Sermón 53 - A la muerte de Jorge Whitefield
Números 23.10
Muera yo la muerte de los rectos, y mi postrimería sea como
la suya.
1. «Y mi postrimería sea como la suya». ¿Cuántos de
ustedes comparten este deseo? Quizás pocos de esta numerosa
congregación no lo compartan. ¡Que tal deseo pueda anidar en
su mente! ¡Y que no se desvanezca hasta que sus almas también
puedan reposar allí donde los impíos dejan de perturbar, y allí
descansan los de agotadas fuerzas.1
2. No debe esperarse en esta ocasión una exposición
elaborada del texto. Les apartaría demasiado del triste aunque
grato recuerdo de su amado hermano, amigo y pastor; y
también padre, porque ¡cuántos hay aquí que él engendró en el
Señor!2 ¿No sería más apropiado a sus expectativas, así como a
la solemnidad de esta ocasión, hablar directamente de este
hombre de Dios a quien ustedes con frecuencia han escuchado
platicar en este lugar? La finalidad de cuya plática, ustedes
saben, ha sido Jesucristo, es el mismo ayer, y hoy y por los
siglos.3
Podemos pues,
Primero, prestar atención a algunos datos de su vida y
muerte;
Segundo, prestar atención a su carácter; y,
1 Cf. Job 3.17.
2 Cf. 1 Co. 4.15.
3 He. 13.7-8.
291
2 92 Sermón 53
Tercero, preguntarnos cómo podemos superar esta
terrible situación, su repentina partida de entre nosotros.
I.1. Podemos, en primer lugar, examinar unos pocos
pormenores de su vida y muerte. Nació en Gloucester en
diciembre de 1714,4 y fue inscrito allí en una escuela primaria
cuando tenía unos doce años de edad. A los diecisiete años
comenzó, según su mejor entender, a tomar en serio la religión
y a servir a Dios. Alrededor de los dieciocho se trasladó a la
universidad y fue admitido en la Escuela Superior de Pembroke
en Oxford. Y luego de un año tomó conocimiento de los así
llamados metodistas, a quienes desde aquella época amó como
a su propia alma.
2. Fue convencido por ellos de que nos es necesario
nacer de nuevo,5 pues la religión exterior no nos aprovechará de
nada. Se les unió para los ayunos de miércoles y viernes, para
visitar a los enfermos y encarcelados, aprovechando todo
instante, para que ningún momento fuera pérdida de tiempo; y
cambió el curso de sus estudios, principalmente leyendo
aquellos libros que se internaban en el corazón de la religión y
conducían a la experiencia del conocimiento de Jesucristo y a
éste crucificado.6
3. Pronto fue puesto a prueba como con fuego. No
sólo perdió su reputación y lo abandonaron algunos de sus
mejores amigos, sino que fue probado interiormente y de la
manera más severa. Pasó muchas noches insomne, muchos días
postrado sobre el suelo. Pero luego de haber sufrido varios
meses bajo el espíritu de esclavitud, a Dios le plació quitarle la
4 El 16 de diciembre.
5 Jn. 3.7.
6 1 Co. 2.2.
A la muerte de Jorge Whitefield 293
carga dándole el espíritu de adopción,7 capacitándolo, por
medio de una fe viviente, a aferrarse al Hijo amado.8
4. Sin embargo, se pensó que para recuperar su salud,
por entonces muy deteriorada, debería ir al campo. De acuerdo
con esto marchó a Gloucester, donde Dios le permitió despertar
a varios jóvenes. Muy pronto éstos se organizaron en una
pequeña sociedad y fueron uno de los primeros frutos de su
labor. Poco después comenzó a leer en voz alta dos o tres veces
por semana para algunos pobres del pueblo, y todos los días a
leer y orar con los presos de la cárcel del condado.
5. Teniendo por entonces unos veintiún años de edad,
se le pidió ingresar al ministerio. Pero tuvo gran temor, pues
era muy consciente de su propia insuficiencia. Mas el mismo
obispo envió por él y le dijo: «Aunque me propuse no ordenar
a nadie menor de veintitrés años, no obstante a usted lo
ordenaré cuando quiera que venga»; y dadas otras circunstan-
cias coincidentes, obedeció y fue ordenado el Domingo de
Trinidad de 1736.9 Al domingo siguiente predicó a un atestado
auditorio en la iglesia donde había sido bautizado. A la semana
siguiente regresó a Oxford y recibió su título de Bachiller.
Ahora se encontraba completamente ocupado; la atención a los
encarcelados y a los pobres quedó principalmente bajo su
responsabilidad.
6. Mas no mucho después fue invitado a Londres para
atender a la obra de un amigo que iba al campo.10 Continuó allá
dos meses, alojado en la Torre, teniendo a su cargo las
devociones en la capilla dos veces por semana, catequizando y
predicando una vez por semana, además de visitar diariamente
7 Ro. 8.15.
8 Cf. Mt. 3.17; 17.5; 2 P. 1.17.
9 20 de junio.
10 Thomas Broughton (1712-77) sacerdote de la Torre de Londres, quien había estado
activo en el Club Santo.
2 94 Sermón 53
a los soldados en las barracas y en la enfermería. También tenía
a su cargo las oraciones vespertinas en la Capilla Wapping y
predicaba en la cárcel de Ludgate cada martes. Mientras estaba
allí le llegaron cartas de sus amigos desde Georgia, que lo
hicieron anhelar viajar y ayudarles. Mas no teniendo muy claro
su llamado, al momento oportuno retornó a su pequeño cargo
en Oxford; donde varios jóvenes se reunían en su cuarto
diariamente para edificarse uno a otro en su santísima fe.11
7. Mas pronto fue llamado a reemplazar al sacerdote de
Dummer en el condado de Hamp.12 Allí tuvo a cargo las
devociones dos veces por día, temprano por la mañana y a la
noche luego que la gente volvía del trabajo. También
diariamente catequizaba a los niños, y visitaba casa por casa.
