Sermón 23 - Sobre el sermón de nuestro Señor
en la montaña
Tercer discurso
Mateo 5:8-12
Bienaventurados los de limpio corazón, porque ellos
verán a Dios.
Bienaventurados los pacificadores, porque ellos serán
llamados hijos de Dios.
Bienaventurados los que padecen persecución por
causa de la justicia, porque de ellos es el reino de los cielos.
Bienaventurados sois cuando os vituperen y os
persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.
Gozaos y alegraos, porque vuestro galardón es grande
en los cielos; porque así persiguieron a los profetas que fueron
antes de vosotros.
I.1. ¡Qué cosas excelentes se dicen del amor a nuestro
prójimo! Es el cumplimiento de la ley,1 y el fin del manda-
miento.2 Sin esto, todo lo que tenemos, todo lo que hacemos,
todo lo que sufrimos, de nada vale en la presencia de Dios. Pero
se trata del amor a nuestro prójimo que nace del amor de Dios.
De otra manera, por sí mismo, no vale nada. Importa, pues, que
examinemos bien la base sobre la que descansa el amor a
nuestro prójimo: si realmente está edificado sobre el amor de
Dios; si lo amamos porque él nos amó primero;3 si
1 Ro. 13.10.
2 1 Ti. 1.15.
3 1 Jn. 4.19.
53
54 Sermón 23
somos «limpios de corazón».4 Pues ésta es la base que nunca
será removida: «Bienaventurados los de limpio corazón,
porque ellos verán a Dios.»
2. Los de «limpio corazón» son aquellos cuyos
corazones Dios ha purificado así como él es puro;5 que están
purificados de todo afecto impuro por medio de la fe en la
sangre de Jesús; quienes están limpios de toda contaminación
de carne y de espíritu, perfeccionando la santidad en el
amoroso temor de Dios.6 Los que, por medio del poder de su
gracia, están purificados del orgullo por la más completa
pobreza de espíritu; de la ira, de toda pasión cruel y turbulenta,
por la mansedumbre y la amabilidad; de todo deseo, excepto el
de agradar a y gozar de Dios, conocerlo y amarlo más y más,
por aquella hambre y sed de justicia que ahora absorbe toda su
alma. Así que ahora aman al Señor su Dios con todo su
corazón, con toda su alma, y con toda su mente y con todas sus
fuerzas.7
3. Pero ¡en qué poco han tenido esta «pureza de
corazón» los falsos maestros de todas las épocas! Apenas han
enseñado a la gente de abstenerse de las impurezas exteriores
que Dios ha prohibido por nombre. Pero no han atacado el
meollo del asunto, y al no prevenir en contra de las corrupciones
interiores, de hecho las han aprobado.
Nuestro Señor nos ha dado un notable ejemplo con las
siguientes palabras: «oísteis que fue dicho: No cometerás
adulterio.»8 Mas al explicarlas aquellos ciegos guías de ciegos9
sólo insistían en que las gentes se abstuvieran del acto exterior.
4 Mt. 5.8.
5 Cf. 1 Jn. 3.3.
6 Cf. 2 Co. 7.1.
7 Cf. Mr. 12.30; Lc. 10.27.
8 Mt. 5.27.
9 Mt. 15.14.
El sermón de la montaña, III 55
«Pero yo os digo que cualquiera que mira a una mujer para
codiciarla, ya adulteró con ella en su corazón.»10 Porque Dios
ama la verdad en lo íntimo.11 El escudriña el corazón y prueba
los riñones,12 y si tu corazón mira la iniquidad, el Señor no te
oirá.13
4. Dios no admite excusa alguna por preservar
cualquier cosa que sea ocasión para la impureza. Por tanto, si tu
ojo derecho te es ocasión de caer, sácalo, y échalo de ti; pues
mejor te es que se pierda uno de tus miembros, y no que todo tu
cuerpo sea echado al infierno.14 Si algunas personas tan
queridas para ti como tu ojo derecho son ocasión de que ofendas
a Dios, si despiertan en tu alma deseos impuros, no te demores,
sepárate de ellas pronto. Y si tu mano derecha te es ocasión de
caer, córtala, échala de ti; pues mejor te es que se pierda uno de
tus miembros, y no que todo tu cuerpo sea echado al infierno.15
Si alguien que parece serte tan necesario como tu mano derecha
es ocasión de pecado, de deseo impuro, aunque ello no pase más
allá del corazón, ni se convierta en palabra o acción, decídete a
una separación completa y final: corta de un golpe esas
relaciones; déjalas por Dios. Cualquier pérdida, sea de
placeres, de riquezas o de amigos, es preferible a la pérdida de
tu alma.
No será impropio tomar dos medidas antes de una
separación absoluta y final. Primero, trata de expulsar al espíritu
inmundo por medio de oración y ayuno,16 absteniendo-
10 Mt. 5.28.
11 Cf. Sal 51.6.
12 Cf. Sal. 7.10 y Jer. 11.20.
13 Cf. Sal 66.18.
14 Mt. 5.29.
15 Mt. 5.30.
16 Mt. 17.21, Mr. 9.29.
56 Sermón 23
te con cuidado de toda acción, palabra y mirada que has
encontrado ser ocasión de pecado. Segundo, si no eres liberado
por estos medios, pide consejo a aquel que cuida de tu alma, o
al menos de alguno que tiene experiencia en las cosas de Dios,
con respecto a la oportunidad y a la manera de aquella
separación. Pero no consultes con carne y sangre,17 no sea que
caigas bajo un poder engañoso para creer la mentira.18
5. Ni siquiera el matrimonio mismo, santo y honorable
como es, puede ser utilizado como pretexto para dar rienda
suelta a nuestros deseos. En verdad también fue dicho:
«Cualquiera que repudie a su mujer, déle carta de divorcio».
Entonces, todo estaba bien, aunque el esposo no alegara otra
causa que ya no gustaba de ella o que otra le gustaba más.
