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Sermón 25 - Sobre el sermón de nuestro Señor

en la montaña

Quinto discurso

Mateo 5:17-20

No penséis que he venido para abrogar la ley o los

profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir.

Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y

la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo

se haya cumplido.

De manera que cualquiera que quebrante uno de estos

mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy

pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera

que los haga y los enseñe, éste será llamado grande en el reino

de los cielos.

Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor

que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los

cielos.

1. Entre la multitud de reproches que cayeron sobre

aquel que fue despreciado y desechado entre los hombres,1 no

pudo faltar el de que era un maestro de novedades, el

introductor de una nueva religión. Esto pudo afirmarse con

tanta más apariencia de verdad, cuanto que muchas de las

expresiones que usara no eran comunes entre los judíos, sea

que no las usaban nunca o si lo hacían no era con el mismo

sentido, ni con tanta fuerza o plenitud de sentido. Añádase a

1 Is. 53.3. 107

1 08 Sermón 25

esto el hecho de que el adorar a Dios en espíritu y en verdad,2

debe parecer siempre una nueva religión a los que no conocen

otra adoración sino la exterior, sólo la apariencia de piedad.3

2. No es improbable que algunos hayan tenido

esperanzas de que así fuese -de que estaban aboliendo la

religión antigua para introducir otra, una de la que se alegrarían

que fuese una vía más fácil para entrar al cielo. Pero nuestro

Señor refuta con estas palabras, tanto las vanas esperanzas de

unos, como las calumnias infundadas de otros.

Las consideraré en el orden en que se encuentran,

tomando un versículo por tema de cada una de las divisiones de

mi discurso.

I.1. Primero, «No penséis que he venido para abrogar

la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para

cumplir».

Nuestro Señor, a la verdad, vino a destruir, a disolver y

a abolir para siempre el ritual o la ley ceremonial dada por

Moisés a los hijos de Israel, que contenía todos los preceptos y

ordenanzas relativos a los antiguos sacrificios y al servicio del

templo. Todos los apóstoles dan testimonio de esto. No sólo

Bernabé y Pablo -quienes resistieron decididamente a los que

enseñaban a los cristianos que es necesario que guarden la ley

de Moisés.4 No sólo Pedro, quien calificó la insistencia tesonera

en la observancia de la ley ritual como tentar «a Dios,

poniendo sobre la cerviz de los discípulos un yugo, que ni

nuestros padres ni nosotros», dijo, «hemos podido llevar».5

Sino que todos los apóstoles, y los ancianos y los hermanos,

[...] habiendo llegado a un acuerdo, declararon que el

mandarles guardar esta ley era tanto como perturbar sus

2 Jn. 4.23,24.

3 2 Ti. 3.5.

4 Hch. 15.5.

5 Hch. 15.10.

El sermón de la montaña, V 109

almas, y que había parecido bien al Espíritu Santo y a ellos no

imponerles ninguna carga.6 Nuestro Señor anuló el acta de los

decretos que había contra nosotros [...], quitándola de en medio

y clavándola en la cruz.7

2. Pero el Señor no derogó la ley moral contenida en los

Diez Mandamientos, y hecha respetar por los profetas. El objeto

de su venida no fue revocar ninguna de sus partes. Esta es una

ley que no se puede abrogar nunca, que está firme como el

testigo fiel en el cielo.8 La ley moral descansa sobre una base

muy diferente del cimiento de la ley ceremonial o ritual que se

designó temporalmente como rémora para un pueblo

desobediente y de cerviz dura, mientras que la primera existe

desde el principio del mundo, estando escrita no en tablas de

piedra,9 sino en los corazones de todos los humanos desde que

salieron de las manos del Creador. Si bien las letras que Dios

escribió con su dedo10 están en gran parte desfiguradas por el

pecado, no obstante, no se podrán borrar por completo, mientras

que tengamos alguna conciencia del bien y del mal. Cada una

de las partes de esta ley debe permanecer vigente en todas las

épocas del género humano, puesto que no depende del tiempo o

del lugar, o de cualquiera circunstancia que pueda cambiar, sino

de la naturaleza de Dios y de la naturaleza humana, y de las

relaciones que existen entre ambas.

3. «No he venido para abrogar, sino para cumplir».

Algunos han creído que nuestro Señor quiso decir: He venido

a cumplir esto, por medio de mi completa y perfecta obediencia.

Y no cabe duda de que, en este sentido, cumplió con la ley en

6 Hch. 15.22-28.

7 Cf. Col. 2.14.

8 Sal. 89.37.

9 Cf. 2 Co. 3.3.

10 Cf. Ex. 31.18; Dt. 9.10.

1 10 Sermón 25

todas y cada una de sus partes. Pero eso no parece ser lo que

quiere decir aquí, pues nada tiene que ver con el tema presente.

Sin lugar a dudas lo que quiere decir (de acuerdo con lo que

antecede y sigue) es: he venido a establecer la ley en toda su

plenitud y a pesar de todas las interpretaciones de los seres

humanos; he venido a sacar a la plena y clara luz todo lo que

haya en ella de incierto y obscuro; he venido a declarar cuál sea

el significado completo y verdadero de todas sus partes; a

mostrar su largura y anchura, toda la extensión de cada uno de

los mandamientos en ella contenidos, y la altura y la

profundidad de la inconcebible pureza y espiritualidad de esa

ley en todas sus partes.

4. Nuestro Señor ha hecho esto abundantemente en las

partes precedentes y subsiguientes del discurso que estamos

considerando, en las que no introduce en el mundo ninguna

religión nueva, sino la misma que ha existido desde el principio:

una religión cuya substancia es, sin dudas, «tan antigua como la

creación»,11 siendo coetánea con el ser humano y habiendo

venido de Dios al mismo tiempo que fue el hombre un ser

viviente.12 (Digo substancia porque ahora alguna de sus

circunstancias se refieren al ser humano como criatura caída.)

Una religión de la cual han testificado en todas las generaciones

siguientes, tanto la ley como los profetas. Y sin embargo, nunca

se explicó tan claramente ni se entendió tan por completo, hasta

que a su gran Autor en persona plugo dar al género humano esta

aplicación auténtica de todas sus partes esenciales, declarando

al mismo tiempo que nunca cambiaría, sino que permanecería

vigente hasta el fin del mundo.

