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Sermón 13 - Del pecado en los creyentes

2 Corintios 5.17

De modo que si alguno está en Cristo, nueva criatura es.

I.1 ¿Existe el pecado en quien está en Cristo?

¿Permanece el pecado en quien cree en él?1 ¿Hay algún pecado

en los que son nacidos de Dios,2 o son totalmente liberados de

él? No crean que esto es una pregunta curiosa, o que es de poca

importancia, en cualquier forma que se determine. Por el

contrario, es un punto sumamente importante para cualquier

cristiano sincero, pues su respuesta concierne tanto a la

felicidad presente como a la eterna.

2. No sé que este punto se haya discutido en la

iglesia primitiva. En realidad no había lugar para discutirlo,

pues todos los cristianos estaban de acuerdo. Y en lo que yo

he observado, todos los primeros cristianos que nos han

dejado algo por escrito, declaran a una voz que aun los

creyentes en Cristo, hasta que lleguen a fortalecerse en el

Señor, y en el poder de su fortaleza, tienen que luchar

contra principados, contra potestades, y no contra sangre y

carne.3

3. Y en este punto, como a la verdad en muchos

otros, nuestra iglesia sigue fielmente a la primitiva y declara

en su Artículo IX: «El Pecado Original [...] es la compasión

de la naturaleza de cada persona, [...] por la cual [...] se

1 Jn. 9.36,41.

2 1 Jn. 3.9; 4.7, etc.

3 Ef. 6.10,12.

245

246 Sermón 13

inclina en su propia naturaleza al mal, de tal manera que el

deseo de la carne es contra el Espíritu. Y esta infección de la

naturaleza permanece en los regenerados, en donde el deseo

de la carne, llamado en griego fróneema serkós, [...] no se sujeta

a la ley de Dios. Y aunque no hay condenación para los que

creen [...], sin embargo, esta concupiscencia tiene de por sí el

carácter de pecado».

4. Las otras iglesias dan este mismo testimonio, no

sólo la Iglesia Griega y Romana, sino cada iglesia reformada

en Europa, de cualquier denominación. Inclusive, algunas de

ellas se van al extremo describiendo la corrupción del

corazón del creyente de tal manera que no puede dominarlo

sino que, por el contrario, los creyentes están sujetos a él.

Con lo cual casi borran la diferencia entre el creyente y el no

creyente.

5. Para evitar este extremo, muchas personas bien

intencionadas, especialmente entre quienes siguen al finado

Conde Zinzendorf, cayeron en el otro extremo, declarando

que «todos los creyentes verdaderos no son salvos solo del

dominio del pecado, sino de la esencia misma del pecado,

tanto interno como externo, de tal manera que ya no mora

en ellos.» Y hace como 20 años, muchos de nuestros

ciudadanos recibieron de ellos y aceptaron la misma

opinión--que aun la corrupción de la naturaleza ya no está

en quienes creen en Cristo.

6. Es cierto que cuando a los alemanes4 se les

demandó mayor claridad acerca de esto, muchos

consintieron que el pecado sí permanece en la carne pero

no en el corazón del creyente. Después de algún tiempo,

cuando se dieron cuenta de lo absurdo de tal posición, la

4 Es decir, los moravos.

Del pecado en los creyentes 247

abandonaron, diciendo que el pecado sí permanece en quien

nace de Dios, aunque ya no reina.

7. Los ingleses que habían recibido esta doctrina de los

alemanes (unos directamente, otros no), no se dejaron

convencer tan fácilmente a abandonar tal doctrina. Aunque

casi todos vieron que no había manera de defenderla, varios

se persuadieron a dejarla, pues hasta el día de hoy la

sostienen.

II.1 Por el bien de éstos que en verdad temen a Dios

y desean conocer la verdad que está en Jesús,5 no erramos

al considerar este punto con calma e imparcialidad. Al hacer

esto, uso las palabras «regenerados», «justificados» y

«creyentes» indistintamente porque, aunque no tienen

precisamente el mismo significado (la primera implica un

cambio interno, real; la segunda un cambio relativo, y la

tercera son los medios por los cuales los dos primeros se

producen), sin embargo, llegan a ser la misma cosa, porque

quien «cree» es tanto «justificado» como «nacido de

Dios.»

2. Aquí me refiero al pecado interno, o sea cualquier

enojo, pasión o afecto, tal como el orgullo, la obstinación, el

amor al mundo en cualquiera de sus formas, la

concupiscencia, la ira, la irritabilidad, o cualquier

disposición contraria a la mente de Cristo.