«Pero yo os digo que el que repudia a su mujer, a no ser por
causa de fornicación (es decir, adulterio, la palabra porneía
significa en general falta de castidad, sea para casados o
solteros) hace que ella adultere, si se vuelve a casar; «y el que
se casa con la repudiada, comete adulterio.»19
En estas palabras se prohíbe claramente toda clase de
poligamia, por cuanto nuestro Señor declara de manera
terminante que cualquiera mujer que se casa cuando su marido
vive, comete adulterio. Igualmente, cualquier hombre que se
casa de nuevo comete adulterio mientras su esposa viva. En
efecto, así es aunque fueran divorciados- a menos que el
divorcio haya sido por causa de adulterio. Sólo en ese único caso
la Escritura no prohíbe casarse de nuevo.
6. Tal es la pureza de corazón que Dios exige y la obra
de los que creen en el Hijo de su amor. «Bienaventurados» los
que de esta manera son «limpios de corazón; porque ellos
verán a Dios. Él se manifestará a ellos, no sólo como no se
17 Gá. 1.16.
18 Cf. 2 Ts. 2.11.
19 Mt. 5.31-32.
El sermón de la montaña, III 57
manifiesta al mundo,20 sino como no se manifiesta siempre a
sus criaturas. Los bendecirá con las expresiones más claras de
su Espíritu, la más íntima comunión con el Padre y con el
Hijo.21 Hará que su presencia vaya siempre delante de ellos y
que la luz de su rostro los ilumine.22 La incesante oración de su
corazón es: «Te ruego que me muestres tu gloria»,23 y
obtienen la petición que le hacen. Ahora lo ven por medio de la
fe (el velo de la cara no haciéndose, como quien dice,
transparente), aun en estas obras más humildes, en todo lo que
está alrededor suyo; en todo lo que Dios ha creado y hecho. Lo
ven en las alturas de arriba y en las profundidades de abajo; lo
ven llenándolo todo en todo.24
Los de limpio corazón ven todas las cosas llenas de
Dios. Lo ven en el firmamento de los cielos, en el caminar de la
luna con esplendor,25 en el sol cuando se regocija cual gigante
para recorrer su curso.26 Lo ven poniendo las nubes por su
carroza, y andando sobre las alas del viento.27 Lo ven que
prepara la lluvia para la tierra,28 que bendice sus renuevos,29
que él hace producir heno para las bestias, y la hierba para el
servicio del hombre.30 Ven al Creador de todas las cosas
sabiamente gobernándolo todo, y sustentando todas las cosas
20 Cf. Jn. 14.22.
21 1 Jn. 1.3.
22 Cf. Sal. 4.6, etc.
23 Ex. 33.18.
24 Cf. Ef. 1.23.
25 Job. 31.26.
26 Cf. Sal. 19.5.
27 Sal. 104.3.
28 Sal. 147.8.
29 Sal. 65.11.
30 Sal. 104.14.
58 Sermón 23
con la palabra de su poder.31 ¡Oh, Jehová, Señor nuestro, cuán
glorioso es tu nombre en toda la tierra!32
7. Los de limpio corazón ven a Dios más especialmente
en todas sus providencias para con ellos, para con sus almas o
cuerpos. Siempre ven su mano extendida sobre ellos para bien,
dándoles todas las cosas según medida y peso, contando los
cabellos de su cabeza,33 haciendo un cerco alrededor de ellos y
de todo lo que poseen,34 y disponiendo todas las circunstancias
de su vida según la profundidad de su sabiduría y misericordia.
8. Empero, ven a Dios de una manera más especial en
sus ordenanzas. Ya sea que se presenten en la gran congregación
para darle la honra debida a su nombre y adorarle en la
hermosura de la santidad;35 o entren en sus aposentos y allí
abran sus almas delante de su Padre que está en secreto.36 Sea
que escudriñen los oráculos de Dios, sea que escuchen a los
embajadores de Cristo que proclaman las buenas nuevas de
salvación. Sea que comiendo de aquel pan o bebiendo de aquella
copa37 anuncien su muerte hasta que él venga38 en las nubes del
cielo.39 En todas estas sus ordenanzas encuentran una cercanía
tal que no puede ser expresada. Lo ven, como quien dice, cara a
cara, y hablan con él como habla cualquiera a su
compañero40 -una adecuada preparación para aquellas
mansiones de arriba donde lo verán tal como él es.41
31 He. 1.3.
32 Sal. 8.1, 9.
33 Cf. Mt. 10.30.
34 Cf. Job 1.10.
35 Cf. Sal. 96.8, 9.
36 Mt. 6.6.
37 Cf. 1 Co. 11.28.
38 Cf. 1 Co. 11.26.
39 Mt. 26.64, Mr. 14.62.
40 Ex. 33.11.
41 1 Jn. 3.2.
El sermón de la montaña, III 59
9. Mas, cuán lejos estaban de ver a Dios los que
habiendo oído que fue dicho a los antiguos: No perjurarás, sino
cumplirás al Señor tus juramentos,42 lo interpretaban así: «No
perjurarás cuando jures por Jehová el Señor; tú cumplirás estos
juramentos ante el Señor -mas con respecto a otros juramentos,
él no los toma en cuenta.»
Así enseñaban los fariseos. No sólo permitían toda clase
de juramentos en la conversación ordinaria, sino que
consideraban al perjurio como poca cosa, con tal que no
hubiesen jurado en el nombre especial de Dios.
Pero nuestro Señor prohíbe, en este pasaje,
absolutamente todo juramento común, así como todo perjurio.
Y muestra lo horrendo de ambos por la misma tremenda
consideración de que toda criatura es de Dios, y de que él está
presente en todas partes y sobre todas las cosas.
Pero yo os digo: No juréis en ninguna manera, ni por el
cielo, porque el trono es de Dios43 -porque sería lo mismo
que jurar por aquel que se sienta sobre el círculo de los
cielos44- ni por la tierra, porque es el estrado de sus pies, y
Dios está tan íntimamente presente en la tierra como en el
cielo; ni por Jerusalén, porque es la ciudad del gran Rey45 y
Dios es bien conocido en sus palacios. Ni por tu cabeza
jurarás, porque no puedes hacer blanco o negro un solo
cabello,46 porque, es muy claro, que ni aun esto es tuyo sino de
Dios, el único que puede disponer de todas las cosas en el cielo
y en la tierra. Pero vuestro hablar entre ustedes -sea
conversación, sea discurso- sea, «Sí, sí; No, no» -una austera
42 Mt. 5.33.
43 Mt. 5.34.
44 Cf. Is. 40.22.
45 Mt. 5.35.
46 Mt. 5.36.
60 Sermón 23
afirmación o negación- porque lo que es más de esto, de mal
procede47 -ek tou ponerou estin, es el maligno, procede del
diablo y es una de las señales de sus hijos.
