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Sermón 48 - Negarse a sí mismo

Lucas 9.23

Y decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí,

niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día, y sígame.

1. Con frecuencia se ha entendido que este mandamien-

to estaba dirigido principal o únicamente a los apóstoles. O al

menos, a los cristianos de los primeros tiempos o a aquellos que

sufrían persecución. Sin embargo, esto constituye un lamentable

error. Si bien es cierto que estas palabras de nuestro Señor

estaban destinadas, en lo inmediato, a los apóstoles y demás

discípulos que estuvieron con él durante el tiempo que vivió su

vida terrenal, también nos está hablando a nosotros, y a toda la

humanidad, sin límite o excepción alguna. La propia naturaleza

del mandamiento deja fuera de discusión la posibilidad de que

se trate de un deber que atañe exclusivamente a los discípulos o

a los primitivos cristianos. No se refiere a una determinada

clase de personas, ni a un tiempo o nación en particular. Por el

contrario, tiene un sentido absolutamente universal; abarca

todos los tiempos y todas las personas. Y también todas las

cosas: no sólo la comida y la bebida, y todo aquello que

percibimos con los sentidos. He aquí el significado de sus

palabras: «Si alguien, no importa su condición, oficio o

situación, en cualquier tiempo o nación, verdaderamente quiere

venir en pos de mí, niéguese a sí mismo en todas las áreas de

su vida, tome su cruz, sea cual fuere, cada día y sígame.

2. La expresión «negarnos a nosotros mismos y tomar

nuestra cruz», entendida en todo el sentido de la palabra, no es

algo que podamos tomar a la ligera. No se trata tan sólo de

algo conveniente, como ocurre con otros preceptos de la

187

1 88 Sermón 48

religión, sino que es condición indispensable para llegar a ser, o

continuar siendo, sus discípulos. Es absolutamente necesario,

hace a la esencia misma de nuestro ir en pos de él y seguirlo.

Tan así es, que si no lo ponemos en práctica no podemos

considerarnos sus discípulos. Si no nos negamos a nosotros

mismos permanentemente, significa que no estamos aprendien-

do de él sino de otros maestros. Si no tomamos nuestra cruz

cada día, no lo seguimos a él sino al mundo, o al príncipe de

este mundo, o a nuestra propia mente carnal.1 Si no seguimos

el camino de la cruz, no lo seguimos a él; no andamos en sus

pasos, sino que marchamos en dirección contraria, o cuando

menos, apartados de él.

3. He aquí la razón por la cual tantos ministros de

Cristo en casi todo tiempo y nación (particularmente, a partir de

la Reforma llevada a cabo contra los cambios y la corrup-

ción que poco a poco habían ido adueñándose de la iglesia) han

escrito y hablado extensamente acerca de este importante

deber, tanto en sus predicaciones en público como en las

exhortaciones hechas en privado. Esto los indujo a distribuir

muchos tratados sobre este tema en otros países, incluso en el

nuestro. Sabían por la palabra de Dios, y por su propia

experiencia, que si no nos negamos a nosotros mismos,

inevitablemente negamos al Maestro, y que son vanos nuestros

intentos de seguir al Crucificado si no tomamos nuestra cruz

cada día.

