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Sermón 45 - El nuevo nacimiento

Juan 3.7

Os es necesario nacer de nuevo.

1. Si algunas doctrinas, dentro del ámbito total del

cristianismo, pueden propiamente llamarse fundamentales,

indudablemente lo son estas dos: la doctrina de la justificación

y la del nuevo nacimiento: la primera en relación con la gran

obra que Dios hace por nosotros, al perdonar nuestros pecados;

la segunda con la gran obra que Dios hace en nosotros, al

renovar nuestra naturaleza caída. En orden cronológico,

ninguna de éstas es anterior a la otra. En el mismo momento en

que somos justificados por la gracia de Dios mediante la

redención que hay en Jesús somos también nacidos del

Espíritu;1 pero en el orden del pensamiento, como se dice, la

justificación precede al nuevo nacimiento. Primeramente

concebimos que su ira es apartada, y luego que su Espíritu obra

en nuestros corazones.

2. ¡De cuán gran importancia, entonces, debe ser para

todo ser humano entender a fondo estas doctrinas fundamenta-

les! Por estar plenamente convencidos al respecto, muchas

excelentes personas han escrito muy extensamente acerca de la

justificación, explicando todos los puntos con ella relacionados,

abriendo las Escrituras que la consideran. Del mismo modo,

muchos han escrito acerca del nuevo nacimiento —y algunos de

ellos bastante largo— pero sin embargo no tan claramente como

hubiera sido de desear, ni tan profunda ni exactamente, y más

bien han entregado una descripción abstrusa y oscura acerca de

1 Cf. Jn. 3.6, 8.

125

1 26 Sermón 45

él, u otra ligera y superficial. Por lo tanto, parece que todavía

hace falta una evaluación completa y al mismo tiempo clara del

nuevo nacimiento. Una consideración tal que nos capacite para

dar respuesta satisfactoria a estas tres preguntas: Primero, ¿por

qué debemos nacer de nuevo? ¿Cuál es el fundamento de esta

doctrina del nuevo nacimiento? En segundo lugar, ¿cómo

debemos nacer otra vez? ¿Cuál es la naturaleza del nuevo

nacimiento? Y en tercer lugar, ¿para qué debemos nacer de

nuevo? ¿Con qué fin es necesario? Trataré de responder breve

y sencillamente a estas preguntas, y luego agregaré algunas

deducciones que fluyen de ellas naturalmente.

I.1. En primer lugar, ¿Por qué debemos nacer de

nuevo? ¿Cuáles son los fundamentos de esta doctrina? Su

fundamento es casi tan profundo como la creación del mundo,

en el relato bíblico donde leemos: «Y Dios», el Dios trino,

«dijo: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a

nuestra semejanza. Y creó Dios al hombre a su imagen, a

imagen de Dios lo creó».2 No solamente a su imagen natural,

figura de su propia inmortalidad, un ser espiritual dotado de

entendimiento, libre albedrío y diversos afectos; no meramente

a su imagen política, gobernador del mundo inferior, que

«señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las

bestias, en toda la tierra...»,3 sino mayormente a su imagen

moral, la cual, conforme al apóstol, es justicia y verdadera

santidad.4 Conforme a esta imagen de Dios fue hecho el ser

humano. Dios es amor;5 por consiguiente el humano, al ser

creado, estaba lleno de amor, el cual era el principio único de

todos sus estados de ánimo, pensamientos, palabras y acciones.

2 Gn. 1.26-27.

3 Cf. Gn. 1.26.

4 Cf. Ef. 4.24.

5 1 Jn. 4.8, 16.

El nuevo nacimiento 127

Dios está lleno de justicia, misericordia y verdad: así era el

humano al salir de las manos de su Creador. Dios es pureza

inmaculada: y así era el ser humano en el principio, puro, sin

mancha pecaminosa alguna. De otro modo Dios no hubiera

podido declarar que el humano era tal como todas las otras obras

de sus manos, muy bueno.6 Esto hubiera sido imposible si el ser

humano no estuviese puro de pecado, y lleno de justicia y

verdadera santidad. Porque no hay término medio. Si

suponemos que una criatura inteligente no ama a Dios, que no

es justa ni santa, necesariamente suponemos que no es para nada

buena, mucho menos que sea «muy buena».

2. Pero aunque el humano fue hecho a imagen de Dios,

sin embargo no fue hecho inmutable. Esto hubiera sido

incompatible con el estado de prueba en que Dios quiso

colocarlo. Por lo tanto, fue creado capaz de permanecer firme y

sin embargo sujeto a la posibilidad de caer. Y de esto Dios

mismo le previno y le dio una solemne advertencia al respecto.