3. No se trata del pecado externo, de si los hijos de

Dios cometen pecado o no. Todos estamos de acuerdo y

sostenemos firmemente que el que practica el pecado es del

diablo.6 Estamos de acuerdo en que quien es nacido de

Dios, no practica el pecado.7 Tampoco estamos indagando

5 Ef. 4.21.

6 1 Jn. 3.8.

7 1 Jn. 3.9.

248 Sermón 13

aquí si el pecado interno permanecerá siempre en los hijos de

Dios; si continuará en el alma mientras esté en el cuerpo.

Tampoco estamos tratando de descubrir si la persona

justificada puede recaer en un pecado ya sea interno o

externo. Nos preguntamos únicamente: ¿está libre de todo

pecado quien ha sido justificado o regenerado, desde el

momento mismo de la justificación? ¿No queda pecado en su

corazón ahora ni nunca más, a menos que caiga de la

gracia?

4. Concedemos que el estado de una persona

justificada es inefablemente grande y glorioso. Ha nacido de

nuevo, no de sangre ni de voluntad de carne, ni de

voluntad de varón, sino de Dios. 8Es hijo de Dios, miembro

de Cristo, heredero del reino de los cielos. La paz de Dios,

que sobrepasa todo entendimiento, guardará su corazones

y sus pensamientos en Cristo Jesús.9 Su propio cuerpo es

templo del Espíritu Santo,10 y morada de Dios en el

Espíritu.11 Ha sido creado en Cristo Jesús;12 lavado, y

santificado. Su corazón han sido purificado por la fe.13

Ha sido limpiada la corrupción que hay en el mundo.14 El

amor de Dios ha sido derramado en sus corazones por el

Espíritu Santo que les fue dado.15 Y mientras ande en

amor16 (lo cual siempre es posible) adorará a Dios en

8 Jn. 1. 13.

9 Fi. 4.7.

10 1 Co. 6.19.

11 Ef. 2.22.

12 Ef. 2.10.

13 Hch. 15.9.

14 2 Pe. 1.14.

15 Ro. 5.5.

16 Ef. 5.2.

Del pecado en los creyentes 249

Espíritu y en verdad.17 Guarda sus mandamientos, y hace

las cosas que son agradables delante de Dios,18 de tal

manera procura tener siempre una conciencia sin ofensa

ante Dios y ante los hombres.19 Y tiene poder sobre el

pecado tanto interno como externo, desde el momento que

es justificado.

III.1 Pero ¿no queda entonces libre de todo pecado,

de tal manera que ya no hay pecado en su corazón? No

puedo decir ni creer tal cosa, pues san Pablo dice lo

contrario. Él se está dirigiendo a creyentes, y les describe su

estado general cuando dice, «El deseo de la carne es contra

el Espíritu, y el Espíritu contra la carne, y éstos se oponen

entre sí».20 Nada puede ser más claro. El Apóstol aquí

afirma directamente que «la carne», la naturaleza

pecaminosa, se opone «al Espíritu» también en los

creyentes, pues aun en los que han sido regenerados hay dos

principios que «se oponen entre sí.»

2. Además, cuando les escribe a los creyentes de

Corinto, a los santificados en Cristo Jesús,21 les dice, «Yo,

hermanos, no pude hablaros como a espirituales, sino

como a carnales, como a niños en Cristo ... porque aún

sois carnales pues habiendo entre vosotros celos,

contiendas ... ¿no sois carnales?»22 Aquí Pablo se dirige

indudablemente a los que son creyentes, a los cuales califica

como hermanos en Cristo, pero les dice que todavía son

carnales, pues afirma que hay «envidias» (un temperamento

17 Jn. 4.23,24.

18 1 Jn. 3.22.

19 Hch. 24.16.

20 Gá. 5.17.

21 1 Co. 1.2.

22 1 Co. 3.1,3.

250 Sermón 13

maligno) que ocasionan «pleitos» entre ellos mismos, y sin

embargo, no da la más mínima indicación de que hayan

perdido su fe. No. Abiertamente les declara que no la han

perdido, pues de lo contrario, no serían «niños en Cristo».

Y lo más maravilloso de esto, es que él habla de ser

«carnal» y de «niños en Cristo,» como una misma cosa,

demostrando claramente que cada creyente es «carnal»

(hasta cierto grado) mientras siga siendo sólo un «niño en

Cristo».

