Sermón 35 - La ley confirmada mediante la fe
Primer discurso
Romanos 3:31
¿Luego, por la fe invalidamos la ley? En ninguna manera,
sino que confirmamos la ley.
1. En el comienzo de la epístola san Pablo plantea una
afirmación global, a saber, que el evangelio es poder de Dios
para salvación a todo aquel que cree;1 que es el poderoso
instrumento mediante el cual Dios hace a todo creyente
partícipe de la salvación en el presente y en la eternidad. A
continuación el Apóstol demuestra que no existe bajo el cielo
otro camino de salvación para la humanidad.2 Se refiere
particularmente al hecho de ser salvos de la culpa del pecado, lo
que comúnmente denomina justificación. san Pablo utiliza
varios argumentos para probar sobradamente, tanto a judíos
como a gentiles, que ninguna persona puede prescindir de esta
justificación ya que nadie puede declararse inocente. De allí
concluye en el versículo 19 de este capítulo, que toda boca debe
cerrarse para que nadie intente excusarse o justificarse a sí
mismo, y para que todo el mundo quede bajo el juicio de Dios.
Ya que, continúa diciendo, por las obras de la ley ningún ser
humano será justificado delante de él, es decir, no seremos
justificados por nuestra propia obediencia. Pero ahora, aparte
de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, sin que fuera
necesaria nuestra obediencia previa; se ha manifestado la
justicia de Dios por medio de la fe en Jesucristo, para todos
1 Ro. 1.16.
2 Ver Hch. 4.12.
327
328 Sermón 35
los que creen en él. Porque no hay diferencia en cuanto a la
necesidad de justificación, o a la forma de obtenerla, por cuanto
todos pecaron, y están destituidos de la gloria de Dios, de esa
gloriosa imagen de Dios en la cual fuimos creados. Y todos
somos justificados gratuitamente por su gracia, mediante la
redención que es en Cristo Jesús, a quien Dios puso como
propiciación por medio de la fe en su sangre ...a fin de que él
sea el justo, y al mismo tiempo el que justifica al que es de la fe
de Jesús, para que pueda mediante esa propiciación mostrar su
misericordia sin que ello vaya en desmedro de su justicia.
Concluimos, pues, (el gran principio que el Apóstol se había
propuesto demostrar) que el hombre es justificado por fe sin las
obras de la ley.3
2. Era fácil anticipar la objeción que podría hacerse a
esta posición, y que de hecho se ha planteado en todos los
tiempos. La misma se refiere a que si decimos «el hombre es
justificado por fe sin las obras de la ley» eso significa abolir la
ley. El Apóstol sin entrar en una discusión formal, simplemente
niega tal acusación. «¿Luego por la fe invalidamos la ley? De
ninguna manera, sino que confirmamos la ley».
3. La extraña ocurrencia de algunos acerca de que
cuando san Pablo dice «el hombre es justificado sin las obras
de la ley» se refiere sólo a la ley mosaica, queda claramente
rebatida por medio de estas palabras. ¿O acaso san Pablo
«confirmó» la ley mosaica? Es obvio que no lo hizo. Lo que sí
hizo fue invalidar esa ley mediante la fe, y declaró abiertamente
que así lo hacía. Pero sólo con referencia a la ley moral podía él
verdaderamente decir que no la invalidamos sino que la
«confirmamos mediante la fe.»
4. Pero no todos comparten la opinión del Apóstol.
Existen muchos que no están de acuerdo con su interpretación.
