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Sermón 36 - La ley confirmada mediante la fe

Segundo discurso

Romanos 3:31

¿Luego, por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera,

sino que confirmamos la ley.

1. Hemos analizado en el discurso anterior cuáles son

las formas más usuales de anular la ley mediante la fe. La

primera se refería al hecho de no predicar acerca de ella, con lo

cual se invalida toda la ley de una vez y de manera muy

efectiva. Esto se hace con el pretexto de «predicar a Cristo» y

resaltar el evangelio, aunque en la realidad signifique destruir a

ambos por igual. La segunda forma está referida a la enseñan-

za, directa o indirecta, de que la fe destruye la necesidad de

santidad, que ésta no es ahora tan necesaria, o que se la

necesita en menor medida que antes de la venida de Cristo. Se

argumenta que siendo creyentes no necesitamos la santidad

como antes de serlo, y que la libertad cristiana nos libera de

toda clase o medida de santidad. De este modo se distorsiona el

significado de las grandes verdades acerca de que estamos bajo

el pacto de la gracia y no de las obras; que el hombre es

justificado por fe sin las obras de la ley,1 y que al que no obra,

sino cree, su fe le es contada por justicia.2 Y, por último, la

tercera forma consistía en anular la ley en la práctica aunque no

en principio. Se trata de vivir o actuar como si la fe pudiera

excusarnos de la santidad, permitirnos caer en pecado porque

1 Ro. 3.28.

2 Ro. 4.5.

345

346 Sermón 36

ya no estamos bajo la ley, sino bajo la gracia.3 Resta

averiguar cómo podemos encontrar un mejor camino, para

poder decir con el Apóstol: «¿Luego, por la fe invalidamos la

ley? En ninguna manera, sino que confirmamos la ley.»

2. Ciertamente no confirmamos la antigua ley mosaica,

puesto que sabemos que fue abolida para siempre. Mucho

menos confirmamos la totalidad de las instituciones mosaicas,

las cuales sabemos que nuestro Señor clavó en la cruz.4

Tampoco confirmamos la ley moral (lo cual, como es de

temerse, muchos hacen) como si el cumplirla, el guardar todos

los mandamientos, fuese condición necesaria para nuestra

justificación. Si así fuera, seguramente delante de él ningún ser

humano será justificado.5 Sin embargo, a pesar de todo esto,

confirmamos la ley, la ley moral, en el sentido que el Apóstol

da a esta expresión.

I.1. En primer lugar confirmamos la ley por medio de

nuestra doctrina; procurando predicarla en su totalidad,

explicando y haciendo valer todas y cada una de sus partes de

la misma manera en que lo hizo nuestro Señor cuando estaba

en la tierra. La confirmamos siguiendo el consejo de san

Pedro: «Si alguno habla, hable conforme a las palabras de

Dios»,6 como lo hicieron aquellos escogidos por Dios en la

antigüedad, cuyas palabras y escritos inspirados por el Espíritu

Santo han servido para nuestra instrucción, y como también lo

hicieron los apóstoles de nuestro bendito Señor, guiados por el

mismo Espíritu. La confirmamos cada vez que hablamos en su

nombre, sin ocultar nada a quienes nos escuchan; dando a

conocer sin limitaciones o reservas todo el plan de Dios. Y para

estar seguros de poder confirmarla del modo más efectivo,

3 Ro. 6.15.

4 Col. 2.14.

5 Ro. 3.20.

6 1 P. 4.11.

La fe confirmada mediane la fe, II 347

utilizamos un lenguaje claro y sencillo. No somos como muchos

que falsifican la palabra de Dios, (kapeleúousi)7 (como hacen

los comerciantes deshonestos con el vino malo). No rebajamos,

combinamos, adulteramos ni suavizamos la palabra para

acomodarla al gusto de los oyentes, sino que con sinceridad,

como de parte de Dios, y delante de Dios, hablamos en Cristo.

No tenemos otro propósito que encomendarnos a toda

conciencia humana delante de Dios por la manifestación de la

verdad.8

2. Así que, confirmamos la ley por medio de la doctrina

cuando la declaramos abiertamente a todos, en toda su plenitud,

tal como nos la transmitieron nuestro bendito Señor y sus

apóstoles; cuando la damos a conocer en toda la anchura, la

longitud, la profundidad y la altura.9 Confirmamos, entonces,

la ley cuando publicamos cada una de sus partes, cada uno de

los mandamientos que ella contiene, no sólo en sentido amplio

y literal, sino también en el sentido espiritual; no sólo en lo

concerniente a nuestra conducta, las acciones que puede

prohibir o aconsejar, sino también en lo que se refiere a nuestros

principios, pensamientos, deseos e intenciones.

