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Sermón 19 - El gran privilegio de los que son nacidos de Dios

1 Juan 3:9

Todo aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado.

1. Con mucha frecuencia se ha creído que ser nacido de

Dios es lo mismo que estar justificado. Que el nuevo

nacimiento y la justificación son únicamente diferentes modos

de expresar la misma cosa;1 siendo evidente, por una parte, que

cualquiera que está justificado es también hijo de Dios y, por

otra, que cualquiera que es nacido de Dios está también

justificado. Todavía más, que estos dos dones de Dios son

dados a cada creyente en un solo y mismo instante. En un

momento sus pecados son borrados y es nacido de Dios.

2. Pero, aunque se puede conceder que la justificación

y el nuevo nacimiento son, en cuanto al tiempo, inseparables,

sin embargo se puede ver fácilmente que no son lo mismo, sino

cosas de una muy diferente naturaleza. La justificación implica

solamente un cambio relativo mientras que el nuevo nacimiento

indica un cambio real. Dios, al justificarnos, hace algo por

nosotros; al engendrarnos nuevamente, obra en nosotros. La

primera cambia nuestra relación con Dios, de manera que de

enemigos pasamos a ser hijos; la segunda implica un cambio

total de nuestras almas, de manera que de pecadores llegamos a

ser santos. Una restaura en nosotros el favor, la otra la imagen

de Dios. Una quita el pecado, la otra quita el poder del pecado.

1 Esta correlación (y diferenciación) entre justificación y regeneración fue crucial

para la distinción de Wesley entre la acción de Dios al perdonar al pecador

arrepentido y el efecto humano de esta acción («regeneración», «nuevo

macimiento», «conversión»). Véase el sermón 14.III.2.

381

382 Sermón 19

Así, aunque se unen en cuanto al tiempo, sin embargo son

completamente diferentes en naturaleza.

3. La falta de discernimiento en este respecto,

olvidando la diferencia entre la justificación y el nuevo

nacimiento, ha ocasionado una gran confusión en muchos que

han tratado este tema, particularmente cuando han tratado de

explicar este gran privilegio de los hijos de Dios, para

demostrar que «todo aquel que en nacido de Dios, no practica

el pecado».

4. Con el fin de comprender este asunto claramente,

sería necesario, primero, considerar cuál es el verdadero

significado de la expresión «Todo aquel que es nacido de Dios»

y, segundo, investigar en qué sentido «no practica el pecado».

I.1. Primero, vamos a considerar cuál es el verdadero

significado de la expresión «todo aquel que es nacido de Dios».

En general, de todos los pasajes de la Sagrada Escritura en

donde aparece la expresión «ser nacido de Dios», podemos

aprender que implica no solamente el ser bautizado o cualquier

otro cambio exterior, sino un profundo cambio interior. Un

cambio producido en el alma por la operación del Espíritu

Santo, un cambio total de nuestra vida. Porque a partir del

momento en que somos «nacidos de Dios» vivimos de una

manera muy diferente a la que acostumbrábamos. Estamos,

como si dijéramos, en otro mundo.

2. La base y razón de la expresión es fácil de

comprender. Cuando experimentamos este gran cambio

podemos decir verdaderamente que «hemos nacido de nuevo»,

porque hay una gran semejanza entre el nacimiento natural y el

espiritual. Por esta razón, considerar las circunstancias del

nacimiento natural es la forma más fácil de comprender el

espiritual.

3. La criatura que aún está por nacer subsiste, en

verdad, por el aire, como acontece con todo lo que tiene vida,

El gran privilegio de los que son nacidos de Dios 383

pero no lo siente, a no ser de una manera torpe e imperfecta.

Oye un poco, si acaso, porque los órganos del oído todavía

están cerrados. No ve nada, porque sus ojos están cerrados

completamente y está rodeado de una completa obscuridad.

Hay, pudiera ser, algunas débiles señales de vida cuando se

acerca el momento del alumbramiento y, por consiguiente, se

muestran también algunos movimientos, por lo que se distingue

de una mera masa de materia. Pero no tiene sentidos. Todas

estas avenidas del alma permanecen cerradas. Por

consecuencia, tiene muy poca, si acaso, comunicación con este

mundo visible, ni ningún conocimiento, comprensión o idea de

lo que ocurre en él.