3. Ciertamente este punto tan importante, que en los

creyentes existen estos principios contrarios, es decir, la

naturaleza y la gracia; la carne y el espíritu, se encuentra en

todas las epístolas de Pablo y en toda la Escritura. Casi

todas las instrucciones y exhortaciones que se encuentran en

ellas están fundadas sobre esta suposición, señalando las

malas inclinaciones o prácticas de quienes, a pesar de todo,

son reconocidos por los escritores sagrados como

creyentes. Y constantemente se les exhorta a luchar y

vencer sobre el mal, por medio del poder de la fe.

4. Y ¿quién puede dudar que el ángel de la Iglesia de

Éfeso tenía fe cuando nuestro Señor le dijo, «Yo conozco

tus obras y tu arduo trabajo y paciencia...Y has tenido

paciencia y has trabajado por amor de mi nombre y no has

desmayado?» Pero ¿acaso esto significa que en todo ese

tiempo no hubo pecado en su corazón? Sí, sí lo hubo. O

Cristo no hubiera agregado, «Pero tengo contra ti, que has

dejado tu primer amor».23 Esto que Dios vio en su corazón

era verdadero pecado, del cual se le exhorta a que se

arrepienta. Y sin embargo, no tenemos derecho a decir que

no tenía fe.

23 Ap. 2.2-4.

Del pecado en los creyentes 251

5. Al ángel de la Iglesia de Pérgamo también se le

exhorta a arrepentirse, lo cual implica pecado, aunque

nuestro Señor expresamente le dice, «no has negado mi

fe».24 Y al ángel de la Iglesia en Sardis le dice, «afirma las

otras cosas que están para morir».25 Lo bueno que había en

esa iglesia estaba listo para morir, pero no estaba muerto

realmente, pues todavía permanecía en ella una chispa de fe

que debía guardar.

6. Otra vez cuando el Apóstol llama la atención a los

creyentes a limpiarse a sí mismos de toda contaminación de

carne y de espíritu,26 claramente indica que no estaban

limpios todavía.

¿Me contestarán ustedes que el que se abstiene de

toda clase de mal27 se limpia ipso facto a sí mismo de toda

maldad? De ninguna manera. Por ejemplo, una persona me

calumnia y yo me enojo con ella, lo cual es contaminación

del espíritu, y sin embargo no digo nada. Aquí me abstengo

de toda clase de maldad, pero esto no me limpia de esa

contaminación del espíritu, según tristemente compruebo.

7. Por tanto, la teoría de que «no hay pecado en el

creyente, ni mente carnal, ni tendencia a reincidir» es

contraria a la Palabra de Dios y a la experiencia de sus hijos.

Estos constantemente sienten que tienen un corazón

inclinado a reincidir, una tendencia natural al mal, una

inclinación a alejarse de Dios y asirse de las cosas del

mundo. Son sensibles diariamente al pecado que permanece

en sus corazones, al orgullo, la obstinación, la incredulidad,

y al pecado que se aferra a todo lo que dicen y hacen (aun a

24 Ap. 2.13.

25 Ap. 3.2.

26 2 Co. 7.1.

27 1 Tes. 5.22.

252 Sermón 13

sus mejores acciones y deberes más sacros). Sin embargo, al

mismo tiempo ellos saben que son de Dios.28 No pueden

dudar por un solo momento. Sostienen que el mismo

Espíritu da testimonio a sus espíritus que son hijos de

Dios.29 Se regocijan en Dios por medio del Señor nuestro

Jesucristo, de quien han recibido la expiación.30 Así pues,

están igualmente seguros de que el pecado está en ellos y de

que Cristo está en ellos, la esperanza de gloria.31

8. Pero, ¿puede Cristo morar en el mismo corazón

donde hay pecado? Indudablemente que sí; de otra manera

la persona no pudiera ser salva. Donde está la enfermedad,

allí está el médico,

Continuando su obra interna

luchando por erradicar el pecado.32

Cristo ciertamente no puede reinar donde el pecado reina,

ni tampoco puede morar donde todo pecado se permite.