Por entonces dividía cada jornada en tres partes, dedicando ocho
horas a dormir y comer, ocho a estudiar y hacer retiro, y ocho
horas a las devociones, catecismo y visitación de la gente.
¿Acaso habrá un camino más excelente para un siervo de Cristo
y su iglesia? Si no es así ¿quien irá y hará lo mismo?13
8. No obstante su mente aún continuaba pensando en ir
al extranjero. Y estando ahora plenamente convencido de estar
llamado por Dios para ello, puso todas las cosas en orden, y en
enero de 1737 fue a despedirse de sus amigos de Gloucester.
Fue en este viaje que Dios comenzó a bendecir su ministerio de
una manera poco común. Dondequiera predicaba, se
congregaban sorprendentes multitudes de oyentes, en
Gloucester, en Stonehouse, en Bath, en Bristol; de suerte que el
calor sofocante de las iglesias era insoportable. Y el efecto
causado en la mente de muchos no era menos extraordinario.
Luego de su regreso a Londres, y mientras estaba retenido por
11 Cf. Judas 20.
12 Supliendo la ausencia de Charles Kinchin (1711-42), otro metodista de Oxford.
13 Cf. Lc. 10.37.
A la muerte de Jorge Whitefield 295
el General Oglethorpe14 de semana a semana y de mes a mes,
agradó a Dios bendecir su palabra aún más. Y fue infatigable en
su labor. Los domingos generalmente predicaba cuatro veces, a
grandes auditorios, además de tener oficios dos o tres veces, y
de caminar de un lado para otro, con frecuencia unos quince a
veinte kilómetros.
9. El 28 de diciembre [1737] partió de Londres. El 29
fue la primera vez que predicó sin notas. El 30 de diciembre
abordó la nave; pero ésta demoró poco más de un mes antes de
zarpar. Un efecto feliz de su muy lenta travesía la menciona en
abril: «Bendito sea Dios, ahora vivimos muy cómodamente en
la cabina grande. Poco hablamos que no sea de Dios y Cristo.
[...] Y cuando estamos juntos, apenas se oye una palabra entre
nosotros, sino aquella que haga referencia a nuestra caída en el
primer Adán, y nuestro nuevo nacimiento en el segundo».15 De
la misma manera parece que el breve tiempo que pasaron en
Gibraltar fue de una providencia peculiar, pues ciudadanos y
soldados, de alto o bajo rango, jóvenes y viejos, agradecieron el
día de su visita.
10. Desde el domingo 7 de mayo de 1738 hasta fines de
agosto hizo plena prueba de su ministerio16 en Georgia,
particularmente en Savannah. Tuvo a cargo los devocionales y
exposiciones de la Palabra dos veces al día y visitó diariamente
a los enfermos. Los domingos tenía exposiciones a las cinco de
la mañana; a las diez devociones y predicación, lo mismo que a
las tres de la tarde; y a las siete de la noche explicaba el
Catecismo de la Iglesia. ¡Cuánto más fácil es para nuestros
hermanos en el ministerio (sea en Inglaterra, Escocia o Irlanda)
14 El título de "General" es una referencia retrospectiva. James Edward Oglethorpe
(1696-1785) fue uno de los principales promotores y defensores de la colonia de
Georgia. Su promoción a brigadier general no llegó sino en 1743.
15 Cf. George Whitefield's Journals, ed. Iain Murray (Londres, Banner of Truth Trust,
1960), p. 149.
16 Cf. 2 Ti. 4.5.
2 96 Sermón 53
encontrar defectos de un obrero en la viña del Señor que seguir
sus pasos!
11. Fue por entonces que advirtió la deplorable
condición de muchos niños en Georgia; y Dios puso en su
corazón los primeros pensamientos para fundar un hogar de
huérfanos. A este fin decidió solicitar contribuciones en
Inglaterra, si Dios le diera un seguro retorno allá. Al siguiente
diciembre retornó a Londres y un domingo, el 14 de enero de
1739, fue ordenado sacerdote en la Iglesia de Cristo, en Oxford.
Al día siguiente vino a Londres nuevamente; y el domingo 21
predicó dos veces. Pero aunque los templos eran grandes y
completamente atestados, no obstante centenares de personas
quedaron en el camposanto, y otros cientos más debieron
volverse a sus hogares. Esto le dio la primera idea de predicar al
aire libre, mas cuando se lo mencionó a algunos amigos,
consideraron que era una locura. Así que no lo llegó a poner en
práctica sino después de haber dejado Londres. Fue un
miércoles, febrero 21, que encontrando en Bristol todas las
puertas de las iglesias cerradas (además de que ninguna iglesia
tenía capacidad para la mitad de la congregación) a las tres de
la tarde fue a Kingswood y predicó afuera, a unas dos mil
personas. El viernes predicó allí de cuatro a cinco mil personas,
y se estimó que el domingo a unas diez mil. El número
aumentaba continuamente todo el tiempo que permaneció en
Bristol. Y se encendió una llama de amor santo, que no será fácil
extinguir. La misma fue luego encendida en varios lugares de
Gales, y de los condados de Gloucester y Worcester. En verdad,
dondequiera iba Dios confirmaba de forma abundante la palabra
de su mensaje.
12. El domingo 29 de abril predicó por primera vez en
Moorfields y en el ejido de Kennington. Los miles de oyentes
estuvieron tan silenciosos como en un templo. Estando de
nuevo demorado en Inglaterra de mes a mes, realizó breves
excursiones a varios condados, donde recibió la contribución
A la muerte de Jorge Whitefield 297
de multitudes generosas para un orfanatorio en Georgia. El
embargo que entonces se impuso a la navegación17 le dejó
tiempo libre para dar más viajes a través de varias partes de
Inglaterra, por lo cual muchos tendrán razón de bendecir a Dios
por toda la eternidad. Por fin, se embarcó el 14 de agosto, pero
no arribó a Pennsylvania sino hasta el 30 de octubre.