4. La razón por la que quien no ha nacido todavía es

extranjero para el mundo visible no es porque se encuentra

lejos (se encuentra muy cerca, lo rodea por todas partes) sino,

en parte, que carece de los sentidos (no se han abierto todavía

en su alma) solo por los cuales es posible mantener contacto con

el mundo material y, en parte también, porque lo cubre un

espeso velo, a través del cual no puede discernir nada.

5. Pero tan pronto como nace la criatura vive de una

manera completamente diferente. Ahora siente el aire que le

rodea y que entra en su cuerpo por medio de su respiración y

que sostiene su vida. Como consecuencia, principia un aumento

constante en su fuerza, en sus movimientos y en sus

sensaciones. Todos sus sentidos despiertan provistos de sus

propios objetos.

Sus ojos están ahora abiertos para percibir la luz que

todo lo inunda y descubre, no sólo su propio ser, sino una

infinita variedad de objetos que anteriormente desconocía. Sus

oídos se abren y escucha una infinidad de sonidos. Usa cada

sentido para examinar objetos que le son peculiares y por estos

conductos el alma, teniendo contacto con el mundo visible,

384 Sermón 19

adquiere más y más conocimiento de los objetos sensibles, de

todas las cosas que existen bajo el sol.

6. Así es con el que es nacido de Dios. Antes de

experimentar el gran cambio, aunque existe en aquél en quien

vivimos, y nos movemos, y somos, no está consciente de Dios.

No siente, no tiene una profunda conciencia de su presencia. No

percibe ese divino aliento de vida sin el cual no podría vivir por

un momento. Tampoco es sensible a ninguna de las cosas que

tienen que ver con Dios. No hacen ninguna impresión en su

alma. Dios lo está llamando continuamente desde su gloria, pero

no lo escucha; sus oídos están cerrados. No percibe «la voz del

encantador» por más hábil que el encantador sea.2 No ve las

cosas del Espíritu de Dios. Los ojos de su entendimiento están

cerrados,3 y profundas tinieblas cubren su alma, rodeándolo

completamente. Es cierto que pudiera tener unas débiles señales

de vida, algunos pequeños principios de vida espiritual, pero

todavía sus sentidos son incapaces de discernir los objetos

espirituales, por lo que no percibe las cosas que son del Espíritu

de Dios, porque para él son locura, y no las puede entender,

porque se han de discernir espiritualmente.4

7. Por esta razón tiene un conocimiento muy

rudimentario del mundo invisible, ya que tiene muy poco

contacto con él. No que esté lejos de él. No, sino que está en

medio de él, lo rodea por todas partes. El «otro mundo», como

lo llamamos generalmente, no está lejos de ninguno de

nosotros. Está arriba, debajo y a cada lado nuestro,5 pero el ser

humano natural no lo puede discernir, en parte, porque carece

de los sentidos espirituales, únicamente por medio de los cuales

2 Sal. 58.5.

3 Ef. 1.18.

4 1 Co. 2.14.

5 Hch. 17.23-28.

El gran privilegio de los que son nacidos de Dios 385

podemos discernir las cosas de Dios. En parte, porque lo cubre

un denso velo y no sabe cómo penetrarlo.

8. Pero cuando es nacido de Dios, nacido del Espíritu,

¡cómo se transforma su manera de vivir! Su alma es sensible a

las cosas de Dios y puede decir por su propia experiencia: «Tú

has conocido mi sentarme y mi levantarme; has conocido desde

lejos mis pensamientos.»6 «Detrás y delante me rodeaste, y

sobre mí pusiste tu mano.»7 Aspira inmediatamente el Espíritu

o aliento de Dios que ha sido soplado en el alma recién nacida;

