Sermón 46 - La condición de desierto
Juan 16.22
También vosotros ahora tenéis tristeza; pero os
volveré a ver y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará
vuestro gozo.
1.Luego de que Dios librara maravillosamente a Israel,
sacándolos de la casa de servidumbre,1 no entraron inmediata-
mente a la tierra prometida a sus padres sino que anduvieron
perdidos por el desierto2 y sufrieron muchas tentaciones y
aflicciones. De la misma manera quienes temen a Dios y a
quienes él ha liberado del yugo del pecado y de Satanás, luego
de que son justificados gratuitamente por su gracia, mediante
la redención que es en Cristo Jesús,3 no entran de inmediato
en el reposo que queda para el pueblo de Dios.4 La mayor
parte de ellos se descarrían en mayor o menor medida del buen
camino al que han sido conducidos y llegan, como quien dice, a
un desierto horrible y yermo,5 donde son tentados y atormen-
tados de diversas maneras. En alusión al caso de los israelitas,
algunos dan a esto el nombre de «la condición de desierto».6
1 Ex. 13.3.
2 Cf. Sal. 107.40.
3 Ro. 3.24.
4 He. 4.9.
5 Dt. 32.10.
6 Primitivo Rodríguez, en su versión de los sermones de Wesley, traduce the
wilderness state por el estado de incertidumbre. Aunque «incertidumbre» describe
bien la condición a la que Wesley se refiere, hemos preferido mantener la alusión a
«desierto» que el autor utiliza como motivo recurrente en su sermón.
143
1 44 Sermón 46
2. Las personas que se encuentran en tal condición
verdaderamente merecen la más tierna compasión. Sufren de
una enfermedad mala y dolorosa que por lo común no se
conoce bien y por lo tanto se les hace más difícil encontrar el
remedio. Encontrándose ellos mismos a oscuras, no se puede
esperar que descubran la naturaleza de su propio desarreglo y
muy pocos de sus hermanos —y tal vez ni siquiera sus maestros—
sabrán qué enfermedad es y qué medicina corresponde. Tanto
más es necesario investigar primero la naturaleza de la
enfermedad; en segundo lugar, cuál es la causa; y finalmente,
cómo se cura.
I.1. Primeramente, ¿qué enfermedad es ésta que ataca a
muchos luego de haber creído? ¿en qué consiste exactamente y
cuáles son sus verdaderos síntomas? Consiste verdaderamente
en la pérdida de la fe que Dios había dado al corazón. Los que
se hallan en el desierto ya no tienen esa «evidencia» divina, esa
satisfactoria convicción de las cosas que no se ven7 de la cual
antes gozaban. No tienen ya la demostración interna del
Espíritu que antes los impulsaba a decir: «lo que ahora vivo en
la carne, lo vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se
entregó a si mismo por mí.8La luz del cielo ya no resplandece
en sus corazones9 ni ven al invisible10 sino que la oscuridad
vuelve a envolver sus almas y a cegar los ojos de su
entendimiento. El Espíritu ya no da testimonio a su espíritu de
que son hijos de Dios11 ni continúa clamando en sus corazones:
«¡Abba, padre!».12 Ya no tienen esa confianza perfecta en su
7 He. 11.1. Véase Ser. No. 3, I.11.
8 Gá. 2.20.
9 2 Co. 4.6.
10 He. 11.27.
11 Ro. 8.16.
12 Gá. 4.6.
La condición de desierto 145
amor que antes tenían, ni tienen la libertad de acercarse a él con
ese santo atrevimiento. Ya no dicen en sus corazones: aunque
me matare, en él confiaré.13 Han perdido sus fuerzas y se
vuelven débiles en cuerpo y mente, como los demás.14
2. De esto resulta, en segundo lugar, la pérdida del
amor, que necesariamente aumentará o disminuirá al mismo
tiempo y al grado que la fe verdadera y viva. Por consiguiente,
los que pierden su fe pierden también el amor de Dios. Ya no
pueden decir: «Señor, tu lo sabes todo: tú sabes que te amo».15
Ya no encuentran en Dios su felicidad, como todos aquellos
que verdaderamente lo aman. No se deleitan en Dios como
antes ni perciben el olor de sus ungüentos.16 En un tiempo su
nombre y su memoria eran el deseo de su alma,17 pero ahora
sus deseos están fríos, si no muertos y enteramente apagados. Y
en cuanto su amor a Dios se enfría18 se entibia también el
amor al prójimo; ya no sienten ese celo por las almas de las
personas, esa ansiedad por su bien, ese deseo ferviente,
inquieto, activo, de que se reconcilien con Dios. No sienten esas
entrañas de misericordia19 por las ovejas perdidas, esa tierna
compasión por los ignorantes y extraviados.20 Antes se
mostraban amables para con todos, dispuestos a instruir a los
que se oponen a la verdad21 y dispuestos a restaurar con espíritu
de mansedumbre a quien quiera fuere sorprendido en alguna
falta.22 Pasado algún tiempo, tal vez muchos días, la ira
13 Job 13.15.
14 Cf. la historia de Sansón en Jue. 16.7, 11, 19.
15 Jn. 21.17.
16 Jn. 12.3.
17 Is. 26.8.
18 Mt. 24.12.
19 Col. 3.12.
20 He. 5.2.
21 2 Ti. 2.24-25.
