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Sermón 40 - La perfección cristiana

Filipenses 3.12

No que lo haya alcanzado ya, ni que ya sea perfecto.

1. Difícilmente se encuentra en las Sagradas Escrituras

una expresión que haya sido mayor causa de ofensa que ésta. La

palabra «perfecto» es lo que muchos no pueden soportar. Hasta

su mismo sonido les resulta una abominación. Cualquiera que

«predique la perfección» (como se suele decir), afirmando que

ella es alcanzable en esta vida, corre el gran peligro de ser

considerado por ellos peor que un pagano o un publicano.

2. Por lo tanto, algunos han aconsejado dejar de lado

totalmente el uso de dichas expresiones «porque ellas han

causado tan grande ofensa». Pero ¿acaso no se las halla en los

oráculos de Dios? Si es así, ¿con qué autoridad puede cualquier

mensajero de Dios evitarlas, aunque todos se escandalicen?1

No hemos aprendido así a Cristo;2 ni podemos de esta manera

dar lugar al Diablo.3 Todo lo que Dios ha hablado debemos

hablar nosotros, sea que la gente lo escuche o sea que lo

soporten:4 sabiendo entonces que sólo así puede un ministro de

Cristo ser limpio de la sangre de todos, cuando no ha rehuido

anunciarles todo el consejo de Dios.5

1 Cf. Mt. 26.33.

2 Cf. Ef. 4.20.

3 Cf. Ef. 4.27.

4 Cf. Ez. 2.5, 7; 3.11.

5 Hch. 20. 26-27.

21

22 Sermón 40

3. Por consiguiente, no podemos dejar de lado estas

expresiones, dado que son palabras de Dios y no humanas.6

Podemos y debemos explicar su significado, para que los que

son sinceros de corazón no erren ni a su mano derecha ni a su

mano izquierda, apartándose de la meta, del premio de su

supremo llamamiento.7 Y esto es aun mucho más necesario

hacerlo porque en el pasaje recientemente citado el Apóstol

habla de sí mismo como imperfecto: «No que lo haya alcanzado

ya, ni que ya sea perfecto»,8 dice. E inmediatamente, en el

versículo 15, habla de sí mismo y hasta de otros, como

perfectos, diciendo: «Así que todos los que somos perfectos esto

mismo sintamos».

4. Así es que para quitar la dificultad que surge de esta

aparente contradicción, y también para dar luz a quienes se

esfuerzan por alcanzar el blanco, y para que los cojos no se

salgan del camino,9 me esforzaré por mostrar,

Primero, en qué sentido los cristianos no son, y

Segundo, en qué sentido son perfectos.

I.1. En primer lugar trataré de mostrar en qué sentido

los cristianos no son perfectos. Y tanto de la experiencia como

de las Escrituras surge, primero, que no son perfectos en el

conocimiento: no son tan perfectos en esta vida como para ser

libres de toda ignorancia. Conocen, puede ser, en común con

otras personas, muchas cosas acerca de este mundo presente; y

conocen, con respecto al mundo venidero, las verdades

generales que Dios ha revelado. Asimismo, conocen (lo que el

hombre natural no percibe porque estas cosas se han de

6 Cf. 1 Ts. 2.13.

7 Cf. Fil. 3.14.

8 Fil. 3.14.

9 Cf. He. 12.13.

La perfección cristiana 23

discernir espiritualmente)10 cuál amor nos ha dado el Padre,

para que seamos llamados hijos de Dios.11 Conocen la

operación del poder de su Espíritu12 en sus corazones, y la

sabiduría de su providencia que dirige todos sus senderos, y que

hace que todas las cosas cooperen para su bien.13 Por cierto,

conocen en todas las circunstancias de su vida qué requiere el

Señor de ellos, y cómo tener siempre una conciencia sin ofensa

ante Dios y ante los hombres.14

2.Pero son incontables las cosas que no conocen. Él es

Todopoderoso, no podemos encontrarle; es grande en

poder.15 He aquí, estas cosas son sólo los bordes de sus

caminos; pero el trueno de su poder, ¿quién lo puede

comprender?16 No pueden entender, no diré ya, cómo es que

hay tres que dan testimonio en el cielo: el Padre, el Verbo y el

Espíritu Santo; y estos tres son uno;17 o cómo el eterno Hijo de

Dios tomó sobre sí la forma de un siervo,18 sin ningún atributo

ni ninguna circunstancia de la naturaleza divina. Ni tampoco es

para ellos saber los tiempos o las sazones19 cuando Dios

llevará a cabo sus grandes obras sobre la tierra; no, ni aun

aquellas que él ha revelado en parte, mediante sus siervos los

profetas, desde que comenzó el mundo. Mucho menos saben

cuándo Dios, habiendo completado el número de sus elegidos,

10 Cf. 1 Co. 2.14.

11 1 Jn. 3.1.

12 Cf. Ef. 1.19.

13 Cf. Ro. 8.28.

14 Hch. 24.16.

15 Cf. Job 37.23.

16 Job 26.14.

17 1 Jn. 5.7.

18 Cf. Fil. 2.7.

19 Cf. Hch. 1.7.

24 Sermón 40

apresurará su reino;20 ni cuándo los cielos pasarán con grande

estruendo, y los elementos ardiendo serán desechos.21

3. No conocen las razones ni aun de muchas de las

dispensaciones presentes para con la humanidad, sino que se

ven obligados a contentarse con ellas, dado que nubes y

oscuridad están alrededor de él; justicia y juicio son el cimiento

de su trono.22 Por cierto que, a menudo, en su trato con ellos, el

Señor les dice: «Lo que yo hago, tú no lo comprendes ahora,

mas lo entenderás después».23 ¡Y cuán poco saben de lo que

está siempre delante de sus ojos, aun de las obras visibles de sus

manos! Cómo él extiende el norte sobre vacío, cuelga la tierra

sobre nada.24 Cómo él une todas las partes de esta inmensa

máquina mediante una cadena secreta que no puede ser

quebrada. ¡Así de grande es la ignorancia, y tan pequeño el

conocimiento aun de los mejores de entre los humanos!

4. Nadie pues es tan perfecto en esta vida como para ser

libre de toda ignorancia. Tampoco, en segundo lugar, del error,

el cual es, ciertamente, casi una consecuencia inevitable de lo

anterior; teniendo en cuenta que quienes sólo conocen en

parte,25 se inclinan siempre a errar en cuanto a las cosas que no

conocen. Es verdad que los hijos de Dios no se equivocan en

cuanto a las cosas esenciales a la salvación. No hacen de la luz

tinieblas, y de las tinieblas luz,26 ni se procuran la muerte con

su vida extraviada.27 Porque son enseñados por Dios28 y el

20 Cf. Mr. 13.20.

21 2 P. 3.10.

2 2 Sal. 97.2.

