Sermón 30 - Sobre el sermón de nuestro Señor
en la montaña
Décimo discurso
Mateo 7:1-12
No juzguéis, para que no seáis juzgados.
Porque con el juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y
con la medida con que medís, os será medido.
¿Y por qué miras la paja que está en el ojo de tu
hermano, y no echas de ver la viga que está en tu propio ojo?
¿O cómo dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de
tu ojo, y he aquí la viga en el ojo tuyo?
¡Hipócrita! saca primero la viga de tu propio ojo, y
entonces verás bien para sacar la paja del ojo de tu hermano.
Pedid, y se os dará; buscad, y hallaréis; llamad, y se
os abrirá.
Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca,
halla; y al que llama, se le abrirá.
¿Qué hombre hay de vosotros, que si su hijo le pide
pan, le dará una piedra?
¿O si le pide un pescado, le dará una serpiente?
Pues si vosotros, siendo malos, sabéis dar buenas
dádivas a vuestros hijos, ¿cuánto más vuestro Padre que está
en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan?
Así que, todas las cosas que queráis que los hombres
hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos;
porque esto es la ley y los profetas.
1. Nuestro bendito Señor, una vez cumplido su
principal propósito que era, en primer lugar, explicar la esencia
de la religión verdadera, nos alertó en contra de las falsas
interpretaciones de humanas que dejarían sin efecto la palabra
239
240 Sermón 30
de Dios. Luego fijó las reglas con respecto a las buenas
intenciones que deben guiar todas nuestras acciones, y por
último, procedió a señalar los principales obstáculos con que
tropieza esta religión para concluir con una conveniente
aplicación práctica.
2. En el capítulo quinto nuestro gran Maestro describió
detalladamente los diferentes aspectos de la religión interior.
Expuso ante nosotros cuáles son las cualidades del alma de un
cristiano auténtico; las actitudes que conforman esa santidad
sin la cual nadie verá al Señor;1 y los sentimientos que son
intrínseca y esencialmente buenos y aceptables delante de Dios
cuando nacen de la fuente verdadera, de una fe viva en Dios
por medio de Cristo Jesús. En el capítulo sexto nos enseñó
cómo todas nuestras obras, aun aquellas que por naturaleza son
indiferentes, pueden llegar a ser santas, buenas, y aceptables
para Dios, si las hacemos con intención pura y santa. Todo lo
que hagamos movidos por otro interés, carece de valor delante
de Dios; mientras que toda obra consagrada a Dios, él la valora
grandemente.
3. En la primera parte de este capítulo, Jesús señala
cuáles son los obstáculos más serios y frecuentes para alcanzar
esta santidad. En la última parte, nos exhorta de diferentes
maneras a vencer todos los obstáculos para alcanzar el premio
del supremo llamamiento de Dios.2
4. El primer obstáculo contra el cual nos alerta es el
juzgar a otros: «No juzguéis, para que no seáis juzgados». No
juzgues a otros para que el Señor no te juzgue a ti, para que la
venganza no caiga sobre tu propia cabeza. «Porque con el
juicio con que juzgáis, seréis juzgados, y con la medida con
que medís, os será medido» -por medio de esta regla simple y
1 He. 12.14.
2 Fil. 3.14.
El sermón de la montaña X 241
equitativa Dios permite que nosotros mismos determinemos
cómo nos tratará Dios el día del juicio.
5. Contando desde el instante en que por primera vez
nos arrepentimos y creímos en el evangelio hasta el momento
en que llegamos a ser perfeccionados en el amor, no existe
período ni etapa en la vida en que algún hijo de Dios pueda
prescindir de esta advertencia. Nunca faltan ocasiones
propicias para juzgar a otros y las tentaciones que se presentan
son innumerables. Muchas de ellas aparecen tan hábilmente
disfrazadas que caemos en pecado sin siquiera haber
sospechado el riesgo, y los daños que esto provoca son
imposibles de enumerar. Siempre resulta dañado el que juzga a
otro, porque al hacerlo hiere su alma y se expone al juicio de
Dios; pero a menudo también resultan dañados quienes son
juzgados, porque bajan los brazos, pierden las fuerzas y ven
obstaculizado su camino; tal vez a causa de esto salgan
completamente del camino3 y retrocedan hasta su perdición.
