Sermón 49 - No difamen a nadie
Mateo 18.15-17
Por tanto, si tu hermano peca contra ti, ve repréndele
estando tú y él solos; si te oyere, has ganado a tu hermano.
Mas si no te oyere, toma aún contigo a uno o dos, para
que en boca de dos o tres testigos conste toda palabra.
Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y si no oyere a
la iglesia, tenle por gentil y publicano.
1. «No hablen mal de nadie»,1 dice el apóstol: un
mandamiento tan categórico como «No matarás».2 Pero ¿quién,
aún entre los propios cristianos, tiene en cuenta este
mandamiento? Más aún, ¿cuántos son los que siquiera llegan a
comprenderlo? ¿Qué es «difamar»?
Difamar no es lo mismo que mentir o calumniar (aunque
algunos así lo crean). Podemos difamar a una persona aun
cuando lo que digamos de ella sea tan cierto como lo que dice
la Biblia. Esto se explica porque difamar no es ni más ni menos
que hablar mal de una persona en su ausencia; contar algo malo
que alguien dijo o hizo cuando la persona aludida no está
presente. Supongamos que he visto a alguien embriagarse, o lo
escuché maldecir o insultar; si hablo acerca de esto en su
ausencia, lo estoy difamando. Tenemos otra expresión muy
apropiada para esto en nuestra lengua «hablar a espaldas».3
1 Tit. 3.2.
2 Mt. 19.18.
3 N. del T.: La expresión que Wesley declara «muy apropiada» es el término inglés
«backbite» (back: espalda y bite: morder, desgarrar) que significa hablar mal de
alguien ausente.
205
2 06 Sermón 49
Tampoco existe ninguna diferencia sustancial entre esto y lo
que comúnmente llamamos «chisme». Y cuando hablamos con
delicadeza y en voz baja (con expresiones de buenos deseos
para la persona, y de confianza en que las cosas pueden no ser
tan malas como parecen), entonces lo llamamos «murmurar».
Pero cualquiera sea la forma en que lo hagamos, el hecho es
el mismo. Pueden cambiar las circunstancias, pero la esencia
es la misma. No es otra cosa que difamación; burlamos el
mandamiento «A nadie difaméis» cada vez que hablamos con
alguien acerca de los errores de un tercero que no está presente
para defenderse.
2. Se trata de un pecado tan generalizado que no hace
acepción de personas. Los encumbrados y los humildes, ricos y
pobres, sabios y necios, instruidos e ignorantes, ¡todos incurren
en esto de continuo! Personas que son completamente
diferentes entre sí, tienen, sin embargo, esto en común. ¡Qué
pequeño el número de los que pueden atestiguar frente al
Señor: «Estoy libre de este pecado; siempre he puesto guarda a
mi boca, y he guardado la puerta de mis labios».4 ¿Alguien
recuerda haber participado de una conversación de cierta
duración en la que no se haya criticado a alguien? Y esto ocurre
aun cuando se trate de personas que tienen el temor de Dios
delante de sus ojos,5 y que verdaderamente procuran tener una
conciencia sin ofensa ante Dios y ante los hombres.6
Precisamente por estar tan generalizado, es un pecado
muy difícil de evitar. Estamos rodeados por todas partes, de
modo que si no estamos muy alerta frente al peligro,
defendiéndonos de él a cada instante, corremos el riesgo de ser
arrastrados por la corriente. Con respecto a este tema parece
como si toda la humanidad conspirase contra nosotros. No
4 Sal. 141.3.
5 Ro. 3.18.
6 Hch. 24.16.
No difamen a nadie 207
sabemos de qué manera su ejemplo se nos cuela y, sin darnos
cuenta, acabamos imitándolos. Además de contar con la
aprobación del mundo exterior, también encuentra eco dentro
nuestro. Prácticamente no existe aspecto negativo de nuestra
personalidad que no sienta satisfacción criticando a otros; por
lo tanto, nos sentimos inclinados a hacerlo. Resulta muy
halagador para nuestro orgullo enumerar aquellas faltas de otros
de las cuales sentimos que estamos libres. Damos rienda suelta
a nuestra ira, a nuestro resentimiento y a toda suerte de actitudes
cuando hablamos mal de aquellos con quienes estamos
disgustados. En muchas ocasiones, haciendo el listado de los
pecados de nuestro prójimo, satisfacemos nuestras propias
codicias necias y dañosas.7
4. Resulta muy difícil evitar la difamación porque a
menudo se presenta disfrazada. Hablamos, entonces, movidos
por la «indignación» (noble, desinteresada, casi «santa»,
diríamos) que provocan en nosotros estas viles criaturas. Porque
odiamos el pecado, ¡caemos en pecado! A causa de nuestro celo
por Dios, ¡servimos al diablo! Para castigar a los inicuos,
caemos nosotros mismos en iniquidad. Así también «toda
pasión se justifica a sí misma»,8 y nos cubre de pecado bajo un
velo de aparente santidad.