23 Jn. 13.7.

24 Job 26.7.

25 Cf. 1 Co. 13.9, 12.

26 Cf. Is. 5.20.

27 Sabiduría 1.12.

28 Jn. 6.45; 1 Ts. 4.9.

La perfección cristiana 25

camino que él les enseña, camino de santidad, es tan llano que

el que anduviere en ese camino, por torpe que sea, no se

extraviará.29 Pero en las cosas que no son esenciales a la

salvación se equivocan, y ello frecuentemente. Las personas

mejores y más sabias se equivocan con frecuencia en cuanto a

los hechos, creyendo que no han sucedido cosas que realmente

acontecieron, o que fueron hechas cosas que no lo fueron. O

suponiendo que no están errados en cuanto al hecho mismo,

pueden estarlo con respecto a sus circunstancias; creyendo que

ellas, o muchas de ellas, han sido bien diferentes de lo que en

realidad fueron. Y de ello sólo pueden surgir muchos errores

ulteriores. Por lo tanto, pueden creer que algunas acciones

presentes o pasadas que son o fueron malas son buenas; y que

las que fueron o son buenas son malas. De este modo, pueden

juzgar acerca del carácter de las personas en desacuerdo con la

verdad; y ello no solamente suponiendo que las personas buenas

son mejores o que las malas son peores de lo que son, sino

creyendo que son buenas personas los que son muy malvados;

oquizás que han sido o son personas malvadas quienes han sido

oson santos e irreprochables.

5. Ciertamente, con respecto a las mismas Sagradas

Escrituras, por más cuidado que tengan de evitarlo, las mejores

personas son falibles, y se equivocan día por día; especialmente

en cuanto a aquellas partes de las mismas que se relacionan

menos inmediatamente a la práctica. Es por ello que muchos

hijos de Dios no concuerdan en cuanto a la interpretación de

muchos pasajes de las Sagradas Escrituras; pero tampoco esa

diferencia de opiniones es prueba de que no hay hijos de Dios

en cualquiera de ambos lados. Pero ello sí es prueba de que no

hemos de esperar que una persona sea infalible más que lo que

esperamos que sea omnisciente.

29 Cf. Is. 35.8.

26 Sermón 40

6. Si se objetase a lo que ha sido observado bajo éste y

el precedente acápites que san Juan, hablando a sus hermanos

en la fe, dice: «Vosotros tenéis la unción del Santo, y conocéis

todas las cosas»,30 la respuesta es simple: «Conocéis todas las

cosas que son necesarias para la salud de vuestras almas». Que

el apóstol nunca intentó extender esto más allá y que no podía

hablar en un sentido absoluto está bien claro, primero, porque

de otro modo estaría calificando al discípulo como más que su

Maestro;31 siendo que Cristo mismo, como hombre, no sabía

todas las cosas. Él dijo: «Pero de aquel día y de la hora nadie

sabe,... ni el Hijo, sino el Padre».32 Y está claro, en segundo

lugar, por las propias palabras del apóstol que siguen: «Os he

escrito esto sobre los que os engañan»,33 así como por su

advertencia frecuentemente repetida: «Nadie os engañe»,34 la

cual no hubiera sido en absoluto necesaria si esas mismas

personas que tenían la unción del Santo35 no hubieran sido

sujetos sólo a la ignorancia, sino también al error.

7. Hasta los cristianos, por consiguiente, no son tan

perfectos como para ser libres de la ignorancia o del error.

Podemos, en tercer lugar, agregar: ni tampoco de los defectos.

Solamente que tengamos cuidado de entender correctamente

esta palabra. No demos ese nombre suave a los pecados

conocidos, como algunos lo hacen. Así, una persona nos dice:

«Toda persona tiene sus defectos, y el mío es la embriaguez».

Otro tiene el defecto de la suciedad; otro el de tomar el santo

nombre de Dios en vano, y otro más tiene la debilidad de llamar

30 1 Jn. 2.20.

31 Mt. 10.24.

32 Cf. Mc. 13.32.

33 1 Jn. 2.26.

34 1 Jn. 3.7; Ef. 5.6.

35 1 Jn. 2.20.

La perfección cristiana 27

necio36 a su hermano, o de devolver maldición por maldición.37

Es muy simple: todos ustedes, los que así hablan, se irán

rápidamente al infierno con sus defectos.38 Pero quiero

significar aquí no solamente los que son correctamente

llamados «defectos corporales», sino todas aquellas

imperfecciones internas o externas que no son de naturaleza

moral. Tales son la debilidad o la lentitud del entendimiento, la

torpeza o confusión en la comprensión, la incoherencia del

pensamiento, la velocidad irregular o pesadez de la

imaginación. Tal (para no hacer más menciones de esta clase)

es la carencia de una memoria lista y retentiva. De otra índole

son aquellos que en alguna medida padecen lo siguiente:

lentitud para hablar, falta de adecuación del lenguaje, y

pronunciación desagradable; a todo lo cual uno podría agregar

otros mil defectos sea en la conversación o en el

comportamiento. Éstas son debilidades que se hallan en las

mejores personas en mayor o en menor proporción. Y de ellas

nadie puede esperar perfecta liberación hasta que el espíritu

vuelva a Dios que lo dio.39

8. Tampoco debemos esperar ser totalmente libres de la

tentación antes de ese tiempo. Tal perfección no pertenece a esta

vida. Es verdad que hay quienes, entregados a cometer con

avidez toda clase de impureza,40 escasamente perciben las

tentaciones no resistidas y les parece que viven sin tentación

alguna. También hay muchos a quienes el sabio enemigo de las

almas, viéndoles profundamente dormidos en formas muertas

de piedad, no los tentará con grandes pecados, no sea que se

despierten antes de caer en las llamas eternas.41 Sé que

36 Cf. Mt. 5.22.

37 1 P. 3.9.

38 Véase Sal. 55.15.

39 Ec. 12.7.

40 Cf. Ef. 4.19.

41 Cf. Is. 33.14.

28 Sermón 40

también hay hijos de Dios que, habiendo sido justificados

gratuitamente, y habiendo hallado redención en la sangre de

Cristo,42 actualmente no sienten ninguna tentación. Dios ha

dicho a sus enemigos: «No toquéis a mis ungidos, ni hagáis mal

a mis hijos».43 Y durante este tiempo, que puede durar semanas

o meses, los hace subir sobre las alturas de la tierra;44 los

mantiene como sobre alas de águilas;45 por encima de todos los

dardos de fuego del maligno.46 Pero esta condición no durará

para siempre, como podemos aprender de la sola mención de

que el mismo Hijo de Dios, cuando estaba en la carne, fue

tentado hasta el final de su vida. Por tanto, que su siervo espere

serlo asimismo; porque bástale al discípulo ser como su

maestro.47

9. Por consiguiente, la perfección cristiana no implica

(como algunos parecen haberlo imaginado) quedar exentos de

la ignorancia o del error, de los defectos o de las tentaciones.

Por cierto, no es más que otra palabra para la santidad. Son dos

nombres para la misma cosa. Así, todo aquel que es perfecto es

santo, y todo el que es santo es, en el sentido bíblico, perfecto.

Sin embargo, podemos observar que ni siquiera en este aspecto

hay perfección absoluta en la tierra. No hay «último grado de

perfección», como se le denomina;48 nada que no admita un

crecimiento continuo. De modo que por más que una persona

haya alcanzado, o por más alto que sea su grado de perfección,

42 Cf. Ro. 3.24-25.

43 Cf. 1 Cr. 16.22; Sal. 105.15.

44 Cf. Dt. 32.12.

45 Cf. Ex. 19.4.

46 Ef. 6.16.

47 Mt.10.25.

48 Aquí Wesley rechaza la opinión de Thomas Drayton, que es posible alcanzar en esta

vida una perfección tal que uno haya muerto al pecado. Wesley prefiere hablar de una

«perfección en el amor», que para Drayton era solamente uno de los elementos de la

perfección cristiana.

