Sermón 24 - Sobre el sermón de nuestro Señor
en la montaña
Cuarto discurso
Mateo 5:13-16
Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal se
desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para
nada, sino para ser echada fuera y hollada por los
hombres.
Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada
sobre un monte no se puede esconder.
Ni se enciende una luz y se pone debajo de un
almud, sino sobre el candelero, y alumbra a todos los que
están en casa.
Así alumbre vuestra luz delante de los hombres, para
que vean vuestras buenas obras, y glorifiquen a vuestro Padre
que está en los cielos.
1. La belleza de la santidad, la de aquella persona
espiritual cuyo corazón es renovado según la imagen de
Dios,1 no puede menos que sorprender a todo ojo que Dios
ha abierto, a toda inteligencia ilustrada. El adorno de un
espíritu manso, humilde y amante por lo menos estimulará la
aprobación de todos aquellos que son capaces en algún grado,
de discernir entre el bien y el mal espiritual. Desde el
momento en que los seres humanos comienzan a salir de las
tinieblas que cubren el mundo voluble e irreflexivo, no
pueden menos que percibir lo deseable que es el ser
1 Cf. 2 Co. 4.16.
81
8 2 Sermón 24
transformados así a la semejanza de aquel que nos ha
creado. Esta religión espiritual lleva la semejanza de Dios
tan claramente impresa sobre sí, que el alma que puede
dudar de su origen divino debe estar completamente inmersa
en carne y sangre. Podemos decir de esto, en un sentido
secundario, aun del mismo Hijo de Dios, que es el
resplandor de su gloria, la imagen misma de su sustancia:
apaúgasma tês dóxes [...] autoû, el brillo de su eterna
gloria; y sin embargo tan moderada y suave que aun la
criatura humana puede ver a Dios en ella y vivir: jaractér
tês upostáseoos autoû, el carácter, la impresión viva de su
persona que es la fuente de belleza y amor, la fuente
original de toda excelencia y perfección.2
2. Si la religión, por consiguiente, no fuese más allá de
esto, los seres humanos no tendrían objeción en seguirla
con todo el fervor de sus almas. Pero ¿por qué, se
preguntan, tiene tantos estorbos? ¿Qué necesidad hay de
llenarla de obras y sufrimiento? Estas son las cosas que
enfrían el vigor del alma y la postran en tierra otra vez. ¿No
es suficiente seguir el amor?3 ¿Elevarse en las alas del
amor? ¿No basta adorar a Dios, que es Espíritu,4 con el
espíritu de nuestra mente, sin abrumarnos con cosas externas, o
siquiera pensar en ellas en absoluto? ¿Acaso no es mejor que
toda nuestra inteligencia se absorba en elevada y celestial
contemplación? ¿Que en vez de ocuparnos en cosas externas
sólo tengamos comunión con Dios en nuestros corazones?
3. Muchas personas eminentes se han expresado de esta
manera: nos han aconsejado «cesar de hacer toda obra
exterior»; que nos apartemos por completo del mundo; que
2 He. 1.3.
3 1 Co. 14.1.
4 Jn. 4.24.
El sermón de la montaña IV 83
abandonemos el cuerpo; que nos abstraigamos de todas las
cosas sensibles -que no tengamos la menor preocupación
por la religión exterior, sino que «obremos toda virtud en la
voluntad» como el camino más excelente, la mejor manera de
perfeccionar el alma, y a la vez la más aceptable para con
Dios.
4. No hubo necesidad de que alguien le contara a
nuestro Señor de esta obra maestra de la sabiduría de los lugares
inferiores, la más ocurrente de las maquinaciones con que
Satanás ha pervertido los rectos caminos del Señor. Y ¡qué
instrumentos ha encontrado de cuando en cuando, para
usarlos en su servicio! ¡Para manejar esta gran máquina
del infierno en contra de algunas de las más importantes
verdades de Dios! Seres humanos, listos a engañar, si fuera
posible, a los escogidos,5 a las personas de fe y amor; más aún,
que por algún tiempo han engañado y descarriado a un gran
número de ellas, quienes en todas las épocas han caído en la
trampa dorada y apenas han escapado con sólo la piel de sus
dientes.6
Pero ¿no ha cumplido Dios por su parte? ¿No nos ha
prevenido lo suficiente sobre este agradable engaño? ¿No nos
ha protegido con una armadura a toda prueba contra
Satanás, disfrazado como ángel de luz?7 Por cierto que sí.
El defiende aquí, de la manera más firme y clara, la religión
activa y pacífica que acaba de describir. ¿Qué cosa puede ser
más evidente y completa que las palabras que inmediata-
mente agrega a lo que ha dicho respecto de las obras y el
sufrimiento? «Vosotros sois la sal de la tierra; pero si la sal
se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más para
5 Cf. Mt. 24.24.
6 Cf. Job 19.20.
7 2 Co. 11.14.
8 4 Sermón 24
nada, sino para ser echada fuera y hollada por los
hombres. Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad
asentada sobre un monte no se puede esconder. Ni se enciende
una luz y se pone debajo de un almud, sino sobre el candelero,
y alumbra a todos los que están en casa. Así alumbre vuestra
luz delante de los hombres, para que vean vuestras buenas
obras y glorifiquen a vuestro Padre que está en los cielos.»8
A fin de explicar y reforzar estas importantes palabras
me esforzaré en demostrar, primero, que el cristianismo es
esencialmente una religión social, y que tratar de hacerlo
solitario es destruirlo; segundo, que ocultar esta religión es
imposible, así como completamente contrario a los designios de
su Autor. Tercero, responderé a algunas objeciones y concluiré
con una aplicación práctica.
