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Sermón 26 - Sobre el sermón de nuestro Señor

en la montaña

Sexto discurso

Mateo 6:1-15

Guardaos de hacer vuestra justicia delante de los

hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera no tendréis

recompensa de vuestro Padre que está en los cielos.

Cuando, pues, des limosnas, no hagas tocar trompeta

delante de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en

las calles, para ser alabados por los hombres; de cierto os digo

que ya tienen su recompensa.

Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo que

hace tu derecha, para que sea tu limosna en secreto; y tu Padre

que ve en lo secreto te recompensará en público.

Y cuando ores, no seas como los hipócritas; porque

ellos aman el orar en pie en las sinagogas y en las esquinas de

las calles, para ser vistos de los hombres; de cierto os digo que

ya tienen su recompensa.

Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada la

puerta, ora a tu Padre que está en secreto; y tu Padre que ve en

lo secreto te recompensará en público.

Y orando no uséis vanas repeticiones, como los gentiles,

que piensan que por su palabrería serán oídos. No os hagáis,

pues, semejantes a ellos, porque vuestro Padre sabe de qué

cosas tenéis necesidad, antes que vosotros le pidáis.

Vosotros, pues, oraréis así: Padre nuestro que estás en

los cielos, santificado sea tu nombre.

135

1 36 Sermón 26

Venga tu reino. Hágase tu voluntad como en el cielo, así

también en la tierra.

El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy.

Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros

perdonamos a nuestros deudores.

Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal;

porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los

siglos. Amén.

Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os

perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si

no perdonáis a los hombres, tampoco vuestro Padre os

perdonará vuestras ofensas.

1. En el capítulo anterior nuestro Señor describió la

religión interior en sus varias formas. Nos expuso las diversas

disposiciones del alma que constituyen el verdadero cristianis-

mo; los temperamentos interiores contenidos en esa santidad,

sin la cual nadie verá al Señor;1 los afectos que, cuando manan

de su verdadera fuente, de una fe viva en Dios por medio de

Jesucristo, son intrínseca y esencialmente buenos, aceptables a

Dios. En este capítulo se pasa a mostrar que todas nuestras

acciones, aun las que por su naturaleza son indiferentes, pueden

igualmente, por medio de una intención pura y santa, llegar a

ser santas y buenas, aceptables a Dios. Declara abiertamente que

cualquier cosa que se haga de otra manera no vale nada delante

de Dios. Mientras que todas las obras exteriores que de este

modo se consagran a Dios son de gran valor en su presencia.

2. Muestra la necesidad de esta pureza de intención, en

primer lugar, respecto de aquellos actos que por lo general se

consideran como religiosos, y que en verdad lo son cuando se

hacen con buen motivo. Algunos de estos actos se llaman por lo

1 He. 12.14.

El sermón de la montaña, VI 137

común obras de devoción; los demás, obras de caridad o de

misericordia. Entre las de esta última clase menciona especial-

mente el dar limosna. Entre las de la primera, la oración y el

ayuno. Pero las direcciones dadas deben aplicarse igualmente a

toda clase de obras, ya sean de caridad, ya de misericordia.

I. 1. Primeramente, respecto de las obras de misericor-

dia, «Guardaos», dijo, «de hacer vuestra justicia delante de los

hombres, para ser vistos de ellos; de otra manera, no tendréis

recompensa de vuestro Padre que está en los cielos».

«Guardaos de hacer vuestra justicia», si bien sólo menciona

esto, se incluyen todas las obras de caridad, todo aquello que

damos, hablamos o hacemos en provecho de nuestro prójimo;

por medio de lo cual alguno reciba beneficio de alma o de

cuerpo. Dar de comer al hambriento, vestir al desnudo, hospedar

o socorrer al extraño, visitar al enfermo o al que está en la

cárcel,2 consolar al afligido, enseñar al ignorante, reprobar al

inicuo, exhortar y alentar al bueno, y si hay alguna otra obra de

misericordia, se incluye en esta exhortación.

2. «Guardaos de dar limosna delante de los hombres,

para ser vistos de ellos». Lo que aquí se prohíbe no es

meramente hacer bien delante de los demás. Esta circunstancia

por sí sola--que otros vean lo que hacemos -no mejora ni

empeora la acción, sino el hacerla delante de los demás «para

ser vistos de ellos», con este fin, con esta sola intención. Digo

«con esta sola intención» porque ésta puede ser en algunos

casos parte de nuestra intención. Tal vez intentemos que

algunas de nuestras acciones sean vistas, y sin embargo, pueden

ser aceptadas por Dios. Podemos tener la intención que nuestra

luz alumbre delante de los hombres, cuando nuestra conciencia

nos testifica en el Espíritu Santo que nuestro único fin al

intentar que vean nuestras obras es que glorifiquen a nuestro

2 Mt. 25.35-38.

1 38 Sermón 26

Padre que está en los cielos.3 Pero guárdate de hacer la menor

cosa teniendo por fin tu propia gloria. Si tienes deseo de obtener

la gloria que viene de los humanos, todo lo que hagas con tal

propósito de nada valdrá. No se hace para el Señor y él no lo

acepta, y no «tendréis recompensa» por ello, de «vuestro Padre

que está en los cielos».

3. «Cuando, pues, des limosnas, no hagas tocar

trompeta de ti, como hacen los hipócritas en las sinagogas y en

las calles para ser alabados por los hombres». La palabra

«sinagoga» no significa aquí un lugar de culto, sino un lugar

público cualquiera, como el mercado o la bolsa.4 Era una

costumbre muy común entre los judíos que tenían grandes

fortunas, especialmente entre los fariseos, hacer tocar la

trompeta delante de ellos en los lugares más públicos de la

ciudad al tiempo de ir a dar gran cantidad de limosnas. Con ello

pretendían estar llamando a los pobres para recibirlas, pero el

verdadero motivo era su deseo de recibir alabanzas de la gente.

