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Sermón 14 - El arrepentimiento del creyente

Marcos 1:15

Arrepentíos, y creed en el evangelio.

1. Generalmente se cree que el arrepentimiento y la fe

son, como quien dice, las puertas de la religión; que sólo son

necesarios al principio de nuestra carrera cristiana, cuando

emprendemos el camino hacia el reino. Esto parece ser

confirmado por el gran Apóstol cuando, al exhortar a los

cristianos hebreos a ir adelante a la perfección, les enseña que

dejen los rudimentos de la doctrina de Cristo...no echando otra

vez el fundamento del arrepentimiento de obras muertas, de la

fe en Dios;1 Lo que debe significar, cuando menos, que deben,

comparativamente, abandonar estas cosas que al principio

ocuparon sus mentes y proseguir a la meta, al premio del

supremo llamamiento de Dios en Cristo Jesús.2

2. No cabe la menor duda de que esto es cierto; que

existen cierta fe y arrepentimiento, muy necesarios

especialmente al principio; arrepentimiento que es convicción

de nuestro completo estado de pecado, nuestra culpabilidad y

desamparo y que precede a nuestro recibir el reino de Dios que

nuestro Señor dice, está entre nosotros;3 y una fe por medio de

la cual recibimos el reino: justicia, paz y gozo en el Espíritu

Santo.

3. Pero, a pesar de esto, existen cierto arrepentimiento

y cierta fe (tomando estas palabras en otro sentido que no es el

1 He. 6.1.

2 Fil 3.14.

3 Lc. 17.21.

265

2 66 Sermón 14

mismo ni tampoco por completo diferente al anterior), que son

un requisito aun después de haber creído al evangelio;4 más aun,

en todas las sucesivas etapas de nuestra carrera cristiana, pues

de otra manera no podemos correr la carrera que tenemos por

delante.5 Este arrepentimiento y fe se necesitan para poder

continuar creciendo en la gracia, así como la fe y el

arrepentimiento anteriores fueron esenciales para entrar en el

reino de Dios.

Pero, ¿en qué sentido nos debemos arrepentir y creer

después de haber sido justificados? Esta es una pregunta muy

importante, digna de ser considerada con la mayor atención.

I. En primer lugar, ¿en qué sentido debemos

arrepentirnos?

1. Frecuentemente, el arrepentimiento significa un

cambio interior, un cambio de mente del pecado a la santidad.

Pero ahora hablamos de él en un sentido muy diferente: es el

conocimiento de uno mismo -el conocimiento de que somos

pecadores; sí, culpables, pecadores sin esperanza, aunque

sabemos que somos hijos de Dios.

2. Ciertamente, cuando nos damos cuenta de esto por

primera vez, cuando por primera vez encontramos redención

en la sangre de Cristo, cuando el amor de Dios se derrama por

primera vez en nuestros corazones6 y su reino se establece en

ellos, es natural suponer que ya no somos pecadores, que todos

nuestros pecados están no solamente cubiertos7 sino

destruidos. Como entonces no sentimos ningún pecado en

nuestros corazones, nos imaginamos fácilmente que no existe

ninguno en ellos. Algunas personas bien intencionadas se han

4 Mr. 1.15.

5 He. 12.1.

6 Ro. 5.5.

7 Sal. 21.1; 85.2; Ro. 4.7.

El arrepentimiento del creyente 267

imaginado esto, no únicamente en aquel tiempo, sino desde

entonces, habiéndose persuadido de que cuando fueron

justificados fueron completamente santificados. Incluso lo han

establecido como una regla general, a pesar de lo que nos dicen

la Escritura, la razón y la experiencia. Estas personas creen

sinceramente y sostienen firmemente que todo el pecado es

destruido cuando somos justificados y que no hay pecado en el

corazón del creyente, sino que es limpio completamente a

partir de ese momento. Pero, aunque reconocemos que todo

aquel que cree que Jesús es el Cristo, es nacido de Dios,8 y

que aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado,9 sin

embargo no podemos admitir que no lo sienta en su interior; el

pecado no reina, pero permanece.10 Y una convicción de

pecado que permanece en nuestro corazón es un aspecto

importante del arrepentimiento del que estamos hablando

ahora.

3. Porque muy pronto la persona que imaginaba que

todo el pecado había desaparecido, siente que todavía hay

orgullo11 en su corazón. Se persuade después de que, tanto en

éste como en otros muchos respectos, ha pensado de sí mismo

más altamente de lo que debiera pensar y que ha recibido la

alabanza que no debería haber recibido, gloriándose como si no

la hubiera aceptado. Y, sin embargo, sabe que goza del favor

de Dios. Tal persona no puede y no debe perder su confianza,12

pues el Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de

que somos hijos de Dios.13

8 1 Jn. 5.1.

9 1 Jn. 3.9.

10 Véase: Sermón 13, Del pecado en los creyentes, I. 6.

11 Para Wesley, como para san Agustín, el orgullo es el pecado principal. Véase el

Sermón 15, El gran tribunal, III, 1.

