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Sermón 22 - Sobre el sermón de nuestro Señor

en la montaña

Segundo discurso

Mateo 5.5-7

Bienaventurados los mansos, porque ellos recibirán la

tierra por heredad.

Bienaventurados los que tienen hambre y sed de

justicia, porque ellos serán saciados.

Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos

alcanzarán misericordia.

I.1 Cuando ha pasado el invierno; cuando el tiempo de

la canción ha venido, y en nuestro país se ha oído la voz de la

tórtola;1 cuando aquel que consuela a los que lloran ha

regresado para que esté con ellos para siempre;2 cuando ante

la luz de su presencia los nubarrones se dispersan -las oscuras

nubes de la duda y la incertidumbre- y huyen las tormentas del

temor, se calman las olas del pesar, y el espíritu nuevamente se

regocija en Dios su Salvador3: entonces evidentemente esta

palabra se ha cumplido. Entonces aquellos a quienes él ha

consolado pueden dar testimonio: «Bienaventurados (o felices)

los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad.»4

2. Pero ¿quiénes son los mansos? No son los que se

afligen por cualquier cosa, porque no saben nada, los que se

desconciertan ante los males que ocurren pues no saben

1 Cant. 2.11-12.

2 Jn. 14.16.

3 Lc. 1.47.

4 Mt. 5.5.

27

28 Sermón 22

discernir entre el bien y el mal. No son los que están protegidos

de los golpes de la vida por una torpe insensibilidad; quienes

tienen por naturaleza o destreza la virtud de los zoquetes o las

piedras, y no se ofenden por nada porque nada sienten. Los

filósofos ineptos ni siquiera se preocupan por estas cosas. La

apatía está tan distante de la mansedumbre como de la

benignidad. Así que no es fácil concebir cómo algunos

cristianos de las edades más puras, especialmente ciertos Padres

de la Iglesia, pudieron confundir estas cosas y equivocarse,

tomando uno de los más crasos errores del paganismo como una

de las ramas del verdadero cristianismo.

3. La mansedumbre cristiana tampoco significa falta de

celo por Dios, ni ignorancia o insensibilidad. No, ella evita todos

los extremos, ya de exceso ya de falta. No destruye sino más

bien equilibra las afecciones -que el Dios de la naturaleza nunca

se propuso extirpar por la gracia- a fin de traerlas y someterlas

bajo ciertas reglas. Proporciona ecuanimidad a la mente.

Sostiene una balanza fiel para ponderar la ira, el dolor y el

temor; procurando el término medio en todas las circunstancias

de la vida, sin inclinarse a la derecha o a la izquierda.5

4. La mansedumbre, por tanto, parece con toda

propiedad referirse a nosotros mismos. Pero puede referirse

tanto a Dios como a nuestro prójimo. Cuando esta actitud de la

mente se refiere a Dios usualmente se la denomina resignación-

-una calmada conformidad para con cualquiera sea su voluntad

con respecto a nosotros, aun cuando ella no sea agradable a la

naturaleza, diciendo continuamente, «El Señor es, haga lo que

bien le pareciere.»6 Cuando consideramos esto de manera más

estricta con respecto a nosotros mismos la llamamos paciencia

o conformidad. Cuando se ejerce para con otras personas

5 2 Cr. 34.2.

6 1 S. 3.18.

El sermón de la montaña, II 29

entonces es afabilidad para con los buenos y clemencia para

con los malos.

5. Quienes son verdaderamente mansos pueden

discernir con claridad qué es lo malo, y también pueden

sobrellevarlo. Son sensibles a todo este tipo de cosas; pero la

mansedumbre mantiene el control. Tienen el celo del Señor de

los ejércitos7. pero su celo está siempre guiado por el

conocimiento, y templado en todo pensamiento, palabra y obra

por el amor del ser humano así como por el amor de Dios. No

desean extinguir ninguna de las pasiones que con sabios fines

Dios ha implantado en su naturaleza. Pero pueden dominarlas

todas, y tenerlas bajo sujeción, empleándolas sólo como medios

para esos fines. Así, aun las pasiones más vehementes y las más

desagradables son utilizables para los propósitos más nobles.

Aun el odio, la ira y el temor, cuando se emplean contra el

pecado, y están regulados por la fe y el amor, son como murallas

y baluartes del alma, de manera que el enemigo no puede

acercarse ni hacerle daño.

6. Es evidente que esta disposición divina no sólo está

para quedarse en nosotros, sino para incrementarse de día en

día. Mientras permanezcamos en la tierra nunca faltarán las

ocasiones de ejercitarla y, por tanto, de acrecentarla. Nos es

necesaria la paciencia, para que habiendo hecho y sufrido la

voluntad de Dios, podamos recibir la promesa.8 Necesitamos la

resignación pura, que bajo todas las circunstancias, podamos

decir «No sea como yo quiero, sino como tú.»9 Necesitamos

ser amables para con todos10, pero especialmente con los

7 2 R 19.31; Is. 9.7; 37.32.

8 Cf. He. 10.36.

9 Mt. 26.39.

10 Cf. 2 Ti. 2.24.

30 Sermón 22

malos e ingratos; de otra manera seremos vencidos por el mal,

en vez de vencer con el bien al mal.11

7. La mansedumbre no refrena tan sólo las acciones

exteriores, como los escribas y los fariseos de antaño

enseñaban, y como no cesan de enseñar los miserables

maestros de todas las épocas que no son instruidos por Dios.

Nuestro Señor nos previene contra esto, y señala el verdadero

alcance de ello, en los siguientes términos: «Oísteis que fue

dicho a los antiguos; No matarás; y cualquiera que matare será

culpable de juicio. Pero yo os digo que cualquiera que se

enoje contra su hermano, será culpable de juicio; y cualquiera

que diga: Raca, a su hermano, será culpable ante el concilio; y

cualquiera que le diga: Fatuo, quedará expuesto al infierno

de fuego.»12

8. Aquí nuestro Señor encasilla como homicidio aun

esa cólera que no va más allá del corazón; y que ni se

manifiesta por una falta de amabilidad exterior; o siquiera por

una palabra iracunda.

