz a través de la bóveda

celestial, «¡Levántense, los muertos, y vengan al juicio!» ¿No

es acaso un momento, un punto, una nada en comparación con

la insondable eternidad? Agreguemos a esto mil, un millón de

millones de edades, antes que las montañas fueran creadas, y el

20 Mr. 4.30.

21 Se refiere a la columna votiva en el centro del más grande foro de Roma, cercano a

la actual Plaza Venecia. Todavía está casi intacta. La columna misma, de unos 30

metros, data del año 113 d. de C.

22 Un teatro imperial romano que data del 52 a. de C.

23 Esto es, etruscas. La principal colección se encuentra en la Villa Julia en Roma; otra

se encuentra en el Museo Etrusco de Orvieto, también en Italia.

24 Gn. 49.26.

Sobre la eternidad 323

mundo y la esfera terrestre fueran hechos;25 ¿qué es todo esto en

comparación con aquella eternidad que ha pasado? ¿No es

menor, infinitamente menos, que una sola gota de agua ante

todo el océano? En efecto, inmensurablemente menos que un

día, una hora, un momento ante un millón de años.

Retrocedamos aun miles de millones, y sin embargo no

estaremos más cerca del comienzo de la eternidad.

9. ¿Somos capaces de formarnos una concepción más

adecuada de la eternidad por venir? En orden a esto

comparémosla con los diversos grados de duración que

conocemos. Una efímera mosca vive seis horas, desde la seis de

la tarde hasta medianoche. Es una corta vida comparada con la

del ser humano, que se extiende por sesenta u ochenta años. Y

ésta en sí misma es breve si se la compara con los novecientos

sesenta y nueve años de Matusalén.26 Sin embargo, ¿qué son

estos años, que se han sucedido unos a otros desde que los cielos

y la tierra fueron hechos, y hasta el tiempo en que los cielos

pasarán, y la tierra con todas sus obras sea consumida, si lo

comparamos con lo prolongado de aquella duración que nunca

tendrá fin?

10. A fin de ilustrar esto un fallecido autor ha repetido

un sorprendente pensamiento de san Cipriano. Supóngase un

globo de arena tan grande como el globo terráqueo; supóngase

que un grano de esta arena fuera aniquilado, reducido a nada,

en mil años. Todo el tiempo que tomaría esta esfera en ser

destruida a razón de un grano cada mil años, tendría infinita-

mente menor proporción con la eternidad (duración sin fin) que

un solo grano de arena podría tener con toda aquella masa.27

25 Cf. Sal. 90.2.

26 Gn. 5.27.

27 Esta referencia no se encuentra en los escritos de san Cipriano. El «fallecido autor»

es Addison, en The Spectator, No. 575 (lunes 2 de agosto de 1714), quien no cita a

san Cipriano como su fuente, sino a «uno de los escolásticos».

3 24 Sermón 54

11. Para inculcar más profundamente este importante

punto en sus mentes, consideren otra comparación. Supóngase

que el océano se acreciente tanto como para incluir todo el

espacio entre la tierra y los estrellados cielos. Supóngase que

una gota de esta agua sea aniquilada una vez cada mil años. No

obstante, toda la extensa duración de ese océano antes de ser

aniquilado (a razón de una gota cada mil años) sería

infinitamente menor en proporción a la eternidad, que una gota

de agua respecto de aquel océano.

Observen entonces aquellos espíritus inmortales, ya sea

que están en éste o en el otro mundo. Cuando ellos hayan vivido

miles de miles de años, más aún, millones de millones de eras,

su duración apenas habrá comenzando: sólo estarán en el

umbral de la eternidad.

12. Pero aparte de esta división de la eternidad entre lo

pasado y lo por venir, hay otra división de la eternidad que es de

indecible importancia. Aquello que está por venir, en tanto se

relaciona a los espíritus inmortales, es una eternidad ya feliz o

miserable.

13. Vean los espíritus de los justos que ya están alabando

a Dios en una feliz eternidad. Estamos prontos a decir: «¡Cuán

breve les parecerá a aquellos que abrevan del torrente de las

delicias28 a la mano derecha de Dios!» Estamos prestos a

clamar,

¡Un día sin noche ante su mirada moran,

Y la eternidad parece como un día!29

Pero esto es hablar solamente según la manera humana,

porque las medidas de largo y corto son sólo aplicables al

tiempo que admite límites y no a la duración ilimitada. Ésta

avanza (según nuestras bajas concepciones) con una rapidez

indecible e inconcebible, o quizás sería mejor decir que no

28 Véase Sal. 36.8.

29 Carlos Wesley, Hymns and Sacred Poems (1749), II.314.

Sobre la eternidad 325

avanza o no se mueve en absoluto, sino que es un océano

quieto e inmóvil. Mas los habitantes del cielo no cesan día y

noche de decir: «¡Santo, santo, santo, es el Señor Dios

Todopoderoso; el que era, el que es y el que ha de venir!».30 Y

cuando millones de millones de edades hayan transcurrido, su

eternidad sólo habrá comenzado.