Sí, con frecuencia cuando brota alguna raíz de amargura
muchos son contaminados4--por causa de los cuales el camino
de la verdad es blasfemado,5y también es blasfemado el
preciado nombre por el cual fuimos llamados.
6. Sin embargo, no parece que nuestro Señor hizo esta
advertencia única o principalmente para los hijos de Dios, sino
más bien para los hijos de este mundo, para aquellas personas
que no conocen a Dios. Tales personas no pueden evitar
escuchar acerca de otra gente que no es del mundo, hombres y
mujeres que siguen la religión descrita anteriormente y se
esfuerzan por ser humildes, responsables, amables,
misericordiosos y puros de corazón. Saben que existen quienes
3 He. 12.13.
4 He. 12.15.
5 2 P. 2.2.
242 Sermón 30
desean fervientemente alcanzar la santidad, y mientras tanto
hacen el bien a todos y soportan pacientemente sus males.
Quien alcanza tal calidad de vida, no puede pasar
desapercibido, así como una ciudad asentada sobre un monte
no se puede esconder.6 ¿Y por qué aquellos que ven sus
buenas obras no glorifican a su Padre que está en los cielos?7
¿Qué excusa ponen para no seguir sus pasos ni su ejemplo,
para no imitarlos así como ellos imitan a Cristo?8 Pues lo que
hacen es condenar a quienes deberían imitar a fin de
justificarse a sí mismos. Dedican su tiempo a descubrir faltas
en su prójimo en lugar de corregir las suyas propias. Se
preocupan tanto por otras personas que se desvían del camino,
que ellos mismos nunca llegan a transitarlo, o al menos nunca
avanzan, nunca van más allá de una apariencia de piedad; una
piedad muerta, sin fuerza.9
7. A ellos fundamentalmente están dirigidas las pala-
bras de nuestro Señor «¿Y por qué miras la paja que está en el
ojo de tu hermano?», las inseguridades, los errores, la impru-
dencia, la debilidad de los hijos de Dios, «y no echas de ver la
viga que está en tu propio ojo?» No te das cuenta de esa
condenable falta de penitencia, de esa soberbia satánica, esa
maldita obstinación, ese idolátrico amor por el mundo que
están dentro tuyo, y que hacen que toda tu vida sea abominable
para el Señor. Pero lo más importante, ¡con qué irresponsa-
bilidad e indiferencia bailas al borde mismo de la boca del
infierno! Y cómo, luego, con qué autoridad, decencia o modes-
tia dirás a tu hermano: Déjame sacar la paja de tu ojo-
el excesivo celo de Dios, el absoluto renunciamiento, el
6 Mt. 5.14.
7 Mt. 5.16.
8 1 Co. 11.1.
9 2 Ti. 3.5.
El sermón de la montaña X 243
desentenderse de preocupaciones y trabajos mundanos, el
deseo de estar en oración noche y día, o de escuchar palabras
de vida eterna- ¡Y he aquí la viga en el ojo tuyo! No una
«paja» como alguna de estas mencionadas. ¡Hipócrita!
Pretendes preocuparte por los demás y no te preocupas ni por
tu propia alma; haces alarde de tu celo por la causa de Dios,
cuando en verdad ni le amas ni le temes. Saca primero la viga
de tu propio ojo. Saca la «viga» de la impenitencia. Conócete a
ti mismo. Reconoce que eres un pecador; que tus entrañas son
maldad10, que eres corrupto y abominable11 y que la ira de
Dios está sobre ti.12 Saca la «viga» de la soberbia. Aborrécete
a ti mismo; húndete en polvo y ceniza. Considera lo pequeño,
mezquino, malo y vil que eres. Saca la «viga» de la
obstinación. Aprende qué significan las palabras «Si alguno
quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo». Niégate a ti
mismo y toma tu cruz cada día.13 Exclama con toda tu alma
«He descendido del cielo» (porque en verdad así fue; tu
espíritu es eterno aunque tú no lo sepas) «no para hacer mi
voluntad, sino la voluntad del que me envió».14 Saca la «viga»
del amor al mundo. No ames al mundo, ni las cosas que están
en el mundo.15 Tú estás crucificado para el mundo, y el mundo
está crucificado en ti.16 Utiliza las cosas del mundo, pero
disfruta sólo de Dios; encuentra en él toda tu felicidad. Pero,
por sobre todas las cosas, saca la «viga» más importante: la
apatía y la indiferencia. Piensa seriamente que «sólo una cosa
10 Sal. 5.9.
11 Sal. 53.1.
12 Jn. 3.36.
13 Lc. 9.23.
14 Jn. 6.38.
15 1 Jn. 2.15.