22 Gá. 6.1.
1 46 Sermón 46
comienza a recuperar su poder; sí, la intolerancia y la
impaciencia que empuja a otros para hacerlos caer.23 Y
debemos dar gracias si no llegan a devolver mal por mal y
maldición por maldición.24
3. Como consecuencia de la pérdida de la fe y del
amor, se sigue, en tercer lugar, la pérdida del gozo en el
Espíritu Santo. Porque donde ya no existe la amorosa
conciencia del perdón, no puede subsistir el gozo que de ella
resulta. Si el Espíritu ya no testifica con nuestro espíritu que
somos hijos de Dios, el gozo que emana de ese testimonio
interior naturalmente cesará. Y así los que en un tiempo se
alegraban con gozo inefable y glorioso en la esperanza de la
gloria de Dios25 ahora se ven privados de esa esperanza llena
de inmortalidad26 y del gozo que ella ocasiona así como de
aquel que resulta de la conciencia del amor de Dios derramado
en sus corazones.27 Puesto que, eliminada la causa desaparece
también el efecto, cegada la fuente ya no brotan más de ella las
aguas vivas que refrescan el alma sedienta.
4.Con la pérdida de la fe, del amor y del gozo viene, en
cuarto lugar, la pérdida de esa «paz» que en un tiempo
sobrepasaba todo entendimiento.28 Huyó la dulce tranquilidad
de la mente, la serenidad del espíritu; vuelven las dudas que
atormentan: dudamos si hemos creído, si jamás creeremos;
dudamos si en verdad alguna vez tuvimos en nuestro corazón el
verdadero testimonio del Espíritu, si no habremos engañado a
nuestra propia alma y confundido la voz de la naturaleza con
la voz de Dios. Más aún, dudamos si alguna vez oiremos esa
23 Sal. 118.13.
24 1 P. 3.9.
25 1 P. 1.8.
26 Sabiduría 3.4 (Biblia de Jerusalén).
27 Ro. 5.5.
28 Fil. 4.7.
La condición de desierto 147
voz y encontraremos favor en su presencia. Y estas dudas se
unen de nuevo con el temor servil, con ese temor que
atormenta.29 Tememos la ira de Dios como la temíamos antes
de creer; tememos ser arrojados de su presencia; nos hundimos
nuevamente en ese miedo de la muerte del que ya estábamos
totalmente liberados.
5. Y no es eso todo, porque con la pérdida de la paz
viene la pérdida del poder. Sabemos que todo el que tiene paz
con Dios por medio de Jesucristo, tiene poder para resistir al
pecado; y que siempre que pierde esa paz, pierde también el
poder. Mientras permaneció esa paz, permaneció el poder para
resistir aun ese pecado habitual, sea que fuese causado por su
naturaleza, su temperamento, su educación o profesión, y aun
todos esos malos deseos y disposiciones que hasta entonces no
habías podido vencer. Entonces el pecado ya no se enseñoreaba
de él;30 ahora él ya no tiene dominio sobre el pecado. Puede
luchar, por cierto, pero no puede triunfar; la corona ha caído de
sobre su cabeza. De nuevo sus enemigos prevalecen y más o
menos lo reducen a su esclavitud. Lo abandonó la gloria,31 el
reino de Dios que estaba en su corazón. Ha quedado
desposeído de la justicia, de la paz, del gozo en el Espíritu
Santo.
II.1. Tal es la naturaleza de ese estado al que muchos
han dado con propiedad el nombre de «la condición de
desierto». Pero se la comprenderá mejor si, en segundo lugar,
investigamos cuáles son sus causas. Son varias, pero no me
atrevo a incluir entre ellas la sola, arbitraria y soberana voluntad
29 Rodríguez traduce «que atormenta». Wesley cita en inglés «which has torment».
RVR 1960 traduce «que lleva en sí castigo».
30 Ro. 6.14.
31 Ez. 10.18.
1 48 Sermón 46
de Dios. Jehová ama la prosperidad de sus siervos.32 No se
deleita en afligir o entristecer voluntariamente a los hijos de los
hombres.33 La invariable voluntad de Dios es nuestra
santificación,34 unida a la paz y el gozo en el Espíritu Santo.35
Éstos son sus dones gratuitos y se nos asegura que los dones de
Dios son, en lo que concierne a su voluntad, irrevocables.36
Nunca se arrepiente de habernos dado algo ni desea quitárnos-
lo. Por lo tanto, nunca es él quien nos abandona, como dicen
algunos: somos nosotros quienes lo abandonamos.
2. La causa más común de las tinieblas interiores
es el pecado de uno u otro tipo. Es esto lo que generalmente
ocasiona lo que a menudo es una complicación de pecado y
miseria. En primer lugar, el pecado de comisión. Según
podemos observar con frecuencia, esta clase de pecado
oscurece el alma en un momento; especialmente si es un
pecado conocido, voluntario o presuntuoso. Por ejemplo, si
una persona que ahora camina rectamente por la vía y en la
presencia de Dios, cede a la tentación y se emborracha o comete
un acto de impureza, no sería nada extraño que en esa misma
hora cayese en la más total oscuridad. Es cierto que ha
habido raros casos en los que Dios, mediante una manifestación
extraordinaria de su misericordioso perdón y casi en el mismo
instante, ha impedido que esto ocurriese. En general, sin
embargo, el abuso de la bondad de Dios, ese grosero insulto y
desprecio de su amor, ocasiona de inmediato una separación de
Dios y una oscuridad que se puede palpar.37
32 Sal. 35.22.
33 Lm. 3.33.
34 1 Ts. 4.3.