y el mismo aliento que viene de Dios, vuelve a él. Así como lo

recibe continuamente por la fe, así es retornado por el amor, la

oración y la acción de gracias (pues el amor y la alabanza son el

aliento del alma verdaderamente nacida de Dios). Por esta

nueva forma de respiración la vida espiritual no únicamente se

mantiene, sino que se fortalece día a día, junto con la fortaleza,

el movimiento y las sensaciones espirituales. Todos los sentidos

del alma están despiertos ahora y son capaces de discernir entre

el bien y el mal espiritual.8

9. Los ojos de su entendimiento9 están abiertos ahora y

se mantiene como viendo al Invisible.10 Comprende cuál es la

supereminente grandeza de su poder y de su amor para los que

creen. Reconoce que Dios tiene misericordia de él, pecador11 y

que ha sido reconciliado por medio del Hijo de su amor. Ahora

percibe claramente tanto el amor perdonador de Dios como

todas sus preciosas y grandísimas promesas.12 Dios, que

6 Sal. 139.2.

7 Sal. 139.5.

8 He. 5.14.

9 Ef. 1.18.

10 He. 11.27.

11 Lc. 18.13.

12 2 P. 1.4.

386 Sermón 19

mandó que de las tinieblas resplandeciese la luz, resplandece

en su corazón, para iluminarlo con el conocimiento de la

gloria de Dios en la faz de Jesucristo.13 Las tinieblas han

pasado. Ahora vive iluminado por la luz del rostro de Dios.

10. Sus oídos están abiertos y la voz de Dios no llama

en vano. Escucha y obedece el llamamiento divino. Conoce la

voz de su pastor.14 Todos sus sentidos espirituales están ahora

atentos y tiene una clara comunicación con el mundo invisible

y, por consiguiente, conoce más y más las cosas que antes no

percibía.15 Ahora conoce la paz de Dios; en qué consiste el gozo

en el Espíritu Santo y el amor de Dios que es derramado en el

corazón16 de aquéllos que creen en él por medio de Jesucristo.

Habiendo sido removido el velo que antes interrumpía el paso

de la luz y la voz, el conocimiento y el amor de Dios, ahora el

que es nacido del Espíritu permanece en amor, permanece en

Dios, y Dios en él.17

II.1. Habiendo considerado el significado de la

expresión «todo aquel que es nacido de Dios», nos resta, en

segundo lugar, investigar en qué sentido «no practica el

pecado».

Aquél que ha nacido de Dios, como se ha descrito

anteriormente, continuamente recibe en su alma el aliento

divino, la benévola influencia del Espíritu de Dios, y se

mantiene en constante comunión con él; quien así cree y ama,

quien por fe percibe continuamente la acción de Dios obre su

13 2 Co. 4.6.

14 Jn. 10.4.

15 1 Co.2.9.

16 Ro. 5.5.

17 1 Jn. 4.16.

El gran privilegio de los que son nacidos de Dios 387

espíritu y por cierta forma de re-acción18 espiritual retorna la

gracia que recibe en un amor incesante, alabanza y oración, no

únicamente «no practica el pecado» «aquél que fue engendrado

por Dios», sino que no peca porque la simiente de Dios

permanece en él,19 porque es nacido de Dios.

2. Por «pecado» entiendo aquí el pecado exterior, de

acuerdo con la acepción común y clara de la palabra: una

«infracción de la ley»20 actual y voluntaria; una infracción de la

ley de Dios revelada y escrita; de cualquier mandamiento de

Dios, reconocido como tal al momento de cometer la infracción.

Pero «todo aquel que es nacido de Dios», mientras permanece

en la fe, el amor, en el espíritu de oración y en la acción de

gracias, no sólo deja de hacer el pecado, sino que no puede

cometerlo.21 En tanto que crea en Dios por medio de Cristo, lo

ame y derrame su corazón delante de él, no puede infringir

voluntariamente ninguno de los mandamientos de Dios, ya sea

diciendo o haciendo aquello que Dios ha prohibido, siempre que

esa simiente permanezca en él.22 Esa fe amante, devota y

agradecida, lo estimula a evitar hacer nada que sea abominación

a los ojos de Dios.

3. Aquí se presenta inmediatamente una dificultad que a

muchos les ha parecido insuperable y los ha inducido a negar la

clara afirmación del Apóstol y a renunciar al privilegio de los

hijos de Dios.