16 Gá. 6.14.
244 Sermón 30
es necesaria», y precisamente en «esa cosa» tú rara vez has
pensado. ¡Reconoce que eres un pobre y vil gusano arrastrán-
dote con tus culpas sobre el borde de un abismo! ¿Quieres
saber qué eres? Un pecador nacido para morir, una hoja que se
lleva el viento; eres como vapor pronto a desaparecer, apenas
aparece se disipa en el aire y ya no se lo ve más.17 Primero
debes ver todas estas cosas y entonces verás bien para sacar la
paja del ojo de tu hermano. Sólo cuando te hayas librado de
tus propios males, entonces sabrás cómo corregir a tu
hermano.
8. Pero, ¿qué significa exactamente «no juzguéis»?
¿Qué tipo de enjuiciamiento es el que prohíbe este texto? En
primer lugar, no es lo mismo que hablar mal de una persona,
aunque a menudo ambas cosas van unidas. La diferencia
radica en que «hablar mal» es contar algo malo acerca de una
persona que está ausente, mientras que se puede juzgar a
alguien que esté ausente o presente de manera indistinta, y
para ello ni siquiera es necesario hablar; basta con pensar mal
de otro. Aunque tampoco debemos creer que nuestro Señor
condena todo mal pensamiento que podamos tener de los
otros. Si veo a una persona cometer un robo o un asesinato, o
la escucho blasfemar el nombre de Dios, no puedo evitar pen-
sar mal del ladrón o del asesino. Esto no es juzgar mal; no hay
pecado en esto, ni nada que sea contrario a una relación de
afecto.
9. Lo que aquí se condena es la clase de juicio que
implica pensar algo acerca de otra persona que sea contrario al
amor. Esto puede hacerse de varias maneras: podemos pensar,
por ejemplo, que alguien es culpable cuando en realidad no lo
es. Podemos echarle la culpa (aunque sólo sea mentalmente)
de cosas que nunca hizo -palabras que nunca pronunció, accio-
nes que nunca llevó a cabo. O podemos pensar que su forma
17 Sab. 5.9-14.
El sermón de la montaña X 245
de actuar era equivocada cuando en verdad no lo era. Y aun en
el caso de que no haya nada condenable ni en la acción en sí ni
en su forma de actuar, podemos suponer que su intención no
era buena, y condenarle por ello, al tiempo que quien escudriña
los corazones ve que esta persona obraba con sencillez y
sinceridad de Dios.18
10. En segundo lugar, no sólo podemos pecar por
juzgar y condenar al inocente, sino por condenar al culpable
con más severidad que la que merece. Esta clase de juicio es al
mismo tiempo una ofensa contra la justicia y contra la miseri-
cordia; y sólo el más poderoso y tierno afecto puede librarnos
de ella. Sin este amor estamos prontos a suponer que aquél que
sabemos en falta es más culpable de lo que en realidad es. Sub-
estimamos cualquier cosa buena que haya en él. Sí, una vez
que encontramos algo malo en una persona, nos resulta muy
difícil llegar a creer que todavía queden cosas buenas en ella.
11. Todo esto pone de manifiesto cuánto nos falta para
alcanzar ese amor ou logizetai kakón, que no tiene malos
pensamientos,19 que nunca saca conclusiones injustas o
despiadadas, no importa qué indicios haya. El amor no
presupone que porque una persona cayó en pecado una vez,
eso significa que es culpable de hacerlo habitualmente. Y aun
cuando haya sido culpable de hacerlo habitualmente en el
pasado, el amor no concluye que todavía siga siendo culpable;
mucho menos que por ser culpable de esto, también sea
culpable de otros pecados. Esta clase de razonamiento
corresponde a la manera errada de juzgar a los demás contra la
cual nos advierte nuestro Señor. Si amamos a Dios, si amamos
nuestras propias almas, debemos evitar caer en esto por todos
los medios a nuestro alcance.
