Sermón 44 - El pecado original
Génesis 6.5
Y vio Jehová que la maldad de los hombres era mucha
en la tierra, y que todo designio de los pensamientos del
corazón de ellos era de continuo solamente el mal.
1. ¡Qué diferencia tan amplia hay entre este texto y las
pinturas bonitas de la naturaleza humana que los humanos han
trazado en todas las edades! Los escritos de muchos de la
antigüedad abundan en descripciones alegres de la dignidad del
ser humano, al cual algunos pintan como poseedor por
naturaleza de toda virtud y felicidad, o al menos como
teniéndolas plenamente al alcance de su poder, sin estar sujeto
a ningún otro ser; o sea, como autosuficiente, capaz de vivir de
su propio haber y un poco inferior a Dios mismo.
2. No solamente los paganos, que eran guiados en sus
investigaciones por poco más que la tenue luz de la razón, sino
asimismo muchos de aquellos que llevan el nombre de Cristo y
a los cuales fueron confiados los oráculos de Dios hablaron tan
magníficamente acerca de la naturaleza humana, como si fuera
toda inocencia y perfección. Descripciones de esta índole han
sido particularmente abundantes en el siglo presente, y quizás
en ninguna otra parte del mundo más que en nuestro propio país.
Aquí no pocas personas de poderoso entendimiento, así como
de amplios conocimientos, han empleado sus máximas
capacidades para mostrar lo que designaron como «el lado bello
de la naturaleza humana». Y debe reconocerse que si sus
descripciones son justas, el humano todavía es un poco menor
107
1 08 Sermón 44
que los ángeles o, como se puede traducir más literalmente estas
palabras, un poco menor que Dios.1
3. ¿Es acaso asombroso que estas opiniones sean con
mucha rapidez recibidas por la generalidad de las personas?
Porque ¿Quién no es persuadido fácilmente a pensar
favorablemente de sí mismo? Por consiguiente, los escritores de
esta clase son leídos, admirados y aplaudidos casi
universalmente. Y son innumerables los conversos que han
conseguido, no solamente en el mundo superficialmente alegre,
sino también en el instruido. De modo que ahora está muy fuera
de moda hablar en sentido contrario, decir cualquier cosa
despreciativa acerca de la naturaleza humana, la cual, a pesar de
padecer algunas enfermedades, generalmente se admite que es
muy inocente, sabia y virtuosa.
4. Pero mientras tanto, ¿qué vamos a hacer con
nuestras Biblias? Porque ellas nunca van a estar de acuerdo con
esto. Estas opiniones, por más placenteras que sean para la
carne y la sangre, son totalmente irreconciliables con las
enseñanzas bíblicas. Las Escrituras previenen que por la
desobediencia de un hombre todos fueron constituidos
pecadores;2 que en Adán todos mueren,3 mueren espiritual-
mente, habiendo perdido la vida y la imagen de Dios; que
Adán, caído y pecador, engendró un hijo a su semejanza;4 ya
que no era posible que lo engendrara a ninguna otra semejanza,
porque ¿quién puede obtener algo limpio de lo inmundo?5
Que por consiguiente nosotros, así como los otros humanos,
estábamos por naturaleza6 muertos en delitos y pecados,7 sin
1 Sal. 8.5; He. 2.7, 9.
2 Cf. Ro. 5.19.
3 1 Co. 15.22.
4 Gn. 5.3.
5 Cf. Job. l4.4.
6 Cf. Ef. 2.3.
7 Cf. Ef. 2.1.
El pecado original 109
esperanza y sin Dios en el mundo,8 y éramos, por lo tanto,
hijos de ira;9 que toda persona puede decir: «En maldad he
sido formado, y en pecado me concibió mi madre»;10 que no
hay diferencia, por cuanto todos pecaron y están destituidos
de la gloria de Dios,11 de esa gloriosa imagen de Dios a la cual
el ser humano fue originalmente creado. Y por tanto, cuando
Dios miró desde los cielos sobre los hijos de los hombres, vio
que todos se desviaron, a una se han corrompido, no hay
ningún justo, no hay ni siquiera uno, ninguno que sinceramen-
te busque a Dios.12 Y esto justamente concuerda con lo
declarado por el Espíritu Santo en las palabras citadas
anteriormente: «Dios vio», cuando miró hacia abajo desde el
cielo, «que la maldad de los hombres era mucha en la tierra»,
tan grande que todo designio de los pensamientos del corazón
de ellos era de continuo solamente para el mal.13 Ésta es la
evaluación de Dios acerca del humano, de la cual tomaré
ocasión, primero, para mostrar qué eran los humanos antes del
diluvio; segundo, para averiguar si ahora son lo mismo; y,
tercero, para agregar algunas inferencias.