La perfección cristiana 29

todavía necesita crecer en la gracia,49 y avanzar diariamente en

el conocimiento y el amor de Dios su Salvador.

II.1. Entonces, ¿en qué sentido son perfectos los

cristianos? Esto es lo que trataré de mostrar en segundo lugar.

Pero se debe sentar la premisa de que hay varias etapas en la

vida cristiana, como las hay en la vida natural: algunos de los

hijos de Dios son bebés recién nacidos; otros han alcanzado

mayor madurez. Conforme a esto san Juan, en su primera

epístola, se dirige repetidamente a los que llama hijitos, a los

que denomina jóvenes y a los que llama padres. Dice el apóstol:

«Os escribo a vosotros, hijitos, porque vuestros pecados han

sido perdonados en su nombre»,50 porque hasta ahora lo

habéis obtenido, siendo justificados gratuitamente,51 y tenéis

paz para con Dios por medio de Jesucristo.52 «Os escribo a

vosotros, jóvenes, porque habéis vencido al maligno»; o,

como agrega después, «porque sois fuertes, y la palabra de

Dios permanece en vosotros». Habéis apagado todos los

dardos de fuego del maligno,53 las dudas y temores con los

cuales él perturbó vuestra paz inicial, y el testimonio de Dios de

que vuestros pecados son perdonados ahora permanece en

vuestros corazones.54 «Os escribo a vosotros, padres, porque

habéis conocido al que es desde el principio». Habéis

conocido tanto al Padre como al Hijo y al Espíritu de Cristo en

lo más íntimo de vuestras almas. Vosotros sois varones

49 Cf. 2 P. 3.18.

50 Esta frase y varias posteriores, intercaladas

en el mismo párrafo: 1 Jn. 2.12-14.

51 Ro. 3.24.

52 Cf. Ro. 5.1.

53 Cf. Ef. 6.16.

54 Cf. 1 Jn. 2.14, 27.

30 Sermón 40

perfectos, a la medida de la estatura de la plenitud de

Cristo.55

2. Es acerca de éstos que hablo mayormente en esta

parte del discurso; porque solamente estos son propiamente

cristianos.56 Pero aun los niños en Cristo57 son de este modo

perfectos, o nacidos de Dios58 (expresión que también puede

entenderse en diversos sentidos), primero, en no cometer

pecado. Si alguien duda de este privilegio de los hijos de Dios,

la cuestión no ha de ser decidida mediante razonamientos

abstractos, que pueden extenderse interminablemente, dejando

el asunto tal como estaba antes. Ni tampoco ha de determinarse

por la experiencia de esta o aquella persona particular. Muchos

pueden suponer que no cometen pecado cuando lo cometen,

pero esto no prueba nada en ningún sentido. A la ley y al

testimonio59 apelamos. Sea Dios veraz, y todo hombre

mentiroso.60 En su Palabra permanecemos, y en ella solamente.

Por ella debemos ser juzgados.

3. Ahora bien, la palabra de Dios claramente declara

que aun aquellos que son justificados, que nacen de nuevo en el

sentido más común, no perseveran en pecado; no pueden vivir

aún en él;61 que son plantados juntamente con Cristo en la

semejanza de su muerte;62 que su viejo hombre fue crucificado

juntamente con él, para que el cuerpo del pecado sea

55 Cf. Ef. 4.13.

56 En ediciones posteriores, Wesley cambió esta frase, que parece dar a entender que

solamente quienes han alcanzado la perfección son verdaderamente cristianos. En esos

textos posteriores, la frase dice: «cristianos perfectos» en lugar de «propiamente

cristianos».

57 Cf. 1 Co. 3.1.

58 1 Jn. 3.9; 4.7.

59 Is. 8.20.

60 Ro. 3.4.

61 Cf. Ro. 6.1, 2.

62 Cf. Ro. 6.5.

La perfección cristiana 31

destruido, a fin de que no sirvan más al pecado;63 que están

muertos al pecado, pero vivos para Dios;64 que el pecado no se

enseñoreará de ellos, los que no están bajo la ley, sino bajo la

gracia; pero que éstos libertados del pecado, vinieron a ser

siervos de la justicia.65

4. Lo menos que pueden implicar estas palabras es que

las personas de quienes aquí se habla, o sea todos los verdaderos

cristianos o creyentes en Cristo, son liberados del pecado

externo. Y la misma libertad que san Pablo expresa aquí con

frases tan variadas, san Pedro la expresa en una: «Quien ha

padecido en la carne, terminó con el pecado, para no vivir el

tiempo que resta...conforme a las concupiscencias de los

hombres, sino conforme a la voluntad de Dios».66 Porque este

«terminar con el pecado», si ha de ser interpretado en el sentido

más común, debe significar el cese del acto externo, de toda

transgresión externa de la ley.

5. Pero más explícitas son las bien conocidas palabras

de san Juan en el tercer capítulo de su primera epístola

(versículo ocho y siguiente): «El que practica el pecado es del

diablo; porque el diablo peca desde el principio. Para esto

apareció el Hijo de Dios, para deshacer las obras del diablo.

Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado,

porque la simiente de Dios permanece en él; y no puede

pecar, porque es nacido de Dios».67 Y aquellas en el capítulo

quinto, versículo dieciocho: «Sabemos que todo aquel que ha

nacido de Dios no practica el pecado, pues aquel que fue

engendrado por Dios le guarda, y el maligno no le toca».68

63 Cf. Ro. 6.6.

64 Cf. Ro. 6.11.

65 Cf. Ro. 6.18.

66 1 P. 4.1-2.

67 1 Jn. 4.8-9.

68 1 Jn. 5.18.

32 Sermón 40

6. Ciertamente, se dice que esto solamente significa que

no peca voluntariamente; o que no comete pecado habitual-

mente; o no como lo hacen otras personas; o no como lo hacía

antes. Pero ¿quién dijo esto? ¿Acaso san Juan? No. No hay

tales palabras en el texto, ni en todo el capítulo, ni en toda la

epístola, ni en ninguna parte de sus escritos. Entonces, la mejor

manera de responder a una afirmación atrevida es simplemente

negarla. Y si alguien puede probarlo mediante la Palabra de

Dios, que presente sólidas razones.

7. Y hay un tipo de razón que ha sido invocada

frecuentemente para sostener estas extrañas afirmaciones,

tomadas de ejemplos registrados en la palabra de Dios. Nos

dicen: «¿Y qué? ¿Acaso Abraham mismo no cometió pecado,

prevaricando y negando a su esposa? ¿Acaso no cometió pecado

Moisés cuando provocó a Dios junto a las aguas de la

rencilla.69 Y además, para presentar un caso que vale por todos,

¿no cometió pecado David, el varón conforme al corazón de

Dios,70 en el asunto de Urías el heteo, hasta el asesinato y el

adulterio? Es ciertísimo que lo hizo. Todo esto es verdad. Pero

¿qué deducirías de ello? Puede concederse, primeramente, que

David, en el curso general de su vida, fue uno de los hombres

más santos que hubo entre los judíos. Y segundo, que el más

santo de los judíos a veces cometió pecado. Pero si de esto has

de deducir que todos los cristianos cometen y deben cometer

pecados, mientras viven, negamos terminantemente esta

conclusión. Jamás habrá de seguirse de tales premisas.

