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Sermón 43 - El camino de la salvación según las Escrituras

Efesios 2.8

Sois salvos por medio de la fe.

1. Nada puede ser más intrincado, complejo y difícil de

entender que la religión, tal como a menudo ha sido descrita. Y

esto es verdad no solamente en lo concerniente a la religión de

los paganos, hasta de muchos de los más sabios de ellos, sino

también en lo que concierne a la religión de quienes, en cierto

sentido, eran cristianos; y hasta personas de renombre en el

mundo cristiano, personas considerados como columnas1 del

mismo. Sin embargo, ¡cuán fácil de ser comprendida, cuán

sencilla y simple es la religión genuina de Jesucristo! Con la

condición de que la tomemos en su forma original, tal como es

descrita en los oráculos de Dios. Ella está perfectamente

adaptada al débil entendimiento y a la estrecha capacidad del ser

humano en su estado actual. ¡Cuán evidente es esto tanto con

respecto al fin que propone como a los medios para alcanzarlo!

El fin es, en una palabra, la salvación; el medio para alcanzarla,

la fe.

2. Es fácilmente discernible que estas dos pequeñas

palabras —quiero decir: fe y salvación— incluyen la sustancia de

toda la Biblia, algo así como la médula de todas las Escrituras.

Por eso, mucho más hemos de tener todo el cuidado posible en

evitar todo error al respecto, y de formarnos un juicio verdadero

y exacto acerca de la una y la otra.

Investiguemos entonces seriamente:

I.¿Qué es la salvación?

1 Gá. 2.9.

89

90 Sermón 43

II. ¿Qué es la fe mediante la cual somos salvados? Y

III. Cómo somos salvados por ella.

I.1. Primeramente preguntemos: ¿Qué es la salvación?

La salvación de la cual aquí se habla no es lo que

frecuentemente se entiende por esta palabra: ir al cielo, la

felicidad eterna. No es que el alma vaya al paraíso, denominado

«el seno de Abraham»2 por nuestro Señor. No se trata de una

bendición que se halla del otro lado de la muerte o, como

decimos comúnmente, en el otro mundo. Las mismas palabras

del texto lo expresan de modo incuestionable: «Sois salvos». No

se trata de algo a distancia: es algo presente, una bendición de

la cual, mediante la misericordia gratuita de Dios, estás en

posesión ahora. Las palabras pueden traducirse con la misma

corrección como: «Habéis sido salvados». De manera que la

salvación de la cual aquí se habla puede extenderse a toda la

obra de Dios, desde el primer alborear de la gracia en el alma

hasta que es consumada en la gloria.

2. Si tomamos esto en su máxima extensión, habrá de

incluir todo lo que es realizado en el alma por lo que frecuen-

temente se llama «conciencia natural», o más apropiadamente,

«gracia anticipante»;3 toda atracción del Padre,4 los deseos

que se dirigen hacia Dios, los cuales, si nos rendimos a ellos,

aumentan más y más; toda aquella luz por la cual el Hijo de

Dios alumbra a todo hombre que viene al mundo,5 enseñando

a todo hombre a hacer justicia, amar misericordia y a

humillarse ante su Dios,6 todas las convicciones que su

Espíritu de tiempo en tiempo opera en todo ser humano.

2 Lc. 16.22.

3 O «gracia previniente». Nota del Editor.

4 Cf. Jn. 6.44.

5 Cf. Jn. 1.9.

6 Cf. Mi. 6.8.

El camino de la salvación según las Escrituras 91

Aunque es verdad que la generalidad de las personas las

sofocan tan pronto como pueden y luego de un rato olvidan, o

por lo menos niegan, haberlas tenido alguna vez.

3. Pero por el momento sólo nos interesa la salvación

acerca de la cual el apóstol está hablando directamente. Y ésta

se compone de dos aspectos generales: la justificación y la

santificación.