Posteriormente viajó a través de Pensilvania, las Jerseys, Nueva
York, Maryland, Virginia, Carolina del Norte y del Sur,
predicando siempre a congregaciones inmensas, con un efecto
tan grande e importante como en Inglaterra. El 10 de enero de
1740 arribó a Savannah.
13. El 29 de enero agregó tres huérfanos desamparados
a los cerca de veinte que tenía en su casa desde antes. Al día
siguiente hizo el trazado del terreno para la casa, a unos 15
kilómetros de Savannah. El 11 de febrero incorporó a cuatro
huérfanos más, y salió en dirección a Frederica18 a fin de traer a
los huérfanos que se encontraban en el sur de la colonia. A su
retorno organizó una escuela, tanto para niños como para
adultos, en Darien,19 y de allí tomó cuatro huérfanos. El 25 de
marzo colocó la primera piedra del orfanatorio al cual, con gran
propiedad, dio el nombre de Betesda.20 Es una obra por la cual
niños aún no nacidos alabarán al Señor. Tenía ahora unos
cuarenta huérfanos, así que había cerca de cien bocas para
alimentar a diario. Pero no estaba para nada afanoso,21
17 Por causa de la tensa situación en las Indias Occidentales que condujo a una guerra
abierta (19 de octubre de 1739) entre Inglaterra y las potencias borbónicas.
18 En la isla de San Simón, donde Carlos Wesley había servido brevemente como
ministro.
19 Un asentamiento de montañeses procedentes de Escocia, sobre la boca del río
Altamaha, a 120 kilómetros al sudoeste de Savannah.
20 Véase Jn. 5.2.
21 Cf. Fil. 4.6.
2 98 Sermón 53
confiando su cuidado a quien da su...mantenimiento a los hijos
de los cuervos que claman.22
14. En abril hizo otra gira por Pennsylvania, las Jerseys
y Nueva York. Multitudes increíbles se congregaban para
escucharlo, entre las cuales había abundancia de negros. En
todos los lugares la mayoría de los oyentes eran afectados a un
grado sorprendente. Muchos fueron profundamente
convencidos de su estado de perdición; muchos se convirtieron
verdaderamente a Dios. En algunos lugares miles de personas
clamaban en voz alta; muchos como en agonía de muerte;
muchos bañados en lágrimas; algunos pálidos como de muerte;
otros retorciendo sus manos; otros echándose al suelo; otros
hundiéndose en los brazos de sus amigos; casi todos levantando
los ojos y pidiendo misericordia.
15. Retornó a Savannah el 5 de junio. Durante el servicio
público de la noche siguiente, la congregación entera, jóvenes y
viejos, se deshacían en lágrimas. Luego del servicio varios de
los feligreses, y todas sus familias, particularmente los niños,
regresaron a sus hogares llorando por las calles, y algunos no
podían menos que orar en voz alta. Los gemidos y el llanto de
los niños continuaron toda la noche así como gran parte del día
siguiente.
16. En agosto viajó de nuevo, y llegó a Boston luego de
atravesar varias provincias. Mientras estuvo allí y en los lugares
vecinos, tenía el cuerpo extremadamente debilitado. No
obstante, las multitudes de oyentes eran tan grandes, y los
efectos producidos en ellos tan sorprendentes, como nunca
antes habían visto las personas más viejas del pueblo. El mismo
poder le acompañó en su predicación en Nueva York,
particularmente el domingo 2 de noviembre. Casi tan pronto
como comenzó, se escuchaban quejidos, llantos y lamentos por
todas partes. Muchos se arrojaron al piso, dolidos de corazón;
22 Sal. 147.9.
A la muerte de Jorge Whitefield 299
y muchos fueron llenos de consolación divina. Hacia el fin de
su viaje hizo esta reflexión: «Hace setenta y cinco días desde
que arribé a Rhode Island, con el cuerpo muy débil. Sin
embargo Dios me ha permitido predicar en público ciento
setenta y cinco veces, además de exhortar frecuentemente en
privado. Nunca Dios me concedió mayor consuelo. Jamás
realicé mis viajes con menos fatiga, o vi tal continuidad de la
presencia divina en las congregaciones a las cuales prediqué».23
En diciembre regresó a Savannah y en marzo siguiente arribó a
Inglaterra.
17. Ustedes pueden observar fácilmente que el relato
precedente está extraído de su Diario el cual, por su sencillez y
simplicidad sin afectación, puede competir con otros de su
clase. ¡Cuán veraz muestra resulta de sus labores en Europa y
en América para la honra de su amado Maestro durante los
treinta años que siguieron! ¡Así como de la interrumpida lluvia
de bendiciones con las que a Dios le plugo dar éxito a su
ministerio! Hay que lamentar que algo le impidió continuar este
relato hasta cerca del tiempo en que fue llamado por su Señor
para gozar del fruto de sus labores. Si él ha dejado cualquier
escrito de esta clase, y sus amigos me consideran digno de ese
honor, sería mi gozo y orgullo sistematizarlo, transcribirlo y
prepáralo para su publicación.
