Sermón 33 - Sobre el sermón de nuestro Señor
en la montaña
Decimotercer discurso
Mateo 7:21-27
No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el
reino de los cielos, sino el que hace la voluntad de mi Padre que
está en los cielos.
Muchos me dirán en aquel día: Señor, Señor, ¿no
profetizamos en tu nombre, y en tu nombre echamos fuera
demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros?
Y entonces les declararé: Nunca os conocí; apartaos de
mí, hacedores de maldad.
Cualquiera, pues, que me oye estas palabras, y las hace,
le compararé a un hombre prudente, que edificó su casa sobre
la roca.
Descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y
golpearon contra aquella casa; y no cayó, porque estaba
fundada sobre la roca.
Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las
hace, le compararé a un hombre insensato, que edificó su casa
sobre la arena;
y descendió lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y
dieron con ímpetu contra aquella casa; y cayó, y fue grande su
ruina.
1. Nuestro divino Maestro, después de haber explicado
todas las enseñanzas de Dios con respecto al camino de la
salvación, y de haber señalado el mayor obstáculo que deben
sortear los que ansían andar en él, ahora concluye con estas
287
288 Sermón 33
palabras tan profundas por medio de las cuales parece sellar su
profecía, a la vez que impone todo el peso de su autoridad a lo
dicho anteriormente para que permanezca firme por todas las
generaciones.
2. Para que nadie jamás pueda creer que existe otro
camino fuera de éste, así dijo el Señor: «No todo el que me dice:
Señor, Señor, entrará en el reino de los cielos, sino el que hace
la voluntad de mi Padre que está en los cielos. Muchos me dirán
en aquel día: Señor, Señor, ¿no profetizamos en tu nombre, y
en tu nombre echamos fuera demonios, y en tu nombre hicimos
muchos milagros? Y entonces les declararé: Nunca os conocí;
apartaos de mí, hacedores de maldad. ...cualquiera que oyere
estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre
insensato, que edificó su casa sobre la arena; y descendió
lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu
contra aquella casa; y cayó, y fue grande su ruina.»
3. Me propongo en primer lugar, considerar el caso del
hombre que construye su casa sobre la arena; en segundo lugar,
mostrar la sabiduría de quien construye sobre la roca, y por
último, finalizar con una aplicación práctica.
I.1. Primeramente voy a considerar el caso de quien
construye su casa sobre la arena. Refiriéndose a él, el Señor
dijo: No todo el que me dice: Señor, Señor, entrará en el reino
de los cielos. Y esta es una ley que no caduca, una ley que no
será quebrantada.1 Es sumamente importante que compren-
damos en toda su magnitud la fuerza de estas palabras. ¿Cómo
debemos entender la expresión «el que me dice: Señor,
Señor»? Significa, sin lugar a dudas, «el que cree llegar al cielo
por un camino diferente del que acabo de señalar». Comenzan-
do por el nivel más bajo, se refiere a todas las buenas palabras,
la religión verbal. Incluye todos los credos que practicamos, las
1 Sal. 148.6.
El sermón de la montaña, XIII 289
profesiones de fe que hacemos, las oraciones que repetimos, las
acciones de gracias que leemos o decimos delante de Dios.
Podemos alabar su nombre, y declarar su misericordia para
con los hijos de los hombres.2 Podemos hablar de sus obras
poderosas, y contar día tras día la historia de su salvación.
