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Sermón 21 - Sobre el sermón de nuestro Señor

en la montaña

Primer discurso

Mateo 5:1-4

Viendo la multitud, subió al monte; y sentándose,

vinieron a él sus discípulos:

Y abriendo su boca les enseñaba, diciendo:

Bienaventurados los pobres en espíritu, porque de

ellos es el reino de los cielos.

Bienaventurados los que lloran, porque ellos

recibirán consolación.

1. Nuestro Señor había recorrido toda Galilea,1

principiando cuando Juan fue puesto en la prisión,2 no

únicamente enseñando en las sinagogas de ellos y

predicando el evangelio del reino, sino también sanando

toda enfermedad y toda dolencia en el pueblo.3 Como

consecuencia natural de esta actividad, lo siguió mucha

gente de Galilea, de Decápolis, de Jerusalén, de Judea y

del otro lado del Jordán.4 Y viendo a las multitudes, que

ninguna sinagoga podría contener, aun si alguna hubiera

estado a la mano, «subió al monte»,5 en donde había lugar

para todos los que venían a él de todas partes.6 «Y

1 Mt. 4.23.

2 Mt. 4.12.

3 Mt. 4.23.

4 Mt. 4.25.

5 Mt. 5.1.

6 Mr. 1.45.

1

2 Sermón 21

sentándose», siguiendo la costumbre de los judíos,

«vinieron a él sus discípulos. Y abriendo su boca» (una

expresión que denota el principio de un discurso solemne)

«les enseñaba diciendo...»

2. Observemos quién es el que habla para que

sepamos cómo escuchar.7 Es el Señor del cielo y de la

tierra, el Creador de todo lo que existe, quien, como tal,

tiene el derecho de disponer de todas sus criaturas. El Señor

nuestro Gobernador, cuyo reino es desde la eternidad y

quien gobierna sobre todos. El gran Legislador que puede

hacer ejecutar todas sus leyes, que puede salvar y perder.8

Sí, puede castigar con perdición eterna de su presencia y de

la gloria de su poder.9 Es la eterna Sabiduría del Padre, que

sabe de qué hemos sido formados,10 y conoce nuestra más

íntima naturaleza: nuestra relación con Dios, con nuestros

semejantes, y con cada criatura que Dios ha hecho.

Consecuentemente, sabe el modo de adaptar las leyes que

prescribe a todas las circunstancias en que nos ha colocado.

El es bueno para con todos; y sus misericordias sobre

todas sus obras.11 El Dios de amor quien, dejando su eterna

gloria, vino del Padre a declarar su voluntad a los humanos

y que regresó después al Padre. Quien vino mandado por

Dios a abrir los ojos de los ciegos,12 a dar luz a los que

habitaban en tinieblas.13 Es el gran Profeta del Señor, de

quien Dios declaró solemnemente hace mucho tiempo:

«Cualquiera que no oyere mis palabras que él hablare en

7 Lc. 8.18.

8 Stg. 4.12.

9 2 Ts. 1.9.

10 Sal. 103.14.

11 Sal. 145.9. Cita del Libro de Oración Común.

12 Jn. 10.21; 11.37.

13 Lc. 1.79.

El sermón de la montaña, I 3

mi nombre, yo le pediré cuenta».14 O, como dice el

Apóstol: «Toda alma que no oiga a aquel profeta, será

desarraigada del pueblo».15

3. Y ¿qué es lo que está enseñando? El hijo de Dios,

que descendió del cielo, nos está enseñando aquí el camino

al cielo, al lugar que él ha preparado para nosotros,16 la

gloria que tenía antes de que el mundo fuera creado.17 El

nos está enseñando el verdadero camino a la vida eterna, el

camino real que lleva al reino. Y el único camino verdadero,

porque no hay ningún otro—todos los otros caminos llevan

a la destrucción. Dado el carácter de quien habla, podemos

estar seguros de que nos declarará la completa y perfecta

voluntad de Dios.18 No pronuncia una tilde de más, sino

únicamente lo que ha recibido del Padre. No dice demasiado

poco, sino que declara el completo consejo de Dios.19

Mucho menos ha dicho algo equivocado o contrario a la

voluntad del que le envió.20 Todas sus palabras son

verdaderas y correctas y permanecerán por siempre jamás.

Fácilmente podemos observar que al explicar y

confirmar estas palabras fieles y verdaderas, procura refutar

no solo los errores de los escribas y fariseos, es decir, los

falsos comentarios con que los maestros judíos habían

pervertido la Palabra de Dios, sino también todos los

errores prácticos que no van de acuerdo con la salvación y

que habrían de ocurrir después en el seno de la iglesia

14 Dt. 18.19.

15 Hch. 3.23. «El Apóstol» aquí es Pedro.

16 Jn. 14.2-3.

17 Jn. 17.5.

18 Ro. 12.2.

19 Hch. 20.27.

20 Jn. 4.34; 6.38,40.

4 Sermón 21

cristiana: todas las explicaciones con que los maestros

cristianos (mal llamados) de cualquiera edad o nación

habrían de pervertir la Palabra de Dios y enseñar a las almas

a buscar la muerte en el error de sus vidas.

