Sermón 39 - El espíritu católico
2 Reyes 10.15
Yéndose luego de allí se encontró con Jonadab, hijo de
Recab, y después que lo hubo saludado, le dijo: ¿Es tu corazón
recto como el mío es recto con el tuyo? Y Jonadab dijo: Lo es.
Pues que lo es, dame la mano. Y él le dio la mano.
1. Es admitido, aun por quienes no pagan esta gran
deuda, que se debe amar a toda la humanidad, ya que la ley
soberana, «Amarás a tu prójimo como a ti mismo»,1 conlleva su
propia evidencia a todos los que la oyen. Y ello no de acuerdo
a la construcción que le colocaron encima los zelotes de antaño:
«Amarás a tu prójimo» (tu pariente, tu conocido, tu amigo) «y
aborrecerás a tu enemigo». Así no. «Pero yo os digo», dice
nuestro Señor, «Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que
os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los
que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro
Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos
y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos».2
2. Pero, por cierto, hay un amor peculiar que debemos
a aquellos que aman a Dios. Al decir de David: «Para los
santos que están en la tierra, y para los íntegros, es toda mi
complacencia».3 Y según uno mayor que él: «Un mandamiento
nuevo os doy: Que os améis unos a otros; como yo os he
amado, que también os améis unos a otros. En esto conocerán
1 Stg. 2.8; cf. Lv. 19.18; Mt. 19.19, etc.
2 Mt. 5.43-45.
3 Sal. 16.3.
1
2 Sermón 39
todos que sois mis discípulos, si tuviereis amor los unos con los
otros».4 Éste es el amor en el cual el apóstol Juan insiste tan
frecuente y firmemente. Dice: «Éste es el mensaje que habéis
oído desde el principio: Que nos amemos unos a otros».5 «En
esto hemos conocido el amor de Dios, en que él puso su vida
por nosotros. También nosotros debemos» (si el amor nos llama
a ello) «poner nuestras vidas por los hermanos».6 Y otra vez:
«Amados, amémonos unos a otros; porque el amor es de Dios.
El que no ama, no ha conocido a Dios, porque Dios es amor».7
«No que nosotros hayamos amado a Dios, sino que él nos amó
a nosotros, y envió a su Hijo en propiciación por nuestros
pecados. Amados, si Dios nos ha amado así, debemos también
nosotros amarnos unos a otros».8
3. Todas las personas aprueban esto. Pero ¿todas lo
practican? La experiencia diaria muestra lo contrario. ¿Dónde
están siquiera los cristianos que se aman unos a otros, como él
nos lo ha mandado?9 ¡Cuántos estorbos yacen en el camino! Los
dos impedimentos más grandes y comunes son, primero, que no
todos pueden pensar lo mismo; y como consecuencia de esto,
segundo, que no todos podemos andar igual; pero en varios
puntos menores su práctica debe diferir en proporción a la
diferencia de sus sentimientos.
4. Pero, aunque una diferencia en cuanto a opiniones o
modos de adoración puede impedir una unión externa
completa, ¿es necesario que impida nuestra unión en los
afectos? Aunque no podamos pensar igual, ¿no podemos acaso
amarnos igualmente? ¿No podemos ser de un mismo corazón,
aunque no podamos ser de una misma opinión? Sin ninguna
4 Jn. 13.34-35.
5 1 Jn. 3.11.
6 1 Jn. 3.16.
7 1 Jn. 4.7-8.
8 1 Jn. 4.10-11.
9 Cf. 1 Jn. 3.23.
El espíritu católico 3
duda, podemos. En esto, todos los hijos de Dios pueden unirse,
a pesar de estas diferencias menores. Éstas pueden quedar tal
como están, y pueden estimularse los unos a los otros en el amor
y las buenas obras.
5. Seguramente, a este respecto, el ejemplo del mismo
Jehú, pese a ser un carácter tan contradictorio, es bien digno de
atención e imitación por parte de todo cristiano en serio:
«Yéndose luego de allí, se encontró con Jonadab, hijo de
Recab; y después que lo hubo saludado, le dijo: ¿Es recto tu
corazón, como el mío es recto con el tuyo? Y Jonadab dijo: Lo
es. Pues que lo es, dame la mano».
El texto se divide naturalmente en dos partes. Primero,
la pregunta planteada por Jehú a Jonadab: «¿Es recto tu
corazón, como el mío es recto con el tuyo?» En segundo lugar,
la oferta efectuada de acuerdo a la respuesta de Jonadab: «Lo
es». —«Pues que lo es, dame la mano».
I.1. Primeramente, consideremos la pregunta propuesta
por Jehú a Jonadab: «¿Es recto tu corazón, como el mío es recto
con el tuyo?»