3. Y todo esto lo hacemos con la mayor diligencia no

sólo porque es de suma importancia (en la misma medida en

que todo fruto, cada palabra y cada obra, continuará siendo

malo si el árbol es malo, si la disposición y la actitud del

corazón no son rectos delante de Dios) sino también porque a

pesar de la tremenda importancia de este tema se lo estudia y se

lo entiende poco. Tan poco se lo conoce que podemos decir,

sin temor a equivocarnos, que la ley tomada en su más

profundo sentido espiritual es el misterio que había estado

7 2 Co. 2.17.

8 2 Co. 4.2.

9 Ef. 3.18.

348 Sermón 36

oculto desde los siglos y edades.10 Permaneció completamente

oculta para el mundo pagano. Ellos con toda la sabiduría que se

jactaban no descubrieron los secretos de Dios11 ni la ley de

Dios; no llegaron a la letra ni mucho menos al espíritu. Su necio

corazón fue entenebrecido, y profesando ser sabios, se hicieron

necios.12 En cuanto a su significado espiritual, estuvo casi

igualmente oculta para la mayoría de la nación judía. Aun ellos,

que estaban siempre prontos a declarar con respecto a otros:

«Esta gente que no sabe la ley, maldita es»,13 pronunciaron su

propia sentencia dado que se encontraban bajo la misma

maldición, la misma terrible ignorancia. Recordemos los

continuos reproches de nuestro Señor a los más sabios entre

ellos por sus burdamente malas interpretaciones de la ley.

Recordemos la suposición, aceptada casi universalmente por

todos ellos, que bastaba con limpiar el vaso por fuera, y diezmar

la menta y el eneldo y el comino.14 Creían que la perfección

exterior podía compensar la impureza interior y una falta

absoluta de justicia y misericordia, de fe y del amor a Dios. Tan

completamente oculto permaneció el significado espiritual de la

ley para los sabios, que uno de los más eminentes rabinos hizo

el siguiente comentario acerca de aquellas palabras del salmista

«Si en mi corazón hubiese yo mirado a la iniquidad, el Señor no

me habría escuchado»:15: «Es decir, si está sólo en mi corazón,

si no cometo iniquidad de hecho, el Señor no la tendrá en

cuenta; ¡no me castigará a menos que yo cometa actos de

maldad!»16

10 Col. 1.26.

11 Job 11.7.

12 Ro. 1.21-22.

13 Jn. 7.49.

14 Mt. 23.23 y 25.

15 Sal. 66.18.

16 Aparentemente Wesley se refiere al rabino David Kimchi. Pero en ese caso ha

malinterpretado las enseñanzas de Kimchi.

La fe confirmada mediane la fe, II 349

4. Mas la ley de Dios, en su sentido espiritual más

profundo, no permanece oculta sólo para los judíos y paganos,

sino también para los cristianos, o al menos, para una inmensa

mayoría. El sentido espiritual de los mandamientos del Señor es

todavía un misterio para ellos. Tampoco podemos decir que esto

sólo sucede en los países que se encuentran inmersos en las

tinieblas y la ignorancia del romanismo. Lo que sí podemos

asegurar es que la mayoría de ellos, aun los que se llaman

«cristianos reformados», permanecen, hasta el presente,

completamente ajenos a la dimensión de pureza y espiritualidad

de la ley de Cristo.

5. Esta es la razón por la cual, hasta el día de hoy, «los

escribas y fariseos» (los hombres que conocen el aspecto

formal de la religión, mas no su poder, aquellos que son sabios

en sus propios ojos,17 y justos según su propia opinión) se

ofenden cuando oyen estas cosas.18 Se ofenden profunda-

mente cuando hablamos de la religión del corazón,

particularmente cuando les mostramos que sin ella aunque

repartiésemos todos nuestros bienes para dar de comer a los

pobres,19 de nada nos serviría. Pues bien, que se ofendan,

pero nosotros no podemos hablar sino conforme a la verdad que

está en Jesús.20 Es nuestra responsabilidad, sea que escuchen o

dejen de escuchar,21 librar nuestra propia vida.22 Hablaremos

acerca de todo lo que está escrito en el Libro de Dios, no como

para agradar a los hombres, sino a Dios.23 No hablaremos

17 Is. 5.21.

18 Mt. 15.12.

19 1 Co. 13.3.