11 El tema del carácter innato de la ley moral aparece entre cristianos desde tiempos

antiquísimos. Aquí Wesley parece aludir al famoso libro de Matthew Tindal, El

cristianismo es tan antiguo como la creación.

12 Gn. 2.7.

El sermón de la montaña, V 111

II.1. «Porque de cierto os digo» -introducción solemne

que denota tanto la importancia como la certeza de lo que se

dice- «que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota, ni

una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido».13

«Una jota» - literalmente, ni una jota, la letra más

insignificante; «una tilde», mía keraía, un ángulo o punto de una

consonante. Es una expresión proverbial que significa que

ningún mandamiento contenido en la ley moral, ni la mínima

parte en cualquiera de ellos, por muy insignificante que al

parecer fuere, debe anularse jamás.

«[Ni...] pasará de la ley»; ou mè parélthe apò toû

nómou. La doble negativa en el griego original fortifica el

sentido de tal manera que no deja el menor lugar a la

contradicción, y como se observará, la palabra «pasará» no es

solamente futuro, declarando lo que será, sino que tiene a la vez

la fuerza de un imperativo, mandando lo que debe ser. Es una

palabra llena de autoridad que expresa el poder y la voluntad

soberana de aquel que habla, de aquel cuya palabra es la ley del

cielo y de la tierra, y que permanece por los siglos de los

siglos.14

«Hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni un

tilde pasará de la ley»; o como dice la cláusula que sigue, éos

án pánta génetai, hasta que todo se haya cumplido, hasta la

consumación de todas las cosas. Por consiguiente, no cabe aquí

esa pobre evasiva (con la que algunos se han deleitado

grandemente), de que «ninguna parte de la ley había de pasar,

hasta que toda la ley se cumpliese. Mas se ha cumplido por

Cristo, y por lo tanto, ahora debe pasar para que se establezca

13 Mt. 5.18.

14 Cf. Is. 40.8.

1 12 Sermón 25

el Evangelio».15 De ninguna manera la palabra «todo» se refiere

a la ley, sino a todas las cosas del universo, como tampoco se

refiere la expresión «cumplido» a la ley, sino a todas las cosas

en el cielo y en la tierra.

2. De todo esto podemos aprender que no existe

ninguna contradicción entre la ley y el Evangelio; que no es

necesario que perezca la ley para que se establezca el

Evangelio. A la verdad, ni la primera suple al segundo, ni

viceversa, sino que están unidos en perfecta armonía. Más aún,

las mismas palabras consideradas bajo distintos aspectos son

parte tanto de la ley como del Evangelio. Si se las considera

como mandamientos, son parte de la ley; mas si como promesas,

del Evangelio. Así, por ejemplo, «Amarás al Señor tu Dios, de

todo corazón»,16 considerado como un mandamiento, forma

parte de la ley; considerado como una promesa, es una parte

esencial del Evangelio, no siendo éste sino los mandamientos

de la ley propuestos como promesas.17 En consecuencia, la

pobreza del espíritu, la pureza del corazón, y todas las demás

cosas que la ley santa de Dios manda, vistas bajo la luz del

Evangelio, no son sino otras tantas grandes y preciosas

promesas.18

3. Por consiguiente, existe entre la ley y el Evangelio la

relación más íntima que pueda concebirse. Por una parte, la ley

prepara el camino constantemente, por decirlo así, y nos dirige

hacia el Evangelio; por otra, el Evangelio nos guía contínua-

mente al cumplimiento más exacto de la ley. La ley, por

ejemplo, nos manda amar a Dios y a nuestros prójimos; que

15 Tal era el argumento de los antinomianos, expresado por Wesley en forma de

silogismo.

16 Dt. 6.5; Mt. 22.37, etc.

17 Uno de los principios hermenéuticos de Wesley es que el mandamiento siempre

conlleva promesa, y vice versa.

18 Cf. 2 P. 1.4.

El sermón de la montaña, V 113

seamos mansos, humildes y santos. Sentimos nuestra

insuficiencia para hace estas cosas; más aún, que para los

hombres esto es imposible.19 Pero escuchamos la promesa de

Dios de darnos ese amor, de hacernos humildes, mansos y

santos. Entonces nos acogemos a este Evangelio, a estas buenas

nuevas: se nos concede según nuestra fe, y la justicia de la ley

se cumple en nosotros20 por medio de la fe que es en Cristo

Jesús.

Podemos observar, además, que todo mandamiento en

la Sagrada Escritura es sólo una promesa encubierta. Porque

con esta declaración: «Este es el pacto que haré con ellos

después de aquellos días, dice el Señor: Pondré mis leyes en sus

corazones, y en sus mentes las escribiré»,21 Dios se

comprometió a dar todo lo que ordena. ¿No manda que

oremos sin cesar,22 que estemos siempre gozosos,23 que

seamos santos como él también es santo?24 ¡Es suficiente! El

obrará en nosotros todo esto. Nos acontecerá según su

palabra.25

4. Pero si esto es así, no hay que vacilar en lo que

debemos pensar de aquellos que, en todas las épocas de la

iglesia, se han propuesto cambiar o suplantar algunos de los

mandamientos de Dios, diciendo ser guiados por la dirección

especial del Espíritu Santo. Cristo nos ha dado en este pasaje

una regla infalible para juzgar todas estas pretensiones. Si

escuchamos a Dios, veremos que en su designio el cristianismo

ha sido la última de todas sus dispensaciones, e incluye toda la

19 Cf. Mt. 19.26.

20 Cf. Ro. 8.4.

21 Cf. He. 10.16.

22 Cf. 1 Ts. 5.17.

23 Cf. 1 Ts. 5.16.

24 Cf. 1 P. 1.16.

25 Cf. Lc. 1.38.

1 14 Sermón 25

ley moral de Dios, tanto por medio de preceptos como de

promesas. Después de esta dispensación ya no habrá otra. Esta

debe durar hasta la consumación de todas las cosas. En

consecuencia, todas estas nuevas revelaciones proceden de

Satanás y no de Dios, y por supuesto, todas las pretensiones

respecto de una dispensación más perfecta caen por tierra. El

cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán.26

III.1. «De manera que cualquiera que quebrantare uno

de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los

hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos;

mas cualquiera que los haga y los enseñe, éste será llamado

grande en el reino de los cielos».27

¿Quiénes son aquellos que hacen de «la predicación de

la ley» un motivo de reproche? ¿No ven sobre quién debe caer

este reproche? ¿Sobre qué cabeza ha de caer por último?