I.1. Primero, trataré de demostrar que el cristianismo es
esencialmente una religión social, y que tratar de hacerlo una
religión solitaria es en verdad destruirlo. Por cristianismo quiero
decir ese método de adorar a Dios que Jesucristo reveló a la
humanidad. Cuando digo que esta es esencialmente una religión
social, quiero decir que no sólo no puede subsistir sino que de
ninguna manera puede existir sin la sociedad, sin vivir y
mezclarse con los seres humanos. Y al tratar de demostrar esto
me limitaré a las consideraciones que se desprenden del mismo
discurso que estamos examinando. Y si esto quedare demos-
trado, entonces hacer de esta una religión solitaria es sin duda
destruirla.
De ninguna manera podemos condenar los intervalos
de soledad o retiro de la sociedad. Esto no sólo es
permitido, sino conveniente; más aún, es necesario, como
muestra la experiencia diaria para todo aquel que ya es un
verdadero cristiano o que desea serlo. No podemos pasar un
8 Mt. 5.13-16.
El sermón de la montaña IV 85
día entero en trato constante con otras personas sin sufrir
alguna pérdida en nuestra alma y, en alguna medida, sin
contristar al Santo Espíritu de Dios. Necesitamos retirarnos
diariamente del mundo, al menos por la mañana y por la tarde,
para conversar con Dios, comunicarnos más libremente con
nuestro Padre que está en secreto.9 Ninguna persona de
experiencia puede condenar aun más largos períodos de retiro
religioso, siempre que no ocasionen negligencia de las tareas
terrenales donde la providencia de Dios nos ha colocado.
2. No obstante, tal retiro no debe absorber todo
nuestro tiempo; pues ello sería destruir y no fomentar la
religión verdadera. Porque la religión descrita por nuestro
Señor en las palabras antecedentes no puede subsistir sin la
sociedad, sin que vivamos y conversemos con otros seres
humanos, de lo que se deduce que varios de sus conse-
cuencias más esenciales no tendrían cabida si no tenemos
relación con el mundo.
3. Por ejemplo, en el cristianismo no hay disposición
más esencial que la mansedumbre. Ahora bien, como esto
implica conformidad para con Dios, o paciencia en el dolor y
la enfermedad, aquella puede subsistir en el desierto, en la
celda de un ermitaño, en total soledad; sin embargo, como
también incluye la afabilidad, la cortesía y los padecimien-
tos, no puede tener entidad, ni tener lugar bajo el cielo sin
trato con los demás seres humanos. Así que intentar
transformarla en una virtud solitaria es destruirla sobre la faz de
la tierra.
4. Otra parte necesaria del verdadero cristianismo es
la pacificación o hacer el bien. Que esto es igualmente
esencial a las otras partes de la religión de Jesucristo no
9 Mt. 6.6, 18.
8 6 Sermón 24
puede argumentarse con más fuerza -y sería absurdo buscar
cualquiera otro- que el hecho de estar incluido en el plan
original que él ha establecido como los fundamentos de su
religión. Por tanto, dejar esto de lado es el mismo atrevido
insulto contra la autoridad de nuestro gran Maestro que
dejar de lado la misericordia, la pureza de corazón, o cualquier
otra parte de su institución.
5. Sin embargo, uno puede preguntarse ¿No será
oportuno conversar sólo con personas buenas? ¿Sólo con
aquellos que conocemos como mansos y misericordiosos,
puros de corazón y de vida santa? ¿No es mejor abstenerse
de toda conversación o trato con personas de carácter
opuesto? ¿Con personas que no obedecen, que tal vez no
crean, al Evangelio de nuestro Señor Jesucristo? El consejo
de san Pablo a los cristianos de Corinto parece favorecer
esto: «Os he escrito por carta, que no os juntéis con los
fornicarios».10 Y por cierto que no es aconsejable su
compañía, o con cualquiera de los obradores de iniquidad, así
como tener alguna familiaridad, o una estrecha amistad con
ellos. Contraer o continuar una intimidad así con los tales de
ninguna manera es conveniente para un cristiano, porque se
expone a muchos peligros y acechanzas, de los cuales no tendrá
esperanza de escapar fácilmente.
Empero, el Apóstol no nos prohíbe tener tratos ni aun
con las personas que no conocen a Dios. «Pues, en tal
caso» -dice él- «os sería necesario salir del mundo»,11 lo cual
no podría aconsejarles nunca. Pero, añade, «Si alguno
llamándose hermano», que profesa ser cristiano, «fuere
fornicario, o avaro, o idólatra, o maldiciente, o borracho,
o ladrón», «mas bien os escribí que no os juntéis con
10 1 Co. 5.9.
11 Cf. 1 Co. 5.10.
El sermón de la montaña IV 87
ninguno que» sea así, «con el tal ni aun comáis».12 De esto
necesariamente se deriva que debemos romper toda
familiaridad, toda intimidad de relaciones con gente así.
«Mas no lo tengáis por enemigo» -dice el Apóstol en otra
parte- «sino amonestadle como a un hermano»:13 mostran-
do claramente que aun en tales casos no debemos renunciar
a la comunión con él. De manera que aquí no existe un
consejo para separarnos por completo de las malas
personas. En verdad, estas palabras nos enseñan todo lo
contrario.