8. Los que así argumentan parece que nunca han

considerado la declaración de nuestro Señor: «De cierto os

digo: Entre los que nacen de mujer no se ha levantado otro

mayor que Juan el Bautista; pero el más pequeño en el reino

69 Cf. Sal. 106.32; Nm. 20.13.

70 Cf. Hch. 13.22.

La perfección cristiana 33

de los cielos mayor es que él».71 Me temo que hay algunos que

han imaginado que aquí «el reino de los cielos» significa el

reino de la gloria. ¡Como si el Hijo de Dios recién hubiera

acabado de descubrirnos que el más pequeño de los santos

glorificados en el cielo es mayor que cualquier persona sobre la

tierra! Mencionar esto es suficiente para refutarlo. Por tanto, no

puede haber duda de que aquí «el reino de los cielos» (como

en el versículo siguiente, donde se dice que sufre violencia)72 o

«el reino de Dios», como lo denomina san Lucas, es ese reino

de Dios sobre la tierra, al cual todos los verdaderos creyentes

en Cristo, todos los genuinos cristianos pertenecen. Con estas

palabras, pues, nuestro Señor declara dos cosas. Primero, que

antes de su encarnación, entre todos los seres humanos no

había habido ninguno mayor que Juan el Bautista; de donde

surge evidentemente que ni Abraham, ni David, ni ningún judío

fue mayor que Juan. Nuestro Señor, en segundo lugar, declara

que el más pequeño en el reino de Dios (en ese reino que él

vino a establecer sobre la tierra, al cual los violentos ahora

comienzan a tomar por la fuerza) es mayor que él. La sencilla

consecuencia es: el más pequeño de éstos que tienen ahora a

Cristo como su Rey es mayor que lo que fueron Abraham o

David o cualquier otro judío. Ninguno de éstos fue alguna vez

mayor que Juan. Pero el más pequeño de aquellos es mayor

que él. No «un profeta mayor» (como algunos han interpretado

estas palabras), porque esto es de hecho palpablemente falso,

sino mayor en la gracia de Dios y en el conocimiento de

nuestro Señor Jesucristo. Por lo tanto, no podemos medir los

privilegios de los verdaderos cristianos mediante aquellos que

fueron concedidos anteriormente a los Judíos. Su ministerio (o

dispensación) admitimos que fue con gloria, pero más

71 Mt. 11.11.

72 Cf. Mt. 11.12.

34 Sermón 40

abundará en gloria nuestro ministerio.73 De modo que

cualquiera que quiera rebajar la dispensación cristiana a las

pautas judías, cualquiera que recoge los ejemplos de debilidad

registrados en la ley y los profetas y luego deduce que quienes

están revestidos de Cristo74 no están dotados de una fortaleza

mayor, erra grandemente ignorando las Escrituras y el poder de

Dios.75

9. «Pero ¿no hay acaso afirmaciones en las Escrituras

que prueban lo mismo, si es que ello no puede ser deducido de

tales ejemplos? ¿No dicen expresamente las Escrituras: `Hasta

el hombre justo peca siete veces por día'?» Yo contesto: No. Las

Escrituras no dicen tal cosa. No hay tal texto en toda la Biblia.

Lo que parece mencionarse es el versículo decimosexto del

capítulo veinticuatro de los Proverbios, cuyas palabras son las

siguientes: «Porque siete veces cae el justo, y vuelve a

levantarse». Pero esto es totalmente otra cosa. Para empezar, las

palabras «por día» no están en el texto. De modo que si el

hombre justo cae siete veces en su vida es todo lo que aquí se

afirma. En segundo lugar, acá no se menciona para nada el «caer

en el pecado»; lo que aquí se menciona es el «caer en aflicción

temporal». Esto se muestra claramente por el versículo anterior,

cuyas palabras son: «Oh, impío, no aceches la tienda del justo,

no saquees su cámara». Y prosigue: «Porque siete veces cae el

justo y vuelve a levantarse; mas los impíos caerán en el mal».

Como si Dios hubiera dicho: «Dios lo librará de su dificultad.

Pero cuando tú caigas, no habrá nadie para librarte».

10. «Pero, sin embargo, en otros lugares», continúan los

objetores, «Salomón afirma claramente: 'No hay hombre que

73 Cf. 2 Co. 3.8-9.

74 Cf. Ga. 3.27.

75 Cf. Mt. 22.29.

La perfección cristiana 35

no peque',76 por cierto, 'no hay hombre justo en la tierra, que

haga el bien y nunca peque'».77 Respondo: sin duda, así era en

los días de Salomón. Sí, así era desde Adán hasta Moisés,

desde Moisés hasta Salomón, y desde Salomón hasta Cristo.

Entonces no había quien no pecase. Desde el día en que el

pecado entró al mundo no hubo una sola persona en la tierra

que hiciera el bien y que no pecase, hasta que el Hijo de Dios

apareció para quitar nuestros pecados.78 Es incuestionable-

mente cierto que entretanto que el heredero es niño, en nada

difiere del esclavo.79 Y que entonces ellos (todos los santos de

la antigüedad que estaban bajo la dispensación judía), durante

la etapa infantil de la Iglesia, estaban en esclavitud, bajo los

rudimentos del mundo. Pero cuando vino el cumplimiento del

tiempo, Dios envió a su Hijo, nacido de mujer y nacido bajo

la ley, para que redimiese a los que estaban bajo la ley, a fin

de que recibiésemos la adopción de hijos,80 para que

recibiesen aquella gracia que ahora ha sido manifestada por la

aparición de nuestro Salvador Jesucristo, el cual quitó la

muerte y sacó a luz la vida y la inmortalidad por el evange-

lio.81 Ahora, por lo tanto, ya no son esclavos, sino hijos.82 De

modo que, cualquiera fuese el caso de los que estaban bajo la

ley, podemos afirmar con seguridad que desde que fue

entregado el Evangelio, todo aquel que ha nacido de Dios no

practica el pecado.83

761 R. 8.46; 2 Cr. 6.36.

77 Ec. 7.20.

78 1 Jn. 3.5.

79 Gá. 4.1.

80 Cf. Gá. 4.3-5.

81 2 Ti. 1.10.

82 Cf. Gá. 4.7.

83 1 Jn. 5.18.

36 Sermón 40

11. Es de gran importancia observar, con más cuidado

que lo que generalmente se lo hace, la amplia diferencia que hay

entre la dispensación judía y la cristiana, y el fundamento de ella

que el mismo apóstol señala en el capítulo séptimo, versículo

treinta y ocho y siguiente de su evangelio: «El que cree en mí,

como dice la Escritura, de su interior correrán ríos de agua

viva». E inmediatamente explica: «Esto dijo del Espíritu (oú

émellon lambánein oi pisteúontes eis autón) que habían de

recibir los que creyesen en él; pues aún no había venido el

Espíritu Santo, porque Jesús no había sido aún glorificado».84

Ahora bien, el apóstol no puede significar aquí (como algunos

han enseñado) que el poder del Espíritu Santo para obrar

milagros aún no había sido dado. Porque había sido dado:

nuestro Señor lo había dado a todos sus apóstoles cuando por

primera vez los envió a predicar el Evangelio. Les dio poder

sobre los espíritus inmundos, para que los echasen fuera, poder

para sanar a los enfermos y para resucitar a los muertos.85 Pero

el Espíritu Santo aún no había sido dado en sus gracias

santificantes, como sucedió luego de que Jesús fue glorificado.

