← Volver al indice Tomo I - Digital.pdf

Sermón 11 - El testimonio del Espíritu, II

Romanos 8:16

El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu,

de que somos hijos de Dios.

I.1. Nadie que crea que las Escrituras son la Palabra de

Dios puede dudar de la importancia de una verdad como ésta.

Una verdad revelada no una vez solamente o de una manera

obscura o incidental, sino frecuentemente, en términos claros y

con un propósito específico, pues se refiere a uno de los

privilegios especiales de los hijos de Dios.

2. Y se hace más necesario explicar y defender esta

verdad, porque hay peligro a derecha e izquierda. Si la negamos,

existe el peligro de que nuestra religión degenere en mera

formalidad; de que «teniendo la apariencia de piedad»,

descuidemos y aun neguemos su eficacia.1 Si aceptamos esta

verdad sin entenderla, nos exponemos a caer en un fanatismo2

exagerado. Por lo tanto, es sumamente necesario prevenir de

ambos peligros a quienes temen a Dios, por medio de una

instrucción racional de las Escrituras y una confirmación de esta

importante verdad.

3. Esto se hace todavía más necesario, porque se ha

escrito muy poco con claridad sobre el asunto, excepto algunos

discursos que lo hacen de una manera errónea y que en lugar de

explicar esta verdad parecen destruirla. No hay duda de que

esto se debe, en gran medida, a las explicaciones crudas,

contrarias a las Escrituras e irracionales de aquéllos que

1 2 Ti. 3.5.

2 Aquí Wesley usa la palabra entusiasmo.

209

210 Sermón 11

quieren ser doctores de la ley, sin entender ni lo que hablan ni

lo que afirman.3

4. Muy especialmente atañe a los metodistas, así

llamados, entender claramente, explicar y defender esta

doctrina, porque constituye una gran parte del testimonio que

Dios les ha dado para presentar a toda la humanidad. Es debido

a la bendición peculiar de Dios sobre ellos en el estudio de las

Escrituras, confirmada por la experiencia de sus hijos, que esta

gran verdad evangélica ha sido recobrada, después de que por

muchos años había estado perdida y olvidada.

II.1. ¿En qué consiste el testimonio del Espíritu? La

palabra original martyría puede traducirse como «testimonio»,

«atestación» o «ratificación». Así, por ejemplo, leemos: «Este

testimonio», es decir, el resumen de lo que Dios testifica en los

escritos inspirados, «que Dios nos ha dado vida eterna, y esta

vida está en su hijo».4 El testimonio que ahora estamos

considerando es dado por el Espíritu de Dios a y con nuestro

espíritu. Él es la persona que testifica. Lo que nos testifica es

que somos hijos de Dios. El resultado inmediato de este

testimonio son los frutos del Espíritu, es decir: amor, gozo,

paz, paciencia, benignidad, bondad, fe.5 Sin éstos, el

testimonio no puede permanecer porque es destruido

inevitablemente, por la presencia de algún pecado, o por

pretender olvidar un deber conocido, o por rendirnos ante

algún pecado -en una palabra, por cualquier cosa que contriste

al Santo Espíritu de Dios.

2. Hace algunos años hice esta afirmación:6 «Es difícil

encontrar palabras en el lenguaje humano para explicar lo

3 1 Ti. 1.7.

4 1 Jn. 5.11.

5 Gá. 5.22.

6 En el sermón que ahora lleva el número 10, I.7.

El testimonio del Espíritu, II 211

profundo de Dios.7 Ciertamente, no hay palabras que puedan

expresar adecuadamente la experiencia de los hijos de Dios.

Pero tal vez uno pudiera decir (deseando que alguien, inspirado

por Dios, corrija, dulcifique o fortalezca la expresión), que el

testimonio del Espíritu es una impresión interna en el alma por

medio de la cual el Espíritu de Dios directamente da testimonio

a mi espíritu de que yo soy un hijo de Dios; que Jesús me amó

y se dio a sí mismo por mí;8 que todos mis pecados han sido

borrados;9 y que, aun yo mismo, estoy reconciliado con

Dios.10»

3. Después de veinte años de estudiar este texto, no veo

ninguna razón para cambiar mi punto de vista. Tampoco

puedo encontrar la manera de cambiar o alterar estas

expresiones para hacerlas más comprensibles. Sin embargo, si

algún hijo de Dios me indica alguna expresión que sea más

clara y más de acuerdo a la Palabra de Dios, de buena gana

cambiaré las mías.