Quienquiera que con este motivo nos desprecia, desprecia al que

nos envió.28 Porque ¿quién ha predicado la ley como él la

predicó? Aun cuando no vino para condenar al mundo, sino

para salvar al mundo,29 cuando vino expresamente y sacó a la

luz la vida y la inmortalidad por el evangelio,30 ¿quién podrá

«predicar la ley» más expresa y rigurosamente de lo que Cristo

lo hizo en estas palabras? ¿Y quién podrá corregirlas? ¿Quién

podrá enseñar al Hijo de Dios a predicar? ¿Quién podrá

enseñarle un modo mejor de anunciar el mensaje que ha

recibido del Padre?

2. «Cualquiera que quebrantare uno de estos

mandamientos muy pequeños», o uno de los menores de estos

mandamientos. «Estos mandamientos», haremos observar, es

26 Lc. 21.33.

27 Mt. 5.19.

28 Cf. Lc. 10.16.

29 Cf. Jn. 3.17; 12.47.

30 2 Ti. 1.10.

El sermón de la montaña, V 115

una expresión que nuestro Señor usa como equivalente de «la

ley» o «la ley y los profetas», que es lo mismo, puesto que nada

añadieron los profetas a la ley, sino que sólo la declararon,

explicaron o aplicaron según los movió el Espíritu Santo.31

«Cualquiera que quebrantare uno de estos manda-

mientos muy pequeños», especialmente si se hace voluntaria y

presuntuosamente. Sólo uno, «porque cualquiera que guardare

toda la ley y» de esta manera, «ofendiere en un punto, se hace

culpable de todos»,32 tiene la ira de Dios sobre sí33 tan seguro

como si los hubiese quebrantado todos. De manera que no se

hace excepción de alguna mala inclinación preferida; no se

reserva lugar para ningún ídolo. Aunque se eviten todos los

demás pecados, no hay disculpa para consentir uno solo por

querido que sea. Lo que Dios requiere es completa obediencia -

que cuidemos de obedecer todos sus mandamientos- de otra

manera perdemos no sólo los esfuerzos que hacemos por

guardar algunos de ellos, sino también nuestras almas, y eso

para siempre.

«Muy pequeños» -o uno de los más pequeños de estos

«mandamientos». Aquí se echa por tierra otra excusa por

medio de la cual muchos que no pueden engañar a Dios,

engañan sus almas miserablemente. «¿Este pecado», dice el

pecador, «¿no es pequeño? ¿No me lo perdonará el Señor?

Ciertamente que no será escrupuloso en esto, puesto que no

ofendo en otras partes más importantes de la ley». ¡Vana

esperanza! Hablando en el lenguaje humano, podemos llamar

grandes unos mandamientos y pequeños otros. Pero en realidad

eso no es así. Hablando rigurosamente, no hay pecados

31 Cf. 2 P. 1.21.

32 Stg. 2.10.

33 Cf. Jn. 3.37.

1 16 Sermón 25

pequeños. Todo pecado es una transgresión de la ley perfecta y

santa, y una afrenta a la gran Majestad del cielo.

3. «Y así enseñe a los hombres» En cierto sentido, puede

decirse que cualquiera que infringe abiertamente cualquier

mandamiento, enseña a otros a hacer lo mismo. Porque el

ejemplo muchas veces habla más elocuentemente que los

preceptos. Así es muy claro que los borrachos consuetudinarios

enseñan la borrachera; los que quebrantan el domingo

constantemente en- señan a sus prójimos a profanar el Día del

Señor. Pero esto no es todo; los que por hábito infringen la ley,

rara vez se contentan con esto. Por lo general enseñan a otras

personas de palabra y por ejemplo a hacer lo mismo;

especialmente cuando endurecen su cerviz y odian la

reprensión. Semejantes pecadores comienzan por ser abogados

del pecado; defienden aquello que han decidido no abandonar.

Disculpan el pecado que no quieren dejar y de esta manera

enseñan directamente todos los pecados que cometen.

«Muy pequeño será llamado en el reino de los cielos»-

es decir, no tendrá parte en él. Es un extraño al reino de los

cielos. Es un extraño al reino de los cielos que está en la tierra;

no tiene parte en la herencia, no participa de justicia, paz y gozo

en el Espíritu Santo.34 Por consiguiente, no podrá ser partícipe

de la gloria que será revelada.35

4. Pero si el que de esta manera infringe y enseña a

otros a quebrantar «uno de estos mandamientos muy pequeños

[...] muy pequeño será llamado en el reino de los cielos»- y

no tendrá parte en el reino de Cristo y de Dios; si aun éste

será echado a las tinieblas de afuera donde será el llanto y el

crujir de dientes,36 entonces ¿dónde estarán aquellos a quienes

nuestro Señor dirige primera y principalmente estas palabras?

34 Ro. 14.17.

35 Ro. 8.18.

36 Mt. 8.12.

El sermón de la montaña, V 117

¿Aquellos que teniendo el carácter de maestros enviados de

Dios, sin embargo, quebrantan sus mandamientos, más aún,

enseñan a otros abiertamente a hacer lo mismo, siendo corruptos

tanto en sus vidas como en sus doctrinas?

5. Hay varias clases de estos individuos. Los de la

primera clase son quienes viven en algún pecado deliberado y

habitual. Si un pecador cualquiera nos enseña con su ejemplo

¡cuánto más nos enseñará un ministro pecador, aunque no

pretenda defender, disculpar, ni atenuar su pecado! Si así lo

hace, es a la verdad un asesino, esto es, el asesino general de su

congregación. Está poblando las regiones de la muerte. Es el

instrumento escogido del príncipe de las tinieblas. Cuando se

muera, el infierno abajo saldrá a recibirle.37 No podrá

sumergirse en los profundos abismos38 sin arrastrar consigo una

multitud.