35 Ro. 14.17.
36 Rm. 11.29.
37 Ex. 10.21.
La condición de desierto 149
3. Pero es de esperar que este caso no sea muy
frecuente, que no haya muchos que de tal manera desprecian las
riquezas de la bondad de Dios que, aun andando a su luz, tan
grosera y presuntuosamente se rebelen contra él. Esa luz se
pierde mucho más frecuentemente al dar lugar a los pecados de
omisión,38 que no apagan el Espíritu39 de inmediato sino
gradual y lentamente. El pecado de comisión puede comparar-
se a derramar agua sobre el fuego; el de omisión a retirarle al
fuego su combustible. Y el Espíritu de amor nos reprochará
muchas veces nuestro descuido antes de retirarse de nosotros.
Son muchas las advertencias interiores, las indicaciones
secretas que nos da antes de privarnos de su influencia, de modo
que sólo una cadena de omisiones en las que voluntaria-
mente persistimos puede sumirnos en una completa oscuridad.
4. Tal vez no haya pecado de omisión que tan
frecuentemente conduzca a esta situación como el descuido de
la oración privada, cuya ausencia ninguna otra ordenanza puede
reemplazar. Nada puede ser más evidente que esto: la vida de
Dios en el alma no puede continuar, y menos aun desarrollarse
si no utilizamos todas las oportunidades de comunión con Dios
y de abrirle nuestros corazones. Por lo tanto, si descuidamos la
oración privada, si permitimos que las ocupaciones, las
amistades o cualquier otra cosa nos impidan estos secretos
ejercicios del alma (o, lo que viene a ser lo mismo, a hacerlos
apresurada o descuidadamente) esa vida seguramente se
deteriorará. Y si las espaciamos frecuentemente o por largos
intervalos, gradualmente morirá.
5. Otro pecado de omisión que frecuentemente
conduce al alma del creyente a las tinieblas es el descuido de lo
que tan firmemente se recomienda en la misma dispensación
judía: Reprenderás a tu prójimo y no le consentirás su
38 Cf. Ser. 14, I.14.
39 1 Ts. 5.19.
1 50 Sermón 46
pecado.40 No aborrecerás a tu hermano en tu corazón.41 Pero
si aborrecemos a nuestro hermano en nuestro corazón, si no lo
reprendemos cuando lo vemos caer en falta, sino que toleramos
su pecado, seguramente debilitaremos nuestra propia alma,
puesto que seremos partícipes de sus pecados.42 Al no reprender
a nuestro prójimo, hacemos nuestro su pecado. Somos
responsables por él ante Dios: vimos su peligro y no le
advertimos. Por lo tanto, si él perece en su iniquidad43 Dios
puede con justicia demandar su sangre de nuestras manos.44
Nada extraño que, al así contristar al Espíritu, perdamos la luz
de su rostro.
6. Una tercera causa de esta pérdida es ceder a algún
pecado interior.45 Por ejemplo, sabemos que abominación es a
Jehová todo altivo de corazón46 y que, aunque el orgullo del
corazón no aparezca en la conducta exterior, ¡cuán fácilmente
puede un alma llena de paz y gozo caer en esa trampa del
Diablo! ¡Qué cosa tan natural es figurarse que tiene uno más
gracia, más sabiduría, más fuerza de lo que en realidad posee,
tener más alto concepto de sí que el que debe tener,47 gloriarse
de algo que ha recibido como si no lo hubiera recibido!48 Pero
como Dios siempre resiste a los soberbios y da gracia a los
humildes,49 esta soberbia oscurece, si no es que apaga por
completo, la luz que antes brilló en el corazón.
40 Lv. 19.17.
41 Ibid.
42 Ap. 18.4.
43 Jos. 22.20.
44 2 S. 4.11; cf. Ez. 3.18; 33.18.
45 Cf. Ser. 13, III.1-9.
46 Pr. 16.5.
47 Ro. 12.3.
48 1 Co. 4.7.
49 1 P. 5.5.
La condición de desierto 151
7. El mismo efecto puede producirse cuando damos
lugar a la ira, sea cual fuere el motivo o la provocación. Sí,
aunque se presente con el disfraz de celo por la verdad o por la
gloria de Dios. Porque todo celo que no sea la llama del amor
es terreno, animal, diabólico.50 Es la llama de la ira, ni más ni
menos que cólera pecaminosa. Es la mayor enemiga del amor
dócil y generoso de Dios, y nunca ambos han subsistido ni
podrán subsistir juntos en un mismo pecho. El amor y el gozo
en el Espíritu Santo disminuyen en proporción al crecimiento de
esta cólera. Esto se observa especialmente cuando ofendemos al
prójimo; es decir, cuando nos enojamos con algún hermano, con
alguna persona a la que nos unen lazos civiles y religiosos. Si
nos dejamos dominar por ese espíritu altanero que ofende a los
hermanos, aunque sea por una sola hora, perdemos la influencia
benéfica del Espíritu Santo, de manera que, en lugar de
conseguir que nuestros hermanos se corrijan, nos destruimos a
nosotros mismos y nos convertimos en débiles víctimas de
cualquier enemigo que nos asalte.