Sin embargo, el hombre no permaneció en honra.7 Cayó de su

alto estado. Comió del árbol del cual Dios le había ordenado:

No comerás de él.8 Mediante este acto voluntario de

desobediencia a su Creador, esta rebelión simple y llana contra

su soberano, declaró abiertamente que ya no quería que Dios

gobernase sobre él; que deseaba ser gobernado por su propia

voluntad, y no por la voluntad de quien le había creado, y que

no buscaría su felicidad en Dios, sino en el mundo, en las obras

de sus manos. Ahora bien, Dios le había dicho antes: «El día

que de él comieres, ciertamente morirás».9 Y la palabra del

Señor no puede ser quebrantada. Por consiguiente, en ese día

murió: murió para Dios, la más espantosa de todas las muertes.

6 Cf. Gn. 1.31.

7 Cf. Sal. 49.12.

8 Cf. Gn. 3.11, 17.

9 Gn. 2.17.

1 28 Sermón 45

Perdió la vida de Dios: fue separado de aquél en cuya unión

consistía su vida espiritual. El cuerpo muere cuando se separa

del alma; el alma cuando se separa de Dios. Pero Adán padeció

esta separación de Dios en el día y la hora en que comió del fruto

prohibido. Y de ello dio prueba inmediata, mostrando al

momento por su conducta que el amor de Dios se había

extinguido en su alma, la cual estaba ahora ajena de la vida de

Dios.10 En su lugar, estaba ahora bajo el poder del miedo servil,

de modo que huyó de la presencia del Señor.11 Ciertamente,

tan poco retenía el conocimiento de aquel que llena los cielos y

la tierra que se escondió de la presencia de Jehová Dios entre

los árboles del huerto.12 Así había perdido tanto el

conocimiento como el amor de Dios, sin los cuales la imagen

de Dios no puede subsistir. Por lo tanto, al mismo tiempo fue

privado de ella, y quedó desprovisto de santidad y de felicidad.

En lugar de éstas, quedó sumergido en el orgullo y la

obstinación, que son la misma imagen del diablo, y en los

deseos y apetitos sensuales, a imagen de las bestias que

perecen.

3. Si se dijera: "No, pero esa amenaza «El día que de él

comieres, ciertamente morirás», se refiere a la muerte

temporal y a esta sola, a la muerte del cuerpo solamente", la

respuesta es sencilla: afirmar tal cosa es llana y palpablemente

hacer a Dios mentiroso, aseverar que el Dios de verdad afirmó

algo contrario a la verdad. Porque es evidente que Adán no

murió en ese sentido «el día que de él comió». Después vivió,

en el sentido contrario a esa muerte, más de novecientos años;

de modo que esto no puede entenderse como la muerte del

cuerpo sin impugnar la veracidad de Dios. Por lo tanto, debe

10 Cf. Ef. 4.18.

11 Cf. Jon. 1.10.

12 Cf. Gn. 3.8.

El nuevo nacimiento 129

entenderse como muerte espiritual, como la pérdida de la vida e

imagen de Dios.

4. Y en Adán todos mueren,13 todo el género humano,

todos los seres humanos que entonces estaban en las entrañas de

Adán. La consecuencia natural de esto es que todo aquel que

desciende de él llega al mundo espiritualmente muerto, muerto

para Dios, enteramente muerto en pecado;14 totalmente vacío de

la vida de Dios, vacío de la imagen de Dios, de toda esa justicia

y santidad15 en la cual Adán fue creado. En lugar de esto, todo

ser humano nacido en el mundo lleva ahora la imagen del

diablo, en orgullo y obstinación, la imagen de la bestia, en

apetitos y deseos sensuales. Éste es entonces el fundamento del

nuevo nacimiento: la corrupción total de nuestra naturaleza. Por

consiguiente, siendo nacidos en pecado,16 nos es necesario

nacer de nuevo.17 Luego, todo aquel que es nacido de mujer

debe nacer del Espíritu de Dios.

II.1. Pero ¿cómo debe una persona nacer de nuevo?

¿Cuál es la naturaleza del nuevo nacimiento? Ésta es la segunda

pregunta. Y es una pregunta de la mayor trascendencia que se

puede concebir. Por lo tanto, en una cuestión de tanto peso no

debemos contentarnos con una investigación liviana, sino

examinarla con todo el cuidado posible y sopesarla en nuestros

corazones hasta que comprendamos plenamente este punto tan

importante y veamos claramente cómo hemos de nacer de

nuevo.