Fue entonces cuando subió a lo alto, cautivó la cautividad, para

que tomase dones para los hombres, y también para los

rebeldes, para que habite entre ellos Jehová Dios.86 Y, cuando

llegó el día de Pentecostés,87 sucedió que primeramente aquellos

que esperaban la promesa del Padre88 fueron hechos más que

vencedores sobre el pecado mediante el Espíritu Santo que les

fue dado.

12. San Pedro también testifica claramente que esta

salvación del pecado no fue concedida hasta que Jesús fue

84 Jn. 7.38-39.

85 Mt. 10.1, 8.

86 Cf. Sal. 68.18.

87 Cf. Hch. 2.1.

88 Cf. Hch. 1.4.

La perfección cristiana 37

glorificado, y habla a sus hermanos en la carne89 que han

recibido el fin de su fe que es la salvación de sus almas, y

agrega que «Los profetas que profetizaron de la gracia (esto

es, la dispensación de la gracia) destinada a vosotros,

inquirieron y diligentemente indagaron acerca de esta

salvación, escudriñando qué persona y qué tiempo indicaba el

Espíritu de Cristo que estaba en ellos, el cual anunciaba de

antemano los sufrimientos de Cristo y las glorias (la gloriosa

salvación) que vendrían tras ellos. A éstos se les reveló que no

para sí mismos, sino para nosotros, administraban las cosas

que ahora os son anunciadas por los que os han predicado el

evangelio por el Espíritu Santo enviado del cielo» (esto es, el

día de Pentecostés, y asimismo a todas las generaciones, en el

corazón de todos los verdaderos creyentes). Sobre esta base, o

sea «la gracia que les fue dada mediante la revelación de

Jesucristo», el apóstol bien puede construir la sólida exhorta-

ción: «Por tanto, ceñid los lomos de vuestro entendimien-

to...como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros

santos en toda vuestra manera de vivir».90

13. Los que han considerado debidamente estas cosas

deben admitir que los privilegios de los cristianos no deben ser

de ninguna manera medidos por lo que el Antiguo Testamento

registra acerca de aquellos que estaban bajo la dispensación

judía, y viendo que la plenitud de los tiempos ha llegado ahora,

que el Espíritu Santo ha sido dado, y la gran salvación de Dios

ha sido dada a los humanos mediante la revelación en

Jesucristo. El reino de los cielos ahora ha sido traído a la tierra,

acerca de lo cual el Espíritu de Dios antiguamente declaró

(porque tan lejos está David de ser el modelo o la norma de la

perfección cristiana): «El que entre ellos fuere débil, en aquel

89 Cf. 1 P. 4.2.

90 1 P. 1.9, 10 y siguientes.

38 Sermón 40

tiempo será como David; y la casa de David como Dios, como

el ángel de Jehová delante de ellos».91

14. Por consecuencia, si has de probar que las palabras

del apóstol, «Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el

pecado», no han de ser entendidas en su significado simple,

natural y obvio, es del Nuevo Testamento que has de

proporcionar tus pruebas; de otro modo estarás luchando como

quien golpea el aire.92 Y la primera de ellas que generalmente

se presenta está tomada de ejemplos registrados en el Nuevo

Testamento: «Los apóstoles mismos (se dice) cometieron

pecado, y ciertamente los mayores de ellos, Pedro y Pablo:

Pablo mediante su aguda contienda con Bernabé,93y Pedro con

su simulación en Antioquía».94 Bien, supongamos que entonces

Pedro y Pablo cometieron pecado. ¿Qué vas a deducir de ello?

¿Que todos los otros apóstoles cometieron pecado algunas

veces? No hay sombra de prueba para esto. ¿O deducirías

entonces que todos los otros cristianos de la era apostólica

cometieron pecado? Peor que peor. Ésta es una inferencia tal

que uno se imagina que jamás la pensaría un hombre en su

sentido cabal. ¿O argüirías así?: «Si dos de los apóstoles pecaron

una vez, entonces todos los otros cristianos, en todos los

tiempos, cometen y cometerán pecado mientras vivan». ¡Oh,

hermano mío! Cualquier persona de entendimiento común se

avergonzaría de tal razonamiento. Menos aún podrías, con

cualquier clase de argumento, deducir que toda persona debe

pecar alguna vez. No; no permita Dios que hablemos así.

Ninguna necesidad de pecar les fue impuesta. La gracia de Dios

seguramente era suficiente para ellos. Y es suficiente para

nosotros hasta el día de hoy. Junto con la tentación que les

91 Zac. 12.8.

92 Cf. 1 Co. 9.26.

93 Hch. 15.39.

94 Cf. Ga. 2.11-14.

La perfección cristiana 39

sobrevino, había una vía de escape, así como la hay para toda

alma humana en toda tentación; que todo aquel que es tentado a

cometer cualquier pecado no necesita pecar; porque nadie es

tentado más allá de lo que puede sobrellevar.95

15.«Pero san Pablo rogó al Señor tres veces, y sin

embargo no pudo escapar de su tentación». Consideremos sus

propias palabras traducidas literalmente: «Me fue dado un

aguijón en la carne, un mensajero de Satanás que me abofetee,

para que no me enaltezca sobremanera; respecto a lo cual tres

veces he rogado al Señor que lo quite de mí. Y me ha dicho:

Bástate mi gracia; porque mi poder se perfecciona en la

debilidad. Por tanto, de buena gana me gloriaré más bien en

mis debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo.

Por lo cual, por amor a Cristo me gozo en las

debilidades...porque cuando soy débil entonces soy fuerte».96

16. Como este texto es uno de los baluartes de los

clientes del pecado, sería apropiado sopesarlo acabadamente.

Observemos, en primer lugar, que de ninguna manera surge

que esta espina, cualquiera que fuese, fue motivo de que san

Pablo pecase, y mucho menos lo puso en la necesidad de

hacerlo. Por lo tanto, de esto nunca podrá ser probado que

algún cristiano deba pecar. En segundo lugar, los antiguos

Padres nos informan que se trataba de un padecimiento

corporal: «un violento dolor de cabeza», decía Tertuliano, con

lo cual concuerdan Crisóstomo y san Jerónimo. san Cipriano

lo expresa un poco más ampliamente, en estos términos:

«muchos y penosos tormentos de la carne y del cuerpo». En

tercer lugar, con esto concuerdan exactamente las propias

palabras del apóstol: «Un aguijón en la carne que me pegue,

me golpee o me abofetee...Mi poder se perfecciona en la

95 Cf. 1 Co. 10.13.

96 2 Co. 12.7-10.

40 Sermón 40

debilidad»,97 la misma palabra que ocurre no menos de cuatro

veces en estos dos versículos solamente.98 Pero, en cuarto

lugar, fuese lo que fuese, no podía ser ni pecado externo ni

interno. No podía ser más conmociones internas que expresio-

nes externas de orgullo, ira o lujuria. Esto se manifiesta más

allá de toda excepción posible en las palabras que inmedia-

tamente siguen: «De buena gana me gloriaré más bien en mis

debilidades, para que repose sobre mí el poder de Cristo».