4. Quizás estas consideraciones con toda razón nos

lleven a preguntarnos «Si ya se ha dicho y escrito tanto acerca

del tema, ¿qué necesidad hay de agregar algo más?» Mi

respuesta es que no es nada despreciable el número de personas,

aun entre los que temen a Dios, que no han tenido oportunidad

de escuchar lo que se ha dicho, o de leer lo que se ha escrito al

respecto. Y tal vez, si hubiesen leído buena parte de lo que se

1 Col. 2.18.

Negarse a sí mismo 189

ha escrito, no hubieran obtenido gran provecho. Muchos de los

autores (algunos de ellos escribieron enormes volúmenes) no

parecen haber entendido el tema en absoluto. Algunos tenían

una visión imperfecta de la naturaleza del tema en cuestión

(consecuentemente nunca podrían explicárselo a otros). Otros

no lo habían comprendido en toda su extensión, no veían

cuán amplio es este mandamiento o bien no tenían conciencia

de que era absolutamente necesario, imprescindible. Hay

quienes hablan acerca de esto de una manera tan oscura y

compleja, tan intrincada, tan mística, que se tiene la impresión

de que su propósito es más bien ocultarla al común de la

gente que explicarla a los lectores. Hay autores que hablan

admirablemente bien, con gran fuerza y claridad, acerca de la

necesidad de negarse a sí mismo, pero sólo mencionan aspectos

generales, sin hacer referencia a casos particulares. Por lo tanto,

no son de gran utilidad para la mayoría de la gente, para las

personas de capacidad y educación corrientes. Y aun cuando

algunos de ellos tratan casos particulares, son situaciones que

no afectan al común de las personas, ya que son excepcionales

en nuestra vida: por ejemplo, soportar la prisión y la tortura;

entregar nuestras casas o tierras, nuestros esposos o esposas,

nuestros hijos o la propia vida. No hemos sido llamados a hacer

nada de esto, y no es probable que lo seamos, a menos que Dios

permita que vuelvan los tiempos de persecución. Entre tanto, no

conozco ningún autor de lengua inglesa que haya descrito el

negarse a sí mismo con palabras sencillas e inteligibles para el

común de la gente, o que lo haya aplicado a los pequeños

sucesos de la vida cotidiana. Necesitamos un discurso que tenga

estas características. Y resulta tanto más necesario porque,

aunque en cada etapa de nuestra vida espiritual encontramos

numerosos obstáculos que nos impiden crecer en la gracia, o ser

alcanzados por ella, todos se resumen en la siguiente premisa:

no nos negamos a nosotros mismos, no estamos tomando

nuestra cruz.

1 90 Sermón 48

A fin de suplir en parte esta carencia, procuraré

demostrar, primero, qué significa para una persona negarse a sí

misma y qué significa tomar su cruz; y segundo, que cuando

alguien no llega a ser verdadero discípulo de Cristo, siempre se

debe a la falta de estos dos elementos.