No sigan su ejemplo; no hagan tocar la trompeta delante de

ustedes. No hagan ostentación de hacer el bien. Busquen sólo el

honor que viene de Dios. Los que buscan las alabanzas de la

gente, ya tienen su galardón: no recibirán la alabanza de Dios.

4. «Mas cuando tú des limosna, no sepa tu izquierda lo

que hace tu derecha». Esta es una expresión proverbial cuyo

significado es el siguiente: Hazlo de la manera más secreta que

fuera posible; con tanto secreto como sea consecuente con el

hecho mismo (porque no debes dejar de hacerlo -no dejes pasar

ninguna oportunidad de hacer el bien, ya sea en secreto o

abiertamente), y esto de la manera más eficiente que pueda

darse. Porque aquí hay que hacer otra excepción: cuando estés

plenamente persuadido en tu mente de que el no ocultar el bien

3 Mt. 5.16.

4 Había en tiempos de Wesley quien sostenía que la «sinagoga» podía ser, como aquí

sugiere Wesley, un lugar público cualquiera. Otros rechazaban tal opinión.

El sermón de la montaña, VI 139

que haces te ayudará a ti o a otros a hacer más bien, entonces

no debes hacerlo en secreto; deja que tu luz se vea y que

alumbre a todos los que están en casa.5 Pero a no ser que la

gloria de Dios y el bien del género humano exijan lo contrario,

obra con tanta reserva y tan en lo privado como la naturaleza

de la obra lo permita: «para que sea tu limosna en secreto, y tu

Padre que ve en secreto, te recompensará en público». Tal vez

te recompense en este mundo -hay muchos ejemplos de ello en

la historia de todas la épocas- pero te recompensará sin falta en

el mundo venidero, ante la asamblea general de los seres

humanos y los ángeles.

II.1. De las obras de caridad o misericordia, pasa

nuestro Señor a las que se llaman obras de piedad [o devoción].

«Y cuando ores», dice, «no seas como los hipócritas; porque

ellos aman el orar en pie en las sinagogas, y en las esquinas de

las calles, para ser vistos de los hombres». «No seas como los

hipócritas». La hipocresía, pues, o insinceridad, es lo primero

que debemos evitar en la oración. Mira que no digas lo que no

sientas. Orar es elevar el alma a Dios, y sin esto toda palabra de

oración no es sino una hipocresía. Por consiguiente, siempre que

trates de orar procura que sea con el fin de tener comunión con

Dios; de elevar tu corazón hacia él; de desahogar tu alma ante

él, no como los hipócritas que aman el «orar en pie en las

sinagogas», en el banco o en el mercado, y en «las esquinas de

las calles», donde hay más gente, «para ser vistos de los

hombres», siendo éste el único designio, motivo y fin de las

oraciones que repetían. «De cierto os digo que ya tienen su

recompensa». No deben esperar otra de «vuestro Padre que

está en los cielos».

2. Empero, no sólo el buscar las alabanzas humanas nos

priva de la recompensa del cielo y evita que esperemos la

5 Mt. 5.15.

1 40 Sermón 26

bendición de Dios sobre nuestras obras de piedad o misericor-

dia: el deseo de cualquier recompensa temporal destruye

igualmente la pureza de intención. Si repetimos nuestras

oraciones, si asistimos al culto público de Dios, si protegemos a

los pobres con vista a ganancia o interés, todas estas cosas no

tendrán más mérito ante la presencia de Dios que si las

hiciésemos impulsados por el deseo de recibir las alabanzas

humanas.6 Cualquier fin temporal, cualquier motivo que no se

refiera a las cosas eternas, cualquier designio que no sea el de

promover la gloria de Dios y la felicidad de los demás por amor

de Dios, hace cualquier hecho, por bueno que aparezca ante los

demás, una abominación en la presencia del Señor.

3. «Mas tú, cuando ores, entra en tu aposento, y cerrada

tu puerta, ora a tu Padre que está en secreto». Hay un tiempo

cuando debes glorificar a Dios abiertamente, orar y alabarle en

la congregación.7 Pero cuando quieras presentar más extensa y

detalladamente tus peticiones a Dios,8 ya sea por la noche, por

la mañana o al mediodía,9 entra en tu aposento y cierra tu puerta.

Obra de la manera más reservada que puedas. (Pero en caso de

que no tengas aposento, ni puedas hacerlo en secreto, no dejes

de orar: ora en secreto cuando nadie te ve. Pero si no tienes la

oportunidad de hacerlo de esta forma, ora de todas maneras.)

Así, «ora a tu Padre que está en secreto»; ábrele tu corazón, y

«tu Padre que ve en lo secreto te recompensará en público».

4. «Y orando», aun cuando fuere en secreto, «no uséis

vanas repeticiones, como los gentiles». Mé battalogésete. No

abundes en palabras sin sentido. No repitas lo mismo una y otra

vez; no creas que el resultado de tus oraciones depende de lo

6 Cf. 1 Co. 13.1-4.

7 Cf. Sal. 40.9, etc.

8 Cf. Fil. 4.6.

9 Sal. 55.17.

El sermón de la montaña, VI 141

largas que sean, como creen los paganos -«que piensan que por

su palabrería serán oídos».