4. Tómese nota, mientras tanto, de que no he dicho que

el Espíritu de Dios testifique usando una voz audible. No, y

tampoco siempre usando una voz interior, aunque lo puede

hacer algunas veces. Tampoco supongo (aunque

frecuentemente lo puede hacer) que toque el corazón de

alguien con uno o más textos de la Escritura. Él trabaja en el

alma por medio de su influencia cercana y por una operación

poderosa, aunque inexplicable, de manera que los vientos

tempestuosos y las olas turbulentas se calman y viene una dulce

paz. El corazón descansa en los brazos de Jesús y el pecador se

convence completamente de que está reconciliado con Dios y

7 1 Co. 2.10.

8 Ga. 2.20.

9 Hch. 3.19.

10 2 Co. 5.20.

212 Sermón 11

que sus iniquidades han sido perdonadas y cubiertos sus

pecados.11

5. ¿Cuál es el punto que se discute en relación con este

asunto? ¿Si existe el testimonio del Espíritu? ¿Si el Espíritu

testifica a nuestro espíritu que somos hijos de Dios? Nadie

puede negar esto sin negar abiertamente las Escrituras y sin

imputar una mentira al Dios de verdad. Por esta razón, la

existencia del testimonio del Espíritu es reconocida por todos.

6. Tampoco se duda que existe un testimonio indirecto

de que somos hijos de Dios. Este es casi igual, si no lo mismo,

que el testimonio de una buena conciencia hacia Dios,12 y es el

resultado del razonamiento o la reflexión sobre lo que

sentimos en nuestras almas. Estrictamente hablando, es el

resultado obtenido en parte por la Palabra de Dios y en parte

por nuestra propia experiencia. La Palabra de Dios le dice a

todo aquél que tiene el fruto del Espíritu que es hijo de Dios.

Mi experiencia, o mi conciencia interna, me dice que tengo los

frutos del Espíritu. Por lo que racionalmente concluyo: Soy

hijo de Dios. Esto es aceptado por todos, por lo que no es

asunto de controversia.

7. Tampoco afirmamos que pueda haber un testimonio

real del Espíritu sin los frutos del Espíritu. Por lo contrario,

afirmamos que el fruto del Espíritu inmediatamente brota de

este testimonio. No siempre, por cierto, en el mismo grado, aun

cuando el testimonio se da por primera vez, y mucho menos

posteriormente. Tampoco el gozo y la paz están al mismo

nivel. No, ni tampoco el amor. El testimonio mismo no es

siempre poderoso y claro.

11 Ro. 4.7; Sal. 32.1.

12 1 Pe. 3.21.

El testimonio del Espíritu, II 213

8. Pero el punto en discusión es si hay un testimonio

claro del Espíritu. Si hay algún otro testimonio del Espíritu

además del que resulta de la conciencia de tener sus frutos.

III. 1. Creo que existe, porque tal es el sentido claro y

natural del texto: «El Espíritu mismo da testimonio a nuestro

espíritu, de que somos hijos de Dios». Claramente, aquí se

mencionan dos testimonios que, unidos, testifican del mismo

asunto -el Espíritu de Dios y nuestro propio espíritu. El finado

obispo de Londres, en su sermón sobre este texto, parece

asombrarse de que alguien pueda dudar de esta verdad, que

brilla en cada una de sus palabras. «El testimonio de nuestro

propio espíritu», dice el obispo de Londres, es «la conciencia de

nuestra sinceridad»;13 o, para expresar la misma idea un poco

más claramente, la conciencia de tener los frutos del Espíritu.

Cuando nuestro espíritu está consciente de poseer amor, gozo,

paz, paciencia, benignidad, bondad, fácilmente se infiere de

estas premisas que somos hijos de Dios.

2. Es cierto, ese gran hombre supone que el otro

testimonio consiste en la conciencia que tenemos de nuestras

buenas obras. Esto, afirmaba, es el testimonio del Espíritu de

Dios. Pero la conciencia de las buenas obras está incluida en el

testimonio de nuestro propio espíritu. Sí, y sinceramente, aun

de acuerdo al sentido común de la palabra. Lo afirmó el

Apóstol: «nuestra gloria es ésta: el testimonio de nuestra

conciencia, que con sencillez y sinceridad de Dios ... nos

hemos conducido en el mundo».14 Aquí se descubre fácilmente

que la sinceridad se refiere a nuestras palabras y a nuestras

acciones, lo mismo que a las disposiciones y actitudes de la

mente. Por lo tanto, éste no es otro testimonio, sino el mismo

13 Wesley se refiere a Thomas Sherlock, que fue obispo de Londres (1748-61), y que

predicó un sermón sobre el mismo texto.

14 2 Co. 8.16.