5. Mas, ¿no hay forma de evitar el peligro? Sin duda
que la hay. Nuestro bendito Señor ha trazado claramente el
camino para sus seguidores en el versículo citado al comienzo.
Jamás participará en habladurías la persona que con constancia
y prudencia decida transitar este sendero. Esta norma funciona
de manera preventiva o bien como una especie de cura. En los
versículos anteriores el Señor había dicho: «¡Ay del mundo por
7 1 Ti. 6.9.
8 Cf. Francis Hutcheson, en An Inquiry Into the Original of Our Ideas of Beauty and
Virtue (1726), Tratado II, Sec. II, viii.152.
2 08 Sermón 49
los tropiezos!»9 Esto es fuente de indescriptible dolor en el
mundo (entendemos por «tropiezo» todo aquello que desvía, o
pone obstáculos, a quienes están en los caminos de Dios).
Porque es necesario que vengan tropiezos,10 tal es la naturaleza
de las cosas, tal es la debilidad, necedad y maldad de la especie
humana. Pero ¡ay de aquel hombre, pobre de aquél, por quien
viene el tropiezo. Por tanto, si tu mano o tu pie, o tu ojo te es
ocasión de caer (si aquello que más satisfacción te produce, si
la persona que más amas, quien más significa en tu vida, te
desviara o pusiera tropiezo en tu camino) sácalo, córtalo, y
échalo de ti.11 Pero ¿cómo evitar ofender a otras personas o que
ellas nos ofendan a nosotros? Pensemos, especialmente, en los
casos en que con nuestros propios ojos vemos que su conducta
es completamente errónea. Pues el Señor nos enseña cómo
actuar en tales circunstancias; estipuló un método que asegura
evitar al mismo tiempo las ofensas y la difamación: Si tu
hermano peca contra ti, ve y repréndele estando tú y él solos; si
te oyere, has ganado a tu hermano. Mas si no te oyere, toma
aún contigo a uno o dos, para que en boca de dos o tres testigos
conste toda palabra. Si no los oyere a ellos, dilo a la iglesia; y
si no oyere a la iglesia, tenle por gentil y publicano.12
I.1. En primer término, si tu hermano peca contra ti,
ve y repréndele estando tú y él solos. El mejor modo de poner
en práctica esta primera regla, es cumplirla al pie de la letra
siempre que sea posible. Por tanto, si con tus propios ojos ves
a un hermano, un cristiano como tú, cometer un pecado
manifiesto e incuestionable, o lo escuchas con tus propios
oídos, de tal forma que no tienes ninguna duda al respecto,
9 Mt. 18.7.
10 Ibid.
11 Cf. Mt. 18.7-9.
12 Mt. 18.15-17.
No difamen a nadie 209
entonces está claro lo que te corresponde hacer: ve hacia él en
la primera oportunidad que se presente, y si puedes, repréndele
estando tú y él solos. Por supuesto, debes tener mucho cuidado
de hacer esto en el espíritu y modo correctos. El éxito de una
reprimenda depende en gran medida del espíritu con que se
hace. No olvides, por tanto, orar a Dios fervientemente para
poder hacerlo con espíritu de humildad, con la profunda, con la
absoluta convicción de que si tú actúas de manera diferente es
sólo por gracia de Dios, y que si algo bueno se logra durante la
conversación, será por obra de Dios. Ora para que él guarde tu
corazón, ilumine tu mente, y ponga en tu boca palabras de
bendición. Cuida que hables con espíritu de humildad y
mansedumbre, porque la ira del hombre no obra la justicia de
Dios.13 Si alguien fuere sorprendido en alguna falta, no puede
ser restaurado sino con espíritu de mansedumbre.14 Aun en el
caso de que se oponga a la verdad, sólo se lo podrá guiar hacia
el conocimiento de la misma con mansedumbre.15 Háblale con
espíritu de amor, un amor que las muchas aguas no podrán
apagar.16 El amor todo lo vence, mas nada lo puede vencer.