6. Mucho más lo hacen las palabras de nuestro
Señor, quien tan lejos está de aconsejarnos romper todo
trato con el mundo, que sin dicho trato -según su descrip-
ción del cristianismo- no podríamos ser cristianos. Sería
muy fácil mostrar que cierto trato con personas irreligiosas e
impías es absolutamente necesario a fin de ejercitar todo el
poder del carácter que él ha descrito como el camino del
Reino; que es absolutamente necesario para ejercitar por
completo la pobreza de espíritu, de la compasión, y de toda
otra virtud que tiene un genuino lugar en la religión de
Jesucristo. Por cierto, dicho trato es necesario para la
existencia misma de algunas de estas virtudes; de la
mansedumbre, por ejemplo, que en vez de exigir «ojo por ojo
y diente por diente», más bien requiere «no resistáis al
malo, antes, a cualquiera que te hiera en la mejilla
derecha, vuélvele también la otra»;14 de aquella misericor-
dia por la cual amamos a nuestro enemigo, bendecimos al
que nos maldice, hacemos bien al que nos aborrece, y
12 Cf. 1 Co. 5.11.
13 2 Ts. 3.15.
14 Mt. 5.38-39.
8 8 Sermón 24
oramos por los que nos ultrajan y nos persiguen;15 y de esa
complicación de amor y de toda santa disposición que se
practica al sufrir por causa de la justicia.16 Ahora bien, es
evidente que nada de esto existiría si sólo tenemos trato con
personas verdaderamente cristianas.
7. Por cierto, si nos apartáramos por completo de los
pecadores, no podríamos corresponder a aquel carácter que
nuestro Señor nos da en estas mismas palabras: «Vosotros»
(cristianos, vosotros que sois humildes, serios y mansos,
vosotros que tenéis hambre de justicia, que amáis a Dios y a los
seres humanos, que hacéis bien a todos y por consiguiente,
sufrís el mal; vosotros) «sois la sal de la tierra.»17 En su misma
naturaleza está el sazonar todo lo que les rodea. La naturaleza
de ese sabor divino que está en ustedes es dilatarse hacia todo lo
que toquen, diseminarse por todas partes hacia todos aquellos
con quienes tratan. Esta es la gran razón por la cual la
providencia de Dios los ha mezclado con otros seres humanos,
de modo que cualquiera gracia que ustedes hayan recibido de
Dios pueda comunicarse a otros por intermedio suyo, a fin de
que toda buena disposición, y palabra y obra suya, pueda tener
influencia sobre ellos también. De esta forma se refrenará de
alguna manera la corrupción que existe en el mundo; y al menos
una pequeña parte será salvada de la infección general, y se
volverá santa y pura delante de Dios.
8. A fin de que trabajemos con más empeño para
sazonar cuanto podamos con toda santa y celestial
disposición, nuestro Señor procede a mostrarnos la
situación desesperada de quienes no comparten la religión
que han recibido; quienes, en verdad, no pueden dejar de
15 Cf. Mt. 5.44.
16 Mt. 5.10.
17 Mt. 5.13.
El sermón de la montaña IV 89
hacerlo, mientras permanezca en sus propios corazones. «Si
la sal se desvaneciere, ¿con qué será salada? No sirve más
para nada, sino para ser echada y hollada por los
hombres.»18 Si ustedes que eran santos y tenían una
mentalidad celestial -por tanto eran celosos en buenas
obras- ya no tienen ese sabor y ya no sazonan a otros, si se
han quedado desabridos, insípidos, muertos, descuidados de
sus propias almas e inútiles con las almas de los demás ¿con
qué serán salados? ¿Cómo se recuperarán? ¿Qué ayuda, qué
esperanza puede haber? ¿Puede la sal desabrida recobrar su
sabor? No, «no vale más para nada, sino para ser echada»,
como escoria de las calles, «y hollada por los hombres»