18. Un relato particular de los últimos momentos de su
vida es dado por un caballero de Boston:
Luego de estar alrededor de un mes con noso-
tros en Boston y en pueblos vecinos, y predi-
cando cada día, se dirigió a Vieja York24 y
predicó allí el viernes. El sábado a la mañana se
fue a Boston, pero antes llegó a Newbury,25
23 Cf. G. Whitefield, Journals, p. 499.
24 Ahora conocida como York Village, en el estado de Maine.
25 Newburyport, en Massachusetts.
3 00 Sermón 53
donde se había comprometido a predicar a la
mañana siguiente (en verdad, había sido
importunado a predicar). No siendo la casa lo
bastante grande para contener a la gente, predi-
có en un campo abierto. Pero habiendo estado
enfermo por varias semanas, estaba tan exte-
nuado que cuando vino a Newbury no podía
salir del barco sino con la ayuda de dos hom-
bres. No obstante, por la noche recobró su
ánimo y apareció con su habitual alegría. Fue a
su habitación a las nueve, su horario fijo, del
cual ninguna compañía podría desviarlo, y
durmió mejor de lo que lo había hecho por va-
rias semanas. El 30 de septiembre se levantó a
las cuatro de la mañana, fue a su lavatorio; y su
compañero de cuarto observó en privado que
era inusualmente alto. Dejó su lavatorio, retor-
nó a su cuarto, se tiró sobre la cama, y descan-
só unos diez minutos. Entonces se arrodilló, y
oró con fervor a Dios que si fuera compatible
con su voluntad él podría concluir ese día con
la obra de su Maestro. Entonces solicitó a su
compañero que llamara al Sr. Parsons,26 el clé-
rigo en cuya casa se hospedaba; pero en un mi-
nuto, y antes de que el Sr. Parsons arribara, fa-
lleció sin un suspiro o gemido. A la noticia de
su muerte, seis caballeros partieron hacia
Newbury a fin de traer sus restos acá, pero no
pudo ser movido, así que sus preciosas cenizas
deben permanecer en Newbury. Centenares de
personas podrían haber ido desde esta ciudad
para asistir a su funeral si no hubieran tenido la
26 Jonathan Parsons (1705-75), ministro de una Iglesia en Newburyport.
A la muerte de Jorge Whitefield 301
expectativa de que él habría sido enterrado
aquí... ¡Que este golpe pueda ser santificado
para la iglesia de Dios en general, y para esta
provincia en particular!27
II. 1. En segundo lugar, veamos algunos aspectos de su
carácter. Un breve esquema de esto fue pronto publicado en el
Boston Gazzete, un resumen del cual se adjunta:
Poco puede decirse de él, que todo amigo de un
cristianismo vital y que haya estado bajo su
ministerio, no lo haya atestiguado. En su obra
pública por muchos años sorprendió al mundo
con su elocuencia y devoción. ¡Con qué apa-
sionante devoción persuadió al pecador impeni-
tente a abrazar la práctica de la piedad y la vir-
tud! Lleno del espíritu de gracia, habló desde el
corazón y con celo ardiente acaso inigualado
desde los días de los apóstoles, engalanó las
verdades que comunicaba con agraciado encan-
to de retórica y oratoria. Desde el púlpito fue
incomparable en el dominio de auditorios cada
vez más multitudinarios. Ni fue menos agrada-
ble e instructivo en sus conversaciones priva-
das: afortunado en su destacada facilidad para
dirigir la palabra, deseoso de comunicarse, es-
merado en edificar. ¡Que la naciente generación
atrape una chispa de aquella llama que resplan-
deció con tal distinguido brillo en el espíritu y
práctica de este fiel siervo de Dios altísimo!28
27 Probablemente Wesley cita una carta que le había llegado desde Boston.
28 Resumido de un editorial de The Massachusetts Gazette, and Boston Post Boy and
The Advertiser, Nº 684 (Lunes, 1 de octubre de 1770), p. 3. La noticia misma había
sido dada en el mismo periódico el día anterior.
3 02 Sermón 53
2. Una nota más particular e igualmente justa sobre él,
ha aparecido en uno de los periódicos ingleses. Puede que no
sea desagradable para ustedes agregar también la sustancia de
éste:
El carácter de esta persona realmente piadosa
debe quedar profundamente grabado en el co-
razón de todo amigo de la religión vital. A pe-
sar de una débil y delicada constitución física
continuó hasta el último día predicando con
una frecuencia y un fervor que parecían exce-
der la fortaleza natural del más robusto. Ha-
biendo sido llamado al ejercicio de esta función
a una edad temprana, cuando los jóvenes ape-
nas están comenzando a capacitarse para ello,
no tuvo tiempo para realizar un progreso con-
siderable en los lenguajes eruditos. Pero este
defecto fue suplido por un genio dinámico y
fértil, por un celo ferviente, y por una vigorosa
y muy persuasiva predicación. Y aun cuando
desde el púlpito fue necesario por el temor del
Señor persuadir a las personas,29 no tenía nada
sombrío en su temperamento, siendo una per-
sona singularmente alegre, así como caritativa
y de tierno corazón. A la vez estaba presto a ali-
gerar sus necesidades corporales y espirituales.
También debe observarse que constantemente
insistía ante su audiencia en todo deber moral,
y en especial en la laboriosidad en sus diferen-
tes profesiones y obediencia a sus superiores.
Por los esfuerzos extraordinarios de su predi-
cación, en diferentes lugares, y aun a campo
abierto, procuró elevar a la gente de clase más
29 Cf. 2 Co. 5.11.
A la muerte de Jorge Whitefield 303
baja, del último grado de desatención e igno-
rancia a la comprensión de la religión. Por ésta
y sus otras obras, el nombre de Jorge White-
field será largamente recordado con estima y
veneración.30
3. Se puede ver inmediatamente que, hasta donde llegan,
ambos relatos son justos e imparciales. Pero apenas van más allá
de lo externo de su carácter. Muestran al predicador, pero no al
ser humano, al cristiano, al santo de Dios. ¿Me permitirían, bajo
mi responsabilidad, agregar algo más a partir de un
conocimiento personal de casi cuarenta años? En verdad, soy
consciente de cuán difícil es hablar de un tema tan delicado, y
la prudencia que se requiere, para no decir ni poco ni mucho.