8. Suponiendo que hayamos descubierto estas
estratagemas del Diablo, aún podemos ser atacados en otro
frente. Cuando duermen la ira y el enojo y sólo el amor vela,
podemos aún ser amenazados por el deseo, que igualmente
tiende a oscurecer el alma. Éste será el efecto inevitable de
cualquier deseo insensato,51 cualquier afecto vano y
desordenado. Si ponemos la mira en las cosas de la tierra,52 en
cualquier persona o cosa bajo el sol, si deseamos cualquier cosa
aparte de Dios y de lo que conduce a Dios, si buscamos
felicidad en cualquier cosa creada, el Dios celoso seguramente
contenderá con nosotros, porque él no admite ningún rival. Y si
no queremos escuchar su voz de advertencia y volver a él
50 Stg. 3.15.
51 1 Ti. 6.9.
52 Col. 3.2.
1 52 Sermón 46
con toda el alma, si continuamos contristándolo con nuestros
ídolos y siguiendo a otros dioses, pronto estaremos fríos,
estériles y resecos y el dios de este mundo cegará y oscurecerá
nuestro corazón.53
9. Esto lo hace con frecuencia aun cuando no cedamos
a ningún pecado específico. Le basta, le da suficiente ventaja el
que no avivemos el don de Dios que está en nosotros,54 que no
agonicemos continuamente para entrar por la puerta
estrecha,55 que no nos esforcemos seriamente por alcanzar el
dominio propio56 y arrebatar con violencia el reino de los
cielos.57 Basta con que no luchemos y seguramente seremos
derrotados. Si sólo nos descuidamos o nuestro entendimiento se
debilita,58 si somos indulgentes e indolentes, pronto regresará
nuestra natural oscuridad y envolverá nuestras almas. Basta,
pues, que demos espacio a la pereza espiritual y efectiva-
mente se entenebrecerá nuestra alma. Seguramente destruirá la
luz de Dios si bien no tan pronto como el homicidio o el
adulterio.
10. Bueno será observar, sin embargo, que la causa de
esta oscuridad (sea la que fuere, omisión o comisión, pecado
externo o interno) no es siempre inmediata. A veces, el pecado
que ocasiona la aflicción presente puede remontarse a una
distancia considerable. Puede haberse cometido días, semanas o
meses antes. Que Dios retire ahora su luz y su paz por causa de
lo sucedido tanto tiempo atrás no es (como podría pensarse)
una muestra de su severidad sino más bien una prueba de su
misericordia. Espera tanto por si acaso viéramos, reconociéra-
53 Cf. 2 Co. 4.4.
54 2 Ti. 2.5.
55 Lc. 13.24.
56 Hch. 24.35; 2 Ti. 1.7; 2 P. 1.6.
57 Mt. 11.12.
58 Cf. He. 12.3.
La condición de desierto 153
mos y corrigiéramos lo que estaba errado. Cuando tal cosa no
ocurre, nos muestra su desagrado a fin de conducirnos
finalmente al arrepentimiento.
(II). 1. Otra causa generalizada de estas tinieblas es la
ignorancia, que también es de varios tipos. Si la gente no
conoce las Escrituras, si se imaginan que hay en el Antiguo o en
el Nuevo Testamento pasajes que afirman que todos los
creyentes, sin excepción, deben algunas veces estar en tinieblas,
esta ignorancia naturalmente traerá sobre ellos las tinieblas que
esperan. ¡Y qué común ha sido entre nosotros esa expectativa!
¡Qué pocos son los que no la comparten! Y ello no debe
sorprendernos, porque se les enseña a esperarlo y sus guías los
conducen en esa dirección. No sólo los autores místicos de la
Iglesia Romana, sino muchos de los más espirituales y
experimentados de la nuestra (con la excepción de unos pocos
en el siglo pasado) lo aseguran como una doctrina bíblica clara
e indiscutible y citan muchos textos para probarlo.
2. También la ignorancia acerca de cómo obra Dios en
el alma humana frecuentemente produce estas tinieblas. La
gente se imagina (porque así se les ha enseñado, particularmente
por los autores de la comunión romana, cuyas plausibles
afirmaciones muchos protestantes han recibido sin examinarlas
debidamente) que no siempre han de andar en una fe luminosa;
que ésta es sólo una dispensación inferior y que deben elevarse
a un grado superior, abandonando esos consuelos patentes para
vivir en una fe desnuda (verdaderamente desnuda si está
despojada del amor, de la paz y del gozo en el Espíritu Santo);
que un estado de luz y gozo es bueno, pero que un estado de
tinieblas y sequedad es mejor porque es sólo por ellos que
podemos ser purificados del orgullo, el amor del mundo y un
desordenado amor propio y que por lo tanto no
debemos desear ni esperar marchar siempre en la luz. De aquí
1 54 Sermón 46
(aunque también puedan añadirse otras razones) que la mayor
parte de la gente piadosa de la Iglesia Romana ande
generalmente por una vía oscura y molesta y, si acaso la reciben,
pronto pierdan la luz de Dios.