para ser abrumada con eterno desprecio. Si no hubiesen
conocido nunca al Señor, tal vez habría esperanza –si
ustedes nunca hubieran sido hallados en él.19 Mas ¿qué se
podrá decir a su solemne declaración, paralela a la que ha
dicho en este pasaje? «Todo pámpano que en mí no lleva
fruto, [el Padre] lo quitará... El que permanece en mí, y yo en
él, éste lleva mucho fruto...El que en mí no permanece» (o no
produce fruto) «será echado fuera como pámpano, y se
secará; y los recogen» (no para plantarlos de nuevo, y) «los
echan en el fuego».20
9. En verdad, Dios es misericordioso y compasivo21
para con aquellos que nunca han gustado de la buena
palabra.22 Pero la justicia tiene lugar con aquellos que han
gustado de la gracia de Dios, y luego se han vuelto atrás del
18 Ibid.
19 Fil. 3.9.
20 Jn. 15.2, 5-6.
21 Stg. 5.11.
22 He. 6.5, etc.
9 0 Sermón 24
santo mandamiento que les fue dado.23 Porque es imposible
que los que una vez fueron iluminados, en cuyos corazones
Dios ha resplandecido una vez para iluminarlos con el
conocimiento de la gloria de Dios en la faz de nuestro Señor
Jesucristo; que han gustado el don celestial de la redención
en su sangre, el perdón de los pecados; y fueron hechos
partícipes del Espíritu Santo, de la humildad, la mansedum-
bre, y el amor de Dios y de los humanos derramado en sus
corazones por el Espíritu Santo que les fue dado, y
recayeron, kaí parapesóntas (aquí no hay suposición, sino
una simple declaración de un hecho),24 sean otra vez
renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo
para sí mismos al Hijo de Dios, y exponiéndolo a
vituperio.25
Pero para que nadie entienda mal estas terribles
palabras, debe observarse cuidadosamente, (1) quiénes son
aquellos de los que aquí se habla, a saber, los que una vez
fueron iluminados, que sólo gustaron el don celestial, y por
consiguiente fueron hechos partícipes del Espíritu Santo. De
manera que la Escritura no se ocupa de los que no han
experimentado estas cosas. (2) ¿Cuál es la recaída de la que se
habla aquí? Es la de una absoluta y total apostasía. Un
creyente puede caer, pero no por completo. Puede caer y
volver a levantarse. Y si cae, inclusive en pecado, aun este
caso terrible no es desesperado. Pues abogado tenemos
para con el Padre, a Jesucristo el justo; y él es la
propiciación por nuestros pecados.26 Sin embargo, que
tenga mucho cuidado, no sea que su corazón se endurezca
23 2 P. 2.21.
24 Cf. 2 Ts. 2.3.
25 He. 6.6.
26 1 Jn. 2.1-2.
El sermón de la montaña IV 91
por el engaño del pecado.27 No sea que se hunda más y más,
hasta caer por completo, hasta que llegue a ser como
sal que ha desvanecido: Porque si pecáramos voluntaria-
mente después de haber recibido el conocimiento experi-
mental de la verdad, ya no queda más sacrificio por los
pecados, sino una horrenda expectación de juicio y hervor de
fuego que ha de devorar a los adversarios.28
II.1. «Pero si bien es cierto que no podemos
separarnos por completo del género humano, si bien
concedemos que es nuestro deber sazonarlo con la religión
que Dios ha forjado en nuestros corazones, no obstante ¿no
puede hacerse esto de forma indiscernible? ¿No podremos
comunicar esto a otros en secreto y de una manera casi
imperceptible, de modo que casi nadie pueda advertir
cuándo ni cómo lo hemos hecho? Lo mismo que la sal
comunica su sabor a todo lo que sazona sin hacer ruido ni
exponerse a llamar la atención. Y si así fuere, aunque no
salgamos del mundo, podremos permanecer escondidos en él.
Podremos guardar nuestra religión para nosotros mismos
sin exponernos a ofender a aquellos a quienes no podemos
ayudar.»
2. Nuestro Señor también conocía muy bien esta
probable razón de la carne. Empero, en las palabras que
vamos a considerar, ha dejado una respuesta completa, al
explicar la cual procuraré, como me propuse hacerlo en
segundo lugar, mostrar que es imposible ocultar la religión
verdadera mientras permanece en nuestros corazones, lo
cual es enteramente contrario a los designios de su gran
Autor.
27 He. 3.13.
28 He. 10.26-27.
9 2 Sermón 24
Primero, para cualquiera que tenga la religión de
Jesucristo es imposible esconderla. Esto lo aclara el Señor,
sin dejar lugar a la menor duda, con una doble comparación:
«Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un
monte no se puede esconder.»
«Vosotros» cristianos «sois la luz del mundo».29
Ustedes los cristianos son la luz del mundo en razón de sus
disposiciones y acciones. Su santidad los hace tan conspi-
cuos como el sol en medio del cielo. Así como no pueden
salirse del mundo, así tampoco pueden permanecer en él sin
dejarse ver por el género humano. No les es dado huir de los
seres humanos, y mientras estén entre ellos, será imposible
ocultar su humildad y mansedumbre y aquellas otras
disposiciones por las cuales aspiran a ser perfectos, como su
Padre que está en los cielos es perfecto.30 Ni puede ocultarse el
amor más que la luz, y mucho menos cuando resplandece en
acción, cuando ustedes lo ejercitan en las obras de amor, y en
toda clase de benevolencia. Sería más fácil a la gente esconder
una ciudad que a un cristiano; sí, a una ciudad asentada sobre
un monte que a un cristiano santo, celoso y activo amante de
Dios y de los seres humanos.
3. Es muy cierto que los seres humanos que aman
más las tinieblas que la luz, pues sus obras son malas,31
harán cuanto puedan para probar que la luz que está en
ustedes es tinieblas. Dirán todo mal, toda clase de mal del
bien que está en ustedes, mintiendo:32 les acusarán de
aquello que está más lejos de sus pensamientos, que es lo
contrario de todo lo que son y lo que hacen. Mas su
29 Mt. 5.14.
30 Mt. 5.48.
31 Cf. Jn. 3.19.
32 Cf. Mt. 5.11.
El sermón de la montaña IV 93
perseverancia, llena de paciencia en hacer el bien, su humildad
al sufrir todas las cosas por causa de Dios, su gozo pleno de
calma y mansedumbre en medio de la persecución, sus
incansables esfuerzos en vencer con el bien el mal,33 les
harán más notables aún, les harán más visibles y conspicuos
que antes.
4. Así, es imposible tratar de ocultar nuestra religión
para no ser vista, a no ser que la desechemos. ¡Así de vana es la
idea de esconder la luz, a no ser que la apaguemos! Por cierto
que una religión secreta e inobservable no puede ser la religión
de Jesucristo. Cualquiera religión que pueda ser ocultada no es
el cristianismo. Si un cristiano pudiera ocultarse, no se le podría
comparar con «una ciudad asentada sobre un monte»; con «la
luz del mundo», el sol que alumbra en los cielos y es visto por
todo el mundo. Por ende que jamás abrigue el corazón de aquel
a quien Dios ha renovado en el espíritu de su mente, la idea de
esconder la luz, de preservar su religión para sí mismo; tomando
especialmente en consideración que no sólo es imposible
esconder el verdadero cristianismo, sino que es igualmente
contrario a los designios de su gran Autor.