4. Así que, en forma natural somos guiados a

observar a quiénes está enseñando. No únicamente a los

apóstoles. Si fuera así, no hubiera tenido necesidad de subir

a la montaña. Un cuarto en la casa de Mateo, o de alguno

de los discípulos, hubiera sido suficiente para acomodar a

los doce. No hay razón para creer, por otra parte, que los

discípulos que vinieron a él, fueran únicamente los doce. Oi

matheetaì autoû, frase que no es enfática, puede entenderse

como todos los que deseaban aprender de él.21 Pero para

poner esto fuera de discusión (para hacer evidentemente

claro que cuando el evangelista dice «Y abriendo su boca

les enseñaba», la palabra les incluye a toda la multitud que

fue con él a la montaña) necesitamos observar solamente los

versículos finales del capítulo siete: «Y cuando terminó

Jesús estas palabras, la gente, oi ójloi, se admiraba de su

doctrina (o enseñanza). Porque les enseñaba (a las

multitudes) como quien tiene autoridad, y no como los

escribas.»22

Tampoco fue únicamente a las multitudes que

estuvieron con él en el monte a quienes enseñó el camino de

salvación,23 sino a todos los seres humanos, a toda la raza

humana, los hijos que todavía no habían nacido—a todas las

generaciones por venir, hasta el fin del mundo, que habrán

de escuchar las palabras humanas.

5. Esto es generalmente admitido respecto a algunas

partes del discurso que sigue. Nadie, por ejemplo, niega que

21 Mt. 11.29.

22 Mt. 7.28-29.

23 Hch. 16.17.

El sermón de la montaña, I 5

pobres de espíritu se aplica a toda la humanidad. Pero

algunos piensan que otras partes del discurso se refieren

únicamente a los apóstoles, o a los primeros cristianos, o a los

ministros de Cristo, y que nunca fueron dirigidas a toda la

humanidad en general, que nada tiene que ver con estas

enseñanzas.

Pero, ¿no sería conveniente investigar quién les

enseñó qué partes de este discurso conciernen sólo a los

apóstoles, o a los cristianos de la época apostólica, o a los

ministros de Cristo? Porque las meras aserciones no son

suficientes para probar un punto tan importante. ¿Enseñó

nuestro Señor que algunas partes de su discurso no tenían

que ver con toda la humanidad? Si tal fuera el caso, sin duda

nos lo hubiera dicho; no hubiera omitido una información

tan necesaria. ¿Pero dijo él tal cosa? ¿Dónde? ¿En el

discurso mismo? No, aquí no se encuentra la más mínima

indicación de tal cosa. ¿Lo dijo en alguna otra parte? ¿En

alguno de sus otros discursos? No encontramos, en todas

las palabras que habló, ni siquiera una mención indirecta de

esto, a las multitudes o a sus discípulos. ¿Alguno de los

apóstoles, o algún otro escritor inspirado, ha dejado alguna

instrucción? Nada de eso. Ninguna afirmación de esta clase

se encuentra en los Oráculos de Dios. Entonces, ¿quiénes

son pues, esos personajes mucho más sabios que Dios, que

saben más que lo que está escrito?24

6. Tal vez dirán que lo razonable del asunto mismo

requiere que se haga dicha modificación. Si es así, debe ser

por una de estas dos razones: o bien porque sin tal

restricción el discurso sería absurdo, o bien porque

contradiría otras partes de la Escritura. Pero no es éste el

caso. Se verá claramente, cuando pasemos a examinar sus

24 1 Co. 4.6.

6 Sermón 21

peculiaridades, que no hay nada absurdo en aplicar todo lo

que el Señor dijo en este discurso a toda la humanidad.

Tampoco se puede inferir contradicción alguna a otra

palabra que él pronunció, ni a ninguna otra parte de la

Escritura. No, se verá además que el discurso se aplica a

toda la humanidad en general, o no se aplica a nadie. Sus

palabras están conectadas unas con otras, como las piedras en

un arco, del cual no puedes quitar una sola piedra sin destruir

toda la estructura.

7. Consideremos, finalmente, cómo enseña nuestro

Señor en esta ocasión. Y, en verdad, todo el tiempo,

particularmente en éste, él habló como ningún hombre ha

hablado.25 No como los santos de antaño, aunque ellos

también hablaron inspirados por el Espíritu Santo.26 No

como Pedro, o Santiago, o Juan o Pablo. Ciertamente, ellos

fueron sabios edificadores en su iglesia.27 Pero, aun en este

caso, en relación con los grados de sabiduría divina, el

siervo no es como su Señor.28 No, no lo es en sí mismo, ni

en tiempo alguno, ni en ocasión alguna. No parece que en

ningún otro tiempo u ocasión, se haya propuesto el Señor

mostrar todo el plan de su religión o darnos una descripción

detallada del cristianismo, o describir pormenorizadamente

la naturaleza de esa santidad, sin la cual nadie verá al

Señor.29 Sin duda, en millares de ocasiones describió

diversos aspectos de ello; pero nunca, sino aquí, dio Jesús

con toda intención una visión general del todo. No tenemos

nada como esto en toda la Biblia, excepto que alguien

pudiera señalar ese breve bosquejo de santidad entregado

25 Jn. 7.46.

26 2 Pe.1.21.

27 1 Co. 3.10.

28 Jn. 15.20.

29 He. 12.14.

El sermón de la montaña, I 7

por Dios a Moisés en el Monte Sinaí, en diez palabras o

mandamientos. Pero aun aquí existe una gran diferencia

entre lo uno y lo otro. Porque aun lo que fue glorioso, no es

glorioso en este respecto, en comparación con la gloria más

eminente.30

8. Sobre todo, ¡con qué amor maravilloso revela

aquí el Hijo de Dios la voluntad de su Padre para la

humanidad! No nos trae de nuevo al monte...que ardía en

fuego, a la oscuridad, a las tinieblas y a la tempestad.31 No

habla como cuando envió saetas, y los desbarató; y echó

relámpagos y los destruyó.32 Ahora nos habla con su voz

apacible y delicada.33 Bienaventurados (o felices) los pobres

en espíritu. ¡Felices los que lloran, los mansos; los que

tienen hambre y sed de justicia; los misericordiosos, los

puros de corazón! ¡Felices al final del camino y en el

camino; felices en esta vida y en la eterna! Como si hubiera

dicho: «¿Quién desea vivir y codicia días buenos? ¡He aquí,

yo les muestro lo que su alma anhela! Este es el camino que

hace tanto tiempo han estado buscando en vano; el camino

de las delicias, el camino de la felicidad, de la paz, llena de

calma y gozo, del cielo en la tierra y a la vida eterna.»