¿Acaso se puede medir el poder del amor?
El amor puede doblegar la cabeza altiva,
a las piedras puede dar vida;
Sólo el amor puede ablandar,
y derretir, y penetrar y
el corazón más duro quebrar.17
Confirma tu amor hacia su persona, pues haciendo esto, ascuas
de fuego amontonarás sobre su cabeza.18
13 Stg. 1.20.
14 Gá. 6.1.
15 2 Ti. 2.25.
16 Cnt. 8.7.
17 Carlos Wesley, Himnos y poemas sagrados (1740), p. 157.
18 Cf. Pr. 25.22; Ro. 12.20.
2 10 Sermón 49
2. También debes cuidar tu manera de hablar, para que
sea conforme al evangelio de Cristo. Evita toda mirada, gesto,
palabra o tono de voz que den la impresión de soberbia o
autosuficiencia. Haz tu mejor esfuerzo para evitar caer en
dogmatismos o lecciones de estilo magisterial, o en cualquier
otra actitud que sea percibida como arrogancia o pretensión. Ten
mucho cuidado de no sentir el más mínimo desdén, desprecio o
deseo de dominación. Evita asimismo todo rastro de enojo, y si
bien debes hablar con claridad y sin rodeos, no debe haber
reproches, ni acusaciones; no te dejes guiar por tus emociones
sino por el amor. Por sobre todas las cosas, no debe existir la
menor sombra de odio o mala disposición; tampoco expresiones
de rencor o amargura. Por el contrario, utiliza palabras
afectuosas que contribuyan a crear una atmósfera cordial,
demostrando así a la otra persona que todo esto nace del amor
que hay en tu corazón. Empero esta actitud amable no debe
impedir que hables con toda seriedad y solemnidad, en la
medida de lo posible utilizando las palabras de las Escrituras (ya
que no encontrarás otras más adecuadas), teniendo en cuenta
que estás bajo la mirada de aquel que vendrá a juzgar a los vivos
y a los muertos.19
3. Si no tienes oportunidad de hablarle personalmente,
o no puedes llegar hasta él, puedes hacerlo a través de un
mensajero, por intermedio de un amigo común en cuya
prudencia y rectitud tengas plena confianza. Una persona con
estas características, que hable en tu nombre y en el espíritu y
modo anteriormente descritos, puede en buena medida suplirte
en la tarea y cumplir la misma misión. Mas ten cuidado de no
fingir que no encuentras oportunidad de hacerlo para poder así
esquivar tu cruz, ni des por sentado que no podrás acercarte sin
siquiera haberlo intentado una vez. Siempre que sea posible, es
19 2 Ti. 4.1.; 1 P. 4.5.
No difamen a nadie 211
mucho mejor hablar personalmente. Sin embargo, es preferible
hacerlo por intermedio de otro que no hacerlo.
4. Pero ¿qué hacer si no puedes hablarle en persona y
tampoco encuentras un mensajero en quien puedas confiar? Si
así fuere, sólo puedes recurrir a la palabra escrita. A decir
verdad, existen casos en que una carta es lo más apropiado. Un
ejemplo de esto sería cuando la persona con quien debemos
hablar es temperamental e impulsiva, y no acepta fácilmente
que la corrijan, especialmente si la corrección proviene de
alguien en igual o inferior posición. Es posible que el tema
pueda introducirse con mayor delicadeza en una carta, y de este
modo resulte mucho más fácil de aceptar para la persona. Por
otra parte, existen muchas personas que no tienen reparos en
leer ciertas cosas que jamás aceptarían escuchar. La palabra
escrita no representa un ataque tan directo a su orgullo ni afecta
su honor. Aun en el caso de que no provoque ninguna reacción
en un primer momento, probablemente hagan una segunda
lectura, y al volver a reflexionar sobre el tema, atesoren en su
corazón lo que antes habían desechado. Si firmas la carta, tiene
prácticamente el mismo valor que una conversación personal. A
decir verdad, siempre debieras hacerlo, a menos que por algún
motivo muy especial entiendas que no sería correcto.