Mejor dicho, sé que es completamente difícil expresar poco o
mucho, sin incurrir para algunos en un tipo de censura sobre lo
uno o lo otro. Algunos pensarán seriamente que se dice muy
poco, y otros que es demasiado. Mas sin preocuparme por ello
hablaré sólo de lo que sé, delante de aquél a quien todos
debemos rendir cuenta.
4. Ya se ha hecho mención de su celo incomparable, su
actividad infatigable, su ternura de corazón para con los
afligidos, y de su caridad hacia el pobre. Pero, de la misma
manera ¿no deberíamos mencionar su profunda gratitud a todos
quienes Dios ha usado como instrumento para su bien?
¿Aquellos de quienes no cesó de hablar de la manera más
respetuosa, hasta el día de su muerte? ¿No deberíamos
mencionar que tenía un corazón susceptible de la amistad más
generosa y tierna? Con frecuencia he pensado que ésta, entre
todas las demás, fue la parte distintiva de su carácter. ¡Cuán
pocos hemos conocido de un temperamento tan amable, de un
afecto tan grande y fluido! ¿No fue fundamentalmente por esto
30 Resumen del periódico The London Evening Post, del 10 de noviembre de 1770 (Nº
1607), p. 4.
3 04 Sermón 53
que los corazones de otros fueron extrañamente atraídos y
aunados a él? ¿Puede alguna otra cosa que no sea el amor
engendrar amor? Esto resplandecía en su propio semblante, y
continuamente exhalaba en todas sus palabras, fuera en público
o en privado. ¿Acaso no fue esto lo que, rápido y penetrante
como un relámpago, fluía de corazón a corazón? ¿Qué fue lo
que les dio vida a sus sermones? Ustedes son testigos.
5. Pero dejando fuera las viles tergiversaciones de gente
de mentes corruptas, que no saben de otro amor que no sea el
terrenal y sensual,31 al mismo tiempo debemos recordar que fue
dotado de la más agradable e intachable modestia. Su oficio le
llevaba a conversar muy frecuente y extensamente con mujeres
así como con hombres; y de toda edad y condición. Mas toda su
conducta hacia ellos fue un comentario práctico de aquel
consejo de san Pablo a Timoteo, Exhorta... a las ancianas como
a madres; a las jovencitas, como hermanas, con toda pureza.32
6. Entretanto, ¡cuán propia de la cordialidad de su
espíritu fue la franqueza y sinceridad de su conversación!
Aunque estaba tan lejos de la rudeza por una parte, como de la
astucia y la simulación por otra. ¿No fue esta instantánea
franqueza un fruto y una prueba de su coraje e intrepidez?
Armado con ellos, no temió frente al rostro de los demás, sino
que usó de mucha franqueza33 con personas de cualquier clase
y condición, alta y baja, rica y pobre; procurando sólo la
manifestación de la verdad, encomendándose a sí mismo a toda
conciencia humana delante de Dios.34
31 Cf. Stg. 3.15.
32 1 Ti. 5.1-2.
33 2 Co. 3.12.
34 2 Co. 4.2.
A la muerte de Jorge Whitefield 305
7. No tuvo temor de dolores y trabajos, ni tampoco de
lo que pudiera hacerle el hombre,35 siendo igualmente
«Paciente en sobrellevar el mal, y haciendo el bien».36 Y esto se
mostró en la constancia con que prosiguió todo lo que
emprendió por causa de su Maestro. Consideren un ejemplo
entre todos, el orfanatorio de Georgia, que comenzó y
concluyó a pesar de toda oposición. En verdad, en todo aquello
que tuviera que ver con él mismo, fue dúctil y flexible,
dispuesto a ser conciliador,37 fácil para ser ya convencido ya
persuadido. Pero fue inconmovible en las cosas de Dios, o
donde estuviera vinculada su conciencia. Nadie podría
persuadirlo, y mucho menos asustarlo, para cambiar el mínimo
punto de aquella integridad que fue inseparable de todo su
carácter, y que regulaba todas sus palabras y acciones. En esto
«Persistió fuerte como pilar de hierro y sólido como muralla de
bronce».38
8. Si se preguntara cuál era la base de su integridad, o
de su sinceridad, coraje, paciencia, y toda otra cualidad amable
y valiosa, es fácil dar la respuesta. No fue la excelencia de su
temperamento natural; ni el vigor de su inteligencia. No fue la
solidez de la educación; no, ni el consejo de sus amigos. No fue
otra cosa que la fe en Cristo sufriente: fe en el poder de Dios.39
Fue una esperanza viva de una herencia incorruptible,
incontaminada e inmarcesible.40 Fue el amor de Dios...
derramado en su corazón por el Espíritu Santo que le fue
dado,41 lo que llenó su alma con un amor tierno y desinteresa-
35 He. 13.6.
36 Cita de un poema de Samuel Wesley.
37 Cf. Stg. 3.17.
38 Juan y Carlos Wesley, Hymns and Sacred Poems (1739), p. 203.
39 Col. 2.12.
40 1 P. 1.3-4.
41 Ro. 5.5.
3 06 Sermón 53
do hacia toda criatura humana. De esta fuente surgió aquel
torrente de elocuencia que, con frecuencia, removió todo lo que
estuviera enfrente; de aquí aquella sorprendente fuerza de
persuasión, que los pecadores más empedernidos no podían
resistir. Esto fue lo que frecuentemente hizo su cabeza como
aguas y sus ojos fuentes de lágrimas.42 Esto fue lo que le
permitió derramar su corazón en oración de una manera que le
era peculiar, con tal unidad de plenitud y fluidez, con tal fuerza
y variedad tanto de sentimiento como de expresión.
