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Sermón 47 - Afligidos en diversas pruebas

1 Pedro 1.6

Ahora por un poco de tiempo, si es necesario, serán

afligidos en diversas pruebas.

1. En mi predicación anterior me referí específicamente

a la oscuridad interior que con frecuencia vemos en personas

que alguna vez caminaron sostenidas por la luz de Dios. En

estrecha relación con esto encontramos la aflicción del alma,

que es aun más frecuente, incluso entre los creyentes. Es en

verdad algo que, en mayor o menor medida, todos los hijos de

Dios experimentan. Mas el parecido entre un estado y otro es

tan grande que con frecuencia se los confunde. Decimos

indistintamente «tal persona está en tinieblas», o «tal persona

está en aflicción», como si fuesen términos equivalentes y cada

uno de ellos implicase exactamente lo mismo que el otro. Nada

más lejos de la verdad. Una cosa es estar en tinieblas, y muy

otra estar en aflicción. Existe una enorme diferencia, una

diferencia sustancial, entre ambas. Y esta diferencia es algo que

todo hijo de Dios debe preocuparse por conocer en pro-

fundidad. De otro modo, muy fácilmente pueden pasar de la

aflicción a las tinieblas. A fin de prevenir tal cosa, me propongo

demostrar:

I. Cómo eran aquellas personas a quienes el Apóstol les

dijo: «serán afligidos».

II. Qué clase de «aflicción» sufrían.

III. Cuáles eran las causas, y

IV. Cuál era el propósito de tal situación.

Por último, sacaré algunas conclusiones.

167

1 68 Sermón 47

I.1. En primer lugar, espero poder mostrar quiénes eran

las personas a las cuales el Apóstol dijo: «serán afligidos».

Ante todo es indiscutible que todos eran creyentes en el tiempo

en que el Apóstol les escribió. Así lo expresa claramente el

versículo cinco: «vosotros que sois guardados por el poder de

Dios mediante la fe, para alcanzar la salvación». En el

versículo siete, otra vez se refiere a «la prueba de su fe, mucho

más preciosa que el oro que es perecedero». Y una vez más, en

el versículo nueve, habla acerca de «obtener el fin de vuestra fe,

que es la salvación de vuestras almas». Por lo tanto, estaban «en

aflicción» al mismo tiempo que poseían una fe viva. Su

aflicción no había destruido su fe; se sostuvieron como viendo

al Invisible.1

2. Su aflicción tampoco logró destruir su paz, esa paz

que sobrepasa todo entendimiento,2 y que es inseparable de una

fe viva y verdadera. Esto se deduce fácilmente de la oración del

Apóstol en el versículo segundo, donde no pide que ellos

reciban «gracia y paz», sino que éstas «sean multiplicadas». Es

decir, que la bendición que ya disfrutaban se derramase más

abundantemente sobre ellos.

3. Las personas a quienes el Apóstol se dirige en esta

oportunidad también poseían una esperanza viva. Así se

desprende del versículo tres: «Bendito el Dios y Padre de

nuestro Señor Jesucristo, que según su grande misericordia nos

hizo renacer», a mí y a ustedes, a todos los que hemos sido

santificados por el Espíritu y rociados con la sangre de

Jesucristo, para una esperanza viva, para una herencia, es

decir, para la esperanza viva de una herencia incorruptible,

incontaminada e inmarcesible.3 De modo que, a pesar de su

1 He. 11.27.

2 Fil. 4.7.

3 Cf. 1 P. 1.2-4.

Afligidos en diversas pruebas 169

aflicción, ellos aún poseían una esperanza llena de

inmortalidad.4

4. Estos creyentes se gloriaban en la esperanza de la

gloria de Dios;5 estaban llenos del gozo del Espíritu Santo. En

el versículo octavo, inmediatamente después de haber

mencionado la manifestación última de Jesucristo6 (es decir, el

momento en que vendrá a juzgar al mundo), el Apóstol agrega:

«en quien creyendo, aunque ahora no lo veáis» (no es visible a

nuestros ojos), «os alegráis con gozo inefable y glorioso». Por

tanto, su aflicción no sólo era compatible con una esperanza

viva, sino también con un gozo inefable. Al mismo tiempo que

se sentían afligidos, se alegraban también con gozo glorioso.