La primera cosa que podemos observar en estas
palabras es que aquí no hay ninguna inquisición acerca de las
opiniones de Jonadab. Y, sin embargo, es verdad que él
sostenía algunas muy poco comunes, muy suyas y peculiares,
por cierto, y algunas que tuvieron una estrecha influencia en la
práctica, sobre las cuales asimismo hacía un énfasis tan grande
que las transmitió a los hijos de sus hijos, hasta su última
posteridad. Esto es evidente según el relato dado por Jeremías,
muchos años después de la muerte de Jonadab: «Tomé
entonces a Jaazanías, a sus hermanos, a todos sus hijos, y a
todos los hijos de las recabitas; … y puse delante de los hijos
de la familia de los recabitas tazas y copas llenas de vino, y
les dije: Bebed vino. Mas ellos dijeron: No beberemos vino;
porque Jonadab, hijo de Recab, nuestro padre (sería menos
4 Sermón 39
ambiguo si las palabras estuviesen ordenadas así: «Jonadab,
nuestro padre, hijo de Recab», por amor y reverencia a aquel
por cuyo nombre él probablemente deseara que fuesen llamados
sus descendientes), nos ordenó diciendo: No beberéis jamás
vino vosotros ni vuestros hijos; ni edificaréis casa, ni
sembraréis sementera, ni plantaréis viña, ni la retendréis; sino
que moraréis en tiendas todos vuestros días … y hemos
obedecido y hecho conforme a todas las cosas que nos mandó
Jonadab nuestro padre».10
2. Y, sin embargo, Jehú (aunque aparentemente era su
costumbre, tanto en asuntos seculares como religiosos, venir
impetuosamente)11 no se preocupa por ninguna de estas cosas,
sino que deja a Jonadab que prosiga en su propia opinión. Y
ninguno de ellos parece haber causado al otro la menor molestia
con respecto a las opiniones que sostenían.
3. Es posible que muchas personas buenas también
ahora sustenten opiniones muy peculiares, y algunas de ellas
puedan ser tan singulares como lo era Jonadab. Y es cierto, en
tanto sólo conocemos en parte,12 que no todas las personas
verán todas las cosas de la misma manera. Es una consecuencia
inevitable de la presente debilidad y corto alcance del
entendimiento humano que varias personas serán de diversas
opiniones en cuanto a religión como también en cuanto a la vida
común. Así ha sido desde el principio del mundo, y así será
hasta los tiempos de la restauración de todas las cosas.13
4. Más aún: aunque toda persona necesariamente cree
que cada opinión particular que sostiene es verdadera (porque
creer que cualquier opinión no es verdadera es lo mismo que
no sostenerla), sin embargo nadie puede estar seguro de que
todas sus opiniones, tomadas en conjunto, son verdaderas. No,
10 Jer. 35.3-10.
11 Cf. 2 R. 9.20.
12 Cf. 1 Co. 13.12.
13 Cf. Hch. 3.21.
El espíritu católico 5
toda persona que piensa está segura de que no lo son, dado que
humanum est errare et nescire,14 ignorar muchas cosas y
equivocarse en algunas es la condición necesaria de la
humanidad. Por lo tanto, si la persona es sensata, sabe que tal
es su propio caso. Sabe, en general, que se equivoca, aunque
en qué aspectos particulares se equivoca quizás no lo puede
saber.
5. Digo que quizás no puede saberlo. Porque ¿quién
puede decir hasta dónde puede llegar la invencible ignorancia?
O, lo que viene a ser lo mismo, el invencible prejuicio, el cual
se fija tan a menudo en las mentes tiernas, que después es
imposible arrancar lo que ha echado una raíz tan honda. ¿Y
quién puede decir, a menos que conozca todas las circunstancias
que corresponden, hasta dónde cualquier error es culpable?
Tenemos en cuenta que toda culpa supone alguna participación
de la voluntad, lo cual sólo puede juzgar aquel que escudriña el
corazón.
6. Toda persona sabia por lo tanto permitirá a otros la
misma libertad de pensamiento que desea que ellos le permitan;
y no insistirá en que ellos abracen sus opiniones más que lo que
admitirá que ellos insistan para que él abrace las de ellos. Tolera
a quienes difieren de él, y solamente plantea a aquel con quien
desea unirse en amor una sola pregunta: «¿Es recto tu corazón,
como el mío es recto con el tuyo?»