6. Junto a estos está la clase de personas bonachonas,

que llevan una vida fácil, no haciendo daño a nadie, quienes no

se hacen problemas con el pecado exterior ni con la santidad

interior; personas que no se hacen notables ni de un modo ni de

otro, ni en favor ni en contra de la religión; cuya vida es muy

regular tanto en público como en privado, pero que no

pretenden ser más estrictos que sus prójimos. Un ministro de

esta clase infringe no sólo uno o unos cuantos de los manda-

mientos muy pequeños de Dios, sino todas las partes mayores y

de más peso de la ley, que se refieren al poder de la piedad, y

todas las que requieren que nos conduzcamos en temor todo el

tiempo de nuestra peregrinación;39 que nos ocupemos de

nuestra salvación con temor y temblor,40 que tengamos

37 Cf. Is. 14.9.

38 Cf. Ap. 9.11; 20.1.

39 Cf. 1 P. 1.17.

40 Fil. 2.12.

1 18 Sermón 25

siempre lomos ceñidos, y nuestras lámparas encendidas;41 que

luchemos o agonicemos a entrar por la puerta angosta.42 «Y así

enseñe a los hombres»43 con todo el ejemplo de su vida; con el

tenor general de su predicación, la que por lo general tiende a

apaciguar en su sueño agradable a los que imaginan que son

cristianos y no lo son; a persuadir a todos los que están bajo su

ministerio a seguir durmiendo y descansando.44 Nada extraño

será, por consiguiente, que tanto él como los que le siguen

despiertan juntos en las llamas eternas.45

7. Pero sobre todo esto, en la vanguardia de los

enemigos del Evangelio de Cristo se encuentran los que abierta

y explícitamente murmuran de la ley y juzgan la ley misma46;

que enseñan a los hombres a infringir (lûsai), a disolver, a soltar,

a desatar la obligación de no sólo un mandamiento -ya sea el

más pequeño o el mayor- sino todos de un mismo golpe;

quienes enseñan, sin pretender ocultarlo, en estas palabras

«¿Qué cosa hizo nuestro Señor con la ley? Abolirla.» «Hay un

sólo deber, el de crecer.» «Todos los mandamientos son

contrarios al espíritu de nuestros tiempos.» «Nadie está

obligado a dar un sólo paso más allá de lo que la ley requiere, o

dar un ochavo, comer o dejar de comer un sólo bocado.»47

Esto, a la verdad, es llevar las cosas demasiado lejos.48 Es

oponerse al Señor cara a cara y decir que no supo dar el

mensaje con que se le envió. ¡Oh, Señor, no les imputes este

41 Cf. Lc. 12.25.

42 Lc. 13.24.

43 Mt. 5.19.

44 Un eco irónico de Mt. 26.45 y Mr. 14.41.0.

45 Cf. Is. 33.14.

46 Cf. Stg. 4.11.

47 Tenemos aquí una concatenación de frases favoritas de los antinomianos.

48 Cf. Nm. 33.3.

El sermón de la montaña, V 119

pecado!49 ¡Padre, perdónalos, porque no saben lo que

hacen!50

8. La más sorprendente de todas las circunstancias de

este tremendo engaño, es que quienes más engañados están

creen verdaderamente que honran a Cristo al derrumbar su ley,

y que enaltecen su ministerio al destruir su doctrina. En verdad,

le honran como cuando Judas le honró y le dijo: «¡Salve,

Maestro!» y le besó.51 En justicia puede decir a cada uno de

ellos: «¿Con un beso entregas al Hijo del Hombre?»52 No es

más que traicionarle con un beso el hablar de su sangre y

quitarle su corona; hacer a un lado cualquiera parte de su ley con

el pretexto de hacer progresar su Evangelio. Y en efecto,

ninguno que predique la fe de tal manera, podrá escapar de esta

acusación, ya sea que directa o indirectamente tienda a hacer a

un lado cualquiera parte de la obediencia, o que predique a

Cristo de tal modo que anule o debilite en cualquier grado el

menor de los mandamientos de Dios.

9. En verdad, es imposible tener una opinión dema-

siado exaltada acerca de la fe de los escogidos de Dios,53 y

debemos todos declarar: «Por gracia sois salvos por medio de

la fe... no por obras para que ninguno se gloríe».54 Debemos

proclamar con fuerza a todo pecador arrepentido, «Cree en el

Señor Jesucristo y serás salvo».55 Pero, al mismo tiempo, es de

nuestro deber procurar que todas las personas sepan que no

apreciamos otra fe, sino aquella que obra por el amor,56 y que

49 Cf. Hch. 7.60.

50 Lc. 23.34.

51 Mt. 26.49.

52 Lc. 22.48.

53 53Tit. 1.1.

54 Ef. 2.8-9.

55 Hch. 16.31.

56 Gá. 5.6.

1 20 Sermón 25

no somos salvos por la fe sino en cuanto nos libra tanto del poder

como de la culpa del pecado. Y cuando decimos: «Cree y serás

salvo», no queremos dar a entender: «Cree y pasarás del pecado

al cielo, sin la santidad que existe entre ambos estados,

supliendo la fe el lugar de la santidad». Mas bien: cree y serás

santo; cree en el Señor Jesús y tendrás juntamente paz y poder.

Tendrás poder que vendrá de aquel en quien has creído, de

hollar el pecado debajo de tus plantas; poder de amar al Señor

tu Dios de todo tu corazón,57 y de servirle con todas tus fuerzas.

Tendrás poder perseverando en bien hacer, de buscar gloria y

honra e inmortalidad.58 Pero tú no sólo cumplirás sino

enseñarás59 todos los mandamientos de Dios, desde el más

pequeño hasta el mayor. Los enseñarás con tu vida lo mismo

que con tus palabras, y luego serás llamado «grande en el reino

de los cielos».60

IV.1. Cualquiera otra vía que enseñemos al reino de los

cielos, a la gloria, la honra y la inmortalidad,61 bien que la

llamemos «el camino de la fe», o con cualquier otro nombre,

es, en realidad de verdad, el camino de la destrucción.62 No

traerá al final paz al ser humano. Porque así dice el Señor: «Os

digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los

escribas y de los fariseos, no entraréis en el reino de los

cielos».63

Los escribas, con tanta frecuencia mencionados en el

Nuevo Testamento como los oponentes más porfiados y

vehementes de nuestro Señor, no eran secretarios o personas

57 Cf. Mc. 12.30; Lc. 10.27.

58 Ro. 2.7.

59 Mt. 5.19.

60 Ibid.

61 Ro. 2.7.

62Cf. Mt. 7.13.