9. Puedo concluir esta parte destacando ¡qué honor
agradó a Dios conceder a su fiel siervo permitiéndole proclamar
su evangelio eterno en tal variedad de países, a tal número de
personas y con tan grande efecto en tantas de sus preciosas
almas! ¿Hemos leído u oído de alguna otra persona que, desde
los tiempos apostólicos, testificara del evangelio de la gracia de
Dios a través de un espacio tan amplio y extendido, por una
parte tan grande del mundo habitado? ¿Hemos leído o
escuchado de alguna persona que llamara a tantos miles, a tal
miríada de pecadores, a arrepentimiento? ¿Sobre todo, hemos
leído u oído de otro que haya sido un bendecido instrumento
de su mano para llevar tantos pecadores de las tinieblas a la luz,
y de la potestad de Satanás a Dios?43 Es verdad que si fuéra-
mos a hablar así al alborozado mundo seríamos juzgados
como extraños.44 Pero ustedes entienden el lenguaje del país al
que van, donde nuestro amigo se fue un poco antes que
nosotros.
III. Mas ¿cómo superaremos esta terrible situación?
Éste es el tercer asunto que tenemos que considerar. La
respuesta a esta importante cuestión es sencilla (¡quiera Dios
42 Jer. 9.1.
43 Hch. 26.18.
44 1 Co. 14.11.
A la muerte de Jorge Whitefield 307
escribirla en todos nuestros corazones!) observando de cerca las
grandes doctrinas que expuso y tomando de su espíritu.
1. Primero, entonces, observemos las grandes doctrinas
bíblicas que predicó por todas partes. Hay muchas doctrinas de
una naturaleza menos esencial, sobre las cuales aun los sinceros
hijos de Dios (¡tal es la presente debilidad del entendimiento
humano!) están y han estado divididos por muchísimo tiempo.
Con respecto a ellas, podemos pensar y dejar pensar; podemos
consentir en disentir. Pero, entretanto, mantengamos firmes los
fundamentos de la fe que ha sido una vez dada a los santos,45
en la cual este paladín de Dios insistió tan fuertemente en todo
tiempo y en todo lugar.
2. Este punto fundamental fue: dar a Dios toda la gloria
de todo aquello que es bueno en el ser humano. Y en la
empresa de la salvación, poner a Cristo tan alto y al ser humano
tan bajo como fuera posible. Con este punto él y sus amigos de
Oxford, los metodistas originales (así llamados), se pusieron en
camino. Su gran principio fue: no hay poder ni mérito por
naturaleza en el ser humano. Insistieron que todo poder para
pensar, hablar, o actuar correctamente es en y desde el Espíritu
de Cristo; y todo mérito está, no en el ser humano, no importa
cuán superior sea en gracia, sino meramente en la sangre de
Cristo. Así que él y ellos enseñaron: no hay poder en el ser
humano, hasta que le sea dado desde lo alto, hacer una buena
obra, decir una buena palabra, o concebir un buen deseo.
Porque no es suficiente decir que todos los seres humanos
están enfermos de pecado. No, todos estamos muertos en
nuestros delitos y pecados.46 De ello se deriva que todos
los hijos de los hombres son por naturaleza hijos de la ira.47
45 Jud. 3.
46 Ef. 2.1.
47 Ef. 2.3.
3 08 Sermón 53
Todos estamos bajo el juicio de Dios,48 condenados a muerte,
tanto temporal como eterna.
3. Así que todos estamos indefensos, tanto respecto al
poder como a la culpa del pecado. Porque, ¿quién hará limpio
a lo inmundo?49 Nada menos que el Todopoderoso. ¿Quién
puede levantar a los que están muertos, espiritualmente
muertos en pecado? Nadie, sino aquél que nos levantó del polvo
de la tierra. Mas ¿sobre qué consideración hará esto? No por
obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho.50 No
alabarán los muertos al Señor.51 Ni hacen nada por motivo de
lo cual deberían ser levantados a la vida. Por tanto, cualquiera
cosa que hace Dios, la hace sólo por causa de su Hijo amado: él
herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros
pecados.52 Llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo
sobre el madero.53 El cual fue entregado por nuestras
transgresiones, y resucitado para nuestra justificación.54 Ésta
es, entonces, la única causa meritoria de toda bendición que
hacemos o podemos gozar; en particular de nuestro perdón y
aceptación de Dios, de nuestra plena y libre justificación.55
Mas, ¿por qué medios llegamos a interesarnos en lo que Cristo
ha hecho y sufrido? No por obras, para que nadie se gloríe,56
sino sólo por la fe. Concluimos, dice el apóstol, que el hombre
48 Ro. 3.19.
49 Job 14.4.
50 Tit. 3.5.
51 Cf. Sal. 115.17; 88.10.
52 Is. 53.5.
53 1 P. 2.24.
54 Ro. 4.25.
55 Este conflicto entre las causas «meritoria» y «formal» de la justificación fue uno de
los temas controversiales entre Wesley y los calvinistas, incluyendo a Whitefield.