¿Qué? ¿Se gloriaba él en el orgullo, la ira o la lujuria? ¿Sería

mediante estas «debilidades» que reposaría sobre él el poder de

Cristo? Y prosigue: «Por lo cual...me gozo en las debilida-

des...porque cuando soy débil entonces soy fuerte»,99 o sea,

cuando soy débil corporalmente, entonces soy fuerte en

espíritu. Pero ¿se atrevería alguna persona a decir: «Cuando

soy débil por causa del orgullo o de la lujuria, entonces soy

fuerte en espíritu»? Les invito a todos ustedes a recapacitar en

este día, aquellos que reconocen que el poder de Cristo reposa

sobre ustedes, ¿pueden ustedes gloriarse en la ira, el orgullo o

la lujuria? ¿Pueden complacerse en esas debilidades? ¿Acaso

esas debilidades les hacen fuertes? ¿No saltarían ustedes dentro

del infierno, si fuera posible, para escaparles? ¡Y aún por sí

mismos juzguen si el apóstol podía gloriarse y complacerse en

ellas! Permítasenos observar, finalmente, que este aguijón le fue

dado a san Pablo «hace catorce años,100 dice, mucho antes

que escribiera esta epístola, la cual fue escrita varios años antes

de que él finalizara su carrera. Así que, después de esto, él tenía

que recorrer una larga trayectoria, que pelear muchas batallas,

que ganar muchas victorias, y crecer aún mucho más, para

97 Cf.2 Co. 12.7, 9.

98 Esto es, astenéia, la cual, con sus derivados, aparece cuatro veces en los vers. 9-10.

99 Cf. 2 Co. 12.9-10.

100 2 Co. 12.2.

La perfección cristiana 41

recibir en todo los dones de Dios y el conocimiento de

Jesucristo. Por lo tanto, por cualquier debilidad espiritual (si así

hubiera sido) que él padeciese en ese momento, de ninguna

manera podemos deducir que sería fortalecido, que Pablo el

anciano, el padre en Cristo, todavía trabajase bajo el peso de la

misma debilidad y que no estuvo en una condición superior

hasta el día de su muerte. De todo lo cual resulta que esta

instancia de san Pablo es totalmente ajena a la cuestión, y de

ninguna manera colisiona con la afirmación de san Juan: «Todo

aquel que es nacido de Dios no practica el pecado».

17. Pero ¿acaso Santiago no contradice esto directa-

mente? Sus palabras son: «Porque todos ofendemos muchas

veces».101 ¿Y no es ofender lo mismo que cometer pecado? En

este lugar admito que lo es. Admito que las personas de

quienes aquí se habla pecaron; sí, que todos ellos cometieron

muchos pecados. Pero ¿quiénes son las personas de las que

aquí se habla? Ciertamente, los «muchos señores» o

«maestros»102 a quienes Dios no había enviado

(probablemente los mismos «hombres vanos» que enseñaban

esa «fe sin obras»,103 que es tan agudamente reprobada en el

capítulo precedente) no el mismo apóstol, ni algún verdadero

cristiano. Que en la palabra «nosotros» (usada como figura

común de lenguaje, tanto en los escritos bíblicos así como en

otros) el apóstol pudo posiblemente no incluirse él mismo ni a

ningún genuino creyente surge evidentemente, primero, del uso

de la misma palabra en el versículo noveno: «Con ella

bendecimos al Dios y Padre, y con ella maldecimos a los

hombres...De una misma boca proceden bendición y

maldición».104 Es cierto, pero no de la boca del apóstol, ni de

101 Stg. 3.2.

102 Cf. Stg. 3.1.

103 Cf. Stg. 2.20.

104 Stg. 3.9-10.

42 Sermón 40

ninguno que es en Cristo una nueva criatura.105 En segundo

lugar, del versículo que inmediatamente precede al texto,

manifiestamente conectado con él: «Hermanos míos, no os

hagáis maestros muchos de vosotros, sabiendo que recibiremos

mayor condenación: porque todos nosotros ofendemos muchas

veces».106 ¡«Nosotros»! ¿Quiénes? Los apóstoles no, ni los

verdaderos creyentes; sino los que saben que recibirán «mayor

condenación»,107 por causa de aquellas muchas ofensas. Pero

esto no puede decirse del apóstol mismo, ni de nadie que camine

en sus pasos, siendo que «ninguna condenación hay para los

que no andan conforme a la carne, sino conforme al

Espíritu».108 Pues bien, en tercer lugar, el mismo versículo

prueba que las palabras «todos ofendemos»,109 no pueden

referirse ni a todas las personas ni a todos los cristianos; porque

sigue inmediatamente la mención de alguna persona que «no

ofende», así como los «nosotros» primeramente mencionados

ofenden; de los cuales es expresamente distinguido y es

designado como «varón perfecto».110

18. Santiago se explica a sí mismo y fija el sentido de su

pensamiento con esta claridad. Sin embargo, por si alguien

todavía se quedó con la duda, san Juan, escribiendo muchos

años después que Santiago, coloca el tema completamente fuera

de discusión mediante la declaración expresa citada

anteriormente. Pero aquí puede surgir una nueva dificultad.

¿Cómo podemos reconciliar a san Juan consigo mismo? En un

lugar declara: «Todo aquel que es nacido de Dios no practica

105 2 Co. 5.17.

106 Stg. 3.1-2.

107 Stg. 3.1.

108 Cf. Ro. 8.1.

109 Stg. 3.1.

110 Stg. 3.2.

La perfección cristiana 43

el pecado».111 Y nuevamente: «Sabemos que todo aquel que ha

nacido de Dios no practica el pecado».112 Y, sin embargo, en

otro lugar dice: «Si decimos que no tenemos pecado, nos

engañamos a nosotros mismos, y la verdad no está en

nosotros».113 Y otra vez: «Si decimos que no hemos pecado, le

hacemos a él mentiroso, y su palabra no está en nosotros».114

19. Por más grande que pueda parecer esta dificultad,

se desvanece si observamos, primero, que el versículo 10

establece el sentido del octavo: «Si decimos que no tenemos

pecado» en el anterior, es explicado por «Si decimos que no

hemos pecado» en el versículo posterior. En segundo lugar,

que en la presente consideración, la cuestión no es si hemos o

no hemos pecado anteriormente,115 y ninguno de estos

versículos afirma que pecamos o cometemos pecado ahora. En

tercer lugar, que el versículo nueve explica tanto al octavo

como al décimo: «Si confesamos nuestros pecados, él es fiel y

justo para perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda

maldad».116 Como si hubiese dicho: "Anteriormente he

afirmado: «La sangre de Jesucristo nos limpia de todo pecado».

Que nadie diga: No lo necesito; no tengo pecado del que

necesite ser limpiado. Si decimos «que no tenemos pecado»,

«que no hemos pecado», nos engañamos a nosotros mismos y

hacemos mentiroso a Dios. Pero si confesamos nuestros

pecados, él es fiel y justo, no sólo para perdonar nuestros

pecados, sino también para limpiarnos de toda iniquidad, de

modo que vayamos y no pequemos más".117

111 1 Jn. 3.9.

112 1 Jn. 5.18.

113 1 Jn. 1.8.

114 1 Jn. 1.10.

115 Cf. 2 Co. 13.2.

116 1 Jn. 1.9.