Pero él reina y mora en el corazón de cada creyente que

lucha en contra del pecado aunque no esté purificado según

los ritos de purificación del santuario.33

9. Ya se ha observado antes, que la doctrina

contraria que enseña que no hay pecado en los creyentes, es

totalmente nueva en la Iglesia de Cristo. Por diecisiete

siglos no se había oído de ello hasta que el Conde

Zinzendorf la descubrió. Yo no recuerdo haber leído la más

mínima insinuación de ello en los escritores antiguos ni

modernos, a menos que se encuentren probablemente en los

28 1 Jn. 5.19.

29 Ro. 8.16.

30 Ro. 5.11.

31 Col. 1.27.

32 Del himnario Hymns and Sacred Poems (1739), p. 214.

33 2 Cr. 30.19.

Del pecado en los creyentes 253

escritos de algunos antinomianos exagerados. Y éstos lo

mismo dicen que se desdicen, reconociendo que hay pecado

en la carne más no en el corazón. Pero cualquier doctrina

nueva debe de estar equivocada; porque la religión antigua

es la única y verdadera, y ninguna doctrina puede estar

correcta, a menos que sea la misma que era desde el

principio.34

10. Otro argumento más en contra de esta doctrina

nueva y antibíblica, se puede deducir de sus terribles

consecuencias. Alguien dice «hoy me enojé». ¿Acaso debo

yo contestarle «usted no tiene fe»? Otro puede decir, «sé

que su consejo es bueno, pero mi voluntad se opone a él».

¿Debo acaso decirle, «usted es un inconverso que está bajo

la ira y la maldición de Dios»? ¿Cuál será la consecuencia

natural de esto? Porque si la persona cree lo que digo, su

alma no sólo se entristecerá y se lastimará, sino tal vez se

destruirá totalmente, pues perderá esa confianza que tiene

grande galardón?35 Y habiéndose despojado de su escudo,

¿cómo apagará los dardos de fuego del maligno?36 ¿Cómo

vencerá al mundo?37 puesto que esta es la victoria que ha

vencido al mundo, nuestra fe.38 Queda desarmada frente a

sus enemigos, expuesta a todos sus ataques. No nos

sorprenda si es finalmente destruida, si es llevada cautiva, si

cede a una y otra maldad, y nunca se puede levantar.

Luego, por ningún motivo puedo yo aceptar la

declaración que dice «no hay pecado en un creyente desde

el momento que es justificado». En primer lugar, porque es

34 Jn. 1.1.

35 He. 10.35.

36 Ef. 6.16.

37 Jn. 16.33.

38 1 Jn. 5.4.

254 Sermón 13

contraria a todo el tenor de la Biblia. En segundo lugar,

porque es contraria a la experiencia de los hijos de Dios. En

tercer lugar, porque es absolutamente nueva. Nunca se

había oído de esto, hasta hace poco. Y, en último lugar, porque

tiene consecuencias fatales, no solamente contristando a

quienes Dios no desea contristar, sino tal vez arrastrándoles a la

perdición eterna.

IV.1. Sin embargo, escuchemos los argumentos

principales de quienes sostienen esto. Primeramente, tratan

de demostrar por medio de la Escritura que no hay pecado

en el creyente. Por lo tanto dicen: La Biblia asegura que

cada creyente es nacido de Dios,39 limpio,40 santo,41

santificado,42 puro de corazón,43 tiene un corazón nuevo, es

templo del Espíritu Santo.44 Ahora bien, como lo que es

nacido de la carne, carne es, y es totalmente malo, así

también lo que es nacido del Espíritu, es espíritu,45 y es

también todo bueno. El ser humano no puede ser limpio,

santificado, puro; y al mismo tiempo inmundo, no santificado,

impuro. No puede ser puro e impuro, o tener un corazón tanto

nuevo como viejo. Ni su alma puede ser inmunda, mientras es

el templo del Espíritu Santo.

He expuesto esta objeción tan fuertemente como he

podido, para que todo su peso pueda verse. Examinémosla

ahora, parte por parte. En primer lugar, lo que es nacido del

Espíritu, espíritu es, y por tanto es bueno. Yo acepto el

39 1 Jn. 3.9; 4.7.

40 Jn. 15.3.

41 Ef. 1.4.

42 Ro. 15.16.

43 Mt. 5.8.

44 1 Co. 6.19.