2. No se trata de que hemos de esperar alguna

descripción minuciosa y filosófica de la manera como esto

13 Cf. 1 Co. 15.22.

14 Cf. Ef. 2.5; Col. 2.11.

15 Cf. Ef. 4.24.

16 Cf. Jn. 9.34.

17 Cf. Jn. 3.7.

1 30 Sermón 45

sucede. Nuestro Señor nos advierte lo suficiente contra

cualquier expectativa semejante mediante las palabras que

siguen inmediatamente al texto, donde le recuerda a Nicodemo

un hecho tan indiscutible como cualquier otro en todo el ámbito

de la naturaleza, el cual, sin embargo, la persona más sabia bajo

el sol no es capaz de explicar del todo. «El viento de donde

quiere sopla», no por tu poder o sabiduría, «y oyes su sonido».

Estás absolutamente seguro, más allá de toda duda, de que

sopla. «Mas ni sabes de dónde viene ni a dónde va». Nadie

puede decir con precisión cómo comienza y cómo termina,

cómo se alza y cómo cae. «Así es todo aquel que es nacido del

Espíritu». Puedes estar tan seguro de este hecho como del soplar

del viento, pero la manera precisa en que ello sucede, cómo el

Espíritu Santo obra esto en el alma, ni tú ni el más sabio de los

seres humanos es capaz de explicarlo.

3. Sin embargo, basta para todo propósito cristiano y

racional que, sin descender a indagaciones curiosas y críticas,

podamos dar una descripción sencilla y bíblica de la naturaleza

del nuevo nacimiento. Esto ha de satisfacer a toda persona

razonable que sólo desea la salvación de su alma. La expresión

«nacido de nuevo» no fue usada por primera vez por nuestro

Señor en su conversación con Nicodemo. Era bien conocida

antes de esa ocasión, y era de uso común entre los judíos antes

de que nuestro Salvador se presentase entre ellos. Cuando un

pagano adulto se convencía de que la religión judía tenía origen

divino y deseaba unirse a ella, era costumbre bautizarlo primero

antes de ser admitido a la circuncisión. Y cuando era bautizado

se decía que había «nacido de nuevo»: por lo cual se significaba

que quien era antes hijo del diablo era ahora admitido en la

familia de Dios y contado como uno de sus hijos. Por lo tanto,

esta expresión que Nicodemo, siendo maestro de Israel,18

debiera haber comprendido bien, es empleada por nuestro

18 Cf. Jn. 3.10.

El nuevo nacimiento 131

Señor al conversar con él, sólo que en un sentido más vigoroso

que aquél al cual él estaba acostumbrado. Y ésta puede ser la

razón de que haya preguntado: «Cómo puede hacerse esto?»19

No puede serlo naturalmente. «Un hombre» no puede «entrar

por segunda vez en el vientre de su madre y nacer».20 Pero

espiritualmente puede ser. Una persona puede nacer de

arriba,21 nacer de Dios,22 nacer de Espíritu,23 en un sentido que

contiene una analogía muy cercana al nacimiento natural.