Justificación es otra palabra para perdón. Es el perdón

de todos nuestros pecados y lo que está implícito en ello: nuestra

aceptación por Dios. El precio mediante el cual esto ha sido

obtenido para nosotros (comúnmente llamado la «causa

meritoria» de nuestra justificación) es la sangre y la justicia de

Cristo o, para expresarlo con un poco más de claridad, todo lo

que Cristo ha hecho y padecido por nosotros hasta que derramó

su vida por los transgresores.7 Los efectos inmediatos de la

justificación son: que tenemos la paz de Dios, la paz que

sobrepasa todo entendimiento,8 y que nos gloriamos en la

esperanza de la gloria de Dios,9 con gozo inefable y glorioso.10

4. Y en el mismo momento en que somos justificados,

sí, en el mismo momento, comienza la santificación. En ese

instante nacemos de nuevo, nacemos de arriba,11 nacemos del

Espíritu.12 Es un cambio real, así como también relativo.

Somos renovados interiormente por el poder de Dios.

Sentimos que el amor de Dios ha sido derramado en nuestros

corazones por el Espíritu Santo que nos fue dado,13 produ-

7 Cf. Is. 53.12.

8 Cf. Fil. 4.7.

9 Cf. Ro. 5.2.

10 Cf. 1 P. 1.8.

11 Cf. Jn. 3.3, 7.

12 Cf. Jn. 3.6, 8.

13 Ro. 5.5.

92 Sermón 43

ciendo amor a todo el género humano, y más especialmente a

los hijos de Dios; expulsando el amor al mundo, el amor al

placer, al ocio, a los honores, al dinero, juntamente con el

orgullo, la ira, el egocentrismo, y toda otra mala tendencia; en

una palabra, cambiando la mente terrenal, sensual, diabólica14

por el sentir que hubo en Cristo Jesús.15

5. ¡Cuán naturalmente aquellos que experimentan

semejante cambio se imaginan que todo pecado ha terminado!

¡Que ha sido totalmente desarraigado de su corazón y que ya no

tiene ninguna cabida en él! ¡Cuán fácilmente sacan esta

conclusión: «No siento en mí ningún pecado: por lo tanto, no

tengo ninguno»! No perturba, por lo tanto no existe; no tiene

movimiento, por lo tanto no tiene realidad.

6. Pero rara vez pasará mucho tiempo antes que se

decepcionen, al encontrarse con que el pecado estaba sólo en

suspenso, no destruido. Las tentaciones retornan y el pecado

revive, mostrando que antes estaba desvanecido, pero no

muerto. Sienten ahora en sí mismos dos principios, simple y

llanamente contrarios el uno al otro: el deseo de la carne

contra el espíritu,16 la naturaleza que se opone a la gracia de

Dios. No pueden negar que aunque todavía sienten poder para

creer en Cristo y para amar a Dios, y aunque su Espíritu

todavía da testimonio a sus espíritus que son hijos de Dios,17 a

pesar de ello, a veces sienten en sí mismos orgullo o egocen-

trismo, otras veces enojo o incredulidad. Frecuentemente hallan

a uno o más de éstos agitándose en su corazón, aunque no

venciendo; quizás empujándolos con violencia para que caigan,

pero el Señor es su ayuda.18

14 Cf. Stg. 3.15.

15 Cf. Fil. 2.5.

16 Cf. Gá. 5.17.

17 Cf. Ro. 8.16.

18 Cf. Sal. 118.13.

El camino de la salvación según las Escrituras 93

7. ¡Con cuánta exactitud Macario, hace mil cuatrocien-

tos años, describe la experiencia presente de los hijos de Dios!

«Los inexpertos, cuando opera la gracia, se imaginan al

momento que no tienen más pecado. Mientras que los prudentes

no pueden negar que aun los que tienen la gracia de Dios pueden

volver a ser perturbados... Porque hemos tenido muchas veces

ejemplos de algunos entre los hermanos que han experimentado

tal gracia como para afirmar que ya no hay pecado en ellos. Y,

sin embargo, después de todo, cuando pensaban que esta-

ban totalmente libres de él, la corrupción que acechaba en su

interior se agitó nuevamente y estuvieron muy cerca de

quemarse».19

8. Desde el momento de nuestro «nuevo nacimiento»

tiene lugar la obra gradual de santificación. Somos capacitados

por el Espíritu a hacer morir las obras de la carne,20 de

nuestra mala naturaleza. Y en cuanto estamos más y más

muertos al pecado, estamos más y más vivos para Dios.