12 He. 10.35.

13 Ro. 8.16.

2 68 Sermón 14

4. Tampoco tarda mucho en sentirse voluntarioso en su

corazón, aun contra la voluntad de Dios. Todo ser humano debe

tener voluntad propia, mientras goce de entendimiento. Esta es

una parte esencial de la naturaleza humana; es más, de la

naturaleza de todo ser inteligente.14 Nuestro bendito Señor

mismo, como ser humano, tenía voluntad, de otra manera no

hubiera sido hombre.15 Pero su voluntad humana estaba

siempre sujeta a la voluntad de su Padre. Todo el tiempo y en

todas las ocasiones, aun en la aflicción más profunda, él podía

decir: pero no sea como yo quiero, sino como tú.16 Pero no

sucede así todo el tiempo, aun con un verdadero creyente en

Cristo. Frecuentemente tal creyente exalta su propia voluntad

contra la de Dios. Desea algo porque le resulta placentero a su

naturaleza, aunque no sea agradable a Dios. Rehúsa hacer algo

porque le causa dolor, aunque sea la voluntad de Dios para él.

Ciertamente (suponiendo que continúe en la fe) lucha en contra

de ello con todo su poder. Pero este mismo hecho implica que

la voluntad personal existe y que él está consciente de ella.

5. La obstinación y el orgullo son una especie de

idolatría, y ambos van contra el amor de Dios. La misma

observación puede hacerse respecto al amor del mundo. Pero

éste, igualmente, aun los verdaderos creyentes están propensos

a sentir en sí mismos; y todos lo sienten, tarde o temprano, de

una o de otra manera. Es cierto, cuando primero se pasa de

muerte a vida no se desea ninguna otra cosa sino Dios. Se

puede decir: delante de ti están todos mis deseos,17 y tu

memoria es el deseo de mi alma.18 ¿A quién tengo yo en los

14 Véase: Sermón 60, La liberación general, I. 4.

15 Un eco de la controversia monotelita y su resolución en el Sexto Concilio

Ecuménico, en Constantinopla, 680-81.

16 Mt. 26.39.

17 Sal. 38.9.

18 Is. 26.8.

El arrepentimiento del creyente 269

cielos sino a ti? Y fuera de ti nada deseo en la tierra.19 Pero

no es así siempre. Con el transcurso del tiempo se volverán a

sentir (aunque probablemente por un corto lapso) los deseos de

la carne, los deseos de los ojos, y la vanagloria de la vida.20 Si

no se vela y ora constantemente, se encontrará que la

concupiscencia revive y lucha por hacer caer,21 hasta que ya

casi no se tienen fuerzas para resistir. Se puede sentir el asalto

de las pasiones desordenadas,22 una fuerte inclinación a dar

culto a las criaturas antes que al creador23—-ya sea un hijo, un

padre, un esposo o una esposa, o su amigo íntimo. Se puede

sentir de mil maneras diferentes el deseo por las cosas y los

placeres terrenales. En la misma proporción se olvidará de

Dios, sin buscar su felicidad en él y, consecuentemente,

llegando a ser amador de los deleites más que de Dios.24

6. Si no se tiene cuidado cada momento se volverá a

sentir «el deseo de los ojos» el deseo de gratificar su

imaginación con algo grande, hermoso o fuera de lo común

¡De cuántas maneras este deseo asalta al alma! Tal vez en

relación con bagatelas, como vestidos o muebles -cosas que

nunca fueron designadas para satisfacer el apetito o un espíritu

inmortal. Sin embargo, ¡qué natural es para nosotros, aun

después de haber gustado de la buena palabra de Dios y los

poderes del siglo venidero,25 hundirnos de nuevo en estos

torpes y bajos deseos que perecen con su uso! ¡Qué difícil es,

1 9 Sal. 73.25.

20 1 Jn. 2.16; véase también el Sermón 7, El camino del reino, II. 2.

21 Sal. 118.13.

22 Col. 3.5.

23 Ro. 1.25.

24 2 Ti. 3.4.

25 He. 6.5.

2 70 Sermón 14

aun para aquéllos que saben en quién han creído,26 dominar

aunque sea una parte del deseo del ojo: la curiosidad;

pisotearla constantemente bajo sus pies, y no desear nada

simplemente porque es nuevo!

7. ¡Y qué difícil es, aun para los hijos de Dios,

conquistar completamente la soberbia de la vida! san Juan

parece que quiere decir con esto casi lo mismo que el mundo

llama sentido del honor. Este no es otra cosa que el deseo y el

deleite del honor que viene de los humanos27 -un deseo y amor

por la alabanza, que siempre va acompañado del temor de ser

criticado. Muy cerca a ésta se encuentra la falsa vergüenza, el

avergonzarnos de aquello en que deberíamos gloriarnos. Y esto

raramente se encuentra separado del temor del hombre,28 que

presenta mil trampas para el alma. Ahora bien, ¿en dónde se

encuentra aquél, aun entre aquellos que parecen estar fuertes en

la fe, que no encuentra en sí mismo un cierto grado de todas

estas malas disposiciones? Estos están crucificados al mundo29

sólo parcialmente, porque la raíz del mal permanece en sus

corazones.

8. Y ¿no es cierto que sentimos también otras

inclinaciones tan antagónicas al amor de nuestros prójimos

como ésas lo son al amor de Dios? El amor a nuestro prójimo

no guarda rencor.30 ¿No encontramos nada malo en nuestro

corazón? ¿No encontramos en él celos, malas suposiciones31 y

sospechas sin base? El que esté libre de cualquiera de estas

26 2 Ti. 1.12.