I.1. Primero, interpretando las palabras del texto, voy a
mostrar cómo eran los seres humanos antes del diluvio. Y
podemos confiar plenamente en el informe que aquí se nos da.
Porque Dios lo vio, y el no puede ser engañado. Él «vio que la
maldad de los hombres era mucha». No de este o de aquel
individuo; no solamente de unos pocos; no apenas de la
8 Ef. 2.10.
9 Cf. Ef. 2.3; 6.4.
10 Sal. 51.5.
11 Ro. 3.22-23.
12 Cf. Sal. 14.3-4.
13 Gn. 6.5.
1 10 Sermón 44
mayoría, sino del humano en general, de los seres humanos
universalmente. La palabra incluye a toda la raza humana, a
todo participante de la naturaleza humana. Y no es fácil para
nosotros estimar su número, decir cuántos miles y millones
eran. Entonces la tierra preservaba mucho de su belleza
primitiva y de su fertilidad original. La faz del mundo no estaba
desgarrada y violentada como ahora; primavera y verano iban
de la mano. Por lo tanto, es probable que proporcionara sustento
para muchos más habitantes que los que ahora es capaz de
sustentar. Y éstos deben haberse multiplicado enormemente ya
que los humanos engendraron hijos e hijas durante un total de
seis o siete siglos. Sin embargo, entre todo este número
inconcebible de personas, solamente Noé halló gracia ante
Dios.14 Él solo (quizás incluyendo parte de su familia) fue la
excepción de la maldad universal, la cual, por el justo juicio de
Dios, trajo la destrucción universal poco tiempo después. Todos
los demás fueron participantes de la misma culpa, así como lo
fueron del mismo castigo.
2. Dios vio que todo designio de los pensamientos de su
corazón: de su alma, del hombre interior, del espíritu que hay
en él, el principio de todos sus movimientos internos y externos.
Él «vio todos los designios». No es posible hallar una palabra
con un significado más extenso. Incluye cualquier cosa que sea
formada, hecha, fabricada interiormente; todo lo que existe o
sucede en el alma: toda inclinación, afecto, pasión, apetito; toda
tendencia, designio, pensamiento. Debe, por consiguiente,
incluir toda palabra y acción, tal como surge naturalmente de las
fuentes, y que es buena o mala conforme a la fuente de la cual
variadamente fluye.
3. Ahora bien, Dios vio que todo, su totalidad, era
malo, contrario a la rectitud moral; contrario a la naturaleza de
Dios, que necesariamente incluye todo bien; contrario a la
14 Cf. Gn. 6.8; Lc. 1.30.
El pecado original 111
divina voluntad, norma eterna del bien y del mal; contrario a la
imagen pura y santa de Dios, a la cual el humano fue
originalmente creado, y en la cual permanecía cuando Dios,
examinando las obras de sus manos, vio que todo ello era bueno
en gran manera;15 contrario a la justicia, la misericordia y la
verdad, y a las relaciones esenciales que cada persona tiene con
su Creador y sus congéneres.
4. Pero ¿no había allí algún bien mezclado con el mal?
¿No había allí alguna luz entremezclada con las tinieblas? No,
para nada: «Dios vio que todo designio de los pensamientos del
corazón de ellos era de continuo solamente el mal». Por cierto
que no puede negarse que muchos de ellos, quizás todos, tenían
buenos impulsos en sus corazones. Porque entonces el espíritu
de Dios también contendía con el hombre,16 por si acaso se
arrepintiese; especialmente durante esa suspensión por gracia
del castigo, los ciento veinte años durante el tiempo que era
preparada el arca. Pero todavía en su carne no moraba nada
bueno:17 toda su naturaleza era pura maldad. Era plenamente
consistente consigo misma, sin mezcla alguna con cualquier
naturaleza opuesta.