5. En medio de su aflicción aún podían gozarse en el

amor de Dios derramado abundantemente en sus corazones.7

Ese Dios «a quien», dice el Apóstol, «amáis sin haberle

visto».8 Aunque aún no lo han visto cara a cara, conociéndolo

por fe han obedecido su voz: «Dame, hijo mío, tu corazón».9 Él

es su Dios, a quien ustedes aman; él es todo cuanto sus ojos

ansían ver y su galardón más preciado.10 Han buscado la

felicidad en él y la han hallado; deléitense asimismo en el Señor,

y él les concederá las peticiones de su corazón.11

6. Más aún: aunque estaban afligidos, vivían en

santidad. Conservaban el mismo poder sobre el pecado y eran

guardados del pecado por el poder de Dios.12 Eran hijos

4 Sab. 3.4.

5 Ro. 5.2.

6 1 P. 1.7.

7 Ro. 5.5.

8 1 P. 1.8.

9 Pr. 23.26.

10 Gn. 15.1.

11 Sal. 37.4.

12 1 P. 1.5.

1 70 Sermón 47

obedientes, no conformados a los deseos que antes tenían, sino

como aquel que los llamó es santo, así también ellos eran santos

en toda su manera de vivir ... Sabiendo que habían sido

rescatados con la sangre preciosa de Cristo, como de un

cordero sin mancha y sin contaminación, habían purificado sus

almas mediante el Espíritu, por la fe y esperanza que tenían en

Dios.13 De modo que su aflicción era consistente con su fe, su

esperanza, su amor a Dios y a los demás; consistente con la paz

de Dios, con el gozo del Espíritu Santo y con la santidad interior

y exterior. La aflicción no destruyó, ni siquiera menoscabó, la

obra de Dios en sus corazones. No interfirió con la santificación

en el Espíritu que es la raíz de toda verdadera obediencia, ni con

la felicidad que siempre sentimos cuando su gracia y paz14

reinan en nuestros corazones.

II.1. Ahora fácilmente podremos entender qué clase de

aflicción sufrían. Ésta es la segunda cosa que trataré de

demostrar. La palabra original es lypethentes «apenado»,

«dolorido», derivada de lype, «dolor», «tristeza». Éste es el

sentido literal de la palabra, y una vez comprendido esto, vemos

que no es una expresión ambigua ni difícil de entender. Las

personas de quienes habla el Apóstol estaban afligidas, esa

aflicción no era otra cosa que pena o dolor, sentimiento que toda

criatura humana conoce muy bien.

2. Es probable que los traductores de la versión inglesa

lo hayan traducido como «pesadumbre, carga»15 para señalar

dos aspectos: en primer lugar, el grado alcanzado, y segundo,

su extensión en el tiempo. Parece bastante claro que el Apóstol

no está hablando de una pena leve o de menor importancia,

sino de algo que causa una fuerte impresión y que penetra

hasta lo más profundo de nuestra alma. Tampoco parece que

13 1 P. 1.14-15, 19, 21-22.

14 1 P. 1.2.

15 «Heaviness».

Afligidos en diversas pruebas 171

estuviera hablando de un dolor pasajero, que desaparece en

cuestión de horas. Se trata más bien de un dolor que, una vez

instalado en nuestro corazón, no nos permite liberarnos de él en

forma inmediata. Más que como un sentimiento del momento,

se instala en nosotros como si formara parte de nuestra manera

de ser. Y esto les ocurre aun a aquellos que tienen una fe viva

en Cristo y el amor de Dios en sus corazones.

3. Aun cuando se trate de estas personas, a veces, esta

pesadumbre puede calar tan hondo que llega a ensombrecer el

alma, tiñendo todos los sentimientos y reflejándose en la

conducta. Asimismo puede tener influencia sobre nuestro

cuerpo, especialmente cuando se trata de personas que son de

constitución débil, o que están debilitadas a causa de algún mal

circunstancial, especialmente los de origen nervioso. En

muchos casos observamos que un cuerpo corruptible hace

pesada el alma.16 En este caso es más bien el alma la que «hace

pesado» el cuerpo, debilitándolo más y más. Tampoco voy a

negar que un dolor profundo y prolongado puede debilitar aun

a las personas de constitución fuerte, haciendo posible la

aparición de enfermedades físicas que no son fáciles de

erradicar. Y, sin embargo, todo esto puede coexistir con una fe

que obra por el amor.17

4. Esta situación bien podría ser calificada como el fuego

de prueba,18 y aunque éste no es exactamente el punto al que el

Apóstol hace referencia en el capítulo cuarto, muchas de las

expresiones que allí se usan respecto de los sufrimientos que

vienen del exterior, pueden aplicarse a esta aflicción interior.