A lo largo de toda la historia de la iglesia ha habido muchas
3 Ro. 1.19-28.
La ley confirmada mediante al fe, I 329
personas, incluso entre quienes se llamaban cristianos, que han
argumentado que la fe que una vez fue dada a los santos4
estaba destinada a invalidar toda la ley. Según ellos la ley moral
y la ley mosaica eran igualmente condenables y debían ser
hechas pedazos delante del Señor.5 Sostenían con vehemencia
que si establecemos cualquier clase de ley Cristo de nada nos
valdrá, él no tendrá ningún efecto en nosotros, y habremos
caído de la gracia.6
5. Pero, ¿acaso el celo de estas personas es conforme a
ciencia7? ¿Verdaderamente han analizado la relación que existe
entre la ley y la fe, y que, dada la estrecha relación existente, al
destruir una se destruyen ambas? ¿No han reparado en el hecho
de que abolir la ley moral significa en realidad abolir la fe y la
ley a un tiempo, y quedarnos sin el medio apropiado para
acercarnos a la fe o para avivar el fuego del don de Dios8 en
nuestras almas?
6. Es necesario, pues, que todos aquellos que deseen
venir a Cristo, o aquellos que habiendo recibido a Jesucristo,
deseen andar con él,9 se preocupen por invalidar la ley
mediante la fe. A fin de ponernos a resguardo del peligro de la
ley debemos preguntarnos en primer lugar, cuáles son los
medios más usuales de invalidar la ley mediante la fe; y en
segundo lugar, cómo podemos seguir el ejemplo del Apóstol y
confirmar la ley mediante la fe.
I.1. Analicemos, primeramente, cuáles son las formas
más usuales de invalidar la ley mediante la fe. El predicador
4 Jud. 3.
5 1 S. 15.33.
6 Gá. 5.2,4.
7 Ro. 10.2.
8 2 Ti. 1.6.
9 Col. 2.6.
330 Sermón 35
tiene una forma de anularla por completo que consiste
simplemente en no predicarla; es como si se la borrara de los
oráculos de Dios, especialmente cuando esto se hace a
propósito, cuando se tiene por norma el «no predicar la ley». Y
la expresión «predicador de la ley» se utiliza como reproche,
como si significara poco menos que «enemigo del evangelio».
2. Todo esto es consecuencia de una absoluta
ignorancia acerca de la naturaleza, atributos y fines de la ley.
Quienes así actúan ponen de manifiesto que no conocen a
Cristo, que desconocen por completo la fe viva, o al menos, que
son niños en la fe, y como tales inexpertos en la palabra de
justicia.10
3. Su gran argumento es que predicar el evangelio, lo
cual según su opinión significa limitarse a hablar
exclusivamente acerca de los padecimientos y méritos de Cristo,
alcanza para satisfacer todos los fines de la ley. Pero nosotros
negamos esto rotundamente. Esto no alcanza a satisfacer
siquiera el primer propósito de la ley, a saber, convencer al ser
humano acerca de su pecado, despertar a quienes continúan
durmiendo al borde del abismo. Puede que haya algunos
ejemplos excepcionales, tal vez uno en mil, que hayan sido
despertados por el evangelio; pero no es la generalidad. El
método corriente utilizado por Dios para disuadir a los
pecadores es la ley, y ninguno otro que la ley. No es el evangelio
el método que Dios dispuso, o el que el mismo Jesús utilizó,
para este fin. No podemos basarnos en la Escritura para
utilizarlo en este sentido, ni encontramos fundamento alguno
para pensar que sería efectivo. Los sanos no tienen necesidad de
médico, señaló el mismo Señor, sino los enfermos.11 Es, por
tanto, absurdo ofrecer atención médica a quienes están sanos, o
quienes al menos creen estarlo. Debemos, en primer lugar,
10 He. 5.13.
11 Mt. 9.12.
La ley confirmada mediante al fe, I 331
convencerlos de que están enfermos, de otro modo no
agradecerían el servicio que se les ofrece. Sería igualmente
absurdo ofrecer a Cristo aquellos cuyo corazón no ha sido aun
quebrado. Ello equivaldría a echar perlas delante de los
cerdos: sin duda las pisotearán y no deberíamos sorprendernos
si se volvieran en contra nuestra y nos despedazaran.12
4. «Pero, si bien es cierto que no se nos ordena en la
Escritura ofrecer a Cristo al pecador displicente, ¿no sería
posible encontrar algún precedente en la Escritura?» Creo que
no. Yo no conozco precedente alguno. Estoy seguro de que no
se puede citar ni uno solo en los cuatro evangelios o en los
Hechos de los Apóstoles. Tampoco existen pasajes bíblicos que
prueben que tal haya sido la práctica de los apóstoles.