5. Sin embargo, puede ser todavía asunto a investigar:
«¿No había alguna interrupción de este mal? ¿No había
intervalos de lucidez, en los cuales se pudiese hallar algo bueno
en el corazón humano?» No estamos aquí para considerar lo que
la gracia de Dios puede ocasionalmente obrar en el alma. Sin
considerar esto, no tenemos razón para creer que hubiese alguna
interrupción de ese mal. Porque Dios, quien vio que todo
designio de los pensamientos del corazón de ellos era de
continuo solamente el mal, asimismo vio que siempre era lo
15 Cf. Gn. 1.31.
16 Cf. Gn. 6.3.
17 Cf. Ro. 7.18.
1 12 Sermón 44
mismo, que era de continuo, cada año, cada día, cada hora, cada
momento. Nunca se desviaba hacia el bien.
II. Tal es la auténtica evaluación de toda la raza humana,
la cual aquel que conoce lo que hay en el humano, y que
escudriña la mente y el corazón,18 ha dejado registrada para
nuestra instrucción. Así eran todos los seres humanos antes que
Dios trajese el diluvio sobre la tierra. En segundo lugar, vamos
a averiguar si es que ahora son lo mismo.
1. Y por cierto, las Escrituras no nos dan ninguna razón
para pensar de otra manera acerca de ellos. Al contrario, todos
los pasajes de las Escrituras antes citados se refieren a aquellos
que vivieron antes del diluvio. Fue más de mil años después que
Dios declaró, por medio de David, acerca de los humanos:
«Todos se desviaron» de la verdad y la santidad; «no hay quien
haga lo bueno, no hay ni siquiera uno».19 Y de esto dan
testimonio los profetas en sus diversas generaciones. Así lo dijo
Isaías con respecto al pueblo peculiar de Dios (y por cierto los
paganos se hallaban en una condición nada mejor): «Toda
cabeza está enferma y todo corazón doliente. Desde las planta
del pie hasta la cabeza no hay en él cosa sana, sino herida,
hinchazón y podrida llaga».20 La misma evaluación nos es dada
por todos los apóstoles, y así también por todo el tenor de los
oráculos de Dios. De todos éstos aprendemos acerca del
humano que, en su estado natural, sin la asistencia de la gracia
de Dios, todo designio de los pensamientos del corazón de ellos
es todavía malo, solamente malo, y esto continuamente.
2. Y esta descripción del estado presente del humano se
confirma por la experiencia diaria. Es verdad que el humano
natural no lo discierne. Y esto no es para asombrarse. Mientras
18 Cf. Ap. 2.23 y Jer. 17.10.
19 Cf. Sal. 14.4.
20 Isa. 1.5-6.
El pecado original 113
quien nació ciego permanece ciego, apenas sabe de su carencia.
Mucho menos, si pudiésemos suponer un lugar donde todos
nacieran sin vista, sabrían éstos de su necesidad. Del mismo
modo, mientras los seres humanos permanecen en su natural
ceguera de entendimiento no saben de sus necesidades
espirituales, y particularmente de ésta. Pero enseguida que Dios
les abre los ojos de su entendimiento, ven el estado en que antes
se hallaban, y entonces se convencen profundamente de que
todo hombre que vive, especialmente ellos mismos, es por
naturaleza completa vanidad;21 esto es, locura e ignorancia,
pecado y maldad.
3. Vemos pues, cuando Dios abre nuestros ojos, que
antes éramos áteoi én [to] kósmo: «sin Dios», o más bien,
«ateos en el mundo».22 Por naturaleza no teníamos conoci-
miento de Dios, ni trato con él. Es verdad que tan pronto como
alcanzamos uso de razón aprendimos las cosas invisibles de él,
su eterno poder y deidad,... por medio de las cosas hechas.23
A partir de las cosas que se ven inferimos la existencia de un
ser eterno, poderoso, que no se ve. Pero aun así, aunque
reconocimos su ser, no teníamos ningún trato con él. Así como
sabemos que hay un emperador en China, al cual sin embargo
no conocemos, así sabíamos que había un Rey de toda la tierra,
pero sin embargo no le conocíamos. Por cierto que no
podíamos conocerle mediante ninguna de nuestras facultades.