«Cualquiera que se enoje contra su hermano» -o con

cualquiera persona viviente, puesto que todos somos

hermanos -cualquiera que sienta dureza en su corazón,

cualquiera disposición contraria al amor; cualquiera que se

enojare «sin causa»- sin causa justa, o aún más allá de lo

razonable -«será culpable de juicio», énojos éstai, estará en ese

momento expuesto al justo juicio de Dios.

Empero ¿nadie se inclinará a preferir la lectura de

aquellas versiones que omiten el término eikee «sin causa»?

¿No es enteramente superfluo? Porque si la cólera contra

personas es una disposición contraria al amor, ¿cómo puede

haber una causa, alguna causa suficiente para ello, una causa

que justifique la ira de Dios?

11 Véase Ro. 12.21.

12 Mt. 5.21-22.

El sermón de la montaña, II 31

Pensemos en la ira contra el pecado. En este sentido

podemos «estar airados» y, no obstante, sin pecado.13 En este

sentido nuestro mismo Señor -como está escrito- se enojó una

vez: «Mirándolos alrededor con enojo, entristecido por la

dureza de sus corazones»14. Se enojó contra el pecado pero se

compadeció de los pecadores. Y sin duda esto es lo justo

delante de Dios.

9. «Y cualquiera que diga: Raca, a su hermano».

Cualquiera que se dejare dominar por la ira, hasta el grado de

usar palabras despectivas. Los intérpretes observan que Raca

es un término siríaco que significa: vacío, vano, tonto. Así,

pues, es una expresión tan inofensiva que puede ser utilizada

contra quien estamos enojados. No obstante cualquiera que la

use, como nos lo asegura el Señor, «será culpable ante el

concilio» -más bien, «estará en peligro de ser culpado».

Correrá el riesgo de una sentencia más severa del Juez de toda

la tierra.

«Y cualquiera que le diga: Fatuo», cualquiera que se

deje dominar por el diablo y estalle en improperios, usando a

propósito un lenguaje reprochable y contumaz, «quedará

expuesto al infierno de fuego» -será responsable en aquel

instante a la mayor condenación. Debe observarse que nuestro

Señor describe todas estas faltas como merecedoras de la pena

capital. La primera de la horca, usualmente impuesta a los

condenados por los tribunales inferiores. La segunda, de

apedreamiento, que frecuentemente se infligía a quienes

resultaban condenados por el gran Concilio de Jerusalén. Los

culpables de la tercera, de ser quemados vivos, aplicada sólo

a los grandes delincuentes, en el valle de los hijos de Hinom15,

13 Cf. Ef. 4.26.

14 Mr. 3.5.

15 Jos. 15:8.

32 Sermón 22

Gee Ennoón, palabra que evidentemente traducimos como

infierno.

10. Y como quiera que los seres humanos se imaginan

naturalmente que Dios disculpará el incumplimiento de algunas

de sus obligaciones, teniendo en cuenta la satisfacción de otras,

nuestro Señor se encarga en cortar de raíz esa vana, si bien

común, ilusión. Demuestra lo imposible que es para cualquier

pecador el permutar con Dios, quien no aceptará intercambiar

una obligación por otra, ni la obediencia parcial en lugar de la

completa. Nos advierte que el cumplimiento de nuestro deber

para con Dios no servirá de excusa por nuestras obligaciones

para con nuestro prójimo; que las obras piadosas, como

comúnmente se les llama, no valdrán como recomendación si

carecemos de amor. Por el contrario, la falta de amor hará de

tales obras una abominación ante el Señor.

«Por tanto, si traes tu ofrenda al altar, y allí te

acuerdas de que tu hermano tiene algo contra ti» -por razón

de tu mal trato contra él, o por haberlo llamado «Raca» o

«Fatuo»- no pienses que tu ofrenda te redimirá de tu ira, o que

será agradable a Dios en tanto tu conciencia está manchada con

la culpa de un pecado impenitente. «Deja allí tu ofrenda

delante del altar, y anda, reconcíliate primero con tu hermano»

-al menos haz todo lo que esté de tu parte para reconciliarte- «y

entonces ven y presenta tu ofrenda.»16

11. No permitas ninguna demora en lo que concierne

tan de cerca a tu alma. «Ponte de acuerdo con tu adversario

pronto» -ahora, rápidamente -«entre tanto que estás con él en el

camino» -si es posible, antes que lo pierdas de vista- «no sea

que el adversario te entregue al juez» -no sea que apele a

Dios, el Juez de todos- «y el juez al alguacil» -a Satán,

ejecutor de la ira de Dios- «y seas echado en la cárcel.»17-al

16 Mt. 5. [22] 23-24.

17 Mt. 5.25.

El sermón de la montaña, II 33

infierno, hasta esperar el juicio del gran día.18 «De cierto te

digo que no saldrás de allí hasta que no pagues el último

cuadrante.»19 Pero ello te es imposible hacer, viendo que no

tienes nada con qué pagar.20 Por consiguiente si alguna vez

entras en esa prisión el humo de tu tormento ascenderá por los

siglos de los siglos.21

12. Mientras tanto, «los mansos recibirán la tierra por

heredad»22 ¡Tal es la necedad de la sabiduría mundana! Los

sabios de este mundo les habían advertido una y otra vez que si

no se resentían de ese maltrato, si sumisamente soportaban que

se abusara de ellos, no habría existencia para ellos sobre la

tierra. Que jamás serían capaces de proveerse de las cosas

necesarias para la vida, ni aun de preservar lo que tenían; que

no podrían esperar la paz, ni el tranquilo disfrute de las

posesiones o poder gozar de cualquier cosa. Más aún,

supóngase que no hubiera Dios en el mundo; o que no se

preocupara de los seres humanos. Pero cuando Dios se levanta

para juzgar, para salvar a los mansos de la tierra,23 ¡cómo se

ríe de toda la sabiduría pagana y se burla de ella! ¡Cómo

transforma la ira del ser humano» en alabanza suya!24 Se toma

el trabajo de proveerlos con todas las cosas necesarias para la

vida y la santidad.25 Les asegura la provisión que ha hecho a

pesar de la fuerza, el fraude o la malicia de los seres humanos.