9. Al mismo tiempo, ¡con qué autoridad enseña!

Bien se puede decir: «no como los escribas».34 ¡Observen

su estilo (que no puede expresarse en palabras), la manera

en que habla! No como Moisés, el siervo de Dios; no como

Abraham, su amigo; no como ninguno de los profetas; ni

como ninguno de humanos. Es algo más que humano; algo

30 2 Co. 3.10.

31 He. 12.18.

32 Sal. 18.14. Cita del Libro de Oración Común.

33 1 R. 19.12.

34 Mt. 7.29; Mr. 1.22.

8 Sermón 21

más que no puede compararse a ningún ser creado. ¡Revela

al Creador de todas las cosas! ¡Siendo Dios, se manifiesta

como Dios! ¡Más aun, el Ser de los seres, Jehová, el que

existe por sí mismo; el Ser Supremo, Dios que es sobre

todas las cosas, bendito por siempre jamás!35

10. Este divino sermón—presentado con el mejor

método, pues cada división ilustra el punto anterior—se

divide en tres partes principales: la primera, el capítulo

quinto; la segunda el sexto y la tercera el séptimo. En la

primera se indica, en ocho importantes puntos, el resumen

de toda verdadera religión, la que explica y protege contra

las falsas interpretaciones humanas en las partes siguientes del

capítulo quinto. En la segunda, se dan las reglas de la buena

intención que debe acompañar siempre a todas nuestras

acciones exteriores, sin mezcla de deseos mundanos o

preocupaciones, aun por las cosas necesarias para vivir. En la

tercera se dan amonestaciones en contra de los principales

obstáculos que la religión encuentra, concluyendo con una

aplicación general.

I.1. Nuestro Señor da, en primer lugar, el resumen de

toda verdadera religión en ocho puntos principales que explica

y protege contra las falsas interpretaciones humanas. Esta parte

llega hasta el fin del capítulo quinto.

Algunos han creído que estos puntos se refieren a

las diferentes etapas en la vida cristiana, los pasos que el

cristiano va dando sucesivamente en su viaje a la tierra

prometida; otros, que los puntos aquí indicados se aplican

en todo tiempo a todo cristiano. ¿Y por qué razón no hemos

de aceptar ambas opiniones? ¿Qué contradicción hay entre

ellas? Es indudable que tanto la pobreza de espíritu como

todos los demás temperamentos que aquí se mencionan se

encuentran siempre, en mayor o menor grado, en todo

35 Ro. 9.5.

El sermón de la montaña, I 9

verdadero cristiano. Es igualmente cierto que el verdadero

cristianismo principia siempre en pobreza de espíritu y

continúa en el orden que aquí se expresa hasta que el

hombre de Dios es perfecto.36 Principiamos con el menos

importante de los dones de Dios, pero no es necesario que

nos despojemos de él cuando Dios nos invita a ir más

arriba;37 al contrario en aquello que hemos llegado,38

retenemos firme,39 proseguimos a la meta,40 a lo que está

delante, a las más ricas bendiciones de Dios en Jesucristo.

2. El fundamento de todo es pobreza de espíritu.

Así que nuestro Señor principia diciendo: «Bienaventurados

los pobres en espíritu, porque de ellos es el reino de los

cielos.»

No sería impropio suponer que nuestro Señor,

viendo a los que lo rodeaban y observando que no había

muchos ricos sino, más bien, los pobres del mundo,

aprovechó la ocasión para hacer una transición de las cosas

temporales a las espirituales. «Bienaventurados», dijo (o

felices, como debe ser traducida la palabra, tanto en éste

como en los siguientes versículos), «los pobres en espíritu».

No dice que son pobres en las cosas exteriores (porque es

muy probable que algunos de ellos estuvieran tan lejos de la

felicidad como un rey en su trono). Dice más bien «los

pobres en espíritu», aquellos que, sin importar las circuns-

tancias exteriores, tienen esa disposición del corazón, que es

36 2 Ti. 3.17.

37 Lc. 14.10.

38Fil. 3.16.

39 He. 3.6.

40Fil. 3.14.

1 0 Sermón 21

el primer paso para alcanzar una felicidad real y verdadera,

tanto en este mundo como en el por venir.41

3. Algunos han creído que «pobres en espíritu» se

refiere a aquellos que aman la pobreza, que están libres de

codicia y amor al dinero; que temen la riqueza en lugar de

amarla o desearla. Probablemente tales personas han sido

llevadas a pensar de esta manera por limitar su pensamiento

únicamente al significado del término, o al considerar la seria

afirmación de san Pablo: «raíz de todos los males es el amor al

dinero».42 De aquí que muchos se hayan despojado, no

únicamente de sus riquezas, sino de todas sus posesiones

materiales. Los votos de pobreza voluntaria en la Iglesia

Romana aparentemente se originaron en este versículo,

dándose por sentado que una forma tan notable de esta gracia

fundamental debe constituir un gran paso hacia el reino de los

cielos.

Pero parece que estas personas no observaron,

primero, que la expresión de san Pablo debe entenderse con

cierta restricción, pues de otra manera es falsa. El amor al

dinero no es la raíz—la única raíz—de todos los males.