18 2 Co. 1.12.
19 1 Co. 13.5. La RVR dice: «no guarda rencor», pues es a esos «malos
pensamientos» que parece referirse el texto.
246 Sermón 30
12. Pero supongamos que no condenamos al inocente,
ni condenamos al culpable más allá de lo que merece; aun así
es probable que no nos hayamos librado de la trampa. Es que
existe una tercera clase de juicio errado: condenar a una perso-
na sin contar con evidencia suficiente. Aun cuando lo que
nosotros creíamos resultara cierto, eso no nos absuelve. No
alcanzaba con creerlo, sino que los hechos debían ser proba-
dos, y hasta tanto no lo fueran no debimos haber juzgado. Digo
«hasta tanto no lo fueran», porque aun cuando los hechos fue-
sen luego bien probados, no tenemos disculpa a menos que las
pruebas hayan sido anteriores al juicio y corroboradas con la
evidencia presentada por la otra parte. Tampoco tenemos
disculpa si alguna vez llegamos a dictar sentencia antes de
darle oportunidad al acusado de que se defienda. Aun un judío
podría enseñarnos esto, como una simple lección de justicia,
independientemente de la misericordia o amor fraternal.
Recordemos lo que dijo Nicodemo, «¿Juzga acaso nuestra ley
a un hombre si primero no le oye, y sabe lo que ha hecho?»20
También lo que dijo Festo, un pagano, cuando el jefe de la
nación judía quiso que se sentenciara a Pablo, su prisionero,
«No es costumbre de los romanos entregar alguno a la muerte
antes que el acusado tenga delante a sus acusadores, y pueda
defenderse de la acusación.»21
13. No caeríamos tan fácilmente en el pecado de juzgar
a otros si tan solo siguiéramos la norma que otro romano
pagano afirmó poner en práctica él mismo, «Tal es la distancia
que me separa de creer con ligereza la evidencia que
presenten todos los hombres o un hombre cualquiera en
contra de otro, que ni siquiera creo fácilmente o en forma
inmediata la evidencia que un hombre presenta contra sí
mismo. Siempre le doy la oportunidad de recapacitar, y
20 Jn. 7.51.
21 Hch. 25.16.
El sermón de la montaña X 247
muchas veces también le doy consejo.»22 Tú, que eres
cristiano, ve y haz lo mismo, no sea que los paganos se
levanten en el juicio y te condenen.23
14. Si nos dejáramos guiar por la norma clara y expresa
que nos enseñó nuestro Señor, rara vez nos juzgaríamos o
condenaríamos unos a otros, y aun cuando llegáramos a
hacerlo, al menos podríamos reparar el mal inmediatamente.
«Si tu hermano peca contra ti», (o si eso es lo que oíste, o lo
que crees) «ve y repréndele estando tú y él solos.» Este es el
primer paso a seguir. «Mas si no te oyere, toma contigo a uno
o dos, para que en boca de dos o tres testigos conste toda
palabra.» Este es el segundo paso. «Si no los oyere a ellos,
dilo a la iglesia»,24 ya sea a los veedores o a toda la
congregación. Entonces habrás cumplido con tu parte.
Encomienda todo a Dios y no pienses más en ello.