27 Jn. 5.41, 44.

28 Pr. 29.25.

29 Gá. 6.14.

30 1 Co. 13.5.

31 1 Ti. 6.4.

El arrepentimiento del creyente 271

cosas que lance la primera piedra a su prójimo.32 ¿Quién no

siente algunas veces otras inclinaciones o emociones internas

que sabe son contrarias al amor fraternal? Si no existen el odio,

la malicia y el rencor, ¿no hay un poco de envidia?33

¿Especialmente hacia aquellos que gozan de algún bien (real o

imaginario) que nosotros deseamos, pero que no podemos

tener? ¿No nos llena un cierto resentimiento cuando somos

injuriados o ultrajados? ¿Especialmente por aquellos a quienes

amamos y a quienes nos hemos esforzado en ayudar o

complacer? ¿La injusticia o la ingratitud nunca provoca en

nosotros ningún deseo de venganza; ningún deseo de pagar

mal por mal, en lugar de vencer con el bien el mal?34 Esto

muestra cuánto hay todavía en nuestro corazón que es

contrario al amor del prójimo.

9. La codicia de toda clase y grado ciertamente es

contraria a este amor semejante al de Dios. Ya sea philarguría,

el amor al dinero, que es muy frecuentemente la raíz de todos

los males,35 o pleonexía,36 literalmente, el deseo de tener más,

o aumentar la riqueza. ¡Cuán pocos, aun de los verdaderos

hijos de Dios, son libres de ambas! Un gran hombre, Martín

Lutero, acostumbraba decir que él «nunca había tenido codicia,

no únicamente desde su conversión, sino nunca, desde su

nacimiento». Pero si tal cosa es cierta, yo no tengo escrúpulos

32 Jn. 8.7.

33 Tit. 3.3.

34 Ro. 12.21.

35 1 Ti. 6.10. Wesley llegará a ser más enfático en su denuncia del amor al dinero y

del pecado de la acumulación de riqueza con el transcurso del tiempo y conforme los

metodistas llegaron a ser más y más ricos. Véase: Sermón 50, El uso del dinero. Sobre

la creciente alarma de Wesley y su angustia sobre la prosperidad de los metodistas, sin

ir unida a una filantropía paralela, véase el Sermón 28.

36 Col. 3.5.

2 72 Sermón 14

en decir que él fue el único hombre nacido de mujer (excepto

aquél que fue Dios y hombre) que no tuvo codicia, que no

nació con ella. Yo creo que no ha existido ninguno nacido de

Dios, que haya vivido por algún tiempo, que no la haya

sentido, más o menos, muchas veces, especialmente en el

segundo sentido. Podemos, entonces, afirmar como una verdad

indudable que la codicia, junto con el orgullo, la obstinación y

el enojo, permanecen en el corazón aun de aquellos que han

sido justificados.

10. Habiendo experimentado esta verdad, muchas

personas serias se han inclinado a creer que la última parte del

capítulo siete de Romanos no se refiere a los que están «bajo la

ley» -los que están convencidos de pecado, que es

indudablemente lo que el Apóstol quiere decir- sino a los que

están «bajo la gracia,»37 quienes han sido justificados

gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en

Cristo Jesús.38 Y no cabe duda de que, hasta cierto punto,

tienen razón, porque, aun en aquellos que están justificados,

permanece una mente que es, hasta cierto grado, carnal. Así

les dice el Apóstol a los creyentes de Corinto: «aún sois

carnales».39 Todavía hay un corazón adherido a la rebelión

contra mí,40 siempre dispuesto a apartarse del Dios vivo,41

inclinado al orgullo, la obstinación, el enojo, la revancha, el

amor al dinero, a tal profundidad de corrupción que, sin la clara

luz de Dios, no la podemos concebir. Y una convicción de este

pecado que permanece en sus corazones es el arrepentimiento

que incumbe a aquellos que han sido justificados.

37 Ro. 6.14-15.

38 Ro. 3.24.

39 1 Co. 3.3.

40 Os. 11.7.

41 He. 3.12.

El arrepentimiento del creyente 273

11. Deberíamos convencernos, igualmente, de que así

como el pecado permanece en nuestros corazones, se adhiere a

nuestras palabras y acciones. Ciertamente, debiéramos temer

que muchas de nuestras palabras estén más que mezcladas con

el pecado; que sean pecado simplemente. Tal cosa es,

indudablemente toda conversación falta de amor,42 todo lo que

no procede del amor fraternal, todo lo que no va de acuerdo con

la regla de oro: «todas las cosas que queráis que los hombres

hagan con vosotros, así también haced vosotros con ellos.»43 A

esta clase pertenecen la difamación, la chismografía, la

murmuración, el hablar mal, es decir, repetir las faltas de

personas ausentes -porque nadie desearía que otros repitieran

sus faltas mientras él se encuentra ausente. ¡Cuán pocos son, aun

entre los creyentes, los que no son culpables de esto en mayor o

menor grado¡ Muy fielmente manda la antigua regla: «De los

muertos y los ausentes, nada más lo bueno».44 Y suponiendo

que lo hacen, ¿se abstienen también de la conversación ociosa?

Sin embargo, todo esto es pecado, sin lugar a dudas, y contrista

al Espíritu Santo de Dios.45 Ciertamente, por toda palabra

ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día

del juicio.46

12. Pero supongamos que ellos velan y oran, por lo que

no entran en tentación;47 que constantemente vigilan su boca y

guardan la puerta de sus labios;48 supongamos que se ejercitan

42 Un eco de las Reglas Generales de Wesley, 4, en donde se prohíbe toda

«conversación falta de amor u ociosa».