117 Cf. Jn. 5.14.

44 Sermón 40

20. Por tanto, Juan es bien consistente consigo mismo,

y también con los otros escritores sagrados; como también

aparecerá más evidentemente si colocamos todas sus

afirmaciones correspondientes a este asunto en un único

panorama. Él declara, primeramente: «La sangre de Jesucristo

nos limpia de todo pecado». Segundo: «Nadie puede decir: Yo

no he pecado, no tengo pecado del cual ser limpiado». Tercero:

«Pero Dios está listo, a la vez, a perdonar nuestros pecados

pasados y a salvarnos de ellos en el tiempo venidero». En

cuarto lugar: «Estas cosas os he escrito», dice el apóstol, «para

que no pequéis: pero si alguien peca», o «ha pecado» (como

podría ser traducida la palabra), no necesita continuar en

pecado, siendo que «abogado tenemos para con el Padre, a

Jesucristo el justo».118 Hasta aquí todo está claro. Pero para

que no quede ninguna duda en un punto de tan gran importan-

cia, el apóstol retoma este tema en el capítulo tres, y explica

ampliamente su significado propio: «Hijitos», dice, «nadie os

engañe (como si yo hubiese estimulado a los que continúan en

el pecado); «el que hace justicia es justo, como él es justo. El

que practica el pecado es del diablo, porque el diablo peca

desde el principio. Para esto apareció el Hijo de Dios, para

deshacer las obras del diablo. Todo aquel que es nacido de Dios

no practica el pecado, porque la simiente de Dios

permanece en él; y no puede pecar, porque es nacido de Dios.

En esto se manifiestan los hijos de Dios y los hijos del

diablo».119 Aquí el asunto, que hasta entonces, posiblemente,

podría haber dado lugar a alguna duda en las mentes débiles, es

planteado intencionalmente por el último de los escritores

inspirados y resuelto de la manera más clara. Por lo tanto,

conforme a la doctrina de san Juan, y a todo el tenor del

118 1 Jn. 2.1.

119 1 Jn. 3.7-10.

La perfección cristiana 45

Nuevo Testamento, establecemos esta conclusión: «El cristiano

es tan perfecto como para no cometer pecado».

21. Éste es el glorioso privilegio de todo cristiano,

aunque sea apenas un niño en Cristo.120 Pero solamente de

aquellos que están fortalecidos en el Señor,121 y que han vencido

al maligno, o más bien de aquellos que le han conocido desde

el principio,122 se puede afirmar que son en tal sentido perfectos

como, en segundo lugar, para ser liberados de malos

pensamientos y del mal genio. Primero, de los pensamientos

malos o pecaminosos. Pero aquí se debe observar que los

pensamientos relacionados con el mal no son siempre malos

pensamientos; que un pensamiento acerca del pecado y un

pensamiento pecaminoso son ampliamente diferentes. Un

hombre, por ejemplo, puede pensar en un homicidio que otro ha

cometido, y sin embargo esto no es un pensamiento malo o

pecaminoso. Así, nuestro mismo bendito Señor pensó en las

cosas dichas por el diablo y las entendió cuando éste le dijo:

«Todo esto te daré, si postrado me adorares».123 Sin embargo,

él no tuvo ningún pensamiento malo o pecaminoso, y por cierto

no era capaz de tenerlo. Y de esto aún se sigue que tampoco lo

tienen los verdaderos cristianos; porque «todo el que fuere

perfeccionado, será como su maestro».124 Por lo tanto, si él

estaba libre de pensamientos malos o pecaminosos, asimismo lo

estarán ellos.

22. Y ciertamente, ¿De dónde procederían los malos

pensamientos en un siervo que es «como su maestro»? «De

dentro del corazón del hombre proceden los malos pensamien-

120 Cf. 1 Co. 3.1.

121 Cf. Ef. 6.10.

122 1 Jn. 2.13, 14.

123 Mt. 4.9.

124 Cf. Lc. 6.40.

46 Sermón 40

tos»,125 (cuando los hay). Por lo tanto, si su corazón ya no fuese

malo, los malos pensamientos ya no procederían más de él. Si

el árbol fuese corrupto, asimismo lo sería el fruto. Pero el árbol

es bueno, el fruto, por consiguiente también lo es.126 Nuestro

Señor mismo da testimonio de ello: «Así todo buen árbol da

buenos frutos, pero el árbol malo da frutos malos. No puede el

buen árbol dar malos frutos, ni el árbol malo dar frutos

buenos».127

23. El mismo feliz privilegio de los verdaderos

cristianos es afirmado por san Pablo, conforme a su propia

experiencia: «Las armas de nuestra milicia no son carnales»,

dice «sino poderosas en Dios para la destrucción de fortalezas,

derribando argumentos» (o «razonamientos», porque esto

significa la palabra loguismoús, todos los razonamientos de

orgullo e incredulidad en contra de las declaraciones, promesas

y dones de Dios) y toda altivez que se levanta contra el

conocimiento de Dios, y llevando cautivo todo pensamiento a la

obediencia de Cristo».128

24. Y así como los cristianos están ciertamente liberados

de malos pensamientos, también están, en segundo lugar, libres

del mal genio. Esto es evidente por la declaración antes

mencionada de nuestro Señor: «El discípulo no es superior a su

maestro; mas todo el que fuere perfecto será como su

maestro».129 Había estado presentando justamente antes

algunas de las doctrinas más sublimes del cristianismo, y

algunas de las más penosas para la carne y la sangre: «Os digo:

Amad a vuestros enemigos, haced bien a los que os aborre-

cen; al que te hiera en una mejilla, preséntale también la

125 Mc. 7.21.

126 Cf. Mt. 12.33.

127 Mt. 7.17-18.

128 2 Co. 10.4-5.

129 Lc. 6.40.

La perfección cristiana 47

otra».130 Ahora pues, él sabía muy bien que el mundo no

aceptaría tal cosa, y por lo tanto agrega inmediatamente:

«¿Acaso puede un ciego guiar a otro ciego? ¿No caerán ambos

en el hoyo?»131 Como si hubiera dicho: No consultéis con carne

y sangre132 con respecto a estas cosas, con hombres vacíos de

discernimiento espiritual, los ojos de cuyo entendimiento133

Dios no ha abierto, para que así no perezcan todos

juntamente.134 En el versículo siguiente aparta las dos grandes

objeciones con las cuales estos necios sabios135 nos confrontan

a cada paso: «Estas cosas son muy pesadas y difíciles de

llevar»,136 o «son demasiado elevadas para ser

comprendidas»,137 diciendo: «El discípulo no es superior a su

maestro». Por lo tanto, si yo he sufrido, estén contentos de

andar en mis pasos», y no duden que he de cumplir mi palabra:

«Todo el que fuere perfecto será como su maestro». Pero su

Maestro era libre del mal genio. Por lo tanto, así es su discípulo,

cada genuino cristiano.