I.1. En primer término trataré de demostrar qué

significa negarse a sí mismo y tomar su cruz cada día. Es de

primordial importancia reflexionar acerca de este punto y

comprenderlo cabalmente en razón de que es el más resistido

por numerosos y poderosos enemigos. Nuestra naturaleza, en

defensa propia, se rebela contra esto. Por lo tanto, para el

mundo, es decir, para las personas que se dejan guiar por su

naturaleza y no por la gracia, su sola mención resulta

detestable. Y el gran enemigo de nuestras almas, que conoce

bien la importancia que esto tiene, no hace otra cosa que poner

todos los obstáculos posibles en nuestro camino. Pero esto no

es todo. Aun aquellos que han logrado en parte sacudirse el

yugo del demonio, aquellos que verdaderamente han

experimentado, especialmente en la edad madura, la gracia de

Dios obrando en sus corazones, no están familiarizados con

esta doctrina fundamental del cristianismo, a pesar de la

particular insistencia del Maestro. Es tan profundo el

desconocimiento de ella que algunos manifiestan que parece

que en la Biblia no hubiese una palabra al respecto. Otros han

ido más lejos aún y, sin darse cuenta, se han cargado de

prejuicios en su contra. Estos prejuicios fueron tomados, en

parte, de los cristianos formales (hombres que se expresan y se

comportan muy bien, pero cuya santidad carece de poder y

cuya religión carece de espíritu) y, en parte, de quienes alguna

vez gustaron de los poderes del siglo venidero.2 Pero, ¿acaso

hay personas entre ellos que no practiquen el negarse a sí

2 He. 6.5.

Negarse a sí mismo 191

mismo ni se lo aconsejen a los demás? Si dudas de que tal cosa

ocurra, conoces muy poco a la humanidad. Hay grupos a

quienes sólo les falta declararle la guerra. Aquí mismo en

Londres, sin ir más lejos. Fíjense en el grupo de los que siguen

la doctrina de la predestinación, personas que por la misericor-

dia de Dios, últimamente han sido llamados de las tinieblas a

la luz de la fe.3 ¿Pueden ser tomados como modelos del

negarse a sí mismo? ¡Son muy pocos los que siquiera

manifiestan ponerlo en práctica! ¡Son muy pocos los que

aconsejan hacerlo, o se muestran complacidos con aquellos que

lo practican! En cambio, continuamente lo describen en

términos odiosos, como si se tratase de buscar la salvación por

las obras, o de procurar establecer nuestra propia justicia.4

Antinomianos de todas clases, desde los mansos moravos hasta

los ruidosos, mal hablados ranters, se unen al coro con su

cháchara hueca acerca del «legalismo» y de «predicar la ley».

Si ustedes no están profundamente arraigados en el evangelio,

entonces están en constante peligro de ser seducidos,

intimidados o puestos en ridículo por falsos maestros o falsos

hermanos (confundidos por la sencillez del evangelio) que

querrán alejarlos de esta importante doctrina del evangelio. Los

invito a que esto que ahora van a leer sea precedido, acompa-

ñado y seguido de ferviente oración, para que Dios pueda

grabarlo en sus corazones de tal forma que jamás sea borrado.

2. Ahora bien, ¿qué es negarse a sí mismo? ¿En qué

cosas debemos negarnos a nosotros mismos? ¿De dónde surge

la necesidad de hacerlo? A esto respondo que la voluntad de

Dios es la norma suprema e inalterable de toda criatura

pensante, y a ella están igualmente sujetos los ángeles en el

cielo y los seres humanos en la tierra. No podía ser de otro

modo; esto es consecuencia natural y necesaria de la relación

3 Véase Col. 1.12-13.

4 Ro. 10.3.

1 92 Sermón 48

que existe entre las criaturas y su Creador. Entonces, si la

voluntad de Dios debe ser nuestra única norma en todos

nuestros actos, grandes y pequeños, se desprende como

consecuencia innegable, que en nada debemos hacer nuestra

voluntad. Reconocemos, entonces, sin dificultad la naturaleza,

el fundamento y la razón del negarnos a nosotros mismos.

Vemos la naturaleza de esta negación: negarnos o rehusarnos a

obedecer nuestra propia voluntad, en la certeza de que la

voluntad de Dios es nuestra única norma de vida. Vemos cuál

es la razón de todo esto: somos criaturas, él nos hizo, y no

nosotros a nosotros mismos.5

3. Esta razón se aplica incluso a los ángeles de Dios en

el cielo, y a todos los seres humanos, inocentes y santos, como

cuando recién salieron de las manos de su Creador. Pero existe

otra razón que surge a partir de la condición de los seres

humanos después de la caída. Ahora todos nos encontramos

formados en maldad, y concebidos en pecado por nuestra

madre.6 Nuestra naturaleza es totalmente corrupta, todas sus

facultades lo son. Y nuestra voluntad, igualmente pervertida, es

proclive a consentir nuestra natural corrupción. Por otra parte,

es la voluntad de Dios que resistamos y luchemos contra esa

corrupción, no de vez en cuando, o en algunas áreas, sino todo

el tiempo y en todas las cosas. He aquí, entonces, otra razón para

negarnos a nosotros mismos, negación que debe tener carácter

de permanente y universal.

4. Expliquemos esto con más detalle. La voluntad de

Dios es el camino que conduce directamente hacia él. La

voluntad de los seres humanos va por otro camino, aunque

alguna vez ambas corrieron paralelas. Pero tal como están las

cosas en el presente, nuestra voluntad no sólo es diferente sino

diametralmente opuesta a la de Dios. Nos desvía del camino

5 Sal. 100.3.

6 Sal. 51.5.

Negarse a sí mismo 193

que lleva hacia él. Por lo tanto, si decidimos andar en uno de

estos caminos, necesariamente debemos abandonar el otro. No

se puede transitar ambos caminos al mismo tiempo. Sin duda,

quienes tienen los corazones flacos y las manos caídas pueden

ir por senda doble,7 cambiar de una a otra alternadamente, pero

no pueden caminar por las dos sendas al mismo tiempo. No

pueden seguir su propia voluntad y la voluntad de Dios al

mismo tiempo; deben optar por una u otra: negar la voluntad de

Dios para seguir la propia, o negarse a sí mismos para seguir la

voluntad de Dios.