Existen miles de otras raíces del mal en el mundo, como lo

demuestra la triste experiencia cotidiana. Su significado

puede ser únicamente: es la raíz de muchos males, tal vez de

mayor número que los que cualquier otro vicio pueda

producir. En segundo lugar, este sentido de la expresión

«pobres de espíritu» no va de acuerdo, en ninguna manera,

con el propósito de nuestro Señor en esta ocasión, que

consiste en establecer el fundamento sobre el cual el

cristianismo pueda construirse. Ese plan no podría llevarse

adelante con sólo evitar un vicio en particular. Así que, aun

suponiendo que esta interpretación fuera parte de su

41Véase el Sermón Nº 17, La circuncisión del corazón, I.2.

42 1 Ti. 6.10.

El sermón de la montaña, I 11

significado, no puede ser todo su significado. En tercer

lugar, esto no puede suponerse como parte de su significado, a

no ser que le acusemos de flagrante tautología, puesto que

si la pobreza de espíritu consistiera en no tener codicia,

amor al dinero o deseo de riquezas, coincidiría con lo que

menciona después. Sería tan sólo una parte de la pureza de

corazón.43

4. Entonces, ¿quiénes son los pobres en espíritu? Sin

duda, los humildes, los que se conocen a sí mismos, los que

están convencidos de pecado, aquellos a quienes Dios les ha

dado ese primer arrepentimiento que precede a la fe en

Cristo.

Una de estas personas no puede decir: «Yo soy rico,

no me hace falta nada», porque ahora sabe que es un

desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo.44 Está

convencido, ciertamente, de que es espiritualmente pobre,

que no hay nada bueno en él. En mí, dice, no hay nada

bueno,45 y todo lo que hace es abominable. Tiene un

profundo sentido de la asquerosa lepra del pecado, que trajo

consigo desde el vientre de su madre, del que está saturada

toda su alma y que corrompe por completo todas y cada una

de sus facultades. Ve cada vez más y más las malas

intenciones que surgen de esa raíz pecaminosa: el orgullo y

la soberbia de espíritu,46 la constante inclinación a pensar de

sí mismo más alto de lo que debiera pensar;47 la sed de la

honra y estima de los demás;48 el odio o la envidia, el celo o

43 Mt. 5.8.

44 Ap. 3.17.

45 Ro. 7.18.

46 Ver Sermón Nº 14, El Arrepentimiento de los Creyentes,I.3 y nota.

47Ro. 12.3.

48Ver, El Arrepentimiento de los Creyentes, I.7 y nota.

1 2 Sermón 21

la venganza; el enojo, la malicia o amargura; la innata

enemistad contra Dios y la humanidad49 que aparece en diez

mil formas diferentes; el amor al mundo, la propia voluntad,

los torpes y dañinos deseos50 que penetran a lo más

profundo del alma.51 Está consciente de cuán profundamen-

te ha ofendido con su lengua. Si no con palabras soeces,

inmodestas, falsas y carentes de bondad, sí lo ha hecho por una

conversación no buena para la necesaria edificación, ni que da

gracia a los oyentes.52 Consecuentemente, fueron palabras

corrompidas ante la presencia de Dios y contristaron al Espíritu

Santo. Igualmente, sus malas obras están siempre ante su vista.

Le es imposible contarlas, porque no pueden ser enumeradas.53

Más fácil le sería contar las gotas de la lluvia, las arenas del

desierto o los días de la eternidad.

5. Su culpa está también delante de su rostro.

Conoce el castigo que merece por su mente carnal,54 por la

entera y completa corrupción de su naturaleza y, mucho

más, por razón de sus muchos malos deseos y pensamientos,

de sus palabras y acciones pecaminosas. No duda por un

momento que el menor de éstos merece la condenación

del infierno el gusano que no muere y el fuego que nunca se

apaga.55 Sobre todo, la culpa de no creer en el nombre del

unigénito Hijo de Dios56 descansa pesadamente sobre él.

«¿Como», dice, «podré escapar, si descuido una salvación

49 Ro. 8.7.

50 1 Ti. 6.9.

51 Nótese la lista aproximada de los «pecados mortales» clásicos.

52 Ef. 4.29.

53 Sal. 40.5. Cita del Libro de Oración Común.

54Ro. 8.7.

55 Mc. 9.43-46.

56Jn. 3.18.

El sermón de la montaña, I 13

tan grande?»57 El que no cree, ya es condenado, y la ira de

Dios está sobre él.58

6. ¿Qué dará él en cambio por su alma que ha

perdido ante la justa venganza de Dios? ¿Con qué se

presentará delante de Dios?59 ¿Cómo le pagará lo que le

debe? Si de este momento en adelante cumpliera en forma

perfecta cada uno de los mandamientos de Dios, esto no

bastaría para borrar uno solo de sus pecados o uno de sus

actos de desobediencia, siendo que debe a Dios todos los

servicios que puede hacer desde este momento y por toda la

eternidad. Aun si pudiera llevar a cabo esto, no satisfaría por

todo lo que debió haber hecho en el pasado. Se ve a sí mismo

completamente incapaz de expiar sus pecados pasados; incapaz

de pagar a Dios en rescate por su alma.