45 Jn. 3.6.

Del pecado en los creyentes 255

texto, pero no el comentario. Lo que el texto afirma, y nada

más, es que toda persona que es nacida del Espíritu es

espiritual. Sí lo es. Pero puede ser que no lo sea del todo. Los

cristianos de Corintio eran espirituales, pues de otra manera no

hubieran sido cristianos. Sin embargo, no eran del todo

espirituales; todavía eran (en parte) carnales. Alguien objetará,

«pero habían caído de la gracia». san Pablo dice que no: eran

todavía «niños en Cristo».46 En segundo lugar, declaran que la

persona no puede ser limpia, santificada, pura, y al mismo

tiempo sucia, impura, e inmunda. Ciertamente que sí puede.

Los corintios lo eran. El Apóstol les dice Ya habéis sido

lavados, ya habéis sido santificados, propiamente limpiados de

la fornicación, idolatría, y borracheras, y toda otra clase de

pecado externo.47 Al mismo tiempo en otro sentido de la

palabra no eran santificados; no eran lavados, no estaban

limpios de envidia, ni de las malas opiniones, de la parcialidad.

Dirán entonces: «pero de seguro, no tenían un corazón nuevo y

un corazón viejo a la misma vez». Seguro que sí lo tenían,

porque al mismo tiempo sus corazones habían sido renovados

verdadera, pero no completamente. Su mente carnal había sido

clavada en la cruz; mas no estaba completamente destruida.

«Pero», dirán, «¿podían ser inmundos, mientras que eran

templos del Espíritu Santo?48 Sí. No cabe duda de que eran

templos del Espíritu Santo; pero también era cierto que en parte

eran carnales, es decir, inmundos.

2. Otra vez objetarán: «Sin embargo, hay un pasaje

bíblico que pondrá fin a esta pregunta: si alguno (un

46 1 Co. 3.1.

47 1 Co. 6.9,10,11.

48 1 Co. 6.19.

256 Sermón 13

creyente) está en Cristo, nueva criatura es, las cosas viejas

pasaron, he aquí todas son hechas nuevas».49 Ciertamente,

no se puede ser nueva criatura y vieja al mismo tiempo,

pero sí se puede ser renovada en parte, lo cual era el caso

mismo de los corintios. Habían sido renovados,

indudablemente, en el espíritu de su mente,50 o no hubieran

sido siquiera «niños en Cristo».51 Sin embargo, no tenían la

mente toda que hubo en Cristo,52 pues había envidias entre

ellos. Otra vez objetarán: «eso expresamente dice, las cosas

viejas pasaron, he aquí todas son hechas nuevas». No

debemos de interpretar las palabras del Apóstol de tal modo

que se contradiga a sí mismo. Si Pablo va a ser consecuente

consigo mismo, el significado claro de sus palabras es éste.

Su antiguo juicio (en relación con la justicia, la santidad, la

felicidad, y todo lo que tenga que ver con Dios en general),

ha pasado, lo mismo sus deseos antiguos, afectos, mal

genio, y conversación. Todos éstos han llegado a ser

indudablemente, nuevos, completamente diferentes de lo

que eran. Aun así, aunque son nuevos, no son totalmente

nuevos. Todavía siente, para su propia vergüenza y tristeza,

los residuos del viejo hombre,53 demasiadas manchas

manifiestas de su mal carácter e inclinaciones: una ley en sus

miembros que constantemente lucha contra la ley de su

mente,54 aunque este mal no logre ventaja alguna55 mientras

vele en oración.56

49 2 Co. 5.17.

50 Ef. 4.23.

51 1 Co. 3.1.

52 Fil. 2.5.

53 Co. 3.9.

54 Ro. 7.23.

55 2 Co. 2.11.

56 1 Pe. 4.7.

Del pecado en los creyentes 257

3. Todo este argumento de que «si está limpio, está

limpio»; «si es santo, es santo»; (y veinte expresiones

semejantes que fácilmente pueden aducirse), es en realidad

un juego de palabras. Es la falacia de argüir de lo particular

a lo general, de inferir una conclusión general de premisas

particulares. La oración completa dice así, «si la persona tiene

algo de santa, es santa en todo». Eso no es cierto. Todo niño en

Cristo es santo, y sin embargo, no lo es del todo. Es salvo del

pecado, sí, pero no completamente. Pues el pecado permanece

en él pero no reina. Si se imaginan que el pecado no permanece

(al menos en los «niños en Cristo», cualquiera que sea el caso,

en los «jóvenes» o «padres»), ciertamente no han considerado

la altura y la profundidad, la anchura, y la largura de la ley de

Dios (aun la ley del amor que Pablo menciona en 1 de Corintios

13); y que cada desviación e inconformidad con esta ley

(anomía) es pecado.57 Ahora bien, ¿no hay jamás tal

inconformidad en el corazón o en la vida del creyente? Lo que

pueda haber en un cristiano adulto es otra cosa. ¡Pero cuán

desconocedor de la naturaleza humana ha de ser quien pueda

imaginarse que tal sea el caso con cada niño en Cristo!