Obviamente no pueden aplicarse a aquellos que están en

tinieblas; éstos no se gozan, no pueden hacerlo. Tampoco es

16 Sab. 9.15.

17 Gá. 5.6.

18 1 P. 4.12.

1 72 Sermón 47

verdad que el glorioso Espíritu de Dios reposa sobre19 ellos. En

cambio, sí es frecuente encontrarlo en aquellos que están en

aflicción, de modo que, aunque entristecidos, puedan estar

siempre gozosos.20

III.1. Pasemos al tercer punto. ¿Cuáles son las causas

de tanto dolor o aflicción en un creyente sincero? El Apóstol lo

explica claramente: seréis afligidos, nos dice, en diversas

pruebas (poikilois, diferente»). No sólo muchas en cantidad,

sino de muchas clases. Estas «pruebas» pueden variar y

diversificarse de mil maneras diferentes según se modifiquen

las circunstancias que nos rodean, o se agreguen nuevos

elementos. Y es precisamente esta diversidad y variedad lo que

hace más difícil que podamos defendernos de ellas. Podemos

enumerar aquí todo tipo de enfermedades, especialmente las

graves, y todo tipo de dolor agudo, ya sea que afecte todo

nuestro cuerpo o sólo una parte. Es verdad que alguien que

siempre ha gozado de buena salud, que no ha experimentado

ninguna clase de dolor, puede tomarlo a la ligera, y no

comprender que la enfermedad o el dolor físico puedan resultar

una carga para el espíritu. Tal vez existen personas, una en un

millón, que poseen una constitución tan especial que no sienten

el dolor como los demás. Pues así le agradó a Dios mostrar su

inigualable poder, creando estos prodigios de la naturaleza a

quienes ni el dolor más agudo parece afectar, a menos que esa

fuerza para resistir el dolor sea consecuencia de la educación

recibida o se deba, quizás, a causas sobrenaturales (al poder de

espíritus, buenos o malos, que han colocado a estas personas

por encima de la condición natural). Pero haciendo abstracción

de estos casos especiales, en general, podemos decir sin temor

a equivocarnos que «... el dolor nos sume en la miseria, y

19 1 P. 4.14.

20 2 Co. 6.10.

Afligidos en diversas pruebas 173

cuando es extremo, colma toda nuestra paciencia».21 Y aun

cuando esto pueda prevenirse por la gracia de Dios, tratándose

de personas que con su paciencia ganan sus almas,22 el dolor

puede, no obstante, causar mucha aflicción interior porque el

alma se solidariza con el cuerpo.

2. Toda enfermedad prolongada, aunque sea menos

dolorosa, puede llegar a tener el mismo efecto. Cuando Dios

envía sobre nosotros la tisis y la fiebre,23 si no logramos

librarnos de ella con rapidez, no sólo consumirán nuestros ojos,

también atormentarán nuestra alma.24 Esto es particularmente

cierto con respecto a las enfermedades que afectan el sistema

nervioso. Y la fe no altera el curso de la naturaleza: una causa

natural produce efectos naturales. La fe no impide la «depresión

del espíritu» (como se lo suele llamar) en las enfermedades de

origen nervioso, así como tampoco impide el aumento de las

pulsaciones en un cuadro de fiebre.

3. Más aún, cuando la calamidad nos llega como un

torbellino,25 y la pobreza como hombre armado,26 ¿podemos

considerarlas como una prueba menor? ¿Acaso nos sorprende

que ello ocasione dolor y aflicción? Puede parecer algo sin

importancia para aquellos que guardan distancia, o para

quienes viendo, pasan de largo,27 pero resulta exactamente lo

contrario para quienes lo sufren. Así que, teniendo sustento y

abrigo (esta última palabra, skepásmata, implica albergue y

vestido) podemos estar contentos con esto,28 si el amor de

21 Milton, El Paraíso Perdido.

22 Lc. 21.19.

23 Dt. 28.22.

24 Lv. 26.16.

25 Pr. 1.26-27.

26 Pr. 24.34.

27 Lc. 10.31, 32.

28 1 Ti. 6.8.