5. Ahora bien, ¿no dice el apóstol Pablo en su primera
carta a los Corintios, «Predicamos a Cristo crucificado»,13 y en
la segunda «No nos predicamos a nosotros mismos, sino a
Jesucristo como Señor»?14 Estamos de acuerdo en que todo el
problema puede resumirse en este punto: caminar en sus pasos,
seguir su ejemplo. Simplemente prediquemos de la misma
manera en que lo hacía san Pablo y toda disputa habrá
finalizado.
Porque si bien podemos aseverar que él predicaba a
Cristo con la perfección con que podía hacerlo el jefe de los
apóstoles, también es cierto que nadie predicó la ley tanto como
él. De modo que san Pablo no creía que el evangelio y la ley
cumplieran el mismo fin.
6. Precisamente el primer sermón de san Pablo que
quedó registrado finaliza con las siguientes palabras: «De todo
aquello que por la ley de Moisés no pudisteis ser justificados,
12 Mt. 7.6.
13 1 Co. 1.23.
14 2 Co. 4.5.
332 Sermón 35
en él es justificado todo aquel que cree. Mirad, pues, que no
venga sobre vosotros lo que está dicho en los profetas: Mirad,
oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced; porque yo
hago una obra en vuestros días, obra que no creeréis si alguien
os la contare.»15 Queda claro que al decir esto está «predicando
la ley», en el sentido estricto del término, aunque la mayoría de
sus oyentes, si no todos, eran judíos o prosélitos piadosos, y por
lo tanto muchos de ellos ya estaban convencidos, al menos en
cierta medida, de su pecado. En primer lugar les recuerda que
no podían ser justificados por la ley de Moisés sino únicamente
por la fe en Cristo; y luego los amenaza severamente con el
juicio de Dios, lo cual significa en su sentido más profundo
«predicar la ley».
7. En el siguiente discurso, dirigido a los paganos de
Listra, no encontramos siquiera una mención del nombre de
Cristo. El punto central de su mensaje es que debían alejarse de
los ídolos vanos y convertirse al Dios vivo.16 Ahora seamos
francos. ¿No creen que si hubieran estado allí ustedes podrían
haber predicado mucho mejor que él? No me extrañaría que
también creyeran que fue a causa de su mala predicación que
la gente lo trató tan mal, y que el hecho de que fuese
apedreado fue ¡un justo castigo por no haber predicado a
Cristo!
8. Sin embargo, cuando el carcelero se precipitó
adentro, y temblando, se postró a los pies de Pablo y de
Silas...y les dijo: «Señores, ¿qué debo hacer para ser salvo?»,
Pablo inmediatamente le respondió: «Cree en el Señor
Jesucristo.»17 ¿Y quién no hubiera dicho lo mismo en el caso de
una persona tan profundamente convencida de su pecado?
Pero cuando les habla a los atenienses lo hace de manera
15 Hch. 13. 39-41.
16 Hch. 14.15.
17 Hch. 16.29-31.
La ley confirmada mediante al fe, I 333
absolutamente diferente, reprendiéndoles por su superstición, su
ignorancia e idolatría, y los exhorta fervientemente al
arrepentimiento teniendo en cuenta el juicio venidero y la
resurrección de los muertos.18 Asimismo cuando Félix llamó a
Pablo con el propósito de oírlo hablar acerca de la fe en
Jesucristo, en lugar de predicar a Cristo en el sentido que
ustedes le darían (lo cual probablemente hubiese provocado en
el gobernador la burla o la controversia y la blasfemia) Pablo
disertó acerca de la justicia, del dominio propio y del juicio
venidero hasta que Félix (duro como era) se espantó.19 Vayan,
pues, y sigan su ejemplo. ¡Prediquen a Cristo al pecador
indiferente disertando acerca de la justicia, del dominio propio
y del juicio venidero!