20 Ef. 4.21.

21 Ez. 2.5,7; 3.11.

22 Ez. 14.14,20; 33.9.

23 1 Ts. 2.4.

350 Sermón 36

solamente acerca de las promesas, sino también acerca de las

amenazas que allí se encuentran. Así como proclamamos todas

las bendiciones y privilegios que Dios ha preparado para sus

hijos e hijas, del mismo modo debemos enseñar todas las cosas

que él nos ha mandado.24 Y sabemos que cada una de ellas tiene

un propósito: despertar a aquellos que duermen, instruir a los

ignorantes, sostener a los débiles,25 o fortalecer y perfeccionar

a los santos.26 Sabemos que toda la Escritura es inspirada por

Dios y es útil para enseñar, para redargüir, para corregir, o

para instruir en justicia, y que el hombre de Dios, mientras Dios

está obrando en su alma, necesita de cada una de las partes de la

Escritura para llegar a ser perfecto, y estar enteramente

preparado para toda buena obra.27

6. A nosotros nos toca, por tanto, «predicar a Cristo»

enseñando todo aquello que él nos reveló. Obviamente

podemos predicar el amor de nuestro Señor Jesucristo sin

sentirnos culpables por ello sino, por el contrario, sentirnos

especialmente bendecidos por Dios. Podemos hablar de manera

muy especial acerca del Señor como nuestra justicia,28 y

podemos extendernos acerca de la gracia de Dios que estaba

en Cristo reconciliando consigo al mundo.29 También

podemos, cuando sea conveniente, alabarlo largamente

reconociendo que él cargó con el pecado de todos nosotros,

fue herido por nuestras rebeliones y molido por nuestros

pecados para que por su llaga seamos nosotros curados.30 Sin

embargo, no estaríamos predicando a Cristo conforme a su

24 Jn. 14.26.

25 1 Ts. 5.14.

26 Ef. 4.12.

27 2 Ti. 3.16-17.

28 Jer. 23.6.

29 2 Co. 5.19.

30 Is. 53.5,6.

La fe confirmada mediane la fe, II 351

palabra si tan sólo nos limitásemos a estos aspectos de la fe. No

podremos presentarnos libres de culpa ante Dios si no hemos

proclamado todas sus obras. Para poder presentarnos ante

Dios como obrero que no tiene de qué avergonzarse,31

debemos predicar a Cristo no sólo como nuestro gran sumo

sacerdote, tomado de entre los hombres y constituido a favor de

los hombres en lo que a Dios se refiere32 y, como tal,

reconciliándonos con Dios por medio de su sangre33 y

viviendo siempre para interceder por nosotros,34 sino también

como el profeta del Señor, a quien Dios ha hecho para

nosotros sabiduría,35 y quien por su palabra y por su espíritu

está con nosotros todos los días hasta el fin,36 guiándonos a

toda la verdad.37 El permanecerá rey por siempre, dictando

leyes a todos aquellos que compró con su sangre y haciendo

que todos los que él reconcilió recuperen la imagen de Dios.

Reinará en el corazón de todos los creyentes hasta que sujete a

sí mismo todas las cosas,38 hasta que haya erradicado por

completo todo pecado y haya traído la justicia perdurable.39

II.1. En segundo lugar, confirmamos la ley cuando

predicamos que la fe en Cristo no sustituye sino produce

santidad; toda clase de santidad, negativa y positiva, en el

corazón y en la vida.

31 2 Ti. 2.15.

32 He. 5.1.

33 Ro. 5.9,10.

34 He. 7.25.

35 1 Co. 1.30.

36 Mt. 28.20.

37 Jn. 16.13.

38 Fil. 3.21.

39 Dn. 9.24.

352 Sermón 36

Para poder hacer esto, afirmamos constantemente (los

que no están de acuerdo con «invalidar la ley mediante la fe»

deberían reflexionar acerca de esto profunda y frecuentemente)

que la fe misma, aun la fe cristiana, la fe de los escogidos de

Dios, la fe que es obra de Dios, no es sino el auxiliar del amor.

A pesar de toda su gloria y honor, la fe no constituye el

propósito central del mandamiento de Dios. Sólo al amor Dios

le confirió este honor; el amor es el fin de todos los

mandamientos de Dios.40 Es el amor el objeto, el único fin de

toda dispensación de Dios desde el comienzo del mundo hasta

la consumación de los siglos. El amor permanecerá después que

cielo y tierra hayan pasado, porque sólo el amor nunca deja de

ser.41 La fe desaparecerá por completo cuando podamos ver,

cuando gocemos de la visión de Dios eternamente. Pero el

amor...