43 Mt. 7.12; Lc. 6.31.

44 Esta «regla» era, en efecto, un aforismo inmemorial. Wesley lo usa, con algunas

variantes, en algunos de sus otros sermones.

45 Ef. 4.30.

46 Mt. 12.36.

47 Mt. 26.41; Mr. 14.38.

48 Sal. 141.3.

2 74 Sermón 14

constantemente, para que su palabra sea siempre con gracia,

sazonada con sal,49 adecuada para dar gracia a los oyentes;50

sin embargo, ¿no resbalan diariamente usando palabras sin

importancia a pesar de todo su cuidado? Aun cuando se

esfuerzan en hablar por Dios, ¿son puras sus palabras, libres de

toda contaminación? ¿No encuentran nada erróneo en su

misma intención? ¿Hablan simplemente para agradar a Dios y

no, en parte, para agradarse a sí mismos? ¿Es completamente

para hacer la voluntad de Dios y no, en parte, para hacer la

suya también? O, si principian con sinceridad de corazón,

¿continúan puestos los ojos en Jesús,51 hablando con él todo el

tiempo que permanecen con su prójimo? Cuando están

condenando el pecado ¿no sienten disgusto o mala voluntad

contra el pecador? Cuando están instruyendo al ignorante, ¿no

sienten orgullo o complacencia de sí mismos? Cuando están

consolando al afligido, o cuando se están estimulando unos a

otros a amar y hacer buenas obras,52 ¿no sienten cierta

aprobación interior que les dice: «has hablado muy bien»? ¿O

cierta vanidad, el deseo de que los demás piensen lo mismo y

que, con tal motivo, los tengan en mayor estima? En algunos o

en todos estos casos, ¡cómo se adhiere el pecado a la mejor

conversación de los creyentes! La convicción de lo cual es otra

parte del arrepentimiento que incumbe a los que han sido

justificados.

13. ¡Cuánto pecado, si su conciencia está bien

despierta, pueden encontrar adherido a sus hechos también!

¿No existen muchos de esta clase que, si bien el mundo no los

condena, no tienen disculpa ni merecen alabanzas si se les juzga

49 Col. 4.6.

50 Ef. 4.29.

51 He. 12. 2.

52 He. 10.24.

El arrepentimiento del creyente 275

según la Palabra de Dios? ¿No saben ellos mismos que muchas

de sus acciones no son para la gloria de Dios?53 Muchas de ellas

ni siquiera tenían esta intención y no fueron hechas teniendo a

Dios en sus mentes. Y de aquéllas que lo fueron, ¿no hay

muchas que fueron hechas sin tener la vista fija en Dios? ¿En

las que hacen su propia voluntad, al menos tanto como la

voluntad de Dios, y en las que tratan de agradarse a sí mismos,

si no más, al menos tanto como a Dios? Mientras se esfuerzan

en hacer el bien a sus prójimos, ¿no sienten malas inclinaciones

de varias clases? Por lo tanto, sus buenas acciones, así llamadas,

están muy lejos de ser tales, estando contaminadas con tal

mezcla de pecados. ¡Tales son sus obras de misericordia! ¿Y no

se encuentra la misma mezcla en sus obras de piedad?54

Mientras escuchan la palabra que es capaz de salvar sus almas,

¿no sienten temor de que tal vez sirva para condenarlos, más

bien que para salvarlos? ¿No acontece lo mismo con frecuencia,

cuando tratan de ofrecer sus oraciones a Dios ya sea en público

o en privado? Aun hay más. Al tomar parte en el culto solemne,

al acercarse a la mesa del Señor, ¡qué pensamientos tienen! ¿No

vagan sus mentes a veces por toda la tierra, imaginando cosas

que les hacen temer el que su sacrificio sea una abominación

delante del Señor?55 Así, se avergüenzan más de sus mejores

obras de lo que antes se avergonzaban de sus peores pecados.

14. Además, ¡de cuántos pecados de omisión son

responsables! Nosotros sabemos las palabras del Apóstol: al

que sabe hacer lo bueno, y no lo hace, le es pecado.56 Pero,

53 1 Co. 10.31.

54 La distinción entre «obras de piedad» y «obras de misericordia» era un lugar común

en el pensamiento anglicano.

55 Pr. 15.8.

56 Stg. 4.17.

2 76 Sermón 14

¿no se acuerdan de miles de ocasiones en que pudieron haber

hecho el bien a sus amigos, a los extraños, a los hermanos, ya

en sus cuerpos, ya en sus almas, y no lo hicieron? ¡De cuántas

omisiones en el cumplimiento de sus deberes para con Dios son

culpables! ¿Cuántas oportunidades de comulgar, de oír su

palabra, de orar en público o en privado han sido evadidas? Con

razón aquel santo varón, el arzobispo Usher, después de todo su

trabajo en favor de Dios, exclamó, casi al exhalar su último

aliento: «Señor, perdona mis pecados de omisión».