Y las cosas que él asegura las da todas...en abundancia para

18 Véase Jud. 6.

19 Mt. 5.26.

20 Véase Lc. 7.42.

21 Ap. 14.11.

22Sal. 37.11, cf. Mt. 5.5.

23 Cf. Sal. 76.9.

24 Cf. Sal. 76.10.

25 Véase 2 P. 1.3.

34 Sermón 22

que las disfrutemos.26 Les es agradable, ya sea en poco o

mucho. Así como en paciencia ganarán sus almas27, así

poseerán verdaderamente lo que Dios les ha dado. Siempre

están contentos, siempre agradecidos con lo que tienen. Les

agrada porque ello agrada a Dios; de manera que mientras su

corazón, su deseo, su gozo están en el cielo, en verdad se les

puede decir «recibirán la tierra por heredad.»

13. Pero parece haber un sentido más profundo en

estas palabras: que ellos tendrán una parte más prominente en

la tierra nueva, en la cual mora la justicia;28 en esa heredad,

cuya descripción general (los pormenores de la cual sabremos

después) ha expuesto san Juan en el capítulo veinte del

Apocalipsis: «Vi a un ángel que descendía del cielo...y prendió

al dragón, la serpiente antigua,...y lo ató por mil años... Y vi

las almas de los decapitados por causa del testimonio de Jesús

y por la palabra de Dios, los que no habían adorado a la

bestia ni a su imagen, y que no recibieron la marca en sus

frentes ni en sus manos: y vivieron y reinaron con Cristo mil

años. Pero los otros muertos no volvieron a vivir hasta que se

cumplieron mil años. Esta es la primera resurrección.

Bienaventurado y santo el que tiene parte en la primera

resurrección; la segunda muerte no tiene potestad sobre estos;

sino que serán sacerdotes de Dios y de Cristo, y reinarán con

ellos mil años.»29

II. 1. Hasta aquí nuestro Señor se ha ocupado

diligentemente en quitar los estorbos a la verdadera religión: tal

como el orgullo, el primer y gran obstáculo de toda religión,

que se elimina con la pobreza de espíritu;30 la ligereza y la

26 Cf. 1 Ti. 6.17.

27 Cf. Lc. 21.19.

28 Cf. 2 P. 3.13.

29 Ap. 20.1-2, 4-6.

30 Cf. Mt. 5.3.

El sermón de la montaña, II 35

inconsciencia, que impiden a la religión echar raíces en el alma

hasta que son extirpadas por un clamor santo; también la ira, la

impaciencia y el descontento, curados todos por la manse-

dumbre cristiana. Y cuando todos estos estorbos- estas enfer-

medades malignas del alma que continuamente despertaban

falsos anhelos interiores, calmándolos con apetitos

enfermizos- son extirpados, vuelve el apetito natural de un

espíritu nacido del cielo; que tiene hambre y sed de justicia. Y

bienaventurados los que tienen hambre y sed de justicia, porque

ellos serán saciados.31

2. La justicia -como ya hemos observado- es la imagen

de Dios, la mente que está en Cristo Jesús32. Es toda la

disposición santa y celestial reunida, que surge y culmina en el

amor de Dios nuestro Padre y Redentor, y en el amor a todos

los seres humanos por su causa.

3. «Bienaventurados los que tienen hambre y sed».

Para entender esta expresión debemos tener presente, en

primer lugar, que el hambre y la sed son los más fuertes de

nuestros apetitos corporales. De la misma manera esta hambre

del alma, esta sed de la imagen de Dios, es el más fuerte de

todos nuestros apetitos espirituales una vez despierto en el

corazón, absorbe a todos los demás en un solo gran deseo: el

ser renovado a semejanza de aquel que nos creó. Debemos

observar, en segundo lugar, que desde el momento que

comenzamos a tener hambre y sed estos apetitos no cesan, sino

que son más exigentes e inoportunos hasta que comemos y

bebemos, o morimos. Igualmente, desde el momento en que

comenzamos a tener hambre y sed de toda la mente que estuvo

en Cristo, estos apetitos espirituales no cesan, sino que claman

por su alimento con más y más importunidad. Y mientras haya

31 Mt. 5.6.

32 Véase Fil. 2.5.

36 Sermón 22

algo de vida espiritual, no cesarán hasta quedar satisfechos.

Podemos observar, en tercer lugar, que el hambre y la sed sólo

se satisfacen con el alimento y la bebida. Si uno le diera al

hambriento todo el mundo, la vestimenta más elegante, toda la

pompa del Estado, todos los tesoros de la tierra, muchísima

plata y oro, si se le rindiera todo el honor, no le prestaría

atención. Todas estas cosas no tienen valor para él. Seguiría

diciendo: «Estas no son las cosas que anhelo; denme de comer

o me muero»33. Lo mismo ocurre con toda alma que

verdaderamente tiene hambre y sed de justicia: en ninguna otra

cosa encuentra consuelo, nada más puede satisfacerla.

Cualquiera cosa que se le ofrezca, será estimada en poco, sean

riquezas, honor, o placer, y hasta dirá: «Esto no es lo que quiero.

¡Denme amor o me muero!».