7. En segundo lugar, podemos observar que no hay
ninguna inquisición acerca del modo de adoración de Jonadab,
aunque es muy probable que hubiera en este aspecto una
amplia diferencia entre ellos. Porque bien podemos creer que
Jonadab, así como toda su posteridad, adoraban a Dios en
Jerusalén, mientras que Jehú no; tenía más interés en la política
del Estado que en la religión. Y, por lo tanto, aunque mató a los
adoradores de Baal, y exterminó a Baal de Israel, con todo no
14 Errar y desconocer es humano.
6 Sermón 39
se apartó de los pecados de Jeroboam, y dejó en pie los
becerros de oro que estaban en Bet-el y en Dan.15
8. Pero aun entre las personas de corazón honesto, las
cuales desean tener una conciencia sin ofensa,16 necesariamente
sucederá que mientras haya diversas opiniones habrá diversas
maneras de adorar a Dios, puesto que la variedad de opiniones
necesariamente implica variedad en la práctica. Y así como en
todas las épocas los seres humanos en nada han diferido más
que en sus opiniones en cuanto al Ser Supremo, en nada han
diferido tanto los unos de los otros como en cuanto a la manera
de adorarle. Si hubiera sido así solamente en el mundo pagano,
no sería para nada sorprendente, porque sabemos que éstos no
conocieron a Dios mediante la sabiduría;17 por lo tanto,
tampoco podían saber cómo adorarle. Pero ¿no es extraño que
aun en el mundo cristiano, aunque todos concuerdan en general
en que Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en
verdad es necesario que adoren,18 sin embargo sus modos
particulares de adorar son tan variados como entre los paganos?
9. ¿Y cómo vamos a escoger entre tanta variedad? Nadie
puede elegir por otro ni prescribirle nada. Pero cada uno debe
seguir los dictados de su propia conciencia con sencillez y
sinceridad en Dios.19 Debe estar plenamente convencido en su
propia mente,20 y entonces actuar conforme a la mejor luz que
tenga. Ni tampoco tiene ninguna criatura poder alguno para
constreñir a otro a andar según sus propias normas. Dios no ha
otorgado derecho alguno a ninguno de los humanos a
enseñorearse así de la conciencia de sus hermanos, sino que
15 2 R. 10.28-29.
16 Cf. Hch. 24.16.
17 Cf. 1 Co. 1.21.
18 Jn. 4.24.
19 Cf. 2 Co. 1.12.
20 Cf. Ro. 14.5.
El espíritu católico 7
cada uno debe juzgar por sí mismo, pues cada uno de nosotros
dará a Dios cuenta de sí.21
10. Por lo tanto, aunque todo seguidor de Cristo está
obligado por la misma naturaleza de la institución cristiana a ser
miembro de una congregación particular u otra, de alguna
iglesia, como se dice usualmente (lo cual implica una manera
particular de adorar a Dios, porque ¿Andarán dos juntos si no
estuvieren de acuerdo?),22 sin embargo nadie puede ser
obligado por ningún poder sobre la tierra excepto el de su propia
conciencia a preferir esta o aquella congregación a otra, esta o
aquella manera particular de adoración. Yo sé que comúnmente
se supone que el lugar de nacimiento determina la Iglesia a la
cual debemos pertenecer; que quien, por ejemplo, ha nacido en
Inglaterra debe ser miembro de la que es designada como «la
Iglesia de Inglaterra», y por consiguiente debe adorar a Dios en
la forma particular prescripta por tal Iglesia. Yo fui por un
tiempo celoso sustentador de esto, pero encuentro muchas
razones para calmar dicho celo. Me temo que tal opinión
presenta dificultades tales que ninguna persona razonable puede
superarlas. Y no es la menor de ellas que si esa norma hubiera
tenido vigencia, no podría haber habido reforma alguna del
papismo, dado que ella destruye totalmente el derecho al juicio
privado sobre el cual se yergue toda la Reforma.
11. Por lo tanto, no me atrevo a presumir que yo pueda
imponer mi modo de adoración a nadie. Creo que es
verdaderamente primitivo y apostólico. Pero mi creencia no ha
de ser norma para el otro. No pregunto, por tanto, a aquel con
quien quiero unirme en amor: «¿Eres tú de mi Iglesia o de mi
congregación? ¿Aceptas la misma forma de gobierno
eclesiástico y admites los mismos funcionarios eclesiásticos que
21 Cf. Ro. 14.12.
22 Am. 3.3.
8 Sermón 39
yo acepto? ¿Te unes a la misma manera de orar con la cual yo
adoro a Dios?» No pregunto: «¿Recibes la Cena del Señor de la
misma manera o en la misma postura en que yo la recibo?»
Tampoco si, en la administración del bautismo, concuerdas
conmigo en la admisión de padrinos para el bautizado, en la
forma de administrarlo, o en la edad de aquellos a quienes debe
ser administrado. Tampoco te pregunto (aunque tengo claridad
al respecto en mi propia opinión) si acaso admites el bautismo
y la Cena del Señor. Dejemos estas cosas en lista de espera:
hablaremos acerca de ellas, si hace falta, cuando tengamos
oportunidad.23 En este momento, mi única pregunta es: «¿Es
recto tu corazón, como el mío es recto para con el tuyo?»