15. Pero supongamos que por la gracia de Dios tú has
podido «sacar la viga de tu propio ojo» y ahora «ves bien para
sacar la paja del ojo de tu hermano», aun así debes cuidarte de
no resultar lastimado por tratar de ayudarlo. No des lo santo a
los perros,25 y aunque no debes apresurarte a catalogar a nadie
como tal, si resulta evidente que estas personas merecen tal
apelativo, entonces recuerda que no debes echar perlas delante
de los cerdos. Guárdate de tener celo de Dios que no es
conforme a ciencia,26 ya que éste es otro gran obstáculo en el
camino de quienes anhelan ser perfectos como el Padre que
está en los cielos es perfecto.27 Quienes tienen este anhelo no
22 Según Wesley, la cita es de Séneca.
23 Mt. 12.41-42.
24 Mt. 18.15-17.
25 Mt. 7.6.
26 Ro. 10.2.
27 Mt. 5.48.
248 Sermón 30
pueden sino desear que toda la humanidad sea partícipe de esta
bendición. Y cuando nosotros mismos participamos por
primera vez del don celestial, de la divina convicción de lo que
no se ve,28 nos preguntamos por qué el resto de la humanidad
no ve aquello que nosotros vemos con tanta claridad; y no
dudamos en absoluto que podremos abrir los ojos de todas las
personas con quienes nos relacionamos. De allí que, sin
demora, nos lancemos al ataque de cuanta persona
encontramos, instándolas a ver, quieran o no. Y por el fracaso
de nuestro celo incontenible, a menudo provocamos
sufrimiento a nuestra propia alma. Para evitar que
derrochemos nuestras fuerzas en vano nuestro Señor agrega
esta advertencia (útil para todos, pero muy especialmente para
quienes ahora están viviendo el primer amor de su
conversión):«No des lo santo a los perros, ni eches tus perlas
delante de los cerdos, no sea que las pisoteen, y se vuelvan y te
despedacen».29
16. «No des lo santo a los perros». Ten cuidado de no
pensar que alguien merece este apelativo hasta que tengas
prueba plena, irrefutable, hasta tal punto que ya no puedas
negarlo. Pero una vez que se ha probado clara e indis-
cutiblemente que se trata de personas impuras y malvadas,
que no sólo desconocen sino que son enemigos de Dios, de
toda justicia y santidad de la verdad.30 A tales personas no
des lo santo, tò ágion, lo santo, llamado así enfáticamente. La
santa doctrina del evangelio -algo tan especial- el misterio que
había estado oculto desde los siglos y edades31 y que ahora
nos es dado a conocer sólo por revelación de Jesucristo y por
la inspiración de su Santo Espíritu, no debe prostituirse con
28 He. 11.1.
29 My. 7.6.
30 Ef. 4.24.
31 Col. 1.26.
El sermón de la montaña X 249
personas que ni siquiera han oído si hay Espíritu Santo.32 Por
cierto los embajadores de Cristo no pueden evitar predicar el
evangelio ante la congregación, donde es posible que haya
alguna de estas personas, ya que es nuestro deber hablar,
escuchen o dejen de escuchar.33 Pero este no es el caso de los
cristianos en forma individual. Ellos no tienen esa tremenda
responsabilidad. De ninguna manera están obligados a
imponer estas grandes y gloriosas verdades a quienes las
contradicen y blasfeman, a quienes tienen una arraigada
enemistad hacia ellas. No, no deberían tratar de hacer esto sino
más bien sobrellevarlos de la mejor manera posible. No
discurran con estas personas acerca de la remisión de pecados
y el don del Espíritu Santo; en cambio háblenles a su modo, y
según sus propios principios. Al racional, honorable e injusto
epicúreo háblale acerca de la justicia, del dominio propio y del
juicio venidero.34 Probablemente esta sea la mejor fórmula
para que Félix se espante.35 Reserva los temas más elevados
para personas que hayan alcanzado un nivel más alto.
17. «Ni echéis vuestras perlas delante de los cerdos».