4. Antes que un niño nazca en el mundo tiene ojos pero

no ve, tiene oídos pero no oye. Tiene un uso imperfecto de todos

los otros sentidos. No tiene conocimiento de ninguna de las

cosas que hay en el mundo, ni ningún entendimiento natural. A

ese modo de existencia que entonces tiene ni siquiera le

llamamos vida. Solamente cuando la persona nace decimos que

comienza a vivir, pues tan pronto como nace comienza a ver la

luz y los variados objetos que le circundan. Se abren sus oídos

y oye los sonidos que sucesivamente llegan a ellos. Al mismo

tiempo, todos los otros órganos de los sentidos comienzan a

ejercitarse sobre sus objetos propios. Asimismo, respira y vive

de una manera totalmente diferente a la que antes lo hacía. ¡Con

cuánta exactitud se mantiene el paralelo en todas estas

instancias! Mientras una persona está en su mero estado natural,

antes que haya nacido de Dios, no tiene relación con él, no está

familiarizado con él en absoluto. No tiene verdadero

conocimiento de las cosas de Dios, tanto de las cosas

espirituales como de las eternas. Por tanto, aunque sea un ser

humano vivo, es un cristiano muerto. Pero tan pronto como es

nacido de Dios hay un cambio total en todos estos aspectos. Se

19 Jn. 3.9.

20 Cf. Jn. 3.4.

21 Cf. Jn. 3.3.

22 Cf. 1 Jn. 3.9.

23 Cf. 1 Jn. 3.9, etc.

1 32 Sermón 45

abren los ojos de su entendimiento24 (tal es el lenguaje del gran

Apóstol). Y aquel que antiguamente mandó que de las

tinieblas resplandeciese la luz, y que resplandeciese en su

corazón, hará que la persona reciba la iluminación de la gloria

de Dios, su glorioso amor, en la faz de Jesucristo.25 Habiendo

sido abiertos sus oídos, es ahora capaz de oír la voz interior de

Dios que le dice: «Ten ánimo, tus pecados te son perdona-

dos».26 Esto significa lo que Dios habla a su corazón, aunque

quizás no en estas mismas palabras. Ahora está listo para oír

cualquier cosa que el que enseña al hombre la ciencia27 se

complazca revelarle de tanto en tanto. «Siente en su corazón

(para emplear el lenguaje de nuestra Iglesia) el poderoso obrar

del Espíritu de Dios». No en un sentido burdo y carnal, tal

como los del mundo estúpida y maliciosamente malentienden

esta expresión, aunque se les haya explicado una y otra vez,

sino que por ella significamos nada más ni nada menos que esto:

que siente interiormente y es sensible a las gracias que el

Espíritu de Dios obra en su corazón. Siente, y sabe que siente,

la paz que sobrepasa todo entendimiento.28 Muchas veces

siente tal gozo en Dios que es algo inefable y glorioso.29 Siente

el amor de Dios derramado en su corazón por el Espíritu

Santo que le fue dado.30 Y todos sus sentidos espirituales son

ejercitados en el discernimiento del bien y del mal.31 Mediante

el uso de éstos crece diariamente en el conocimiento de Dios y

de Jesucristo a quien ha enviado, y de todo lo que corresponde

24 Cf. Ef. 1.18.

25 Cf. 2 Co. 4.6.

26 Cf. Mt. 9.2.

27 Cf. Sal. 94.10.

28 Cf. Fil. 4.7.

29 Cf. 1 P. 1.8.

30 Cf. Ro. 5.5.

31 Cf. He. 5.14.

El nuevo nacimiento 133

a su reino interior. Y ahora puede decirse cabalmente de él que

vive: Dios le ha vivificado mediante su espíritu.32 Está vivo para

Dios en Cristo Jesús.33 Vive una vida que el mundo no conoce,

una vida que está escondida con Cristo en Dios.34 Dios está

permanentemente respirando, por así decir, sobre su alma, y su

alma está respirando en Dios. La gracia desciende hasta dentro

de su corazón, y la oración y la alabanza ascienden al cielo. Y

mediante este intercambio entre Dios y la persona, esta

comunión con el Padre y con su Hijo,35 como por una forma de

respiración espiritual, es sustentada la vida de Dios en el alma,

y el hijo de Dios crece, hasta que alcanza la medida de la

estatura de la plenitud de Cristo.36

5. Por tanto, aquí se manifiesta claramente cuál es la

naturaleza del nuevo nacimiento. Es el gran cambio que Dios

opera en el alma cuando la trae a la vida, cuando la levanta de

la muerte del pecado a la vida de justicia. Es el cambio obrado

en toda el alma por el todopoderoso Espíritu de Dios cuando ella

es de nuevo creada en Cristo Jesús,37 cuando es renovada

conforme a la imagen de Dios,38 en la justicia y santidad de la

verdad,39 cuando el amor al mundo es transformado en el amor

a Dios, el orgullo en humildad, la pasión en mansedumbre, el

odio, la envidia y la malicia en un amor sincero, tierno y

desinteresado por todo el género humano. En una palabra, es

ese cambio mediante el cual la mente terrenal, animal,

32 Cf. 1 P. 3.18.

33 Cf. Ro. 6.11.

34 Col. 3.3.

35 Cf. 1 Jn. 1.3.

36 Cf. Ef. 4.13.

37 Cf. Ef. 2.10.

38 Cf. Col. 3.10.

39 Cf. Ef. 4.24.

1 34 Sermón 45

diabólica40 se transforma en el sentir que hubo también en

Cristo Jesús.41 Ésta es la naturaleza del nuevo nacimiento. Así

es todo aquel que es nacido del Espíritu.42

III.1. No es difícil para quien ha considerado estas

cosas ver la necesidad del nuevo nacimiento, y responder a la

tercera pregunta: ¿Para qué, con qué fin, es necesario nacer

otra vez? Muy fácilmente se percibe que es necesario, en

primer lugar, para la santidad. ¿Pues qué es la santidad,

conforme a los oráculos de Dios? No una religión apenas

externa ni una ronda de deberes exteriores, por muchos que

éstos puedan ser y por más exacto que sea su cumplimiento. No:

la santidad del Evangelio es nada menos que la imagen de

Dios estampada en el corazón. No es otra cosa que el pleno

sentir que hubo en Cristo Jesús. Consiste en todos los afectos y

tendencias celestiales combinados juntos en uno. Implica un

amor tan continuo y agradecido hacia aquel que no nos

escatimó a su Hijo, su único Hijo,43 que nos resulta natural y

necesario amar a toda criatura humana; dado que nos llena con

entrañas de misericordia, de benignidad, de humildad, de

mansedumbre, de paciencia.44 Es un amor a Dios de tal

calidad que nos enseña a ser intachables en toda clase de

conversación, que nos capacita para presentar nuestras almas y

cuerpos, todo lo que somos y todo lo que tenemos, todos

nuestros pensamientos, palabras y acciones, como un sacrificio

continuo aceptable a Dios por medio de Jesucristo.45 Ahora

bien, esta santidad no puede tener existencia alguna hasta que

40 Cf. Stg. 3.15.

41 Cf. Fil. 2.5.

42 Jn. 3.8.

43 Cf. Gn. 22.12, 16.

44 Cf. Col. 3.12.

45 Cf. 1 P. 2.5.

El nuevo nacimiento 135

somos renovados en la imagen de nuestra mente. No puede

comenzar en el alma hasta que se produzca dicho cambio, hasta

que mediante el poder del Altísimo, cubriéndonos con su

sombra,46 seamos traídos de las tinieblas a la luz, y de la

potestad de Satanás a Dios;47 esto es, hasta que nazcamos de

nuevo, lo cual, por lo tanto, es absolutamente necesario en orden

a la santidad.

2. Pero sin santidad nadie verá al Señor,48 ni verá la faz

de Dios en gloria. Por consiguiente, el nuevo nacimiento es

absolutamente necesario para la salvación eterna. Las personas

pueden adularse a sí mismas pensando (¡tan desesperadamente

perverso y engañoso es el corazón humano!)49 que pueden vivir

en sus pecados hasta llegar al último aliento y a pesar de ello

vivir después con Dios. Y miles realmente creen que han

encontrado un camino espacioso que no lleva a la perdición.50

¿En qué peligro, dicen, puede estar una mujer tan inofensiva y

tan virtuosa? ¿Qué peligro hay de que un hombre tan honesto,

de una moralidad tan estricta pueda perderse el cielo?

Especialmente si por encima y más allá de todo esto asisten

constantemente a la iglesia y participan de los sacramentos.

Alguno de ellos preguntará, con toda seguridad: «Y qué: ¿no

habrá de irme tan bien como a mis vecinos?» Sí, tan bien como

a tus vecinos impíos, tan bien como a tus vecinos que morirán

en sus pecados. Porque todos caerán juntos a la fosa, dentro

del infierno más profundo. Todos ustedes han de yacer juntos

en el lago de fuego, el lago de fuego que arde con azufre.51

Entonces finalmente verás (¡pero Dios te conceda que puedas

46 Cf. Lc. 1.35.

47 Cf. Hch. 26.18.

48 Cf. He. 12.14.

49 Cf. Jer. 17.9.

50 Cf. Mt. 7.13.

51 Cf. Ap. 19.20.

1 36 Sermón 45

verlo antes!) la necesidad de la santidad para alcanzar la gloria,

y por consiguiente del nuevo nacimiento, ya que nadie puede

ser santo sin haber nacido de nuevo.

3. Por la misma razón, sin nacer de nuevo nadie puede

ser feliz ni aun en este mundo. Porque no es posible, según la

naturaleza de las cosas, que sea feliz una persona que no es

santa. Aun el pobre poeta pagano nos dice, nemo malus felix52

(ningún malo es feliz). La razón es sencilla: toda tendencia

impía es una tendencia incómoda. No sólo la malicia, el odio, la

envidia, los celos, la venganza crean un infierno presente en el

corazón, sino que aun las pasiones más suaves, si no se

mantienen dentro de los límites debidos, dan mil veces más

dolor que placer. Hasta la esperanza, cuando se demora (¡y

cuán a menudo tal ha de ser el caso!) es tormento del corazón.53

Y todo deseo que no concuerda con la voluntad de Dios tiende

a traspasarnos con muchos dolores.54 Y todas esas fuentes de

pecado, orgullo, contumacia e idolatría son, en la misma

proporción en que prevalecen, fuentes de miseria. Por lo tanto,

mientras reinen en cualquier alma, allí la felicidad no tiene

lugar. Pero deben reinar hasta que la inclinación de nuestra

naturaleza cambie, esto es, hasta que nazcamos de nuevo. Por lo

tanto, el nuevo nacimiento es absolutamente necesario para

lograr la felicidad en este mundo, así como en el mundo por

venir.