Lo que aquí se condena no es simplemente lo largo, o lo

corto de nuestras oraciones. Sino, primero, la extensión con

poco o nada de sentido. No el usar repeticiones, pues aun

nuestro Señor mismo oró tres veces repitiendo las mismas

palabras, sino las repeticiones vanas, como hacen los paganos

que repiten muchas veces los nombres de sus dioses; como

hacen algunos entre los vulgarmente llamados cristianos, y no

sólo entre los papistas, que repiten una y muchas veces la misma

hilera de oraciones, sin sentir nunca lo que dicen. En segundo

lugar, no debemos pensar que por nuestra parlería seremos

oídos, ni imaginarnos que Dios mide las oraciones por su

largura, y que le agradan más aquellas que contienen más

palabras, que suenan durante más tiempo en sus oídos. Estos

ejemplos de superstición y torpeza son tales, que todos los que

llevan el nombre de Cristo deberían dejarlos a los paganos, a

quienes jamás ha alumbrado la gloriosa luz del Evangelio.10

5. «No os hagáis, pues, semejantes a ellos». Ustedes

que han probado la gracia de Dios en Cristo Jesús, están

firmemente persuadidos de que «vuestro Padre sabe de qué

cosa tenéis necesidad antes que vosotros le pidáis». De

manera que el objeto de nuestra oración no es informar a Dios,

como si no supiese nuestras necesidades, sino más bien

informarnos a nosotros mismos; fijar la conciencia de esas

necesidades en nuestros corazones de una manera más

profunda, y de nuestra dependencia continua de aquel que es el

único que puede satisfacer nuestras necesidades. No es mover a

Dios, que siempre está más dispuesto a dar que nosotros a

pedirle, sino más bien movernos a nosotros mismos para que

10 Cf. 2 Co. 4.4.

1 42 Sermón 26

estemos dispuestos a recibir aquellas cosas buenas que él ha

preparado para nosotros.11

III.1. Después de haber enseñado la verdadera

naturaleza y los fines de la oración, nuestro Señor ofrece un

ejemplo: esa forma divina de oración, que en este lugar parece

proponerse especialmente como pauta; como el modelo y

norma de todas oraciones. «Vosotros, pues, oraréis así.» En otro

lugar recomienda el uso de estas mismas palabras: «Y les dijo:

Cuando oréis, decid...».12

2. Podemos observar, en general, respecto de esta

divina oración, primeramente que contiene todo lo que racional

e inocentemente podemos pedir. Nada de lo que necesitamos

pedir a Dios, nada de lo que podemos pedirle sin ofenderle, deja

de estar incluido, ya sea directa ya indirectamente, en este

modelo perfecto. En segundo lugar, que contiene todo lo que

racional e inocentemente podemos desear; todo lo que sea para

la gloria de Dios, que fuera necesario o de provecho no sólo para

nosotros, sino para todas las criaturas en el cielo y en la tierra.

Y en verdad nuestras oraciones son las verdaderas pruebas de

nuestros deseos. Nada debe existir en nuestros deseos que no

pueda mencionarse en nuestras oraciones. No debemos desear

aquello que no podamos pedir en oración. En tercer lugar, que

contiene todo nuestro deber para con Dios y para con los seres

humanos, todo lo que es puro y santo, todo lo que Dios requiere

de los seres humanos, todo lo que es aceptable en su presencia,13

todo aquello con que podemos ayudar a nuestro prójimo, ya sea

expresado o implícito en ella.

3. Consiste de tres partes: el prefacio, las peticiones y la

doxología o conclusión. El prefacio, «Padre nuestro que estás

en los cielos», establece la base general de la oración,

11 Cf. 1 Co. 2.9.

12 Lc. 11.2.

13 Cf. Sal. 19.14.

El sermón de la montaña, VI 143

incluyendo aquello que primero debemos saber respecto de

Dios antes de poder orar con la seguridad de ser escuchados.

Nos señala igualmente todas esas disposiciones con que

debemos acercarnos a Dios, las que son requisitos esenciales

para que nuestras oraciones o vidas sean aceptables ante él.

4. «Padre nuestro», si Padre, debe ser un buen Padre y

amante de sus hijos, y en esto consiste la primera y gran razón

de la oración. Dios está dispuesto a bendecir; pidámosle su

bendición. «Padre nuestro» -Creador, Autor de nuestro ser;

aquel que nos levantó del polvo de la tierra; sopló en nosotros

el aliento de la vida y nos hizo seres vivientes.14 Pero si él nos

creó, pidámosle, y no negará ninguna cosa buena a la obra de

sus manos. «Padre nuestro», Preservador nuestro que día a día

sostiene la vida que nos ha dado; de cuyo constante amor

continuamente estamos recibiendo la vida, el aliento y todas las

cosas. Vayamos a él con tanta más confianza para alcanzar

misericordia y hallar gracia para el oportuno socorro.15

Sobre todo, Padre de nuestro Señor Jesucristo y de todos los

que creen en él; quien nos justifica gratuitamente por su

gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús,16 quien

ha borrado todas nuestras maldades;17 el que sana todas

nuestras dolencias;18 quien nos ha recibido como sus hijos por

adopción y de gracia. Y porque somos hijos, mandó el Espíritu

de su Hijo a nuestros corazones el cual clama: «¡Abba,

Padre!»;19 siendo renacidos de simiente incorruptible,20

14 Cf. Gn. 2.7.

15 He. 4.16.

16 Ro. 3.24.

17 Cf. Sal. 51.9.

18 Sal. 103.3.

19 Ga. 4.6.

20 Cf. 1 P. 1.3, 23.

1 44 Sermón 26

creados en Cristo Jesús.21 Sabemos, por consiguiente, que

siempre nos escucha, y por lo tanto oramos a él sin cesar.22

Oramos porque amamos, y le amamos porque él nos amó

primero.23

5. «Padre nuestro», no sólo mío, de quien ahora clama

a él, sino nuestro en el sentido más pleno de la palabra. El Dios

y Padre de los espíritus y de toda carne;24 Padre de los ángeles

y de los seres humanos, (a quien los mismos paganos

reconocieron como padre de humanos y dioses, Patèr andrôn te

theôn te25), el Padre del universo, de todas las familias que hay

en el cielo y en la tierra. Por tanto para él no hay acepción de

personas;26 El ama todo lo que ha creado. El ama a todas las

personas, y su misericordia se extiende sobre todas sus obras.