Es claro, de hecho, que algunos de los que han nacido

de Dios, según el testimonio infalible que respecto a ellos nos

18 Wesley usa el guion aquí deliberadamente, para énfasis. Véase III.2, más abajo:

«una continua acción de Dios sobre el alma y una re-acción del alma hacia Dios».

Véase también, abajo, III.3.

19 1 Jn. 3.9.

20 1 Jn. 3.4.

21 1 Jn. 3.9.

22 1 Jn. 3.9.

388 Sermón 19

da el Espíritu de Dios en su Palabra, no sólo han podido pecar,

sino que, de hecho, han cometido pecados, aun graves y

exteriores. Han quebrantado las leyes de Dios, claras y sabias,

hablando o haciendo lo que él ha prohibido.

4. No hay duda de que David fue nacido de Dios, de

otra manera nunca hubiera sido ungido rey de Israel. El sabía

en quien había creído;23 era poderoso en la fe dando gloria a

Dios.24 «El Señor,» dijo «es mi pastor,» por lo tanto, «nada me

faltará. En lugares de delicados pastos me hará yacer, junto a

aguas de reposo me pastoreará ... Aunque ande en valle de

sombra de muerte, no temeré mal alguno, porque tú estarás

conmigo».25 Estaba lleno de tal amor, que frecuentemente

exclamaba: «Amarte he, oh Señor, fortaleza mía. Señor, roca

mía y castillo mío, y mi libertador.»26 Era un hombre de

oración, que derramaba su alma delante de Dios en todas las

circunstancias de su vida y abundó en expresiones de alabanza

y acciones de gracia. «Su alabanza,» dijo, «será siempre en mi

boca».27 «Mi Dios eres tú, y a ti alabaré. Dios mío, a ti

ensalzaré.»28 Y, sin embargo, tal hijo de Dios pudo cometer y

cometió pecado, los horribles pecados de adulterio y

homicidio.

5. Aún después de que el Espíritu Santo fue dado más

abundantemente, después de que Jesucristo sacó a la luz la

vida y la inmortalidad por el evangelio,29 no faltan ejemplos

de la misma triste realidad que, indudablemente, también son

23 2 Ti. 1.12.

24 Ro. 4.20.

25 Sal. 23.1, 2, 4.

26 Sal 18.1-2.

27 Sal. 34.1.

28 Sal. 118. 28.

29 2 Ti. 1.10.

El gran privilegio de los que son nacidos de Dios 389

escritos para nuestra instrucción.30 Por ejemplo, aquél a quien

los apóstoles dieron el sobrenombre de Bernabé (que quiere

decir: hijo de consolación)31 probablemente porque vendió

cuanto tenía y trajo el precio para auxiliar a los hermanos

pobres.32 Este Bernabé, quien a su regreso fue solemnemente

apartado de todos los demás profetas y doctores, por la

dirección especial del Espíritu Santo, para la obra para la cual

Dios lo llamó:33 para acompañar al gran Apóstol de los

Gentiles y ser su colaborador, posteriormente porfió con Pablo

porque al ir a visitar a los hermanos por segunda vez, a éste no

le pareció bien llevar consigo a Juan que se había apartado de

ellos desde Panfilia, y no había ido con ellos a la obra.34

Bernabé mismo se separó y tomando a Marcos, navegó a

Chipre,35 abandonando a aquél a quien el Espíritu Santo le

había unido de una manera tan especial.

6. Un ejemplo más sorprendente que los dos

mencionados es ofrecido por san Pablo en su Epístola a los

Gálatas: «Cuando Pedro [el anciano, el celoso, el primero de los

apóstoles, uno de los tres más grandemente favorecidos por su

Señor] vino a Antioquía, le resistí en la cara, porque era de

condenar. Pues antes de que viniesen algunos de parte de

Jacobo, comía con los gentiles36 [los paganos convertidos a la

fe cristiana, pues había sido enseñado personalmente por Dios

que a ningún hombre llame común o inmundo]37 Pero después

30 1 Cor. 9.10; 10.11; 2 Ti. 3.16-17.