Por ninguna de éstas podíamos alcanzar el conocimiento de
Dios. No podíamos percibirlo por nuestro entendimiento
natural más de lo que podíamos verle con nuestros ojos.
Porque nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el
21 Cf. Sal. 39.5.
22 Cf. Ef. 2.12.
23 Cf. Ro. 1.20.
1 14 Sermón 44
Hijo quiere revelarlo. Y nadie conoce al Hijo sino el Padre, y
aquel a quien el Padre lo revele.24
4. Hemos leído acerca de un antiguo rey que desando
conocer cuál era el idioma natural de los seres humanos, para
darle cierta salida al asunto hizo el siguiente experimento: dio la
orden de que dos niños, tan pronto como nacieran, fuesen
conducidos a un lugar preparado para ellos, donde crecieron sin
ninguna instrucción y sin oír jamás la voz humana. ¿Y cuál fue
el resultado? Pues que cuando finalmente fueron retirados de su
confinamiento, no hablaban ningún idioma, y sólo emitían
sonidos inarticulados, como los de otros animales. Si dos niños
fuesen igualmente educados así, desde el vientre de su madre,
sin ser instruidos en religión alguna, hay poco lugar para dudar
que (a menos que se interponga la gracia de Dios) el resultado
sería exactamente el mismo. No tendrían ninguna religión:
sabrían de Dios no más que las bestias del campo, que un
pollino de asno montés.25 ¡Tal es la religión natural, apartada de
la tradicional, y de las influencias del espíritu de Dios!
5. Y al no tener el conocimiento, tampoco podemos
tener el amor a Dios: no podemos amar a quien no conocemos.
La mayoría de las personas hablan por cierto de amar a Dios, y
quizás se imaginan que lo aman. Tan sólo unos pocos
reconocerán que no lo aman. Pero el hecho es demasiado
evidente como para ser negado. Por naturaleza, ninguna
persona ama a Dios, no más que lo que ama a una piedra o a la
tierra sobre la cual pisa. Nos deleitamos en aquello que
amamos, pero nadie tiene naturalmente deleite alguno en Dios.
En nuestro estado natural no podemos concebir cómo alguien
podría deleitarse en él. No hallamos ningún placer en él; nos
resulta totalmente insípido. ¡Amar a Dios! Está muy por arriba,
24 Cf. Mt. 11.27.
25 Cf. Job 11.12.
El pecado original 115
fuera de nuestro panorama. Naturalmente no podemos
alcanzarlo.26
6. No tenemos, por naturaleza, no solamente ningún
amor, sino tampoco ningún temor de Dios. Es admitido, por
cierto, que la mayoría de las personas tienen una suerte de temor
irracional e insensato, correctamente llamado «superstición»,
aunque los falaces epicúreos le dieron el nombre de «religión».
Sin embargo, aun esto no es natural, sino adquirido,
mayormente por la conversación o por el ejemplo. Por
naturaleza, no hay Dios en ninguno de nuestros pensamientos.27
Lo dejamos que él maneje sus propios asuntos, sentado
tranquilamente, como nos lo imaginamos, en el cielo, y que
nos deje en la tierra manejar los nuestros. De modo que no
tenemos más temor de Dios delante de nuestros ojos28que amor
de Dios en nuestros corazones.29
7. De este modo, todos los seres humanos son ateos en
el mundo.30 Pero el ateísmo, de por sí, no nos escuda de la
idolatría.