5. Esto de desprende muy claramente de las
siguientes palabras: «ni se enciende una luz y se pone
debajo de un almud».34 Que es como si hubiera dicho: así
como no se enciende una vela sólo para cubrirla o esconder-
la, tampoco Dios ilumina un alma con su glorioso conocí-
miento y amor, para esconderla o encubrirla, ya por
prudencia (así llamada falsamente), ya por vergüenza o
humildad voluntaria. Para esconderla ya en un desierto, ya
en el mundo, sea evitando a los seres humanos, sea
33 Cf. Ro. 12.21.
34 Mt. 5.15.
9 4 Sermón 24
conversando con ellos. «Sino» se pone «sobre el candelero, y
alumbra a todos los que están en casa».35 De la misma
manera, el designio de Dios es que todo cristiano esté a la luz
pública para que alumbre a todos los que estén a su
alrededor; para que manifieste visiblemente la religión de
Jesucristo.
6. De modo que Dios ha hablado al mundo en todas las
épocas, no sólo por precepto sino también con el ejemplo. No se
dejó a sí mismo sin testimonio36 en ninguna nación a donde ha
resonado la voz del Evangelio; sin unos cuantos que testificasen
de la verdad, no sólo con sus palabras, sino con sus vidas. Estos
han sido como una antorcha que alumbra en lugar oscuro,37
que de cuando en cuando han sido los medios de iluminar a
otros, de preservar un remanente, una pequeña semilla, lo que
será contado de Jehová hasta la postrera generación.38 Han
conducido unas cuantas pobres ovejas fuera de las tinieblas del
mundo para encaminar sus pies por camino de paz.39
7. Uno podría imaginarse que donde ambas, la
Escritura y la razón de las cosas, hablan tan clara y
expresamente, la otra parte no podría decir mucho, al menos
no con apariencia de verdad. Pero quien se imagina esto
conoce poco de las sutilezas de Satanás. A pesar de todo lo
que dice la Escritura y dicta la razón, las pretensiones en
favor de una religión aislada, de separar a los cristianos del
mundo, o al menos de esconderse de él, son tan plausibles
que necesitamos toda la sabiduría de Dios para descubrir la
trampa, de todo su poder para escapar de ella - tantas son
35 Mt. 5.15.
36 Hch. 14.17.
37 2 P. 1.19.
38 Sal. 22.30.
39 Lc. 1.79.
El sermón de la montaña IV 95
las objeciones que se han aducido para no ser cristianos sociales,
francos y activos.
III.1. El tercer punto que me propuse fue responder a
estas objeciones. En primer lugar, se ha objetado que la religión
no consiste en las cosas exteriores sino en el corazón, en lo más
íntimo del alma; esto es en la unión del alma con Dios, la vida
de Dios en el alma humana. Que de nada vale la religión
externa; pues Dios no quiere holocausto, servicios externos,
sino un corazón puro y santo que es el sacrificio que no
despreciará.40
Respondo, es muy cierto que la raíz de la religión se
encuentra en el corazón, en lo más íntimo del alma; esto es la
unión del alma con Dios, la vida de Dios en el alma humana.
Pero si esta raíz está en efecto en el alma, no puede sino echar
ramas; y tales ramas son las diferentes manifestaciones de la
obediencia externa que participan de la misma naturaleza de la
raíz y son, por consiguiente, no sólo marcas y señales, sino
partes esenciales de la religión.
También es cierto que la simple religión externa que no
tiene raíces en el corazón, no vale nada; que Dios no se
deleita con tales servicios externos, como no se deleita con
los holocaustos judaicos, y que un corazón puro y santo es el
sacrificio que siempre le agrada. Pero también se agrada
en todos esos servicios externos que surgen del corazón; en el
sacrificio de nuestras oraciones (ya privadas ya públicas),
de nuestras alabanzas y acciones de gracias. En el sacrificio
de nuestros bienes, humildemente dedicados a él, y
empleados enteramente a su gloria; en el de nuestros
cuerpos, que reclama especialmente, respecto del cual el
Apóstol nos ruega por las misericordias de Dios que
40 Sal. 51.16-17.
9 6 Sermón 24
presentemos nuestros cuerpos en sacrificio vivo, santo,
agradable a Dios.41
2. Una segunda objeción, muy semejante a la anterior,
es que el amor es todo en todo: el cumplimiento de la ley,42 el
propósito de este mandamiento,43 de todo mandamiento de
Dios. Que de nada nos sirve todo lo que hacemos, todo lo que
sufrimos, si no tenemos caridad o amor,44 y que el Apóstol nos
aconseja que sigamos la caridad,45 a la cual llama «un camino
aun más excelente».46
Respondo: Se concede que el amor de Dios y del ser
humano que resulta de una fe no fingida,47 es todo en todo, el
cumplimiento de la ley,48 el fin de todo mandamiento de
Dios; que es muy cierto que sin este amor todo lo que
hacemos, todo lo que sufrimos, de nada vale. Pero no se
sigue de esto que el amor sea todo [en todo] en el sentido
de que supere a la fe o a las buenas obras. Es el cumpli-
miento de la ley, no para librarnos de ella, sino porque
estamos obligados a obedecerla. Es el fin de todo manda-
miento puesto que todo mandamiento guía al amor donde
tiene su centro. Concedemos que de nada vale todo lo que
hacemos o sufrimos sin amor, pero con todo, cualquiera
cosa que hagamos o suframos con amor, aunque no sea más
que sufrir reproches por causa de Cristo, o dar un vaso de
41 Ro. 12.1.
42 Ro. 13.10.
43 1 Ti. 1.5.