Sabe muy bien que si Dios le perdonara todo lo

pasado,60 bajo la condición de que no pecara más, y que en el

futuro obedeciera entera y constantemente todos sus

mandamientos, de nada le serviría, porque nunca podría

cumplir esta condición. Sabe y siente que no puede

obedecer los mandamientos externos de Dios, puesto que la

obediencia es imposible mientras su corazón permanezca en

su naturaleza pecaminosa y corrompida. El árbol malo no

puede dar buenos frutos.61 Pero no puede limpiar un

corazón pecaminoso; para el humano tal cosa es imposi-

ble.62 De manera que está completamente perdido y no sabe

cómo principiar a caminar en el camino de los mandamien-

57 He. 2.3.

58 Jn. 3.18, 36.

59 Mi. 6.6.

60 Cita del Libro de Oración Común, Confesión General.

61 Mt. 7.18;Lc. 6.43.

62 Mt. 19.26.

1 4 Sermón 21

tos de Dios.63 No sabe cómo dar un paso adelante en el

camino. Rodeado de pecado, dolor y temor, sin encontrar

forma de escapar; lo único que puede hacer es exclamar:

«¡Señor, sálvame, porque perezco!».64

7. La pobreza de espíritu, entonces, ese primer paso

que damos para correr la carrera que tenemos por delante,65 es

la conciencia viva de nuestros pecados interiores y

exteriores, de nuestra culpa e impotencia. Algunos se han

atrevido a llamar a esto la «virtud de humildad», enseñando

de esta manera que debemos estar orgullosos por el hecho

de que saber que merecemos condenación. Pero la

expresión de nuestro Señor es muy diferente, comunicando

al oyente únicamente la idea de necesidad, pecado, pecado

descubierto, culpa y miseria.

8. El gran Apóstol, en un pasaje donde se esfuerza

en traer los pecadores a Dios, habla en una forma semejante:

«La ira de Dios se revela desde el cielo contra toda

impiedad e injusticia de los hombres»,66 responsabilidad

que inmediatamente coloca sobre el mundo pagano,

probando que están bajo la ira de Dios. A continuación

muestra que los judíos no eran mejores que los paganos y

que caían, entonces, bajo la misma condenación. Y todo

esto con el fin de alcanzar «la noble virtud de la humildad»,

para que toda boca se cierre y todo el mundo sea culpable

delante de Dios.67

Luego procede a mostrar que sus lectores estaban

desamparados y eran culpables, lo cual es claramente el

propósito de todas esas expresiones: «Por las obras de la

63 Sal. 119.35.

64 Mt. 8.25.

65 He. 12.1.

66 Ro. 1.18.

67 Ro. 3.19.

El sermón de la montaña, I 15

ley ningún ser humano será justificado»;68 «pero ahora,

aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios»;69

«Concluimos, pues, que el hombre es justificado por la fe sin

las obras de la ley».70 Todas estas expresiones tienden a un

mismo punto: apartar del varón la soberbia;71 humillarlo hasta

el polvo, sin enseñarle a reflexionar sobre su humildad como

virtud; inspirar en él la completa y dolorosa convicción de su

completa pecaminosidad, culpa y desamparo, que arroja al

pecador, despojado de todo, perdido y destruido, en los brazos

de su protector, Jesucristo el justo.72

9. No puede uno menos que observar aquí que el

cristianismo principia donde la moral pagana termina: en

pobreza de espíritu, convicción de pecado,73 renuncia de

nosotros mismos,74 no teniendo nuestra propia justicia.75

Este es el primer punto en la religión de Jesucristo, que deja

muy atrás a todas las religiones paganas. Esto siempre

estuvo escondido a los sabios del mundo, ya que en latín,

aun durante su gran desarrollo durante la era de Augusto,

no se encuentra la palabra humildad (la palabra humilitas,

de donde se deriva la palabra humildad, significa, como es

bien sabido, otra cosa muy diferente), ni se encontraba en la

rica lengua de Grecia, hasta que el Apóstol la inventó.76

68 Ro. 3.20.

69 Ro. 3.21-22.

70 Ro. 3.28.

71 Job 33.17.

72 1 Jn. 2.1.

73 Jn. 8.46.

74 2 Co. 4.2; Mr. 8.34.

75 Fil. 3.9.

76 En el latín clásico, el significado de humilitas se encuentra entre bajeza (de

estatura o nivel social) e insignificancia o vileza. Pero en tiempo de Lactancio (c.

240-c. 320) y Sulpicio Severo (c.360-c.420), había adquirido un significado

definitivamente cristiano. A la luz de la evolución lexicológica de humilitas y de su

contraparte griega en la literatura patrística cristiana, Wesley marca aquí un punto

importante para la historia de la ética cristiana. Véase arriba, I.7.

1 6 Sermón 21

10. ¡Oh, que podamos sentir lo que esos escritores no

pudieron expresar! ¡Pecador, despierta! ¡Conócete a ti

mismo! Conoce y siente que en maldad has sido formado, y en

pecado te concibió tu madre,77 y que tú mismo has

estado acumulando pecado sobre pecado desde el

momento en que fuiste capaz de discernir entre lo bueno y lo

malo. Humíllate bajo la poderosa mano de Dios, como

merecedor de la muerte eterna. Desecha, renuncia, aborrece

toda imaginación de que te puedes ayudar a ti mismo. Que tu

esperanza sea ser lavado en su sangre y renovado por el

poderoso Espíritu de quien llevó él mismo nuestros pecados en

su cuerpo sobre el madero.78 Entonces testificarás:

«Bienaventurados son los pobres en espíritu, porque de ellos es

el reino de los cielos.»

11. Este es ese reino de los cielos o de Dios que está

entre nosotros:79 justicia, paz y gozo en el Espíritu Santo.80

¿Y qué es justicia sino la vida de Dios en el alma, la mente

que hubo en Cristo Jesús,81 la imagen de Dios estampada en el

corazón, ahora renovada a la semejanza de quien lo creó? ¿Qué

otra cosa es sino el amor de Dios, porque él nos amó primero,82

y el amor a toda la humanidad por amor a él?

¿Y qué es esta paz, la paz de Dios, sino esa calma y

serenidad del alma, ese dulce reposar en la sangre de Jesús,

que nos deja sin dudas de que hemos sido aceptados en él,

77 Sal. 51.5.

78 1 Pe. 2.24.