En su estado natural, toda persona que nace en este
mundo es un rancio idólatra. Ciertamente, quizás no lo seamos
en el sentido vulgar de la palabra. No adoramos imágenes de
fundición o talladas, como los paganos idólatras. No nos
inclinamos ante un leño, o ante la obra de nuestras manos. No
oramos a los ángeles o a los santos que están en el cielo ni
tampoco a los santos que están sobre la tierra. Pero ¿entonces
qué? Nosotros hemos puesto nuestros ídolos en nuestro
corazón;31 y a ellos nos inclinamos y les adoramos. Nos
26 Cf. Sal. 139.6.
27 Cf. Sal. 10.4.
28 Cf. Ro. 3.18.
29 Cf. Ro. 5.5.
30 Cf. Ef. 2.2; ver más arriba: párrafo II,3.
31 Cf. Ez. 14.3, 4, 7.
1 16 Sermón 44
adoramos a nosotros mismos cuando nos rendimos el mismo
honor que es debido solamente a Dios. Por lo tanto, todo
orgullo es idolatría; es atribuirnos a nosotros mismos lo que sólo
a Dios corresponde. Y aunque el orgullo no fue hecho para el
humano, sin embargo ¿dónde está el humano nacido sin él? De
esta manera robamos a Dios su derecho inalienable e
idolátricamente usurpamos su gloria.
8. Pero el orgullo no es la única clase de idolatría de la
cual todos somos culpables por naturaleza. Satanás ha
estampado su propia imagen en nuestro corazón también como
obstinación. «Yo quiero», dijo antes de ser arrojado del cielo:
«Yo me sentaré a los lados del norte».32 «Haré mi propia
voluntad y placer, independientemente de los de mi Creador».
Lo mismo dice todo ser humano que nace en este mundo, y ello
en mil ocasiones. Y en efecto, así lo admite también, sin
sonrojarse por declararlo, sin temor ni vergüenza. Pregúntale a
esa persona: «¿Por qué lo hiciste?». Y te contestará: «Porque
tuve la intención de hacerlo». ¿Qué es esto sino: «Porque esa
fue mi voluntad»? Esto es, en efecto, porque el Diablo y yo
estuvimos de acuerdo, porque Satanás y yo gobernamos
nuestras acciones conforme al mismo principio. Mientras tanto,
la voluntad de Dios no está en sus pensamientos, no es tenida en
cuenta ni en lo más mínimo, aunque sea la regla suprema de
toda criatura inteligente, ya sea en el cielo o en la tierra, como
resultado de la relación esencial e inalterable que todas las
criaturas tienen con su Creador.
9. Hasta aquí somos portadores de la imagen del
Diablo y caminamos en sus pasos. Pero en el próximo paso
dejamos atrás a Satanás, y caemos en una idolatría de la cual él
no es culpable: quiero decir el amor al mundo, que es ahora
tan natural a toda persona como lo es amar su propia voluntad.
¿Qué nos es más natural que buscar la felicidad en la criatura en
32 Ez. 14.13.
El pecado original 117
lugar del Creador? ¿O que buscar en la obra de sus manos esa
satisfacción que puede ser hallada solamente en Dios? ¿Qué es
más natural que el deseo de la carne?33 O sea toda clase de
placeres de los sentidos. Por cierto que la gente habla
magníficamente del desprecio por los bajos placeres,
especialmente las personas de mucho estudio y educación.
Simulan desaprensión por la gratificación de dichos apetitos en
los que se ponen al mismo nivel de las bestias que perecen. Pero
es mera simulación; porque todo ser humano tiene conciencia
propia de que en este aspecto es por naturaleza una verdadera
bestia. Los apetitos sensuales, aun los de más baja categoría,
tienen más o menos dominio sobre él. Lo llevan cautivo, lo
arrastran de aquí para allá, a pesar de su jactancia. El humano,
con toda su buena crianza y otros logros, no tiene preeminencia
sobre la cabra. ¡En fin, mucho se puede dudar si no es que la
bestia tiene preeminencia sobre él! Por cierto que la tiene, si
hemos de prestar atención a uno de los oráculos modernos, que
muy decentemente nos dice:
Una vez, cada temporada, las bestias gustan del amor:
Sólo la bestia racional es su esclava,
Y en esa locura se reitera el año entero.34
Una diferencia considerable, por cierto, debe admitirse que hay
entre una persona y otra, la cual surge (aparte de la que es
obrada por la gracia anticipante) de las diferencias de
constitución y de educación. Pero a pesar de esto, ¿quién que no
sea extremadamente ignorante de sí mismo puede arrojar
primero la piedra contra otro?35 ¿Quién puede soportar el
examen del comentario de nuestro bendito Señor al séptimo
mandamiento: «Cualquiera que mira a una mujer para
33 Cf. 1 Jn. 22.16.
34 Citado de una pieza teatral de Thomas Otway, autor de la época.
35 Cf. Jn. 8.7.
1 18 Sermón 44
codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón»?36 ¡Es así que
uno no sabe de qué asombrarse más: de la ignorancia o de la
insolencia de aquellas personas que hablan con tanto desdén de
quienes son vencidos por deseos que todos han sentido en su
propio pecho! Puesto que el deseo de todo placer de los sentidos,
inocente o no, es natural en toda criatura humana.