1 74 Sermón 47

Dios está en nuestros corazones. Pero ¿qué harán quienes

carecen de ambos, aquellos que prácticamente abrazan las

peñas por falta de abrigo,29 aquellos que sólo cuentan con la

tierra para recostarse y con el cielo para cubrirse? ¿Qué será de

los que no tienen ropa seca ni abrigada, mucho menos limpia,

para ellos o para sus pequeños? ¿Qué pasa con quienes no tienen

vestimenta con que protegerse del frío de día o de noche, ni

ellos ni sus seres queridos? Me causa risa la necedad de poeta

pagano al proclamar que Nil habet infelix paupertas durius in

sequam quod ridiculos homines facit!30 ¿En verdad la pobreza

no implica nada peor que esto, que el «convertir a las personas

en probable objeto de burla»? Señal de que el poeta, además de

carecer de profundidad, hablaba de cosas que habría oído

repetir, pero que no conocía por sí mismo. ¿No es la falta de

alimento mucho peor que esto? Cuando Dios maldijo al

hombre, declaró que con el sudor de su rostro comería el pan.31

Pero ¿cuántas personas en este país, un país cristiano, trabajan

y se esfuerzan y se cubren de sudor, sin conseguir el pan?

¿Cuántos deben luchar contra el cansancio y el hambre al

mismo tiempo? ¿No es terrible para una persona después de

trabajar duro durante toda una jornada, regresar a una vivienda

pobre, fría, sucia e incómoda, y encontrar que no hay comida

suficiente para reponer la energía gastada? Ustedes que viven

cómodamente en esta tierra, que no necesitan más que ojos

para ver, oídos para escuchar y corazones para comprender

todo lo bueno que Dios les ha dado, ¿les parece que puede

haber algo peor que andar en busca de comida, día tras día, sin

hallarla, y quizás teniendo que consolar a cinco o seis niños que

lloran pidiendo lo que los padres no tienen para darles? ¿No es

29 Job 24.8.

30 Cf. Juvenal, Sátiras, iii. 152-53: «La pobreza expone al hombre al ridículo, y no hay

peor desdicha que ésta».

31 Gn. 3.19.

Afligidos en diversas pruebas 175

verdad que si no existiera una mano invisible que se lo

impidiera, estas personas pronto maldecirían a Dios y

morirían?32 ¡Falta de pan! ¡Falta de pan!33 ¿Quién puede hablar

de esto a menos que lo haya vivido en carne propia? No me

sorprendería que provocase mucho más que aflicción, ¡aun en

aquellos que son creyentes!

4. Tal vez a esto le seguiría la muerte de personas

cercanas a nosotros, personas a quienes amábamos: un padre o

una madre cariñosos, que aún no habían llegado al ocaso de su

vida; un hijo o hija que recién iniciaba su vida y que estaba

apegado a nuestro corazón; una amiga o amigo a quien

amábamos como a nosotros mismos,34 lo más próximo a la

gracia de Dios, el don más preciado. Y puede haber mil

circunstancias que acrecienten nuestro dolor: ¡Tal vez ese hijo

o amigo murió en nuestros brazos! ¡Tal vez su vida nos fue

arrebatada cuando menos lo esperábamos! Cuando comenzaba

a florecer, fue cortada como una flor. En todos estos casos, no

sólo podemos sino debemos sentirnos afectados; es parte del

plan de Dios que así suceda. Él no quiere que seamos duros

como piedras; él quiere encauzar nuestros sentimientos, no

hacerlos desaparecer. Por lo tanto, es posible que un ser puro

derrame lágrimas. Puede haber aflicción sin pecado.

5. Más profundo aun puede ser el dolor que sentimos

cuando vemos a quienes alguna vez estuvieron estrechamente

unidos a nosotros, muertos en vida a causa de su maldad,

ingratitud, o apostasía. ¿Quién puede expresar lo que siente

alguien que ama a todos los seres humanos, por un amigo o un

hermano que está muerto para Dios; o por un esposo, una

esposa, un padre, un hijo, que se lanzan al pecado como

32 Job 2.9.

33 Am. 4.6.

34 1 S. 18.1, 3; 20.17.

1 76 Sermón 47

caballo que arremete con ímpetu a la batalla?35 ¿Personas a

quienes vemos presurosas trabajar por su propia condenación, a

pesar de todos nuestros argumentos e intentos de persuasión?

Esta angustia puede alcanzar niveles inimaginables cuando

pensamos que esa persona que va ahora camino a la destrucción,

estuvo alguna vez en el camino de la vida. Pensar en lo que él,

o ella, fue en el pasado, sólo aumenta y agudiza nuestro dolor

en el presente.