9. Si ustedes dicen: «Pero en las epístolas él predicó a
Cristo de manera diferente», les respondo que (1) en las cartas
no predicó en absoluto, al menos no en el sentido que nosotros
damos al término «predicación», ya que en el presente significa
hablar frente a una congregación. Pero aun pasando por alto este
punto, respondo que (2) sus epístolas no están dirigidas a los no
creyentes de quienes estábamos hablando, sino a los santos de
Dios20 en Roma, Corinto, Filipos y otros lugares. Naturalmente
a estos les hablaba más acerca de Cristo que a aquellos que
estaban en el mundo sin Dios. Y aun así, (3) cada una de sus
cartas está llena de la ley, incluso en las epístolas a los Romanos
y a los Gálatas el Apóstol hace precisamente lo que ustedes
llaman «predicar la ley», y lo hace por igual con creyentes y no
creyentes.
10. De todo esto se deduce claramente que ustedes no
saben lo que es «predicar a Cristo» en el sentido en que lo
18 Hch. 17.31.
19 Hch. 24. 24-25.
20 Ro. 1.7.
334 Sermón 35
hacía el Apóstol. Es indudable que san Pablo estaba convenci-
do de que había predicado a Cristo ante Félix, y también en
Antioquía, en Listra y en Atenas. A partir de estos ejemplos
todo ser pensante debe concluir que, según el Apóstol,
«predicar a Cristo», en el sentido más profundo que da la
Escritura a estas palabras, no se limita a dar a conocer el amor
de Cristo por los pecadores, sino que también implica anunciar
que descenderá de los cielos como llamarada de fuego.
Predicar a Cristo significa predicar lo que él ha revelado tanto
en el Antiguo como en el Nuevo Testamento, de modo que
predicamos a Cristo tanto cuando decimos: «Los malos serán
trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios»21
como cuando decimos: «He aquí el Cordero de Dios, que
quita el pecado del mundo.»22
11. Consideren detenidamente el siguiente punto: que
«predicar a Cristo» significa predicar acerca de todas las cosas
que él dijo, todas sus promesas, todas sus advertencias y
mandamientos, todo lo que está escrito en su Libro. Así sabrán
cómo predicar a Cristo sin invalidar la ley.
12. «Sin embargo, ¿no es cierto que los sermones que
dedicamos especialmente a la predicación de los méritos y
sufrimientos de Cristo son los de mayor bendición?»
Es probable que al predicar ante una congregación de
personas arrepentidas o de creyentes, tales sermones sean de
enorme bendición ya que responderán adecuadamente a la
situación de estas personas. Al menos son los sermones que
brindan mayor consuelo. Pero esto no es siempre la mayor
bendición. En ocasiones puedo ser bendecido mucho más
ricamente por un sermón que me traspasa el corazón y que me
humilla hasta tocar el polvo de la tierra. Tampoco podría ser
verdaderamente consolado si sólo predicase o escuchase
21 Sal. 9.17.
22 Jn. 1.29.
La ley confirmada mediante al fe, I 335
sermones acerca de los sufrimientos de Cristo. Estos, a causa de
una repetición constante, perderían fuerza y despertarían cada
vez menos interés hasta que finalmente no serían más que una
sucesión de palabras carente de todo espíritu, vida o virtud. De
modo que esta manera de «predicar a Cristo», con el correr del
tiempo, acaba por invalidar el evangelio al igual que invalida la
ley.