44 Cf. 1 Co. 13.2, 3.
45 1 Co. 14.1.
46 1 Co. 12.31.
47 1 Ti. 1.5.
48 Ro. 13.10.
El sermón de la montaña IV 97
agua en su nombre,49 no perderá en manera alguna su
recompensa.
3. Pero ¿no nos aconseja el Apóstol que sigamos el
amor, y no la llama «un camino aun más excelente»? Nos
aconseja que «sigamos el amor», pero no exclusivamente. Sus
palabras son «Seguid el amor y procurad los dones
espirituales».50 «Sigan el amor» y estén prestos a gastar sus
vidas por sus hermanos. «Sigan el amor» y hagan bien a todos
los seres humanos según se presente la oportunidad.51 En el
mismo versículo en que llama al amor «un camino aun más
excelente» aconseja a los corintios que deseen además otros
dones, y que los deseen con fervor. «Procurad los mejores
dones», dice, «mas yo os muestro un camino más excelente».52
¿Más excelente que cuál cosa? Que los dones de «sanidades»,
de «géneros de lenguas» y de «interpretaciones» mencionados
en el versículo anterior, pero no más excelente que el camino de
la obediencia. El Apóstol no está hablando de esto, ni tampoco
de la religión externa. De manera que este texto está muy lejos
de ser aplicable al asunto.
Pero supongamos que el Apóstol hubiera estado
hablando de la religión externa lo mismo que de la interior.
Supongamos que al hacer la comparación hubiese dado
decididamente la preferencia a la última. Supongamos que
hubiese preferido, como muy bien pudo haberlo hecho, un
corazón amante a toda clase de obra externa. A pesar de
todo esto, no se seguiría que podríamos rechazar la una o la
49 Cf. Mc. 9.41.
50 1 Co. 14.1.
51 Gá. 6.10.
52 1 Co. 12.31.
9 8 Sermón 24
otra. No; Dios las juntó desde el principio del mundo. Que nadie
las separe.53
4. Pero Dios es Espíritu, y los que le adoran, en espíritu
y en verdad es necesario que le adoren.54 ¿No es esto
suficiente? ¿No debemos emplear en esto todas las facultades
de nuestra mente? ¿No es cierto que, al ocuparse de cosas
externas, el alma se entorpece de tal manera que no puede
elevarse a una santa contemplación? ¿No modera el vigor de
nuestros pensamientos? ¿No tiende naturalmente a estorbar y a
distraer la mente? Al paso que Pablo dice: «Quisiera, pues, que
estuvieseis sin congoja», y «que sin impedimento os acerquéis
al Señor».55
Respondo: «Dios es Espíritu, y los que le adoran,
en espíritu y en verdad es necesario que le adoren.» Cierto, y
esto basta. Debemos emplear en ello todas las facultades
de nuestra mente. Pero yo preguntaría: ¿Qué cosa es adorar
a Dios, un Espíritu, en espíritu y en verdad? Es adorarle en
nuestro espíritu; adorarle como sólo los espíritus pueden
adorar. Es creer en él como un Ser sabio, justo, santo,
cuyos ojos son demasiado puros para ver la iniquidad,56 y
sin embargo, misericordioso, piadoso y paciente; que
perdona la iniquidad, las transgresiones y los pecados,
cargando sobre sí nuestros pecados y aceptándonos en el
Amado.57 Es amarlo, deleitarse en él, desearlo de todo
nuestro corazón, mente y alma y fuerzas.58 Es imitar a aquel a
quien amamos, purificándonos así como él es puro.59 Es
53 Cf. Mt. 19.6; Mc. 10.9.
54 Jn. 4.24.
55 1 Co. 7.32,35.
56 Cf. Hab. 1.1.3.
57 Cf. Ef. 1.6.
58 Cf. Mr. 12.30; Lc. 10.27.
59 1 Jn. 3.3.
El sermón de la montaña IV 99
obedecer a aquel a quien amamos y en quien creemos, en
pensamiento, palabra y obra. Por consiguiente, uno de los
modos de adorar a Dios en espíritu y en verdad es guardar sus
mandamientos exteriores. El glorificarle, pues, en nuestros
cuerpos, lo mismo que en nuestras almas. Desempeñar nuestras
obras externas con nuestros corazones levantados hacia él.
Hacer de nuestras ocupaciones diarias un sacrificio a Dios.
Comprar y vender, comer y beber para su gloria.60 Esto es
adorar en espíritu y en verdad tanto como hacerle nuestras
oraciones en el desierto.