10. Y así es el deseo de los ojos,37 y el deseo de los
placeres de la imaginación. Éstos surgen de objetos grandes, o
hermosos, o poco comunes, si los dos primeros no coinciden
con el último; porque quizás pareciera, sobre la base de una
investigación diligente, que ni los objetos grandes ni los
hermosos complacen mucho después de cuando son nuevos; y
que cuando la novedad de ellos ha pasado, la mayor parte del
placer que proporcionan se acaba, y que en la misma proporción
que pasan a ser familiares, se vuelven aburridos e insípidos.
Pero por más que experimentemos esto a menudo, el mismo
deseo habrá de permanecer. La sed incorporada continúa fija en
el alma. Cuanto más la gratificamos, más aumenta, y nos incita
a proseguir tras otro y aún otro objeto más, aunque dejemos a
cada uno con una esperanza abortada y una expectativa
engañada. Así es:
¡El venerable tonto, que por muchos días
Ha batallado contra una continua tristeza,
Renueva su esperanza, y afectuosamente coloca
Su apuesta desesperada en el mañana!
¡Mañana viene! ¡Es mediodía! ¡Es la noche!
Este día vuela como los anteriores:
Pero aún prosigue, buscando el deleite
Mañana: ¡hasta que muere esta noche!38
36 Mt. 5.28.
37 Cf. 1 Jn. 2.16.
38 Estrofas de un poema de Matthew Prior, autor de la época.
El pecado original 119
11. Un tercer síntoma de esta enfermedad fatal, el amor
al mundo, que está tan profundamente arraigada en nuestra
naturaleza, es la vanagloria de la vida,39 el deseo de alabanzas,
de la honra que proviene de los hombres.40 Los grandes
admiradores de la naturaleza humana admiten que esto es
estrictamente natural, tan natural como la vista o el oído, o
cualquier otro de los sentidos externos. ¿Y se avergüenzan de
ello, aun los letrados, personas de entendimiento refinado y
perfeccionado? Tan lejos están de esto que en tal cosa se
glorían: ¡se aplauden a sí mismos por causa de su amor al
aplauso! Así es: eminentes cristianos, así llamados, no tienen
ninguna dificultad en adoptar el dicho de los antiguos y vanos
paganos: Animi dissoluti est et nequam negligere quid de se
homines sentiant:41 «No considerar lo que los demás piensan de
nosotros es señal de una mente maligna y abandonada». De
modo que pasar con calma e inconmovible por honra y por
deshonra, por fama y por buena fama,42 es para ellos señal de
que uno no conviene que viva, ¡fuera de la tierra tal hombre!43
Pero ¿podría uno imaginarse que tales personas hayan oído
hablar alguna vez acerca de Jesucristo o de sus apóstoles? ¿O
que supiesen quién fue el que dijo: «¿Cómo podéis vosotros
creer, pues recibís gloria los unos de los otros, y no buscáis la
gloria que viene del Dios único?»44 Pero si esto es realmente
así, si es imposible creer, y por consiguiente agradar a Dios, en
tanto que recibimos (o buscamos) gloria los unos de los otros,
y no buscamos la gloria que viene solamente de Dios,
entonces, ¡en qué condición está toda la humanidad! ¡Los
39 1 Jn. 2.16.
40 Cf. Jn. 5.41, 44.
41 Cita de Cicerón, modificada y adaptada por Wesley.
42 Cf. 2 Co. 6.8.
43 Cf. Hch. 22.22.
44 Jn. 5.44.
1 20 Sermón 44
cristianos así como los paganos! ¡Ya que todos buscan «honra
los unos de los otros»! Dado que es para ellos tan natural
hacerlo, siendo ellos mismos los jueces, como lo es ver la luz
que llega al ojo o percibir el sonido que entra al oído, consideran
como señal de una mente virtuosa buscar la alabanza humana y
de una mente depravada contentarse con «la honra que
solamente viene de Dios».