5. Es necesario resaltar el hecho de que no se trata sólo
de algo que nuestro Señor nos ordena hacer, sino que es lo
primero que nos ordena hacer, antes de intentar ninguna otra
cosa. No hay otras alternativas, no hay otras opciones: éste es el
camino, andad por él.20 Es verdad que también sugirió, en caso
de ser necesario, otros dos pasos a seguir. Pero deben
necesariamente suceder al primero, y ninguno de ellos puede
precederlo. Mucho menos debemos pensar en tomar alguna
otra medida previa o paralela. Por consiguiente, no cumplir con
20 Is. 30.21.
2 12 Sermón 49
lo que el Señor nos ordenó, o hacer algo diferente, ambas
conductas son igualmente censurables.
6. No creas que puedes actuar de manera diferente y
luego excusarte diciendo «Bueno, no se lo dije a nadie hasta que
me sentí tan agobiado que ya no pude contenerme». ¡Te sentiste
agobiado! Y no podía ser de otro modo, a menos que tuvieses la
conciencia cauterizada,21 puesto que te sentías culpable del
pecado de desobedecer un mandamiento explícito de Dios. Tu
deber era ir inmediatamente y reprenderlo estando tú y él solos.
Si no lo hiciste, obviamente debiste sentirte agobiado (a menos
que tu corazón se hubiese endurecido por completo) al pisotear
un mandamiento de Dios y sentir odio por tu hermano en tu
corazón.22 Y ¿de qué modo pensaste que podrías aliviarte? Dios
te amonesta por un pecado de omisión, por no haber hablado
con tu hermano acerca de su falta, y tú encuentras consuelo
cometiendo un pecado de acción: ¡contarle a otra persona la
falta que cometió tu hermano! La tranquilidad que se compra
con el pecado cuesta muy cara. Estoy convencido por mi fe en
Dios que no hallarás descanso sino que, por el contrario, te
sentirás cada vez más agobiado hasta que te acerques a tu
hermano y hables con él, y con nadie más.
7. Sólo conozco una excepción para esta regla. Puede
presentarse un caso muy especial en que sea necesario acusar a
la persona culpable, aunque no esté presente, a fin de proteger a
un inocente. Imaginemos, por ejemplo, que tienes conoci-
miento de cierto plan que alguien está tramando contra la
propiedad o aún contra la vida de otra persona. Pues bien,
según las circunstancias que rodeen el caso, decírselo a la
persona afectada puede ser el único modo de impedir que ese
plan se lleve a cabo. En este caso, pues, dejamos de lado la
21 1 Ti. 4.2.
22 Zac. 7.10.
No difamen a nadie 213
regla dada por el apóstol, «A nadie difaméis», y es legítimo
hacerlo así. Más aún, es deber ineludible hablar mal de una
persona ausente si de esta forma evitamos que dañe a otros y a
sí mismo. Pero recuerda, entretanto, que toda difamación es, por
su propia naturaleza, un veneno mortal. Por tal motivo, si te ves
urgido a usarlo como remedio en determinadas circunstancias,
hazlo con temor y temblor, teniendo presente que se trata de
algo tan riesgoso que sólo en caso de absoluta necesidad estás
autorizado a utilizarlo. Siguiendo tal criterio, recurre a ello lo
menos posible y sólo en los casos en que sea imprescindible. Y
aun así, no te excedas; sólo utiliza la medida exacta para
alcanzar el fin propuesto. En todos los demás casos, ve y
repréndele estando tú y él solos.
II.1. Pero ¿qué ocurre si no te oyere, si devuelve mal
por bien, si se enfurece en lugar de resultar convencido? ¿Qué
hacer si no atiende razones, y persiste en su mala conducta?
Esto no debe sorprendernos. A menudo esto será precisamente
lo que sucederá: la reprimenda más gentil y cariñosa no surtirá
efecto alguno, pero la bendición que pedimos para otra
persona volverá a nosotros.23 ¿Cuál es el siguiente paso?