5. Ahora bien, no hay duda de que es muy placentero

hacer nuestra propia voluntad por un tiempo, permitiendo, cada

vez que se presente la ocasión, que nuestra naturaleza se

corrompa. Pero al hacer en todo nuestra voluntad, reforzamos

su carácter perverso, y consintiéndole todo, no hacemos más

que contribuir a la corrupción de nuestra naturaleza. Ocurre lo

mismo que con ciertas comidas que son agradables al paladar,

pero que perjudican nuestra salud; nos gratifican pero provocan

enfermedad; causan placer, pero también ocasionan la muerte.

6. En términos generales, entonces, negarnos a nosotros

mismos es negarnos a hacer nuestra voluntad, por agradable que

ésta sea, cada vez que ella se oponga a la voluntad de Dios.

Significa negarnos todo placer que no provenga de Dios y que

no nos lleve a él. Significa, en efecto, rehusarnos a dejar el buen

camino, aunque nos muestren uno más agradable y pintoresco;

rechazar lo que sabemos que es veneno mortal, aunque tenga un

sabor muy agradable.

7. Y todo aquel que desee seguir a Cristo, que quiera ser

su verdadero discípulo, no sólo debe negarse a sí mismo, sino

también tomar su cruz. Todo lo que se opone a nuestra

voluntad, todo cuanto nos resulta desagradable, eso es una

cruz. De modo que tomar nuestra cruz tiene mayores

7 Eco. 2.12.

1 94 Sermón 48

implicancias que negarnos a nosotros mismos; nos eleva a

mayor altura, y es una tarea más difícil para la sangre y la

carne, por cuanto es más fácil renunciar al placer que soportar

el dolor.

8. Ahora bien, al correr la carrera que tenemos por

delante8 según la voluntad de Dios, con frecuencia encontramos

una cruz en nuestro camino. Es decir, algo que no sólo no es

gozoso, sino que es decididamente doloroso, algo opuesto a

nuestros deseos, que contradice nuestra naturaleza. ¿Qué hacer

entonces? La opción es simple: tomamos nuestra cruz o nos

apartamos del camino de Dios, del santo mandamiento que nos

fue dado9 (o tal vez detenemos nuestra marcha por completo, o

volvemos hacia atrás a la perdición eterna).

9. Para sanear la corrupción y curar ese terrible mal que

todo ser humano trae al mundo consigo, a menudo es necesario

arrancarlo, así como se nos dijo que arrancáramos nuestro ojo

derecho, o que cortásemos nuestra mano derecha. Tan dolorosa

es la acción en sí como la manera de llevarla a cabo. Por

ejemplo, deshacernos de vanos deseos,10 de una pasión

desordenada,11 o bien separarnos del objeto que la causa, sin lo

cual jamás podremos librarnos de ella. En el primer caso,

cuando arrancamos esos deseos o afectos que están

profundamente arraigados en nuestra alma, nos sentimos como

atravesados por el filo de una espada, una espada que penetra

hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los

tuétanos.12 Luego el Señor se instala en el alma, como un

fuego purificador,13 para quitar toda la escoria. Y esto es una

8 He. 12.1.

9 2 P. 2.21.

10 1 Ti. 6.9.

11 Col. 3.5.

12 He. 4.12.

13 Mal. 3.2 y 3.

Negarse a sí mismo 195

cruz, no hay duda; es sumamente doloroso, y no podría ser de

otra manera debido a la naturaleza misma del hecho: No es

posible partir el alma y someterla al fuego purificador, sin

dolor.

10. En el segundo caso, la forma de sanar un alma

enferma de pecado para limpiarla de deseos vanos o pasiones

desordenadas, también provoca dolor, pero en este caso no se

debe al hecho en sí sino a la naturaleza del mal. Tal fue el caso

del joven rico cuando nuestro Señor le dijo: «Anda, vende lo que

tienes, y dalo a los pobres» (sabiendo muy bien que ésta era la

única forma de curar su codicia). Pero sólo pensar en ello le

causaba tanto dolor que se fue triste;14 prefirió perder su

esperanza de vida eterna antes que sus posesiones en la tierra.