4. Otra objeción: «Pero los creyentes andan en el

Espíritu,58 y el Espíritu de Dios mora en ellos. Por

consecuencia, son librados de la culpa, del poder, o, en una

palabra, de la esencia misma del pecado.»

Estos elementos se unen como si fueran una misma

cosa. Pero no lo son. La culpa es una cosa, el poder es otra,

y la esencia es todavía otra. Estamos de acuerdo en que los

creyentes son librados de la culpa y del poder del pecado,

57 1 Jn. 3.4.

58 Rom. 8.1.

258 Sermón 13

pero negamos que queden libres de su esencia. Ni tampoco

estos textos lo demuestran. Una persona puede tener el

Espíritu de Dios morando en ella, y puede andar en el

Espíritu,59 y todavía sentir que la carne se opone al

Espíritu.60

5. Otra objeción: «Pero la iglesia es el cuerpo de

Cristo.61 Esto quiere decir que sus miembros son lavados de

toda inmundicia. De lo contrario, implicaría que Cristo y Belial

están incorporados el uno con el otro.»

¡No! No podemos pensar que porque quienes

pertenecen al cuerpo místico de Cristo todavía sienten que la

carne es contra el Espíritu, ello quiere decir que Cristo tiene

alguna clase de compañerismo con el diablo, o con ese

pecado, ya Cristo mismo ayuda a los creyentes a resistirlo y

vencerlo.

6. «Pero ¿no pertenecen los cristianos a la Jerusalén

celestial, donde nada inmundo puede entrar?62 Sí, y

también son parte de una gran compañía de muchos

millares de ángeles, y de los espíritus de los justos hechos

perfectos,63 es decir,

Tierra y cielo concuerdan,

Todos su gran familia.64

Y son asimismo santos y sin mancha mientras anden

conforme al Espíritu,65 aunque saben que existe otro

principio en ellos, y que se oponen el uno al otro.66

59 Ro. 8.1.

60 Gá. 5.17.

61 Col. 1.24.

62 Ap. 21.27.

63 He. 12.22-23.

64 Hymns and Sacred Poems (1740), p. 198.

65 Rom. 8.1.

66 Gá. 5.17.

Del pecado en los creyentes 259

7. Siguen objetando: «Pero los cristianos están

reconciliados con Dios.67 Esto no sería posible si algo de la

mente carnal68 permaneciera, pues esto es enemistad con Dios.

En consecuencia, no puede haber reconciliación sino

destruyendo la mente carnal totalmente.»

Somos reconciliados con Dios por medio de la sangre

de la cruz.69 En ese momento la corrupción de la naturaleza,

fróneema sarkós,70 la cual es enemistad con Dios,71 nos queda

supeditada. La carne ya no nos domina más.72 Pero todavía

existe y continúa con su enemistad natural con Dios, luchando

contra el Espíritu.

8. Insisten: «Pero los que son de Cristo han crucificado

la carne con sus pasiones y deseos.73 Ya lo han hecho, pero la

carne aún permanece, y a menudo estas pasiones luchan por

desprenderse de la cruz. No sólo eso, sino que también se han

despojado del viejo hombre con sus pasiones.74 Las cosas viejas

pasaron, todas son hechas nuevas, en el sentido antes descrito.

Se pueden citar cientos de textos al respecto, y todos darían la

misma respuesta. Pero para resumir esto, diremos que Cristo se

dio a sí mismo por la iglesia, para que ... fuese santa y sin

mancha.75 Y así será al final. Pero nunca lo ha sido, desde el

principio hasta hoy.

67 Ro. 5.10; 2 Co. 5.20.

68 Ro. 8.7.

69 Compare con Co. 1.20.

70 Rom. 8.7.

71 Stg. 4.4.

72 Ro. 6.9.

73 Gá. 5.24.

74 Col. 3.9.

75 Ef. 5.25,27.

260 Sermón 13

9. Dicen: «Pero dejemos que la experiencia hable:

todos los que son justificados encuentran al mismo tiempo

una libertad completa de todo pecado.» Lo dudo. Pero si es

así, ¿son libres para siempre? De otra manera nada se gana.