6. Podemos estar seguros de que en cada una de estas

situaciones, nuestro gran adversario no desaprovechará la

oportunidad. Aquel que siempre anda alrededor buscando a

quien devorar36 utilizará todo su poder, toda su habilidad, para

tratar de obtener alguna ventaja sobre el alma que ya está

debilitada. No ahorrará sus dardos de fuego,37 ya que éstos

tienen muy buenas probabilidades de encontrar el camino a

nuestro corazón y clavarse en él, ajustándose perfectamente a la

tentación que lo asalta. Se dedicará a llenarnos de dudas, de

pensamientos blasfemos y de insatisfacción. Sugerirá que Dios

no se preocupa por esta tierra, que no la gobierna, o al menos,

que no lo hace correctamente según las normas de la justicia y

de la misericordia. Se esforzará por despertar sentimientos

adversos hacia Dios, haciendo renacer nuestra natural

enemistad con él. Si intentamos luchar con sus mismas armas,

si comenzamos a razonar con él, sólo conseguiremos

multiplicar nuestra aflicción, o caer en total oscuridad.

7. Con frecuencia se ha creído que existe otra causa de

aflicción (que no es ocasionada por la oscuridad). A saber, el

alejamiento de Dios quien, por su voluntad soberana, decide

abandonarnos. Sin duda esto es lo que hará si ofendemos su

Santo Espíritu, ya sea por nuestro pecado interior o exterior; ya

35 Jer. 8.6.

36 1 P. 5.8.

37 Ef. 6.16.

Afligidos en diversas pruebas 177

sea por que hicimos el mal u omitimos hacer el bien; por

haber caído en la soberbia, en la ira o en un letargo espiritual, o

en malos deseos y en pasiones desordenadas.38 Pero niego

categóricamente que él se aleje simplemente porque así lo

desea, porque le complace hacerlo. No existe ningún texto

bíblico que dé lugar a tal suposición. Es más, tal suposición no

sólo contradice muchos textos en particular, sino el mensaje

todo de la Escritura tomado en su conjunto. Esto es incompa-

tible con la naturaleza misma de Dios; está muy por debajo de

su majestad y sabiduría (como lo expresara un destacado

escritor) «jugar a las escondidas con sus criaturas». Tal actitud

es contraria a su justicia y a su misericordia, y es contraria a lo

que siempre han experimentado todos sus hijos.

8. Existe otra causa de aflicción que ha sido mencionada

por muchos autores llamados místicos. Esta idea se ha

introducido, no sé de qué manera, aun entre la gente sencilla

que desconoce sus obras. No encuentro mejor manera de

explicar esto que a través de las palabras de una escritora ya

fallecida, que así relataba su propia experiencia: «Yo vivía tan

feliz con mi Amado, que aunque me hubiese visto forzada a

vivir como vagabunda en el desierto, no hubiera tenido

dificultad en hacerlo. No había pasado mucho tiempo en esta

situación cuando, en efecto, fui llevada a un desierto... Me

encontré abandonada, me sentí completamente miserable,

desdichada y deprimida... La verdadera fuente de esta

infelicidad es el conocimiento de nosotros mismos, que nos

permite comprobar la enorme diferencia que existe entre Dios y

nosotros. Vemos que somos completamente opuestos a él, que

nuestra alma es totalmente corrupta, depravada, y está llena de

toda clase de sentimientos malignos y perversos, mundanos y

carnales, y de toda clase de mal». A partir de esto se ha

concluido que el conocimiento de nosotros mismos, sin el cual

38 Col. 3.5.

1 78 Sermón 47

estaríamos condenados a perdernos eternamente, debe

necesariamente provocar profunda aflicción, aun cuando

hayamos obtenido la justificación por la fe.