Era una carga que no aceptaba llevar, una cruz que no estaba

dispuesto a cargar. De un modo u otro, todos los seguidores de

Cristo inevitablemente tendrán que tomar su cruz cada día.

11. «Tomar la cruz» no es exactamente igual a

«sobrellevar su cruz». Se dice que «sobrellevamos nuestra cruz»

cuando soportamos, con mansedumbre y resignación, la carga

que se echó sobre nuestros hombros, sin mediar elección de

parte nuestra. En cambio, no podemos decir que «tomamos

nuestra cruz» hasta tanto decidamos sufrir voluntariamente por

algo que teníamos la facultad de evitar. «Tomamos nuestra

cruz» cuando voluntariamente aceptamos la voluntad de Dios,

aunque sea contraria a la nuestra; cuando elegimos algo que nos

duele porque así es la voluntad de nuestro Creador en su

gracia y sabiduría.

12. Por lo tanto, a todo discípulo de Cristo le

corresponde «tomar su cruz» y «sobrellevar su cruz». En cierto

sentido no es sólo suya, es de él y de muchos otros, dado que no

existe ninguna tentación que sobrevenga a las personas, ei

me anthrópinos, que no sea compartida por todos los seres

14 Mt. 19.21-22.

1 96 Sermón 48

humanos,15 ya que toda tentación se da en el marco de la

naturaleza y situación comunes a todos los seres humanos en el

mundo presente. Sin embargo, en cierto sentido, si la

analizamos en detalle, vemos que le pertenece a alguien en

particular, que es únicamente suya. Dios la ha preparado para

él y se la ha entregado como testimonio de su amor. Si como tal

la recibe, y (luego de haber tratado de liberarse de la presión

guiado por la sabiduría del cristiano) como barro se pone en las

manos del alfarero,16 entonces, Dios dispone y ordena que todo

sea para su bien, tanto lo que se refiere a la calidad como al

grado y cantidad, la duración, y todas las demás circunstancias

que le rodean.

13. En todo este proceso fácilmente podemos ver a

nuestro Señor actuando como médico de nuestras almas, no

simplemente porque le place sino para nuestro propio

provecho, para que participemos de su santidad.17 Si al tocar

nuestras heridas nos causa dolor, es sólo a fin de poder

curarlas. Corta la parte enferma e infectada para salvar la parte

sana. Y si en ocasiones optamos por perder un miembro para

evitar que todo el cuerpo perezca, ¡cómo no preferir, en

sentido figurado, cortar nuestra mano derecha, y no que todo

nuestro cuerpo sea echado al infierno!18

14. Hemos visto claramente, entonces, la naturaleza y

los argumentos para «tomar nuestra cruz». No significa (como

dicen algunos) «disciplinarnos», literalmente, lastimar nuestra

carne, vestirnos de cilicio, usar grillos de hierro, o hacer

cualquier otra cosa que lastime nuestro cuerpo (aunque no

sabemos qué pensará Dios de aquellos que así actúan por

involuntaria ignorancia). Se trata, en cambio, de aceptar la

15 1 Co. 10.13.

16 Jer. 18.6.

17 He. 12.10.

18 Mt. 5.30.

Negarse a sí mismo 197

voluntad de Dios, aunque se oponga a la nuestra; elegir una

cura integral, aunque los remedios sean amargos; aceptar

voluntariamente el sufrimiento temporal, de cualquier clase e

intensidad, cuando éste es condición necesaria, esencial o

incidentalmente, para el goce eterno.

II.1. En segundo lugar, me propongo demostrar que

cuando una persona no llega a ser un cabal «discípulo» de

Cristo, cuando no «lo sigue» totalmente, la razón es siempre la

falta de renunciamiento o la incapacidad de tomar su cruz.