Avanzamos de gracia en gracia, en tanto somos cuidadosos para

abstenernos de toda especie de mal,21 y somos celosos de

buenas obras,22 según tenemos oportunidad hacemos bien a

todos,23 mientras andamos irreprensibles en todas las

ordenanzas del Señor,24 y de esta manera le adoramos en

espíritu y en verdad,25 mientras llevamos nuestra cruz y nos

negamos todo placer que no nos conduzca a Dios.

9. Así es que esperamos la santificación completa, una

plena salvación de nuestros pecados, del orgullo, la autoafir-

19 Cita de Macario, eremita egipcio del siglo IV.

20 Cf. Ro. 8.13.

21 Cf. 1 Ts. 5.22.

22 Cf. Tit. 2.14.

23 Cf. Gá. 6.10.

24 Cf. Lc. 1.6.

25 Cf. Jn. 4.23, 24.

94 Sermón 43

mación, la ira, la incredulidad; o, como lo expresa el Apóstol,

«vamos adelante a la perfección».26 Pero ¿qué es la perfec-

ción? La palabra tiene varios significados: aquí significa amor

perfecto. Es el amor que excluye al pecado, el amor que llena el

corazón, apoderándose de toda la capacidad del alma. Es el

amor que está siempre gozoso, que ora sin cesar y que da

gracias en todo.27

II. Pero ¿qué es esa fe mediante la cual somos salvos?28

Éste es el segundo punto a considerar.

1. La fe en general es definida por el Apóstol, élegkos

prágmaton oú blepoménon, «una evidencia», una «convicción

y evidencia» divinas (la palabra significa ambas cosas), «de lo

que no se ve»,29 lo no visible, imperceptible para la vista o para

cualquier otro de los sentidos externos. Implica al mismo

tiempo una evidencia sobrenatural de Dios y de las cosas de

Dios, una especie de luz espiritual exhibida al alma, y una

visión o percepción sobrenatural que ésta posee. De acuerdo a

esto, la Escritura habla a veces de la luz como don de Dios, a

veces como un poder para discernirla. Así san Pablo: «Porque

Dios, que mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, es

el que resplandeció en nuestros corazones, para iluminación

del conocimiento de la gloria de Dios en la faz de Jesucris-

to».30 Y en otro lugar, el Apóstol habla de que sean alumbra-

dos los ojos de nuestro entendimiento.31 Mediante esta doble

acción del Espíritu Santo (hacer que los ojos de nuestra alma

26 He. 6.1.

27 Cf. 1 Ts. 5.16-18.

28 Cf. Ef. 2.8.

29 Cf. He. 11.1.

30 2 Co. 4.6.

31 Cf. Ef. l.18. (Al aludir a este texto de memoria, Wesley dice abiertos en lugar de

alumbrados).

El camino de la salvación según las Escrituras 95

sean a la vez abiertos e iluminados) vemos aquellas cosas que

el ojo natural no vio ni oído oyó.32 Tenemos una perspectiva de

las cosas invisibles de Dios. Vemos el mundo espiritual que nos

rodea por completo, pero que nuestras facultades no perciben

más que si no existiera. Y vemos el mundo eterno, que atraviesa

el velo que pende entre el tiempo y la eternidad. Las nubes y la

oscuridad no lo cubren más, sino que ya vemos la gloria

venidera que ha de manifestarse.33

2. Tomando la palabra en un sentido más particular, la

fe es una evidencia divina y una convicción, no sólo de que Dios

estaba en Cristo, reconciliando consigo al mundo,34 sino

también de que Cristo me amó y se entregó a sí mismo por mí.35

Es por esta fe (sea que la designemos como la esencia, o más

bien como una propiedad de la misma) que recibimos al Señor

Jesucristo;36 que lo recibimos en todos sus oficios, como

nuestro Profeta, Sacerdote y Rey. Es así que él nos ha sido

hecho por Dios sabiduría, justificación, santificación y

redención.37

3. «Pero, ¿es ésta una "fe de seguridad" o una "fe de

adhesión?» La Escritura no menciona tal distinción. El Apóstol

dice: «Hay una fe, una misma esperanza de nuestra vocación»,

una fe cristiana, que salva, así como «hay un Señor» en quien

creemos, y «un Dios y Padre de todos nosotros».38 Y

ciertamente, esta fe implica necesariamente una seguridad (la

cual es aquí solamente otra palabra para evidencia, siendo que

es difícil explicar la diferencia entre ambas) de que Cristo me

32 Cf. 1 Co. 2.9.

33 Cf. Ro. 8.18.

34 2 Co. 5.19.