79 Lc. 17.21.

80 Ro. 14.17.

81 Fil. 2.5.

82 1 Jn. 4.19.

El sermón de la montaña, I 17

que excluye todo temor, excepto el amoroso y filial temor de

ofender a nuestro Padre que está en los cielos?

Este reino interior implica también gozo en el

Espíritu Santo,83 que sella en nuestros corazones la

redención que es en Jesús, la justicia de Cristo imputada a

nosotros para la remisión de los pecados pasados.84 Quien

nos da ahora las arras de nuestra herencia, la corona que el

Señor, juez justo, dará en aquel día.85 Y esto bien pudiera

llamarse el reino de los cielos, siendo que los cielos se

abren ya en el alma, el primero de esos ríos de gozo86 que

fluyen para siempre de la mano derecha de Dios.

12. «De ellos es el reino de los cielos.» Quienquiera

que seas tú, a quien Dios le ha concedido ser pobre en

Espíritu, sentirte perdido, aquí se te concede el derecho, a

través de la promesa gratuita de aquel que no puede

mentir.87 Ha sido adquirida para ti con la sangre del

Cordero.88 Estás muy cerca. Estás a sus puertas. Un paso

más y entrarás en el reino de justicia, paz y gozo.89 ¿Eres

preso del pecado? He aquí el cordero de Dios, que quita el

pecado del mundo.90 ¿Estás lleno de impiedad? Busca a tu

abogado para con el Padre, Jesucristo el justo.91 ¿No

puedes borrar la culpa siquiera del más pequeño de tus

pecados? El es la propiciación por nuestros pecados.92

83 Ro. 14.17.

84 Ro. 3.24-25.

85 2 Ti. 4.8.

86 Sal. 36.8.

87 Tit. 1.2.

88 Ap. 7.14; 12.11.

89 Ro. 14.17.

90 Jn. 1.29.

91 1 Jn. 2.1.

92 1 Jn. 2.2.

1 8 Sermón 21

Cree en el Señor Jesucristo y serán borrados todos tus

pecados. ¿Estás completamente manchado de cuerpo y

alma? Aquí está el manantial para la purificación del

pecado y de la inmundicia.93 Levántate...y lava tus

pecados.94 No vaciles más dudando esta promesa. Da gloria

a Dios. ¡Atrévete a creer! Clama desde el fondo de tu

corazón:

Si, al fin vengo a rendirme

Y acepto tu preciosa sangre;

Con todos mis pecados acógeme

a ti, mi Dios y Redentor.95

13. Entonces aprenderás de él a ser humilde de

corazón.96 Esta es la verdadera y genuina humildad

cristiana, que brota de la conciencia del amor de Dios con

quien nos hemos reconciliado por medio de Jesucristo.97 La

pobreza de espíritu, en este sentido de la palabra, principia

donde el sentido de culpa y de la ira de Dios termina. Es un

sentimiento continuo de nuestra dependencia total en él para

cada buen pensamiento, o palabra o acción, y de nuestra

completa incapacidad de hacer el bien, a no ser que él nos

ayude cada momento.98 Y es odio a la alabanza de los

humanos, sabiendo que ésta pertenece sólo a Dios. A esto

se añade una vergüenza amorosa, una tierna humillación

delante de Dios, por los pecados que sabemos nos ha

perdonado y por los pecados que todavía permanecen en

nuestros corazones, aunque sabemos que no serán motivo

93 Zac. 13.1.

94 Hch. 22.16.

95 Tomado del himno Waiting for Christ the Prophet (el segundo himno con este

título).

96 Mt. 11.29.

97 2 Co. 5.18.

98 Is. 27.3.

El sermón de la montaña, I 19

para nuestra condenación. Sin embargo, la convicción que

tenemos del pecado innato99 es más profunda cada día.

Mientras más crecemos en la gracia más compungidos nos

sentimos por la iniquidad de nuestro corazón. Mientras más

avanzamos en el conocimiento y amor de Dios, por medio de

nuestro Señor Jesucristo (un gran misterio para quienes no

conocen el poder de Dios para salvación), más compren-

demos nuestra separación de Dios, la enemistad que hay en

nuestra mente carnal100 y la necesidad de una completa

renovación de nuestro ser en justicia y verdadera santi-

dad.101

II. 1. Es muy cierto que quien empieza a conocer el

reino interior de los cielos apenas tiene una idea de esto.

«Dije yo en mi prosperidad no seré jamás conmovido;

porque Tú, oh Señor, por tu benevolencia has asentado mi

monte con fortaleza».102 Ha hollado tanto el pecado bajo

sus pies que no puede creer que todavía permanezca en él.

La tentación ha callado, ya no tiene voz; no se acerca,

permanece a la distancia. El creyente se alza en los brazos

del gozo y del amor. Se levanta como sobre alas de

águilas.103 Pero nuestro Señor sabe bien que este estado de

triunfo frecuentemente no dura mucho. Por esta razón dice:

«Bienaventurados los que lloran, porque ellos recibirán

consolación».104

2. No que nos imaginemos que estas promesas

pertenecen únicamente a quienes lloran por alguna causa

99 2 P. 2.14; Ro. 7.14-23.