IV. Me propongo, en último término, añadir unas pocas

deducciones que se siguen naturalmente de las observaciones

precedentes.

1. En primer lugar se deduce que el bautismo no es el

nuevo nacimiento: no son una y la misma cosa. Por cierto que

52 Cita de Sátiras, del poeta latino Juvenal.

53 Cf. Pr. 13.12.

54 Cf. 1 Ti. 6.10.

El nuevo nacimiento 137

muchos parece que se imaginan que son lo mismo; por lo

menos, hablan como si así lo pensaran. Pero yo no conozco que

esta opinión sea sustentada públicamente por ninguna

denominación de cristianos. Ciertamente por ninguna dentro de

estos reinos, sea en la Iglesia establecida o en las que disienten

de ella. El juicio de estas últimas está claramente expuesto en el

Catecismo Mayor: «Pregunta: Cuáles son las partes de un

sacramento? Respuesta: Las partes de un sacramento son dos:

primero, un signo exterior y sensible... la otra, una gracia

interior y espiritual por él significado... P.: ¿Qué es el bautismo?

R.: El bautismo es un sacramento... por el cual Cristo ha

ordenado el lavamiento con agua... para que sea signo y sello

de... la regeneración por su Espíritu». Aquí queda manifiesto

que se habla del bautismo, el signo, como algo distinto a la

regeneración, la cosa significada.

Asimismo, en el Catecismo de la Iglesia se expone el

juicio de nuestra Iglesia con la mayor claridad. «¿Qué entiendes

por esta palabra: sacramento? Entiendo un signo exterior y

visible de una gracia interior e invisible.[...] ¿Cuál es la parte

exterior o formal en el bautismo? El agua, en la cual la persona

es bautizada, en el nombre del Padre, del Hijo y del Espíritu

Santo. ¿Cuál es la parte interior o la cosa significada? Una

muerte al pecado y un nuevo nacimiento para justicia». Por lo

tanto, nada es más evidente que, de acuerdo a la Iglesia

Anglicana, el bautismo no es el nuevo nacimiento.

Pero ciertamente la razón de esto es tan clara y evidente

que no necesita ninguna otra autoridad. ¿Pues qué cosa puede

ser más evidente que el hecho de que una es obra externa y la

otra es interna? Una es visible y la otra invisible, y por lo tanto

totalmente diferentes la una de la otra: una es un acto humano,

que purifica el cuerpo, y la otra un cambio operado por Dios en

el alma. De modo que la primera es tan exactamente distinguible

de la segunda como el cuerpo lo es del alma o como el agua lo

es del Espíritu Santo.

1 38 Sermón 45

2. De las reflexiones precedentes podemos, en segundo

lugar, observar que como el nuevo nacimiento no es la misma

cosa que el bautismo, así también no siempre acompaña al

bautismo; no van permanentemente juntos. Una persona puede

ser nacida del agua,55 y sin embargo no haber nacido del

Espíritu.56 A veces puede haber signo exterior donde no hay a

la vez gracia interior. No hablo ahora con respecto a los

párvulos: es cierto que nuestra Iglesia supone que todos aquellos

que son bautizados en su infancia al mismo tiempo nacen de

nuevo. Y se admite que todo el oficio del bautismo de párvulos

procede de esta suposición. Ni es objeción de algún peso contra

esto que no podamos comprender cómo esta obra es efectuada

en los párvulos, porque tampoco podemos comprender cómo es

realizada en una persona en edad madura. Pero sea como sea en

el caso de los párvulos, es seguro que no todos los adultos que

son bautizados nacen de nuevo al mismo tiempo. Porque por el

fruto se conoce el árbol.57 Y esto resulta demasiado evidente

como para negar que unos cuantos de los que eran hijos del

diablo antes de ser bautizados continúan siendo lo mismo

después del bautismo: porque hacen las obras de su padre;58

continúan como siervos del pecado, sin ningún reclamo de

santidad interior o exterior.