31 Hch. 4. 36-37.

32 Hch. 11. 29.

33 Hch. 13. 1-2.

34 Hch. 15.38.

35 Hch. 15.39. Wesley da por sentado que sus oyentes saben que «Juan» y «Marcos»

son la misma persona.

36 Gá. 2.11-12.

37 Hch. 10.28.

390 Sermón 19

que vinieron, se retraía y se apartaba, porque tenía miedo de los

de la circuncisión. Y en su simulación participaban también los

otros judíos, de tal manera que aun Bernabé fue también

arrastrado por la hipocresía de ellos. Pero cuando vi que no

andaban rectamente conforme a la verdad del evangelio, dije a

Pedro delante de todos: Si tú, siendo judío, vives como los

gentiles y no como judío, ¿por qué obligas a los gentiles a

judaizar?»38 Este es un claro e innegable pecado, cometido por

uno que indudablemente había «nacido de Dios». ¿Cómo

podemos reconciliar este hecho con la afirmación de san Juan,

si la tomamos en su obvio significado literal, que «todo aquel

que es nacido de Dios, no practica el pecado?»

7. Yo contesto, como se ha visto desde hace mucho

tiempo: en tanto que el que es nacido de Dios se guarda a sí

mismo (lo que puede hacer mediante la gracia de Dios) el

maligno no le toca.39 Pero si no se guarda a sí mismo, si no

permanece en la fe, puede pecar como cualquiera otra persona.

Es fácil de entender cómo estos hijos de Dios pueden

caer en pecado y, sin embargo, la gran verdad de Dios,

declarada por el Apóstol, permanece firme e inconmovible.

Quien cae no se guardó por la gracia de Dios que era

suficiente.40 Cayó poco a poco primero en el pecado interior y

negativo: no avivó el fuego del don de Dios41 que estaba en él;

no veló en oración42 ni prosiguió a la meta, al premio del

supremo llamamiento de Dios.43 Luego cayó en el pecado

positivo e interior: inclinando su corazón a la iniquidad,

38 Gá. 2.12-14.

39 1 Jn. 5.18.

40 2 Co. 12.9.

41 2 Ti. 1.6.

42 1 P. 4.7.

43 Fil. 3.14.

El gran privilegio de los que son nacidos de Dios 391

cediendo a algún mal deseo o inclinación. Después, perdió su

fe, perdió de vista al Dios que perdona y, consecuentemente, su

amor a Dios. Estando entonces débil como cualquier otro ser

humano, fue capaz de cometer aun el pecado exterior.

8. Expliquemos esto con un ejemplo peculiar: David

fue nacido de Dios y vio a Dios por medio de la fe. Amaba a

Dios con sinceridad. Podía decir sinceramente: «¿A quién

tengo yo en los cielos sino a ti?» (ni persona o cosa) «Y fuera

de ti nada deseo en la tierra».44 Sin embargo, todavía

permanecía en su corazón esa naturaleza corrupta que es el

origen de todo pecado.

Sucedió que paseando sobre el terrado de su casa,45

probablemente alabando al Dios que amaba su corazón, vio a

Betsabé. Se sintió tentado, un pensamiento que lo impulsaba al

mal. El Espíritu de Dios no dejó de prevenirlo. Indudablemente

oyó y conoció la voz de advertencia pero dio lugar, un poco, al

pensamiento, y la tentación principió a prevalecer sobre él y se

manchó su espíritu. Todavía veía a Dios, pero más débilmente

que antes. Todavía amaba a Dios, pero no en el mismo grado,

ni con la misma fuerza o intensidad de afecto. Sin embargo,

Dios le habló una vez más, aunque su espíritu estaba afligido;

su voz, aunque cada vez más débilmente, todavía susurró: «el

pecado está a la puerta»,46 «mirad a mí, y sed salvo».47 Pero él

no quiso escuchar. Miró otra vez, pero no a Dios, sino al objeto

prohibido, hasta que la naturaleza fue superior a la gracia y

encendió en su corazón el fuego de la lujuria.