9. Acerca de esto me gustaría hacer algunas conside-

raciones. (1) En el párrafo anterior la escritora dice, «Al

escuchar que mi fe en Cristo no era auténtica, me entregué a

Dios, e inmediatamente sentí su amor». Es posible que así fuera,

sin embargo, no creo que esto fuera justificación. Es muy

probable que se tratase sólo de lo que comúnmente llamamos

«señales del Padre». En ese caso, la aflicción y la oscuridad

subsiguientes no fueron otra cosa que la convicción del pecado,

que según el curso natural de los hechos, es anterior a la fe

mediante la cual somos justificados. (2) Supongamos que fue

justificada casi en el mismo momento en que tuvo la convicción

de su necesidad de fe. En tal caso no hubo tiempo para el

crecimiento gradual en el conocimiento de sí misma que,

generalmente, antecede a la justificación. Eso significa que el

conocimiento fue posterior, y probablemente resultó mucho

más duro por cuanto era inesperado. (3) Admitamos que

después de la justificación tenemos un conocimiento mucho

más profundo, cabal y completo del pecado que está arraigado

en nosotros, y de nuestra naturaleza corrupta, que el que jamás

habíamos tenido. Pero esto no tiene por qué sumir al alma en

una noche oscura. No creo que esto deba causarnos aflicción. Si

esto fuera un paso absolutamente necesario e imprescindible

para todo aquel que quiera conocerse a sí mismo, es decir, para

todos los que llegan a conocer el amor perfecto de Dios, el cual

nos hace aptos para participar de la herencia de los santos en

luz,39 el Apóstol no hubiese utilizado la expresión «si es

necesario».40 No, absolutamente no es así. Muy por el

contrario, Dios puede permitir que crezcamos en el conoci-

39 Col. 1.12.

40 1 P. 1.6.

Afligidos en diversas pruebas 179

miento de nosotros mismos, al mismo tiempo y en la misma

proporción que crecemos en el conocimiento de Dios y en la

experiencia de su amor. Y en este caso no experimentaríamos el

desierto, la desdicha ni la soledad,41 sino el amor y la paz y el

gozo, que poco a poco irán brotando para vida eterna.42

IV. 1. ¿Con qué fin, entonces (este era el cuarto punto

que debíamos tratar), Dios permite que tantos de sus hijos

caigan en aflicción? El Apóstol da una respuesta clara y directa

a esta pregunta: Para que sometida a prueba vuestra fe, mucho

más preciosa que el oro perecedero que se prueba con fuego,

sea hallada en alabanza, gloria y honra cuando sea

manifestado Jesucristo.43 Es probable que uno de los párrafos

del capítulo cuarto aluda a esta situación (aunque en principio

se refiere a un tema completamente diferente, como ya he

señalado): No os sorprendáis del fuego de prueba que os ha

sobrevenido, sino gozaos por cuanto sois participantes de los

padecimientos de Cristo, para que también en la revelación de

su gloria os gocéis con gran alegría.44

2. A partir de ello aprendemos que el propósito

primero y más importante de Dios al permitir las tentaciones

que causan aflicción a sus hijos es probar su fe. Las tentaciones

prueban su fe de la misma manera que el oro se prueba con

fuego. Sabemos que el oro se purifica al pasar por la prueba del

fuego, al separar el metal de la escoria. Lo mismo ocurre con la

fe en el fuego de la tentación: cuánto más se la prueba, más se

purifica. Es más, no sólo se purifica, sino que también se

fortalece, se afirma, y crece abundantemente por las innumera-

bles muestras de la sabiduría, el poder, el amor y la fidelidad de

41 Véase III.8.

42 Jn. 4.14.

43 1 P. 1.7.

44 1 P. 4.12-13.

1 80 Sermón 47

Dios. Aumentar nuestra fe es, por tanto, uno de los fines que

Dios en su gracia persigue al permitir que atravesemos diversas

pruebas.

3.Éstas también sirven para probar, purificar, reafirmar

y aumentar esa esperanza viva para la cual el Dios y Padre de

nuestro Señor Jesucristo nos hizo renacer según su grande

misericordia.45 Por cierto, nuestra esperanza no puede menos

que aumentar en la misma medida que aumenta nuestra fe. En

esto se funda nuestra esperanza: porque creemos en su nombre

y vivimos por fe en el Hijo de Dios, anhelamos y esperamos

confiadamente la gloria venidera que en nosotros ha de

manifestarse.46 Por consiguiente, todo aquello que fortalece

nuestra fe, también aumenta nuestra esperanza. Al mismo

tiempo también hace crecer nuestro gozo en el Señor, gozo que

siempre va unido a una esperanza llena de inmortalidad.47 Con

esta visión el Apóstol exhorta a los creyentes en otro de los

capítulos: «Gozaos por cuanto sois participantes de los

padecimientos de Cristo». Por esta misma razón «sois

bienaventurados, porque el glorioso Espíritu de Dios reposa

sobre vosotros».48 Y por todo esto, para nosotros es posible

alegrarnos con gozo inefable y glorioso49 aun en medio del

sufrimiento.

4. El gozo de estos cristianos es mayor aun, porque las

pruebas que aumentan su fe y esperanza también aumentan su

amor, su gratitud a Dios por todas sus bondades y por su

buena voluntad con todos los seres humanos. De igual modo,

cuanto más profundizan su conocimiento de la bondad y del

amor de Dios su Salvador, más se enciende su corazón con

45 1 P. 1.3.