Es verdad que en algunos casos esto se debe, en parte, a

la falta de medios de gracia: escuchar la palabra de Dios

predicada con poder, recibir los sacramentos o vivir en

comunión con hermanos y hermanas cristianos. Pero cuando

todo esto está dado, el mayor impedimento para recibir o crecer

en la gracia del Señor19 es siempre la incapacidad de negarnos

a nosotros mismos o de tomar nuestra propia cruz.

2. Unos pocos ejemplos bastarán para demostrarlo:

Una persona escucha la palabra que puede salvar su alma. Le

gusta lo que oye, reconoce que allí está la verdad, y se siente

algo conmovida. Sin embargo, permanece muerta en sus delitos

y pecados,20 aletargada y sin capacidad de reacción. ¿Por qué?

Porque no está dispuesta a dejar su pecado, aunque ahora sabe

que esto es abominación delante de Dios. Se trata de alguien que

se acercó para escuchar, mas estaba lleno de codicia y malos

deseos, y se niega a deshacerse de ellos. Por consiguiente, nada

llega a conmoverlo profundamente y su necio corazón continúa

endurecido. Esto significa que permanece en su letargo, sin

reaccionar, porque no está dispuesto a negarse a sí mismo.

19 2 P. 3.18.

20 Ef. 2.1.

1 98 Sermón 48

3. Supongamos que comienza a salir de su sueño, abre

los ojos un poco ... ¿Por qué los cierra tan rápido? ¿Por qué se

hunde nuevamente en un sueño de muerte? Porque nuevamente

cede ante su pecado interior, bebe nuevamente el mismo dulce

veneno. Es, pues, imposible que la palabra cause una impresión

duradera en su corazón; vuelve a caer en su terrible insensatez

porque no está dispuesto a negarse a sí mismo.

4. Pero esto no ocurre con todos. Conocemos muchos

casos de personas que una vez que han despertado no han vuelto

a aletargarse. La impresión recibida no se desvanece, se trata de

algo profundo y duradero. Sin embargo, muchos de ellos no han

encontrado lo que buscan; sufren y se lamentan, mas no reciben

consuelo. ¿Por qué? Porque no hacen frutos dignos de

arrepentimiento,21 porque no dejan de hacer lo malo y aprenden

a hacer el bien.22 No se apartan del pecado que los rodea,23 del

pecado que hay en su propia persona, o en su educación o en su

profesión. O bien omiten hacer el bien que debieran, a

sabiendas, porque quieren evitarse molestias. En resumen, no

alcanzan la fe porque no quieren negarse a sí mismos o tomar

su cruz.

5. Pero veamos el caso de una persona que efectiva-

mente haya recibido el don celestial,24 alguien que verdadera-

mente llegó a gustar los poderes del siglo venidero25 y vio la luz

de la gloria de Dios en la faz de Jesucristo.26 Seguramente la

paz de Dios que sobrepasa todo entendimiento guardaba su

corazón y su mente,27 y allí el amor de Dios había sido

21 Mt. 3.8.

22 Is. 1.16, 17.

23 He. 12.1.

24 He. 6.4.

25 He. 6.5.

26 2 Co. 4.6.

27 Fil. 4.7.

Negarse a sí mismo 199

derramado abundantemente por el Espíritu Santo.28 Sin

embargo, esta persona es ahora tan débil como cualquier otra.

Nuevamente disfruta las cosas terrenales, y prefiere las cosas

que se ven a las que no se ven.29 Los ojos de su entendimien-

to30 se han cerrado nuevamente y ya no puede ver al Invisi-

ble.31 Su amor se enfrió, y la paz de Dios no reina en su

corazón. Y no podría ser de otra manera, pues nuevamente le

ha dado entrada al diablo, y ha entristecido al Espíritu Santo.32

Ha caído otra vez en la vanidad y en pecados que le

proporcionan placer (tal vez no llegó a cometerlos, pero están

en su corazón). Esta misma persona incurrió en orgullo, ira, o

deseos, en necedad u obstinación. O bien no avivó el fuego del

don de Dios que estaba en ella,33 se dejó ganar por el letargo

espiritual, y ya no se preocupó por orar en todo tiempo, y velar

con toda perseverancia.34 Es decir, permitió que su fe

naufragara35 por falta de renunciamiento y por no tomar su

cruz cada día.