100 Ro. 8.7.

101 Ef. 4.24. Ver Nº 45, El Nuevo Nacimiento, I.1.

102 Sal. 30.6. Cita del Libro de Oración Común.

103 Is. 40.31.

104 Mt. 5.4.

2 0 Sermón 21

mundanal, quienes sufren y padecen simplemente debido a

algún problema mundano, como la pérdida de su reputación o

de sus amigos, o la mengua de su fortuna. Tampoco se

refiere a quienes se afligen, temerosos de algún mal en las

cosas temporales; quienes languidecen por sus ansiedades, o

codician las cosas terrenales, lo que es tormento del

corazón.105 No pensemos que los tales han de recibir cosa

alguna del Señor,106 quien no forma parte de sus

pensamientos.107 Por esta razón ciertamente en tinieblas anda

el hombre; ciertamente en vano se inquieta.108 Dijo el Señor:

«de mi mano os vendrá esto; en dolor seréis sepultados».109

3. Los que lloran, a quienes se refiere aquí nuestro

Señor, lloran por una razón muy diferente: lloran deseando a

Dios, deseando a aquel en quien se alegraron con gozo

inefable110 cuando les dio a gustar la buena palabra de

perdón.111 Pero ahora escondes tu rostro, se turban.112 No

lo pueden ver a través de la negra nube. Y, sin embargo, ven

que la tentación y el pecado—que ellos imaginaban

gozosamente que se habían ido para no regresar nunca—se

presentan de nuevo de repente, atacándolos por todos lados.

No es de extrañar que su alma se inquiete dentro de ellos,113

llenándolos de angustia y pesar, ni que su gran enemigo

aproveche la ocasión para preguntar: «¿Dónde está tu

105 Pr. 13.12.

106 Stg. 1.7.

107 Sal. 10.4.

108 Sal. 39.7. Cita del Libro de Oración Común.

109 Is. 50.11.

110 1 P. 1.8.

111 He. 6.5.

112 Sal. 104.29.

113 Sal. 42.5, 11; 43.5.

El sermón de la montaña, I 21

Dios?»114 ¿En dónde está ahora esa bienaventuranza de que

hablas,115 el principio del reino de los cielos? ¿Dijo Dios:

«tus pecados te son perdonados?»116 Ciertamente Dios no lo

dijo. Fue un sueño, una ilusión, una criatura de tu propia

imaginación. Si tus pecados han sido perdonados, ¿por qué te

encuentras así? ¿Puede un pecador perdonado ser tan

impuro? Y, entonces, si en lugar de clamar a Dios

inmediatamente, se ponen a discutir con el que es más sabio

que ellos, tendrán una pesadumbre y dolor de corazón, una

angustia que no se puede expresar. Aun cuando Dios brilla de

nuevo en el alma y borra toda duda de su misericordia

pasada, todavía aquel cuyo corazón es débil en la fe117 puede

ser tentado y atribulado por lo que pueda suceder en el

futuro, especialmente cuando el pecado interior revive y lo

acecha sin descanso para hacerlo caer. Entonces podría

exclamar:

Un pecado me domina: el temor

Que cuando llegue a la ribera, allí perezca.118

No sea que naufrague mi fe,119 y mi postrera condición venga a

ser peor que la primera:120

Que todo el pan de la vida me llegue a faltar

Y caiga mi alma al infierno sin cambiar.121

4. Ciertamente: «Es verdad que ninguna disciplina al

presente parece ser causa de gozo, sino de tristeza; pero

114 Sal. 42.10.

115 Gá. 4.15.

116Lc. 5.20.

117 1 Co. 8.7-12.

118 Himno de John Donne, A Hymn to God the Father. Citado también por Wesley en

su Diario, Enero 24,1738.

119 1 Ti. 1.19.

120 Lc. 11.26.

121 Groaning for Redemption, en Hymns and Sacred Poems (1724), p. 106.

2 2 Sermón 21

después da fruto apacible de justicia a los que en ella han

sido ejercitados».122 «Bienaventurados», entonces, son «los

que lloran» de esta manera, si esperan la voluntad del

Señor123 y no permiten ser desviados del camino124 por los

miserables consoladores del mundo.125 Si resueltamente

rechazan todo el bienestar del pecado, el engaño y la

vanidad; todas las vanas diversiones y distracciones del

mundo, todos los placeres que se destruyen con el uso y que

sólo tienden a paralizar y a embrutecer el entendimiento, de

tal manera que pierden la conciencia de Dios y de sí

mismos. Bienaventurados aquellos que continúan en el

conocimiento del Señor126 y constantemente se niegan a

recibir ningún otro consuelo. Ellos serán consolados con la

consolación de su Espíritu, por una nueva manifestación de

su amor, por el testimonio de ser aceptados en el Amado,127

testimonio que nunca les será quitado. Esta plena certidum-

bre de fe destruye toda duda y todo temor que atormente.

Dios ahora les concede una esperanza segura, segura

consolación por medio de la gracia.128 Sin discutir la

posibilidad de que los que una vez fueron iluminados y

hechos partícipes del Espíritu Santo129 puedan caer o no,130

asentamos el hecho de que por medio del poder que

permanece en ellos, pueden decir: «¿Quién nos separará del

amor de Cristo?... ¡Estoy seguro de que ni la muerte, ni la

122 He. 12.11.

123 Sal. 27.14.

124 Job 31.7; He. 12.13.

125 Job. 16.2.

126 Os. 6.3.

127 Ef. 1.6.

128 2 Ts. 2.16.