25. Cada uno de éstos puede decir, juntamente con san

Pablo: «Con Cristo estoy juntamente crucificado, y ya no vivo

yo, mas vive Cristo en mí»138 —palabras que expresamente

describen una liberación tanto del pecado interior como del

exterior. Esto se expresa a la vez negativamente: «Ya no vivo

yo», —mi naturaleza mala, el cuerpo de pecado, está destruido— y

positivamente, «Cristo vive en mí» —y, por lo tanto, todo lo que

130 Lc. 6.27, 29.

131 Lc. 6.39.

132 Cf. Ga. 1.16.

133 Ef. 1.18; 4.18.

134 Cf. Job 34.15.

135 Cf. Ro. 1.22.

136 Cf. Mt. 23.4.

137 Cf. Sal. 139.6.

138 Ga. 2.20.

48 Sermón 40

es santo, justo y bueno. Por cierto que ambas afirmaciones,

«Cristo vive en mí», y «Ya no vivo yo», están conectadas

inseparablemente; porque «¿Qué comunión tiene la luz con las

tinieblas?» o «¿Cristo con Belial?»139

26. Por consiguiente, Aquel que vive en los verdaderos

creyentes «ha purificado por la fe sus corazones»,140 en tanto y

en cuanto todo aquel que tiene a Cristo en sí como su

«esperanza de gloria»,141 «se purifica a sí mismo, así como él es

puro».142 Es purificado del orgullo, porque Cristo fue humilde

de corazón. Es purificado de la afirmación del yo y de sus deseos

egoístas; pues Cristo deseaba solamente hacer la voluntad de su

Padre y acabar su obra. Es purificado de la ira, en el sentido

corriente de la palabra; porque Cristo era manso y amable,

paciente y sufrido. Digo: «en el sentido corriente de la palabra»,

porque no toda ira es mala. Acerca del mismo Señor nuestro

leemos que «miró alrededor con enojo».143 Pero ¿con qué clase

de enojo? La palabra siguiente muestra, sullupóumenos, que

estaba al mismo tiempo «entristecido por la dureza de sus

corazones». De manera que cuando él estaba airado por el

pecado, estaba al mismo tiempo apenado por los pecadores;

airado o disgustado por la ofensa, pero entristecido por los

ofensores. Con ira y enojo miraba el hecho, mas con pena y

amor a las personas. Ve tú que eres perfecto, y haz lo mismo.144

«Enójate, pero no peques»,145 sintiendo disgusto ante toda

ofensa contra Dios, mas solamente amor y compasión hacia el

ofensor.

139 2 Co. 6.14-15.

140 Hch. 15.9.

141 Cf. Col. 1.27.

142 1 Jn. 3.3.

143 Cf. Mc. 3.5.

144 Cf. 10.37.

145 Cf. Ef. 4.26.

La perfección cristiana 49

27. De esta manera Jesús salva a su pueblo de sus

pecados,146 y no sólo de sus pecados externos, sino también de

los pecados de sus corazones; de los malos pensamientos y del

mal genio. «Es verdad», dicen algunos, «de esta manera

seremos salvos de nuestros pecados, pero no antes de la muerte;

no en este mundo». Pero ¿cómo vamos a reconciliar esto con las

palabras explícitas de san Juan? «En esto se ha perfeccionado

el amor en nosotros, para que tengamos confianza en el día del

juicio; pues como él es, así somos nosotros en este mundo».147

Aquí el apóstol, más allá de toda contradicción, habla de sí

mismo y de otros cristianos vivientes, acerca de los cuales

(como si hubiera previsto esta evasión y se hubiera dedicado a

derribarla a partir de su fundamento) afirma terminantemente

que, no sólo con la muerte o después de ella sino "en este

mundo", son como su Maestro.

28. Con esto concuerdan exactamente sus palabras en el

primer capítulo de esta epístola: «Dios es luz, y no hay

ningunas tinieblas en él...si andamos en luz, como él está en

luz, tenemos comunión unos con otros, y la sangre de

Jesucristo su Hijo nos limpia de todo pecado».148 Y otra vez:

«Si confesamos nuestros pecados, Dios es fiel y justo para

perdonar nuestros pecados, y limpiarnos de toda maldad»149.

Ahora bien, es evidente que el apóstol también aquí habla de

una liberación efectuada «en este mundo» Porque no dice: «La

sangre de Cristo limpiará» (a la hora de nuestra muerte, o en el

día del juicio) sino que «nos limpia» (a nosotros, cristianos

vivientes, en tiempo presente) de todo pecado". Y es

igualmente evidente que si algún pecado permanece, no somos

limpios de todo pecado: si alguna iniquidad permanece en el

146 Cf. Mt. 1.21.

147 1 Jn. 4.17.

148 1 Jn. 1.5,7.

149 1 Jn. 1.9.

50 Sermón 40

alma, no está limpia de toda iniquidad. Y que tampoco ningún

pecador contra su propia alma diga que esto se refiere solamente

a la justificación, o a nuestra limpieza de la culpa por el pecado.

Primero, porque esto es confundir lo que claramente distingue

el apóstol, quien primero menciona «para perdonar nuestros

pecados», y luego «limpiarnos de toda maldad».150 En segundo

lugar, porque esto es afirmar la justificación por las obras del

modo más fuerte posible. Es hacer que la santidad tanto interior

como exterior sean necesariamente previas a la justificación.

Porque si la limpieza de la cual aquí se habla no es otra que

nuestra limpieza de la culpa del pecado, entonces no estamos

limpios de la culpa; o sea, no estamos justificados, excepto bajo

la condición de que andemos en la luz como él está en luz.151

Queda firme, entonces, que los cristianos son salvados en este

mundo de todo pecado, de toda iniquidad; que son ahora en tal

sentido perfectos como para no cometer pecado y ser libres de

los malos pensamientos y del mal genio.

29. Así ha cumplido el Señor las cosas que habló

mediante sus santos profetas, las cuales han sido dichas desde el

principio del mundo:152 por Moisés en particular, diciendo: «Y

circuncidará Jehová tu Dios tu corazón, y el corazón de tu

descendencia, para que ames a Jehová tu Dios con todo tu

corazón y con toda tu alma»;153 mediante David, clamando:

«Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio, y renueva un

espíritu recto dentro de mí»,154 y más enfáticamente por

Ezequiel, en aquellas palabras: «Esparciré sobre vosotros agua

limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias; y de

todos vuestros ídolos os limpiaré. Os daré corazón nuevo,

150 1 Jn. 1.9.

151 Cf. 1 Jn. 1.7.

152 Cf. Lc. 1.70.

153 Dt. 30.6.

154 Sal. 51.10.

La perfección cristiana 51

y pondré espíritu nuevo dentro de vosotros...y haré que andéis

en mis estatutos, y guardéis mis preceptos, y los pongáis por

obra...y vosotros me seréis por pueblo, y yo seré a vosotros por

Dios. Y os guardaré de todas vuestras inmundicias...Así ha

dicho Jehová el Señor: El día que os limpie de todas vuestras

iniquidades...las naciones que queden en vuestros alrededores

sabrán que yo reedifiqué lo que estaba derribado;...yo Jehová

he hablado, y lo haré».155

30. «Así que, amados, puesto que tenemos tales

promesas», tanto en la Ley como en los profetas, y teniendo la

palabra profética que nos es confirmada en el evangelio por

nuestro bendito Señor y sus apóstoles, «limpiémonos de toda

contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la

santidad en el temor de Dios».156 «Temamos pues, no sea que

permaneciendo aún la promesa de entrar en su reposo» (en el

cual aquel que ha entrado también ha reposado de sus obras)

«alguno de nosotros parezca no haberlo alcanzado»157

«Hagamos una cosa: olvidando lo que queda detrás y

extendiéndonos a lo que está delante, prosigamos a la meta, al

premio del supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús»158

clamando a él día y noche hasta que nosotros también seamos

«liberados de la esclavitud de corrupción a la libertad

gloriosa de los hijos de Dios».159

155 Ez. 36.25 y cita de frases varias hasta el vers. 35.

156 2 Co. 7.1.

157 Cf. He. 4.1, 10.

158 Fil. 3.13-14.

159 Cf. Ro. 8.21.