15. Además de estas omisiones exteriores, ¿no

encuentran dentro de sí mismos un sinnúmero de defectos

interiores? Defectos de toda clase: No tienen el amor, el temor,

la confianza que debieran tener hacia Dios. No tienen el amor

que deben tener para su prójimo, para cada ser humano; ni aun

aquel que es debido al hermano, a cada hijo de Dios, ya sea que

esté lejos o cerca. No tienen la santa disposición en el grado que

deberían tenerla, están llenos de defectos. Muy conscientes de

ello están listos a exclamar con el Sr. de Renty: «Soy un campo

lleno de espinas»; o con Job: Yo soy vil, por tanto me aborrezco,

y me arrepiento en polvo y ceniza.57

16. Una convicción de su culpabilidad es otro aspecto

del arrepentimiento que deben tener los hijos de Dios. Pero esto

debe entenderse con cautela y en un sentido particular. Porque

es cierto: ninguna condenación hay para los que están en Cristo

Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino conforme al

Espíritu.58 Sin embargo no pueden soportar mejor ahora la

estricta justicia de Dios que antes de haber creído. Esta

justicia todavía los declara dignos de muerte en todos los

casos mencionados anteriormente. Y en verdad serían

condenados si no fuera por la sangre expiatoria. Por esta razón

57 Job 40.4; 42.6.

58 Ro. 8.1.

El arrepentimiento del creyente 277

están perfectamente convencidos de que todavía merecen

castigo, aunque ahora quede olvidado merced a la sangre de

Cristo. Pero hay extremos en una y otra mano y pocos escapan

de ellos. La mayoría cae en uno o en el otro, pensando que

están condenados, cuando no lo están, o pensando que

merecen ser perdonados. La verdad está en el medio: ellos

todavía merecen, estrictamente hablando, solamente la

condenación del infierno. Pero lo que merecen no les es dado

porque tienen un abogado para con el Padre.59 Su vida, muerte

e intercesión se interponen entre ellos y la condenación.

17. Una convicción de su completo desamparo es otro

aspecto de este arrepentimiento. Con lo que quiero dar a

entender dos cosas: (1). Que por sí mismos no les es más fácil

ahora que antes de ser justificados tener un buen pensamiento,

un buen deseo, pronunciar una buena palabra o hacer una

buena obra. Que no tienen fortaleza propia en ningún grado o

de ninguna clase. Carecen de poder para hacer el bien o para

resistir al mal. No pueden conquistar o aun resistir al mundo, el

diablo o su propia naturaleza pecaminosa. Ellos pueden, es

cierto, hacer todo esto,60 pero no con sus propias fuerzas.

Tienen poder para vencer a todo estos enemigos, porque el

pecado no se enseñoreará de ellos.61 Pero esto no es debido a su

naturaleza. En todo o en parte, es un don de Dios.62 Pero éste no

se recibe todo de una vez, como efectos que se almacenan para

muchos años, sino momento a momento.

18. Al hablar de este desamparo, me refiero, en segundo

lugar, a la incapacidad de librarnos de esa culpabilidad o

merecimiento del castigo de que tenemos conciencia. A esa

59 1 Jn.2.1.

60 Fil. 4.13.

61 Ro. 6.14.

62 Ro. 6.23.

2 78 Sermón 14

incapacidad que sentimos de remover -no digo ya por nuestras

facultades naturales, sino con toda la gracia que poseemos- el

orgullo, la obstinación, el amor al mundo, la ira y esa

disposición natural a separarnos de Dios que, sabemos por

experiencia, permanece en el corazón aun de aquéllos que han

sido regenerados; o el mal que se adhiere a nuestras palabras y

acciones, a pesar de todos nuestros esfuerzos. Añádase a esto la

completa incapacidad de evitar toda clase de conversación inútil

y poco caritativa; el no poder evitar los pecados de omisión o

remediar los innumerables defectos de que somos culpables,

especialmente la falta de amor y de buena disposición para con

Dios y nuestros semejantes.

19. Si alguna persona no se convence con esto, si cree

que todo aquél que está justificado puede purificar su corazón y

su vida de todos estos pecados, que haga la prueba. A ver si con

la gracia que ya ha recibido puede destruir el orgullo, la

obstinación o el pecado innato en general; si puede excluir toda

clase de mezcla de mal en sus palabras y acciones; si puede

evitar toda conversación inútil o poco caritativa, todos los

pecados de omisión y, por último, si puede remediar los

innumerables defectos que aún encuentra en sí misma. Que no

se desanime si fracasa una o dos veces, sino que siga haciendo

la prueba y mientras más lo haga, más profunda será la

persuasión de su completa impotencia.

20. Tan evidente es esta verdad, que casi todos los

hijos de Dios esparcidos por el mundo,63 por grandes que sean

las diferencias de opinión sobre otros asuntos, están de acuerdo

en este particular: que si bien podemos por el Espíritu

mortificar las obras de la carne,64 resistir y triunfar del pecado

interior y exterior, debilitar a nuestros enemigos más y más

63 Jn. 11.52.

64 Ro. 8.13.

El arrepentimiento del creyente 279

cada día, no podemos expulsarlos. Ni con toda la gracia que

recibimos al ser justificados podemos extirparlos. Aun cuando

velemos y oremos mucho, no podremos limpiar nuestros

corazones y manos por completo. No podremos mientras no

plazca al Señor decir otra vez al corazón: «Sé limpio». Sólo

entonces quedará limpio de la lepra.65 Únicamente entonces la

raíz del mal, la mente carnal, será destruida y el pecado innato

desaparecerá. Pero si no se efectúa un segundo cambio, si no

hay una liberación instantánea después de la justificación, sino

la obra gradual de Dios (nadie niega que hay una obra gradual)

entonces debemos contentarnos, lo mejor que podamos, con

permanecer llenos de pecado hasta nuestra muerte. Si esto es

así, debemos permanecer culpables hasta la muerte, mereciendo

el castigo continuamente. Porque es imposible librarnos de la

culpa o del castigo del pecado mientras el pecado permanezca

en nuestros corazones y se adhiera a nuestras palabras y

acciones. Hablando rigurosamente, todo lo que pensamos,

hablamos y hacemos, aumenta constantemente la culpabilidad

y merecimiento del castigo.