4. Y tan imposible es satisfacer a tal alma -un alma que

está sedienta de Dios, del Dios viviente- con lo que el mundo

llama religión, como con lo que se toma por felicidad. La

religión del mundo significa tres cosas. Primero, el no hacer

mal a nadie, abstenerse del pecado exterior -al menos de cosas

como el escándalo, el robo, el hurto, la blasfemia, la embria-

guez. Segundo, el hacer el bien -como socorrer a los pobres,

ser caritativos, como se dice. Tercero, usar los medios de

gracia- al menos concurrir a la iglesia y participar de la Cena

del Señor. El mundo denomina persona religiosa a aquella en

quien se encuentran estas tres marcas. Pero ¿aplacará esto a la

persona que tiene hambre de Dios? No. Eso no es alimento

para su alma, sino que requiere una religión más noble, más

elevada y más profunda. No puede alimentarse más de esta

cosa pobre, superficial y formal, como tampoco puede llenar

su vientre de viento solano.34 Es cierto, se cuida de abstenerse

33 Cf. Gn. 25.29-34; 30.1.

34 Job 15.2.

El sermón de la montaña, II 37

de toda apariencia de mal.35 Es celosa de buenas obras.36

Cumple con todos los mandamientos del Señor. Pero nada de

esto es lo que anhela. Esto es sólo la cáscara de aquella religión

por la que el ser humano tiene un hambre insaciable. El

conocimiento de Dios en Cristo Jesús; la vida escondida con

Cristo en Dios;37 el estar unido al Señor en un Espíritu;38 el

tener comunión con el Padre y con el Hijo;39 el andar en luz,

como él está en la luz;40 el ser purificado así como él es puro41-

-esta es la religión, la justicia de la que el ser humano tiene sed.

Y no puede descansar sino hasta que descanse en Dios.

5. «Bienaventurados los que tienen» esta «hambre y

sed de justicia, porque en ellos serán saciados». Serán

saciados de las cosas que anhelan, aun de la justicia y de la

verdadera santidad.42 Dios los satisfará con las bendiciones de

su bondad, con la felicidad de sus escogidos. Los alimentará

con el pan del cielo, con el maná de su amor.43 Les dará a beber

de sus delicias como de un río44 del cual aquel que bebiere no

tendrá sed jamás,45 sino sólo sed del agua de la vida.46 Esta sed

durará por siempre.

La doliente sed, honda ansiedad,

Tu gozosa presencia disipará;

35 Cf. 1 Ts. 5.22.

36 Tit. 2.14.

37 Col. 3.3.

38 Cf. 1 Co. 6.17.

39 Cf. 1 Jn. 1.7.

40 1 Jn. 1.7.

41 1 Jn. 3.3.

42 Ef. 4.24.

43 Véase Jn. 6.48.

44 Véase Sal. 36.8.

45 Véase Jn. 4.14.

46 Ap. 21.6; 22.1, 17.

38 Sermón 22

Pero mi alma siempre requerirá

De amor toda una eternidad.

6. Quienquiera que seas, tú a quien Dios ha dado el tener

«hambre y sed de justicia», pídele que nunca pierdas tan

inestimable don, para que este divino apetito no cese jamás. Si

muchos te reprenden y te ordenan refrenar tu paz, no les hagas

caso. Por el contrario, clama mucho más: «¡Jesús, Maestro, ten

misericordia de mí!»47 No dejes que viva yo, sino ser santo

como tú eres santo. No gastes el dinero en lo que no es pan ni

tu trabajo en lo que no sacia.48 ¿Acaso esperas extraer

felicidad de la tierra, o hallarla en las cosas de este mundo?

Menosprecia todos sus placeres, desecha sus honores,

considera sus riquezas como basura y estiércol -sí, y aun todas

las cosas que existen bajo el sol- por la excelencia del

conocimiento de Cristo Jesús;49 para que tu alma sea

completamente renovada en aquella imagen de Dios, según la

cual fue creada al principio. Cuídate de no apagar aquella

bendita sed y hambre con eso que el mundo llama religión--una

religión de la forma, de la apariencia, que deja al corazón tan

terrenal y sensual como siempre. No te satisfagas con nada sino

con el poder de la santidad, con una religión que es espíritu y

vida, el morar tú en Dios y Dios contigo;50 con ser morador de

la eternidad;51 y entrar hasta dentro del velo52 mediante la

sangre rociada,53 y sentarte en los lugares celestiales con

Cristo Jesús.54

47 Cf. Lc. 17.13.

48 Is. 55.2.

49 Fil. 3.8.

50 Véase 1 Jn. 4.12-13.

51 Véase Is. 57.15.

52 He. 6.19.

53 He. 12.24.

54 Ef. 2.6.

El sermón de la montaña, II 39

III. 1. Cuanto más llenos estén estos con la vida de

Dios, con más ternura se preocuparán de quienes están sin Dios

en el mundo,55 todavía muertos en sus transgresiones y

pecados.56 Ni quedará sin recompensa esta preocupación por

los demás. «Bienaventurados los misericordiosos, porque ellos

alcanzarán misericordia.»57

La palabra utilizada por nuestro Señor significa

directamente: los compasivos, los de tierno corazón; aquellos

que, lejos de despreciar, se afligen sinceramente por los que no

tienen hambre de Dios. Esta parte tan esencial del amor

fraternal- por medio de un ejemplo común- representa aquí

todo; así que «los misericordiosos», en el sentido pleno del

término, son los que aman a su prójimo como a sí mismos.58

2. En razón de la vasta importancia de este amor -sin el

cual, aunque hablásemos lenguas humanas y angélicas, y

tuviésemos profecía y entendiésemos todos los misterios y toda

ciencia, y si tuviésemos toda la fe, de tal manera que

moviésemos las montañas; más aún, si repartiésemos todos los

bienes para dar de comer a los pobres, y si entregásemos

nuestros cuerpos para ser quemados, de nada nos serviría59-

Dios en su sabiduría nos ha dado por medio del Apóstol Pablo

una relación especial y completa del amor, para que examinán-

dola podamos discernir con la mayor claridad quienes son los

«misericordiosos» que «alcanzarán misericordia».