En principio, muéstrate reacio a hacer tremendo juicio con
respecto a otra persona. Pero si los hechos son claros e
irrefutables, si es obvio más allá de toda discusión; si los
cerdos no tratan de ocultar lo que son sino, por el contrario, se
vanaglorian de su vergüenza; si ni siquiera tratan de aparentar
pureza de corazón o de vida, sino que cometen con avidez toda
clase de impureza;36 entonces, no eches tus perlas delante de
ellos: No les cuentes acerca de los misterios del reino, acerca
32 Hch. 19.2.
33 Ez. 2.5,7; 3.11.
34 Hch. 24.25.
35 Hch. 24.25.
36 Ef. 4.19.
250 Sermón 30
de cosas que ojo no vio, ni oído oyó,37 porque a causa de la
ignorancia que hay en ellos y por haber perdido toda
sensibilidad, estas cosas no pueden penetrar sus corazones; no
pueden comprenderlas. No les cuentes acerca de las preciosas
y grandísimas promesas38 que Dios nos ha dado en el Hijo de
su amor. ¿Qué pueden saber acerca de ser partícipes de la
naturaleza divina quienes ni siquiera sienten deseos de huir de
la corrupción que hay en el mundo a causa de la
concupiscencia?39 Tanto como los cerdos saben acerca de las
perlas, y tanto como el entusiasmo que sienten los cerdos
por ellas, así es el deseo que sienten ellos por conocer lo
profundo de Dios.40 Y así es también el conocimiento de los
misterios del evangelio que tienen quienes están inmersos en el
barro de este mundo, en los placeres, deseos y preocupa-
ciones mundanas. No eches estas perlas delante de ellos, no
sea que las pisoteen, no sea que desprecien por completo lo
que no llegan a entender, y hablen mal de cosas que no
conocen. Probablemente éste no sería el único inconveniente:
no sería extraño que, por su naturaleza, se volvieran y te
despedazaran, devolviéndote mal por bien, maldición por
bendición y odio por buenos deseos. Hasta ese punto llega la
enemistad de la carne contra Dios y contra todas las cosas de
Dios. Tal es el trato que puedes esperar de estas personas si les
haces la imperdonable afrenta de tratar de salvar de muerte su
alma,41 de arrebatarlos como tizones del fuego.42
18. Y sin embargo, no debes perder completamente la
esperanza ni aun por quienes ahora se vuelven contra ti y te
37 1 Co. 2.9.
38 2 P. 1.4.
39 Ibid.
40 1 Co. 2.10.
41 Stg. 5.20.
42 Am. 4.11; Zac. 3.2.
El sermón de la montaña X 251
despedazan. Si todos tus argumentos y toda tu persuasión
fracasan, aun queda otro recurso, un recurso que suele resultar
eficaz cuando ningún otro método da buenos resultados. Es la
oración. Por lo tanto cualquier cosa que desees o necesites, ya
sea para otros o para tu propia alma, Pide, y se te dará; busca,
y hallarás; llama, y se te abrirá.43 Ignorar esto es el tercer gran
obstáculo en nuestro camino hacia la santidad. Aun así no
tenemos porque no pedimos.44 ¡Cuánto más tolerantes y
amables, cuánto más humildes de corazón podríamos haber
sido este día si tan sólo lo hubiésemos pedido! ¡Cuánto más
amor hubiéramos brindado a Dios y a las demás personas si
nos hubiésemos mantenido constantes en la oración!45 Así que
ahora, al menos pide, y se te dará. Pide poder experimentar
plenamente y practicar con perfección la religión que nuestro
Señor describió de modo tan bello. Y se te dará la posibilidad
de ser santo como él es santo, en toda tu manera de vivir.46
Busca de la manera que él nos instruyó, escudriñando las
escrituras, escuchando su Palabra, meditando en ella, haciendo
ayuno, participando de la Cena del Señor, y seguramente
hallarás. Hallarás una perla preciosa,47 esa fe que ha vencido
al mundo,48 esa paz que el mundo no puede dar,49 las arras de
nuestra herencia.50 Golpea: continúa en oración, y cumple
con todas las cosas que el Señor instruyó. No dejes que tu
mente se canse o desfallezca. Prosigue a la meta.51 No te
43 Mt. 7.7.
44 Stg. 4.2.
45 Ro. 12.12.
46 1 P. 1.15.
47 Mt. 13.46.
48 1 Jn. 5.4.
49 Jn. 14.27.
50 Ef. 1.14.
51 Fil. 3.14.
252 Sermón 30
rindas ante una negativa; no le dejes ir si no te bendice.52 Y te
serán abiertas las puertas de la misericordia, de la santidad, del
cielo mismo.
19. Compadeciéndose de la dureza de nuestros
corazones, tan remisos a creer en la bondad de Dios, nuestro
Señor tuvo a bien extenderse sobre este punto, repitiendo y
confirmando lo que ya había dicho: «Porque todo aquél que
pide, recibe», de modo que nadie quede fuera del alcance de su
bendición; «y el que busca», todo aquel que busca, «halla» el
amor y el rostro de Dios. «Y al que llama», a todo aquel que
llama, se le abrirán las puertas de la justicia.53 No hay aquí,
pues, motivo para que alguien se desanime pensando que
pedirá, buscará o golpeará en vano. Sólo debemos recordar que
es necesario orar siempre, buscar, golpear, y no desmayar.54
Entonces la promesa se mantendrá firme, tan firme como las
columnas del cielo, o más firme aun porque el cielo y la tierra
pasarán, pero sus palabras no pasarán.55
20. A fin de eliminar cualquier pretexto de incredu-
lidad, en los versículos siguientes nuestro bendito Señor
apeló a nuestros propios sentimientos para explicar mejor lo
que ya había dicho. «¿Qué hombre hay de vosotros», preguntó
Jesús, «que si su hijo le pide pan, le dará una piedra?»