Se complace el Señor en los que le temen y en los que esperan

en su misericordia,27 en aquellos que confían en él por medio

de su Hijo amado, sabiendo que han sido aceptados en el

«Amado».28 Pero, si Dios nos ha amado así, debemos también

nosotros amarnos unos a otros.29 Más aún, a todo el género

humano, puesto que de tal manera amó Dios al mundo, que ha

dado a su hijo unigénito, para que muriese, a fin de que el

mundo no se pierda, mas tenga vida eterna.30

6. «Que estás en los cielos». Eminente y Altísimo, Dios

de todo, bendito por siempre jamás.31 Quien sentado en el

21 Ef. 2.10.

22 Cf. 1 Ts. 5.17.

23 1 Jn. 4.19.

24 Cf. 2 Co. 1.2, etc, véase también Nm. 16:22; 27.16.

25 Homero, Ilíada, i.544.

26 Cf. Hch. 10.34; y 1 P. 1.17.

27 Sal. 147.11.

28 Cf. Ef. 1.6.

29 1 Jn. 4.11.

30 Jn. 3.16.

31 Cf. Ro. 9.5.

El sermón de la montaña, VI 145

círculo de los cielos,32 ve todas las cosas, en el cielo y en la

tierra. Cuyos ojos penetran toda la esfera de la creación, más

aún, de la noche que no ha sido creada; para quien todas sus

obras son conocidas,33 y las obras de cada criatura, no sólo

desde tiempos antiguos34 (traducción débil y mala), sino desde

toda la eternidad, por los siglos de los siglos. Quien constriñe a

las huestes del cielo, lo mismo que a los seres humanos, a clamar

llenos de sorpresa y asombro: ¡Qué profundidad! ¡Oh,

profundidad de las riquezas de la sabiduría y de la ciencia de

Dios!.35 ¡«Que estás en los cielos», el Señor y Gobernador de

todos, que dispones y arreglas todas las cosas; que eres Rey de

reyes y Señor de señores,36 el bendito y único Potentado;37 que

eres fuerte y te ciñes de poder,38 haciendo lo que te place! El

Omnipotente, porque siempre que lo quieras, el crear está a tu

alcance. «En el cielo», eminentemente allí. El cielo es tu trono;

el lugar donde particularmente habitas. Empero, no solamente

allí, porque llenas los cielos y la tierra; toda la extensión del

espacio. Los cielos y la tierra están llenos de tu gloria. ¡Gloria

sea a ti, oh Señor Altísimo!39

Por consiguiente, sirvamos al Señor con temor y

alegrémonos con reverencia.40 Pensemos, pues, hablemos y

obremos como quienes están constantemente bajo de su mirada,

en la presencia inmediata del Señor, el Rey.

32 Sab. 13.2.

33 Cf. Hch. 15.18.

34 Ibid.

35 Ro. 11.33.

36 Ap. 19.16.

37 1 Ti. 6.15.

38 Sal. 65.6.

39 Del orden de comunión del Libro de oración común.

40 Cf. Sal. 2.11.

1 46 Sermón 26

7. «Santificado sea tu nombre». Esta es la primera de las

seis peticiones que forman la oración. El nombre de Dios es

Dios mismo, la naturaleza de Dios hasta donde pueda ser

descubierta a los seres humanos. Significa, por consiguiente,

además de su existencia, todos sus atributos o perfecciones. Su

eternidad, revelada particularmente por su grande e

incomunicable nombre, Jehová, que el apóstol Juan traduce: tò

A kaì tó O, arjè kaì télos, o òn kaì o en kaì o rejómenos, «el Alfa

y la Omega, el principio y el fin, dice el Señor, que es, y que era,

y que ha de venir».41 La plenitud de su ser42 la denota ese otro

gran nombre: «¡Yo soy el que soy!».43 Su omnipresencia; su

omnipotencia; el único agente, en verdad, en el mundo material,

puesto que toda materia es esencialmente pesada e inerte, y sólo

se mueve cuando se mueve el dedo de Dios.44 El es la fuente de

todas las acciones en toda criatura, visible e invisible; que no

puede obrar ni existir sin la emanación constante y la agencia de

su omnipotente poder. Su sabiduría se deduce claramente de las

cosas que se ven, del orden divino del universo. Su Trinidad en

la Unidad y la Unidad en la Trinidad, se descubren tanto en la

primera línea de su palabra escrita barak Elohim--literalmente,

los Dioses creó,45 un nombre plural como sujeto de un verbo

singular--como en todas las revelaciones posteriores que dio por

boca de sus santos profetas y apóstoles. Su pureza y santidad

esenciales; y sobre todo su amor, que es el resplandor mismo de

su gloria.46

Al rogar que Dios o su «nombre» pueda ser

«santificado» o glorificado, pedimos que él sea conocido tal

41 Ap. 21.6.

42 Cf. Ef. 3.19; Col. 2.9.

43 Ex. 3.14.

44 Ex. 8.19; Lc. 11.20.

45 Gn. 1.1.

46 Cf. He. 1.3.

El sermón de la montaña, VI 147

cual es, por todos los que son capaces de conocerle, por todos

los seres inteligentes y con afectos dignos de tal conocimiento.

Pedimos que sea debidamente honrado, temido y amado por

todas las criaturas arriba en el cielo y abajo en la tierra;47 de

todos los ángeles y los humanos a quienes con tal fin creó

capaces de conocerlo y amarlo por toda la eternidad.