5. Pero si esto es así, entonces la contemplación es sólo
un modo de adorar a Dios en espíritu y en verdad. Por
consiguiente, el entregarnos a esto exclusivamente, sería
tanto como anular muchas otras maneras de culto espiritual,
todos igualmente aceptables a Dios, igualmente provecho-
sos, que no hacen ningún daño al alma. Porque es un gran error
suponer que todas estas cosas exteriores, a las que nos ha
llamado la providencia de Dios, sirvan de tropiezo al cristiano,
o que le estorben para ver siempre a aquel quien es invisible. De
ninguna manera atenúan el fervor, ni abruman o distraen la
mente, ni causan ansiedad ni cuidado a quien todo lo hace como
para el Señor, quien ha aprendido a hacerlo todo, de palabra o
de hecho, en el nombre del Señor Jesús;61 teniendo uno de los
ojos del alma moviéndose en derredor y viendo todas las cosas,
y el otro constantemente en Dios. Aprended lo que significa
esto, ustedes pobres reclusos, para que puedan discernir cuán
pequeña es su fe y para que ya no juzguen a otros por ustedes
mismos. Vayan y aprendan lo que quiere decir:
«Tú, Señor, que con tierno amor,
60 Cf. 1 Co. 10.31.
61 Cf. Col. 3.17.
1 00 Sermón 24
Sobre ti llevas toda mi carga;
Mi corazón eleva a lo alto,
Y haz que allí se fije siempre.
Sentado en medio del torbellino,
Solo entre la gran multitud;
Tranquilo a tus pies espero,
Hasta que se haga tu voluntad».
6. Pero aún queda en pie la gran objeción. «Apelamos»,
dicen, «a la experiencia». Nuestra luz alumbró. Por muchos
años usamos de las cosas externas, y sin embargo, de nada nos
sirvieron. Asistimos a todas las ordenanzas, pero de nada nos
aprovecharon, ni, a la verdad, a ninguna otra persona. Al
contrario, fue peor para nosotros porque con tal motivo nos
figuramos que éramos cristianos, cuando en realidad no
sabíamos de verdad lo que significaba el cristianismo.
Concedo el hecho. Concedo que ustedes y millares de
personas han abusado de las ordenanzas de Dios confundiendo
los medios con el fin; suponiendo que el hacer estas o algunas
otras obras externas, era la religión de Jesucristo, o que serían
aceptadas en su lugar. Que concluya el abuso y permanezca el
uso. Usen todas las cosas exteriores, pero úsenlas procurando
constantemente la renovación de su alma en la justicia y
santidad de verdad.62
7. Pero esto no es todo. Dicen: «La experiencia
enseña igualmente que el tratar de hacer bien es pérdida de
tiempo. ¿De qué sirve dar de comer o vestir a los seres
humanos, si constantemente están cayendo en el fuego
eterno? ¿Qué bien se puede hacer a sus almas? Si éstas
cambian, es por obra de Dios. Además, todos son buenos -o a
lo menos desean serlo- u obstinadamente malos. Los
primeros no tienen necesidad de nosotros. Que le pidan
62 Ef. 4.24.
El sermón de la montaña IV 101
ayuda a Dios y él se la concederá. Y los últimos no querrán
recibir nuestra ayuda. El Señor mismo lo prohíbe: «ni echés
vuestras perlas delante de los cerdos».63
Contesto: (1) Bien que finalmente se pierdan o se
salven, se les manda expresamente que den de comer a los
hambrientos y que vistan a los desnudos. Si tienen la
posibilidad de hacerlo y no lo hacen cualquiera que sea la
suerte que corran, irán al fuego eterno. (2) Si bien sólo Dios
puede cambiar los corazones, sin embargo, lo hace
generalmente por medio del ser humano. Nuestro deber es
hacer cuando esté a nuestro alcance, con tanto empeño
como si nosotros mismos tuviéramos el poder de cambiar-
los, y dejar el resultado en manos de Dios. (3) En contesta-
ción a sus oraciones, Dios fortifica a sus hijos, a los unos por
medio de los otros, alimentando y fortaleciendo todo el
cuerpo bien concertado y unido entre sí por todas las
coyunturas,64 de manera que ni el ojo puede decir a la mano:
no te necesito; ni tampoco la cabeza a los pies: no tengo
necesidad de vosotros.65 Por último, ¿cómo pueden saber que
las personas en derredor de ustedes son perros o cerdos?
No juzguen hasta que no hayan probado. ¿Cómo sabes, oh
hombre, si podrás salvar a tu hermano?66 Con la ayuda de
Dios podrás salvar su alma de la muerte. Cuando desprecie tu
amor y blasfeme la Palabra, entonces será tiempo de dejarlo en
manos de Dios.
8. «Hemos hecho la prueba, hemos trabajado por
reformar a los pecadores, y ¿de qué ha servido? En muchos de
ellos no pudimos hacer la menor impresión. Y si algunos
63 Mt. 7.6.
64 Ef. 4.16.
65 1 Co. 12.21.
66 Cf. 1 Co. 7.16; Mt. 18.15.
1 02 Sermón 24
cambiaron por un poco de tiempo, su bondad fue como el rocío
de la mañana. Poco después volvieron a ser tan malos y aun
peores que antes. De manera que sólo conseguimos hacerles mal
y a nosotros también, porque sus mentes estaban en un estado
de premura y desorden, tal vez llenas de ira en lugar de amor.
Por consiguiente, habría sido mejor reservarnos nuestra
religión.»