II.1. Existe un segundo camino para «invalidar la ley
mediante la fe», que consiste en enseñar que la fe elimina la
necesidad de santidad. Este camino, a su vez, se subdivide en un
millar de ramificaciones que muchas personas transitan. En
realidad son pocos los que logran escapar; son pocos los que
están convencidos de que «somos salvos por la fe», y que ni
tarde ni temprano, en mayor o menor medida, se desvían por
estos atajos.
2. Se desvían hacia estos atajos aquellas personas que,
aun cuando no estén definitivamente convencidas de que la fe
en Cristo elimina por completo la necesidad de guardar su ley,
sin embargo creen que (1) la santidad es menos necesaria ahora
que antes de la venida de Cristo, o bien que (2) es necesaria
pero en menor grado, o (3) que es menos necesaria para los
creyentes que para las demás personas. Es así como piensan
todos aquellos que, aunque tengan opiniones correctas en
general, creen que pueden tomarse más libertades en
determinadas circunstancias que lo que podían hacer antes de
ser creyentes. Indudablemente la utilización del término libres
en la expresión «libres de obediencia o santidad» muestra a las
claras que su juicio se ha desvirtuado, y que son culpables
precisamente de aquello que creían lejos: «invalidar la ley
mediante la fe» al imaginar que la fe puede obviar la necesidad
de santidad.
3. El primer argumento de quienes enseñan esto
expresamente es que ahora estamos bajo el pacto de la gracia,
336 Sermón 35
no de las obras, y por lo tanto ya no necesitamos cumplir con
las obras de la ley.
¿Y quién ha estado alguna vez bajo el pacto de las
obras? Nadie excepto Adán antes de la caída. Sólo él estuvo
completa y verdaderamente bajo ese pacto, que requería
perfecta y universal obediencia como única condición para ser
aceptado, y que no dejaba lugar para el perdón ni aun por la
transgresión más insignificante. Pero ningún otro ser humano
estuvo jamás bajo este Pacto, ni judío ni gentil, antes de Cristo
o después de él. Todos sus hijos estuvieron y están bajo el pacto
de la gracia. El único camino para ser aceptado es este: el don
de la gracia de Dios que, por los méritos de Cristo, ofrece perdón
a aquellos que creen, y que creen con una fe tal que, obrando
por amor, da frutos de obediencia y santidad.
4. No es cierto entonces, como ustedes creen, que los
seres humanos alguna vez se vieron más obligados a obedecer
a Dios, o a cumplir con las obras de la ley, que lo que están en
el presente. Esta es una suposición que no pueden probar. Sí es
cierto que si hubiésemos estado bajo el pacto de las obras, nos
hubiéramos visto obligados a realizar esas obras antes de ser
aceptados, mientras que ahora todas las buenas obras, aunque
siguen siendo tan necesarias como siempre, no son previas a
nuestra aceptación sino consecuencia de ella. Por tanto, la
naturaleza del pacto de la gracia no les da ningún fundamento,
no los alienta en absoluto, a dejar de lado cualquier instancia o
grado de obediencia ni ningún aspecto o medida de santidad.
5. Mas, ¿no somos acaso justificados por fe, sin las
obras de la ley?23 Ciertamente es así; no son necesarias las obras
de la ley mosaica ni de la ley moral. ¡Ojalá todos estuviesen
persuadidos de esto! Evitaríamos innumerables males,
particularmente el antinomianismo, ya que, hablando en
términos generales, son los fariseos los responsables de que
23 Ro. 3.28.
La ley confirmada mediante al fe, I 337
existan antinomianos. Al haber caído en actitudes extremas tan
visiblemente contrarias a la Escritura, han provocado que otros
caigan en el extremo opuesto. Los unos, en su afán de ser
justificados por las obras, son la causa de que los otros,
espantados, no les asignen a estas lugar alguno.
6. Pero la verdad se encuentra entre los dos extremos. Es
indudable que somos justificados por fe. Esta es la piedra
angular de todo el cristianismo. Somos justificados sin que las
obras de la ley sean condición previa para nuestra justificación.