46 Ro. 8.18.

47 Sab. 3.4.

48 1 P. 4.13-14.

49 1 P. 1.8.

Afligidos en diversas pruebas 181

amor por aquel que nos amó primero.50 A medida que crece su

certeza de que la gloria será revelada, crece su amor por aquel

que la ha adquirido para ellos, y que les ha dado las arras del

Espíritu en sus corazones.51 Acrecentar su amor es, entonces,

otro de los fines perseguidos al permitir que deban afrontar

pruebas.

5.Todavía falta mencionar otro más: crecer en santidad,

santidad de corazón y santidad al hablar. Esta última

evidentemente será consecuencia de la primera ya que todo

buen árbol da buenos frutos.52 Y toda santidad interior es fruto

de la fe que obra por el amor.53 De este modo su bendito

Espíritu limpia nuestro corazón de toda soberbia, tozudez,

pasión; del amor por el mundo, de codicias necias y dañosas,54

de sentimientos viles y egoístas. Aparte de esto, las aflicciones

de santificación llevan (por gracia de Dios) directa e

inmediatamente hacia la santidad. Mediante la obra de su

Espíritu, humillan y someten el alma delante de Dios. Calman y

apaciguan nuestro espíritu turbulento, doblegan nuestra

naturaleza salvaje, atemperan nuestra tozudez y obstinación,

nos crucifican para el mundo, y nos llevan a buscar nuestras

fuerzas y nuestra felicidad en Dios.

6. Y todas ellas convergen en una gran meta: que

nuestra fe, esperanza, amor y santidad sean halladas (si aún no

lo han sido) en alabanza de Dios mismo, y honra de seres

humanos y angélicos, y gloria que el gran Juez tiene asignada

para todos aquellos que resistan hasta el fin. En aquel día, cada

persona recibirá conforme a sus obras,55 conforme a lo que

50 1 Jn. 4.19.

51 2 Co. 1.22.

52 Mt. 7.17.

53 Véase Gá. 5.6.

54 1 Ti. 6.9.

55 Mt. 16.27.

1 82 Sermón 47

Dios obró en su corazón, y a las obras visibles que cada uno

obró para Dios. También recibirá conforme a lo que ha sufrido,

de modo que todas las pruebas redundan en indescriptible

ganancia. De muchas y diferentes maneras esta leve tribulación

momentánea produce en nosotros ¡un cada vez más excelente y

eterno peso de gloria!56

7. A esto debemos agregar la ventaja de que otros a

nuestro alrededor vean cómo nos comportamos en la aflicción.

La experiencia indica que, generalmente, el ejemplo causa una

impresión mucho más profunda que la enseñanza. ¿Y qué

ejemplo puede tener mayor influencia, no sólo en aquellos que

son partícipes del don precioso de la fe, sino aun en aquellos que

no han conocido a Dios, que el de un ser que se mantiene

calmo y sereno en medio de la tormenta, entristecido, mas

siempre gozoso?57 Alguien que humildemente acepta la

voluntad de Dios, aunque implique sufrir, y que puede decir en

medio de la enfermedad y del dolor: La copa que el Padre me

ha dado, ¿no la he de beber?58 Y en tiempo de pérdida o

necesidad: El Señor dio, y el Señor quitó; ¡sea el nombre del

Señor bendito!59

V.1. Para finalizar me gustaría sacar algunas conclusio-

nes. Ante todo resaltar la enorme diferencia que existe entre el

alma que está en tinieblas y el alma que está en aflicción. Sin

embargo, muy a menudo la gente confunde ambos conceptos,

aun los cristianos experimentados. Estar en tinieblas, o en el

desierto, significa haber perdido por completo la capacidad de

gozarnos en el Espíritu Santo. Esto no ocurre en la aflicción; en

56 2 Co. 4.17.

57 2 Co. 6.10.