3. Una tercera deducción que se puede obtener de lo

dicho es que el nuevo nacimiento no es lo mismo que la

santificación. Por cierto que esto muchos lo dan por sentado,

especialmente un eminente escritor en su último tratado sobre

«Naturaleza y fundamentos de la regeneración cristiana». Para

omitir varias otras objeciones de peso que se pueden hacer a

dicho tratado, ésta es una bien palpable: en toda su extensión

55 Cf. Jn. 3.5.

56 Cf. Jn. 3.6, 8.

57 Mt.12.33.

58 Cf. Jn. 8.41, 44.

El nuevo nacimiento 139

habla de la regeneración como una obra progresiva llevada a

cabo en el alma, gradual y lentamente, desde el momento en que

por primera vez nos volvemos a Dios. Esto es una verdad

innegable en cuanto a la santificación; pero en cuanto a la

regeneración, al nuevo nacimiento, no es verdad. Éste es parte

de la santificación, no toda; es el portón de entrada a ella.

Cuando nacemos de nuevo comienza nuestra santificación,

nuestra santidad interior y exterior. Y desde entonces en

adelante gradualmente hemos de crecer en todo en aquel que es

nuestra cabeza.59 Esta expresión del apóstol ilustra

admirablemente la diferencia entre la una y la otra, y apunta aún

más allá a la analogía exacta que hay entre las cosas naturales y

las espirituales. Un niño nace de mujer en un momento o, por lo

menos, en un tiempo muy corto. Luego crece gradual y

lentamente hasta que alcanza la estatura de una persona adulta.

Del mismo modo, un hijo de Dios nace como tal en un tiempo

breve, si no en un momento. Pero luego crece gradual y

lentamente hasta la medida de la estatura de la plenitud de

Cristo.60 La misma relación pues que hay entre nuestro

nacimiento natural y nuestro crecimiento la hay también entre

nuestro nuevo nacimiento y nuestra santificación.

4. Un aspecto más podemos aprender de las observa-

ciones precedentes. Pero es de tanta importancia que puede

perdonársenos que lo consideremos más cuidadosamente y le

demos un tratamiento algo extenso. ¿Qué debe decirle alguien

que ama a las almas humanas y se aflige porque alguna de ellas

pueda perderse a una persona a quien ve que quebranta el día de

reposo, que vive en la ebriedad o en cualquier otro pecado

voluntario? ¿Qué puede decirle, si las observaciones anteriores

son correctas, sino «tienes que nacer de nuevo»? «No», dice

una persona celosa, «eso no puede ser. ¿Cómo se le puede

59 Cf. Ef. 4.15.

60 Cf. Ef. 4.l3.

1 40 Sermón 45

hablar con tanta falta de caridad a esa persona? ¿No ha sido ya

bautizado? Ahora no puede nacer de nuevo». ¿No puede ahora

nacer de nuevo? ¿Tú afirmas esto? Entonces no puede salvarse.

Aunque fuese tan viejo como Nicodemo, sin embargo, si no

naciere de nuevo, no puede ver el reino de Dios.61 Por lo tanto,

al decir que «no puede nacer de nuevo» estás de hecho

entregándolo a la condenación. ¿Y dónde está ahora la falta de

caridad? ¿De mi lado o del tuyo? Yo digo: «Puede nacer de

nuevo y llegar a ser heredero de la salvación». Tú dices: «No

puede nacer de nuevo». Y si es así, inevitablemente debe

perecer. ¡De este modo tú le obstruyes el camino a la salvación

y lo mandas al infierno por pura caridad!

Pero quizás al mismo pecador a quien con auténtica

caridad le decimos: «Tienes que nacer de nuevo», le han

enseñado a decir: «Yo desafío tu nueva doctrina; no necesito

nacer de nuevo. Nací de nuevo cuando fui bautizado. ¡Qué!

¿Quieres que niegue mi bautismo?» Contesto: no hay nada bajo

el cielo que sirva de excusa a una mentira. De otra manera, le

diría a uno que abiertamente vive en pecado: «Si has sido

bautizado no lo confieses. ¡Porque en cuánta medida esto

agrava tu culpa! ¡Cómo aumenta tu condenación! ¿Fuiste

consagrado a Dios a los ocho días de nacer y luego te has

consagrado todos estos años al diablo? ¿Fuiste tú consagrado,

aun antes de tener uso de razón, a Dios el Padre, el Hijo y el

Espíritu Santo? ¿Y, después que tuviste uso de ella, has estado

huyendo del rostro de Dios y te has consagrado a Satanás?