Pero sí son el fruto inmediato de esa fe por la cual somos
justificados. De manera que si nuestra fe no va seguida de
buenas obras, de santidad interior y exterior, es evidente que
nuestra fe es vana y que aún estamos en pecado.24 Por
consiguiente, el hecho de que seamos justificados por fe, aun
por fe sin obras, no es razón para invalidar la ley mediante la
ley; o para creer que la fe nos excusa de toda clase o grado de
santidad.
7. Es verdad, pero ¿no dice san Pablo expresamente que
al que no obra, sino cree en aquel que justifica al impío, su fe
le es contada por justicia?25 ¿No podemos deducir, entonces,
que para el creyente la fe ocupa el lugar de la justicia? Y si la fe
ocupa el lugar de la justicia o de la santidad, ¿qué necesidad
tenemos de estas?
Debemos admitir que este es el punto central, y es sin
duda el pilar más importante del antinomianismo. Sin embargo,
no requiere una respuesta extensa ni muy elaborada. Concede-
mos que (1) Dios justifica al impío que no obra, a aquel que
hasta ese momento había sido absolutamente impío, cargado de
mal, carente de todo bien; (2) que él justifica al impío que no
obra, a quien hasta ese momento no había obrado ningún bien,
24 1 Co. 15.17.
25 Ro. 4.5.
338 Sermón 35
ni podría haberlo hecho porque el árbol malo no puede dar
frutos buenos;26 (3) que Dios lo justifica sólo por fe, sin que
anteriormente hubiera en él bondad o justicia alguna; y (4) que
entonces su fe le es contada por justicia, esto es, por la justicia
anterior. Es decir que Dios, por los méritos de Cristo, acepta a
aquel que cree como si ya hubiese cumplido con la justicia.
Ahora bien, ¿qué tiene que ver todo esto con el punto en
discusión? El Apóstol no dice en este texto, ni en ningún otro,
que esta fe le es contada por justicia subsiguiente. Lo que el
Apóstol sí enseña es que no existe justicia con anterioridad a la
fe, pero ¿dónde enseña que tampoco existe después de ella? Si
bien afirma que la santidad no puede preceder a la justificación,
en ninguna parte dice que no deba sucederla. Por lo tanto, san
Pablo no los autoriza en absoluto a invalidar la ley enseñando
que la fe sustituye a la santidad.
III.1. Resta mencionar una forma de invalidar la ley
mediante la fe que es más frecuente que las dos anteriores.
Consiste simplemente en ponerla en práctica; invalidarla de
hecho aunque no por principio, viviendo como si el propósito de
la fe fuese excusarnos de ser santos. Con harto fervor el Apóstol
nos advierte en contra de esto en ese texto por todos conocido:
«¿Qué, pues? ¿Pecaremos, porque no estamos bajo la ley, sino
bajo la gracia? En ninguna manera.»27 Advertencia que
debemos analizar con todo detenimiento dada su extrema
importancia.
2. La expresión bajo la ley puede querer decir, (1) estar
obligado a observar las leyes de Moisés; (2) estar obligado a
vivir según lo estipulado por la totalidad de la institución
mosaica; (3) estar obligado a guardar la ley moral en su
totalidad como condición para ser aceptados por Dios; y (4)
vivir bajo la ira y maldición de Dios, sentenciados a muerte
26 Mt. 7.18.
27 Ro. 6.15.
La ley confirmada mediante al fe, I 339
eterna; vivir en la culpa y la condena, experimentando el horror
y un miedo servil.
3. Ahora bien, aunque un creyente no está sin ley de
Dios, sino bajo la ley de Cristo,28 desde el mismo momento en
que cree deja de estar bajo la ley en cualquiera de los sentidos
mencionados en el apartado anterior. Por el contrario, se
encuentra ahora bajo la gracia, gozando de una dispensación
más benigna y misericordiosa. Así, ya no está sujeto a la ley de
Moisés, o a las instituciones mosaicas; tampoco está obligado a
guardar siquiera la ley moral como condición para ser aceptado.