12. Pero ¿qué es lo que realmente implica esta pregunta?
No pregunto lo que aquí entendía Jehú, sino ¿qué debe entender
por ello un seguidor de Cristo cuando la plantea a alguno de sus
hermanos?
La primera cosa implicada es ésta: ¿Es tu corazón recto
para con Dios? ¿Crees tú en su ser, en sus perfecciones? ¿Su
eternidad, inmensidad, sabiduría, poder; su justicia,
misericordia y verdad? ¿Crees tú que él ahora sustenta todas las
cosas con la palabra de su poder?24 ¿Y que él gobierna aun cada
minuto, hasta el más perjudicial, para su propia gloria y para el
bien de aquellos que le aman? ¿Tienes tú una evidencia divina,
una convicción sobrenatural de las cosas de Dios? ¿Andas por
fe, no por vista?25 ¿Mirando no a las cosas que son temporales,
sino a las que son eternas?26
13. ¿Crees tú en el Señor Jesucristo, Dios sobre todas
las cosas, bendito por los siglos?27 ¿Ha sido él revelado en tu
23 Cf. Hch. 24.25.
24 Cf. He. 1.3.
25 Cf. 2 Co. 5.7.
26 Cf. 2 Co. 4.18.
27 Ro. 9.5.
El espíritu católico 9
alma?28 ¿Conoces a Jesucristo y a éste crucificado?29 ¿Mora él
en ti y tú en él?30 ¿Está él formado en tu corazón por la fe?31
Habiendo descartado absolutamente tus propias buenas obras,
tu propia justicia, ¿te has sujetado a la justicia de Dios,32 la cual
es por medio de la fe en Jesucristo?33 ¿Has sido tú hallado en
él, no teniendo tu propia justicia, sino la que es por la fe en
Cristo?34 ¿Y estás tú, mediante él, peleando la buena batalla de
la fe y echando mano de la vida eterna?35
14. ¿Es tu fe energouméne di agápes —llena de la energía
del amor?36 ¿Amas tú a Dios? Yo no digo «sobre todas las
cosas», porque es una expresión ambigua y ajena a las
Escrituras, sino con todo tu corazón, y con toda tu alma, y con
toda tu mente y con todas tus fuerzas.37 ¿Buscas tú toda tu
felicidad en él solamente? ¿Y encuentras aquello que buscas?