Es muy probable que este hecho también sea cierto;
que hayan tratado de hacer bien y no hayan tenido éxito;
que aquellos que parecían haberse reformado hayan caído
otra vez en pecado y que su último estado haya sido peor
que el primero.67 Y no hay de qué maravillarse. ¿Es el
siervo más que su Señor?68 ¡Cuán a menudo trató de salvar
a los pecadores y no quisieron escuchar! O después de
haberle seguido por un poco de tiempo, se volvieron como
perro que vuelve a su vómito.69 Sin embargo, no por eso
desistió de tratar de hacer el bien, ni tampoco deberían
desistir ustedes, cualquiera que sea el éxito que obtengan. Su
deber es hacer lo que se les manda: el resultado está en manos
de Dios. Ustedes no son responsables: déjenlo en aquel que
ordena todas las cosas para bien.70 Por la mañana siembra tu
semilla, y a la tarde no dejes reposar tu mano; porque tú no
sabes cuál es lo mejor.71
Pero la prueba agita y atormenta su alma, y tal vez la
razón de esto sea que se creyeron responsables del
resultado, de lo cual nadie es ni lo puede ser. Tal vez
porque estuvieron descuidados y no han estado velando
sobre sus espíritus. Esta, empero, no es razón para
67 Cf. Mt. 12.45.
68 Mt. 10.24; Jn. 13.16; 15,20.
69 Pr. 26.11.
70 Cf. Mc. 7.37.
71 Pr. 11.6.
El sermón de la montaña IV 103
desobedecer a Dios. Hagan la prueba otra vez, pero háganla con
más prudencia. Hagan bien (tal como deben perdonar) no sólo
siete, sino hasta setenta veces siete.72 Sólo que aprendan a ser
más sabios por la experiencia. Traten de hacerlo cada vez más
prudentemente que antes; humíllense más ante Dios. Mas
convénzanse de que no podrán hacer nada por ustedes
mismos.73 Sean más celosos de sus espíritus, más dóciles; velen
más en oración. Echa tu pan sobre las aguas, porque después
de muchos días lo hallarás.74
IV.1. Sin atender a estas razones aparentemente
plausibles para esconderla, «alumbre vuestra luz delante de los
hombres, para que vean vuestras obras buenas y glorifiquen a
vuestro Padre que está en los cielos».75 Esta es la aplicación
práctica que nuestro Señor hace de las consideraciones
anteriores.
«Así alumbre vuestra luz»: su humildad de corazón,
su amabilidad y mansedumbre de sabiduría;76 su considera-
ción seria y madura de las cosas eternas, y dolor de los
pecados y miserias de los humanos; su deseo ferviente de una
justicia universal, y de plena felicidad en Dios; su tierna y
buena voluntad para con todo el género humano, y amor
ferviente a su supremo benefactor. Procuren no esconder esta
luz con que Dios ha iluminado su alma, sino dejen que
alumbre delante los hombres, ante todos aquellos entre
quienes vivís, en todo el curso de sus vidas. Que alumbre
aun más eminentemente en sus acciones, al hacer toda clase
72 Mt. 18.22.
73 Cf. Jn. 15.5.
74 Ec. 11.1.
75 Mt. 5.16.
76 2 Co. 10.1.
1 04 Sermón 24
de bien a todos a los seres humanos;77 y en sufrir por causa de
la justicia, al mismo tiempo que se gozan y alegran sabiendo
que vuestro galardón es grande en los cielos.78
2. «Así alumbre vuestra luz delante de los hombres,
para que vean vuestras buenas obras»: así de lejos deben
estar los cristianos de procurar o desear ocultar su religión. Al
contrario, sea su deseo el no ocultarla; el no poner la vela debajo
del almud. Tengan cuidado de ponerla sobre el candelero, para
que «alumbre a todos los que están en casa». Sólo que deben
procurar no buscar su propia alabanza, no desear ninguna honra
para ustedes mismos. Sea su único deseo que todos los que vean
sus obras buenas, «glorifiquen a vuestro Padre que está en los
cielos».
3. Sea este su propósito en todas las cosas. Con esto en
mente sean francos, sencillos, sinceros. Sea su amor sin
fingimiento.79 ¿Por qué habrán de esconder un amor
desinteresado y justo? Que no haya engaño en su boca;80 que
sus palabras sean la expresión genuina de su corazón; que no
haya ambigüedad ni reserva en su conversación, ni disimulo en
su comportamiento. Dejen esto para quienes se proponen otros
fines --designios que no resistirán la luz. Sean sencillos y sin
artificio para con todos los seres humanos, para que todos vean
la gracia de Dios que está en ustedes. Y aunque algunos
endurezcan sus corazones, otros reconocerán que han estado
con el Señor Jesús, y al volverse ellos mismos al gran Obispo
de las almas,81 glorificarán a «vuestro Padre que está en los
cielos».
77 Cf. Gá. 6.10.
78 Mt. 5.12.
79 1 Co. 12.9.
80 1 P. 2.22; Ap. 14.5.
81 1 P. 2.25.
El sermón de la montaña IV 105
4. Con este único propósito, que los seres humanos
glorifiquen a Dios en ustedes, vayan pues en su nombre y en el
poder de su fuerza.82 No se avergüencen de estar solos, siempre
que sea en los caminos de Dios. Que la luz que está en su
corazón alumbre en toda buena obra: obras de piedad y obras de
misericordia. A fin de aumentar su facultad de hacer bien,
renuncien a todo lo que sea superfluo; reduzcan todos los gastos
que no sean necesarios, de alimento, vestido y mobiliario. Sean
buenos administradores de los dones de Dios,83 aun de estos
dones inferiores. Eviten toda pérdida de tiempo, toda ocupación
inútil e innecesaria, y todo lo que te viniere a la mano para
hacer, hazlo según tus fuerzas.84 En una palabra: llénense de
amor y de fe; hagan el bien; sufran el mal. Y estén en esto
siempre firmes y constantes, en efecto, creciendo en la obra del
Señor siempre, sabiendo que vuestro trabajo en el Señor no es
vano.85
82 Ef. 6.10.
83 Cf. 1 P. 4.10.
84 Ec. 9.10.
85 1 Co. 15.58.