Queda, pues, libre de la ira y la maldición de Dios, de todo
sentimiento de culpa y condena, y de todo el horror y el temor
de la muerte que hasta entonces había hecho que toda su vida
estuviese sujeta a servidumbre.29 Ahora el creyente actúa en
obediencia voluntaria y universal (cosa que no podía hacer
cuando estaba bajo la ley). No obedece motivado por un temor
que lo esclaviza, sino por una razón mucho más noble: la gracia
de Dios que reina en su corazón hace que todas sus obras se
forjen en el amor.
4. ¿Qué diremos entonces? ¿Será este principio
evangélico que rige nuestras acciones menos poderoso que el
legal? ¿Seremos menos obedientes a Dios por nuestro amor
filial que lo que éramos por el temor? Ojalá no haya muchos
ejemplos de esto; esperemos que este antinomianismo práctico,
esta forma disimulada de invalidar la ley mediante la fe no se
haya extendido a miles de creyentes. ¿Tú no te habrás
contagiado? Examínate honesta y cuidadosamente. ¿No estarás
haciendo ahora aquello que no te atrevías a hacer cuando
estabas bajo la ley o (como lo llamamos comúnmente) bajo
condena? Por ejemplo, no te atrevías entonces a comer en
28 1 Co. 9.21.
29 He. 2.15.
340 Sermón 35
demasía. Sólo tomabas lo necesario, y lo más barato. ¿No te
permites mayores placeres? ¿No eres un poco más indulgente
contigo mismo de lo que eras? ¡Ten cuidado, no sea que ahora
peques porque no estás bajo la ley sino bajo la gracia!
5. Cuando estabas bajo condena no te atrevías en lo más
mínimo a codiciar con la mirada aquello que no tenías. No
hacías nada, grande o pequeño, por satisfacer tu curiosidad.
Sólo prestabas atención a la pulcritud y a las cosas verdadera-
mente necesarias, o a lo sumo a algunas comodidades
moderadas, ya fuera respecto de los muebles o de la vestimenta.
Considerabas abominable y te escandalizaba todo lo que
fuera superfluo y refinado, así como la elegancia impuesta por
la moda.
¿Aún lo crees así? ¿Tienes el mismo grado de
sensibilidad con respecto a estas cosas que tenías en el pasado?
¿Sigues las mismas normas con respecto a los muebles y a la
ropa, despreciando todo refinamiento, todo lo inútil y superfluo,
todo aquello que es meramente ornamento aunque esté a la
moda? ¿No será que has adoptado precisamente aquello que una
vez habías dejado de lado y que no podías usar sin lastimar tu
conciencia? ¿No es verdad que has aprendido a decir: «Ah, ya
no soy tan escrupuloso.»? ¡Cómo desearía que aún lo fueras!
Así no caerías en esta clase de pecado por no estar bajo la ley,
sino bajo la gracia.
6. Tiempo atrás también tenías escrúpulos de halagar a
otras personas, y más aún de que otros te halagaran. Era como
una puñalada, no podías soportarlo; sólo buscabas la honra que
viene de Dios. No tolerabas tal clase de conversaciones, ni
ninguna conversación que no fuera edificante. Aborrecías toda
charla trivial y todo discurso superfluo, lo odiabas tanto como
lo temías porque sabías apreciar lo valioso del tiempo, de cada
instante que se esfuma. Igualmente odiabas y aborrecías todo
gasto superfluo, considerando que sólo el tiempo era más
La ley confirmada mediante al fe, I 341
valioso que el dinero y temiendo que pudieras ser considerado
mayordomo infiel aun cuando se tratara de las riquezas injustas.
Y ahora, ¿Sigues creyendo que el halago es un veneno
mortal que no puedes dar ni recibir sin poner tu alma en peligro?