129 He. 6.4.

130 He. 6.6.

El sermón de la montaña, I 23

vida...ni lo presente, ni lo porvenir, ni lo alto, ni lo

profundo...nos podrá separar del amor de Dios, que es en

Cristo Jesús Señor nuestro!».131

5. Esta experiencia, tanto de lamentar la ausencia de

Dios como de recobrar el gozo de volver a ver su semblan-

te, parece que fue anunciada en las palabras de nuestro

Señor a sus apóstoles la noche anterior a su pasión:

«¿Preguntáis entre vosotros acerca de esto que dije:

todavía un poco y no me veréis, y de nuevo un poco y me

veréis? De cierto, de cierto os digo, que vosotros lloraréis

y lamentaréis»,132 es decir ya no me veréis, «y el mundo se

alegrará», triunfará sobre vosotros, como si vuestra

esperanza hubiera llegado a su fin. «Vosotros lloraréis,» por

la duda, el temor y la tentación, el deseo vehemente; «pero

vuestra tristeza se convertirá en gozo», por el retorno de

aquel a quien ama tu alma. «La mujer cuando da a luz,

tiene dolor, porque ha llegado su hora; pero después que

ha dado a luz un niño, ya no se acuerda de la angustia por

el gozo de que haya nacido un hombre en el mundo.

También vosotros ahora tenéis tristeza.» Lloran y no

pueden ser consolados. «Pero os volveré a ver, y se gozará

vuestro corazón, y nadie os quitará vuestro gozo».

6. Pero aunque este llanto está por terminar, está

envuelto en un gozo santo, por el retorno del Consolador.

Sin embargo, hay otro llanto bendito que anida en los hijos

de Dios. Ellos se lamentarán por los pecados y miserias de

la humanidad. Lloran con los que lloran.133 Lloran por los

131 Ro. 8.35, 38-39. Este comentario acerca de la caída (ver 2 Ts. 2.3), está

relacionado con el rechazo de Wesley de la doctrina calvinista de la

perseverancia final, a la que vuelve una y otra vez. Ver el Sermón Nº 1,

Salvación por la Fe, II.4 y nota.

132 Esta cita, y las que siguen, son de Jn. 16.16-24.

133 Ro. 12.15.

2 4 Sermón 21

que lloran, no por ellos mismos, por los que pecan en contra

de sus propias almas. Lloran por la flaqueza y debilidad de

aquellos que han sido, hasta cierto punto, salvados de sus

pecados. ¿Quién enferma, y yo no enfermo? ¿A quién se le hace

tropezar, y yo no me indigno?.134 Se lamentan constante-

mente por el deshonor causado continuamente contra la

Majestad de cielo y tierra. Todo el tiempo tienen un profundo

sentido de esto, lo que trae una profunda preocupación a sus

espíritus. Preocupación que ha aumentado, y no poco, desde que

se abrieron los ojos de su entendimiento135 al ver

constantemente el océano de eternidad, sin fondo ni orilla, que

ha tragado millones y millones de seres humanos y aun

procura devorar a los que quedan. Ven aquí la casa de Dios

eterna en los cielos; allá, el infierno y la destrucción, sin

ninguna defensa.136 Entonces comprenden la importancia de

cada momento, que aparece como un parpadeo y luego

desaparece para siempre.

7. Pero la sabiduría de Dios es insensatez para el

mundo.137 El asunto de llorar y la pobreza de espíritu es,

para ellos, estupidez y torpeza. Es más, esta opinión todavía

parece algo favorable, pues tal vez llamen a esas bienaven-

turanzas abatimiento y melancolía, si es que no las califican

de enajenación y locura. Y no es de extrañar que quie-

nes no conocen a Dios juzguen así. Supóngase que dos

personas caminan juntas y que una se detiene intempestiva-

mente y, con grandes señales de temor y asombro, exclama:

«¡Nos encontramos al borde de un precipicio! ¡Fíjate,

estamos a punto de estrellarnos! Un paso más y caeremos

en ese profundo abismo. ¡Para! Yo no daré un paso más por

134 2 Co. 11.29.

135 Ef. 1.18.

136 Job 26.6.

137 1 Co. 3.19.

El sermón de la montaña, I 25

nada del mundo». Cuando el otro, que considera tener tan

buena vista como su compañero, mira y no descubre

absolutamente nada, ¿qué podrá pensar de su compañero,

excepto que está fuera de sí,138 que su cabeza está

descompuesta, que la mucha religión (ya que no las muchas

letras) lo ha vuelto loco.139

8. Que los hijos de Dios, los afligidos de Sion,140 no se

dejen engañar con estas cosas. Ustedes, cuyos ojos han

recibido la luz, no se dejen perturbar por quienes todavía

caminan en tinieblas. No camines como sombra.141 Dios y la

eternidad son una realidad. El cielo y la tierra verdadera-

mente están abiertos delante de ti y estás al borde del

abismo. Ya ha tragado a más almas de las que se puede

expresar con palabras: naciones y linajes, pueblos y

lenguas,142 y todavía está listo a devorar, sea que lo noten o

no, a los pobres y miserables seres humanos. ¡Oh, clamen a

grandes voces! ¡No se demoren! ¡Levanten su voz143 a aquel

que tiene en sus manos el tiempo y la eternidad! Clamen

tanto por ustedes como por sus hermanos, para que puedan

ser considerados dignos de escapar la destrucción que viene

como un torbellino.144 Para que puedan pasar a través de

todas las olas y tormentas, hasta llegar al puerto de

salvación.145 Lloren por ustedes, hasta que él seque el llanto

de sus ojos.146 Y entonces, lloren todavía por la desdicha

138 Mc. 3.21.

139 Hch. 26.24.

140 Is. 61.3.

141 Sal. 39.7. Wesley cita del Libro de Oración Común.

142 Ap. 14.6.

143 Is. 58.1.

144 Pr. 1.27.

145 Sal. 107.30.

146 Ap. 7.17; 21.4.

2 6 Sermón 21

que vendrá sobre la tierra. Hasta que el Señor de todas las

cosas ponga fin a la miseria y el pecado, seque las lágrimas de

todos los rostros y la tierra sea llena del conocimiento de

Jehová, como las aguas cubren el mar.147

147 Is. 11.9; Hab. 2.14. Véase Sermón Nº 47, V. 2-4.