¿Tu alma continuamente magnifica al Señor, y tu espíritu se
regocija en Dios tu Salvador?38 Habiendo aprendido a dar
gracias en todo,39 ¿hallas que es suave y hermosa la
alabanza?40 ¿Es Dios el centro de tu alma? ¿La suma de todos
tus deseos? Por consiguiente, ¿estás haciendo tu tesoro en el
cielo,41 y «tienes a todo por basura y desperdicio?42 ¿El amor
de Dios ha expulsado al amor al mundo de tu alma? Entonces
28 Cf. Ga. 1.16.
29 Cf. 1 Co. 2.2.
30 Cf. Jn. 6.56; 1 Jn. 4.13, 15.
31 Cf. Gá. 4.19; Ef. 3.17.
32 Cf. Ro. 10.3.
33 Cf. Ro. 3.22.
34 Cf. Fil. 3.9.
35 Cf. 1 Ti. 6.12.
36 Cf. Gá. 5.6.
37 Cf. Ma. 12.30; Lc. 10.27.
38 Cf. Lc. 1.46-47.
39 Cf. 1 Ts. 5.18.
40 Cf. Sal. 147.1.
41 Cf. Mt. 6.20.
42 Cf. Fil. 3.8.
10 Sermón 39
estás crucificado al mundo.43 Entonces, has muerto a todo lo de
aquí abajo y tu vida está escondida con Cristo en Dios.44
15.¿Estás ocupado en hacer no tu propia voluntad, sino
la voluntad del que te envió?45 ¿La de aquel que te envió aquí
abajo a peregrinar por un tiempo, a pasar unos pocos días en
tierra extraña, hasta que habiendo acabado la obra que te ha
encomendado hacer retornes a la casa de tu Padre? ¿Es tu
comida y tu bebida hacer la voluntad de tu Padre que está en el
cielo?46 ¿Es tu ojo puro47 en todas las cosas? ¿Siempre fijos en
él»? ¿Siempre puestos los ojos en Jesús?48 ¿Le señalas a él en
cualquier cosa que hagas? ¿En tus labores, en tus negocios, en
tu conversación? ¿Teniendo como meta la gloria de Dios en
todo? Y todo lo que haces, sea de palabra o de hecho, hazlo todo
en el nombre del Señor Jesús, dando gracias a Dios Padre por
medio de él.49
16. ¿Te obliga el amor de Dios a servirle con temor?50
¿Te alegras ante él con reverencia?51 ¿Tienes más temor en
desagradar a Dios que a la muerte o al infierno? ¿No hay nada
más terrible para ti que la idea de irritar los ojos de su
majestad?52 ¿Sobre esta base aborreces todo camino de
mentira,53 toda transgresión de su ley santa y perfecta? ¿Y por
esto procuras tener siempre una conciencia sin ofensa ante
Dios y ante los hombres?54
43 Cf. Gá. 6.14.
44 Cf. Col. 3.3.
45 Cf. Jn. 6.38.
46 Cf. Mt. 7.21, etc.
47 Cf. Mt. 6.22.
48 He. 12.2.
49 Cf. Col. 3.17.
50 Cf. Sal. 2.11.
51 Ibid.
52 Cf. Is. 3.8.
53 Cf. Sal. 119.104.
54 Cf. Hch. 24.16.
El espíritu católico 11
17.¿Es tu corazón recto hacia tu prójimo? ¿Amas a todo
el género humano sin excepción como a ti mismo?55 Si amas
sólo a los que te aman, ¿qué mérito tienes?56 ¿Amas a tus
enemigos?57 ¿Está tu alma llena de buena voluntad, de tierno
afecto hacia ellos? ¿Amas aun a los enemigos de Dios? ¿A los
ingratos e impíos? ¿Suspiran tus entrañas por ellos? ¿Puede ser
que desees ser tú mismo (temporalmente) maldito58 por causa
de ellos? ¿Y mostrar esto bendiciendo a los que te maldicen y
orando por los que te ultrajan y te persiguen?59
18. ¿Muestras tu amor mediante tus obras? ¿Mientras
tienes tiempo y en cuanto tienes oportunidad, haces de hecho el
bien a todos los hombres,60 vecinos o extranjeros, amigos o
enemigos, buenos o malos? ¿Les haces todo el bien que puedes,
esforzándote por suplir todas sus necesidades, ayudándoles
tanto en cuerpo como en alma al máximo de tus fuerzas? Si éste
es tu sentir, diga cada cristiano (si por cierto lo deseas
sinceramente y prosigues hasta que lo alcances) que entonces
«tu corazón es recto, como el mío lo es para con el tuyo».
II.1. «Pues que lo es, dame la mano.» No quiero decir:
«Sé de mi misma opinión». No es necesario. No lo espero ni lo
deseo. Ni tampoco quiero decir: «Yo seré de tu misma
opinión». No puedo. Ello no depende de mi elección. Yo no
puedo pensar como quiera más que lo que puedo oír o ver
como quiero. Guarda tú tu opinión, yo mantendré la mía; y
ello, más firmemente que nunca. No necesitas esforzarte para
55 Lv. 19.18.
56 Cf. Lc. 6.32.
57 Cf. Mt. 5.44.
58 Cf. Ro. 9.3.
59 Cf. Mt. 5.44.
60 Cf. Ga. 6.10.
12 Sermón 39
pasarte a mi posición, ni para llevarme a mí a la tuya. No quiero
que disputes acerca de estos asuntos, ni oír hablar ni una palabra
acerca de ellos. Que todas las opiniones se queden cada una de
su lado. Solamente «dame la mano».
2.No quiero decir: «Abraza mis formas de culto», o «yo
adoptaré las tuyas». Ésta también es una cosa que no depende
de tu elección ni de la mía. Ambos debemos actuar plenamente
persuadidos, cada uno en su propia opinión. Aférrate
firmemente a aquello que crees que es lo más aceptable a Dios,
y yo haré lo mismo. Creo que la forma episcopal de gobierno
eclesiástico es escrituraria y apostólica. Si tú crees que la forma
presbiteriana o independiente es mejor, sigue pensándolo así y
obra en consecuencia. Yo creo que los párvulos deben ser
bautizados, y que esto puede hacerse por inmersión o por
aspersión. Si tu persuasión es distinta, quédate así, y prosigue
en tu persuasión. A mí me parece que las oraciones formales son
de excelente utilidad, particularmente en una congregación
grande. Si tú juzgas que la oración extemporánea es más útil,
actúa conforme a tu propio juicio. Mi sentimiento es que no
debo prohibir el agua donde haya personas que pueden ser
bautizadas, y que debo comer pan y beber vino en memoria de
la muerte de mi Maestro y Señor. Sin embargo, si no estás
convencido de esto, actúa conforme a la luz que tienes. No
deseo disputar contigo ni un solo momento acerca de ninguno
de los asuntos precedentes. Que todos estos puntos menores
queden a un lado. Que nunca salten a la vista. «Si tu corazón es
como el mío», si amas a Dios y a toda la humanidad, no
pregunto nada más: «Dame tu mano».