14. ¡Por otra parte, en qué condiciones están aquellos

espíritus inmortales que han escogido una eternidad miserable!

Digo que la eligieron, pues es imposible que ésa fuera la suerte

de cualquier criatura sino a resultas de su propia obra y acción.

Viene el día cuando cada alma estará obligada a reconocer a la

vista de los seres humanos y de los ángeles, que

Ningún fatal decreto tuyo selló,

o determinó el inalterable hado;

ni destinó mi nonata alma al infierno,

o me condenó desde el seno de mi madre.31

En qué condiciones estará tal espíritu luego que la sentencia sea

ejecutada: «Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno

preparado para el diablo y sus ángeles».32 Supóngase que

ahora está apenas inmerso dentro de un lago que arde con

azufre,33 donde no tiene reposo de día ni de noche, sino que el

humo de su tormento sube por los siglos de los siglos.34 ¡Por los

siglos de los siglos! ¡Qué pasaría si nosotros tuviéramos que

estar encadenados por sólo un día, o una hora, en un lago de

fuego, cuán extremadamente largo nos parecería el día o la

hora! No sé si no nos parecería como mil años. ¡Mas luego de

miles y miles de años pensemos que apenas habrán probado su

30 Ap. 4.8.

31 Juan y Carlos Wesley, Hymns and Sacred Poems (1740), p. 133.

32 Mt. 25.41.

33 Ap. 19.20.

34 Ap. 14.11.

3 26 Sermón 54

amarga copa! Luego de millones de años no estarán más cerca

del fin que el momento que empezaron.

15. ¿Quién será entonces el que, pareciendo tener la

inteligencia de un ser humano, deliberadamente prefiera (necia,

insensata y distraídamente) las cosas temporales a las eternas?

Aun concediendo la absurda e imposible suposición que la

maldad es felicidad, suposición contraria a toda razón, así como

a toda experiencia, ¿quién prefiere la felicidad de un año,

digamos de mil años, a la felicidad de la eternidad, si millares

de épocas son en comparación infinitamente menos que un año,

un día, un momento? Especialmente cuando tomamos en

consideración que rechazar una eternidad feliz implica (lo que

en verdad nunca deberíamos olvidar) la elección de una

eternidad miserable. Pues no hay, y no puede haber, ningún

punto medio entre el gozo eterno y el sufrimiento eterno. Un

vano pensamiento que algunos han abrigado es que la muerte

pondrá fin tanto al alma como al cuerpo. No pondrá fin ni a uno

ni a otro; sólo alterará la manera de sus existencias. Puesto que

el cuerpo volverá a la tierra como era, y el espíritu volverá a

Dios que lo dio.35 Por ende, el momento de la muerte deberá ser

de una felicidad inefable o de un horror inexpresable. Y aquel

horror no tendrá fin.

¡Jamás! ¿Dónde se hunde el alma,

ante el terrible sonido?

¡Dentro de un abismo oscuro y profundo!36

¡Aquel que ha hecho la desdichada elección con cuánta

frecuencia desearía ambas muertes, la de su alma y la de su

cuerpo! Es posible que pueda rogar como supone el Dr.

Young:

¡Cuando me haya atormentado

diez mil, un millón de años en el fuego,

35 Ec. 12.7.

36 Cf. Young, The Last Day, iii.156-57.

Sobre la eternidad 327

déjenme entonces expirar!37

16. Esta incalificable necedad, esta indecible insensatez

de preferir las cosas presentes a lo eterno es, con todo, la

enfermedad de cada persona nacida en este mundo, en tanto se

encuentra en su estado natural. Pues tal es la constitución de

nuestra naturaleza que como el ojo ve una sola porción del

espacio de una vez, así la mente sólo ve tal porción de tiempo

de una vez. Y como todo el espacio que se encuentra más allá

de esto es invisible al ojo, todo el tiempo que se encuentra más

allá de este ámbito es invisible a la mente. Así que no

percibimos ni el espacio, ni el tiempo que están lejos. El ojo ve

distintivamente el espacio que está próximo, con los objetos que

contiene. De igual manera la mente ve distintivamente aquellos

objetos que están dentro de tal distancia de tiempo. El ojo no ve

las bellezas de China. Están a una distancia muy grande. Hay un

gran espacio entre nosotros y ellas; por tanto, no nos afectan.