63Mt. 5.20.

El sermón de la montaña, V 121

que se ocupaban de escribientes, como el término parece

indicar. Tampoco eran letrados, en la acepción común de ese

término (aunque el término nomikoí se traduce en nuestra

versión como los doctores de la ley). Su ocupación no se

asemejaba en lo absoluto a la de los letrados de nuestros días.

Estaban familiarizados con las leyes de Dios y no con las leyes

humanas. Aquellas eran objeto de su estudio; su ocupación

propia y especial era leer e interpretar la ley y los profetas,

particularmente en las sinagogas. Eran los predicadores

regulares y fijos entre los judíos, de manera que si tratásemos de

rendir el sentido de la palabra en el original diríamos los

teólogos, porque su profesión era el estudio de la teología, y eran

generalmente -como su nombre lo indica- letrados, los

hombres de más saber que entonces había en la nación judaica.

2. Los fariseos formaban una muy antigua secta o grupo

de personas entre los judíos, así llamado originalmente de la

palabra hebrea perush que significa «separar» o «dividir».64 Lo

que no quiere decir que se hayan separado o dividido de la

iglesia nacional, sino que se distinguían de los demás por su

mayor severidad de vida, por su gran exactitud en la

conversación. Porque eran muy celosos de la ley en sus mínimos

puntos, pagaban diezmos en menta, anís y comino.65 Y por

consiguiente, eran honrados por el pueblo y generalmente

estimados como los más santos entre todos.

Muchos de los escribas pertenecían a la secta de los

fariseos. El mismo Pablo, quien se educó para escriba, primero

en la Universidad de Tarso, y después en la de Jerusalén a los

pies de Gamaliel -uno de los escribas o doctores de la ley más

sabios que había entonces en la nación- se declara ante el

64 De hecho, el sentido literal de la palabra hebrea es «esparcir».

65 Cf. Mt. 23.23.

1 22 Sermón 25

concilio, diciendo: «Yo soy fariseo, hijo de fariseo»;66 y ante el

rey Agripa, «conforme a la más rigurosa secta de nuestra

religión, viví fariseo».67 Todo el cuerpo de los escribas

generalmente opinaba y obraba de acuerdo con los fariseos. De

aquí que nuestro Salvador con tanta frecuencia hable de ellos al

mismo tiempo, como si en muchos respectos se les considerase

bajo el mismo punto de vista. En este pasaje parece que se les

menciona juntamente como los profesores más eminentes de la

religión: los primeros considerados como los más sabios y los

últimos como los más santos.

3. No es difícil determinar lo que en realidad era «la

justicia de los escribas y fariseos». Nuestro Señor ha preservado

la descripción auténtica que uno de ellos diera de sí mismo.

Habla con claridad y muy por completo de su propia justicia y

no es de suponerse que haya omitido ninguna parte.

Efectivamente, subió al templo a orar, pero tan absorto estaba

en sus propias virtudes, que se olvidó del propósito con que

había ido.68 Porque es de notarse que, propiamente hablando, no

ora en lo absoluto. Sólo le dice a Dios cuán bueno y sabio es.

«Dios, te doy gracias porque no soy como los otros hombres,

ladrones, injustos, adúlteros, ni aun como este publicano;

ayuno dos veces a la semana, doy diezmos de todo lo que

gano.»69 Por consiguiente, consistía su justicia de tres partes:

Primera, «no soy como los otros hombres»; no soy ladrón,

injusto, ni adúltero; «ni aun como este publicano». Segunda,

«ayuno dos veces a la semana». Tercera, «doy diezmos de todo

lo que gano».

«No soy como los otros hombres.» Este no es un punto

insignificante. No todo ser humano puede decir esto. Es como

66 Hch. 23.6.

67 Hch. 26.5.

68 Lc. 18.10.

69 Lc. 18.11-12.

El sermón de la montaña, V 123

si hubiera dicho; no me dejo llevar por la corriente, la costum-

bre. Vivo no según las costumbres, sino según la razón; no

según el ejemplo de los demás, sino conforme a la Palabra de

Dios. «No soy ladrón, injusto, ni adúltero»; por comunes que

sean estos pecados, aun entre aquellos que se llaman pueblo de

Dios (la extorsión, especialmente, cierta clase de injusticia legal

que las leyes humanas no castigan, el aprovecharse de la

ignorancia o necesidad de los demás, extorsión que se ha

extendido por todo el país); «ni aun como este publicano»; no

soy culpable de ningún pecado conocido o presunto, ni un

pecador reconocido, sino un hombre justo, honrado, de vida y

costumbres sin mancha.

4. «Ayuno dos veces a la semana». Esto significa más

de lo que a primera vista entendemos. Todos los fariseos más

estrictos observaban los ayunos semanales, a saber, los lunes y

jueves. El primer día ayunaban en memoria de Moisés que,

según enseñaba la tradición, recibió en ese día las dos tablas de

piedra escritas por el dedo de Dios.70 El segundo en conmemo-

ración de que las arrojó de sus manos, cuando vio al pueblo

bailando alrededor del becerro de oro.71 En esos días no

probaban ningún alimento, sino hasta las tres de la tarde, hora

en que se empezaba a ofrecer el sacrificio vespertino en el

templo, donde tenían la costumbre de permanecer hasta esa

hora -en algún rincón, habitación o patio- a fin de poder asistir

a todos los sacrificios y tomar parte en todas las oraciones

públicas. Acostumbraban emplear los intervalos de tiempo en

oraciones directas a Dios, parte en escudriñar las Escrituras, en

leer la ley y los profetas, y meditar sobre dicha lectura. Tiene,

pues, mucho significado la frase: «Ayuno dos veces a la

semana», segunda parte de la justicia del fariseo.

70 Cf. Ex. 31.18; Dt. 9.10.

71 Ex. 32.19; Dt. 9.17.

1 24 Sermón 25

5. «Doy diezmos de todo lo que gano.» Los fariseos

cumplían esto con la mayor exactitud. No exceptuaban la cosa

más insignificante, ni la menta, el anís o el comino.72 No

retenían absolutamente nada de lo que creían pertenecía a Dios,

sino que daban cada año los diezmos completos de todos sus

bienes y de todas sus ganancias, cualesquiera que fueran.