214 Sermón 11

que mencionó anteriormente, siendo la conciencia de nuestras

buenas obras una de las manifestaciones o expresiones de la

conciencia de nuestra sinceridad y, por lo tanto, éste no es sino

un solo testimonio. Ahora bien, el texto habla de dos

testimonios: uno de los cuales no es la conciencia de nuestras

buenas obras ni de nuestra sinceridad, lo que, como claramente

se ha demostrado, está contenido en el testimonio de nuestro

espíritu.

3. ¿Cuál es, pues, el otro testimonio? La respuesta se

podría encontrar, si el texto mismo no fuera tan claro, en el

versículo anterior: «Pues no habéis recibido el espíritu de

esclavitud para estar otra vez en temor, sino que habéis

recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba,

Padre!». Y continúa: «El Espíritu mismo da testimonio a

nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios».15

4. El texto paralelo aclara todavía más el sentido de

estas palabras: «Por cuanto sois hijos, Dios envió a vuestros

corazones el Espíritu de su hijo, el cual clama: ¡Abba,

Padre!».16 ¿No es esto algo inmediato y directo, diferente del

resultado de la reflexión y la argumentación? ¿No clama el

Espíritu en nuestros corazones: ¡Abba, Padre! en el momento

en que nos es dado, antes de que podamos reflexionar o

razonar acerca de nuestra sinceridad? Y ¿no es éste el sentido

claro y comprensible de las palabras que llega al corazón de

cualquiera, en el momento que las escucha? Todos estos

textos, entonces, en su significado más obvio, describen el

testimonio directo del Espíritu.

5. Que, por la naturaleza misma de las cosas, el

testimonio del Espíritu de Dios debe preceder al testimonio de

nuestro espíritu, se hace evidente por esta sencilla

15 Ro. 8.15-16.

16 Gá. 4.6.

El testimonio del Espíritu, II 215

consideración: tenemos que ser santos en nuestro corazón y en

nuestra vida antes de que podamos estar conscientes de que lo

somos. Tenemos que amar a Dios antes de que podamos ser

santos, pues ésta es la raíz de toda santidad. Pero no podemos

amar a Dios hasta que sepamos que él nos ama: «Nosotros le

amamos a él, porque él nos amó primero».17 Y no podemos

reconocer su amor hacia nosotros hasta que su Espíritu testifica

a nuestro espíritu. Hasta entonces no lo podremos creer y hasta

entonces no podremos decir: «Lo que ahora vivo en la carne, lo

vivo en la fe del Hijo de Dios, el cual me amó y se entregó a sí

mismo por mí».18

Entonces, solamente entonces, nos sentiremos

Atraídos por su sangre,

Y clamaremos, con un gozo indescriptible,

Tú eres mi Señor, mi Dios.19

Por consiguiente, si el testimonio del Espíritu precede al

amor de Dios y a toda santidad, debe naturalmente anteceder a

la conciencia que de ese amor y santidad podamos tener.

6. Conviene mencionar ahora, para confirmar esta

doctrina bíblica, la experiencia de los hijos de Dios -no la

experiencia de dos o tres, o de unos cuantos, sino la de una

gran multitud que nadie puede contar.20 Ha sido confirmada,

tanto en ésta como en todas las edades, por una gran multitud

de testigos, unos vivos y otros muertos.21 También es

confirmada por tu experiencia y la mía. El Espíritu mismo ha

dado testimonio a mi espíritu de que soy hijo de Dios, me lo

hizo evidente e inmediatamente clamé: «¡Abba, Padre!» Yo

17 1 Jn. 4.19.

18 Gá. 2.20.

19 Tomado del himno Spirit of Faith, Come Down, (1746).

20 Ap. 7.9.

21 He. 12.1.

216 Sermón 11

hice tal cosa, y tú también la hiciste, antes de que pudiéramos

reflexionar sobre ella, o que estuviéramos conscientes de

ningún fruto del Espíritu. De este testimonio recibido brotaron

el amor, el gozo, la paz y todos los frutos del Espíritu. Primero

escuché estas palabras:

«¡Tus pecados son perdonados! ¡Tú eres aceptado!»