58 Jn. 18.11.

59 Job 1.21.

Afligidos en diversas pruebas 183

medio de ella podemos alegrarnos con gozo inefable.60 El que

está en tinieblas ha perdido la paz del Señor, mas no quien está

en aflicción. Por el contrario, en medio de ella la paz y la gracia

le son multiplicadas.61 Cuando estamos en tinieblas el amor de

Dios se enfría, o se extingue por completo; en la aflicción

mantiene toda su fuerza, más bien crece cada día. En el primer

caso la fe puede perderse por completo o, al menos, resultar

seriamente afectada. La certeza y la convicción de lo que no se

ve,62 especialmente del amor de Dios y su perdón, no es ni tan

clara ni tan fuerte como era antes y, progresivamente, la

confianza en él se va debilitando. En el segundo caso, aunque

las personas no ven a Dios, tienen firme y plena confianza en él,

y la certeza de un amor mediante el cual sus pecados serán

borrados.63 De modo que así como podemos distinguir la fe de

la incredulidad, la esperanza de la desesperanza, la paz de la

guerra, el amor a Dios del amor por el mundo, así también

podemos distinguir sin temor a equivocarnos la aflicción de las

tinieblas.

2. Podemos inferir una segunda enseñanza: es posible

que debamos conocer la aflicción, pero no tenemos ninguna

necesidad de conocer las tinieblas. Probablemente sea

necesario vivir en aflicción por un tiempo, por los motivos

anteriormente expuestos. Puede considerarse necesario al

menos en el sentido de que la misma es consecuencia natural de

las diversas pruebas que son necesarias para probar y aumentar

nuestra fe, para confirmar y acrecentar nuestra esperanza,

purificar nuestro corazón de toda inclinación impura y

perfeccionarnos en el amor. En consecuencia, son necesarias

para que reluzca nuestra corona, y para producir en nosotros

60 1 P. 1.8.

61 1 P. 1.2.

62 He. 11.1.

63 Hch. 3.19.

1 84 Sermón 47

un cada vez más eterno peso de gloria.64 Pero no podemos decir

que las tinieblas sean necesarias para alcanzar alguno de estos

fines. No nos conducen a ninguno de ellos. La pérdida de fe,

esperanza y amor ciertamente no conduce a la santidad ni

aumenta el premio que nos aguarda en el cielo y que será

proporcional a nuestra santidad en la tierra.

3. A partir de las palabras utilizadas por el Apóstol,

podemos deducir en tercer lugar que ni siquiera la aflicción es

siempre necesaria. «Ahora por un poco de tiempo, si es

necesario», de modo que no es necesario que todos pasemos por

esa experiencia, o que alguien deba experimentarla todo el

tiempo. Dios puede, porque tiene el poder y la sabiduría, obrar

por su gracia en las personas, cuando él lo desee, utilizando

otros medios. Y efectivamente así actúa algunas veces,

haciendo que algunas personas, según su voluntad, se

fortalezcan más y más hasta el punto de perfeccionar su

santidad en el temor de Dios,65 sin haber sufrido aflicción. Dios

tiene poder absoluto sobre el corazón humano, y puede ponerlo

en movimiento según su voluntad. Pero estos casos no son

frecuentes. Generalmente Dios aprueba que los hombres probos

se purifiquen en el horno de la humillación,66 así que, en menor

o mayor grado, las pruebas y la aflicción son parte del destino

de sus muy amados hijos.

4. Por último, debemos, entonces, velar y orar,67 y

esforzarnos al máximo para evitar caer en las tinieblas. Pero con

respecto a la aflicción, no debemos esforzarnos tanto por

evitarla, sino por salir fortalecidos de ella. Nuestra gran

preocupación debería ser comportarnos de tal forma mientras

dure que, con nuestra confianza puesta en el Señor, pueda

64 2 Co. 4.17.

65 2 Co. 7.1.

66 Eclo. 2.5.

67 Mt. 26.41.

Afligidos en diversas pruebas 185

cumplir cabalmente el propósito de su amor al permitir que tal

cosa nos sobrevenga. Que sea un medio de aumentar nuestra fe,

reafirmar nuestra esperanza, perfeccionarnos a todos en

santidad. En el momento en que sobrevenga, tengamos presente

el propósito por el cual Dios en su gracia permite que esto

ocurra, y pongamos todo nuestro empeño para que no

desvanezca el consejo de68 Dios respecto de nosotros mismos.69

Seamos entusiastas colaboradores suyos,70 mediante la gracia

que continuamente nos da, limpiándonos de toda

contaminación de carne y de espíritu,71 y creciendo día a día en

la gracia de nuestro Señor Jesucristo,72 ¡hasta que seamos

recibidos en su reino eterno!

68 Jer. 19.7.

69 Cf. Lc. 7.30.

70 2 Co. 6.1.

71 Cf. 2 Co. 7.1.

72 Cf. 2 P. 3.18.