8. «Venga tu reino». Esta petición tiene una relación

muy íntima con la precedente. A fin de que el nombre de Dios

sea santificado, pedimos que tu reino, el reino de Cristo, venga.

Viene este reino a una persona particularmente cuando se

arrepiente y cree en el Evangelio;48 cuando Dios le enseña no

sólo a conocerse a sí mismo, sino también a Jesucristo

crucificado.49 Que esta es la vida eterna, conocer el único Dios

verdadero, y a Jesucristo a quien has enviado50 así empieza el

reino de Dios aquí en la tierra, constituido en el corazón del

creyente. ¡El Señor nuestro Dios Todopoderoso reina!,51

cuando se le conoce por medio de Cristo Jesús. Ejerce otra vez

su poder omnipotente a fin de someter a sí todas las cosas.52

Procede conquistando y a conquistar en el corazón,53 hasta

poner todas las cosas debajo de sus pies, hasta que lleve, cautivo

todo pensamiento a la obediencia de Cristo.54

Por consiguiente, cuando Dios dé a su Hijo por

herencia las naciones, y como posesión suya los confines de la

tierra,55 cuando todos los reyes se postren ante él y todas las

47 Jos. 2.11.

48 Cf. Mr. 1.15.

49 Cf. 1 Co. 2.2.

50 Cf. Jn. 17.3.

51 Ap. 19.6.

52 Fil. 3.21.

53 Cf. Ap. 6.2.

54 2 Co. 10.5.

55 Sal. 2.8.

1 48 Sermón 26

naciones le sirvan;56 cuando el monte de la casa de Jehová, la

iglesia de Cristo, sea confirmada como cabeza de los montes,57

hasta que haya entrado la plenitud de los gentiles, y luego todo

Israel sea salvo,58 entonces se verá que el Señor es Rey y que se

ha puesto su vestido de gloria,59 y aparecerá a todas las almas

como Rey de reyes y Señor de señores.60 Es conveniente para

todos los que aman su venida61 orar para que se apresure el

tiempo; a fin de que éste su reino, el reino de gracia, venga

pronto y absorba todos los reinos de la tierra; que recibiéndolo

como su Rey todo el género humano, creyendo verdaderamente

en su nombre, se llene de justicia y paz, y gozo,62 con santidad

y felicidad, hasta que sea llevado de aquí al reino celestial, a

reinar con él por siempre jamás.

También pedimos esto con las palabras: «Venga tu

reino». Pedimos que venga su reino eterno, el reino de la gloria

en el cielo, que es la continuación y perfección del reino de la

gracia sobre la tierra. Por consiguiente, tanto ésta como la

petición anterior, se ofrecen por toda la creación racional que se

interesa en este gran acontecimiento, la renovación final de

todas las cosas, cuando Dios, poniendo fin a toda miseria y

pecado, a toda enfermedad y muerte, tome todas las cosas en

sus manos y establezca el reino que ha de durar por siempre

jamás.

Muy semejante a esto son las solemnes palabras en la

oración del oficio de difuntos: «Rogándote, que plazca a tu

misericordia reunir pronto el número de tus escogidos y

56 Cf. Sal. 72.11.

57 Is. 2.2.

58 Ro. 11.25-26.

59 Cf. Sal. 93.1.

60 Ap. 19.16.

61 2 Ti. 4.8.

62 Ro. 14.17.

El sermón de la montaña, VI 149

apresurar la venida de tu reino; que nosotros juntamente con

todos los que partieron en la verdadera fe de tu santo nombre,

obtengamos nuestra perfecta consumación y felicidad, tanto en

el cuerpo como en el alma, en tu eterna gloria».63

9. «Hágase tu voluntad, como en el cielo, así también en

la tierra». Esta es la consecuencia natural e inmediata

dondequiera que llega el reino de Dios; dondequiera que Dios

habita en el alma por medio de la fe, y Cristo reina en el corazón

por medio del amor.

Es probable que muchos, tal vez la generalidad de los

seres humanos, al oír por primera vez estas palabras, se

imaginen que sólo son expresión o petición de resignación; de

tener la voluntad de sufrir lo que respecto de nosotros mande

Dios, sea lo que fuere. Indudablemente que ésta es una actitud

divina y excelente, un don precioso de Dios. Pero esto no es lo

que solicitamos en esta petición, al menos no en su principal y

primer sentido. Al decir: «Hágase tu voluntad, como en el cielo,

así también en la tierra», pedimos no por conformidad pasiva

sino activa hacia la voluntad de Dios.

¿Cómo hacen esa voluntad los ángeles en el cielo, los

que ahora rodean su trono regocijándose? La cumplen

voluntariamente; aman sus mandamientos y escuchan con

placer sus palabras. Hacer su voluntad es su comida y bebida;64

es su gloria y gozo más alto. Lo hacen constantemente; no hay

la menor interrupción en sus servicios; no descansan ni de día

ni de noche,65 sino que emplean todas sus horas (hablando

según los humanos, puesto que nuestras medidas de duración,

días, noches y horas, están fuera de lugar en la eternidad) en

cumplir sus mandatos, en ejecutar sus designios, en poner en

63 Del Libro de oración común, oficio de difuntos.

64 Cf. Jn. 4.34.

65 Cf. Ap. 4.8.

1 50 Sermón 26

práctica su voluntad. Y lo hacen a la perfección. Las mentes

angélicas no participan de ningún defecto ni pecado. Es muy

cierto que ni las estrellas son limpias delante de sus ojos,66 ni

aun las estrellas de la mañana que cantan juntas delante de él.67

En su presencia, es decir, en comparación con él, ni los mismos

ángeles son puros. Pero esto no quiere decir que no sean puros

en sí mismos. Indudablemente que lo son: son puros y sin

mácula. Están enteramente dedicados a la voluntad de Dios, y

son perfectamente obedientes en todas las cosas.