Acomodando lo espiritual a lo espiritual,3 podemos enseñar
qué significan los oráculos de Dios. Podemos explicar los
misterios de su reino, que habían estado ocultos desde los
siglos y edades.4 Podemos hablar con lenguas angélicas5 más
que con lenguas humanas en lo concerniente a los asuntos de
Dios. Podemos anunciar a los pecadores: «He aquí el Cordero
de Dios, que quita el pecado del mundo.»6 Sí, podemos hacer
todo esto con tal poder de Dios y tal demostración de su
Espíritu que salvemos muchas almas de la muerte,7 y
cubramos multitud de pecados.8 Sin embargo, es muy posible
que todo esto no sea más que decir «¡Señor, Señor!» Después
de haber predicado a otros con éxito, yo mismo puedo ser
eliminado.9 Es posible que como instrumento de Dios arrebate
muchas almas del infierno, y después de haberlo hecho, yo
mismo caiga en él. Puedo guiar a muchos al reino de los cielos
y sin embargo, yo mismo nunca entrar en él. Estimado lector, si
alguna vez Dios ha bendecido en tu alma la palabra que yo he
predicado, pídele que tenga misericordia de mí, hombre
pecador.10
2 Sal. 107.8,15,21,31.
3 1 Co. 2.13.
4 Col. 1.26.
5 1 Co. 13.1.
6 Jn. 1.29.
7 Stg. 5.20.
8 1 P. 4.8.
9 1 Co. 9.27.
10 Lc. 18.13.
290 Sermón 33
2. En segundo lugar, decir «¡Señor, Señor!» puede
implicar no causar daño a nadie. Podemos abstenernos de todo
pecado manifiesto, de toda clase de maldad exterior. Podemos
abstenernos de toda acción o palabra que las Sagradas
Escrituras prohiban. Podemos estar en condiciones de decir a
quienes nos rodean: «¿Quién de vosotros me redarguye de
pecado?»11 Podemos tener una conciencia sin ofensa ante
Dios y ante los hombres.12 Podemos estar limpios de todo
pecado, impureza e injusticia en cuanto a nuestros actos
exteriores, o como el apóstol testifica de sí mismo: «en cuanto
a la justicia que es en la ley, irreprensible»,13 (haciendo
referencia a la justicia exterior), pero esto no significa que
estemos justificados. Todo esto no es más que un decir
«¡Señor, Señor!» Y si no vamos más allá, jamás entraremos en
el reino de los cielos.
3. En tercer lugar, decir «¡Señor, Señor!» puede
referirse a lo que habitualmente conocemos como buenas
obras. Una persona puede participar de la Cena del Señor,
escuchar numerosos sermones de excelente contenido, y no
pasar por alto ninguna oportunidad de cumplir con las demás
ordenanzas de Dios. Puedo hacer el bien a mi prójimo, partir mi
pan con el hambriento, y vestir al desnudo. Puedo ser tan celoso
de realizar buenas obras hasta el punto de repartir todos mis
bienes para dar de comer a los pobres.14 Es más, puedo hacer
todo esto con el deseo de agradar a Dios y verdaderamente
convencido de agradarle (tal es el caso de quienes nuestro Señor
presenta diciéndole «¡Señor, Señor!»), y aun así, es posible que
no tenga parte en la gloria venidera.15
11 Jn. 8.46.
12 Hch. 24.16.
13 Fil. 3.6.
14 1 Co. 13.3.
15 Ro. 8.18.
El sermón de la montaña, XIII 291
4. Si alguien se sorprende ante esto, debe admitir que es
totalmente ajeno a la religión de Jesucristo y, en particular, a
esta perfecta descripción de la misma que él expuso ante
nosotros en este sermón. Porque ¡qué lejos está todo esto de la
justicia y santidad de la verdad16 que él describe! ¡Qué enorme
distancia lo separa de ese reino de los cielos interior que ahora
es posible en el alma del creyente! Ese reino que primero se
siembra en el corazón como una semilla de mostaza, pero luego
se hace árbol,17 y en él crecen todos los frutos de justicia,18 toda
buena cualidad y palabra y obra.