(III). 1. Una tercera causa generalizada de estas
tinieblas es la tentación. Cuando por primera vez nos alumbra
la lámpara del Señor, la tentación frecuentemente huye y
desaparece totalmente. Todo es calma en nuestro interior, e
incluso tal vez en el exterior cuando Dios hace que nuestros
enemigos se mantengan en paz con nosotros. Es natural que
entonces supongamos que ya no experimentaremos más
conflictos. Y hay casos en que esta paz continúa, no sólo por
semanas sino por meses o años. Sin embargo, habitualmente no
ocurre así: al poco tiempo de nuevo desciende lluvia, vienen
ríos y soplan vientos.59 Entonces aquellos que no conocen ni al
Hijo ni al Padre60 y por consiguiente aborrecen a los hijos de
Dios, cuando éste les da rienda suelta, mostrarán en muchas
maneras su odio. Como antes, el que había nacido según la
carne perseguía al que había nacido según el Espíritu así
también ahora;61 la misma causa sigue produciendo el mismo
efecto. El mal que aún permanece en el corazón vuelve a
activarse y la ira y muchas otras raíces de amargura62
procurarán brotar. Al mismo tiempo, Satanás no dejará de
lanzar sus dardos de fuego63 y el alma tendrá que luchar no sólo
contra carne y sangre sino contra principados, contra
potestades, contra los gobernadores de las tinieblas de este
siglo, contra huestes espirituales de maldad en las regiones
celestes.64 No es extraño que tantos ataques, hechos al mismo
59 Mt. 7. 25, 27.
60 Jn. 8.9.
61 Gá. 4.29.
62 He. 12.15.
63 Ef. 6.16.
64 Ef. 6.12.
La condición de desierto 155
tiempo y tal vez con la mayor violencia, ocasionen, en un
creyente débil, no sólo pesadez sino también oscuridad, muy
especialmente si no está atento; si los ataques tienen lugar
cuando menos los espera; si se había dicho a sí mismo: «el malo
no volverá».65
2. La fuerza de estas tentaciones que surgen desde
nuestro interior crece considerablemente si tenemos un
concepto demasiado alto de nosotros mismos, como si ya
hubiéramos sido limpiados de todo pecado. ¡Y con qué
naturalidad nos lo imaginamos ahora, en el entusiasmo del
primer amor! ¡Cuán listos estamos para creer que Dios ha
perfeccionado en nosotros toda la obra de fe con su poder.66
Que, porque no sentimos el pecado, realmente no lo tenemos
en nosotros sino que el alma es toda amor. Y bien puede
ocurrir que un repentino ataque de un enemigo a quien
suponíamos no sólo derrotado sino muerto, nos arroje en una
gran pesadez del alma e incluso en la más profunda oscuridad,
particularmente cuando discutimos con el enemigo en lugar de
clamar inmediatamente a Dios y refugiarnos en él con esa fe
simple que es la única que sabe librar a los suyos de la
tentación.67
III. Éstas son las causas habituales de estas segundas
tinieblas. Preguntémonos, en tercer lugar, ¿cuál es el remedio?
1. Suponer que ese remedio es uno y el mismo en
todos los casos es un error grave y fatal, y sin embargo muy
común aun entre quienes pasan por creyentes experimentados e
65 Estas mismas palabras ocurren en una carta un tanto deprimente de Oct. 7, 1749.
66 2 Ts. 1.11.
67 2 Pe. 2.9.
1 56 Sermón 46
incluso se constituyen maestros de Israel68 y guía de otras
almas. Por consiguiente conocen y aplican una sola medicina,
sea la que fuere la causa del desorden. Inmediatamente
comienzan a aplicar las promesas, a predicar el evangelio, como
dicen. Su único propósito es consolar, para lo cual dicen muchas
cosas suaves y tiernas respecto del amor de Dios por los pobres
y desdichados pecadores y de la eficacia de la sangre de Cristo.
Esto es puro curanderismo y de la peor especie porque tiende,
si no a matar el cuerpo, sí, de no ser por una peculiar
misericordia de Dios, a destruir tanto el alma y el cuerpo en el
infierno.69 Es difícil hablar como se merecerían de estos
recubridores con lodo suelto,70 mercaderes de la promesa.
Bien merecerían el título, que por ignorancia se ha aplicado a
otros: son charlatanes espirituales.71 En efecto, hacen
inmunda la sangre del pacto.72 Prostituyen vilmente las
promesas de Dios, aplicándolas a todo sin distinción, en tanto
que la cura de las enfermedades espirituales, como la de las
corporales, debe ser tan variada como las causas que las
producen. Lo primero es, pues, descubrir las causas y ello nos
señalará naturalmente la cura apropiada.
2. Por ejemplo: ¿Es el pecado lo que ha producido la
oscuridad? ¿Qué pecado? ¿Es algún pecado exterior de algún
tipo?, ¿Te acusa tu conciencia de haber cometido algún pecado
por el que has contristado el Espíritu Santo de Dios?73 ¿Es ésta
la causa de que se haya separado de ti y hayas perdido la paz y
el gozo? ¿Y cómo esperas que vuelvan a ti si antes no
68 Jn. 3.10.
69 Mt. 10.28.
70 Ez. 13.10, 11, 14, 15; 22.28.
71 Spiritual mountebanks: vendedores callejeros que se suben a un banco para vender
falsas medicinas que lo curan todo.