Si vemos esto bajo otro punto de vista, podemos

observar que los ángeles de Dios en el cielo hacen toda la

voluntad de Dios. Y no hacen otra cosa, sino aquello de que

están plenamente seguros que es su voluntad. Además hacen

toda la voluntad de Dios como él la desea; de la manera que le

agrada y de ningún otro modo. Más aún, la hacen sólo porque

es su voluntad, únicamente por esta razón.

10. Por consiguiente, cuando pedimos «hágase tu

voluntad, como en el cielo, así también en la tierra» queremos

decir que todos los habitantes de la tierra, que toda la raza del

género humano, haga la voluntad de su Padre que está en los

cielos, con tanta voluntad como los santos ángeles; que los

humanos la hagan tan continuamente como los ángeles, sin la

menor interrupción en la presteza de sus servicios. Más aún, que

la hagan perfectamente, a fin de que el Dios de paz por la sangre

del pacto eterno, les haga aptos en toda buena obra para que

hagan su voluntad, haciendo él68 en ellos, todo lo que sea

agradable delante de él.69

En otras palabras, pedimos que nosotros y todo el

género humano hagamos toda la voluntad de Dios en todas las

66 Job 25.5.

67 Cf. Job 38.7.

68 Cf. He. 13.20-21.

69 Ibid.

El sermón de la montaña, VI 151

cosas, y nada más, ni la menor cosa que no sea la voluntad

santa y aceptable de Dios.70 Pedimos que hagamos la voluntad

toda de Dios, como él la desea y de la manera que le agrada. Y,

por último, que la hagamos porque es su voluntad; que ésta sea

la única razón y el motivo de cualquier cosa que pensemos,

hablemos o hagamos.

11. «El pan nuestro de cada día, dánoslo hoy». En las

tres peticiones anteriores hemos estado pidiendo por todo el

género humano. Ahora rogamos para suplir nuestras propias

necesidades. Esto no significa que se nos enseñe, ni aun aquí, a

limitar nuestras oraciones a nosotros mismos, sino que ésta y

todas las peticiones que siguen pueden hacerse por toda la

Iglesia de Cristo sobre la tierra.

La palabra «pan» puede significar todas aquellas

cosas que necesitamos tanto para el alma como para el cuerpo:

tà pròs zoèn kaì eusébeian, las cosas que pertenecen a la vida y

a la piedad.71 Significa no sólo el mero pan exterior, lo que

nuestro Señor llama «la comida que perece», sino mucho más

el pan espiritual, la gracia de Dios, el alimento que a vida

eterna permanece.72 Opinaban muchos de los Padres de la

Iglesia que esto significa también el pan del sacramento -que

toda la Iglesia de Cristo recibía diariamente y estimaba muy

altamente hasta que el amor de muchos se enfrió73- como el

gran conducto por donde se impartía la gracia de su Espíritu a

las almas de todos los hijos de Dios.

«El pan nuestro de cada día». Las palabras que

traducimos «de cada día», las han explicado de distintas

maneras diferentes comentaristas; pero el sentido más claro y

70 Cf. Ro. 12.1-2.

71 2 Pe. 1.3.

72 Jn. 6.27.

73 Mt. 24.12.

1 52 Sermón 26

natural parece ser el que se ha conservado en la mayoría de las

traducciones, tanto antiguas como modernas, a saber: lo que es

necesario para hoy día, y así, para cada día sucesivo.

12. «Dánoslo», porque no tenemos derecho a exigir

nada, y recibimos sólo por su gran misericordia. No merecemos

el aire que respiramos, ni la tierra que produce, ni el sol que nos

alumbra. Lo que merecemos es el infierno. Pero Dios nos ama

libremente. Por lo tanto, le pedimos que nos conceda lo que

nosotros no podemos obtener por nosotros mismos y no

merecemos de sus manos.

La bondad y el poder de Dios no son razones para que

permanezcamos ociosos. Su voluntad es que en todas las cosas

seamos diligentes; que nos esforcemos a tal grado como si

nuestro buen éxito dependiese de nuestra sabiduría y fuerza. Y

entonces, como si nada hubiésemos hecho, debemos depender

de él, el Dador de toda buena dádiva y todo don perfecto.74

«Hoy», porque no debemos afligirnos respecto de lo que

vendrá mañana.75 Con este mismo fin el sabio Creador ha

dividido la vida en cortos períodos de tiempo, tan claramente

separados el uno del otro, para que veamos cada día como un

nuevo don de Dios, otra porción de vida que habremos de

dedicar a su gloria, y para que cada noche sea como la

conclusión de la vida, más allá de la cual nada encontraremos

sino la eternidad.

13. «Y perdónanos nuestras deudas, como también

nosotros perdonamos a nuestros deudores».76 Dado que sólo el

pecado puede impedir que sobre cada criatura se derrame la

bondad de Dios, esta petición sigue naturalmente a la anterior,

74 Stg. 1.17.

75 Cf. Mt. 6.34.

76 La versión tradicional de la Oración del Señor en inglés dice «nuestras

transgresiones» -our trespasses. Aquí Wesley cita esa versión tradicional, y luego pasa

a explicar que el término «deudas» es más exacto.

El sermón de la montaña, VI 153

para que, habiéndose quitado todos los estorbos, esperemos

más firmemente recibir del Dios de amor toda clase de cosas

buenas.