35 Gá. 2.20.

36 Cf. Col. 2.6.

37 1 Co. 1.30.

38 Cf. Ef. 4.4-6.

96 Sermón 43

amó, y se entregó a sí mismo por mí». Porque el que cree con

fe viva y verdadera tiene el testimonio en sí mismo.39 El

Espíritu da testimonio a su espíritu de que es hijo de Dios.40

Porque es hijo, Dios ha enviado el Espíritu de su Hijo a su

corazón, el cual clama: ¡Abba, Padre!41 dándole la seguridad

de que lo es, y una confianza como la de un niño en él. Pero

observemos que, en la misma naturaleza del caso, la seguridad

precede a la confianza. Porque una persona no puede tener

confianza en Dios como la de un niño hasta que sabe que es hija

de Dios. Por lo tanto, la confianza, la plena dependencia, la

adhesión, o como quiera que se le llame, no es la primera, como

algunos han supuesto, sino la segunda rama o acto de fe.

4. Es mediante esta fe que «somos salvos», justificados

y santificados, tomando la palabra en su sentido más elevado.

Pero, ¿cómo somos justificados y santificados por la fe? Éste es

el tercer acápite de nuestra investigación. Y siendo éste el

principal punto en cuestión, y un punto de extraordinaria

importancia, no será inadecuado darle una consideración más

precisa y especial.

III.1. Y primeramente: ¿Cómo somos justificados por la

fe? ¿En qué sentido esto ha de entenderse? Respondo: la fe es la

condición, y la única condición, de la justificación. Es la

condición: nadie es justificado sino quien cree; sin fe, ninguna

persona es justificada. Y es la única condición: ella sola es

suficiente para la justificación. Todo el que cree es justificado,

así tenga cualquier otra cosa o no la tenga. En otras palabras:

nadie es justificado hasta que cree; toda persona cuando cree es

justificada.

39 Cf. 1 Jn. 5.10.

40 Cf. Ro. 8.16.

41 Cf. Gá. 4.6.

El camino de la salvación según las Escrituras 97

2. Pero, ¿acaso Dios no nos ordena también arrepentir-

nos? ¿Y también hacer frutos dignos de arrepentimiento?42 ¿Y

dejar de hacer lo malo y aprender a hacer el bien?43 ¿Y no

son ambas cosas de máxima necesidad? ¿Y no es cierto que en

tanto descuidamos voluntariamente una u otra de ellas no

podemos razonablemente esperar para nada que seamos

justificados? Pero si esto es así, ¿cómo puede decirse que la fe

es la única condición de la justificación? Indudablemente, Dios

nos ordena tanto arrepentirnos como producir frutos dignos del

arrepentimiento, lo cual, si voluntariamente lo descuidamos,

hace que no podamos razonablemente ser justificados. Por ello,

tanto el arrepentimiento como los frutos dignos de arrepenti-

miento son en cierto sentido necesarios para la justificación.

Pero no son necesarios en el mismo sentido que la fe, ni

tampoco en el mismo grado. No en el mismo grado, porque

tales frutos son necesarios sólo condicionalmente, si es que hay

tiempo y oportunidad para ellos. De otra manera, una persona

puede ser justificada sin ellos, como lo fue el «ladrón» sobre la

cruz (si es que así podemos llamarlo, ¡pues un escritor ya

fallecido ha descubierto que no era un ladrón, sino una persona

sumamente honesta y respetable!). Pero no puede ser

justificada sin la fe: ello es imposible. Del mismo modo, aunque

una persona tenga tanto arrepentimiento como nunca lo hubo,

y aunque tenga frutos dignos de arrepentimiento como jamás

se vieron, todo esto para nada le sirve: no es justificada hasta

que cree. Pero desde el momento que cree, con o sin esos

frutos, con más o menos arrepentimiento, es justificada. No en

el mismo sentido: porque el arrepentimiento y los frutos son

sólo remotamente necesarios, necesarios en orden a la fe;

mientras que la fe es inmediata y directamente necesaria para

42 Cf. Mt. 3.8.

43 Cf. Is. 1.16-17.

98 Sermón 43

la justificación. Queda firme que la fe es la única condición que

es inmediata y próximamente necesaria para la justificación.