Pero el amor eternamente permanecerá,

no se apaga su luz, no se consume su llama.

Triunfante en la muerte, por siempre vivirá;

por su caridad infinita alabanza eterna recibirá.42

2. Cosas maravillosas se han dicho de la fe, y

cualquiera que la haya degustado bien podrá decir con el

Apóstol: «¡Gracias a Dios por su don inefable!»43 Sin

embargo, pierde toda su excelencia cuando se la compara con

el amor. Aquello que san Pablo señaló con respecto a la

superioridad del evangelio respecto de la ley, bien puede

aplicarse con toda propiedad para hablar de la superioridad del

amor respecto de la fe: «Porque aun lo que fue glorioso, no es

glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más

eminente. Porque si lo que perece tuvo gloria, mucho más

40 Ver 1 Ti. 1.5.

41 1 Co. 13.8.

42 Estrofa de Matthew Prior.

43 2 Co. 9.15.

La fe confirmada mediane la fe, II 353

glorioso será lo que permanece.»44 En verdad, toda la gloria de

la fe, antes de que ella desaparezca, radica en que está al servicio

del amor. Es el instrumento temporal que Dios ha creado para

alcanzar el fin eterno.

3. Sería bueno que quienes exageran la importancia de

la fe fuera de toda proporción, haciendo que todo lo demás

desaparezca; quienes tienen una idea tan errónea de su

naturaleza que imaginan que puede reemplazar al amor,

pensaran en el hecho de que del mismo modo que el amor

continuará existiendo después que la fe, también existió desde

mucho tiempo antes. Los ángeles quienes desde el momento

mismo de su creación ven siempre el rostro del Padre que está

en los cielos,45 nunca tuvieron ocasión de tener fe, en el sentido

general del término, ya que esta es la convicción de lo que no

se ve.46 Tampoco tuvieron necesidad de tener fe, en un

sentido más restringido del término, en la sangre de Jesús,

porque él no tomó sobre sí la naturaleza de los ángeles sino sólo

la simiente de Abraham. Por lo tanto, antes de la creación del

mundo no había lugar para la fe, ya sea en sentido general o

restringido. Pero había lugar para el amor. El amor existía

desde la eternidad en Dios, la gran fuente de amor. El amor

encontró un lugar en cada uno de los hijos de Dios desde el

mismo momento en que fueron creados. Desde el primer

instante su bondadoso creador les dio la capacidad de existir y

de amar.

4. Tampoco es verdad (a pesar de que muchos han

disertado con ingenio y cierta lógica acerca de esto) que la fe,

ni siquiera en su sentido más general, haya tenido un lugar en

el paraíso. A juzgar por el relato, breve y sin mayores detalles,

44 2 Co. 3.10-11.

45 Mt. 18.10.

46 He. 11.1.

354 Sermón 36

que presenta la Sagrada Escritura, Adán, antes de rebelarse

contra Dios, caminaba en la presencia de Dios y no por fe en él.

De la mente el ojo claro todavía,

Como mira el águila al sol duro,

Así al rostro del Creador podía,

Mirar, cual lo mira el ángel puro.47

Entonces podía hablar cara a cara con aquel cuyo rostro nosotros

no podemos ver y continuar con vida. Por consiguiente, no

necesitaba de esa fe cuya función es suplir nuestra incapacidad

de ver.

5. Por otra parte, es indudable que tampoco existía fe en

su sentido particular, puesto que tal fe necesariamente

presupone el pecado, y la ira de Dios declarada contra el

pecador. Sin estos elementos no hay necesidad de sacrificio por

el pecado para reconciliar al pecador con Dios. Al no haber

necesidad de sacrificio con anterioridad a la caída, tampoco

había lugar para la fe en ese sacrificio. Era un tiempo en que el

humano estaba limpio de toda mancha de pecado, era santo

como Dios es santo. Su corazón estaba lleno de amor; el amor

reinaba en él sin rival. Sólo cuando se perdió ese amor por el

pecado, se añadió la fe, no por ella misma ni con el propósito de

que existiera por más tiempo que el que fuese necesario para

que cumpliera con el propósito para el cual había sido creada:

devolver al humano al amor del cual había caído. Después de la

caída se agregó este elemento de la convicción de lo que no se

ve,48 ya que antes de esto hubiera sido completamente

innecesario. Esta confianza en el amor redentor no pudo haber

existido hasta el momento en que se hizo la promesa de que la

simiente de la mujer heriría a la serpiente en la cabeza.49

47 Del poema de Sir John Davies, Nosce Teipsum.

48 He. 11.1.

49 Gn. 3.15.

La fe confirmada mediane la fe, II 355

6. La fe, pues, fue originalmente concebida por Dios

para que restableciese la ley del amor. Por tanto, cuando así nos

referimos a ella, no la estamos subestimando, o restándole su

merecido reconocimiento, sino, por el contrario, estamos

mostrando su verdadero valor, exaltándola según sus méritos, y

colocándola en el lugar que Dios en su sabiduría le asignó desde

el principio. La fe es el gran instrumento para restablecer el

amor santo en el que la humanidad fue originalmente creada. De

esto deducimos que, aunque la fe no posea un valor intrínseco

(como tampoco lo tiene ningún otro instrumento), es por ella

que podemos alcanzar la meta (que la ley del amor reine

nuevamente en nuestros corazones) y, en la situación actual, es

el único medio de conseguirlo que existe sobre la tierra. Por todo

esto reconocemos que es una bendición inefable para el ser

humano, y que tiene un valor inestimable ante Dios.

III.1. Esto naturalmente nos lleva a señalar, en tercer

lugar, cuál es la forma más importante de «restablecer la ley»:

restablecerla en nuestros corazones y vidas. Verdaderamente,

sin esto ¿de qué valdría todo lo demás? Podríamos declararla

en nuestra doctrina, predicarla en todos sus aspectos;

podríamos explicar y hacer cumplir cada una de sus partes;

podríamos descubrir su sentido más espiritual y declarar los

misterios del reino de los cielos,50 predicar a Cristo y todo lo

que él es capaz de hacer; podríamos predicar que la fe en

Cristo abre todos los tesoros del amor y, sin embargo, si

durante todo este tiempo la ley que predicamos no estaba en

nuestro corazón, no tendríamos más valor ante Dios que un

metal que resuena, o címbalo que retiñe.51 Toda nuestra

50 Mt. 13.11.

51 1 Co. 13.1.

356 Sermón 36

prédica lejos de obrar para nuestro bien, sólo aumentaría nuestra

condenación.

2. Este es, pues, el punto más importante que debemos

considerar: ¿Cómo podemos establecer la ley en nuestro

corazón para que verdaderamente influya en nuestra vida? Esto

sólo puede hacerse por fe.

Solamente mediante la fe podemos alcanzar esta meta,

como lo muestra nuestra experiencia cotidiana. Porque mientras

andamos por fe, no por vista52 avanzamos sin tropiezos en el

camino de la santidad. Cuando caminamos no miramos las

cosas que se ven, sino las que no se ven,53 y así,

progresivamente, el mundo nos es crucificado, y nosotros al

mundo.54 No fijemos los ojos del alma en las cosas temporales,

sino en las eternas,55 para que así nuestros afectos se

desprendan más y más de lo terrenal, y nos aferremos más a lo

eterno. De modo que la fe es el instrumento más directo y

efectivo de promover toda justicia y verdadera santidad, de

establecer la ley santa y espiritual en el corazón de los

creyentes.

3. También por medio de la fe, tomada en un sentido

menos amplio como la confianza en el perdón de Dios,

podemos establecer su ley en nuestros corazones de una

manera más efectiva. No existe motivación más fuerte para

amar a Dios que el sentir el amor de Dios en Cristo. No hay

nada que nos mueva tanto a entregarle a él nuestro corazón,

como la rotunda convicción de que él se dio por nosotros. Y es

a partir de este principio de amor agradecido a Dios que nace el

amor por nuestros hermanos y hermanas. No es posible dejar

de amar a nuestro prójimo si verdaderamente confiamos en el

52 2 Co. 5.7.

53 2 Co. 4.18.

54 Gá. 6.14.

55 2 Co. 4.18.

La fe confirmada mediane la fe, II 357

amor con que Dios nos amó primero. Este amor por los demás

seres humanos, que tiene su fundamento en la fe y el amor de

Dios, no hace mal al prójimo.56 Se trata, como observa el

Apóstol en la segunda parte del versículo, del cumplimiento de

la ley. Pero la ley restrictiva, «No cometerás adulterio, no

matarás, no hurtarás, no hablarás contra tu prójimo falso

testimonio, no codiciarás», está toda contenida en esta

sentencia: «Amarás a tu prójimo como a ti mismo».57 El amor

no se contenta simplemente con no hacer mal al prójimo.