«Nuestras deudas». El término significa propiamente

«nuestras deudas». Con frecuencia se mencionan en las

Escrituras nuestros pecados como deudas. Cada pecado nos

hace contraer una nueva deuda para con Dios, a quien ya

debemos, como quien dice, diez mil talentos. ¿Qué le

contestaremos cuando nos diga: «Págame lo que me debes»?77

Somos enteramente insolventes; no tenemos nada con qué

pagar; hemos desperdiciado toda nuestra hacienda.78 Por

consiguiente, si nos trata con todo el rigor de su ley, si exige lo

que puede justamente pedir, mandará que atados de pies y

manos,79 seamos entregados a los verdugos.80

En verdad ya estamos atados de pies y manos por las

cadenas de nuestros pecados. Estos, respecto de nosotros, son

cadenas de hierros y grillos de cobre. Son heridas con que el

mundo, la carne y el demonio nos han lastimado y quebrantado

de pies a cabeza. Son enfermedades que chupan nuestra sangre

y nuestro aliento, que nos llevan a las regiones del sepulcro.81

Pero considerados, como lo son aquí, respecto de Dios, son

deudas inmensas e innumerables. Así, bien podemos rogarle-

pues no tenemos con qué pagar-82que nos perdone todo.

La palabra traducida «perdónanos», significa perdonar

una deuda o desatar una cadena. Si obtenemos lo primero, lo

segundo se sigue naturalmente: si las deudas son perdonadas,

77 Mt. 18.24, 28.

78 Lc. 15.13.

79 Cf. Jn. 11.44.

80 Cf. Mt. 18.34.

81 Cf. Pr. 7.27.

82 Cf. Lc. 7.42.

1 54 Sermón 26

las cadenas caen de nuestras manos. Tan pronto como

recibimos, mediante la libre gracia de Dios en Cristo, el perdón

de los pecados, obtenemos igualmente nuestra herencia entre

los santificados, por la fe que es en él.83 El pecado ha perdido

su poder; no tiene dominio sobre quienes están bajo la

gracia,84 es decir, que gozan del favor de Dios. Puesto que

ninguna condenación hay para los que están en Cristo

Jesús,85 están libres del pecado lo mismo que de la culpa. La

justicia de la ley se cumpliese en ellos, y no andan conforme a

la carne, sino conforme al Espíritu.86

14. «Como también nosotros perdonamos a nuestros

deudores». En estas palabras nuestro Señor expone claramente

bajo qué condición y hasta qué grado o manera podemos

esperar el perdón de Dios. Se nos perdonan todas nuestras

deudas y pecados, si nosotros perdonamos, y como perdona-

mos a otros. Primero, Dios nos perdona si nosotros perdona-

mos a otros. Este punto es de la mayor importancia. Tan

celoso es de esto nuestro Señor que, a fin de evitar que se nos

olvide, no solamente lo incluye en la oración, sino que lo repite

después dos veces. «Porque, si perdonaréis», dice, «a los

hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro

Padre celestial. Mas si no perdonáis a los hombres sus

ofensas, tampoco vuestro padre os perdonará vuestras

ofensas»87. En segundo lugar, Dios nos perdona de la misma

manera que perdonamos a otros. De modo que si queda alguna

malicia o rencor, si permanece alguna mala voluntad o ira; si no

perdonamos a los seres humanos sus ofensas, franca,

plenamente y de corazón, no será fácil conseguir nuestro

83 Cf. Hch. 26.18.

84 Cf. Ro. 6.14, 15.

85 Ro. 8.1.

86 Ro. 8.4.

87 Mt. 6.14-15.

El sermón de la montaña, VI 155

perdón. Dios no puede perdonarnos abierta y completamente.

Tal vez nos tenga algún grado de misericordia, pero no le

dejamos borrar nuestros pecados ni perdonar nuestras

iniquidades.88

Entre tanto, si no perdonamos de todo corazón las

ofensas de nuestros prójimos, ¿qué clase de oración ofrecemos

a Dios cuando pronunciamos estas palabras? Verdaderamente,

estamos desafiando a Dios: provocándole a que haga lo más

tremendo que pueda. «¡Perdónanos nuestras deudas, como

también nosotros perdonamos a nuestros deudores!». Es decir,

en términos claros, «no nos perdones; no te pedimos ningún

favor. Te rogamos que te acuerdes de nuestros pecados, y que

tu ira permanezca sobre nosotros». Pero, ¿podemos ofrecer con

seriedad semejante oración a Dios? Y ¿no nos ha echado ya en

el infierno?89 ¡Oh, ya no le tentemos! ¡Perdonen, ahora mismo,

por su gracia; perdonen según quieran ser perdonados! ¡Tengan

compasión de su consiervo, como Dios ha tenido y tendrá

piedad de ustedes!

15. «Y no nos metas en tentación, más líbranos del mal».