5. A pesar de haber afirmado esto con la misma
frecuencia con que repitió que ninguno que no tuviera este
reino dentro suyo entraría en el reino de los cielos, nuestro
Señor sabía muy bien que muchos no aceptarían esto, razón por
la cual lo reafirmó una vez más. Dijo: «Muchos (no uno ni
unos pocos; no se trata de un caso extraño, fuera de lo común)
me dirán en aquel día»: No sólo hemos dicho nuestras
oraciones; te hemos alabado, nos abstuvimos de todo mal y
practicamos el bien, sino algo mucho más importante que esto:
«profetizamos en tu nombre. En tu nombre echamos fuera
demonios, y en tu nombre hicimos muchos milagros». «Hemos
profetizado», dimos a conocer tu voluntad a toda la humani-
dad; mostramos a los pecadores el camino a la paz y a la gloria.
Y esto lo hicimos «en tu nombre», según la verdad de tu
evangelio. Y con tu autoridad, porque tú confirmaste la Palabra
con el Espíritu Santo que enviaste desde el cielo. «En tu
nombre», por el poder de tu Palabra y de tu Espíritu «echamos
fuera demonios», fuera de las almas que durante mucho tiempo
habían considerado como suyas, y de las cuales tenían completa
16 Ef. 4.24.
17 Mt. 13.31-32.
18 Fil. 1.11.
292 Sermón 33
e inalterable posesión. «Y en tu nombre», con tu poder, no con
el nuestro, «hicimos muchos milagros», tanto que hasta los
muertos oyeron la voz del Hijo de Dios19 hablando a través
nuestro, y vivieron. «Y entonces les declararé, aun a estos,
«nunca os conocí». No, no los conocí entonces, cuando
echaban demonios en mi nombre. Ni siquiera entonces los
reconocí como míos, porque sus corazones no eran rectos
delante de Dios. Ustedes no eran mansos y humildes, no
amaban a Dios y a la humanidad, no estaban renovados
conforme a la imagen de Dios.20 Ustedes no son santos como
yo soy santo.21 «Apártense de mí» todos ustedes, porque a
pesar de todo esto que dicen, son «hacedores de maldad»
(anomía) son transgresores de mi ley, la ley del amor santo y
perfecto.
6. Para colocar todo esto más allá de toda posibilidad de
discusión, nuestro Señor lo confirma por medio de una
comparación negativa. Dijo el Señor: «Cualquiera que me oye
estas palabras y no las hace, le compararé a un hombre
insensato, que edificó su casa sobre la arena. Y descendió
lluvia, y vinieron ríos, y soplaron vientos, y dieron con ímpetu
contra aquella casa». Como seguramente ocurrirá, tarde o
temprano, en el alma de cada ser humano. Vendrán ríos de
aflicción desde el exterior, o de tentación desde su interior; se
levantarán tormentas de orgullo, enojo, miedo o deseo. «Y cayó,
y fue grande su ruina.» Sucumbió para siempre. Así será la
suerte de todos los que confían en cualquier otra cosa que no sea
la religión anteriormente descrita. Y su caída será tanto más
grande, puesto que oyeron su palabra, pero no la hicieron.
II.1. En segundo lugar, trataré de demostrar la
sabiduría de quien «edificó su casa sobre la roca». Obviamen-
19 Jn. 5.25.
20 Col. 3.10.
21 1 P. 1.16.