A pesar de esto, los fariseos más estrictos -como han

hecho observar a menudo los que están familiarizados con los

escritos antiguos de los judíos- no satisfechos con dar a Dios y

a sus sacerdotes y levitas el décimo de lo que poseían, daban

otro diezmo a Dios para los pobres, y esto continuamente.

Daban en limosnas la misma proporción de lo que poseían,73 tal

como daban en diezmos, y lo hacían con la mayor exactitud y

arreglo a fin de no retener ninguna parte, sino dar a Dios por

completo las cosas que, según creían, pertenecían a Dios. De

manera que en resumen, daban todos los años la quinta parte

completa de lo que poseían.

6. Esta era «la justicia de los escribas y de los

fariseos»: una justicia que, bajo muchos conceptos, iba mucho

más allá de lo que muchos han acostumbrado imaginarse. Pero

tal vez alguno dirá que fue falsa y fingida, porque no eran sino

una cofradía de hipócritas. Algunos de ellos indudablemente lo

eran. Hombres que en realidad no tenían religión, ni temían a

Dios, ni deseaban agradarle; que estimaban en poco la honra

que viene de Dios74 y sólo buscaban la alabanza de los demás .

Estos son los que el Señor condena tan severamente y reprocha

con tanto rigor en muchas ocasiones. Mas no debemos suponer

que si muchos de los fariseos eran hipócritas, todos lo fueran.

Ni es la hipocresía, en verdad, esencial al carácter del fariseo.

No es ese el distintivo característico de su secta. Sino más bien

72 Cf. Mt. 23.23.

73 Cf. Mt. 22.21; Mr. 12.17.

74 Cf. Jn. 5.44.

El sermón de la montaña, V 125

éste, según el relato de nuestro Señor, que confiaban de sí

como justos, y menospreciaban a los otros.75 Este es su

verdadero distintivo. Pero el fariseo de esta clase no puede ser

un hipócrita. Debe ser sincero, en el sentido ordinario de la

palabra, pues de otra manera no podría «confiar de sí como

justo». El hombre que en este pasaje se recomendaba a Dios,

indudablemente se creía justo. Por consiguiente, no era un

hipócrita; no tenía conciencia de falta de sinceridad. Habló ante

Dios lo que pensaba; es decir, que era mucho mejor que los

demás.

El ejemplo de Pablo, si no hubiera otro, es suficiente

para destruir toda duda. Podía decir, no sólo cuando ya era

cristiano, Por esto procuro tener siempre una conciencia sin

remordimiento ante Dios y ante los hombres,76 sino también

desde los tiempos en que fuera fariseo: «Varones hermanos, yo

con toda buena conciencia, he vivido delante de Dios hasta el

día de hoy».77 Era, por consiguiente, tan sincero como fariseo

como cuando se hizo cristiano. No era hipócrita cuando

perseguía a la iglesia, como no lo fue cuando predicó la fe a los

que una vez había perseguido. Añádase, pues, esto a la

«justicia de los escribas y de los fariseos», la creencia sincera

de que eran justos y de que en todas las cosas rendían servicio a

Dios.78

7. Y sin embargo, nuestro Señor dice: «Si vuestra

justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no

entraréis en el reino de los cielos». ¡Declaración solemne y de

peso! Y que deben considerar seria y profundamente todos

los que llevan el nombre de Cristo. Antes de saber si nuestra

75 Lc. 18.9.

76 Hch. 24.16.

77 Hch. 23.1.

78 Cf. Jn. 16.2.

1 26 Sermón 25

justicia excede la de ellos, veamos si al presente llegamos a su

altura.

Primero, un fariseo no era «como los otros hombres».79

En las cosas exteriores era especialmente bueno. ¿Lo somos

nosotros? ¿Nos atrevemos a ser distintos, peculiares? ¿Acaso no

preferimos ir con la corriente? ¿Muchas veces no dejamos de

lado la religión y la razón juntamente, porque no queremos

«aparecer singulares»? ¿No tememos más estar fuera de moda,

que del camino de salvación? ¿Tenemos valor para resistir la

corriente? ¿Para ir en contra del mundo; para obedecer a Dios

antes que a los hombres?80 De otra manera, el fariseo nos deja

muy atrás desde los primeros pasos. Sería bueno que nos

esforzáramos por alcanzarlo.

Pero examinemos más de cerca. ¿Podemos usar su

primer argumento para con Dios, que en substancia es: «No

hago ningún mal; no vivo en franco pecado; no hago nada que

mi corazón condene»? ¿No haces nada? ¿Estás seguro de eso?

¿No tienes ciertos hábitos que tu corazón condena? Si es que no

eres adúltero, si no eres falto de castidad ya de palabra o de

hecho, ¿no eres injusto? La gran norma de la justicia, lo mismo

que de la misericordia, es: «Hagamos a los demás, así como

queremos que hagan con nosotros»81 ¿Vives según esta regla?

¿No haces nunca a ninguna persona lo que no quisieras que te

hiciesen? Más aún, ¿no eres injusto? ¿No eres extorsionador?

¿No te aprovechas de la necesidad o ignorancia de alguna per-

sona cuando compras o vendes? Supongamos que eres comer-

ciante: ¿no pides ni recibes más del valor verdadero de lo que

vendes? ¿No pides ni recibes más de los ignorantes que de los

que saben, de un niño, que de un comerciante de experien-

cia? Y si así lo haces, ¿por qué no te condena tu corazón? ¡Eres

79 Lc. 18.11.

80 Cf. Hch. 5.29.

81 Cf. Mt. 7.12; Lc. 6.31.

El sermón de la montaña, V 127

un extorsionador descarado! ¿No exiges de aquellas personas

que necesitan con urgencia y sin demora algunos efectos que

sólo tú puedes vender, un precio más subido que el usual? Si así

lo haces, debes saber que esto no es otra cosa sino una

completa extorsión. A la verdad, no te acercas a la justicia de

los fariseos.