3. Quiero decir: En primer lugar, ámame. Y ello, no
sólo como amas a toda la humanidad; no sólo como amas a tus
enemigos o a los enemigos de Dios, aquellos que te odian,
El espíritu católico 13
aquellos que te ultrajan y te persiguen;61 no sólo como a un
extranjero, como a uno de quien no conoces ni el bien ni el mal.
No estoy satisfecho con esto. No; «si tu corazón es recto, como
el mío lo es con el tuyo», entonces ámame con tierno afecto,
como un amigo más cercano que un hermano, como un
hermano en Cristo, un conciudadano de la nueva Jerusalén, un
soldado compañero en el mismo combate, bajo el mismo Autor
de nuestra salvación.62 Ámame como a un compañero en el
reino y la paciencia de Jesús,63 y coheredero de su gloria.64
4. Ámame (pero en grado más alto que lo que amas al
conjunto de la humanidad) con ese amor que es sufrido y
benigno,65 que es paciente si yo soy ignorante o ando
descarriado, sobrellevando y no incrementando mi carga; y que
aun es tierno, suave y compasivo; y que no tiene envidia si en
cualquier momento Dios se complace en prosperarme en su
obra aun más que a ti. Ámame con ese amor que no se irrita ni
por mis locuras ni por mis enfermedades, o aun por mis acciones
(si algunas veces así te parecen) en desacuerdo con la voluntad
de Dios. Ámame hasta no pensar el mal acerca de mí, hasta
dejar de lado todo celo y mala conjetura. Ámame con el amor
que todo lo soporta, que nunca da a conocer ni mis faltas ni mis
debilidades; que cree todas las cosas, que está siempre
dispuesto a pensar lo mejor, a colocar la intención más limpia
en todas mis palabras y acciones; que todo lo espera,66 sea que
lo que le han contado nunca haya sucedido, o que no sucedió en
las circunstancias que le ha sido contado, o que al menos fue
hecho con buena intención, o en medio de un ataque súbito de
tentación. Y que espera hasta el fin que cualquier cosa que esté
61 Cf. Mt. 5.44.
62 Cf. He. 2.10.
63 Véase Ap. 1.9.
64 Véase Ro. 8.17.
65 Cf. 1 Co. 13.4.
66 Cf. 1 Cor. 13.4-7.
14 Sermón 39
equivocada, mediante la gracia de Dios será corregida, y que
cualquier cosa que falte será suplida mediante las riquezas de su
misericordia en Cristo Jesús.
5. En segundo lugar, quiero que me encomiendes a Dios
en todas tus oraciones; lucha con él a favor mío, que él corrija
rápidamente lo que vea mal y supla lo que falta en mí. En tu
acceso más cercano al trono de la gracia, ruégale a él, que está
entonces presente contigo, que mi corazón sea más como tu
corazón, más recto para con Dios y para con el ser humano; que
yo pueda tener una convicción más plena de las cosas
invisibles,67 una visión más sólida del amor de Dios en Cristo
Jesús; que pueda caminar más firmemente por fe, no por vista,68
y aferrarme más seriamente a la vida eterna. Ora para que el
amor a Dios y a toda la humanidad se derrame más plenamente
en mi corazón; que yo sea más ferviente y activo en hacer la
voluntad de mi Padre que está en los cielos,69 más celoso de
buenas obras70 y más cuidadoso en abstenerme de toda clase de
mal.
6. En tercer lugar, quiero decir que me provoques al
amor y a las buenas obras.71 Ayuda a tu oración, en cuanto
tengas oportunidad, diciéndome en amor todo lo que creas que
sea a favor de la salud de mi alma. Apresúrame a realizar la obra
que Dios me ha encomendado, e instrúyeme a hacerla con
mayor perfección. Sí, castígame amistosamente y reprénde-
me,72 en cualquier ocasión que parezca que estoy haciendo mi
propia voluntad antes que la voluntad de quien me envió.73 Sí,
habla y no te reserves cualquier cosa que creas que pueda
67 Véase He. 11.1.
68 2 Co. 5.7.
69 Mt. 12.50.
70 Tit. 2.14.
71 Cf. He. 10.24.
72 Cf. Sal. 141.5.
73 Cf. Jn. 6.38.
El espíritu católico 15
conducirme a corregir mis faltas, a fortalecerme en mi
debilidad, a edificarme en amor, a hacerme más apto de
cualquier manera para ser útil a mi Maestro.