«Y no nos metas en tentación». La palabra traducida

«tentación», quiere decir prueba de cualquiera clase. El

término en sí se tomaba antiguamente en inglés, en un sentido

diferente; pero ahora usualmente significa instigación al

pecado. Santiago usa este término en ambos sentidos: primero

en su acepción general, y después en un sentido particular. Lo

usa en el primer sentido cuando dice: «Bienaventurado el

varón que soporta la tentación; porque cuando haya resistido

la prueba, o sido aprobado de Dios, recibirá la corona de

vida»;90 y luego añade, tomando la palabra en su segundo

88 Cf. Jer. 18.23.

89 Cf. Sal. 55.15.

90 Stg. 1.12.

1 56 Sermón 26

significado: «Cuando alguno es tentado, no diga que es tentado

de parte de Dios; porque Dios no puede ser tentado por el mal,

ni él tienta a nadie; sino que cada uno es tentado, cuando de su

propia concupiscencia» (o su deseo) «es atraído», atraído lejos

de Dios, en quien sólo está salvo, «y seducido», atrapado como

se coge un pescado con carnada.91

Al ser atraído y seducido, es cuando verdaderamente se

mete en tentación. La tentación lo cubre como una nube; se

extiende sobre toda su alma. ¡Con qué dificultad podrá

escapar de la trampa! Por consiguiente, pedimos a Dios que «no

nos metas en tentación», es decir, siendo que Dios no tienta a

ningún ser humano,92 que no nos deje ser guiados a la

tentación. Sino que nos libre de todo mal; mejor dicho, «del

enemigo malo», apò toû poneeroû.93 O ponerós es

indudablemente el maligno,94 llamado así enfáticamente el

príncipe y el dios de este mundo,95 que obra con gran poder

en los hijos de desobediencia.96 Pero todos los que son hijos

de Dios por la fe, han sido librados de sus manos. El puede

pelear contra ellos y así lo hará. Pero no puede vencer a no ser

que ellos traicionen sus almas. Puede atormentar por un

tiempo, pero no puede destruir porque Dios está de parte de

ellos, y al fin él no dejará de hacer justicia a sus escogidos que

claman a él día y noche.97 ¡Señor, cuando seamos tentados no

nos metas en tentación! ¡Ayúdanos a escapar, para que no nos

toque el enemigo malo!98

91 Cf. Stg. 1.13-14.

92 Cf. Stg. 1.13.

93 Mt. 6.13.

94 Cf. 1 Jn. 2.13, 14; 3.12; 5.18.

95 Cf. 1 Jn. 12.31; 14.30; 16.11.

96 Ef. 2.2.

97 Lc. 18.7.

98 Cf. 1 Jn. 5.18.

El sermón de la montaña, VI 157

16. La conclusión de esta divina oración, llamada

comúnmente la doxología,99 es una solemne acción de gracias,

un reconocimiento sucinto de los atributos y las obras de Dios.

«Porque tuyo es el reino», el derecho soberano sobre todo lo

que existe, o ha sido creado. Tu reino es un reino eterno y tu

dominio dura por todas las generaciones.100 «El poder», el

poder ejecutivo por medio del cual gobiernas todas las cosas en

tu eterno reino; por el cual haces lo que te place en todos los

lugares de tu dominio. «Y la gloria», la alabanza que te deben

todas las criaturas por tu poder y lo poderoso de tu reino, y por

todas las obras maravillosas que desde la eternidad has hecho y

harás por «todos los siglos. Amén».101 ¡Así sea!

Pienso que para el lector serio, no será inaceptable el

adjuntar...

Una Paráfrasis

de la Oración del Señor102

I

Padre de todo, cuya poderosa voz

creó este marco universal,

cuyo amor se goza en lo creado,

siempre el mismo por las edades.

Por tu palabra sostienes todo,

tu amor abundante revelas a tus hijos,

escuchas la voz de tus criaturas

y colmas cada boca con bondad.

99 Es sabido que en algunos antiguos manuscritos de Mateo no aparece esta doxología,

y que por tanto algunas iglesias no la incluyen al recitar el «Padre nuestro». En este

caso, Wesley prefirió ceñirse a la tradición recibida en la Iglesia de Inglaterra.

100 Cf. Dn. 4.3.

101 Mt. 6.13.

102 Publicada en Hymns and Sacred Poems (1742), pp. 275-77.

1 58 Sermón 26

II

Reinas en el cielo, coronado en luz,

la naturaleza se despliega a tus pies,

tierra, aire y mar están ante tu mirada

y hasta el tenebroso infierno observas.

Sabiduría, poder y amor son tuyos,

caemos postrados ante tu faz.

Tus divinos atributos celebramos

y saludamos al Señor de todo.

III

A ti, Señor soberano, que actúas

en tierra, aire y cielo, confesamos

reverenciar tu poder y bondad;

tu aguda mirada nos estremece.

Todos los que le deben su origen

dediquen cada hora en adorarle.

¡Jehová reina! Alégrate, oh tierra,

griten de júbilo, estrellas matutinas.

IV

Hijo del amor eterno del Padre,

preserva contigo tu enorme poder,

y deja que las criaturas de la tierra

gusten de tu misericordia.

Adoramos tu pródiga gracia,

reina tu sólo en cada corazón,

hasta que tus enemigos te reconozcan

y la gloria culmine la obra de la gracia.

V

Espíritu de gracia, saber y poder,

fuente de luz y amor terrenal,

El sermón de la montaña, VI 159

derrama tu gracia sanadora

y que fluya sobre las naciones.

Aviva nuestros corazones con amor,

realiza en nosotros las obras de fe,

y ninguna hueste celestial será más

expeditiva en cumplir tu voluntad.

VI

Padre, a ti nos rendimos cada día,

tus hijos piden tu renovado sostén.

Tú vistes los lirios del campo,

escuchas el piar de los pichones.

Te confiamos nuestra iniquidad, por ti

vivimos, sabes nuestra necesidad;

Señor, aliméntanos con tu gracia

y danos este día tu viviente pan.

VII

Cordero de Dios, eterno e inmaculado,

ofrendado antes de crear al mundo,

rocíanos siempre con tu sangre.

Límpianos y mantennos siempre puros.

A cada alma, ¡a ti sea la gloria!

nuestra mayor compasión,

y que la humanidad pueda así ver

a Dios en nosotros, pues Dios es amor.

VIII

Señor y dador de la vida, tu poder

y cuidados, gratuitos para todos son,

permítenos acudir a ti, en la hora

de tentación, de pecado y de Satán.

1 60 Sermón 26

Señor, tuyos somos y nuestro eres,

que toda tu bondad sea en nosotros,

renueva, agranda y llena el corazón

de gozo y paz del cielo y de Dios.

IX

Trinidad, siempre igual y eterna.

por tus obras, te sean dados

bendición y honor, loor y amor,

abajo en la tierra, arriba en el cielo.

Tres veces santo Dios, tuyo es el reino,

tuyo el dominio omnipotente.

Cuando la naturaleza creada perezca,

que tu gloria eterna reluzca.