10. Que nuestro Señor no prohíbe jurar en juicio y
verdad,48 cuando un magistrado nos requiere hacerlo, se
desprende de: (1) La ocasión de esta parte de su discurso: el
abuso que denunciaba era el juramento falso y el juramento
superfluo, estando completamente fuera de cuestión el
juramento delante de un magistrado. (2) Las mismas palabras
con que expresa su conclusión general: «Pero sea vuestro
hablar», o discurso, «Sí, sí; No, no». (3) Su propio ejemplo,
porque él mismo contestó bajo juramento cuando se lo exigió
un magistrado. Cuando el Sumo Sacerdote le dijo: «Te conjuro
por el Dios viviente, que nos digas si eres tú el Cristo, el Hijo
de Dios», Jesús inmediatamente contestó por la afirmativa «Tú
lo has dicho» (es decir, «es verdad»). «Y además os digo, que
desde ahora veréis al Hijo del Hombre sentado a la diestra del
poder de Dios, y viniendo en las nubes del cielo».49 (4) El
ejemplo de Dios Padre, quien queriendo mostrar más
abundantemente a los herederos de la promesa la
inmutabilidad de su consejo, interpuso juramento.50 (5) El
ejemplo de san Pablo, quien según creemos tenía el espíritu de
Dios,51 y comprendía bien la mente de su Maestro. «Testigo me
es Dios», dijo a los romanos, «que sin cesar hago mención de
47 Mt. 5.37.
48 El art. 39 de los Treinta y Nueve Artículos de Fe, «Del juramento del cristiano»,
dice: «Así como confesamos que nuestro Señor Jesucristo y Santiago su apóstol
prohíben a los cristianos el juramento vano y temerario, también juzgamos que la
religión cristiana no prohíbe que se preste juramento a requerimiento del magistrado
y en causa de fe y caridad, con tal que se haga según la doctrina del profeta, en justicia,
juicio y verdad».
49 Mt. 26.63-64.
50 He. 6.17.
51 Cf. 1 co. 7.40.
El sermón de la montaña, III 61
vosotros siempre en mis oraciones»;52 y a los corintios: «Mas
yo invoco a Dios por testigo sobre mi alma, que por ser
indulgente con vosotros no he pasado todavía a Corinto»;53 y a
los filipenses: «Porque Dios me es testigo de cómo los amo a
todos vosotros con el entrañable amor de Jesucristo».54 De lo
que claramente se deduce que si el Apóstol conocía el sentido
de las palabras de su Señor, éstas no prohibían jurar en
ocasiones importantes -aun entre unos y otros, ¡cuánto menos
ante un magistrado! Y por último, (6) La afirmación del gran
Apóstol respecto del juramento solemne en general- que no
hubiera podido mencionar como algo libre de culpa si su Señor
lo hubiese prohibido enteramente: «Los hombres ciertamente
juran por uno mayor que ellos y para ellos el fin de toda
controversia es el juramento para confirmación.»55
11. Pero la gran lección que nuestro bendito Señor
inculca aquí y que ilustra con su ejemplo, es que Dios está en
todas las cosas y que debemos ver al Creador en cada criatura
como en un espejo, que no deberíamos usar y considerar nada
como separado de Dios, lo cual en verdad es una suerte de
ateísmo práctico; sino examinar -con la verdadera
magnificencia del pensamiento- los cielos y la tierra y todo lo
que en ellos hay, como contenidos en la palma de la mano de
Dios, quien por medio de su presencia inmediata sostiene la
existencia de todos, que penetra y anima todo lo creado y es, en
un sentido verdadero, el alma del universo.56
52 Ro. 1.9.
53 2 Co. 1.23.
54 Fil. 1.8.
55 He. 6.16.
56 La idea de un «alma del universo» o anima mundi es parte de la antigua tradición
griega, y se encuentra tanto entre platónicos como entre estoicos.
62 Sermón 23
II. 1. Hasta aquí nuestro Señor se ha empeñado más en
enseñar la religión del corazón. Ha demostrado lo que deben ser
los cristianos y procede a enseñar también lo que deben hacer:
cómo la santidad interior debe ejercitarse en nuestra
conversación exterior. «Bienaventurados», dice, «los
pacificadores; porque ellos serán llamados hijos de Dios»57
2. «Los pacificadores» -la palabra en el original es oi
eireenopoioí. Es bien sabido que eireénee en la Sagrada
Escritura significa toda clase de bien- toda bendición que se
refiera al alma o al cuerpo, al tiempo o a la eternidad. Por
consiguiente, cuando san Pablo al principio de sus epístolas
desea «gracia y paz» a los romanos o a los corintios es como si
dijera: «Gocen -como fruto del libre e inmerecido amor y favor
de Dios- todas las bendiciones, espirituales y temporales, todas
las buenas cosas que Dios ha preparado para aquellos que le
aman»58
3. De lo que fácilmente podemos captar en qué amplio
sentido el término «pacificadores» debe ser comprendido. En
su sentido literal se refiere a aquellos que amando a Dios y al
ser humano detestan y aborrecen profundamente toda clase de
disputas y controversias, de desacuerdos y contiendas; por
consiguiente trabajan con todas sus fuerzas para prevenir que
se encienda este fuego del infierno, o cuando se ha encendido
que no se esparza, o cuando ha estallado que no se extienda
más. Se esfuerzan por calmar el espíritu pendenciero de las
personas y si fuera posible reconciliar unos con otros. Usan toda
clase de artes honestas y empeñan todas sus fuerzas, todos los
talentos que Dios les ha dado, tanto para preservar la paz donde
la hay como para restaurarla donde no existe. El gozo de su
corazón es promover, confirmar e incrementar la buena
voluntad entre las personas y especialmente entre los hijos de
57 Mt. 5.9.
58 1 Co. 2.9.
El sermón de la montaña, III 63
Dios, por más que se diferencien en cosas de poca importancia.