7. Quiero decir, finalmente, ámame no sólo de palabra,
sino en obras y en verdad.74 Hasta donde puedas en toda
conciencia (reteniendo aun tus propias opiniones y tu propia
manera de adorar a Dios), únete conmigo en la obra de Dios, y
vayamos unidos de la mano. Ciertamente, al menos hasta tal
punto podrás ir. Habla honorablemente, dondequiera que estés,
de la obra de Dios, sea quien sea el obrero, y bondadosamente
de sus mensajeros. Y si está en tu poder, no solamente duélete
con ellos cuando están en dificultades o aflicciones, sino
préstales una ayuda efectiva y gozosa, de modo que puedan
glorificar a Dios en nombre tuyo.
8. Dos cosas deben observarse en relación a lo que ha
sido dicho bajo este acápite. La primera, que cualquier amor,
cualquier ejercicio de amor, cualquier ayuda espiritual o
temporal que yo reclame de aquel cuyo corazón es recto, como
el mío lo es para con el suyo, del mismo modo yo estoy listo,
por la gracia de Dios, y de acuerdo con mis posibilidades, a
dárselo a él. La otra es que yo reclamo esto no sólo en mi
nombre, sino en nombre de todos aquellos cuyo corazón es recto
para con Dios y las personas, para que todos podamos amarnos
los unos a los otros como Cristo nos amó.75
III.1. Podemos hacer una deducción de lo que ha sido
dicho. Podemos aprender de ello qué es un «espíritu católico».
Apenas hay alguna expresión que haya sido más
burdamente malentendida y más peligrosamente mal aplicada
que ésta. Pero será fácil para quien considere tranquilamente las
observaciones precedentes corregir tales malentendidos y
74 Cf. 1 Jn. 3.18.
75 Cf. Jn. 13.34.
16 Sermón 39
prevenir cualquier aplicación incorrecta. Porque de todo ello
podemos aprender, primero, que un espíritu católico no es un
latitudinarianismo especulativo. No es indiferencia ante todas
las opiniones. Eso es el engendro del infierno, no el renuevo del
cielo. Esta inestabilidad del pensamiento, esto de ser llevados
por doquiera de todo viento de doctrina,76 es una gran
maldición, no una bendición; un enemigo irreconciliable, no un
amigo, del verdadero catolicismo. Una persona de verdadero
espíritu católico no anda todavía a la búsqueda de su religión.
Se encuentra firme como el sol en su juicio acerca de las ramas
principales de la doctrina cristiana. Es cierto que está siempre
preparado para escuchar y ponderar cualquier cosa que pueda
serle presentada en contra de sus principios. Pero así como esto
no muestra ninguna oscilación en su propia opinión, tampoco se
la ocasiona. No vacila entre dos opiniones,77 ni se esfuerza
vanamente para combinarlas en una sola. Observen esto,
ustedes que no saben de qué espíritu son, que se llaman a sí
mismos personas de espíritu católico solamente porque tienen
un entendimiento cenagoso; porque su mente está envuelta en
brumas; porque no tienen principios consistentes y bien
establecidos, sino que hacen una mezcolanza de opiniones,
todas juntas. Convénzanse que han errado su camino: no saben
dónde están parados. Piensan que han alcanzado el verdadero
espíritu de Cristo, cuando en verdad están más cerca del espíritu
del anticristo. Vayan primero y aprendan los elementos básicos
del evangelio de Cristo, y luego aprenderán cómo tener un
verdadero espíritu católico.
2. De lo que ha sido dicho podemos aprender, en
segundo lugar, que el espíritu católico no es ninguna clase de
latitudinarianismo práctico. No es indiferencia hacia el culto
público o hacia la forma externa de llevarlo a cabo. Esto
76 Cf. Ef. 4.14.
77 Cf. 1 Re. 18.21.
El espíritu católico 17
tampoco sería una bendición, sino una maldición. Lejos de ser
una ayuda sería, mientras se mantuviese, un impedimento
indescriptible a la adoración de Dios en espíritu y en verdad.78
Pero quien es de verdadero espíritu católico, habiendo
sopesado todas las cosas en la balanza del santuario, no tiene
dudas ni ningún escrúpulo acerca del modo particular de
adoración del cual participa. Está claramente convencido de que
esta manera particular de adorar a Dios es tanto escrituraria
como racional. No conoce ninguna otra en el mundo que sea
más bíblica, y ninguna que sea más racional. Por lo tanto, sin
andar divagando aquí y allá, se adhiere firmemente a ella, y
alaba a Dios por la oportunidad de hacerlo así.