72 He. 10.29.
73 Ef. 4.30.
La condición de desierto 157
abandonas ese maldito pecado?74 Deje el impío su camino.75
Pecadores, limpiad las manos,76 quitad la iniquidad de
vuestras obras.77 Entonces en las tinieblas nacerá tu luz.78 El
Señor regresará y perdonará abundantemente.79
3. Si luego de un examen riguroso no hemos hallado
ningún pecado de comisión que provoque esa nube que cubre tu
alma, pregúntate si no hay algún pecado de omisión que te
separa de Dios. ¿No habrás tolerado el pecado de tu
hermano?80 ¿Lo reprendes siempre que peca delante tuyo?
¿Cumples todas las ordenanzas de Dios, en la oración pública,
privada y en familia? Si no es así, si frecuentemente descuidas
alguno de estos deberes conocidos, ¿cómo puedes esperar que
la luz de su rostro continúe brillando sobre ti? Apresúrate a
fortalecer las otras cosas que restan81 y vivirá tu alma. Si hoy
oyeres su voz,82 por su gracia, él suplirá lo que falte. Cuando
oigas a tus espaldas palabras que digan, «Éste es el camino,
andad por él»,83 no endurezcas el corazón.84 No seas ya más
rebelde a la visión celestial.85 Hasta tanto el pecado, de
comisión u omisión, no sea quitado, todo consuelo es falso y
engañoso. Sólo cubre una herida que sigue inflamada y
supurando. No esperes paz interior hasta que estés en paz con
74 Literalmente, la cosa maldita, en referencia al anatema en Jos. 7.13.
75 Is. 55.7.
76 Stg. 4.8.
77 Is. 1.16.
78 Is. 58.10.
79 Cf. Is. 55.7.
80 Lv. 19.17.
81 Cf. Ap. 3.2.
82 Sal. 95.7; He. 3.8, 15; 4.7.
83 Is. 30.21.
84 Sal. 95.8, He. 3.8, 15; 4.7.
85 Hch. 26.19.
1 58 Sermón 46
Dios. Y ello no ocurrirá si no haces frutos dignos de
arrepentimiento.86
4.Pero tal vez no sabes consciente de ningún pecado de
omisión que altere tu paz y gozo en el Espíritu Santo.87 ¿No
habrá entonces un pecado interior que, como una raíz de
amargura brota en tu corazón y te estorba?88 ¿No se deberán
tu sequedad y esterilidad de alma a que tu corazón se ha
apartado del Dios vivo?89 ¿No ha venido pie de soberbia contra
ti?90 ¿No has tenido de ti más alto concepto que el que debes
tener?91 En algún aspecto, ¿no habrás hecho sacrificios a tu
propia red y ofrecido sahumerios a su malla?92 ¿No habrás
atribuido tu éxito en alguna empresa a tu propio valor,
fortaleza o sabiduría? ¿No habrás envanecido de algo que has
recibido, como si no lo hubieras recibido?93 ¿No te habrás
vanagloriado en algo más que en la cruz de Cristo?94 ¿No has
buscado ni deseado la alabanza humana? ¿No te has deleitado
en ella? Si lo has hecho, sabes el camino que debes seguir. Si
has caído por orgullo, humíllate bajo la poderosa mano de
Dios para que él te exalte cuando fuere tiempo.95 ¿No has
obligado al Espíritu a abandonarte dando lugar a la ira? ¿No te
has impacientado a causa de los malignos o has tenido
envidia de los que hacen iniquidad?96 ¿No te has escandaliza-
86 Mt. 3.8.
87 Ro. 14.17.
88 He. 12.15.
89 He. 3.12.
90 Sal. 36.11.
91 Ro. 12.3.
92 Hab. 1.16.
93 1 Co. 4.7.
94 Gá. 6.14.
95 1 P. 5.6.
96 Sal. 37.1.
La condición de desierto 159
do de alguno de tus hermanos contemplando su pecado (real o
imaginado) al punto de pecar tú mismo contra la gran ley del
amor, distanciando tu corazón del suyo? Entonces mira al
Señor, para que puedas renovar tus fuerzas, para que todo
encono y frialdad te sean quitados y que la paz, el amor y el
gozo retornen juntamente y tú y ellos puedan ser siempre
benignos unos con otros, misericordiosos, perdonándoos unos
a otros, como Dios también os perdonó a vosotros en Cristo.97
¿No te has dejado llevar por algún deseo torpe, algún afecto
desordenado? ¿Cómo podrá entonces el amor de Dios tener un
lugar en tu corazón hasta tanto no hayas abandonado tus
ídolos? No os engañéis; Dios no puede ser burlado:98 no
habitará en un corazón dividido. Mientras mantengas a Dalila
en tu regazo, no hay allí lugar para él. Vanamente esperarás
recuperar su luz si antes no arrancas tu ojo derecho y lo echas
de ti.99 No te demores más: clama a Dios para que él te permita
hacerlo. Llora tu impotencia y desamparo y el Señor será tu
ayudador y podrás entrar por la puerta estrecha.100 Arroja todos
los ídolos de su santuario y pronto aparecerá la gloria del
Señor.101
5. Tal vez es precisamente esto, la falta de esfuerzo, la
pereza espiritual, lo que mantiene tu alma en la oscuridad.
Vives tranquilo en el país: no hay guerra en tus costas y por eso
te sientes seguro y despreocupado. Te mantienes en el camino
despejado de los deberes externos y estás contento de vivir allí.