El sermón de la montaña, XIII 293
te obra con sabiduría quien hace la voluntad de su Padre que
está en los cielos. Es verdaderamente sabio aquel cuya justicia
es mayor que la de los escribas y fariseos,22 aquel que es
pobre en espíritu,23 quien se conoce a sí mismo como fue
conocido.24 Es una persona capaz de ver y sentir todo su
pecado, toda su culpa, hasta que queda limpio por la sangre
redentora. Tiene conciencia de su condición pecadora, de que
la ira de Dios está sobre él,25 y de su total incapacidad de
ayudarse a sí mismo hasta tanto su corazón se llene de paz y
gozo en el Espíritu Santo.26 Es manso y cordial, paciente con
todos. Nunca devuelve mal por mal, ni maldición por
maldición, sino por el contrario, bendición,27 hasta que logra
vencer el mal con el bien.28 Su alma sólo tiene sed de Dios, del
Dios vivo,29 no anhela otra cosa sobre la tierra. Siente un amor
entrañable hacia toda la humanidad y está dispuesto a dar su
vida por sus enemigos. Ama al Señor su Dios con todo su
corazón, y con toda su alma, y con toda su mente.30 Sólo
entrarán al reino de los cielos quienes en este espíritu hagan
bien a todos los hombres,31 y quienes por esta causa sean
despreciados y desechados entre los hombres,32 aquellos que
aun odiados, rechazados y perseguidos se gozan y se alegran,33
22 Mt. 5.20.
23 Mt. 5.3.
24 1 Co. 13.12.
25 Jn. 3.36.
26 Ro. 14.17.
27 1 P. 3.9.
28 Ro. 12.21.
29 Sal. 42.2.
30 Mr. 12.30.
31 Gá. 6.10.
32 Is. 53.3.
33 Mt. 5.12.
294 Sermón 33
sabiendo en quién han creído,34 y con la certeza de que esta leve
tribulación momentánea producirá en ellos eterno peso de
gloria.35
2. ¡Una persona así es verdaderamente sabia! Se
conoce a sí misma, sabe que es un espíritu eterno nacido de
Dios, que descendió para habitar una casa de barro;36 no
para hacer su voluntad, sino la voluntad del que lo envió.37
Sabe qué cosa es el mundo: un lugar donde pasará unos
cuantos días o años, no como un habitante sino como un
extranjero y peregrino camino a las moradas eternas.38 Utiliza
este mundo, pero sin abusar de él porque sabe que la
apariencia de este mundo se pasa.39 Conoce a Dios, su Padre
y amigo, dador de todo bien, el centro del espíritu de toda
carne, la única felicidad de todo ser inteligente. Puede ver con
mayor claridad que el sol del mediodía cuál es la finalidad de
todo ser humano: glorificar a quien lo hizo para sí, y amarlo y
gozarse en él por siempre. Y con igual claridad ve cuál es el
medio para alcanzar tal fin, para gozar de Dios en la gloria:
conocer a Dios desde ahora, amarlo e imitarlo, y creer en
Jesucristo a quien él envió.40
3. Una persona así es sabia aun en opinión de Dios,
porque «edificó su casa sobre la roca», sobre la roca de todos
los tiempos, la roca eterna, Jesucristo el Señor. Y es justo
llamarlo así, porque no cambia.41 Él es el mismo ayer, y hoy, y
34 2 Ti. 1.12.
35 2 Co. 4.17.
36 Job 4.19.
37 Jn. 6.38.
38 Lc.16.9.
39 1 Co. 7.31.
40 Jn. 6.29.
41 Mal. 3.6.
El sermón de la montaña, XIII 295
por los siglos.42 De él dan testimonio el salmista de la
antigüedad y el apóstol que cita sus palabras: «Tú, oh Señor, en
el principio fundaste la tierra, y los cielos son obra de tus
manos. Ellos perecerán, mas tú permaneces; y todos ellos se
envejecerán como una vestidura, y como un vestido los
envolverás, y serán mudados; pero tú eres el mismo, y tus años
no acabarán.»43 Sabia, pues, la persona que edifica en él,
que tiene a Dios como único fundamento; sabio quien sólo
construye afirmándose en su sangre y su justicia, en lo que él ha
hecho y sufrido por nosotros. Esta es la piedra angular sobre la
cual basa toda su fe, y en ella descansa todo el peso de su alma.
Ha aprendido a decir: «Señor, he pecado; merezco el infierno
más profundo. Pero soy justificado gratuitamente por tu
gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.44 Y la
vida que ahora vivo, la vivo en la fe de aquel que me amó y se
entregó a sí mismo por mí.»45 «La vida que ahora vivo», es
decir, una vida divina, celestial; una vida que está escondida
con Cristo en Dios.46 Aun en la carne, ahora vivo una vida de
amor, de amor puro hacia Dios y hacia los demás; una vida de
santidad y felicidad, alabando a Dios y haciéndolo todo para su
gloria.