¿Acaso la abominación desoladora,62 el amor al mundo, el

orgullo, la ira, la lujuria, los deseos insensatos y todo un

conjunto de afectos viles se mantienen firmes donde no

deberían? ¿Has establecido todas estas maldiciones en esa alma

61 Cf. Jn. 3.3.

62 Cf. Mt. 24.15.

El nuevo nacimiento 141

que fue una vez templo del Espíritu Santo63 y apartada para

morada de Dios en el Espíritu?64 ¿Fuiste solemnemente

entregado a él, y te glorías en esto, en que una vez perteneciste

a Dios? ¡Oh, avergüénzate! ¡Ruborízate! ¡Escóndete bajo tierra!

¡Nunca te jactes de aquello que debiera llenarte de confusión y

avergonzarte delante de Dios y de los humanos!

Respondo, en segundo lugar, que ya has negado tu

bautismo, y lo has hecho de la manera más eficaz. Lo has

negado mil y mil veces, y todavía lo haces día a día. Porque en

tu bautismo renunciaste al diablo y a todas sus obras. Por lo

tanto, cuando quiera que le das lugar nuevamente, cuando haces

cualquiera de las obras del diablo, estás negando tu bautismo.

Por lo tanto, lo niegas mediante cualquier pecado voluntario,

mediante todo acto de impureza, ebriedad, o venganza,

mediante toda palabra obscena o profana, mediante todo

juramento que sale de tu boca. Todas las veces que profanas el

día del Señor niegas tu bautismo, y por cierto cada vez que haces

algo a otro que no quisieras que él te haga a ti.

Respondo en tercer lugar que, seas bautizado o no lo

seas, tienes que nacer de nuevo. De otra manera no te sería

posible ser interiormente santo, y sin la santidad interior así

como la exterior no puedes ser feliz ni siquiera en este mundo,

mucho menos en el mundo venidero. ¿Dices tú: «Pero es que yo

no hago daño a nadie, soy honesto en todos mis negocios,

no maldigo, ni tomo el nombre de Dios en vano, no profano el

día del Señor, no soy borracho, no calumnio a mi prójimo, ni

vivo en ningún pecado voluntario»? Si esto es así, mucho sería

de desear que todas las personas fueran tan lejos como tú. Pero

debes ir aún más lejos, o no podrás salvarte. Aún debes nacer

de nuevo. Tú agregas: «Yo voy más lejos; porque no

solamente no hago daño, sino que hago todo el bien que

63 Cf. 1 Co. 6.19.

64 Cf. Ef. 2.22.

1 42 Sermón 45

puedo». Esto lo dudo; me temo que has tenido mil oportunida-

des de hacer el bien que has dejado pasar desaprovechadas, y

por las cuales eres responsable ante Dios. Pero si las has

aprovechado a todas, si has hecho todo el bien que podías a

todas las personas, a pesar de esto, en nada cambia el caso.

Todavía debes nacer de nuevo. Sin ello, nada le hará bien a tu

alma pobre, pecadora y contaminada. «Pero es que yo asisto con

constancia a todas las ordenanzas de Dios: persevero en mi

iglesia y los sacramentos». Está bien que lo hagas. Pero esto no

te preservará del infierno, a menos que nazcas de nuevo. Ve a la

iglesia dos veces por día, participa de la mesa del Señor

semanalmente, haz muchas oraciones en privado, escucha

muchos sermones, buenos sermones, excelentes sermones, los

mejores que jamás hayan sido predicados; lee siempre muchos

libros buenos: todavía debes nacer de nuevo. Ninguna de estas

cosas puede ocupar el lugar del nuevo nacimiento. Ni ninguna

otra cosa bajo el cielo. Por lo tanto, si aún no has experimentado

esta obra interior de Dios, que sea tu oración constante: «Señor:

agrega ésta a todas tus bendiciones: que yo nazca de nuevo.

Niégame lo que te plazca, pero no me niegues esto: ser nacido

de arriba. Llévate cualquier cosa que te parezca bien:

reputación, fortuna, amigos, salud. ¡Dame solamente esto: ser

nacido del Espíritu! Ser recibido entre los hijos de Dios. Que

nazca yo, no de simiente incorruptible, sino de incorruptible,

por la palabra de Dios que vive y permanece para siempre.65 Y

entonces, que diariamente crezca en la gracia y en el

conocimiento de nuestro Señor y Salvador Jesucristo.66

65 1 P. 1.23.

66 Cf. 2 P. 3.18.