¿Y te preguntas por qué está muerta tu alma? ¡Despiértate ante
el Señor! Levántate y sacúdete el polvo: lucha con Dios para
97 Ef. 4.32.
98 Gá. 6.7.
99 Mt. 5.29.
100 Mt. 7.13.
101 Véase Lv. 9.6.
1 60 Sermón 46
alcanzar la gran bendición;102 abre a Dios tu corazón en oración
y persevera suplicándole.103 ¡Vigila! ¡Despierta de tu sueño y
mantente despierto! Si no lo haces, nada puedes esperar sino
quedar cada vez más y más alejado de la luz y la vida de Dios.
6. Si luego del más completo e imparcial examen de ti
mismo no puedes descubrir nada en tu vida actual que pueda
justamente ser llamado inercia espiritual, ni pecado exterior o
interior, acuérdate del pasado, recuerda el pasado. Considera tu
temperamento, palabras y acciones. ¿Fueron correctas a los ojos
del Señor? Ponte en comunión con él en tu cuarto y guarda
silencio.104 Pídele que examine tu interior y te traiga a la
memoria todo lo que haya irritado los ojos de su majestad.105 Si
la culpa de algún pecado del que no te has arrepentido
permanece aún en tu alma, no podrás evitar quedar en tinieblas
hasta que, habiendo sido renovados por el arrepentimiento,106
seas de nuevo lavado, por la fe, en el manantial abierto para la
purificación del pecado y de la inmundicia.107
7. El remedio es totalmente diferente si la causa de la
enfermedad no es el pecado sino la ignorancia. Puede ser la
ignorancia del significado de la Escritura, tal vez causada por
comentaristas ignorantes —ignorantes, al menos, con respecto a
este tema, por más conocedores y eruditos que sean en otros—.
En este caso es necesario destruir la ignorancia antes de poder
despejar las tinieblas que de ella nacen. Debemos mostrar el
verdadero significado de los textos que han sido mal entendi-
dos. No puedo detenerme a explicar todos los pasajes de la
Escritura que han sido forzados a este respecto. Mencionaré
102 Gn. 32.25-26.
103 Ef. 6.18.
104 Cf. Sal. 4.4.
105 Is. 3.8.
106 He. 6.6.
107 Zac. 13.1.
La condición de desierto 161
solamente dos o tres que han sido frecuentemente aducidos para
probar que todos los creyentes, tarde o temprano, tienen que
andar en tinieblas.108
8. Uno de esos textos es Isaías 50.10: «¿Quién hay
entre vosotros que teme a Jehová, y oye la voz de su siervo? El
que anda en tinieblas y carece de luz, confíe en el nombre de
Jehová, y apóyese en su Dios». ¿Pero dónde se dice, en el texto
o en su contexto, que la persona de la que aquí se habla haya
tenido alguna vez luz? Quien es redargüido de pecado109 teme
al Señor y obedece la voz de su siervo. Al tal deberíamos
aconsejarle, aunque todavía esté su alma en tinieblas y nunca
haya visto la luz del rostro de Dios, que confíe en el nombre del
Señor y se apoye en su Dios. Este texto, pues, de manera
alguna prueba que un creyente en Cristo deba, a veces «andar
en tinieblas».
9. Otro texto que se supone que enseña la misma
doctrina es Oseas 2.14, «la atraeré y la llevaré al desierto, y
hablaré a su corazón». De aquí deducen que Dios conducirá a
todo creyente al desierto, a una condición de muerte y tinieblas.
Pero es evidente que el texto no habla de tal cosa. Porque no se
refiere para nada a creyentes individualmente. Se refiere
claramente a la nación judía y tal vez solamente a ella. Pero si
puede aplicarse a personas particulares, el sentido es claramente
el siguiente: «los atraeré por el amor; después los haré reconocer
su pecado y luego los consolaré con mi misericordia que
perdona».
10. Un tercer pasaje de la Escritura del que se ha
sacado la misma conclusión es el que ya hemos citado:
«Vosotros ahora tenéis tristeza; pero os volveré a ver, y se
gozará vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo».110
108 Is. 59.9; Jn. 8.12.
109 Jn. 8.46.
110 Jn. 16.22.
1 62 Sermón 46
Algunos han supuesto que esto significa que Dios, luego de
algún tiempo, se alejaría del creyente y que éste no podría, hasta
haber pasado por esa experiencia, tener el gozo que nadie puede
quitar. Pero todo el contexto muestra que nuestro Señor habla
aquí personalmente a los apóstoles y no a otros y que se refiere
a esos acontecimientos particulares —su propia muerte y
resurrección—. «Un poco (de tiempo), dice y no me veréis; es
decir, mientras esté en el sepulcro. Y de nuevo un poco y me
veréis,111 cuando resucite de los muertos. Lloraréis y
lamentaréis, y el mundo se alegrará; pero vuestra tristeza se
transformará en gozo... Ahora tenéis tristeza porque ya no voy
a estar al frente de ustedes, pero os volveré a ver, luego de mi
resurrección, y se gozará vuestro corazón, y nadie os quitará
vuestro gozo, el gozo que entonces les daré». Sabemos que todo
esto se cumplió literalmente en el caso particular de los
apóstoles. Pero de allí nada puede inferirse con respecto a la
forma en que Dios trata a los creyentes en general.