4. Sin embargo que nadie piense que ya no tendrá que
luchar, que estará libre de tentación. Dios aún ha de probar la
gracia que le ha dado, lo probará como oro en el fuego.47 Será
tentado tanto como los que no creen, tal vez más, porque
Satanás no dejará de probar al máximo a aquellos a quienes no
42 He. 13.8.
43 He. 1.10-12 [Sal. 102.25-27].
44 Ro. 3.24.
45 Gá. 2.20.
46 Col. 3.3.
47 Ap. 3.18.
296 Sermón 33
puede destruir. Así pues descenderá la lluvia con ímpetu, pero
sólo en el tiempo y forma en que lo crea conveniente aquel cuyo
reino domina sobre todos,48 y no el príncipe del poder del aire.
Vendrán ríos o torrentes, se levantarán olas que bramarán
enfurecidas, pero el Señor que preside en el diluvio, y se sienta
como rey para siempre49 les dirá: «Hasta aquí llegarán, y no
pasarán adelante, y ahí parará el orgullo de sus olas».50
Soplarán vientos y golpearán contra aquella casa como si
quisieran derrumbar hasta los mismos cimientos. Pero no
prevalecerán; no caerá porque está edificada sobre la roca.
Quien construye por medio de la fe y el amor en Cristo, no será
abatido. No temerá aunque la tierra sea removida, y se
traspasen los montes al corazón del mar; aunque bramen y se
turben sus aguas, y tiemblen los montes a causa de su
braveza.51 No temerá porque habita al abrigo del Altísimo y
mora bajo la sombra del omnipotente.52
III.1. ¡Buena cosa sería que todo ser humano aplicara
estas cosas a su propia vida, que examinara detenidamente si
está edificando sobre una roca o sobre la arena!
¿Verdaderamente te has ocupado de preguntarte: ¿Cuál es el
fundamento de mi esperanza? ¿En qué se basa mi expectativa
de entrar al reino de los cielos? ¿No estaré construyendo en la
arena? ¿No estaré confiando en mi ortodoxia o recta doctrina
(la cual he llamado fe gracias a un abuso de palabras), en un
conjunto de ideas que supuestamente son más racionales o más
bíblicas que las que muchos otros tienen? ¡Esto sería una
locura! Sería estar construyendo sobre la arena, o más bien
¡sobre la espuma del mar! También deberías preguntarte: ¿No
48 Sal. 103.19.
49 Sal. 29.10.
50 Job. 38.11.
51 Sal. 46.2-3.
52 Sal. 91.1.
El sermón de la montaña, XIII 297
estaré construyendo mi esperanza sobre algo que es incapaz de
sostenerla? Tal vez sobre el hecho de que pertenezco «a una
iglesia tan excelsa, reformada según el verdadero modelo de las
Escrituras; bendecida con la más pura de las doctrinas, la liturgia
más antigua y la forma de gobierno más apostólica».
Indudablemente todas estas son razones para alabar a Dios, y
son también ayudas en el camino a la santidad. Pero no son la
santidad misma. Y separadas de ella, de nada valen. Por el
contrario, me dejarán sin excusa y expuesto a mayor
condenación. De modo que si fundo mi esperanza en esto, estoy
construyendo sobre la arena.
2. No puedes, no debes, descansar sobre esto. ¿En qué
otra cosa entonces fundarás tu esperanza de ser salvo? ¿En tu
inocencia? ¿En el hecho de que no causas daño, de que no haces
mal ni lastimas a nadie? Bien, supongamos que esto es cierto.