II.1. En este sentido, tenemos que arrepentirnos

después de haber sido justificados. Y hasta que lo hagamos no

podremos ir más adelante. Porque mientras no seamos sensibles

de nuestra enfermedad no podremos ser curados. Pero

supongamos que nos arrepentimos. Entonces somos llamados a

creer en el evangelio.66

2. Esto debe entenderse en un sentido peculiar,

diferente de lo que hasta ahora hemos creído en relación con la

justificación. Crean las buenas nuevas de la gran salvación67

que Dios ha preparado para su pueblo. Crean que aquél que es

65 Mt. 8.3.

66 Mr. 1.15.

67 Is. 52.7; Ro. 10.15.

2 80 Sermón 14

el resplandor de su gloria, y la imagen misma de su

sustancia68 puede también salvar perpetuamente a los que por

él se acercan a Dios.69 El puede salvarte de todo el pecado que

se adhiere a todas tus palabras y acciones. El puede salvarte de

los pecados de omisión y suplir todo lo que te falta. Es verdad,

para los hombres esto es imposible; mas para Dios todo es

posible.70 Porque, ¿qué puede ser demasiado difícil para aquél

que tiene todo el poder en el cielo y en la tierra?71 Ciertamente,

su poder de hacer esto no sería base sólida de nuestra fe en que

lo hará, en que ejercerá su poder, si no lo hubiera prometido.

Pero él lo ha hecho: lo ha prometido una y otra vez, en los

términos más fuertes. El nos ha dado preciosas y grandísimas

promesas,72 tanto en el Antiguo como en el Nuevo

Testamento. Así, leemos en la ley, en la parte más antigua de

los oráculos de Dios: Circuncidará Jehová tu Dios tu corazón,

y el corazón de tu descendencia, para que ames a Jehová tu

Dios con todo tu corazón y con toda tu alma.73 Y en los

Salmos: El redimirá a Israel [el Israel de Dios] de todos sus

pecados.74 También en el profeta: Esparciré sobre vosotros

agua limpia, y seréis limpiados de todas vuestras inmundicias;

y de todos vuestros ídolos os limpiaré... Y pondré dentro de

vosotros mi Espíritu ... y guardaréis mis preceptos ... y os

guardaré de todas vuestras inmundicias.75 De la misma

manera en el Nuevo Testamento: Bendito el Señor Dios de

68 He. 1.3.

69 He. 7.25.

70 Mt. 19.26.

71 Mt.28.18.

72 2 P. 1.4.

73 Dt. 30.6.

74 Sal. 130.8.

75 Ez. 36.25, 27, 29.

El arrepentimiento del creyente 281

Israel, que ha visitado y redimido a su pueblo, y nos levantó un

poderoso Salvador ... para ... acordarse de su santo pacto; del

juramento que hizo a Abraham nuestro padre, que nos había de

conceder que, librados de nuestros enemigos, sin temor le

serviríamos en santidad y en justicia delante de él, todos

nuestros días.76

3. Ustedes tienen buena razón para creer que él no sólo

es capaz, sino que está dispuesto a hacer esto: limpiarnos de

toda contaminación de carne y espíritu,77 y guardarnos de toda

inmundicia. Esto es lo que ustedes anhelan ahora; esta es la fe

que necesitan: que el gran médico, el que ama mi alma, está

dispuesto a limpiarme.78 Pero, ¿está dispuesto a hacer esto

mañana o ahora? Dejemos que conteste por sí mismo: Si

oyereis hoy su voz, no endurezcáis vuestro corazón.79 Si lo

dejan para mañana, endurecen sus corazones, rehúsan oír su

voz. Crean, entonces, que él está dispuesto a salvarles hoy. Está

dispuesto a salvarles ahora. He aquí ahora el tiempo

aceptable.80 El ahora dice: «¡Sé limpio!»81 Solamente cree e

inmediatamente también tú encontrarás que al que cree todo le

es posible.82

4. Continúa creyendo en aquél que te amó y se entregó

a sí mismo por ti,83 que llevó tus pecados en su cuerpo sobre el

madero84 y te salvó de toda condenación por la aplicación

76 Lc. 1.68-69, 72-75.

77 2 Co. 7.1.

78 Mt. 8.2.

79 Sal. 95.7-8; He. 3.15; 4.7.

80 2 Co. 6.2.

81 Mt. 8.3.

82 Mr. 9.23.

83 Gá. 2.20.

84 1 P. 2.24.