6. Pero quizás su fe no ha naufragado, quizás aún

mantiene algo del Espíritu de adopción que continúa dando

testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios.36 Sin embargo,

no está caminando hacia la perfección,37 ya no tiene, como

antaño, hambre y sed de justicia,38 no clama por ver el rostro

28 Ro. 5.5.

29 2 Co. 4.18.

30 Ef. 1.18.

31 He. 11.27.

32 Ef. 4.30.

33 2 Ti. 1.6.

34 Ef. 6.18.

35 1 Ti. 1.19.

36 Ro. 8.15-16.

37 He. 6.1.

38 Mt. 5.6.

2 00 Sermón 48

de Dios y gozarse en su presencia, como clama el ciervo por las

corrientes de las aguas.39 Siente que su mente está débil y

agotada, como si estuviera suspendida entre la vida y la muerte.

Y no hay otra razón para sentirse así, que el haber olvidado la

palabra de Dios. ¿Por qué habría de estar así sino porque ha

olvidado la palabra de Dios: «La fe se perfecciona por las

obras»?40 Él o ella no son diligentes para realizar las obras de

Dios; no permanecen constantes en la oración,41 privada o

pública, tampoco comunican, escuchan o meditan la palabra, ni

practican el ayuno. Tal vez no ignoran por completo estos

medios de gracia, pero no los utilizan todos, ni ponen todo su

empeño. No son celosos de buenas obras42 o de obras de

santidad. No practican la misericordia conforme al poder, a la

plena capacidad que Dios les dio. No sirven fervientemente al

Señor haciendo el bien a los demás, asistiendo sus almas y sus

cuerpos en todo lo que puedan y en la mayor medida posible.

¿Por qué no perseveran en la oración? Porque habiendo

perdido el entusiasmo, la oración sólo les causa molestia y

dolor. No perseveran en escuchar la Palabra en toda ocasión

porque les gusta dormir, o porque hace frío, o está oscuro, o

llueve. ¿Por qué no perseveran en obras de misericordia?

Porque no pueden dar de comer al hambriento, o cubrir al

desnudo, a menos que reduzcan el costo de su propia

vestimenta, o que ellos mismos consuman alimentos más

baratos o menos apetitosos. Visitar a los enfermos o a los

presos les resulta igualmente desagradable. Y otro tanto ocurre

con la mayoría de las obras de misericordia del espíritu

(especialmente, reprender a quien está en el error). Quisieran

reprender al prójimo, pero la vergüenza, o a veces el temor, se

39 Sal. 42.1.

40 Stg. 2.22.

41 Ro. 12.12.

42 Tit. 2.14.

Negarse a sí mismo 201

interponen, porque se pueden exponer no sólo al ridículo sino a

cosas peores aún. Por estos motivos u otros similares, dejan de

hacer obras de misericordia y de santidad, primero algunas,

luego todas. Por lo tanto su fe no se perfecciona y no pueden

crecer en gracia, fundamentalmente, porque no están dispuestos

a negarse a sí mismos y tomar su cruz cada día.