56 Ef. 2.9.
A la muerte de Jorge Whitefield 309
es justificado por la fe sin las obras de la ley.57 Así que, a todos
los que le recibieron, a los que creen en su nombre, les dio
potestad de ser hechos hijos de Dios; los cuales no son
engendrados de sangre, ni de voluntad de carne, ni de voluntad
de varón, sino de Dios.58
4. Por tanto, el que no naciere de nuevo, no puede ver el
Reino de Dios.59 Mas todos los que así son nacidos del
Espíritu60 tienen el Reino de Dios entre ellos.61 Cristo establece
su reino en sus corazones: justicia, paz y gozo en el Espíritu
Santo;62 aquel sentir que hubo también en Cristo Jesús,63
habilitándolos a andar como él anduvo.64 El Espíritu que en
ellos mora los hace santos en el corazón y santos en toda su
manera de vivir.65 Pero aun considerando que todo esto es una
libre dádiva por medio de la justificación y la sangre de Cristo,
existe la misma razón para recordar perpetuamente que, El que
se gloría, gloríese en el Señor.66
5. Ustedes no ignoran que éstas eran las doctrinas
fundamentales sobre las que insistió en todas partes. Y, ¿acaso
no podrían resumirse en dos términos: el nuevo nacimiento y la
justificación por la fe? Perseveremos en ellos con todo vigor,
en todo tiempo y en todo lugar; en público (aquéllos de
nosotros que estamos llamados a ello) y en privado, en todas
las oportunidades. Observen estrechamente estas doctrinas
57 Ro. 3.28.
58 Jn. 1.12-13.
59 Jn. 3.3.
60 Jn 3.5.
61 Lc. 17.21.
62 Ro. 14.17.
63 Fil. 2.5.
64 1 Jn. 2.6.
65 1 P. 1.15.
66 1 Co. 1.31; 2 Co. 10.17.
3 10 Sermón 53
buenas, viejas, fuera de moda, ante cualquier persona que las
contradiga y blasfeme. Firmes, mis hermanos, fortaleceos en el
Señor, y en el poder de su fuerza;67 con todo cuidado y
diligencia salvaguarden lo que se les ha encomendado;68
sabiendo que el cielo y la tierra pasarán; pero esta verdad no
pasará.69
6. Pero ¿será suficiente apegarse a estas doctrinas, con
la pureza que puedan tener? ¿Acaso no hay un asunto de
mayor importancia que éste, es decir, beber de su espíritu? Ser
en esto imitador de él, así como él lo fue de Cristo.70 Sin esto la
pureza de nuestras doctrinas sólo aumentará nuestra
condenación. Por tanto, ésta es la cuestión principal, ser
seguidores de su espíritu. Mas permitiéndonos que en algunos
puntos debamos conformarnos a admirar lo que no podemos
imitar; no obstante en muchos otros podremos, por medio de la
misma libre gracia, ser partícipes de igual bendición. Conscien-
te entonces de tus propias carencias, y de su abundante amor
que da a todos abundantemente y sin reproche,71 clama a
aquél que realizó todo en todos por una medida de la misma
preciosa fe; del mismo celo y actividad, la misma ternura de
corazón, caridad y entrañable misericordia.72 Pugna con Dios
para lograr algún grado semejante de gratitud, amistad,
amabilidad de temperamento; de la misma apertura, sencillez y
piadosa sinceridad, de amor sin fingimiento.73 Sigue luchando,
hasta que el poder de lo alto opere en ti la misma firmeza de
67 Ef. 6.10.
68 Cf. 1 Ti. 6.20.
69 Mt. 24.35, etc.
70 Cf. 1 Co. 11.1.
71 Stg. 1.5.
72 Cf. Col. 3.12.
73 Ro. 12.9s
A la muerte de Jorge Whitefield 311
coraje y paciencia; y sobre todo, dado que es la corona de todo,
la misma invariable integridad.
7. ¿Hay algún otro fruto de la gracia de Dios del cual él
fue dotado de manera eminente, y cuya carencia entre los hijos
de Dios se lamentara frecuente y apasionadamente? Existe uno,
esto es, un amor católico: aquel afecto sincero y tierno que es
debido para con todos aquéllos de quienes hay razones para
creer que son hijos de Dios por la fe; en otras palabras, todos
aquéllos de cualquier credo que temen a Dios y hacen obras de
justicia.74 Anhelaba ver en todo aquel que hubiera gustado de
la buena palabra75 un verdadero espíritu católico —término
poco comprendido y menos experimentado aun por muchos
que lo tienen con frecuencia en sus labios—. ¿Quién es el que
responde a este carácter? ¿Quién es una persona de un espíritu
católico?76 Quien ama como amigo, como hermano en el
Señor, como partícipe solidario del presente reino de los cielos
y coheredero de su reino eterno, a toda persona, de cualquier
opinión, modo de adoración, o congregación, que cree en el
Señor Jesús; que ama a Dios y a los seres humanos; que,
gozándose en agradar a Dios y temiendo ofenderle, es
cuidadosa en abstenerse del mal, y celosa de buenas obras.77
Así es una persona de un verdadero espíritu católico, que lleva
esto continuamente en su corazón; la que teniendo una
indecible ternura por sus personas, y un vivo deseo por su
bienestar, no cesa de encomendarlas a Dios en oración, así como
de defender sus causas delante de los seres humanos; que les
habla con comodidad, y que en todo su decir trabaja para
fortalecer sus manos en Dios. Las ayuda hasta lo último de sus
fuerzas en todas las cosas, espirituales y temporales. Que está
74 Cf. Sal. 15.2; Ec. 12.13.
75 He. 6.5.
76 Véase el sermón Nº 39.
77 Tit. 2.14.
3 12 Sermón 53
pronta a gastar y gastarse78 por ellas; en efecto que ponga su
vida por sus amigos.79
8. ¡Qué afable es un carácter así! ¡Cuán deseable para
toda criatura de Dios! Pero ¿por qué es tan difícil hallarlo? ¿Por
qué es que hay tan pocas oportunidades de ello? En verdad,
suponiendo que hemos gustado del amor de Dios, ¿cómo
puede cualquiera de nosotros descansar hasta que ello sea
nuestro propio carácter? Porque existe un delicado ingenio por
el cual Satanás persuade a millares que es posible no tener este
espíritu, y no obstante estar libre de culpa. Esperemos que
muchos aquí presentes no estén en este lazo del dia-
blo...cautivos a voluntad de él.80 «Oh, sí», dice alguien, «tengo
este amor por los que creo ser hijos de Dios. ¡Pero nunca
creeré que es un hijo de Dios quien pertenece a aquella
detestable congregación! ¿Piensan ustedes que ése puede ser
hijo de Dios sosteniendo tan detestables opiniones? ¿O aquél
que se une en un culto tan sin sentido y supersticioso, acaso
idolátrico?» ¡Así que nos autojustificamos por un pecado
añadiéndole otro! ¡Justificamos nuestra carencia de amor
echándole la culpa al otro! Para colorear nuestro endemoniado
temperamento declaramos a nuestros hermanos hijos del
diablo. ¡Seamos conscientes de esto! Y si ustedes ya están
cautivos en el lazo, escápense de él lo más pronto posible.