Para que así como todos tienen un Señor, una fe, así como
todos son llamados en una misma esperanza de su vocación, de
la misma manera que todos puedan andar como es digno de la
vocación con que fueron llamados, con toda humildad y
mansedumbre, con paciencia, soportándose los unos a los otros
en amor, solícitos en guardar la unidad del Espíritu en el
vínculo de la paz.59
4. Mas, en el pleno sentido de la palabra, los
«pacificadores» son personas que donde se presenta la
oportunidad hacen el bien a todos.60 Aquellos que poseídos del
amor a Dios y a todo el género humano, no pueden confinar las
expresiones de este amor a su propia familia, amigos, conocidos
o grupo; o a los que son de sus mismas opiniones; no, ni aun a
los que comparten la misma fe preciosa.61 Son los que traspasan
estos estrechos límites para hacer bien a todos los seres
humanos; para manifestar, de un modo o de otro, su amor a sus
prójimos y a los extraños, amigos o enemigos. Hacen bien a
todos según se presenta la oportunidad, esto es, siempre que
haya ocasión; redimiendo el tiempo62 con tal fin, según tengan
oportunidad;63 perfeccionándose a cada hora, sin perder un
momento en el cual puedan hacer bien a otros. Hacen no sólo
cierta clase de bien, sino el bien en general: de todas las
maneras posibles, empleando en ello todos sus talentos,
cualesquiera fuesen, todos sus poderes y facultades de
cuerpo y alma, toda su fortuna, sus intereses, su reputación;
59 Ef. 4.1-5.
60 Cf. Gá. 6.10.
61 Cf. 2 P. 1.1.
62 Ef. 5.16; Col. 4.5.
63 Cf. Gá. 6.10.
64 Sermón 23
deseando solamente que cuando su Señor venga les diga: «¡Bien
hecho, buen siervo y fiel!»64
5. Hacen el bien hasta el extremo de sus fuerzas, aun
para los cuerpos de todos los humanos. Se gozan en compartir
su pan con el hambriento y cubrir al desnudo con su vestido65
¿Hay algún forastero? Le hospedan y le ayudan de acuerdo a
sus necesidades. ¿Algunos están enfermos o en la cárcel? Les
visitan y les proporcionan la ayuda que más necesitan. Y todo
esto lo hacen, no como a seres humanos, sino recordando a
aquel que dijo: «En cuanto lo hicisteis a uno de mis hermanos
más pequeños, a mí lo hicisteis.»66
6. ¡Cuánto más se regocijan cuando pueden hacer el bien
al alma de algún humano! Este poder, en verdad, pertenece a
Dios. El es el único que puede cambiar el corazón, sin el cual
otro cambio es más liviano que la vanidad.67 No obstante,
aquel que hace todas las cosas en todo,68 se complace en ayudar
al ser humano por medio del ser humano; en comunicar su
propio poder, bendición y amor por medio de una persona a
todos los seres humanos. Por tanto, si bien es cierto que la
ayuda que se hace sobre la tierra es Dios mismo quien la
realiza,69 no hay necesidad de que ningún ser humano esté
ocioso en su viña.
Los pacificadores no pueden estarlo: siempre están
trabajando en ella y, como instrumentos en manos de Dios,
preparando el terreno para el uso de su Maestro, o sembrando la
semilla del reino, o regando lo que ya está sembrado, si por
fortuna Dios quiere darle el crecimiento. Según la medida de
64 Mt. 25.23.
65 Cf. Is. 58.7; Ez. 18.7, 16.
66 Mt. 25.40.
67 Cf. Sal. 62.9.
68 1 Co. 12.6.
69 Cf. Sal. 74.13.
El sermón de la montaña, III 65
gracia que han recibido, usan toda diligencia ya en reprender al
pecador impenitente, ya en reformar a aquellos que corren
precipitadamente sobre el amplio camino de la destrucción,70 o
para dar luz a los que habitan en tinieblas,71 y están listos a
perecer por falta de conocimiento;72 o para sostener a los
débiles,73 para levantar las manos caídas y las rodillas
paralizadas;74 o restaurar y sanar aquel que fuera cojo que no se
salga del campo.75
No tienen menos celos en confirmar a los que están
procurando entrar por la puerta angosta;76 en fortalecer a los
que están listos para poder correr con paciencia la carrera que
tienen por delante;77 en edificar en su santísima fe78 a los que
saben en quién han creído;79 exhortándolos a desarrollar el don
de Dios que hay en ellos80 -aquel diario crecer en la gracia-81
pues de esta manera les será otorgada amplia y generosa
entrada en el reino eterno de nuestro Señor y Salvador
Jesucristo.82
7. «Bienaventurados» son los que continuamente se
ocupan así en las obras de fe y en las tareas de amor; «porque
ellos serán llamados» -es decir «serán» (un hebraísmo muy
70 Cf. Mt. 7.13.
71 Lc. 1.79.
72 Os. 4.6.
73 1 Ts. 5.14. cf. Hch. 20.35.
74 He. 12.12.
75 He. 12.13.
76 Cf. Lc. 13.24.
77 Cf. He. 12.1.
78 Cf. Jud. 20.
79 Cf. 2 Ti. 1.12.
80 Cf. 2 Ti. 1.6.
81 2 P. 3.18.
82 2 P. 1.11.