11. Un cuarto texto (por no mencionar otros) que ha sido
frecuentemente citado como prueba de la misma doctrina es 1
Pedro 4.12: «Amados, no os sorprendáis del fuego de prueba
que os ha sobrevenido». Pero este texto es tan extraño al tema
como el precedente. El texto, traducido literalmente, dice así:
«Carísimos, no os extrañéis del fuego entre vosotros, porque es
para probaros». Esto puede referirse, secundariamente, a
pruebas interiores, pero primariamente se refiere
indudablemente al martirio y a los sufrimientos con él
relacionados. Por lo tanto nada tiene que ver este texto con el
propósito para el que se lo utiliza. Y podemos desafiar a
cualquier persona a que presente un texto, del Antiguo o del
Nuevo Testamento, que sea más pertinente que éste para este
asunto.
111 Jn. 16.16-17.
La condición de desierto 163
12. «¿Pero no son las tinieblas mucho más convenien-
tes para el alma que la luz? ¿No se lleva a cabo la obra de Dios
en el corazón más rápida y eficazmente durante una condición
de sufrimiento interior? ¿No es el creyente purificado más
rápida y plenamente mediante el dolor que mediante el gozo,
mediante la angustia y el sufrimiento y la aflicción y el martirio
espiritual que por una paz continua?» Esto es lo que enseñan los
místicos, lo que dicen sus libros; pero no lo que dicen los
oráculos de Dios. ¡La Escritura no dice en ninguna parte que la
ausencia de Dios perfeccione su obra en el corazón! Lo que lo
hace es más bien su presencia y una clara comunión con el Padre
y el Hijo. Una firme conciencia de ello hará más en una hora
que su ausencia en un siglo. El gozo en el Espíritu Santo
purificará el alma mucho más eficazmente que la ausencia de
ese gozo. La paz de Dios es el mejor medio para refinar el alma
y eliminar de ella la escoria de los afectos terrenales.
Desechemos, pues, el inútil concepto de que el Reino de Dios
está dividido contra sí mismo; que la paz de Dios y el gozo en
el Espíritu Santo obstruyen la justicia y que somos salvos, no
por la fe112 sino por la incredulidad, no por la esperanza sino por
la desesperación.
13. Mientras la gente sueñe de esa manera, es natural
que anden en las tinieblas. No cesará el efecto hasta que
desaparezca la causa. Ni debemos imaginar que cesará de
inmediato aunque ya no esté la causa. Cuando la oscuridad ha
sido causada por la ignorancia o el pecado, una u otro pueden
ser quitados y sin embargo la luz que ellos obstruían no
reaparecerá de inmediato. Puesto que es don de Dios, él puede
restaurarlo más pronto o más tarde, según le plazca. En el caso
de pecado, no podemos razonablemente esperar que la luz
regrese inmediatamente. El pecado comenzó antes que el
castigo y puede, por lo tanto, con justicia permanecer luego de
112 Ef. 2.8.
1 64 Sermón 46
que el pecado ha terminado. Aun en el curso natural de las cosas,
una herida no puede curarse mientras la flecha está aún clavada
en la carne, pero tampoco cicatriza tan pronto como se la
arranca, sino que el dolor y la inflamación pueden durar hasta
mucho después.
14. Finalmente, si las tinieblas son ocasionadas por
muchas, pesadas e inesperadas tentaciones, la mejor forma de
prevenirlas y eliminarlas es ésta: enseñar siempre a los
creyentes que esperen la tentación, puesto que viven en un
mundo malo, entre gente de actitud mala, artera y maliciosa y
que ellos mismos tienen un corazón capaz del mal. Convénzan-
los de que la plena santificación no se opera (como se lo
imaginan) en un instante, que cuando primero creen son como
infantes recién nacidos,113 que gradualmente deben crecer y
que deben esperar pasar por muchas tormentas antes de llegar a
la plena estatura de Cristo.114 Sobre todo, instrúyanlos para
que, cuando se precipite la tormenta, no se pongan a discutir
con el Diablo, sino a orar, a derramar su alma ante Dios y
mostrarle a él sus cuitas. Y éstas son las personas a quienes más
debemos aplicar la medicina de promesas tan grandes y
preciosas: no a los ignorantes hasta que los hayamos instruido y
mucho menos a pecadores inconversos. A éstos debemos
anunciar con frecuencia y cariño el amor de Dios nuestro
Salvador y explayarnos acerca de la tierna misericordia que
siempre ha tenido hacia el género humano. Debemos señalar
detenidamente la fidelidad de Dios, cuya palabra es acabada-
mente probada,115 y sobre el poder de la sangre que ha sido
derramada por nosotros para limpiarnos de todo pecado.116
Dios dará testimonio de su palabra y librará sus almas de su
113 1 P. 2.2.
114 Ef. 4.13.
115 Cf. Sal. 119.130.
116 1 Jn. 1.7.
La condición de desierto 165
tribulación. Él dirá: «Levántate, resplandece; porque ha venido
tu luz, y la gloria de Jehová ha nacido sobre ti».117 Sí, y esa luz,
si marchas humildemente muy cerca de Dios, va en aumento
hasta que el día es perfecto.118
117 Is. 60.1.
118 Pr. 4.18.