Los ojos de su entendimiento se cerraron nuevamente y

Dios desapareció de su vista. La fe, esa divina y sobrenatural

44 Sal. 73.25.

45 2 S. 11.2.

46 Gn. 4.7.

47 Is. 45.22.

392 Sermón 19

comunicación con Dios, y el amor a Dios cesaron por completo.

Entonces arremetió, como caballo a la batalla48 y, a sabiendas,

cometió el pecado externo.

9. Pueden ver el descenso inevitable de la gracia al

pecado. Procede de la manera siguiente: (1) La semilla de la fe,

amante y victoriosa, permanece en aquél que es nacido de Dios.

Lo guarda y, por la gracia de Dios, no practica el pecado. (2)

Viene la tentación, ya sea del mundo, la carne o del diablo, no

importa. (3) El Espíritu de Dios le advierte que el pecado está

cerca y lo amonesta a velar y orar con redoblado fervor. (4)

Cede, en cierto grado, a la tentación, que ahora le parece más

agradable. (5) Contrista al Espíritu Santo, su fe se debilita y su

amor a Dios se enfría. (6) El Espíritu lo reprende más

severamente y le dice: «Este es el camino, andad por él».49 (7)

Se vuelve al otro lado para no escuchar la angustiada voz de

Dios y escucha la agradable voz del tentador. (8) Los malos

deseos principian a cundir en su alma, hasta que la fe y el amor

se desvanecen. (9) Ahora es capaz de cometer el pecado

exterior. El poder del Señor lo ha abandonado.

10. Expliquemos esto con otro ejemplo. El Apóstol

Pedro estaba lleno de fe y del Santo Espíritu con la ayuda de

los cuales mantenía una conciencia libre de ofensa hacia Dios y

sus semejantes.

Caminando así en sencillez y sinceridad de corazón,50

antes que viniesen algunos de parte de Jacobo, comía con los

gentiles,51 sabiendo que lo que Dios ha limpiado no es común o

impuro.

48 Jer. 8.6.

49 Is. 30.21.

50 2 Co. 1.12.

51 Gá. 2.12.

El gran privilegio de los que son nacidos de Dios 393

Pero, después que vinieron la tentación se despertó en

su corazón de temer a los de la circuncisión (los judíos

convertidos que eran celosos de la circuncisión y demás ritos de

la ley de Moisés) y de agradarse del favor y la alabanza de estas

personas más que de la alabanza de Dios.

El Espíritu le advirtió que el pecado estaba cerca. Sin

embargo, cedió un poco, teniendo un temor pecaminoso de sus

semejantes, y su fe y amor se debilitaron proporcionalmente.

Dios lo reprendió nuevamente por dar lugar al diablo,

pero no escuchó la voz de su Pastor, sino que se entregó a ese

temor servil, con lo que apagó el Espíritu.52

Dios se perdió de su vista, la fe y el amor se extinguieron

y cometió el pecado externo. No andaba rectamente conforme

a la verdad del evangelio, se apartaba de sus hermanos

cristianos y, debido a su mal ejemplo, si es que no consejo

también, en su simulación participaban también otros judíos,53

sujetándose de nuevo al yugo de esclavitud de que Cristo nos

hizo libres.54

Es indudablemente cierto que cualquiera que es nacido

de Dios y se guarda a sí mismo no hace ni puede practicar el

pecado. Sin embargo, si no se guarda a sí mismo puede cometer

toda suerte de pecados insaciablemente.

III.1. De las consideraciones que preceden podemos

aprender, primero, a dar una respuesta clara e incontestable a un

asunto que frecuentemente ha turbado a muchos con un corazón

sincero: ¿el pecado precede o sigue a la pérdida de la fe? ¿Un

hijo de Dios primero comete el pecado y luego pierde su fe, o

pierde ésta primero y luego comete el pecado?

52 1 Ts. 5.19.

53 Gá. 2.12-14.

54 Gá 5.1.

394 Sermón 19

A lo que contesto: algunos pecados, de omisión por lo

menos, deben preceder necesariamente a la pérdida de la fe

(algún pecado interior). Pero la pérdida de la fe debe preceder a

la comisión del pecado externo.