66 Sermón 23
común83)- «hijos de Dios.»84 Dios les proveerá con el Espíritu
de adopción;85 sin duda, lo derramará muy abundantemente en
sus corazones. Los bendecirá con todas las bendiciones de sus
hijos. Los reconocerá como hijos ante los ángeles y los seres
humanos; y si hijos, también herederos; herederos de Dios y
coherederos con Cristo.86
III. 1. Uno podría imaginarse que una persona como la
que acabamos de describir, tan llena de genuina humildad, tan
sinceramente seria, tan apacible y amable, tan libre de todo
deseo egoísta, tan devota a Dios y tan amante de los seres
humanos, debería ser muy querida por el género humano. Pero
nuestro Señor conocía mejor la naturaleza humana en su estado
actual. Por lo tanto, concluye la descripción del carácter de estas
personas de Dios, mostrando el tratamiento que las mismas
deberían esperar en el mundo. «Bienaventurados, dijo, «los que
padecen persecución por la causa de la justicia, porque de ellos
es el reino de los cielos.»87
2. A fin de entender esto perfectamente, indaguemos en
primer lugar, quiénes son los que padecen persecución. Esto lo
podemos aprender fácilmente de san Pablo: Como entonces el
que había nacido según la carne perseguía al que había
nacido según el Espíritu, así también ahora.»88 «Y también»,
dice el Apóstol, «todos los que quieren vivir piadosamente en
Cristo Jesús padecerán persecución.»89 Lo mismo nos enseña
83 Cf. Gn. 2.23; Is. 35.8; 47.1; 54.5; 58.12; 62.2, 4, 12; Jer. 7.32; 19.6; 23.6; 33.16.
84 Mt. 5.9.
85 Ro. 8.15.
86 Ro. 8.117.
87 Mt. 5.10.
88 Gá. 4.29.
89 2 Ti. 3.12.
El sermón de la montaña, III 67
san Juan: «Hermanos míos, no os extrañéis si el mundo os
aborrece. Nosotros sabemos que hemos pasado de muerte a
vida, en que amamos a los hermanos»90 Como si hubiera
dicho: los hermanos, los cristianos, no pueden ser amados sino
por aquellos que han pasado de muerte a vida. Y más
claramente por nuestro Señor: «Si el mundo os aborrece,
sabed que a mí me ha aborrecido antes que a vosotros. Si
fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo; pero porque no
sois del mundo ... por eso el mundo os aborrece. Acordaos de
la palabra que yo os he dicho: El siervo no es mayor que su
señor. Si a mí me han perseguido, también a vosotros os
perseguirán».91
De todos estos pasajes de la Escritura aparece de manera
manifiesta quiénes son los perseguidos, a saber los justos: los
que son nacidos del Espíritu;92 todos los que quieren vivir
piadosamente en Cristo Jesús;93 los que han pasado de muerte
a vida»;94 los que no son del mundo;95 todos los que son mansos
y humildes de corazón; los que claman por Dios, que tienen
hambre de su semejanza; todos los que aman a Dios y a su
prójimo, y por consiguiente hacen el bien a todas las personas
según tengan la oportunidad.96
3. Si se preguntara, en segundo lugar, por qué se les
persigue, la respuesta sería igualmente clara y obvia: es «por
causa de la justicia»;97 porque son justos; porque son nacidos
90 1 Jn. 3.13-14.
91 Jn. 15.18-20.
92 Cf. Gá. 4.29.
93 2 Ti. 3.12.
94 1 Jn. 3.14.
95 Jn. 15.19.
96 Gá. 6.10.
97 Mt. 5.10.
68 Sermón 23
del Espíritu;98 porque quieren vivir piadosamente en Cristo
Jesús;99 porque no son de este mundo».100 Sea lo que se
pretenda, ésta es la verdadera causa, sean pocas o muchas sus
debilidades. Si no fuera por esto, serían indulgentes con ellos y
el mundo amaría lo suyo.
Se les persigue porque son «pobres en espíritu»;101 esto,
según piensa el mundo, significa almas ruines, buenas para
nada, indignas de vivir en el mundo. Porque «se conduelen», el
mundo piensa que «son criaturas tan insípidas, torpes y pesadas;
¡como para abatir el espíritu de cualquier persona que las ve!
Son meros espantajos; que matan la alegría inocente y malogran
el compañerismo dondequiera vayan». Porque son «mansos»,
piensa: «son desabridos, tontos, sólo aptos para ser pisoteados».
Porque «tienen hambre y sed de justicia»102: «son un puñado de
fanáticos entusiastas, abiertos a buscar lo que no saben, que
insatisfechos con la religión nacional, se vuelven locos por el
éxtasis y los sentimientos subjetivos». Porque son
«misericordiosos», amantes de todo, amantes de los inicuos y
los desagradecidos, el mundo dice: «son propiciadores de toda
clase de maldad, más aun, tientan a la gente a cometer lo malo
impunemente; seres humanos que -es de temerse- hasta tienen
que buscar su propia religión; muy débiles en sus principios».
Porque son «puros de corazón»: son gente sin caridad que
condena a todo el mundo ¡excepto a los de su propia clase!
Miserables blasfemos que pretenden hacer de Dios un
mentiroso, ¡y vivir sin pecado! Sobre todo se les persigue
porque son «pacificadores», porque aprovechan de cuanta
oportunidad se presenta para hacer bien a todos los seres
98 Gá. 4.29.
99 2 Ti. 3.12.
100 Jn. 15.19.
101 Mt. 5.3.
102 Mt. 5.6.
El sermón de la montaña, III 69
humanos. Esta es la gran razón por la que han sido perseguidos
en todas las épocas, y será así hasta la restauración de todas las
cosas.103
«Si preservaran, su religión les sería tolerable a ellos
mismos. Pero lo que no se puede soportar es esta propagación
de sus errores, esta contaminación de los demás. Causan tanto
mal en el mundo que no deben ser tolerados más. Es verdad que
estas personas hacen algunas cosas bastante buenas, como
aliviar las necesidades de los pobres. Pero aun esto, lo hacen
sólo para ganar lo máximo para su grupo y, por consiguiente
causar mayores perjuicios.» Así piensan y hablan con toda
sinceridad las gentes de este mundo. Mientras más prevalece el
reino de Dios, mejor pueden los pacificadores propagar la
humanidad, la mansedumbre y todas las otras virtudes divinas,
pero -en el hablar de aquella gente- ocasionan mayor perjuicio.
Por lo tanto, más se encolerizan contra ellos y los persiguen con
mayor vehemencia.
4. Preguntémonos, en tercer lugar, quiénes son los que
persiguen. san Pablo responde: «El que es nacido de la carne»;
todo aquel que no es «nacido del Espíritu»,104 o al menos que
no desea serlo. Todos los que ni siquiera procuran vivir
piadosamente en Cristo Jesús;105 todos los que no han pasado
de muerte a vida, y por consiguiente, no pueden amar a los
hermanos.106 El mundo, es decir, según las palabras de nuestro
Salvador, aquellos que no conocen al que me ha enviado;107 los
que no conocen a Dios, incluso al Dios de amor y perdón, por
la enseñanza de su propio Espíritu.