Nuestro Señor nos ha dado instrucciones claras y precisas:
«Luego toma aún contigo a una o dos personas más», éste es
el segundo paso. Lleva contigo una o dos personas que tú
sepas que tienen espíritu de amor, que aman a Dios y a su
prójimo. Asegúrate, asimismo, de que sean mansos, revestidos
de humildad.24 También debes cuidar que sean gentiles,
pacientes y sufridos; que no busquen devolver mal por mal, ni
maldición por maldición. sino por el contrario, bendición.25
Escoge personas de buen entendimiento, imbuidos de la
23 Cf. Sal. 35.13.
24 1 P. 5.5.
25 1 P. 3.9.
2 14 Sermón 49
sabiduría que viene de lo alto; y personas imparciales, libres de
influencias o prejuicios de cualquier índole. Procura, asimismo,
que sean personas conocidas por nuestro hermano, que sepa
quiénes son y cuál es su forma de actuar. Cuando llegue el
momento de elegirlas, otorga preferencia a aquellas personas
que él aprecia.
2. El amor les enseñará de qué manera deben proceder,
según las características de cada caso. No es posible establecer
un criterio aplicable en todos los casos. Pero tengamos en cuenta
la siguiente recomendación de carácter general: antes de abordar
el tema en sí, aclaren con toda humildad y afecto que no sienten
enojo ni tienen prejuicios contra en su contra, y que es
simplemente por una cuestión de buena voluntad que han
llegado hasta él y que se preocupan por lo que le sucede. Para
que no exista ninguna duda al respecto, luego pueden escuchar
con toda calma la repetición de tu primera conversación y lo que
el hermano o hermana dijo en su propia defensa, antes de tomar
alguna decisión. Hecho esto, estarán en mejor posición para
decidir de qué forma proceder, y cuando en boca de dos o tres
testigos conste toda palabra, lo que hayas dicho tendrá plena
fuerza porque irá acompañado del peso de su autoridad.
3. Para llevar esto a cabo, podrían (1) repetir en pocas
palabras lo que tú dijiste y lo que el hermano respondió; (2)
extenderse sobre las razones que tú diste, confirmarlas y aún
presentar algunas nuevas; (3) respaldar tu reprimenda
demostrando que fue hecha con justicia, con bondad y en el
momento oportuno. Y finalmente, pedir que cumpla con los
consejos y recomendaciones que tú habías sugerido. Más
adelante, estas personas pueden, asimismo, dar testimonio de la
conversación si fuese necesario.
4. Con respecto a este punto, tal como ocurría con la
norma anterior, vemos que el Señor no nos permite optar, no
nos presenta alternativas, sino que expresamente nos ordena
hacerlo así, y no se nos permite otro curso de acción. También
No difamen a nadie 215
nos indica cuándo debemos hacerlo. No se trata de hacerlo en
cualquier momento sino después de haber cumplido con el
primer paso, y antes de dar el tercero. Sólo entonces estamos
autorizados a comentar la mala conducta de otra persona con
aquellos con quienes deseamos compartir esta gran oportunidad
de vivir el amor fraternal. Mas debemos ser cuidadosos acerca
de cómo hablaremos con otras personas hasta tanto no se hayan
cumplido los dos primeros pasos. Si los pasamos por alto, o si
tomamos otras medidas, entonces ¡no debemos sorprendernos
si continuamos sintiéndonos agobiados! La explicación es que
estamos pecando contra Dios y contra nuestro prójimo. No
importa cuán hermosamente tratemos de disfrazarlo, si tenemos
conciencia, no podremos esconder nuestro pecado y lo
sentiremos como una carga en el alma.