3. La caridad, o el amor -como hubiera sido deseable

haberla traducido siempre, por ser esta palabra más clara

y menos ambigua- el amor al prójimo así como Cristo nos ha

55 Ef. 2.12.

56 Ef. 2.1.

57 Mt. 5.7.

58 Cf. Mt. 19.19.

59 Cf. 1 Co. 1.1-3.

40 Sermón 22

amado, es sufrido.60 Es paciente para con todas las personas.

Soporta todas las debilidades, ignorancia, errores, flaquezas,

terquedades y nimiedades en la fe de los hijos de Dios; toda la

malevolencia y la perversidad de los hijos de este mundo. Y

sufre todo esto, no sólo durante algún tiempo, por un breve

período, sino hasta el fin: aun dando de comer al enemigo

cuando tiene hambre, o de beber si está sediento; así

amontonando constantemente ascuas de fuego, de verdadero

amor, sobre su cabeza.61

4. Y en cada paso dado hacia este fin tan deseable, de

vencer con el bien el mal,62 «el amor es benigno» (jresteúetai,

palabra de difícil traducción, significa suave, apacible, bené-

volo). Está a la mayor distancia del malhumor, de toda

aspereza o acidez del espíritu, y de una vez inspira al que sufre

con la más apacible amabilidad y la afección más ferviente y

tierna.

5. Por consiguiente, el amor no tiene envidia.63 Sería

imposible que la tuviera; pues está diametralmente opuesto a

ese espíritu tan nocivo. Es inconcebible que quien tiene este

ánimo tan afectuoso para con todos, que sinceramente desea

todas las bendiciones espirituales y temporales, todas las cosas

buenas de este mundo y del otro para toda alma que Dios ha

creado, se ofendiera ante cualquiera otra persona. Si él mismo

ha recibido idéntico don, lejos de afligirse se regocija que otro

participe del beneficio común. Si no lo ha recibido, bendice a

Dios que al menos su hermano lo tenga y sea más feliz que él.

Mientras mayor es su amor, más se regocija por las bendiciones

a toda la humanidad, más apartado está de toda clase y grado de

envidia hacia cualquiera criatura.

60 1 Co. 13.4.

61 Cf. Ro. 12.20.

62 Ro. 12.21.

63 1 Co.13.4.

El sermón de la montaña, II 41

6. El amor oú perperúetai, esto no quiere decir que

«no es jactancioso», lo cual sería lo mismo que las próximas

palabras, sino (en el sentido propio del término griego) `no se

apresura' o `precipita' a juzgar. No condena apresuradamente a

ninguno. No pronuncia una severa condena basada en una

ligera o repentina opinión de las circunstancias. Sopesa primero

toda la evidencia, particularmente aquella que está a favor del

acusado. Quien verdaderamente ama a su prójimo no es como

la generalidad de las personas, quienes -aun en los mejores

casos- ven un poco, suponen mucho y se apresuran a sacar

conclusiones. No, sino que procede con cautela y prudencia,

poniendo atención en cada paso; suscribiendo de buena gana la

regla de aquel antiguo pagano: «tan lejos estoy de creer

fácilmente lo que una persona dice en contra de otra, que no

creo ni lo que dice en contra de sí misma. Siempre le concederé

que pueda cambiar de opinión y, muchas veces, también buscar

consejo».64 ¡Ah, si los cristianos modernos llegaran al menos a

ese nivel!

7. Sigue diciendo, «el amor no se envanece».65 No

induce o permite a ninguna persona a tener más alto concepto

de sí que el que debe tener, antes bien que piense de sí con

cordura.66 Sin duda, humilla el alma hasta el polvo. Destruye

toda soberbia que engendra el orgullo, y nos hace regocijar en

ser poca cosa, pequeños y viles, lo postrero de todo, y siervos

de todos.67 Aquellos que se aman los unos a los otros con

amor fraternal, no pueden sino en cuanto a honra preferirse

los unos a los otros.68 Aquellos que, teniendo el mismo

64 Wesley dice que la cita es de Séneca, pero falta la referencia exacta.

65 1 Co. 13.4.

66 Ro. 12.3.

67 Cf. Mr. 9.35.

68 Ro. 12.10.

42 Sermón 22

amor...sintiendo una misma cosa, con humildad estiman a los

demás como superiores a sí mismos.69

8. «No hace nada indebido».70 No es descortés ni

intencionalmente ofensivo con nadie. Paga a todos lo que

debe...al que respeto, respeto; al que honra, honra.»71 Rinde

cortesía, amabilidad, compasión a todo el mundo, honrando a

todos72 según sus respectivas dignidades. Un reciente escritor

define la buena crianza, mejor dicho su más alto grado, la

cortesía, así: «Un continuo deseo de agradar que se manifiesta

en toda conducta». Pero si esto es cierto, no hay nadie tan bien

criada como una persona cristiana, una que ama a todo el

género humano, porque sólo puede desear agradar a todos,73 en

lo que es bueno, para edificación,74 Y este deseo no puede

ocultarse: necesariamente se manifestará en todas sus relaciones

con los seres humanos. Porque su amor es sin fingimiento,75

aparecerá en todas sus acciones y conversaciones. Además, la

obligará, sin malicia alguna, a hacerse todo a todos, para que de

todos modos salve a algunos.76

9. Y al hacerse todo a todos, el amor «no busca lo

suyo».77 Al procurar agradar a todos, quien ama a la humanidad

no busca su propia ventaja temporal. No codicia la plata, el

oro, o la vestimenta de persona alguna; no desea nada sino la

salvación de sus almas. Más aún, en cierto sentido se puede

decir que no busca su propio bien78 espiritual, como no busca

69 Cf. Fil. 2.2-3.

70 1 Co. 13.5.