3. «Pero, ¿crees tú que somos santificados por la fe?

Sabemos que crees que somos justificados por la fe, pero ¿no

crees, y de acuerdo con ello enseñas, que somos santificados por

nuestras obras?»

Así se ha dicho rotunda y vehementemente durante estos

últimos veinticinco años. Pero yo constantemente he declarado

exactamente lo contrario, y ello en todas las maneras. Tanto en

público como en privado he testificado continuamente que

somos santificados, así como también justificados, por la fe. Y

ciertamente, una de esas grandes verdades sobradamente ilustra

a la otra. Exactamente como somos justificados por la fe, así

también somos santificados por la fe. La fe es la condición, y la

única condición de la santificación, tal como lo es de la

justificación. Es la condición: nadie es santificado, excepto

quien cree; sin fe ninguna persona es santificada. Y es la única

condición: ella sola es suficiente para la santificación. Todo el

que cree es santificado, así tenga cualquier otra cosa o no la

tenga. En otras palabras, ninguna persona es santificada hasta

que cree; toda persona cuando cree es santificada.

4. «Pero, ¿no hay un arrepentimiento consiguiente, así

como hay un arrepentimiento previo, a la justificación? ¿Y no

corresponde a todos los justificados ser celosos de buenas

obras?44 ¿No son éstas tan necesarias que si una persona las

desatiende voluntariamente no puede razonablemente esperar

que alguna vez sea santificada en el sentido pleno de la palabra,

esto es, perfeccionada en el amor?45 ¿Acaso puede, de alguna

manera, crecer en la gracia y el amoroso conocimiento de

44 Cf. Tit. 2.14.

45 Cf. 1 Jn. 2.5; 4.12, 18.

El camino de la salvación según las Escrituras 99

nuestro Señor Jesucristo?46 ¿Puede acaso retener la gracia que

Dios ya le ha dado? ¿Puede continuar en la fe que ha recibido o

en el favor de Dios? ¿No admites tú mismo todo esto y lo

aseveras continuamente? Pero si esto es así, ¿cómo puede

decirse que la fe es la única condición de la santificación?»

5. Admito todo esto y lo sostengo continuamente como

la verdad de Dios. Admito que hay un arrepentimiento

consiguiente, así como hay un arrepentimiento previo, a la

justificación. Corresponde a todos los que son justificados ser

celosos de buenas obras. Y éstas son tan necesarias que si

alguien las desatiende voluntariamente, no puede razonable-

mente esperar ser santificado. No puede «crecer en la gracia»,

en la imagen de Dios, en el sentir que hubo en Cristo Jesús;47

de ninguna manera puede retener la gracia que ha recibido; no

puede continuar en la fe ni en el favor de Dios.

¿Qué conclusión podemos obtener de esto? Pues que

tanto el arrepentimiento, correctamente entendido, y la práctica

de todas las buenas obras, las obras piadosas, como también las

obras de misericordia (ahora llamadas así apropiadamente, dado

que surgen de la fe) son en cierto sentido necesarios para la

santificación.