III.1. A fin de que recibiéramos completa instrucción
en un asunto de tanta importancia, nuestro Señor nos ha dado
otra regla más. Si no los oyere a ellos (sólo entonces, no antes)
dilo a la iglesia. Éste es el tercer paso. El tema aquí gira en torno
a qué se entiende por iglesia en este texto. Pero la propia
naturaleza de la situación nos permitirá definirlo más allá de
toda duda razonable. No puede uno decírselo a la iglesia
nacional, a todo el conjunto de personas que llamamos «la
Iglesia de Inglaterra». Aun cuando esto fuese materialmente
posible, no respondería a ninguna finalidad desde el punto de
vista cristiano, por lo tanto, no es éste el significado de la
palabra. Tampoco es posible decírselo a todo el conjunto de
gente en Inglaterra con quienes tienes una relación más
cercana. Esto no cumpliría con ningún buen propósito, de
modo que tampoco debemos tomarlo en este sentido. Y no
cumpliría ningún fin loable relatar las malas acciones de cada
uno de los miembros a la congregación o sociedad, o «iglesia»
—si así lo prefieres—, que está en Londres. Se desprende,
entonces, que debes decírselo al anciano o ancianos de tu
2 16 Sermón 49
iglesia, a aquellos que guardan el rebaño de Cristo al cual ambos
pertenecen, a aquellos que velan por tu alma y la suya como
quienes han de dar cuenta.26 Y esto debe hacerse, siempre que
sea posible, en presencia de la persona involucrada, hablando
con franqueza, pero al mismo tiempo con todo el cariño y amor
posibles según las características de cada caso. Es parte de la
tarea de los ancianos tomar decisiones respecto de la conducta
de quienes están bajo su cuidado, y reprender, según la
gravedad de la falta, con toda autoridad.27 Una vez hecho todo
esto, has cumplido con todo lo que la Palabra de Dios o la ley
del amor exigen. Ya no tienes parte en su pecado; si él perece,
su sangre será sobre su cabeza.28
2. Respecto de este punto es necesario señalar que de
esto, y de ninguna otra cosa, consta el tercer paso. Y que
debemos hacerlo en el orden señalado, a continuación de los
otros dos; no debe preceder a la segunda instancia, mucho
menos a la primera, excepto cuando se trate de alguna situación
muy especial. Aunque sí es posible que en algún caso el
segundo paso coincida con el tercero pudiendo llegar a ser una
misma y única instancia. El anciano o ancianos de la iglesia
pueden tener una relación tan cercana con el hermano que
cometió la falta que pueden decidir actuar ellos en el lugar de
uno o dos testigos. En tal caso, después de haber hablado con tu
hermano, tú y él solos, es suficiente que se lo digas a los
ancianos.
3. Después de hacer esto habrás librado tu propia
vida.29 Si no oyere a la iglesia, si persiste en su pecado, tenle
por gentil y publicano. Ya no debes preocuparte por él,
excepto presentarlo a Dios en oración. Ya no es necesario
26 He. 13.17.
27 Tit. 2.15.
28 Ez. 33.4-6.
29 Ez. 14.14, 20; 33.9.
No difamen a nadie 217
seguir hablando acerca de él. Déjalo en manos de su Señor. Por
supuesto, continuarás tratándole con solicitud y buena voluntad,
igual que a los demás gentiles. Sé amable con él, y si se presenta
la oportunidad bríndale ayuda humanitaria. Pero no tengas trato
amistoso o familiar con él; no tengas más relación que la que
tendrías con un pagano.
4. Mas si ésta es la regla que guía a los cristianos,
¿dónde están los cristianos que así viven? Probablemente
encontrarás unos pocos, diseminados aquí y allá, que tratan de
cumplirla a conciencia. Sin embargo, es un número muy
pequeño. ¡Hay tan pocos en el mundo! ¿Dónde encontraremos
un grupo de personas que sigan esta regla sin excepciones?
¿Podremos encontrarlo en Europa, o sin ir tan lejos, en Gran
Bretaña o en Irlanda? Me temo que no; mucho me temo que
podríamos recorrer ambos reinos palmo a palmo y nuestra
búsqueda sería en vano. ¡Ay del mundo cristiano! ¡Ay de los
protestantes y de los cristianos reformados! ¿Quién se
levantará conmigo contra los malignos? ¿Quién estará del
lado de Dios en contra de los que hablan iniquidad?30 ¿Eres
tú quién lo hará?31 Por la gracia de Dios, ¿podrás tú librarte de
ser arrastrado por la corriente? Con la ayuda de Dios, a partir de
este momento, ¿estás verdaderamente decidido a poner
permanentemente guarda a tu boca y guardar la puerta de tus
labios?32 ¿Te guiarás, de ahora en adelante, por la norma «A
nadie difaméis»? Si llegases a ver a tu hermano haciendo algo
malo, ¿lo reprenderás estando tú y él solos, y luego tomarás
uno o dos testigos, y sólo después de haber cumplido con esto
se lo dirás a la iglesia? Si te has hecho este propósito en tu
corazón, entonces grábate esta enseñanza: No prestes oído a
quien habla mal de otra persona. Si no hubiera oyentes
30 Cf. Sal. 93.16.
31 1 R. 13.14.