103 Hch. 3.21.
104 Cf. Gá. 4.29.
105 1 Ti. 3.12.
106 1 Jn. 3.14.
107 Jn. 15.21.
70 Sermón 23
La razón es obvia. El espíritu que está en el mundo es
diametralmente opuesto al Espíritu que es de Dios. Es preciso,
por lo tanto, que los que son del mundo se opongan a los que
son de Dios. Existe entre ellos la más completa oposición en sus
opiniones, deseos, propósitos y disposiciones. Y hasta ahora el
leopardo y el cabrito no pueden echarse juntos en paz.108 El
soberbio, porque es soberbio, no puede sino perseguir al
humilde; el ligero y superficial, a los que se afligen por los
demás: y así en cada tipo de cosas, la disimilitud de
disposición -si es que no existe otro- es motivo de enemistad
perpetua. En consecuencia, aunque ésta fuera la única causa,
todos los siervos del diablo perseguirán a los hijos de Dios.
5. Si se pregunta, en cuarto lugar, cómo los perseguirán,
puede contestarse en general: justo de la manera y en la medida
en la que el sabio Dispensador de todas las cosas lo vea más
conveniente para su gloria, para el mejor crecimiento de sus
hijos en la gracia, y para la extensión de su propio reino. No hay
otra parte del gobierno divino del mundo que sea más admirable
que ésta. Su oído nunca se carga con las amenazas del
perseguidor ni con las quejas de los perseguidos. Sus ojos están
siempre abiertos y su mano extendida para gobernar las
circunstancias más insignificantes. Su sabiduría infalible
determina cuándo comenzará la tormenta, cuánto habrá de
elevarse, qué dirección ha de seguir, cuándo y cómo habrá de
aplacarse. Los incrédulos sólo son su espada: un instrumento
que él usa según le place y el cual, cuando los fines de su
providencia se obtienen, se arroja al fuego.
En épocas especiales, como cuando el cristianismo se
estableció por primera vez y mientras echaba raíz en la tierra;
como cuando la pura doctrina de Cristo comenzó a ser
plantada nuevamente en nuestra nación, Dios permitió que la
tempestad se elevara muy alto, y que sus hijos fuesen llamados
108 Cf. Is. 11.6.
El sermón de la montaña, III 71
a resistir hasta la sangre.109 Había una razón muy especial para
que él permitiera esto con respecto a los apóstoles; para que su
testimonio fuese más intachable. Pero de los anales de la Iglesia
aprendemos otra y muy diferente razón acerca de por qué él
permitió las terribles persecuciones que se desataron en el
segundo y tercer siglos, a saber: porque el misterio de la
iniquidad actuaba con tanta fuerza, por las monstruosas
corrupciones que ya entonces prevalecían en la Iglesia; las que
Dios castigó y al mismo tiempo trató de remediar mediante
severas pero necesarias puniciones.
Tal vez pueda hacerse la misma observación respecto de
la gran persecución en nuestra propia tierra. Dios se había
mostrado muy misericordioso con nuestra nación. Había
derramado varias bendiciones sobre nosotros. Nos había dado
paz exterior e interior; y un rey sabio y bueno más allá de su
edad. Pero sobre todo había hecho que la luz pura de su
Evangelio se levantase y brillara entre nosotros. Pero ¿qué
recompensa tuvo? Esperaba justicia, pero he aquí clamor.110
Un clamor de opresión e incorrección, de ambición e injusticia,
de malicia, fraude y codicia. Sin duda, el clamor de aquellos que
aun entonces expiraban en medio de las llamas, llegó a los oídos
del Señor de los ejércitos111. Fue entonces cuando Dios se
levantó para sostener su causa contra aquellos que detenían la
verdad con injusticia.112 Así pues, los dejó cautivos en manos
de sus perseguidores, en un juicio mezclado con misericordia,
una pena para castigar y al mismo tiempo una medicina para
curar las graves reincidencias de su pueblo.
109 Cf. He. 12.4.
110 Is. 5.7.
111 Stg. 5.4.
112 Cf. Ro. 1.18.
72 Sermón 23
6. Empero rara vez Dios tolera que la tempestad llegue
al extremo de causar tortura, muerte, cadenas o prisión. Sus
hijos frecuentemente son llamados a padecer persecuciones
más leves: con frecuencia sufren el distanciamiento de
parientes, la pérdida de los amigos más íntimos.113 Descubren
la verdad de la palabra de su Señor (respecto del hecho, mas no
del designio de su venida): «¿Pensáis que he venido para dar
luz a la tierra? Os digo: No, sino disensión.»114 De lo que
naturalmente se sigue la pérdida de los negocios o del empleo,
y por consiguiente de los recursos. Pero todas estas
circunstancias, si embargo, están bajo la sabia dirección de
Dios, que da a cada uno de lo que más le conviene.
7. Mas la persecución que alcanza a todos los hijos de
Dios es la que nuestro Señor describe en las siguientes
palabras: «Bienaventurados sois, cuando por mi causa os
vituperen y os persigan», cuando les persigan vituperándolos,
«y digan toda clase de mal contra vosotros, mintiendo.»115
Esto no puede fallar: es la señal de nuestro discipulado, es uno
de los sellos de nuestro llamado. Es una herencia impuesta a
todos los hijos de Dios; si no la tenemos somos bastardos y no
hijos. El sendero del reino está trazado de la mala opinión así
como de la buena.116 Los mansos, los serios, los humildes, los
amantes celosos de Dios y del ser humano gozan de buena
reputación entre sus hermanos; pero de mala fama en el mundo,
que los considera y trata como la escoria del mundo, el desecho
de todos.117
113 Cf. Dt. 13.6.
114 Lc. 12.51.
115 Mt. 5.11.
116 2 Co. 6.8.
117 1 Co. 4.13.