Dicen: «Si no lo son, es por su propia culpa.» Eso está por

verse.

10. Siguen objetando: «Pero en la naturaleza misma de

las cosas, ¿puede alguien tener orgullo y no estar orgulloso?

¿Puede tener ira y no estar airado?»

Es posible tener orgullo, puede pensar de sí en

algunas cosas más de lo que se es (y ser orgulloso en eso), y

aun así no ser una persona orgullosa en su carácter general.

Sí, se puede tener ira, y estar fuertemente propensa a ella,

pero sin ceder. «Pero», preguntan, «¿pueden la ira y el

orgullo morar en un corazón donde solamente hay humildad y

mansedumbre?» ¡No! Pero algo de orgullo y de ira sí puede

haber en un corazón donde hay mucha humildad y

mansedumbre.

Dicen entonces: «Pero de nada sirve decir que tales

actitudes ahí están, pero no reinan, pues el pecado no puede

existir en ninguna de sus formas en donde no reina, ya que la

culpa y el poder son propiedades esenciales del pecado. Por lo

tanto, donde está una, deben de estar todas.»

¡Cosa extraña! ¿Cómo se atreven a decir que el

pecado no puede existir en ninguna de sus formas donde no

reina? Esto es absolutamente contrario a toda la

experiencia, a la Escritura, al sentido común. El estar

resentido porque alguien nos insultó es pecado. Es no estar

en conformidad con la ley del amor, es anomía. Esta ha sido

mi experiencia miles de veces, pero el pecado no ha reinado

ni reina en mí. Dicen que «culpa y el poder son propiedades

esenciales del pecado, por lo tanto, donde está una, ahí

están todas.» Pero no en el ejemplo que antes mencioné. Si

Del pecado en los creyentes 261

no me someto al resentimiento que siento, aun por un

momento, no hay ninguna culpa, no hay condenación de

parte de Dios en esto. Y en este caso, el pecado no tiene

poder aunque se oponga al Espíritu.76 No prevalece. Aquí,

por lo tanto, como en otros diez mil casos, hay pecado sin

haber la culpa ni el poder del pecado.

11. «Pero suponer que hay pecado en el creyente

lleva a todo lo que causa temor y desaliento. Implica que

luchamos contra un poder que se ha posesionado de nuestra

fuerza, que ha usurpado nuestros corazones, y que en ellos

lucha contra nuestro Redentor.» Aunque tal digan, no es así.

Afirmar la existencia del pecado en nosotros no implica que

sea dueño de nuestra fuerza; al igual que una persona

crucificada no tiene poder sobre quienes le crucifican.

Tampoco implica que el pecado tenga usurpados nuestros

corazones. El usurpador ha sido destronado. Permanece en

verdad donde reinó en un tiempo, pero permanece en

cadenas. Entonces en cierto sentido sí hace la guerra, pero se

debilita más y más, mientras que el creyente va de fortaleza en

fortaleza y de victoria en victoria.

12. Dirás: «No estoy satisfecho todavía. Quien tiene

pecado es esclavo del pecado. Por eso dices que uno es

justificado mientras es todavía esclavo de pecado. Ahora, si

se es justificado mientras se tiene orgullo, rencor o

incredulidad -y si uno afirma que tales cosas continúan

existiendo, (al menos por un tiempo) en los justificados- ¡no hay

que maravillarse de que tengamos tantos creyentes incrédulos,

orgullosos y de mal carácter!»

No creo que quien ha sido justificado es esclavo del

pecado. Pero sí que el pecado permanece (al menos por un

tiempo) en todos los que son justificados.

76 Gá. 5.17.

262 Sermón 13

«Pero si el pecado permanece en un creyente es un

pecador. Por ejemplo, si tiene orgullo, es orgulloso; si hace su

propia voluntad, es caprichoso; si no cree, es incrédulo.

Por tanto, no es creyente. Entonces, ¿cuál es la diferencia

entre los creyentes y los que no han sido regenerados?

Todavía esto es un mero juego de palabras. No

significan más que «si hay pecado en la persona, orgullo, y

hace lo que quiere, entonces hay pecado, orgullo y hace lo

que quiere». Y esto nadie lo puede negar. En ese caso,

entonces, la persona es orgullosa y terca. Pero no es

orgullosa y terca en el mismo sentido que lo son los

incrédulos, es decir, los que son gobernados por el orgullo o el

capricho. En esto, pues, se distinguen de las personas no

regeneradas. Unas obedecen al pecado; las otras no. La

carne mora en ambos. Pero unas andan conforme a la

carne; las otras conforme al Espíritu.