Oí estas palabras y la gloria brotó en mi corazón.22

7. Tal cosa se confirma, no únicamente por la

experiencia de los hijos de Dios -que por millares pueden

declarar que no sabían que estaban gozando del favor divino,

hasta que les fue confirmado por el testimonio del Espíritu- sino

por todos aquéllos que han sido convencidos de su pecado y que

sienten la ira de Dios en sus corazones.23 Estas personas no

pueden quedar satisfechas con nada menos que el testimonio

directo del Espíritu de que Dios será propicio a sus injusticias

y nunca más se acordará de sus pecados y de sus iniquidades.24

Dile a cualquiera de ellos: «Tú sabes que eres un hijo de Dios

reflexionando sobre lo que él ha puesto en tu corazón: amor,

gozo y paz.» Inmediatamente te contestará: «Por la pura

reflexión yo sé que soy hijo del diablo. No tengo más

amor hacia Dios que el que tiene el diablo. Mi mente carnal

está en enemistad contra Dios.25 No me gozo en el Espíritu

Santo,26 mi alma está triste hasta la muerte.27 No tengo paz; mi

corazón es un mar tormentoso; estoy en medio del

huracán y la tempestad.» ¿Qué podrá consolar a estas almas

sino el testimonio (no de que son buenos, o sinceros, o de que

22 Tomado de un himno de Carlos Wesley.

23 Jn. 3.36.

24 He. 8.12.

25 Ro. 8.7.

26 Ro. 14.17.

27 Mt. 26.38.

El testimonio del Espíritu, II 217

caminan de acuerdo con las Escrituras) de que Dios justifica

al impío,28 a aquél que hasta el momento de su justificación es

impío y no tiene traza de santidad? Al que no obra,29 es decir,

que no hace nada verdaderamente bueno hasta que es

consciente de ser aceptado, no por obras de justicia que

nosotros hubiéramos hecho,30 sino por la pura gracia de Dios.

Única y solamente por lo que el Hijo de Dios ha hecho y

sufrido por él. Y ¿puede ser de otra manera si el hombre es

justificado por fe sin las obras de la ley?31 Si esto es así, ¿qué

conciencia de bondad, interna o externa, puede tener antes de

ser justificado? No. ¿No es la conciencia de que no podemos

pagar,32 es decir, la conciencia de que en nosotros no mora el

bien,33 ni una bondad interna o externa, lo que es indispensable

antes de que podamos ser justificados gratuitamente por su

gracia, mediante la redención que es en Jesucristo?34 ¿Se ha

justificado alguien desde que el Redentor vino al mundo, o

podrá alguien justificarse antes de poder decir con toda

sinceridad de corazón:

Señor, renuncio a toda pretensión,

Estoy condenado, ¡pero tú has muerto!35?

8. Por lo tanto, cualquiera que niega la existencia de tal

testimonio, en efecto niega la justificación por la fe.36 Quiere

decir que nunca ha tenido esta experiencia, que no ha sido

28 Ro. 4.5.

29 Ibid.

30 Tit. 3.5.

31 Ro. 3.28.

32 Lc. 7.42.

33 Ro. 7.18.

34 Ro. 3.24.

35 Wesley cita uno de sus himnos favoritos. Véase también: Gá. 3.22.

36 Este es el propósito de Wesley en este sermón: reafirmar el concepto fe sola, pero

ahora como condición previa a la vida santa.

218 Sermón 11

justificado, o que ha olvidado, como dice san Pedro, la

purificación de sus antiguos pecados,37 la experiencia que tuvo

entonces, la forma en que Dios obró en su alma, cuando sus

antiguos pecados fueron borrados.

9. La experiencia de los hijos del mundo confirma la de

los hijos de Dios. Muchos de ellos tienen el deseo de agradar a

Dios, y algunos se esfuerzan sobremanera por complacerle.

¿Pero no consideran ellos, todos y cada uno, cosa absurda hablar

acerca de saber que sus pecados han sido perdonados? ¿Quién

de ellos procura alcanzar esta experiencia? Varios de ellos están

conscientes de su sinceridad. Varios de ellos tienen sin duda, en

algún grado, el testimonio de su propio espíritu, una conciencia

de su propia rectitud. Pero esto no los hace conscientes de que

han sido perdonados ni de que son hijos de Dios. Sí, mientras

más sinceros son, más inquietos se muestran por el deseo de

saberlo, demostrando claramente que no es posible adquirir este

conocimiento basándonos únicamente en el testimonio de

nuestro propio espíritu, sin el testimonio directo de Dios de que

somos sus hijos.

IV. Se han planteado muchas objeciones a esta verdad,

y haríamos bien en contestar a las principales de ellas.

1. Se objeta, primero, que «la experiencia no es

suficiente para probar una doctrina que no está fundada en las

Escrituras». Tal cosa es indudablemente cierta y es una

verdad importante. Pero no afecta el asunto que estamos

considerando, porque ha sido demostrado que esta doctrina se

basa en las Escrituras, por lo que puede afirmarse correctamente

que la experiencia la confirma.

37 2 Pe. 1.9. En el sermón, Wesley primero cita el texto en griego y luego ofrece su

propia traducción.