Son como si nada para nosotros; para nosotros es lo mismo que

si no existieran. Por la misma razón la mente no ve ni las

bellezas ni los terrores de la eternidad. No nos afectan de modo

alguno, porque están tan distantes de nosotros. Sobre esta base

es que nos parecen nada; precisamente como si no existieran.

Mientras tanto estamos dedicados a las cosas del presente, sean

del tiempo o del espacio; y las cosas parecen menores y menores

en tanto están más y más distantes de nosotros. Y así debe ser;

tal es la constitución de nuestra naturaleza, hasta que lo natural

sea cambiado por la gracia todopoderosa. Mas esto no es excusa

para aquellos que siguen en su ceguera natural con respecto al

futuro; porque hay previsto un remedio para ello, que es hallado

por todos los que lo buscan. Y por cierto, se da libremente a

todos los que lo piden con sinceridad.

37 Ibid., iii.206-7.

3 28 Sermón 54

17. Ese remedio es la fe. No me refiero a la fe de un

pagano, que cree que hay Dios, y que es galardonador de los

que le buscan,38 sino a la que el Apóstol defina, la certeza o la

convicción de lo que no se ve;39 una evidencia y convicción

divinas del mundo invisible y eterno. Sólo esto abre los ojos del

entendimiento,40 para ver a Dios y las cosas de Dios. Esto quita

o vuelve transparente el velo impenetrable, «que pende entre el

ser mortal y el inmortal»,41 cuando

La fe arroja su reveladora luz,

Dispersa las nubes, desvanece las sombras;

Lo invisible surge a la vista

Y Dios es visto por ojos mortales.42

Así pues, el creyente (en el sentido bíblico) vive en la eternidad

y recorre la eternidad. Su perspectiva se amplía. Su visión no

está ya limitada por las cosas presentes, ni por un hemisferio

terrenal, aunque éste fuese, como dice Milton, «diez veces

mayor que el largo de esta tierra».43 La fe coloca lo invisible, el

mundo eterno, continuamente delante de su faz. En conse-

cuencia no mira a las cosas que se ven:

Riqueza, honor, placer, u otra cosa,

Que este mundo pasajero puede dar.44

Estas no son su meta, el objeto de su búsqueda, su deseo o

felicidad, sino más bien las cosas que no se ven: el favor, la

imagen y la gloria de Dios. Sabe que las cosas que se ven son

temporales, una sombra, un sueño, una neblina que se

38 He. 11.6.

39 He. 11.1.

40 Cf. Ef. 1.18; 1 Co. 2.10-12.

41 Cita de la obra teatral de John Hughes, The Siege of Damascus III.i.205-11.

42 Carlos Wesley, en Hymns and Sacred Poems (1740), p. 7.

43 El Paraíso Perdido, vi.78.

44 Una traducción del francés, aparentemente provista a los hermanos Wesley por John

Byrom, que aparece en sus Miscellaneous Poems (1773), II.211.

Sobre la eternidad 329

desvanece;45 en tanto que las cosas que no se ven son eternas,46

reales, sólidas, inmutables.

18. ¿Cuál puede ser entonces mejor ocupación para una

persona sabia que meditar acerca de estas cosas, que ensanchar

con frecuencia sus pensamientos «más allá de los límites de esta

diurna esfera»,47 para extenderse aun más allá de los estrellados

cielos, en los campos de la eternidad? ¡Qué medio de confirmar

su desprecio por las pobres y pequeñas cosas de la tierra!

Cuando una persona de enormes posesiones estaba jactándose

ante su amigo de la grandeza de su heredad, Sócrates le pidió

que trajera un mapa de la tierra y señalara dónde estaba Ática.

Cuando esto fue hecho (aunque no con facilidad, por cuanto era

un pequeño país), solicitó a Alcibíades indicar su propia

heredad. Cuando no pudo hacerlo, fue fácil observar cuán

insignificantes eran las posesiones de las que se enorgullecía en

comparación a toda la tierra.48 ¡Cuán aplicable es todo esto al

presente caso! ¿Alguien se valora a sí mismo por sus posesiones

terrenales? Qué es todo el globo terráqueo ante el espacio

infinito? Una pequeña hilacha de la creación. ¿Y qué es la vida

del ser humano, o la duración de la tierra misma, sino una

hilacha de tiempo, si se las compara con la longura de la

eternidad?