¿Aún odias y aborreces toda conversación que no sea
edificante? ¿Te esfuerzas por mejorar a cada instante a fin de
que el tiempo no pase en vano y que cada momento vivido haga
de ti una mejor persona? ¿No crees que ahora eres menos
cuidadoso con tu tiempo y con tu dinero? ¿Acaso no
desperdicias tiempo y dinero como nunca antes lo habías hecho?
¿No puedes ahorrar ambos como antes lo hiciste? ¡Ay! ¡Cómo
lo que tendría que haber sido para vuestro bien se convirtió en
motivo de tropiezo!30 ¡Cómo has caído en pecado por no estar
bajo la ley, sino bajo la gracia!
7. ¡No permita el Señor que continúen de este modo
convirtiendo en libertinaje la gracia de nuestro Dios!31
¡Recuerda cuán clara y fuerte era tu convicción con respecto a
todas estas cosas! También sabías perfectamente de quién
provenía tal convicción. El mundo te decía que vivías
engañado, pero tú sabías que era la voz de Dios. No eras
excesivamente escrupuloso con respecto a estas cosas
entonces, pero ahora no eres lo suficientemente escrupuloso.
Dios te retuvo en ese doloroso aprendizaje para que aprendie-
ras las grandes lecciones a la perfección. ¿Ya las has olvidado?
Repásalas antes de que sea demasiado tarde. ¿Has pasado
tantas penurias en vano? Confío en que no haya sido en vano.
Ahora es tiempo de ejercer la convicción sin el sufrimiento.
Pon en práctica las lecciones sin necesidad del castigo. No
permitas que la misericordia de Dios tenga menos influencia
sobre ti que la que tenían su ira y su indignación. ¿Acaso el
30 Sal. 69.23.
31 Jud. 4.
342 Sermón 35
amor es un motivo menos poderoso que el temor? Si no lo es,
ten esto por norma inmutable «Ahora que vivo bajo la gracia
no haré nada de aquello que no me atrevía a hacer cuando vivía
bajo la ley».
8. No puedo concluir este tema sin antes exhortarte a que
también te examines respecto de los pecados de omisión. ¿Estás
libre de estos pecados ahora que vives bajo la gracia como lo
estabas cuando vivías bajo la ley? ¡Qué diligente eras en aquel
entonces para escuchar la palabra de Dios! No perdías
oportunidad alguna, asistías de noche y de día. No permitías que
nada se interpusiera en el camino, ya fuera un negocio, una
visita, un ligero malestar, una cama muy confortable o una
mañana fría y oscura. ¿No ayunabas con frecuencia? ¿No
practicabas la abstinencia hasta donde te era posible? ¿No
orabas constantemente (a pesar de no sentir entusiasmo ni vigor)
cuando estabas suspendido sobre la boca del infierno? ¿Acaso
no hablabas y defendías a Dios, aun cuando él era un
desconocido para ti? ¿No abogabas por su causa, reprendiendo
a los pecadores y declarando la verdad ante una generación
adúltera? Y ahora que crees en Cristo, ¿tienes esa fe que ha
vencido al mundo?32 ¿O es que tienes menos entusiasmo por tu
maestro ahora que antes cuando en realidad no lo conocías? Si
eres menos diligente en el ayuno, en la oración, en escuchar su
Palabra, en invitar a los pecadores a acercarse a Dios, entonces
¡arrepiéntete! ¡Toma conciencia de todo lo que has perdido!
¡Recuerda de dónde has caído!33 ¡Lamenta tu infidelidad!
Recupera tu entusiasmo y realiza tus primeras obras, no sea
32 1 Jn. 4.4,5.
33 Ap. 2.5.
La ley confirmada mediante al fe, I 343
que, si continúas anulando la ley por la fe, Dios te rechace y te
ponga con los infieles.34
34 Lc. 12.46.