6. Digo «arrepentimiento correctamente entendido»,

pues éste no debe confundirse con el arrepentimiento previo. El

arrepentimiento consiguiente a la justificación es ampliamente

diferente del que la antecede. Ahora no incluye culpa, ni

sentimiento de condenación, ni conciencia de la ira de Dios. No

supone ninguna duda del favor de Dios, ni ningún temor que

lleva en sí castigo.48 Es exactamente una convicción, operada

por el Espíritu Santo, del pecado que aún permanece49 en

46 Cf. 2 P. 3.18.

47 Cf. Fil. 2.5.

48 Cf. 1 Jn. 4.18.

49 Cf. Jn. 9.41.

100 Sermón 43

nuestro corazón, del frónema sarkós, los designios de la

carne,50 que «todavía permanece», como dice nuestra Iglesia,

«aun en aquellos que son regenerados», aunque ya no reine más,

y ya no tenga dominio sobre ellos. Es una convicción de nuestra

inclinación al mal, de un corazón inclinado a prevaricar,51 de la

tendencia aún subsistente en la carne, la cual desea contra el

Espíritu.52 A veces, a menos que velemos y oremos

continuamente, tiende al orgullo, a veces a la ira, a veces al amor

al mundo, amor a la comodidad, amor a los honores, o al amor

al placer más que a Dios. Es una convicción de la tendencia de

nuestro corazón al egocentrismo, al ateísmo, a la idolatría; y

sobre todo a la incredulidad, por lo cual, en mil maneras

diferentes y bajo mil pretextos, estamos siempre apartándonos

más o menos del Dios vivo.53

7. Con esta convicción del pecado que queda en

nuestros corazones se junta una clara convicción del pecado

que perdura en nuestras vidas, que aún se adhiere a nuestras

palabras y acciones. En las mejores de éstas descubrimos ahora

una mezcla de mal, o en el espíritu, o en la materia, o en su

manera de ser; algo que no podría soportar el justo juicio de

Dios, si él mirare a los pecados.54 Donde menos lo sospechá-

bamos, hallamos una mancha de orgullo o de egocentrismo, de

incredulidad o de idolatría; de manera que ahora nos sentimos

más avergonzados de nuestros mejores deberes que antes de

nuestros peores pecados. Y por lo tanto no podemos menos

que sentir que éstos están tan lejos de tener algo meritorio en

ellos, sí, tan lejos de ser capaces de permanecer ante la vista de

50 Cf. Ro. 8.7.

51 Cf. Os. 11.6. (Traducción literal de la versión en inglés, que cita Wesley. Reina-

Valera dice «adherido a la rebelión»).

52 Cf. Gá. 5.17.

53 Cf. He. 3.12.

54 Cf. Sal. 130.3.

El camino de la salvación según las Escrituras 101

la justicia divina, que por ellos también seríamos culpables ante

Dios si no fuese por la sangre del pacto.55

8. La experiencia muestra que junto con esta convicción

del pecado que permanece en nuestros corazones y se adhiere a

todas nuestras palabras y acciones, así como con la culpa en la

cual incurriríamos si no fuésemos continuamente rociados con

la sangre expiatoria, algo más está incluido en este

arrepentimiento, esto es, una convicción de nuestra

vulnerabilidad, de nuestra total incapacidad para pensar sólo un

buen pensamiento, o de albergar sólo un buen deseo; y mucho

más de decir sólo una palabra correcta, o de llevar a cabo una

sola buena acción, a no ser mediante esta gracia libre y

todopoderosa, que primero nos previene, y luego nos acompaña

en todo momento.

9. «Pero, ¿cuáles son esas buenas obras cuya práctica tú

afirmas que es necesaria para la santificación?» Primeramente,

obras de piedad, tales como la oración pública, la oración en

familia, y la oración privada; recibir la Cena del Señor;

escudriñar las Escrituras escuchando, leyendo, meditando, y

utilizando en tal medida el ayuno o la abstinencia como nuestro

cuerpo o nuestra salud lo permitan.

10. Segundo, toda clase de obras de misericordia, sea

que se relacionen con los cuerpos o con las almas de las

personas, tales como alimentar a los hambrientos, vestir a los

desnudos, hospedar al extranjero, visitar a los que están en

prisión, o a los enfermos, o a los que padecen diversas

aflicciones; o tales como esforzarse por instruir a los ignoran-

tes, o despertar al necio pecador, reavivar a los tibios,

fortalecer a los vacilantes, sostener a los débiles,56 socorriendo

a los que son tentados,57 o contribuyendo de alguna manera a

55 Cf. Ex. 24.8; He. 10.29.

56 Cf. 1 Ts. 5.14.

57 Cf. He. 2.18.

102 Sermón 43

salvar las almas de la muerte. Éste es el arrepentimiento y éstos

son los frutos dignos de arrepentimiento necesarios para una

plena santificación. Éste es el camino que Dios ha designado

para que en él sus hijos aguarden una salvación completa.