Eres justo en todos tus tratos; eres verdaderamente honrado, le
das a cada persona lo que le corresponde, no engañas ni
extorsionas a nadie; eres equitativo con todas las demás
personas. Tienes una conciencia limpia delante de Dios, no
vives en ninguna situación de pecado conocida. Hasta aquí
todo está muy bien, pero aún falta lo más importante. Puedes
llegar hasta este punto y, sin embargo, nunca entrar en el reino
de los cielos. Cuando una persona no hace ningún mal como
consecuencia de la correcta aplicación de sus principios, está
cumpliendo con la parte menos importante de la religión. Pero
en el caso de ustedes ni siquiera surge de la correcta aplicación
de un principio, por lo tanto no forma parte de la religión en
absoluto. Así, pues, si fundan su esperanza de salvación en
esto, están edificando en la arena.
3. ¿Puedes alegar más cosas en tu favor? Además de no
hacer nada malo tal vez cumplas con todas las ordenanzas de
Dios: participas de la Cena del Señor, oras en público y en
privado, practicas el ayuno, escuchas y escudriñas las
298 Sermón 33
Escrituras, y meditas sobre ellas. Todas estas cosas deberías
haber hecho desde el momento en que decidiste seguir el
camino que lleva al cielo. Sin embargo, todas estas cosas por sí
solas carecen de valor. No valen nada si no están acompañadas
de lo más importante de la ley.53 Precisamente esto es lo que
ustedes han olvidado, o al menos no lo experimentan en sus
vidas: la misericordia, la fe y el amor a Dios; la santidad de
corazón; el cielo abierto en el alma. Por consiguiente, aún están
edificando sobre la arena.
4. Por sobre todas las cosas, ¿eres celoso de buenas
obras?54 ¿Haces bien a todos según tengas oportunidad?55
¿Das de comer al hambriento, vistes al desnudo y visitas a los
huérfanos y a las viudas en sus tribulaciones?56 ¿Visitas a los
enfermos y a los que están en prisión? ¿Eres hospitalario con
los extranjeros? Amigo, sube más arriba.57 ¿Profetizas en el
nombre del Señor?58 ¿Predicas la verdad que está en Jesús?59
¿Su Espíritu guía tu palabra y la transforma en poder de Dios
para salvación?60 ¿Puedes con su ayuda convertir a los
pecadores de las tinieblas a la luz, y de la potestad de Satanás
a Dios?61 Entonces ve y aprende aquello que con tanta
frecuencia has enseñado a otros: Por gracia sois salvos por
medio de la fe.62 Nos salvó, no por obras de justicia que
nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia.63
53 Mt. 23.23.
54 Tit. 2.14.
55 Gá. 6.10.
56 Stg. 1.27.
57 Lc. 14.10.
58 Mt. 7.22.
59 Ef. 4.21.
60 Ro. 1.16.
61 Hch. 26.18.
62 Ef. 2.8.
63 Tit. 3.5.
El sermón de la montaña, XIII 299
Aprende a colgar desnudo en la cruz de Cristo, estimando todas
las cosas como pérdida y basura.64 Clama a él en el mismo
espíritu en que lo hizo el ladrón moribundo,65 o la ramera de
quien había expulsado siete demonios.66 De lo contrario, aún
estarás edificando en la arena; y después de haber salvado a
otros perderás tu propia alma.
5. ¡Señor, aumenta mi fe si ya soy creyente! Y si no lo
soy, ¡dame fe aunque sólo sea como un grano de mostaza!67
Pero, ¿de qué aprovechará si alguno dice que tiene fe, y no
tiene obras? ¿Podrá la fe salvarle?68 Ciertamente que no. La fe
sin obras, la fe que no produce santidad interior y exterior, que
no graba la imagen de Dios en nuestro corazón, purificán-
donos así como él es puro;69 la fe que no da como fruto la
totalidad de la religión descrita en los capítulos anteriores, no es
la fe del evangelio, no es la fe cristiana, no es la fe que lleva a la
gloria. De todas las trampas que tiende el diablo, cuídate
especialmente de ésta: confiar en una fe que no es santa y que
no trae salvación. Si descansas confiado en esto, estás perdido
para siempre; has edificado tu casa sobre la arena. Cuando
descienda la lluvia y vengan ríos seguramente caerá, y grande
será su caída.