8. En segundo lugar, un fariseo -según nuestro

lenguaje común- usaba los medios de gracia. Así como

ayunaba seguido y mucho, dos veces a la semana,82 también

asistía a todos los sacrificios. Era constante en la oración

pública y privada; en leer y escuchar la lectura de la Sagrada

Escritura. ¿Haces todo esto? ¿Ayunas mucho y seguido? ¿Dos

veces por semana? Mucho me temo que no sea así, ¿Siquiera

una vez a la semana, «todos los viernes del año»? (Así lo

manda clara y terminantemente nuestra iglesia a todos sus

miembros; que observen todos esos días, lo mismo que las

vigilias y los días de cuaresma, como días de ayuno y

abstinencia.) ¿Ayunas dos veces al año? Mucho temo que

algunos de entre ustedes no pueden alegar ni siquiera esto. ¿No

dejas pasar ninguna oportunidad de asistir al sacrificio cristiano

y participar de él? ¡Cuántos hay que se llaman cristianos y se

olvidan de esto por completo; que dejan pasar meses y años sin

comer de ese pan ni beber de esa copa! ¿Lees o escuchas la

lectura de la Sagrada Escritura todos los días, y meditas en

ella? ¿Te unes en oración con la gran congregación diariamen-

te,83 si tienes la oportunidad? ¿Y si no, siempre que puedes,

especialmente en ese día del cual te acuerdas para santifi-

carlo?84 ¿Haces esfuerzos por crear las oportunidades? ¿Te

82 Lc. 18.12; cf. Mt. 9.14.

83 Cf. Sal. 35.18; también Sal. 22.25.

84 Ex. 20.8.

1 28 Sermón 25

alegras cuando te dicen: «a la casa de Jehová iremos»?85 ¿Eres

celoso y diligente en la oración privada? ¿No permites que pase

un sólo día sin hacer oración? ¿No están más bien, algunos de

ustedes, tan lejos de pasar varias horas al día en oración, como

el fariseo, que se figura que una hora es suficiente, si no

demasiado? ¿Pasas una hora al día, o a la semana, orando a tu

Padre que está en secreto?86 ¿Tal vez una hora al mes? ¿Has

pasado orando en lo privado una sola hora desde que naciste?

¡Pobre cristiano! ¿No se levantará el fariseo en juicio contra ti,

y te condenará?87 ¡Su justicia está más allá de la tuya, como los

cielos están de la tierra!

9. El fariseo, en tercer lugar, pagaba diezmos y daba

limosnas de todo lo que poseía, y ¡cuán abundantemente! De

manera que era, como decimos en nuestros días, «un hombre

que hacía mucho bien». ¿Somos tan buenos como él en esto?

¿Quién de nosotros hace tantas obras buenas como él hacía?

¿Quién de nosotros le da a Dios la quinta parte de todos sus

bienes? ¿De lo que posee y de lo que gana? ¿Quién de nosotros

da -supongamos- de cien libras esterlinas anuales, veinte para

Dios y los pobres; de cincuenta diez; y así en mayor o menor

proporción? ¿Cuándo será nuestra justicia igual a la de los

escribas y fariseos en usar todos los medios de gracia; en

cumplir todas las ordenanzas de Dios; en evitar el mal y hacer

el bien?

10. Y aun si fuera igual a la suya, ¿de qué nos valdría?

«Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la

de los escribas y los fariseos, no entraréis en el reino de los

cielos». Pero ¿cómo podrá ser mayor que la de ellos? ¿En qué

supera la justicia del cristiano a la de un escriba o la de un

fariseo?

85 Cf. Sal. 122.1.

86 Cf. Mt. 6.6, 18.

87 Cf. Mt. 12.41, 42; Lc. 11.31, 32.

El sermón de la montaña, V 129

La justicia cristiana supera a la de los escribas y fariseos,

primeramente, en su grado. La mayor parte de los fariseos, si

bien rigurosamente exactos en muchas cosas, se atrevían,

animados por las tradiciones de los ancianos, a ignorar otras

igualmente importantes. Así, por ejemplo, eran muy celosos en

guardar el cuarto mandamiento, al extremo de que no

desgranaban una espiga el día de reposo,88 pero apenas se

acordaban del tercero, disimulando los juramentos innecesarios

y aun los falsos. De manera que su justicia era parcial, mientras

que la justicia de un verdadero cristiano es completa. No guarda

sólo una parte de la ley de Dios y se olvida de lo demás, sino

que guarda todos sus mandamientos, los ama y los valora más

que el oro y las piedras preciosas.89

11. Puede muy bien haber sucedido que algunos de los

escribas y fariseos hayan procurado guardar todos los

mandamientos y, por tanto, fueran sin mácula con respecto a la

justicia de la ley, es decir, de la letra de esa justicia.90 Mas la

justicia del cristiano supera a la justicia de los escribas y los

fariseos, puesto que cumple con el espíritu lo mismo que con la

letra de la ley; tanto con la obediencia interior como con la

exterior. En este punto, pues, en su espiritualidad, no cabe

comparación. Esto es lo que el Señor ha probado tan

evidentemente en todo el tenor de su discurso. Su justicia era

solamente externa; la justicia cristiana es interna al ser humano.

Los fariseos limpiaban lo que estaba afuera del vaso y del

plato;91 los cristianos están limpios interiormente. El fariseo

procuraba presentar a Dios una vida buena; el cristiano un

corazón santo. Aquellos sacudían las hojas, tal vez el fruto del

88 Cf. Lc. 6.1-2.

89 Cf. Ap. 17.4; 18.16.

90 Cf. Fil. 3.6.

91 Cf. Mt. 23.25; Lc. 11.39.

1 30 Sermón 25

pecado; estos ponen el hacha a la raíz,92 al no contentarse con la

forma exterior de la piedad,93 por muy preciosa que ésta fuera,

a menos que la vida, el Espíritu, el

poder de Dios para salvación,94 se dejen sentir en lo más íntimo

del alma.

Así que no hacer el mal, sino practicar el bien, obedecer

a todas las ordenanzas de Dios (la justicia del fariseo),95 son

cosas todas externas; mientras que, por el contrario, la pobreza

en espíritu, el llorar, la mansedumbre, el hambre y sed de

justicia, el amor del prójimo y la pureza de corazón96 (la justicia

del cristiano), son todas cosas interiores. Aun el hacer la paz (o

hacer el bien), y sufrir por causa de la justicia,97 sólo tienen

derecho a las bendiciones que se les siguen cuando son las

expresiones de esas disposiciones interiores, las que son su

origen y las que deben ejercitar y confirmar. De modo que, a la

par que la justicia de los escribas y fariseos era sólo externa, se

puede decir, en cierto sentido, que la justicia del cristiano es sólo

interior -siendo todas sus acciones y sentimientos como nada

por sí mismas, y siendo estimadas ante Dios sólo conforme a los

motivos que las impulsan.