III.1. Procedo a sacar algunas inferencias de lo que ha
sido dicho. Primeramente, podemos aprender que hay una
diferencia imponente y fundamental entre el cristianismo,
considerado como un sistema de doctrinas, y el paganismo más
refinado. Muchos de los antiguos paganos han descrito
ampliamente los vicios de las personas concretas. Mucho han
hablado contra su codicia o su crueldad, su lujuria o su
prodigalidad. Algunos se han atrevido a decir que «nadie ha
nacido sin vicios de una clase o de otra». Aun así, como ninguno
de ellos tuvo comprensión de la caída del ser humano, tampoco
ninguno de ellos conoció su corrupción total. No sabían que
todos los seres humanos están vacíos de todo bien y llenos de
toda clase de mal. Eran totalmente ignorantes de la depravación
total de toda la naturaleza humana, de toda persona que nace en
el mundo, de todas las facultades de su alma, no tanto por
causa de esos vicios concretos que reinan en las personas
concretas, sino por causa del torrente general de ateísmo e
idolatría, de orgullo, contumacia y amor al mundo. Éste es, por
lo tanto, el primero y enorme punto distintivo entre el
paganismo y el cristianismo. El primero reconoce que muchas
personas están infectadas por muchos vicios, y aun que han
nacido con inclinación hacia ellos, pero suponen, sin
embargo, que en algunos la bondad natural equilibra en gran
medida al mal. El otro declara que todos los humanos son
El pecado original 121
concebidos en pecado y formados en maldad;45 que por tanto
hay en todos una mente carnal que es enemistad contra Dios,
que no se sujeta a la ley de Dios, ni tampoco puede.46 y que de
tal manera infecta toda su alma que, en su estado natural, no
mora en él, en su carne, ninguna cosa buena;47 sino que todo
designio de los pensamientos del corazón de ellos era el mal,
solamente el mal, y ello continuamente.
2. Entonces podemos, en segundo lugar, aprender que
todos los que niegan esto, sea que lo llamen «pecado original»
o con cualquier otro nombre, aún no son otra cosa que paganos
en el punto fundamental que diferencia al paganismo del
cristianismo. Por cierto que pueden admitir que los seres
humanos tienen muchos vicios, que algunos nacen con nosotros,
y que por consiguiente no nacemos enteramente tan sabios o tan
virtuosos como debiéramos ser; habiendo muy pocos que
abiertamente afirmarán que nacemos con tanta propensión al
bien como al mal, y que todo humano es tan virtuoso y sabio
como lo era Adán cuando fue creado. Y aquí está el Shibolet:48
¿Está el humano por naturaleza lleno de toda clase de mal?
¿Está vacío de todo bien? ¿Está totalmente caído? ¿Está su alma
totalmente corrompida? O, para regresar al texto, ¿es todo
designio de su corazón continuamente el mal? Admite esto, y
hasta aquí eres cristiano. Niégalo, y no eres más que un pagano
todavía.
3. De esto podemos aprender, en tercer lugar, cuál es la
naturaleza propia de la religión, de la religión de Jesucristo. Ella
es terapeía psykés (terapia del alma), el método divino para
sanar un alma que está de tal modo enferma. Aquí el gran
45 Cf. Sal. 51.5.
46 Cf. Ro. 8.7.
47 Cf. Ro. 7.18.
48 Cf. Jue. 12.4-6: Palabra que sirve para detectar qué es, quién es o cómo piensa una
persona.
1 22 Sermón 44
médico de las almas aplica la medicina para curar esta
enfermedad; para restaurar la naturaleza humana, corrompida
totalmente en todas sus facultades. Dios sana todo nuestro
ateísmo mediante el conocimiento de él mismo y de Jesucristo,
a quien ha enviado; dándonos fe, divina evidencia y convicción
de Dios y de las cosas de Dios; en particular de esta importante
verdad: Cristo me amó, y se dio a sí mismo por mí.49 Mediante
el arrepentimiento y la humildad de corazón la enfermedad
mortal del orgullo es curada, la enfermedad de la obstinación
mediante la resignación, una mansa y agradecida sumisión a la
voluntad de Dios. Y para el amor al mundo en todas sus ramas
el amor a Dios es el remedio soberano. Ahora bien, esto es la
religión correcta: la fe que obra por el amor,50 produciendo una
humildad mansa y genuina, la muerte total al mundo, junto con
una amante y agradecida aceptación de toda la voluntad y la
Palabra de Dios y una conformidad a ellas.