6. Edifica, pues, sobre la roca. Por la gracia de Dios,
conócete a ti mismo. Debes saber y sentir que en maldad has
sido formado, y en pecado te concibió tu madre,70 que has
acumulado pecado sobre pecado porque no has sido capaz de
64 Fil. 3.8.
65 Ver Lc. 23.42.
66 Ver Mr. 16.9.
67 Mt. 17.20.
68 Stg. 2.14.
69 1 Jn. 3.3.
70 Sal. 51.5.
300 Sermón 33
discernir el bien del mal.71 Reconoce que eres culpable y
merecedor de muerte eterna, y abandona toda esperanza de
poder llegar a salvarte a ti mismo. Deposita toda tu esperanza en
ser limpio por su sangre y purificado por su Espíritu porque él
mismo llevó nuestros pecados en su cuerpo sobre el madero.72
Y si reconoces que él quitó tu pecado, entonces, con mucha más
razón, humíllate delante de él sintiendo tu total dependencia
hacia él para todo buen pensamiento, palabra y obra, y tu
absoluta incapacidad de hacer el bien a menos que él te riegue
a cada momento.73
7. Ahora llora por tus pecados, y laméntate hasta que
Dios convierta tus penas en alegría.74 Y aún entonces llora con
los que lloran,75 y por quienes no lloran. Laméntate por el
pecado y la miseria de la humanidad. Ve, justo ante tus ojos, el
inmenso océano de la eternidad, sin fondo ni orilla, que ya ha
devorado millones de personas, y está listo para devorar a los
que quedan. Mira, aquí la casa de Dios, eterna en los cielos;76
allí, el infierno y la destrucción al descubierto, sin cobertura.77
En consecuencia, aprende a valorar cada instante, que apenas es
¡y ya se fue para siempre!
8. Añade a tu responsabilidad la mansedumbre que da la
sabiduría. Mantén todas tus pasiones controladas por igual, pero
especialmente el enojo, la tristeza y el miedo. Acepta con
serenidad la voluntad del Señor. Aprende a contentarte,
cualquiera sea tu situación.78 Sé manso con los buenos,
71 Ver He. 5.14.
72 1 P. 2.24.
73 Is. 27.3.
74 Ver Stg. 4.9.
75 Ro. 12.15.
76 2 Co. 5.1.
77 Job 26.6.
78 Fil. 4.11.
El sermón de la montaña, XIII 301
amable para con todos,79 pero especialmente con los malvados
y desagradecidos. No sólo debes cuidarte de no manifestar tu
enojo diciendo a tu hermano «necio» o «fatuo», sino de todo
sentimiento contrario al amor, aunque no salga del corazón.
Siente enojo ante el pecado porque es una afrenta a la
majestad del cielo, pero ama al pecador, como hizo nuestro
Señor con los fariseos cuando miró a su alrededor con enojo,
entristecido por la dureza de sus corazones.80 Estaba triste por
los pecadores, enojado contra el pecado. Así que, enójate, pero
no peques.81
9. Siente hambre y sed, no de la comida que perece,
sino por la comida que a vida eterna permanece.82 Siente
desprecio por el mundo y por las cosas del mundo -toda
riqueza, honor y placer. ¿Qué significa el mundo para ti? Deja
que los muertos entierren a sus muertos.83 Tú continúa
tratando de alcanzar la imagen de Dios. Y si ya sientes en tu
alma esa sed bendita, no intentes aplacarla con lo que
vulgarmente se denomina «religión» y no es más que una farsa
lamentable y sin brillo, una mera formalidad, una manifestación
puramente exterior que nos deja el corazón aprisionado en el
polvo, tan terrenal y animal84 como siempre. No dejes que
nada te satisfaga sino el poder de la piedad de una religión que
es vida y espíritu; morar en Dios y que Dios more en ti, ser
habitante de la eternidad; penetrar hasta dentro del velo85 por
79 2 Ti. 2.24.