Pero, «¿cómo puede la incredulidad morar en un

creyente?» Esa palabra tiene dos significados: Quiere decir

que no hay fe, o que hay poca fe; es la ausencia de la fe, o

se debilidad. En el primer caso, la incredulidad no está en el

creyente; en el último, está en todos los niños en Cristo. Su

fe está comúnmente mezclada con la duda o el temor, es

decir (según el segundo sentido de la palabra), con la

incredulidad. «¿Por qué teméis, hombres de poca fe?»77

dijo nuestro Señor. Y en otra ocasión: «¡Hombre de poca fe!

¿Por qué dudaste?»78 Como ven, aquí está la

incredulidad en los creyentes, poca fe y mucha

incredulidad.

13. «Pero la doctrina de que el pecado permanece en

el creyente, es decir, que ha encontrado favor delante de

77 Mt. 8.26.

78 Mt. 14.31.

Del pecado en los creyentes 263

Dios mientras que hay pecado en su corazón -ciertamente

estimula a pecar.»

Si uno entiende bien la proposición, entonces no hay

tal cosa. Se puede gozar del favor de Dios aunque se sienta

pecado, pero no sin ceder a él. El tener pecado no le quita a

uno el favor de Dios; ceder al pecado, sí. Aunque la carne

en ti se oponga contra el Espíritu, puede aun así ser hijo

de Dios. Pero si caminas conforme a la carne, eres hijo del

diablo. Luego, esta doctrina no nos estimula a obedecer al

pecado, sino a resistirle con todas nuestras fuerzas.

V.1. En resumen: existen en cada persona, aun

después de haber sido justificada, dos principios contrarios,

la naturaleza y la gracia. san Pablo los llama carne y

espíritu. Por lo tanto aunque los niños en Cristo son

santificados, sólo lo son en parte. En cierto grado, según la

medida de su fe, son espirituales; pero en cierta medida, son

carnales. Por ello se exhorta constantemente a los creyentes

a cuidarse de la carne, así como del mundo y del diablo. Y

esto concuerda con la experiencia constante de los hijos de

Dios. Aunque tienen el testimonio del Espíritu en sí mismos,

también sienten una voluntad que no ha sido completamente

sometida a la voluntad de Dios. Saben que están en él, y a la

vez tienen un corazón que se quiere apartar de él. En

muchas ocasiones sienten una inclinación hacia el mal, una

resistencia a lo que es bueno. La doctrina contraria es

totalmente nueva, nunca conocida en la iglesia de Cristo

desde su venida al mundo hasta el tiempo del Conde

Zinzendorf. Acarrea las más fatales consecuencias. Corta

toda vigilancia en contra de la naturaleza maligna, en contra

de esa Dalila que se nos dice que ya se ha ido, aunque

todavía permanece en nuestro regazo.79 Quiebra el escudo

79 Jue. 16.

264 Sermón 13

de los creyentes débiles, les priva de su fe,80 y así les deja

expuestos a todos los ataques del mundo, de la carne y del

diablo.

2. Por lo tanto mantengamos la sana doctrina que ha

sido dada a los santos,81 quienes la pasaron por palabra

escrita a las generaciones que les siguieron: que aunque

somos renovados, limpiados, purificados y santificados en el

momento mismo en que verdaderamente creemos en Cristo,

sin embargo todavía no somos renovados ni limpiados ni

purificados del todo. La carne, la naturaleza pecaminosa,

todavía permanece en nosotros (aunque está sujeta) y pelea

contra el Espíritu. Con tanta mayor razón usemos de

diligencia al pelear la buena batalla de la fe.82 Con tanta

mayor razón, velemos y oremos83 fervorosamente en contra

del enemigo interno. Con tanta mayor razón, pongámonos

cuidadosamente toda la armadura de Dios, porque no

luchamos contra sangre y carne, sino contra principados,

contra potestades, contra los gobernadores de las tinieblas

de este siglo, contra huestes espirituales de maldad en las

regiones celestes... para que podamos resistir en el día malo, y

habiendo acabado todo, estar firmes.84

80 Ef. 6.16.

81 Jud. 3.

82 1 Ti. 6.12.

83 Mt. 26.41; Mc. 13.34.

84 Ef. 6.11-13.