71 Cf. Ro. 13.7.

72 1 P. 2.17.

73 1 Co. 10.33.

74 Ro. 15.2.

75 Cf. Ro. 12.9.

76 1 Co. 9.22.

77 1 Co. 13.5.

78 Cf. 1 Co. 10.24.

El sermón de la montaña, II 43

las ventajas temporales. Pues mientras que se esfuerza por

salvar sus almas de la muerte, se olvida de sí mismo. No piensa

en sí mismo en tanto que el celo por la gloria de Dios lo

consume. Más bien, algunas veces casi puede parecer que, por

un exceso de amor, se rinde en cuerpo y alma, mientras clama

con Moisés: «Este pueblo ha cometido un gran pecado [...] te

ruego que perdones ahora su pecado, y si no, ráeme ahora de

tu libro que has escrito.»79 O con san Pablo, «porque deseara

yo mismo ser anatema, separado de Cristo por amor a mis

hermanos, los que son mis parientes según la carne.»80

10. No es de asombrarse que tal amor «no se irrita», oú

paroxúnetai.81 Obsérvese que la palabra «fácilmente»,

introducida de forma extraña en la traducción [inglesa], no se

encuentra en el original. Las palabras de san Pablo son

absolutas: «El amor no se irrita»- no se irrita en desconsidera-

ción contra nadie. En verdad, habrá frecuentes oportunidades de

provocaciones externas de diversa índole. Pero el amor no se

somete a la incitación. Triunfa sobre todo. En todas las pruebas

mira a Jesús, y por su amor es más que vencedor.

No es improbable que nuestros traductores introdujeran

esa palabra como para disculpar al Apóstol, quien ellos

supusieron podría aparecer carente de ese amor que tan

perfectamente describe. Parecen haberlo deducido de una frase

en los Hechos de los Apóstoles, que también está traducida

incorrectamente. Cuando Pablo y Bernabé discreparon con

respecto a Juan, la traducción dice: «Y hubo tal desacuerdo

entre ellos, que se separaron el uno del otro».82 Naturalmente

esto induce al lector a suponer que ambos, en este respecto,

79Ex. 32.31-32.

80 Ro.9.3.

81 1 Co. 13.5.

82 Hch. 15.39.

44 Sermón 22

fueron igualmente ásperos el uno con el otro; que san Pablo,

quien sin duda tenía razón en esta cuestión -era impropio llevar

a Juan nuevamente con ellos, ya que los había abandonado

antes- estaba tan irritado como Bernabé, quien dando prueba de

su enojo dejó la obra para la cual había sido apartado por el

Espíritu Santo.83 Pero el texto original no manifiesta tal cosa, ni

tampoco afirma que Pablo se haya enojado. Simplemente dice,

kaì egéneto paroxusmós, «y hubo tal desacuerdo entre

ellos»- un paroxismo de cólera -a consecuencia del cual

Bernabé dejó a san Pablo, tomó a Juan consigo, y se fue por su

propio camino. «Pablo» entonces «escogiendo a Silas, salió

encomendado por los hermanos a la gracia del Señor» -cosa

que no se dice de Bernabé- «y pasó por Siria y Cilicia», como

lo había propuesto, «confirmando a las iglesias».84 Pero

volvamos al tema.

11. El amor evita mil enconos que de otra manera

surgirían, pues «no piensa lo malo».85 En verdad, la persona

misericordiosa no puede evitar el conocimiento de muchas

cosas malas, no puede menos que verlas con sus propios ojos y

oírlas con sus propios oídos. Porque el amor no la priva de sus

ojos, así que le es imposible no ver que tales cosas son

cometidas. No le quita tu entendimiento, como tampoco sus

sentidos; así que no puede menos que saber que hay cosas

malas. Por ejemplo, cuando ve a una persona golpeando a su

prójimo, o la escucha blasfemar a Dios, no puede poner en

duda lo ocurrido, o las palabras pronunciadas, o dudar que

sean cosas malas. No obstante où logízetai tò kakón... La

palabra logízetai («piensa») no se refiere a nuestro ver u oír, ni

a los primeros actos involuntarios de nuestra inteligencia, sino a

nuestro pensamiento voluntario de aquello que no necesitamos

83 Cf. Hch. 13.2.

84 Hch. 15.40-41.

85 1 Co. 13.5 (texto distinto al de la RVR, pero más cercano al texto griego).

El sermón de la montaña, II 45

pensar; a deducir el mal donde no existe; a nuestro raciocinio

respecto de cosas que no vemos, a nuestra suposición de lo que

no hemos visto ni oído. Esto es lo que el verdadero amor

destruye por completo. Arranca, de raíz, el imaginar todo

aquello de lo que no tenemos conocimiento. Desecha toda clase

de celos, toda mala suposición, toda prontitud para creer en lo

malo. Es franco, abierto, sin recelos; y como no puede imaginar

el mal, tampoco le teme.

12. «No se goza de la injusticia»,86 por más que sea tan

común, aun entre aquellos que llevan el nombre de Cristo, que

no tienen escrúpulos en regocijarse cuando sus enemigos han

caído en alguna aflicción, error o pecado. En verdad, ¡cuán

difícil les es evitar esto a los que con entusiasmo han tomado

partido! ¡Qué difícil les es no alegrarse con cualquier falta que

descubren en sus oponentes! ¡Con cualquiera mancha,

verdadera o supuesta, ya en sus principios ya en su práctica!

¿Qué ardiente defensor de cualquier causa está libre de esto?

Más aún, ¿quién tiene tanta calma como para estar enteramente

libre de ello? ¿Quién no se alegra cuando su adversario ha dado

un paso en falso y no piensa que ello será ventajoso para su

propia causa? Sólo una persona de amor. Sólo ella llora por el

pecado o la torpeza de su enemigo, y no se place en escucharlo

o en repetirlo, sino más bien desea que pueda ser olvidado para

siempre.