32 Sal. 141.3.
2 18 Sermón 49
tampoco habría difamadores. Según un proverbio popular, el
que acepta bienes mal habidos, ¿no es acaso tan deshonesto
como el ladrón? Por tanto, si alguien comienza a hablar mal de
un tercero en tu presencia, pídele que se detenga inmediata-
mente. No escuches la voz del encantador, por más hábil que el
encantador sea,33 aunque su estilo sea sutil y su tono moderado,
expresando toda clase de buenos deseos para aquél a quien está
apuñalando en las sombras, hiriéndolo por debajo de la quinta
costilla.34 Con toda firmeza rehúsa escuchar su voz, aunque
intente argumentar que continuará sintiéndose «agobiado» hasta
que pueda hablar. ¡Dices «agobiado» pero actúas como un
necio! ¿Acaso tu maldito secreto te angustia y te causa dolores
como de una mujer en el parto?35 Pues ve y libérate de tu
angustia de la forma que el Señor te ordenó. Primeramente, ve y
reprende a tu hermano estando tú y él solos. Luego, toma
contigo a uno o dos amigos comunes, y habla con él en su
presencia. Si ninguno de estos pasos surte efecto, entonces dilo
a la iglesia. Pero a riesgo de perder tu alma, no se lo digas a
nadie más, antes o después, excepto en ese único caso cuando
sea absolutamente imprescindible proteger a un inocente. ¿Por
qué habrías de cargar a otro haciéndolo partícipe de tu propio
pecado?
5. ¡Si todos ustedes que soportan el vituperio de
Cristo,36 que burlonamente son llamados «metodistas», fueran
un ejemplo para el mundo llamado cristiano, al menos en este
punto! Apártense de las habladurías, de los cuentos, de la
murmuración, que nada de esto salga de sus labios. Cuídense
de no difamar a nadie;37 de los ausentes sólo comenten lo que
33 Sal. 58.5.
34 2 S. 2.23; 3.27.
35 Is. 13.8; Ap. 12.2.
36 He. 11.26.
37 Tit. 3.2.
No difamen a nadie 219
sea bueno. Si es que van a distinguirse de otras personas, lo
quieran o no, procuren que la señal distintiva de un metodista
sea ésta: jamás hablan mal de alguien a sus espaldas, y por este
fruto los conocerán.38 Si nos negáramos a caer en esta
tentación, ¡cuánta bendición sentiríamos inmediatamente en
nuestros corazones! Nuestra paz sería como un río,39 si
siguiéramos la paz con todos los hombres.40 Cuando
afirmamos nuestro amor por nuestros hermanos, el amor de
Dios colma nuestro ser. ¡Qué efecto tendría esto en todos los
que se reúnen en el nombre de Cristo Jesús! El amor fraternal
crecería en forma permanente si pudiésemos liberarlo de este
tremendo obstáculo. Todos los miembros del cuerpo místico de
Cristo se preocuparían unos por otros naturalmente: Si un
miembro padece, todos los miembros se duelen con él, y si un
miembro recibe honra, todos los miembros con él se gozan,41
y cada uno amaría a sus hermanos entrañablemente, de
corazón puro.42 Y esto no es todo; ¡qué efecto tendría aun en
ese mundo que se comporta de modo irreflexivo, que carece de
guía para su vida! Muy pronto ellos descubrirían en nosotros
precisamente aquello que no pueden encontrar entre tantos
miles de sus hermanos, y exclamarían (tal como lo hizo Juliano
el apóstata frente a su corte pagana) «¡Vean cómo se aman
estos cristianos!» De esta forma Dios podría convencer al
mundo y prepararlo para su reino, como lo demuestran
claramente las significativas palabras de la última oración que
pronunció nuestro Señor: Ruego también por los que han de
creer en mí, para que todos sean uno, como tú, oh Padre, en
38 Cf. Mt. 7.16, 20.
39 Is. 48.18.
40 He. 12.14.
41 1 Co. 12.26.
42 1 Pe. 1.22.
2 20 Sermón 49
mí, y yo en ti; para que el mundo crea que tú me enviaste.43 ¡El
tiempo apremia! Que el Señor nos ayude a amarnos unos a
otros, no sólo de palabra o de lengua, sino de hecho y en
verdad,44 así como Cristo nos amó.
43 Cf. Jn. 17.20-21.
44 1 Jn. 3.18.