El sermón de la montaña, III 73
8. En verdad, algunos han supuesto que antes de la
conversión de todos los gentiles,118 cesará el escándalo de la
cruz; que Dios hará que los cristianos sean estimados y amados
aun por aquellos que todavía permanecen en sus pecados. En
verdad, aun en estos tiempos, algunas veces él suspende el
desprecio y la furia de los humanos. Aun a sus enemigos hace
estar en paz con él119 por un tiempo y hace que encuentren
gracia con sus perseguidores más encarnizados. Pero con la
excepción de este caso, el escándalo de la cruz120 no ha cesado,
sino que se puede decir aún «si[...] agradara a los hombres, no
sería siervo de Cristo»121 Que ningún humano considere esa
agradable sugestión -indudablemente agradable a la carne y la
sangre- que los malos sólo aparentan aborrecer y despreciar a
los buenos, pero en realidad los aman y estiman en sus
corazones. Nada de eso. Algunas veces podrán estar a su
servicio, pero será en su propio provecho. Les tendrán confianza
porque saben que sus costumbres no son como las de otras
personas. Pero aun así no los aman, a menos que Espíritu de
Dios luche con ellos. Las palabras de nuestro Señor son
explícitas: «Si fuerais del mundo, el mundo amaría lo suyo;
pero porque no sois del mundo [...] por eso el mundo os
aborrece.»122 En efecto, haciendo a un lado las excepciones que
puedan hacerse por la gracia anticipante o por la providencia
especial de Dios, el mundo los aborrece tan cordial y
sinceramente como siempre lo hizo con su Maestro.
9. Réstanos tan sólo preguntar, ¿cómo se compondrán
los hijos de Dios frente a la persecución? En primer lugar, no
118 Cf. Ro. 11.25.
119 Pr. 16.7.
120 Gá. 5.11.
121 Gá. 1.10.
122 Jn. 15.19.
74 Sermón 23
deben acarrearla sobre sí a sabiendas o a propósito. Ello sería
contrario al ejemplo y consejo de nuestro Señor y todos sus
apóstoles, quienes nos enseñan no sólo a no buscar la
persecución sino a evitarla hasta donde podamos sin perjuicio
de nuestra conciencia; sin abandonar en lo mínimo aquella
justicia que debemos preferir más que a la vida misma. Así lo
expresa nuestro Señor explícitamente: «Cuando os persigan en
esta ciudad, huid a la otra»,123 el cual es verdadera-
mente -cuando puede llevarse a cabo- el modo más correcto de
evitar la persecución.
10. No obstante, no piensen que de alguna u otra forma
podrán evitarla siempre. Si alguna vez esa vana imaginación se
apodera de su corazón, ahuyéntenla con aquella ferviente
amonestación: «Acordaos de la palabra que yo os he dicho: El
siervo no es mayor que su señor. Si a mí me han perseguido
también a vosotros os perseguirán».124 «Sed, pues, prudentes
como serpientes y sencillos como palomas».125 Pero ¿les
protegerá esto de la persecución? No, a menos que tengan más
sabiduría que su Maestro o sean más inocentes que el Cordero
de Dios.
No deseen evitarla ni escapar de ella por completo,
porque si lo hacen no serían de los suyos. Si escapan de la
persecución escaparán de la bendición, la bendición de los que
son perseguidos por causa de la justicia.126 Si no son
perseguidos por causa de la justicia, no podrán entrar en el reino
de los cielos. Si sufrimos, también reinaremos con él. Si le
negáremos, él también nos negará.127
123 Mt. 10.23.
124 Jn. 15.20.
125 Mt. 10.16.
126 Mt. 5.10.
127 Cf. 2 Ti. 2.12.
El sermón de la montaña, III 75
11. No, antes bien, «gozaos y alegraos»128 cuando los
hombres les persigan por Su causa, cuando «os vituperen y os
persigan, y digan toda clase de mal contra vosotros, mintien-
do»129 (lo que no dejarán de añadir a toda clase de persecución,
buscarán desacreditarlos para disculparse a sí mismos): «porque
así persiguieron a los profetas que fueron antes de vosotros»,130
a aquellos que fueron sumamente santos de corazón y de vida;
más aún, a todos los justos que han existido desde el principio
del mundo. Regocíjense, porque por medio de esta señal sabrán
a quién pertenecen. Y porque «vuestro galardón es grande en
los cielos», la recompensa comprada con la sangre del pacto y
libremente otorgada en proporción a sus sufrimientos, así como
a la santidad de su corazón y vida. «Alegraos», sabiendo que
esta leve tribulación momentánea, produce en nosotros un cada
vez más excelente y eterno peso de gloria.131
12. Mientras tanto, no permitan que ninguna persecu-
ción les desvíe del camino de la humildad y la mansedumbre,
del amor y la benignidad. Oísteis, en verdad, que fue dicho:
Ojo por ojo, y diente por diente.132 Pero sus miserables
maestros, por tanto, les han permitido vengarse, devolver mal
por mal. «Pero yo os digo: No resistáis al que es malo» -no lo
resistan de ese modo, devolviendo lo mismo. «Antes»- en vez
de hacer esto -«a cualquiera que te hiera en la mejilla
derecha, vuélvele también la otra; y al que quiera ponerte a
pleito, y quitarte la túnica, déjale también la capa; y
cualquiera que te obligue a llevar carga por una milla, vé con
128 Mt. 5.12.
129 Mt. 5.11.
130 Mt. 5.12.
131 2 Co. 4.17.
132 Mt. 5.38.
76 Sermón 23
él dos.»133 Que tu mansedumbre sea invencible y que tu amor
sea apropiado a ella. «Al que te pida, dale; al que quiera tomar
de ti prestado, no se lo rehúses134 Sólo que no debes dar lo que
es de otra persona, aquello que no es tuyo. Por tanto: (1) Pon
cuidado en no deber a nadie,135 porque lo que debes no es
tuyo, sino de otro. (2) Provee para los de tu propia casa,136
Dios te lo requiere, aquello que es necesario para mantenerlos
en vida y piedad tampoco es tuyo. Luego, (3) da o presta todo
lo que te sobra día a día, o de año en año, y teniendo presente
que no puedes dar o prestar a todos, recuerda la familia de la
fe.137
13. La mansedumbre y el amor que debemos sentir, la
amabilidad que debemos mostrar a los que nos persiguen por
causa de la justicia, nuestro bendito Señor las describe más
extensamente en los versículos siguientes. ¡Que ellos sean
grabados en nuestros corazones!