2 82 Sermón 14

continua de su sangre. Por esta razón podemos continuar en un

estado de justificación. Y cuando vamos de fe en fe,85 cuando

tenemos fe que nos puede limpiar de nuestros pecados

interiores, para ser salvados de toda nuestra inmundicia,86 de la

misma manera somos salvados de toda nuestra culpa, y el

merecimiento de castigo que sentimos anteriormente. Entonces

podemos decir, no solamente:

Cada momento, Señor, deseo

el mérito de tu muerte;

sino también, en la completa seguridad de la fe:

Cada momento, Señor, yo tengo

El mérito de tu muerte.87

Porque por esa fe en su vida, muerte e intercesión por

nosotros, renovada momento a momento, somos

completamente limpios y no solamente no hay ahora

condenación para nosotros sino tampoco el castigo merecido

que existía anteriormente, ya que el Señor limpia tanto nuestros

corazones como nuestras vidas.

5. Por la misma fe sentimos el poder de Cristo cada

momento descansando sobre nosotros,88 y podemos continuar

en la vida espiritual. Sin esta fe nos convertiríamos, en un

momento, a pesar de nuestra santidad actual, en demonios. Por

otra parte, mientras conservemos nuestra fe en él, sacaremos

agua de los pozos de salvación.89 Descansando en nuestro

Amado, Cristo, nuestra esperanza de gloria,90 que mora en

85 Ro. 1.17.

86 Ez. 36.29.

87 De un himno basado en Is. 32.2, Y será aquel varón como escondedero...

88 2 Co. 12.9.

89 Is. 12.3.

90 Col. 1.27.

El arrepentimiento del creyente 283

nuestros corazones por fe,91 quien también está intercediendo

por nosotros a la diestra de Dios,92 recibimos su ayuda para

pensar y actuar en forma aceptable a su vista.93 De esta manera

dirige a los que creen en todos sus hechos y los asiste con su

continuo socorro, de modo que sus propósitos, conversaciones

y obras son comenzados, continuados y finalizados en él.94 Así

purifica los pensamientos de sus corazones con la inspiración de

su Santo Espíritu, para que lo puedan amar perfectamente y

celebrar dignamente su santo nombre.95

6. Así, en los hijos de Dios, el arrepentimiento y la fe se

complementan mutuamente. Por medio del arrepentimiento

sentimos el pecado que permanece en nuestros corazones,

adhiriéndose a nuestras palabras y acciones. Por fe recibimos el

poder de Dios en Cristo, que purifica nuestros corazones y

limpia nuestras manos. Por el arrepentimiento permanecemos

conscientes de que merecemos el castigo por nuestras

inclinaciones, palabras y acciones. Por la fe somos conscientes

de que nuestro abogado con el Padre96 está continuamente

intercediendo a nuestro favor y, por tanto, quitando

continuamente toda condenación y castigo de nosotros. Por el

arrepentimiento tenemos una firme convicción de que no hay

poder en nosotros. Por la fe recibimos, no únicamente

misericordia, sino gracia, para alcanzar misericordia y hallar

gracia para el oportuno socorro.97 El arrepentimiento niega la

posibilidad de que pueda existir otra ayuda. Por la fe

91 Ef. 3.17.

92 Ro. 8.34.

93 Sal. 19.14.

94 Libro de oración común, Cuarta Colecta después del Ofertorio.

95 Ibid., Colecta por la pureza.

96 1 Jn. 2.1.

97 He. 4.16.

2 84 Sermón 14

aceptamos toda la ayuda que necesitamos de aquél que tiene

todo el poder en el cielo y en la tierra.98 El arrepentimiento dice:

«Sin él yo no puedo hacer nada»; la fe dice: Todo lo puedo en

Cristo que me fortalece.99 Por medio de él puedo, no sólo

vencer, sino expulsar a todos los enemigos de mi alma. Por

medio de él puedo amar al Señor mi Dios con todo mi corazón,

mente, alma y fuerza;100 y andar en santidad y justicia delante

de él todos los días de mi vida.101

III.1. De lo expuesto fácilmente se puede deducir lo

peligrosa que es esa opinión, a saber: que al ser justificados

somos enteramente santificados; que nuestros corazones

quedan limpios de todo pecado. Como ya se ha hecho

observar, desde ese momento quedamos libres del pecado

exterior y, al mismo tiempo, el pecado interior es quebrantado,

de manera que ya no necesitamos seguirlo o ser dominados por

él. Pero es absolutamente falso que el pecado interior quede

completamente destruido; que se haya arrancado del corazón la

raíz del orgullo, de la obstinación, de la ira, del amor del

mundo; o que se haya extirpado completamente la mente

carnal102 o la inclinación del corazón a volver al pecado.103

Suponer lo contrario no es, como algunos pudieran pensar, un

error inocente y sin malos resultados. No, sino que hace un

daño inmenso. Enteramente cierra el camino para cualquier

cambio posterior. Porque está dicho: «Los que están sanos no

tienen necesidad de médico, sino los enfermos».104 Si creemos,

98 Mt. 28.18.

99 Fil. 4.13.

100 Mr. 12.30; Lc. 10.27.

101 Lc. 1.75.

102 Ro. 8.7.

103 Os. 11.7.

104 Lc. 5.31.

El arrepentimiento del creyente 285

por consiguiente, que ya estamos completamente sanos, no hay

necesidad de más curación y, suponiendo tal cosa, es un absurdo

esperar que se nos libre más del pecado, ya sea de una manera

gradual o instantánea.