Continuamente nos mueve a hacer el bien; siempre que

tengamos oportunidad debemos hacer el bien a todos,58 hacer

toda clase de bien hasta donde nos sea posible. Se trata, pues, de

cumplir no sólo con la ley restrictiva sino también con la ley

tomada en sentido positivo.

4. La fe no sólo hace posible el cumplimiento de la ley

en su sentido restrictivo o positivo en lo exterior, sino que

también, por medio del amor, trabaja en nuestro interior

purificando nuestro corazón y limpiándolo de toda maldad. Y

todo el que tiene esta fe en él, se purifica a sí mismo, así como

él es puro.59 Se purifica de todo deseo mundano y carnal, de

toda pasión vil e inútil; de todos los designios de la carne que

son enemistad contra Dios.60 Al mismo tiempo, si puede llevar

a cabo su obra a la perfección, la fe llena nuestro corazón de

toda clase de bondad, justicia y verdad. Acerca el cielo a

nuestra alma, y hace que andemos en luz, como él está en la

luz.61

56 Ro. 13.10.

57 Ro. 13.9.

58 Gá. 6.10.

59 Ver 1 Jn. 3.3. Nótese que aquí Wesley dice «fe», mientras el texto bíblico dice

«esperanza».

60 Ro. 8.7.

61 1 Jn. 1.7.

358 Sermón 36

5. Esforcémonos, pues, por establecer su ley en

nosotros. No pequemos porque estamos bajo la gracia,62 sino

por el contrario, utilicemos el poder que ella nos da para

cumplir toda justicia.63 Teniendo siempre presente la luz que

recibimos de Dios cuando su Espíritu nos convenció de nuestro

pecado, estemos alerta para no permitir que esa luz se apague.

Aferrémonos a lo que ya hemos conseguido. Que nada pueda

persuadirnos de volver a construir lo que logramos destruir;

volver a caer en algo, grande o pequeño, cuando ya hemos visto

que no es para gloria de Dios ni para beneficio de nuestra alma.

No ignoremos las cosas, grandes o pequeñas, que no podríamos

haber ignorado en aquel primer momento sin sentir el reproche

de nuestra conciencia. A fin de aumentar y perfeccionar la luz

que antes teníamos, agreguemos ahora la luz de la fe.

Confirmemos el don que recibimos de Dios comprendiendo

más profundamente lo que él entonces nos mostró, y teniendo

mayor conciencia y sensibilidad hacia el pecado. Ahora

podemos caminar en el gozo y no en el temor. Viendo con

claridad las cosas eternas delante nuestro, consideramos que el

placer, la riqueza, los halagos, todas las cosas terrenales, no

tienen más valor que burbujas en el agua. Nada hay importante,

nada deseable, nada en lo que valga la pena pensar excepto

aquello que está dentro del velo,64 donde Cristo está sentado a

la diestra de Dios.65

6. ¿Puedes decir: «Eres propicio a mis injusticias, y

nunca más te acordarás de mis pecados»?66 Entonces de ahora

en adelante huye del pecado como de delante de la serpiente.67

62 Ro. 6.15.

63 Mt. 3.15.

64 He. 6.19.

65 Col. 3.1.

66 He. 8.12.

67 Ap. 12.14.

La fe confirmada mediane la fe, II 359

Porque ahora te parece tan tremendo, tan horrendo que no se

puede expresar con palabras. En cambio, ahora puedes mirar

con cariño la santa y perfecta voluntad de Dios. Esfuérzate,

pues, para que pueda cumplirse en ti y por ti. Vela y ora para

que no peques más, para que puedas reconocer y evitar hasta la

más mínima transgresión a su ley. Cuando el sol alumbra un

lugar que estaba a oscuras puedes ver las partículas de polvo que

antes no veías. De igual manera, cuando el sol de la justicia

alumbra tu corazón puedes ver pecados que antes no veías.

Procura con todas tus fuerzas caminar en la luz que has recibido.

Preocúpate por recibir más luz cada día, por aumentar tu amor

y conocimiento de Dios, por recibir más del Espíritu de Cristo,

más de su vida y del poder de su resurrección. Y ahora utiliza

todo el conocimiento, el amor, la vida y el poder que ya has

recibido, de modo que tu fe vaya en aumento. Que puedas crecer

a diario en amor y santidad, hasta el día en que la fe desaparezca

ante la presencia de lo que puede verse, y la ley del amor quede

establecida para siempre jamás.