Piensen en el cariño que ustedes sienten naturalmente, ¿creen
que podrían rehusar una petición razonable de alguien a quien
aman? ¿que si les pide un pescado le darían una serpiente?56
¿Seríamos capaces de darle algo que le lastime en lugar de
darle algo de provecho? De modo que por lo que nosotros
mismos sentimos y hacemos podemos tener la más absoluta
52 Gn. 32.26.
53 Sal. 118.19.
54 Lc. 18.1.
55 Mt. 24.35.
56 Mt. 7.10.
El sermón de la montaña X 253
certeza de que por una parte, ningún mal podrá sobrevenirnos
a consecuencia de nuestra petición, y por otra, que será
atendida de manera efectiva, supliendo todas nuestras
necesidades. Pues si nosotros, siendo malos, sabemos dar
buenas dádivas a nuestros hijos, ¡cuánto más nuestro Padre
que está en los cielos, que es todo bondad, que es la esencia
misma de la bondad, dará buenas cosas a los que le pidan! O
como lo expresó en otra ocasión: «dará el Espíritu Santo a los
que se lo pidan!»57 En él están contenidas todas las cosas
buenas: toda sabiduría, paz, gozo, amor; todos los tesoros de la
santidad y la felicidad; todas las cosas que Dios ha preparado
para los que le aman.58
21. Pero para que tu oración tenga valor delante de
Dios, procura tener una relación de caridad con todas las
demás personas; de otro modo, es más probable que acabes
por echar una maldición y no una bendición sobre tu cabeza.
No puedes esperar que el Señor te bendiga si no eres caritativo
con tu prójimo. Por tanto, preocúpate por salvar este escollo
cuanto antes. Reafirma tu amor al prójimo y a toda la
humanidad. Y ámalos a todos, no sólo de palabra, sino de
hecho y en verdad.59 Así que, todas las cosas que queráis que
los hombres hagan con vosotros, así también haced vosotros
con ellos; porque esto es la ley y los profetas.60
22. Esta es la ley real, la regla de oro que contiene a la
vez misericordia y justicia. Es esa ley que aun un emperador
pagano ordenó escribir sobre el portal de su palacio;61 una
57 Lc. 11.13.
58 1 Co. 2.9.
59 1 Jn. 3.18.
60 Mt. 7.12.
61 Se trata de Alejandro Severo, emperador de inclinaciones sincretistas que, según
algunos autores antiguos, reverenciaba a Jesús como un gran filósofo y maestro, y
quien persiguió a los cristianos precisamente por negarse a colocar a Cristo como
uno más en el panteón de los dioses.
254 Sermón 30
regla que muchos creen que está grabada en la mente de toda
persona que viene al mundo.62 Y hay mucho de cierto en esto,
ya que tan pronto un ser humano la escucha, reconoce su valor
y la incorpora a su conciencia y entendimiento. Tan es así que
ninguna persona puede a sabiendas quebrantarla sin sentirse
condenado por su propia conciencia.
23. Esto es la ley y los profetas. Todo lo que está
escrito en la ley que Dios reveló a la humanidad desde tiempos
remotos, y todos los preceptos que Dios dio a conocer por
boca de sus santos profetas que fueron desde el principio,63
todo está resumido en estas pocas palabras, todo está contenido
en esta breve norma. Si la entendemos correctamente, ella
encierra toda la religión que nuestro Señor vino a establecer
aquí en la tierra.