80 Mr. 3.5.
81 Ef. 4.26.
82 Jn. 6.27.
83 Mt. 8.22.
84 Stg. 3.15.
85 He. 6.19.
302 Sermón 33
medio de la sangre rociada,86 y sentarnos en los lugares
celestiales con Cristo Jesús.87
10. Ahora, sabiendo que todo lo puedes en Cristo que te
fortalece,88 sé misericordioso como también tu Padre es
misericordioso.89 Ama a tu prójimo como a ti mismo.90 Ama a
tus amigos y enemigos como a tu propia alma; que tu amor sea
sufrido y paciente para con todos,91 que sea bondadoso, afable,
benigno, inspirando en ti la mayor cordialidad, y el afecto más
tierno y ferviente. Un amor que se goza de la verdad,92
dondequiera ésta se encuentre, la verdad que es conforme a la
piedad.93 Disfruta todo cuanto sea para la gloria de Dios y
promueva la paz y la buena voluntad entre los seres humanos.
«Cubre todas las cosas» con tu amor, no digas nada malo acerca
de los muertos o los ausentes; cree todo aquello que pueda de
alguna manera ayudar a la buena reputación de tu prójimo;
espera siempre lo mejor en favor suyo. Sopórtalo todo y así
triunfarás sobre toda oposición, porque el verdadero amor
nunca deja de ser,94 ni este tiempo ni en la eternidad.
11. Ahora, pues, sé limpio de corazón, purificado de
todo sentimiento impuro por medio de la fe, limpiándote de toda
contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando la
santidad en el temor de Dios.95 El poder de su gracia te
purificará, y por una profunda pobreza de espíritu quedarás
86 He. 12.24.
87 Ef. 2.6.
88 Fil. 4.13.
89 Lc. 6.36.
90 Lv. 19.18.
91 1 Ts. 5.14.
92 1 Co. 13.6.
93 Ver 1 Ti. 6.3.
94 1 Co. 13.7-8.
95 2 Co. 7.1.
El sermón de la montaña, XIII 303
limpio de toda soberbia; por la mansedumbre y la misericordia
quedarás limpio de toda ira o pasión indigna; quedarás limpio
de todo deseo que no sea el de agradar a Dios, gozarte en él y
sentir hambre y sed de su justicia.96 Ahora ama al Señor tu Dios
con todo tu corazón y con todas tus fuerzas.97
12. En una palabra, que tu religión sea la religión del
corazón, que esté profundamente arraigada en lo más íntimo de
tu alma. Considérate pequeño y bajo, vil y mezquino más de lo
que se puede expresar con palabras, sintiendo humillación y
admiración ante el amor de Dios que es en Cristo Jesús.98
Toma las cosas con seriedad. Que todos tus pensamientos,
palabras y acciones surjan de una convicción profunda de que
estás parado en el borde del abismo, tú y todos los humanos,
listos a caer en la gloria eterna o en el fuego eterno.99 Deja que
tu alma se llene de serenidad, amabilidad, paciencia y tolerancia
para con todas las personas, al mismo tiempo que todo tu ser
siente sed de Dios, del Dios vivo,100 anhelando despertar en su
imagen y contentarte con ello. Sé un amante de Dios y de toda
la humanidad. En este espíritu debes hacer y soportar todas las
cosas. Así muestras tu fe a través de tus obras: haciendo la
voluntad de tu padre que está en los cielos.101 Y tan cierto
96 Mt. 5.6.
97 Mr. 12.30.
98 Ro. 8.39.
99 Ver Is. 33.14.
100 Sal. 42.2.
101 Mt. 7.21; 12.50.
304 Sermón 33
como ahora caminas con Dios sobre la tierra, así también
reinarás con él en la gloria.