4. Ciertamente, si el hombre no hubiese caído de esta
manera no hubiera habido necesidad de todo esto. No habría
habido ocasión para esta obra en el corazón, esta renovación en
el espíritu de nuestra mente.51 La superfluidad de la piedad sería
entonces una expresión más adecuada que la superfluidad de la
maldad.52 Porque una religión externa, sin absolutamente
ninguna piedad, bastaría para todas las intenciones y propósitos
racionales. Habría acuerdo en que es suficiente, según el juicio
de quienes niegan esta corrupción de nuestra naturaleza.
Valoran un poquito más la religión que lo que el famoso Sr.
Hobbes lo hace con la razón. De acuerdo a éste, la razón es sólo
«un tren de palabras bien ordenado». De acuerdo a ellos, la
religión es sólo un tren de palabras y de acciones muy bien
49 Cf. Gá. 2.20.
50 Gá. 5.6.
51 Cf. Ef. 4.23.
52 Cf. Stg. 1.21.
El pecado original 123
ordenado. Y hablan consistentemente consigo mismos; porque
si el interior no está lleno de maldad, si ya está limpio, ¿qué
queda sino limpiar lo de fuera del vaso?53 Una reforma
externa, si su suposición es justa, es por cierto la única cosa
necesaria.
5. Pero vosotros no habéis aprendido así los oráculos de
Dios. Sabéis que quien ve lo que hay en el ser humano hace
una evaluación muy diferente tanto de la naturaleza como de la
gracia, de nuestra caída y de nuestra recuperación. Sabéis que la
gran finalidad de la religión es renovar nuestros corazones a
la imagen de Dios, reparar aquella pérdida total de la justicia y
de la verdadera santidad que padecimos por el pecado de
nuestro primer padre. Sabéis que toda religión que no dé
respuesta a este fin, toda la que se detiene lejos de esto, de la
renovación de nuestra alma a la imagen de Dios, conforme a la
semejanza de aquel que la creó, no es otra cosa que pura farsa y
una mera burla de Dios, para destrucción de nuestra propia
alma. ¡Oh, tened cuidado de todos esos maestros de mentiras
que querrían haceros pasar esto por cristianismo! No los toméis
en consideración, aunque vengan a vosotros con todo engaño de
iniquidad,54 con toda suavidad de lenguaje, toda decencia, y
aun con belleza y elegancia en la expresión, con toda profesión
de buena voluntad hacia vosotros, y reverencia por las
Sagradas Escrituras. Aferraos a la sencilla y antigua fe que ha
sido una vez dada a los santos,55 y entregada por el Espíritu de
Dios a vuestros corazones. ¡Conoced vuestra enfermedad!
¡Conoced vuestra cura! Fuisteis nacidos en pecado; por tanto,
os es necesario nacer de nuevo,56 nacidos de Dios.57 Por
53 Cf. Lc. 11.39.
54 Cf. 2 Ts. 2.10.
55 Jud. 3.
56 Jn. 3.7.
57 Cf. 1 Jn. 3.9; Jn. 3.8.
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naturaleza estáis totalmente corrompidos; por gracia seréis
totalmente renovados. En Adán todos mueren, en el segundo
Adán, en Cristo, todos serán vivificados.58 A vosotros, que
estabais muertos en pecados, os dio vida.59 Él ya os ha dado el
principio de vida, o sea la fe en aquel que os amó y se dio a sí
mismo por vosotros.60 Ahora, id adelante,61 de fe en fe,62 hasta
que toda vuestra enfermedad sea sanada, y plenamente haya en
vosotros el sentir que hubo también en Cristo Jesús.63
58 1 Co. 15.22.
59 Cf. Ef. 2.5.
60 Cf. Gá. 2.20.
61 Cf. He. 6.1.
62 Ro. 1.17.
63 Cf. Fil. 2.5.