7. De esto claramente se deduce que es siempre la

incapacidad de negarse a sí mismo o tomar su cruz lo que impide

que una persona siga cabalmente a su Señor, que no llegue a ser

un verdadero discípulo de Cristo. Ésta es la razón por la cual

quien está muerto en pecado no despierta aunque suene la

trompeta, o quien comienza a despertar no obtiene convic-

ciones profundas o duraderas, o quien sí tiene convicción

profunda y duradera no obtiene el perdón de sus pecados, o

quienes han recibido este don del cielo no lo conservan, sino que

hacen naufragar su fe, y aun otros, aunque no vuelven a la

perdición, sin embargo se sienten débiles y agotados, y no

alcanzan la meta, el premio del supremo llamamiento de Dios

en Cristo Jesús.43

III.1. Todo lo hasta aquí expuesto nos permite

comprender fácilmente que quienes directa o indirectamente, en

público o en privado, actúan contrariamente a la doctrina del

negarse a sí mismo y tomar cada uno su cruz, ¡no conocen

nada de las Escrituras o del poder de Dios! ¡No sólo ignoran

por completo los cientos de textos que se refieren específica-

mente a este tema, sino que desvirtúan el mensaje bíblico en su

conjunto! ¡Y cuán lejos están de una verdadera, auténtica

experiencia cristiana! ¡Cuán lejos de saber cómo el Espíritu

Santo ha obrado, y obra permanentemente, en el corazón de las

personas! Es muy probable que hablen fuerte y con mucha

seguridad (consecuencia natural de su ignorancia), como si

43 Fil. 3.14.

2 02 Sermón 48

fuesen los únicos capaces de comprender la Palabra de Dios o

lo que les toca vivir a sus criaturas. Pero sus palabras son

mentirosas,44 en todo sentido: cuando se las pesa en la balanza,

se las encuentra faltas de peso.45

2. Comprendemos, en segundo lugar, cuál es la

verdadera causa de que no sólo muchos individuos, sino incluso

sociedades enteras, que fueron antorchas que ardían y

alumbraban,46 han perdido su luz y su calor. Si no llegaron a

repudiar y oponerse a esta valiosa doctrina evangélica, al

menos subestimaron su importancia. Tal vez no dijeron

abiertamente Abnegationem omnem proculcamus, internecioni

damus («Pisoteamos la doctrina del negarse a sí mismo; la

condenamos a ser destruida»).47 Sin embargo, no reconocieron

su enorme importancia ni se preocuparon en lo más mínimo por

ponerla en práctica. Hanc mystici docent, fueron las palabras de

alguien importante, aunque mala persona: «Los místicos

enseñan que uno debe negarse a sí mismo».48 No es cierto. Son

los autores inspirados quienes lo enseñan. Y Dios enseña esto a

todo aquel que esté dispuesto a escuchar su voz.

3. Aprendemos, en tercer lugar, que no alcanza con

que un ministro del evangelio no se oponga a esta doctrina o

que guarde silencio al respecto. Tampoco cumple con su deber

hablando alguna que otra vez a su favor. Si desea que no

recaiga sobre él la responsabilidad por la sangre de los demás,

debe inculcar la necesidad de tal doctrina con la mayor fuerza y

44 Ex. 5.9.

45 Dn. 5.27.

46 Jn. 5.35.

47 Referencia al debate, en latín, entre Wesley y el Conde von Zinzendorf el 3 de

septiembre de 1741. En el Sermón 13 se encuentran otras referencias a

Zinzendorf.

48 Probablemente otra frase del mencionado debate con Zinzendorf. La calificación de

«mala persona» muestra la profundidad de la brecha abierta entre Wesley y los

moravos.

Negarse a sí mismo 203

claridad. Debe hacer su máximo esfuerzo para que la aprenda

toda persona en todo tiempo y lugar, enseñándoles manda-

miento tras mandamiento, mandato sobre mandato, renglón

tras renglón, línea sobre línea.49 Así tendrá una conciencia sin

ofensa;50 así se salvará él mismo y los que lo oyeren.51

4. Por último, procuren aplicar esto, cada uno de

ustedes, a su propia vida. Reflexionen acerca de ello cuando

estén a solas, medítenlo en su corazón. No sólo deben

comprenderlo cabalmente, sino también recordarlo hasta el fin

de sus días. Rueguen al que es Fuerte para que les dé fuerzas de

modo que, una vez que lo hayan comprendido, puedan

ponerlo en práctica. No demoren, pónganlo en práctica

inmediatamente, a partir de este mismo momento. Hagan de

ello una práctica universal, aplicándolo en cada una de las mil

situaciones que les presentará la vida. Practíquenlo día tras día,

ininterrumpidamente, desde el primer momento en que ponen

su mano en el arado. Y a partir de allí, perseveren hasta el final,

hasta que su espíritu vuelva a Dios.

49 Is. 58.10, 13.

50 Hch. 24.16.

51 1 Ti. 4.16.