11. Así puede salir a luz la extrema malicia de esa

opinión aparentemente inocente que dice que «no hay pecado

en el creyente; todo pecado es destruido, raíz y ramas, en el

instante en que la persona es justificada». Impidiendo

totalmente tal arrepentimiento, se bloquea de hecho el camino a

la santificación. No hay lugar para el arrepentimiento en quien

cree que no hay pecado ni en su vida ni en su corazón. Por

consecuencia, no hay lugar para ser perfeccionado en amor,58

para lo cual tal arrepentimiento es absolutamente necesario.

12. Por lo tanto, puede parecer que no hay posible

peligro en esperar así la plena salvación. Porque supongamos

que estamos equivocados, supongamos que tal bendición nunca

fue ni puede ser alcanzada, aun así no perdemos nada. Pero la

expectativa misma aviva en nosotros el uso de todos los talentos

que Dios nos ha dado; más aún, a mejorarlos a todos, de modo

que cuando venga nuestro Señor, reciba lo que es suyo con los

intereses.59

13. Pero volvamos al tema. Aunque se admita que

tanto este arrepentimiento como sus frutos son necesarios para

la salvación plena, sin embargo no son necesarios en el mismo

sentido que la fe o en el mismo grado. No en el mismo grado,

porque esos frutos son sólo necesarios condicionalmente, si es

que hay tiempo y oportunidad para ellos. En otras palabras, la

persona puede ser santificada sin ellos. Pero no puede ser

santificada sin la fe. Asimismo, aunque una persona tenga tanto

de este arrepentimiento o tantas buenas obras como nadie

jamás tuvo, esto no le sirve de nada; no es santificada hasta que

58 Cf. 1 Jn. 4.18.

59 Cf. Mt. 25.27.

El camino de la salvación según las Escrituras 103

cree. Pero en el momento que cree, con o sin aquellos frutos,

con más o menos arrepentimiento, es santificada. No en el

mismo sentido; porque este arrepentimiento y estos frutos son

sólo remotamente necesarios, necesarios en orden a la

continuidad de su fe, tanto como a su crecimiento; mientras que

la fe es inmediata y directamente necesaria para la santificación.

Queda firme que la fe es la única condición que es inmediata y

próximamente necesaria para la santificación.

14. «Pero, ¿qué es esa fe por la cual somos santificados,

salvados del pecado y perfeccionados en amor?» Es una

evidencia y una convicción divinas, primero, de que Dios lo ha

prometido en las Sagradas Escrituras. Hasta que no estemos

plenamente convencidos de esto, no nos moveremos un paso

más adelante. Y uno se imaginaría que para convencer de esto a

una persona razonable no hace falta ni una palabra más que la

antigua promesa: «Y circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y

el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu Dios

con todo tu corazón y con toda tu alma, a fin de que vivas».60

¡Cuán claramente expresa esto lo que es ser perfeccionado en

amor! ¡Con qué fuerza implica qué es ser salvo del pecado!

Porque si el amor se apodera de todo el corazón, ¿qué lugar

habrá en él para el pecado?

15. Es una evidencia y una convicción divinas, en

segundo lugar, de que lo que Dios ha prometido, él es apto para

realizarlo. Luego, aunque para los humanos es imposible sacar

una cosa limpia de algo sucio, purificar el corazón de todo

pecado, y llenarlo de toda santidad, esto no crea ninguna

dificultad en el caso, puesto que para Dios todo es posible.61 ¡Y

seguramente nadie jamás imaginó que ello fuera posible

para algún otro poder menor que el del Todopoderoso! Pero si

60 Dt. 30.6.

61 Cf. Mt. 19.26 y otros.

104 Sermón 43

Dios habla, así será hecho. Dios dijo: «Sea la luz; y fue la

luz».62

16. En tercer lugar, «¿es una evidencia y convicción

divinas de que él es capaz y que quiere hacerlo ahora?» ¿Y por

qué no? ¿No es un momento para él lo mismo que mil años?63

Él no puede necesitar más tiempo para llevar a cabo cualquier

cosa que sea su voluntad. No puede necesitar o esperar algo más

de dignidad o aptitud en las personas que se complace en honrar.