«Oísteis que fue dicho: Amarás a tu prójimo, y
aborrecerás a tu enemigo».138 Dios, en verdad, había dicho sólo
la primera parte, «Amarás a tu prójimo»;139 los hijos del
diablo140 añadieron la segunda, «y aborrecerás a tu enemigo».
«Pero yo os digo»: (1) «Amad a vuestros enemigos».141
Procuren tener buena voluntad hacia aquellos que son más
implacables de espíritu contra ustedes, hacia aquellos que
desean toda clase de males. (2) «Bendecid a los que os
133 Mt. 5.39-41.
134 Mt. 5.42.
135 Ro. 13.8.
136 Cf. 1 Ti. 5.8.
137 Gá. 6.10.
138 Mt. 5.43.
139 Lv. 19.18.
140 1 Jn. 3.10.
141 Mt. 5.44.
El sermón de la montaña, III 77
maldicen»142 ¿Hay alguno cuya amargura de espíritu
prorrumpe en palabras amargas? ¿Que constantemente les
maldice y reprocha en su presencia, y «dice toda clase de mal
contra»143 ustedes cuando están ausentes? Cuánto más sea así,
tanto más le bendecirán ustedes. Al hablar con ellos usen un
lenguaje apacible y suave. Corríjanlos dándoles una buena
lección, enseñándoles cómo deberían haber hablado. Y al
hablar de ellos digan todo el bien que puedan sin violar las
reglas de verdad y justicia. (3) «Haced bien a los que os
aborrecen.»144 Dejen que las acciones demuestren que ustedes
son tan sinceros en su amor como ellos en su odio. Devuelvan
bien por mal. No seas vencido de lo malo, sino vence con el
bien el mal.145 (4) Si no pueden hacer nada más, al menos
«orad por los que os ultrajan y os persiguen.»146 Nunca
podrán quedar ustedes incapacitados para hacer esto, ni podrán
ellos impedirlo con toda su malicia. Abran sus almas a Dios, no
sólo por aquellos que hicieron esto una vez y ahora están
arrepentidos. Esto es una pequeña cosa. Si tu hermano [...]
siete veces al día volviere a ti, diciendo: Me arrepiento - es
decir, si después de tantas reincidencias te da razones para
creer que está real y completamente cambiado- entonces
perdónale,147 como para confiar en él, para recibirlo amorosa-
mente, como si nunca hubiera pecado contra ti. Pero ora a
Dios, lucha con Dios por aquellos que no se arrepienten, los
que te usan sin remordimiento y te persiguen. Aun así,
perdónales, «No te digo hasta siete veces, sino aun hasta
142 Mt. 5.44.
143 Cf. Mt. 5.11.
144 Mt. 5.44.
145 Ro. 12.21.
146 Mt. 5.44.
147 Lc. 17.3-4.
78 Sermón 23
setenta veces siete.»148 Sea que se arrepientan o no, sea que
aparezcan estar más y más lejos del arrepentimiento, muéstrales
este ejemplo de amabilidad para que seáis hijos, para que
puedan probarse a sí mismos como hijos genuinos, de vuestro
Padre que está en los cielos, que muestra su bondad
derramando tales bendiciones sobre sus peores enemigos, que
hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre
justos e injustos.149 Porque si amáis a los que os aman ¿qué
recompensa tendréis? ¿No hacen lo mismo los publicanos?150
que no pretenden ser religiosos, quienes según ustedes mismos
saben, están sin Dios en el mundo. Y si saludáis, mostrando
amabilidad en palabra o hecho a vuestros hermanos, amigos o
parientes solamente ¿qué hacéis de más que aquellos que no
tienen ninguna religión? ¿No hacen así también los gentiles?151
No, sigan un ejemplo mejor que el de ellos. En paciencia, en
sufrimiento, en misericordia, en toda clase de benignidad para
con todos los humanos, aun para con los más encarnizados
perseguidores. Sed, pues, vosotros perfectos cristianos -en
modo ya que no en grado- así como vuestro Padre que está en
los cielos es perfecto.152
IV. ¡He aquí el cristianismo en su forma primitiva,
como fuera entregado por su gran Autor! Esta es la genuina
religión de Jesucristo. Tal como la presenta al que tiene los ojos
abiertos. ¡Observa un retrato de Dios, en cuanto puede ser
imitado por los humanos! ¡Una imagen hecha por Dios mismo!
Mirad, oh menospreciadores, y asombraos, y desapareced153
O más bien, ¡admiren y adoren! Mejor, clamen, «¿Esta es la
148 Mt. 18.22.
149 Mt. 5.45.
150 Mt. 5.46.
151 Mt. 5.47.
152 Mt. 5.48.
153 Hch. 13.41.
El sermón de la montaña, III 79
religión de Jesús de Nazaret? ¡La religión que perseguí! No me
dejen ser hallado en lucha contra Dios. Señor ¿qué quieres que
haga?»154 ¡Qué belleza aparece en todo! ¡Qué simetría tan
perfecta! ¡Qué proporciones exactas en cada parte! ¡Qué
deseable es la felicidad aquí descrita! ¡Qué venerable, qué
hermosa es la santidad! Este es el espíritu de la religión, su
quintaesencia. En verdad estos son los fundamentos del
cristianismo. ¡Qué no seamos sólo oidores!155 Semejante al
hombre que considera en un espejo su rostro natural [...] y se
va, y luego olvida cómo era156 No, sino mira atentamente en la
perfecta ley, la de la libertad, y persevera en ella.157 No
descansemos hasta que cada línea de sus partes quede escrita
en nuestros corazones. Velemos, oremos, tengamos fe,
amemos, y luchemos por lo imperecedero,158 hasta que todas
sus partes aparezcan en nuestra alma, grabadas por el dedo de
Dios. ¡Hasta que seamos santos, como aquel que nos llamó es
santo,159 perfectos como nuestro Padre que está en los cielos es
perfecto!160
154 Hch. 22.4; 5.39; 23.9; 9.6.
155 Stg. 1.22.
156 Cf. Stg. 1.23-24.
157 Stg. 1.25.
158 Cf. 1 Co. 9.25.
159 Cf. 1 Pe. 1.15.
160 Cf. Mt. 5.48.