3. Por lo tanto, en tercer lugar podemos aprender que
el espíritu católico no implica indiferencia hacia todas las
congregaciones. Esto es otra clase de latitudinarianismo, no
menos absurdo y antibíblico que el anterior. Pero está muy
lejos de corresponder a una persona de verdadero espíritu
católico. Tal persona está firmemente adherida a su congre-
gación así como a sus principios. Está unida a ella no sólo en
espíritu, sino mediante todos los lazos externos de una
comunidad cristiana. Allí participa de todas las ordenanzas de
Dios. Allí recibe la Cena del Señor. Allí derrama su alma en
oración común y se une en alabanza pública y en acción de
gracias. Allí se regocija escuchando la palabra de reconcilia-
ción,79 el evangelio de la gracia de Dios. Con éstos, sus más
amados y próximos hermanos, busca a Dios en ocasiones
solemnes, ayunando. A ellos vigila particularmente en amor, así
como ellos lo hacen sobre su alma, amonestando, exhortando,
consolando, reprobando, y edificándose mutuamente en la fe de
varias maneras. A éstos considera como su propia familia, y
conforme, por tanto, a la capacidad que Dios le ha dado, los
78 Cf. Jn. 4.23-24.
79 Cf. 2 Co. 5.19.
18 Sermón 39
cuida naturalmente y provee para que puedan tener todas las
cosas necesarias para la vida y la piedad.
4. Pero mientras está firmemente adherido a sus
principios religiosos en todo cuanto cree que es la verdad tal
como está en Jesús; mientras firmemente se adhiere a la forma
de culto a Dios que considera más aceptable ante sus ojos; y
mientras está unido por los lazos más tiernos y próximos a una
congregación particular, su corazón se ensancha hacia toda la
humanidad, hacia los que conoce y hacia los que no conoce;
abraza con fuerte y cordial afecto a prójimos y extraños, a
amigos y enemigos. Éste es el amor católico o universal. Y el
que tiene esto pertenece al espíritu católico. Porque solamente
el amor define y distingue a este carácter: el amor católico es un
espíritu católico.
5. Si entonces tomamos esta palabra en su sentido
estricto, un creyente de espíritu católico es uno que, de la
manera antes mencionada, «da su mano» a todos aquellos
cuyos «corazones son rectos para con el suyo». Es uno que
sabe cómo valorar y alabar a Dios por todos los beneficios que
disfruta: el conocimiento de las cosas de Dios, la manera bíblica
y genuina de rendirle culto, y sobre todas las cosas su unión a
una congregación que teme a Dios y que obra la justicia.80 Es
uno que, reteniendo dichas bendiciones con el cuidado más
estricto, cuidándolas como a la niña de sus ojos, al mismo
tiempo ama como amigos, como a hermanos en el Señor,
como miembros de Cristo, como hijos de Dios, como
participantes juntamente del reino presente de Dios, y
coherederos de su reino eterno, a todos los de cualquier opinión
o forma de culto o congregación que creen en el Señor
Jesucristo, que aman a Dios y al ser humano, regocijándose en
agradar a Dios y temiendo ofenderle, y que son cuidadosos en
80 Cf. Hch. 10.35.
El espíritu católico 19
abstenerse del mal y celosos de buenas obras.81 Es persona de
espíritu católico aquella que lleva a éstos continuamente sobre
su corazón, que teniendo una inefable ternura hacia sus
personas, y anhelando su bienestar, no cesa de encomendarlos a
Dios en oración, e intercede por su causa delante de los demás;
que les habla con palabras reconfortantes,82 y procura con todas
sus palabras fortalecer sus manos en Dios. También les ayuda
con el máximo de sus fuerzas en todas las cosas, espirituales y
temporales. Está listo a gastar y ser gastado por ellos;83 aún
más, a poner su vida por amor de ellos.84
6. Tú, oh, hombre de Dios, piensa en estas cosas. Si ya
estás en este camino, prosigue en él. Si hasta ahora has
equivocado la senda, bendice a Dios, quien te ha traído de
vuelta. Y ahora, corre la carrera que te ha sido propuesta,85 en el
camino regio del amor universal. Ten cuidado, no sea que estés
fluctuando en tu pensamisnto o volviéndote estrecho de
corazón.86 Pero mantén un paso firme, arraigado en la fe
entregada una vez a los santos87 y cimentado en amor,88 en el
verdadero amor católico, hasta que seas plenamente consumido
en amor, por siempre jamás.
81 Tit. 2.14.
82 Cf. 2 Cr. 32.6.
83 2 Cor. 12.15.
84 Cf. Jn. 13.37.
85 Cf. He. 12.1.
86 Cf. 2 Co. 6.12.
87 Jud. 3.
88 Cf. Ef. 3.17.