Por tanto, podemos decir osadamente, en cualquier momento:

«Hoy es el día de salvación;64 si oyereis hoy su voz, no

endurezcáis vuestros corazones;65 he aquí, todo está dispuesto;

venid a las bodas».66

17. A esta confianza, en que Dios tiene tanto la

capacidad como la voluntad de santificarnos ahora, debe

agregarse una cosa más: una evidencia y convicción divinas de

que lo hace. En ese momento ya está hecho. Dios dice en lo más

profundo del alma: «Conforme a tu fe te sea hecho».67 Entonces,

el alma está purificada de toda mancha de pecado; está limpia

de toda maldad.68 Entonces, el creyente experimenta el

significado profundo de aquellas solemnes palabras: «Si

andamos en luz, como él está en luz, tenemos comunión unos

con otros, y la sangre de Jesucristo su Hijo nos limpia de todo

pecado».69

18. «Pero ¿efectúa Dios esta gran obra en el alma

gradual o instantáneamente?» Quizás en algunos puede ser

62 Cf. Gn. 1.3.

63 Cf. 2 P. 3.8; Sal. 90.4.

64 2 Co. 6.2.

65 He. 4.7.

66 Mt. 22.4.

67 Cf. Mt. 9.29.

68 Cf. 1 Jn. 1.9.

69 1 Jn. 1.7.

El camino de la salvación según las Escrituras 105

llevada a cabo gradualmente; no advierten el momento preciso

en que el pecado deja de ser. Pero es infinitamente deseable, si

así fuese la voluntad de Dios, que se realice instantáneamente;

que el Señor destruya el pecado por el aliento de su boca,70 en

un momento, en un abrir y cerrar de ojos.71 Y generalmente así

lo hace, de lo cual concretamente hay suficiente evidencia como

para satisfacer a cualquier persona con prejuicios. Tú, por lo

tanto, espérala en todo momento. Espérala en la manera antes

descrita; en todas esas obras buenas para las cuales has sido

creado de nuevo en Cristo Jesús.72 Entonces no hay peligro. No

serás peor si es que no mejoras por causa de tal expectativa.

Porque aunque te decepcionaras de tu esperanza, aun así no

perderías nada. Pero no te has de decepcionar de tu esperanza:

vendrá, y no tardará.73 Por lo tanto, espérala cada día, cada

hora, cada momento. ¿Por qué no en esta hora, en este

momento? Por cierto, puedes esperarla ahora, si crees que es por

la fe. Y por esta señal puedes saber con seguridad si la buscas

por la fe o por las obras. Si por las obras, quieres hacer algo

primeramente, antes de ser santificado. Piensas: «Primero debo

ser o hacer esto o aquello». Entonces, la estás buscando por

medio de las obras hasta hoy. Si por la fe, puedes esperarla, tal

como eres. Y si tal como eres, entonces espérala ahora. Es de

gran importancia observar que hay una conexión inseparable

entre estos tres puntos: espérala por fe; espérala tal como eres;

¡y espérala ahora! Negar una de ellas es negarlas todas; admitir

una es admitirlas todas. ¿Crees tú que somos santificados por la

fe? Entonces, sé fiel a tu principio, y espera esta bendición tal

como eres, ni mejor ni peor; como un pobre pecador que no

tiene todavía que pagar algo, y nada que declarar sino que

70 Cf. Job 15.30; Sal. 33.6.

71 Cf. 1 Co. 15.52.

72 Cf. Ef. 2.10.

73 Cf. He. 10.37.

106 Sermón 43

Cristo murió.74 Y si la esperas tal como eres, entonces espérala

ahora. No te detengas por nada. ¿Por qué habrías de hacerlo?

Cristo está preparado. Y él es todo lo que necesitas. Él te espera.

Está a la puerta.75 Exclama desde lo más profundo de tu alma:

¡Oh, ven! ¡Oh, ven tú, huésped celestial!

Y no te retires más:

Cena conmigo, sea este encuentro

Fiesta de eterno amor.76

74 Cf. Ro. 5.6, 8, etc.

75 Cf. Ap. 3.20.

76 Estrofa de un himno wesleyano (1742), traducida aproximadamente.