Vayan y aprendan que el verdadero amor católico, que no es
precipitado ni impaciente en juzgar; aquel amor que no guarda
rencor, que todo lo cree, todo lo espera;81 que tiene toda la
tolerancia que quisiéramos que otros tuvieran con nosotros.
Entonces tendremos conocimiento de la gracia de Dios que está
en todo ser humano, cualquiera sea su opinión o modo de
78 Cf. 2 Co. 12.15.
79 Cf. Jn. 15.13; 1 Jn. 3.16.
80 Ti. 2.26.
81 Cf. 1 Co. 13.4, 5, 7.
A la muerte de Jorge Whitefield 313
adoración. Entonces todos los que temen a Dios serán amados
y próximos a nosotros por el entrañable amor de Jesucristo.82
9. ¿No fue éste, acaso, el espíritu de nuestro amigo?
¿Por qué no podría ser el nuestro? Oh Dios de amor, ¿hasta
cuándo tu pueblo será el escarnio entre las naciones?83 ¿Hasta
cuándo se reirán burlándose de nosotros y dirán: Vean cómo se
aman estos cristianos unos a otros?84 ¿Cuándo quitarás el
oprobio de nosotros?85 ¿Nos consumirá la espada perpetua-
mente? ¿Hasta cuándo no dirás al pueblo que se vuelva de
perseguir a sus hermanos? ¡Ahora, al menos, permite que todo
el pueblo se detenga y no persiga más a sus hermanos!86 ¡Pero
cualquier cosa que otros hagan, todos nosotros, mis hermanos,
escuchemos la voz, la voz de aquél que estando muerto aún
habla!87 Imagínenle diciéndoles: «Ahora al menos sed
seguidores de mí, así como yo de Cristo».88 ¡Hermanos, no
alcemos espada contra hermanos, ni se adiestren más para la
guerra!89 Antes bien, vestíos... como escogidos de Dios... de
entrañable misericordia, de benignidad, de humildad, de
mansedumbre, de paciencia, soportándoos unos a otros en
amor.90 Que el tiempo pasado sea suficiente para el desacuer-
do, la envidia y la contienda, para morderse y comerse unos a
otros.91 Bendito sea Dios que no se hayan consumidos unos a
82 Fil. 1.8.
83 Sal. 44.14.
84 Tertuliano, Apología, 39.7.
85 Véase Jos. 5.9.
86 Cf. 2 Sa. 2.26, 28.
87 He. 11.4.
88 1 Co. 11.1.
89 Is. 2.4; Mi. 4.3.
90 Col. 3.12-13.
91 Gá. 5.15.
3 14 Sermón 53
otros.92 De hoy en más sean solícitos en guardar la unidad del
Espíritu en el vínculo de la paz.93
10.¡Oh Dios, contigo no hay obra94 imposible: tú haces
cuanto es de tu agrado! ¡Oh Dios que haces que el manto de tu
profeta a quien te has llevado ahora caiga y permanezca sobre
nosotros! ¿Dónde está el Señor, el Dios de Elías?95 ¡Permite
que su espíritu repose sobre éstos tus siervos. ¡Muestra que eres
el Dios que responde con fuego! ¡Deja que el fuego de tu
corazón se derrame en cada corazón! Y porque te amamos,
amémonos unos a otros con un amor más fuerte que la muerte96
¡Quítanos todo enojo, ira y amargura; toda queja y
maledicencia!97 ¡Haz que tu Espíritu repose sobre nosotros y
que desde esta hora seamos benignos unos con otros,
misericordiosos, perdonándonos unos a otros, como Dios
también nos perdonó a nosotros en Cristo.98
Himno
I
¡Bien hecho, siervo de Dios!
Tu glorioso combate terminó
Peleada la lid, ganada la carrera.
Estás coronado al fin.
De los deseos de tu corazón,
Fuiste triunfal vencedor.
Alojado por el coro pastoral
En el corazón de tu Redentor.
92 Ibid.
93 Ef. 4.3.
94 Todas las ediciones impresas dicen «word» (palabra). Pero se trata de un error. El
texto debería decir «work» (obra).
95 2 Re. 2.14.
96 Cnt. 8.6.
97 Ef. 4.31.
98 Ef. 4.32.
A la muerte de Jorge Whitefield 315
II
Su benevolente misericordia
Tu incesante plegaria oyó
Y repentinamente te llevó
A tu recompensa plena.
Cuando el amor libró tu alma
y te cautivó para servir a Dios
Tus pies fueron calzados
Prestos para llevar la paz.
III
Con los santos de lo alto
A tu Salvador pregonas
¡Y clamas salvación a Dios,
Salvación al Cordero!
¡Oh bendita y feliz alma!
En éxtasis de alabanza
Dilatada como las edades
Contemplas la faz del Señor.
IV
Libre del mundo y del dolor,
¡Oh, cuándo seremos elevados
Para todos reinar con Jesús
Junto al amigo que ha partido!
¡Ven, Señor, ven pronto!
Y siendo consumados en ti;
Recibe a tus anhelantes siervoa
en tu lar para triunfar a tus pies!99
99 De Carlos Wesley, en The Poetical Works (VI, 316-7). Probablemente este himno
fue pronunciado durante el sermón.