13. «Más se regocija de la verdad»87 dondequiera que

ésta se encuentre, en la verdad que es según la piedad,88

produciendo sus frutos apropiados, santidad de corazón y

santidad en el hablar. Se regocija al descubrir que aun sus

oponentes, ya sea respecto a opiniones ya en asuntos prácticos,

86 1 Co 13.6.

87 Ibid.

88 Tit. 1.1.

46 Sermón 22

son sin embargo amantes de Dios, e irreprochables en otros

aspectos. Se alegra al escuchar cosas buenas de ellos, y en decir

todo lo bueno que pueda, sin faltar a la verdad y la justicia. En

efecto, su gloria y gozo son el bien en general, dondequiera que

esté presente en la raza humana. Como ciudadano del mundo

reclama la parte que le pertenece en la felicidad de todos sus

habitantes. Porque siendo un ser humano no se despreocupa del

bienestar de cualquier persona; y se regocija en todo aquello que

causa la gloria de Dios y promueve la paz y la buena voluntad

entre los seres humanos.89

14. Este amor «todo lo sufre».90 (como indudablemente

pánta stégei debería traducirse, de otra manera sería lo mismo

que pánta upoménei, «todo lo soporta»). Porque la persona

misericordiosa no se regocija en la iniquidad, ni la menciona

voluntariamente. No obstante, cualquier mal que ve, oye, o

conoce, lo disimula todo lo posible sin hacerse ella misma

partícipe en pecados ajenos.91 Dondequiera esté o quienquiera

sea, si ve alguna cosa que no aprueba no se va de boca a menos

que sea con la persona involucrada, si acaso pueda ganar a su

hermano. Lejos está de hacer de las faltas o fallas de otros el

asunto de su conversación. Nunca habla de un ausente a menos

que pueda hablar bien. Para ella un cuentero, un chismoso, un

murmurador, un calumniador, son como asesinos. Matar la

reputación de su prójimo es tanto como cortarle la garganta. El

que se divierte poniendo fuego a la casa de su prójimo es tanto

como el que echa llamas, y saetas y muerte [...] y dice:

ciertamente lo hice por broma.92

Sólo hace una excepción. Algunas veces está

convencida que por la gloria de Dios o -lo que viene a ser lo

89 Véase Lc. 2.14.

90 1 Co. 13.7.

91 1 Ti. 5.22.

92 Cf. Prov. 26.18-19.

El sermón de la montaña, II 47

mismo- por el bien de su prójimo, es necesario un mal no

quede encubierto. Es el caso cuando, en beneficio del inocente,

se ve obligada a señalar al culpable. Pero aun así: (1) No

hablará sino hasta que el amor, el amor superior, la obligue; (2)

no lo hará por un confuso deseo de hacer el bien en general o

por promover la gloria de Dios, sino en vista de un fin particular,

por la búsqueda de un determinado bien; (3) no hablará a menos

de estar absolutamente convencida de que este medio es

necesario para aquel fin, y de que el fin no puede satisfacerse

plenamente por ningún otro medio; (4) lo hace entonces con el

mayor dolor y reticencia, usándolo como el último y peor

remedio, un remedio desesperado para un caso desesperado, una

especie de veneno que sólo se utiliza para extirpar otro veneno;

y por consiguiente, (5) lo usa de la manera más limitada posible;

haciéndolo con temor y temblor, por miedo a transgredir la ley

del amor hablando demasiado, haciendo mayor daño que el que

habría ocasionado guardando silencio.

15. El amor «todo lo cree».93 Siempre quiere creer lo

mejor, anteponer la más favorable interpretación sobre todas

las cosas. Está siempre listo a creer todo aquello que sea en

favor del carácter de cualquier persona. Se convence

fácilmente- cosa que desea con fervor- de la inocencia e

integridad de cualquier ser humano; o, al menos, de la

sinceridad de su arrepentimiento, si es que alguna vez errara el

camino. Se alegra de perdonar cualquiera cosa fuera de lugar,

de condenar al ofensor lo menos posible, y hacer lugar a la

debilidad humana hasta donde fuera posible sin traicionar a

Dios.

93 1 Co. 13.7.

48 Sermón 22

16. Y cuando ya no puede creer más, entonces el amor

«todo lo espera»94. ¿Se le achaca algún mal vinculado a una

persona? El amor espera que esta relación no sea cierta, que la

cosa vinculada nunca haya ocurrido. ¿Es cierto el hecho? El

amor dice: «Pero tal vez no fue hecho bajo las circunstancias

mencionadas; así que, concediendo que haya ocurrido, hay

lugar para esperar que no haya sido tan malo como se cree.»

¿En apariencia, la acción fue innegablemente mala? El amor

espera que la intención no lo haya sido. ¿Está claro que el

propósito también fuera malo? El amor dice: «No obstante, ¿no

podría haber surgido, ya no de la sosegada disposición del

corazón, sino de un arranque de pasión, o de vehemencia, que

impulsó a la persona más allá de sí misma?» Y aun cuando no

quepa duda de que todas las acciones, propósitos y

disposiciones son francamente malas, el amor aún abriga la

esperanza que Dios finalmente levante su brazo y obtenga la

victoria; y que haya más gozo en el cielo por un pecador que se

arrepiente, que por noventa y nueve justos que no necesitan

arrepentimiento.»95

17. Por último, el amor «todo lo soporta».96 Esto

completa el carácter de la persona verdaderamente misericor-

diosa. Soporta no sólo algunas cosas, ni muchas cosas, sino

absolutamente «todo». Cualquiera sea la injusticia, la maldad,

la crueldad que los seres humanos puedan infligirle, ella es

capaz de sufrir. A nada llama intolerable, nunca dice: «Esto es

inaguantable». ¡No! No solamente puede sufrir todas las cosas

sino hacerlo por medio de Cristo, que le fortalece.97 Y todo lo

que sufre no destruye su amor, ni lo debilita en lo más mínimo.