12. Quienquiera, pues, que seas, tú que llevas el

venerable y santo nombre de cristiano, mira, en primer lugar,

que tu justicia no sea menor que la justicia de los escribas y los

fariseos. No seas como los otros hombres.98 Ten valor para

permanecer solo; para ser ¡Particularmente bueno, contra todo

92 Cf. Lc. 3.9.

93 Cf. 2 Ti. 3.5.

94 Ro. 1.16.

95 Toda éstas son cosas, sin embargo, que las Reglas Generales del Metodismo

requerían.

96 Cf. Mt. 5.3-8.

97 Cf. Mt. 5.9-10.

98 Lc. 18.11.

El sermón de la montaña, V 131

ejemplo!99 Si sigues a los muchos, será para hacer el mal.100

No te dejes guiar por la costumbre o la moda, sino sigue la

religión y la razón. No tengas nada que ver con la práctica de

los demás. Cada uno de nosotros dará a Dios cuenta de sí.101 A

la verdad, si puedes salvar el alma del otro, hazlo; pero si no,

salva al menos una, la tuya. No andes en el camino de la muerte,

porque es ancho y muchos andarán en él;102 Más aún, por esta

misma muestra puedes conocerlo. El camino por donde andas

ahora ¿es ancho, muy frecuentado y de moda? Entonces

infaliblemente lleva a la destrucción. ¡No te vayas a condenar

por causa de malas compañías! ¡Deja de hacer el mal;103 huye

del pecado como de una serpiente!104 Al menos, no hagas daño.

El que practica el pecado es del diablo.105 Que no se te

encuentre en ese número. Respecto de pecados externos,

ciertamente que aun ahora mismo te basta la gracia de Dios. En

esto, al menos, procura tener siempre una conciencia sin ofensa

ante Dios y ante los hombres.106

En segundo lugar, no permitas que tu justicia sea

menor que su justicia, respecto de las ordenanzas de Dios. Si

por causa de tu trabajo o debilidad del cuerpo, no puedes

ayunar dos veces a la semana, no obstante, sé fiel a los

intereses de tu alma y ayuna cuantas veces te lo permitan tus

fuerzas. No te asustes de la oración pública, ni pierdas la

oportunidad de abrir tu corazón en oración. No desprecies

99 Frase que une dos líneas de los versos de Samuel Wesley.

100 Ex. 23.2.

101 Ro. 14.12.

102 Cf. Mt. 7.13.

103 Cf. Is. 1.16.

104 Cf. Ap. 12.14.

105 1 Jn. 3.8.

106 Hch. 24.16.

1 32 Sermón 25

nunca la oportunidad de comer de ese pan y de beber de ese

vino que es la comunión del cuerpo y sangre de Cristo.107 Sé

diligente en escudriñar las Escrituras; lee lo que puedas y

medita sobre ello de día y de noche. Regocíjate al aprovechar

todas las oportunidades de escuchar la palabra de reconci-

liación,108 declarada por los servidores de Cristo, y administra-

dores de los misterios de Dios.109 Regocíjate en el uso de todos

los medios de gracia, en cumplir constante y atentamente con

todas las ordenanzas de Dios. Vive al menos, con arreglo a «la

justicia de los escribas y los fariseos», hasta que puedas

sobrepasarla.

En tercer lugar, no hagas menos bien que los fariseos.

Da limosnas de todo lo que posees. ¿Alguien tiene hambre?

Aliméntale. ¿Tiene sed? Dale de beber. ¿Está desnudo?

Cúbrelo.110 Si tienes bienes terrenos, no limites tu beneficencia

a una pequeña proporción. Sé misericordioso hasta más no

poder. ¿Y por qué no, aun como este fariseo? Hazte amigos,

mientras que tienes tiempo, de las riquezas de injusticia, para

que cuando faltares, cuando éste tu tabernáculo terrenal se

disuelva, te reciban en las moradas eternas.111

13. Pero no te detengas ahí. Que tu «justicia sea

mayor que la de los escribas y de los fariseos». No te

contentes con guardar toda la ley y ofender en un punto.112

Afiánzate de todos sus mandamientos y aborrece todo camino

de mentira.113 Haz todo lo que él manda y de todas tus fuerzas.

107 Cf. 1 Co. 11.18; 10.16.

108 2 Co. 5.19.

109 Cf. 1 Co. 4.1.

110 Cf. Mt. 25.35-38.

111 Lc. 16.9.

112 Stg. 2.10.

113 Cf. Sal. 119.128.

El sermón de la montaña, V 133

Por medio de Cristo que te fortalece,114 podrás hacer todas las

cosas, si bien sin él nada puedes hacer.115

Sobre todo, haz que tu justicia sea mayor que la de ellos

en su pureza y espiritualidad. ¿Cuál es, para ti, la más exacta

forma de religión? ¿La justicia exterior más perfecta? ¡Elévate

y profundiza más que todo eso! Sea tu religión la del corazón.

Sé pobre en espíritu, pequeño, bajo, despreciable y vil en tus

propios ojos; sorprendido y humillado hasta el polvo al

contemplar el amor de Dios que está en Jesucristo, tu Señor.116

Sé serio; que todo el tenor de tus pensamientos, palabras y obras

fluya de la más profunda convicción de que te encuentras al

borde del gran abismo, tú y todos los humanos, listos a caer, ya

en la gloria perdurable, ya en el fuego eterno.117 Sé manso: que

tu alma se llene de dulzura, afabilidad, paciencia, tolerancia,

para con todos los seres humanos; al mismo tiempo que todo lo

que en ti exista, esté sediento de Dios, el Dios viviente,118

anhelando despertar según su semejanza y quedar satisfecho

con ello. Ama a Dios y a todo el género humano. En ese espíritu

haz y sufre todas las cosas. Así, tu justicia será «mayor que la

de los escribas y fariseos», y serás «llamado grande en el reino

de los cielos».

114 Cf. Fil. 4.13.

115 Cf. Jn. 15.5.

116 Cf. Ro. 8.39.

117 Cf. Is. 33.14.

118 Cf. Sal. 42.2.