Mientras más examine el creyente su propio corazón,

más se convencerá de esto: que la fe que obra por el amor

excluye tanto el pecado interior como el exterior del alma que

vela en oración.55 Que, aunque estamos expuestos a la

tentación, especialmente del pecado que nos asedia;56 si la

vista del alma se fija amorosa y constantemente en Dios, la

tentación desaparecerá rápidamente. Pero somos tentados

cuando en nuestra propia concupiscencia somos atraídos y

cebados, como dice el Apóstol Santiago, por los placeres

presentes o que vemos en el futuro.57 Entonces, el deseo que

hemos concebido da a luz el pecado,58 y, habiendo destruido

nuestra fe por medio de ese pecado interior nos arroja con

violencia en los lazos del demonio, a fin de que cometamos

toda clase de pecados exteriores.

2. De lo que se ha dicho podemos aprender, en

segundo lugar, lo que es la vida de Dios en el alma del

creyente, en qué consiste y qué significa inmediata y

necesariamente. Inmediata y necesariamente implica la

continua inspiración del Espíritu Santo de Dios; el aliento de

Dios en el alma y que el alma devuelve a Dios; una

acción constante de Dios sobre el alma y la respuesta del alma

hacia Dios; la presencia constante del Dios amante que perdona,

que se revela al corazón y a quien percibe la fe; un conti-

nuo retorno de amor, alabanza y oración, ofreciendo todos los

55 1 P. 4.7.

56 He. 12.1.

57 Stg. 1.14.

58 Stg. 1.15.

El gran privilegio de los que son nacidos de Dios 395

pensamientos de nuestro corazón, todas las palabras de nuestra

boca, todo nuestro cuerpo, alma y espíritu, para ser un

sacrificio santo, agradable a Dios59 en Cristo Jesús.

3. De lo cual podemos inferir, en tercer lugar, la

absoluta necesidad de esta re-acción del alma (comoquiera que

sea llamada) con el fin de que continúe en ella la vida divina.

Porque es evidente que Dios no continúa actuando en el alma si

el alma no persevera en su re-acción hacia él. El nos

previene, sin duda alguna, con las bendiciones de su bondad.

Primero nos ama y se manifiesta a nosotros. Cuando todavía

estamos lejos, nos llama hacia él e ilumina nuestros

corazones.60 Pero si no amamos entonces al que nos amó

primero;61 si no escuchamos su voz; si quitamos la vista de él y

no prestamos atención a la luz que derrama en nosotros, su

Espíritu no contenderá más. Se retirará poco a poco y nos

abandonará a las tinieblas de nuestro propio corazón. No

seguirá alentando en nuestras almas a no ser que se vuelvan

hacia él de nuevo; solamente que nuestro amor, oraciones y

acciones de gracia vuelvan a él, un sacrificio en el cual él se

complace.

4. Aprendamos, finalmente, a seguir el consejo del gran

Apóstol: «No te ensoberbezcas, sino teme».62 Temamos al

pecado más que a la muerte o el infierno; tengamos un temor

que, si bien esté libre de sufrimiento, esté lleno de celo, no sea

que nos inclinemos hacia nuestros corazones engañosos. El que

piensa estar firme, mire que no caiga.63 Aun quien ahora está

59 Ro. 12.1.

60 Lc. 15.20.

61 1 Jn. 4.19.

62 Ro. 11.20.

63 1 Co. 10.12.

396 Sermón 19

firme en la gracia de Dios, en la fe que ha vencido al mundo,64

puede caer, sin embargo, en el pecado interior y naufragar en la

fe.65 Y ¡cuán fácilmente, entonces, el pecado exterior ganará de

nuevo su dominio sobre él! Por esta razón, oh siervo de Dios,

vela siempre para que puedas oír la voz de Dios; vela para que

puedas orar sin cesar,66 todo el tiempo y en todo lugar,

abriendo tu corazón delante de él. Así podrás creer y amar

siempre y nunca cometerás pecado.

64 1 Jn. 5.4.

65 1 Ti. 1.19.

66 1 Ts. 5.17.