Está a prueba de todo. Es una llama que arde aún en medio del

94 Ibid.

95 Lc. 15.7.

96 1 Co. 13.7.

97 Véase Fil. 4.13.

El sermón de la montaña, II 49

océano. Las muchas aguas no podrán apagar el amor, ni lo

ahogarán los ríos».98 Triunfa sobre todo. «Nunca deja de ser»,

ni en este tiempo ni en la eternidad.

Obediente al mandamiento celestial,

Terminará el saber, cesará la profecía,

Mas la dilatada supremacía del amor,

Sin límites de tiempo, ni deterioro,

En perpetuo y feliz triunfo existirá,

La bondad sin límite difundirá,

Y la alabanza eterna recibirá.99

Así, «los misericordiosos [...] alcanzarán misericor-

dia»;100 no sólo mediante la bendición de Dios sobre todos sus

caminos, resarciendo el amor que tienen a sus hermanos con un

amor mil veces más abundante e íntimo, sino también por un

excelente y eterno peso de gloria101 en el reino preparado [para

ellos] desde la fundación del mundo.102

18. Por un breve tiempo tal vez digas: «¡Ay de mí, que

moro en Mesec, y habito entre las tiendas de Cedar!»103

Puedes derramar tu alma y lamentar la pérdida del verdadero y

genuino amor sobre la tierra. ¡Pérdida, en verdad! Bien puedes

decir (mas no en el sentido antiguo): «Ved cómo estos

cristianos se aman mutuamente». ¡Estos reinos cristianos que se

arrancan las entrañas unos a otros, desolando unos a otros con

fuego y espada! ¡Estos ejércitos cristianos que están

mandándose rápidamente al infierno unos a otros,104 por

98 Cant. 8.7.

99 De un poema de Matthew Prior, Charity.

100 Cf. Mt. 5.7.

101 1 Co. 4.17.

102 Cf.Mt. 25.34.

103 Sal. 120.5.

104 Cf. Sal. 55.15.

50 Sermón 22

millares y por decenas de millares! ¡Estas naciones cristianas

que están ardiendo por luchas intestinas, partido contra partido,

facción contra facción! ¡Estas ciudades cristianas donde el

engaño y el fraude, la opresión y el mal, más aún, el robo y el

asesinato, no desaparecen de sus calles! ¡Estas familias

cristianas, desgarradas de manera interminable y sin cuenta por

la envidia, los celos, la ira, las discordias domésticas! ¡Además,

y lo que es más terrible de todo, estas iglesias cristianas!

¡Iglesias («No lo anunciéis en Gat»105 ¿mas cómo lo podemos

ocultar de los judíos, turcos o paganos?) que llevan el nombre

de Cristo, el Príncipe de paz,106 y libran continuas guerras entre

sí! ¡Qué convierten a los pecadores quemándolos vivos: que

están ebrias de la sangre de los santos!107 ¿Pertenece esta

alabanza sólo a Babilonia la grande, la madre de las rameras y

de las abominaciones de la tierra?108 En verdad, no; pero las así

llamadas iglesias protestantes han aprendido muy bien a seguir

el ejemplo. Las iglesias protestantes también saben perseguir

cuando tienen el poder en sus manos, y hasta derramar sangre.

Y mientras tanto, ¡cómo se anatematizan unas a otras!

¡Mandándose unas a otras a los más profundos infiernos! ¡Qué

ira, qué contiendas, qué malicias, qué ferocidad se encuentra en

todas partes entre ellas! Aun cuando ellas concuerdan en lo

esencial y sólo difieren en opiniones o en asuntos

circunstanciales de la religión. ¿Quién es aquella que sigue

sólo lo que contribuye a la paz y a la mutua edifica-

ción?109 ¡Oh Dios! ¿Hasta cuándo? ¿Faltará tu promesa?

105 2 S. 1.20.

106 Is. 9.6.

107 Cf. Ap. 17.6.

108 Ap. 17.5.

109 Cf. Ro. 14.19.

El sermón de la montaña, II 51

No temáis, manada pequeña.110 Contra esperanza cree

en la esperanza.111 Es el buen placer de tu Padre,112 a pesar de

todo, renovar la faz de la tierra.113 Ciertamente todas estas

cosas llegarán a su fin,114 y los habitantes de la tierra aprende-

rán la justicia.115 No alzará espada nación contra nación, ni se

adiestrarán más para la guerra.116 Será confirmado el monte

de la casa del Señor como cabeza de los montes,117 y todos los

reinos del mundo llegarán a ser los reinos de nuestro Dios.118

Entonces no harán mal ni dañarán en todo mi santo monte,119

sino que a tus muros llamarán Salvación y a tus puertas

Alabanza.120 No tendrán ninguna mancha ni defecto,121

amándose unos a otros, como Cristo nos amó.122 Sé, pues,

parte de los primeros frutos, si es que la cosecha aún no ha

llegado. Ama a tu prójimo como a ti mismo.123 ¡Quiera el

Señor Dios llenar tu corazón de tal amor para con toda alma,

que puedas estar listo para exponer tu vida por su causa! ¡Que

tu corazón pueda rebosar continuamente de amor, extirpando

todo lo desagradable e impuro de tu genio, hasta que él te

110 Véase Lc. 12.32.

111 Véase Ro. 4.18.

112 Lc. 12.32.

113 Sal. 104.30.

114 Véase Sal. 7.9.

115 Véase Is. 26.9.

116 Is. 2.4.

117 Is. 2.2.

118 Cf. Ap. 11.15.

119 Is. 11.9.

120 Is. 60.18.

121 Véase 1 P. 1.19.

122 Véase Jn. 15.12.

123 Lv. 19.18; Mt. 19.19, etc.

52 Sermón 22

llame a la región del amor, para reinar con él por los siglos de

los siglos!