¡Piensa en esto! Permite que se introduzca en tu

pensamiento hasta que tengas alguna comprensión, aunque

imperfecta, de aquel «ilimitado, insondable abismo, sin fondo

ni ribera».49

19. Mas si la desnuda eternidad, por así decirlo, es tan

vasta, un objeto tan sorprendente como para abrumar tu

45 Cf. Stg. 4.14.

46 2 Co. 4.18.

47 Paráfrasis de Milton, El Paraíso Perdido, vii.21-22.

48 La anécdota se encuentra en Alcibíades I, falsamente atribuido a Platón.

49 El origen de esta cita no se ha encontrado.

3 30 Sermón 54

pensamiento, ¡cuán enorme es la idea de contemplarla revestida

de felicidad o de miseria! ¡Perpetua bendición o dolor!

¡Felicidad eterna, o miseria eterna! Uno pensaría que eclipsaría

todo otro pensamiento de una criatura razonable. Acepta sólo

esto: «estás al borde de una eternidad feliz o miserable». El

Creador te desafía a extender tus manos sea hacia una u otra, y

uno se imaginaría que ninguna criatura racional podría pensar

en ninguna otra cosa. Uno supondría que este único asunto

absorbería toda su atención. Por cierto ello debe ser así; sin duda

si estas cosas son así sólo puede haber una cosa necesaria.

¡Elijamos, al menos ustedes y yo, no importa lo que hagan los

demás, la mejor parte que nunca nos será quitada!50

20. Antes de concluir este tema permítanme tratar dos

notables pasajes de los Salmos (uno en el octavo y otro en el

centésimo cuadragésimo cuarto) que tienen una estrecha

relación con esto. El primero es: «Cuando veo los cielos, obra

de tus dedos; la luna y las estrellas que tú formaste, digo:

¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del

hombre, para que lo visites?»51 Aquí el ser humano es

considerado como un cero, con un punto comparado con la

inmensidad. El segundo dice: «Oh, Señor, ¿qué es el hombre

para que en él pienses [...] El hombre es semejante a la

vanidad; sus días son como la sombra que pasa».52 En la

nueva traducción inglesa53 las palabras son aún más fuertes:

«¿Qué es el hombre, que tú tomas conocimiento de él? ¿O el

hijo del hombre, para que lo tengas en cuenta?» Aquí el

salmista parece considerar la vida del ser humano como un

momento, como nada comparada con la eternidad. Lo que el

primero quiere decir es: ¿Cómo puede ser que aquél que llena

50 Cf. Lc. 10.42.

51 Sal. 8.3-4.

52 Sal. 144.3-4.

53 Esto es, la de 1611.

Sobre la eternidad 331

los cielos y la tierra tenga en cuenta al átomo que es el ser

humano? ¿Cómo puede ser que el ser humano no esté comple-

tamente perdido en la inmensidad de las obras de Dios? El

propósito del segundo es: ¿Cómo puede ser que «el que habita

la eternidad»54 se incline para considerar la criatura de un día;

alguien cuya vida se desvanece como una sombra? ¿No es éste,

acaso, un pensamiento que ha asaltado muchas mentes serias así

como ocurrió con David, y que les ha dado una suerte de temor

a menos que sean olvidados delante de quien abarca todo el

espacio y toda la eternidad? Pero ¿no surge este temor de

suponer que Dios es como nosotros? Si consideramos el espacio

ilimitado o la duración ilimitada, ante esto nos reducimos a

nada. Pero Dios no es un ser humano. Un día y un millón de

años son los mismo delante de él. Por lo tanto existe la misma

desproporción entre él y el ser perecedero, como entre él y la

criatura de un día. Por tanto, siempre que tal pensamiento

reaparezca, siempre estés tentado a temer ser olvidado ante el

inmenso y eterno Dios, recuerda que nada es pequeño o grande,

que no hay duración larga o corta, delante de él. Recuerda que

Dios ita praesidet singulis sicut universis, et universis sicut

singulis; que él preside sobre cada individuo como sobre el

universo; y sobre el universo como sobre cada individuo.55 Así

que se puede decir enérgicamente:

¡Padre, cuán amplia tu gloria reluce,

Señor del universo y Dios mío!

Tu bondad custodia sobre todo.

Como si el mundo entero fuera un alma:

¡Y aún cuentas cada sagrado cabello mío

Como si yo fuera tu único cuidado!56

54 Is. 57.15.

55 San Agustín, Confesiones, III.xi.

56 Carlos Wesley, Short Hymns on Select Passages of the Holy Scriptures (1762),

II.158.

3 32 Sermón 54

Epworth, 28 de junio de 1786.