24. Podemos entenderla en sentido positivo o en
sentido negativo. Si la entendemos en sentido negativo, el
significado sería: «Aquello que no quieres que los demás te
hagan a ti, no lo hagas tú a ellos.» He aquí una norma sencilla,
para tener siempre a mano, siempre fácil de aplicar. En todos
los casos en que esté involucrado tu prójimo, haz de cuenta
que se trata de ti mismo. Imagina que las circunstancias han
cambiado y que tú te encuentras exactamente en la posición en
que está él. Cuida, entonces, de no encolerizarte o pensar mal,
que tus labios no emitan palabra, no hagas nada que hubieses
condenado en él si las circunstancias realmente hubiesen
cambiado. Si entendemos la regla en sentido positivo, significa
simplemente, «Todo lo que razonablemente esperarías de él,
suponiendo que tú estuvieras en su lugar, pues eso mismo haz
tú, empeñando toda la fuerza de que seas capaz, con todos.»
62 Jn. 1.9.
63 Lc. 1.70.
El sermón de la montaña X 255
25. Veamos uno o dos casos de aplicación práctica.
Está claro en la conciencia de todo ser humano que no
deseamos que otros nos juzguen, que piensen mal de nosotros
sin razón o con ligereza, mucho menos que hablen mal de
nosotros, que hagan público nuestros defectos o debilidades.
Pues bien, aplica esto a tu propia vida. No hagas a otros lo que
no quisieras que te hicieran a ti, y nunca más juzgarás a tu
prójimo, nunca volverás a pensar mal sin razón o con ligereza,
y mucho menos hablarás mal de él. Nunca mencionarás los
defectos de una persona ausente, aun cuando sean reales, a
menos que estés convencido que es absolutamente necesario
para beneficio de otras almas.
26. Además, nos gustaría que toda persona nos
apreciara y amara, y que nos tratara con justicia, misericordia y
verdad. Y podemos desear razonablemente que nos hagan todo
el bien que esté a su alcance sin perjudicarse ellos mismos. En
lo que respecta a las cosas materiales (según la norma que
conocemos) deberían renunciar a las cosas superfluas para
darnos cosas que nos sean de utilidad, a las cosas que les son
de utilidad para satisfacer nuestras necesidades, y a las cosas
que les son necesarias para satisfacer una situación extrema.
Ahora bien, sigamos nosotros la misma regla: hagamos a los
demás como quisiéramos que ellos hicieran con nosotros.
Amemos y respetemos a todas las personas; que la justicia, la
misericordia y la verdad gobiernen nuestro pensamiento y
nuestra acción. Renunciemos a las cosas superfluas para dar a
nuestro prójimo cosas que le sean de utilidad (¿y entonces
quién quedará con cosas superfluas?); renunciemos a cosas
que nos sean de utilidad para responder a las necesidades de
nuestro prójimo; renunciemos a nuestras necesidades para
atender situaciones extremas de nuestro prójimo.
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27. Esta es la moral pura y auténtica. Haz esto y
vivirás.64 Y a todos los que anden conforme a esta regla, paz y
misericordia sea a ellos, y al Israel de Dios.65 Pero es
necesario señalar que nadie puede vivir conforme a esta regla
(nadie ha podido hacerlo desde el principio del mundo), nadie
puede amar a su prójimo como a sí mismo, si no ama primero
a Dios. Y nadie puede amar a Dios si no cree en Cristo, si no
es redimido por su sangre,66 y el Espíritu mismo da testimonio
a su espíritu de que es hijo de Dios.67 La fe sigue siendo, por
tanto, la raíz de toda salvación, presente y futura. Sin embargo,
debemos decir a todo pecador: «Cree en el Señor Jesucristo, y
serás salvo.»68 Serás salvo ahora, para que seas salvo por toda
la eternidad; salvo en la tierra, para que seas salvo en el cielo.
Cree en él, y la fe obrará por el amor.69 Amarás al Señor tu
Dios porque él te amó primero; amarás a tu prójimo como a ti
mismo. Y luego será tu gloria y tu gozo poner en práctica y
aumentar este amor, no sólo absteniéndote de hacer lo que sea
contrario a él -todo pensamiento, palabra o acción que no sea
bondadoso- sino mostrando a toda persona la misma bondad
que quisieras que te mostraran a ti.
64 Lc. 10.28.
65 Gá. 6.16.
66 Ef. 1.7; Col. 1.14.
67 Ro. 8.16.
68 Hch. 16.31.
69 Gá. 5.6.