2. Por el contrario, una convicción profunda de que no

estamos sanos completamente, de que nuestros corazones no

están completamente purificados, que todavía habita en

nosotros una mente carnal, lo que es por naturaleza enemistad

contra Dios,105 de que un gran número de pecados permanece

en nuestro corazón, debilitados ciertamente, pero no

destruidos, muestra más allá de toda posibilidad de duda la

absoluta necesidad de un mayor cambio. Admitimos que al

mismo momento de la justificación nacemos de nuevo;106 en

ese instante experimentamos el cambio interior de las tinieblas

a su luz admirable;107 de la imagen bestial y diabólica, a la

imagen de Dios, de la mente terrenal, sensual y diabólica, a la

mente que hubo en Cristo Jesús.108 Pero en ese caso,

¿cambiamos completamente? ¿Somos transformados

completamente en la imagen de aquél que nos creó? Muy lejos

de ello, todavía permanece en nosotros una profundidad de

pecado; y es nuestra conciencia de esto la que nos constriñe a

gemir por una completa liberación a aquel que es poderoso

para salvar.109 De esto se desprende que los creyentes que no

conocen la profunda corrupción de sus corazones, o que si

tienen alguna convicción ésta es muy superficial o teórica, se

ocupan poco de la entera santificación. Tal vez abriguen la

idea de que esto tendrá lugar a la hora de la muerte o antes

105 Ro. 8.7.

106 Jn. 3.3,7; 1 P. 1.23.

107 1 P. 2.9.

108 Fil. 2.5.

109 Is. 63.1.

2 86 Sermón 14

-no saben cuando- pero la falta de esa santidad no les causa la

menor inquietud, ni sienten gran deseo de tenerla. No pueden

sentirla hasta que se conozcan a sí mismos, hasta que se

arrepientan de la manera que hemos descrito, hasta que el Señor

les descubra el monstruo que tienen en el interior y les deje ver

el verdadero estado de sus almas. Sólo entonces, cuando sientan

la carga, gemirán pidiendo liberación. Entonces, y sólo

entonces, exclamarán, en la agonía de su alma:

¡Destruye el yugo del pecado

Y haz mi espíritu completamente libre!

¡No puedo descansar hasta que sea puro en mi interior,

Hasta que me pierda completamente en ti!110

3. Podemos deducir de esto, en segundo lugar, que una

profunda convicción de nuestra falta de méritos, después de

haber sido aceptados (lo que, en cierto sentido, puede llamarse

culpabilidad), es absolutamente necesaria, a fin de apreciar en

su verdadero valor la sangre redentora, para que podamos sentir

lo que necesitamos, tanto después como antes de ser

justificados. Sin esta convicción no podemos considerar la

sangre del Pacto111 sino como una cosa común, algo que ya no

necesitamos mucho, puesto que todos nuestros pecados pasados

han sido borrados.112 Más todavía, si tanto nuestros corazones

como nuestras vidas están manchados, hay un cierto sentido de

culpa que viene a nosotros cada momento y que

consecuentemente nos expone cada momento a una nueva

condenación, pero:

Para siempre vive en el cielo

Quien por nosotros intercede;

Su amor, que todo lo redime,

110 Estrofa de un himno publicado en Hymns and sacred poems (1742), p.91.

111 Ex. 24.8; He. 10.29.

112 Hch. 3.19.

El arrepentimiento del creyente 287

Y su preciosa sangre ofrece.113

Es este arrepentimiento, y la fe íntimamente conectada

con él, lo que se expresa poderosamente en estas líneas:

Yo peco en cada respiración,

Ni hago tu voluntad, ni guardo tu ley

En la tierra como los ángeles en el cielo;

Pero la Fuente todavía está abierta,

Lava mis pies, mi corazón, mis manos,

Hasta que sea perfecto en amor.114

4. Podemos observar, en tercer lugar, que la profunda

convicción de nuestro completo desamparo, de nuestra

completa incapacidad de conservar cualquier cosa que

hayamos recibido, o de librarnos por nosotros mismos del

mundo de iniquidad115 que permanece en nosotros, tanto en

nuestros corazones como en nuestras vidas, nos enseña a vivir

verdaderamente en Cristo por medio de la fe, no sólo como

nuestro Sacerdote que es, sino también nuestro Rey. Esto nos

impulsa a magnificarlo, a darle en verdad toda la gloria de su

gracia,116 a hacerle en realidad nuestro Cristo y único

Salvador; a poner verdaderamente la corona sobre su cabeza.

Estas excelentes palabras, como han sido usadas

frecuentemente,117 tienen poco o ningún sentido. Pero se

cumplen con un significado profundo y sublime cuando brotan

de nuestros corazones, como quien dice, y él las recibe; cuando

nos sumergimos en la nada para que él sea el todo. Entonces,

su infinita gracia, habiendo abolido toda potencia que se

113 Hymns and sacred poems (1742), p. 264.

114 Hymns and sacred poems (1742), p. 171.

115 Stg. 3.6.

116 Ef. 1.6.

117 Aquí Wesley parece estarse refiriendo a los antinomianos, o a los moravos ingleses.

2 88 Sermón 14

levantaba contra él, toda inclinación, pensamiento, palabra y

obra, es llevada cautiva a la obediencia de Cristo.118

118 2 Co. 10.5.