El testimonio del Espíritu, II 219

2. «Pero locos, profetas franceses,38 y fanáticos de todas

clases se han imaginado que han experimentado este

testimonio». Lo han hecho y, probablemente, no pocos de ellos

lo han tenido, aunque les dura muy poco de tiempo. Pero si no

lo han tenido, esto no prueba que los demás no lo hayan

experimentado, así como un loco que se imagina ser rey no

prueba que no existan los reyes verdaderos.

«Muchos que han abogado poderosamente por esta

doctrina han negado completamente la Biblia». Probablemente,

pero tal no fue su consecuencia necesaria. Millares, que tienen

la Biblia en la más alta estima, abogan por ella.

«Sí, pero muchos se han engañado fatalmente a sí

mismos, de tal manera que ahora es imposible convencerlos de

su error.»

Y, sin embargo, lo mismo puede decirse de cualquier

doctrina de las Sagradas Escrituras, las que los humanos a veces

tuercen para su propia destrucción.

3. «Pero yo siento que esta verdad es indudable: el

fruto del Espíritu es el testimonio del Espíritu». No es una

verdad indudable. Millares la dudan y hasta la niegan

rotundamente. Pero pasemos esto por alto. «Si este testimonio

es suficiente no hay necesidad de ninguno otro. Pero sí es

suficiente, salvo en uno de estos dos casos: (1) La ausencia

total de los frutos del Espíritu.» Y éste es el caso cuando el

testimonio directo es dado por primera vez. «(2). El no

percibirlo. En este caso defenderlo es pretender que se puede

gozar de la gracia de Dios, sin tener la conciencia de ese

favor.» Cierto, sin saberlo en ese momento de ninguna otra

38 Apodo que en Inglaterra se les daba a los Camisards, que habían sufrido una cruel

persecución en el sur de Francia en la primera década del Siglo XVIII. El apodo

Camisard se refería a la costumbre de estas personas de usar camisas blancas

(camisae) como símbolo de su celo por la pureza. Algunos eran visionarios y

fanáticos.

220 Sermón 11

manera sino por el testimonio que es dado con ese fin. Esto es

lo que sostenemos: El testimonio directo puede brillar

claramente, aun cuando el indirecto se encuentre bajo una

nube.

4. Se objeta, en segundo lugar: «El propósito del

testimonio en cuestión es probar lo legítimo de nuestra

profesión, pero no lo prueba.» Yo contesto: No es esto lo que

nos proponemos, puesto que el testimonio es anterior a toda

profesión que hacemos, excepto la que se refiere a nuestro

estado de pecadores perdidos, culpables, desgraciados y

desamparados. El fin de este testimonio es asegurar a quienes

les es dado que son hijos de Dios y que han sido justificados

gratuitamente por su gracia, mediante la redención que es en

Jesucristo.39 Esto no quiere decir que sus pensamientos,

palabras y acciones anteriores concuerden con las Escrituras.

Quiere decir todo lo contrario, es decir, que son pecadores

cabales, pecadores tanto en el corazón como en la vida diaria.

Si fuera de otra manera Dios justificaría al piadoso y sus

propias obras le serían contadas por justicia.40 No puedo

menos que temer que la suposición de que somos justificados

por obras sea la raíz de todas estas objeciones. Porque

cualquiera que cree en su corazón que Dios imputa a todos los

que son justificados justicia sin obras,41 no tendrá dificultad en

aceptar que el testimonio del Espíritu viene antes que los

frutos.

5. Algunos objetan, en tercer lugar: «Un evangelista

dice: "Tu Padre celestial dará el Espíritu Santo al que se lo

pida".42 Otro, llama a lo mismo "buenas dádivas",43

39 Ro. 3.24.

40 Ro. 4.5.

41 Ro. 4.6.

42 Lc. 11.13.

43 Lc. 7.11.

El testimonio del Espíritu, II 221

demostrando con esto claramente que la forma de testificar del

Espíritu es dando buenas dádivas.» No hay ninguna referencia

a dar testimonio en ninguno de estos dos textos, por lo que, si

esta objeción no tiene otras pruebas, la pasaré por alto.

6. Se objeta, en cuarto lugar: «La Escritura dice: "El

árbol es conocido por sus frutos",44 "examinadlo todo",45

"probad los espíritus"46 y "examinaos a vosotros mismos".»47

Muy cierto. Por esta razón cada persona que cree que tiene el

Espíritu en sí mismo pruebe si éste es de Dios. Si los frutos

siguen, lo es, si no, no lo es. Porque es muy cierto: el árbol es

conocido por sus frutos. Así probamos si el espíritu es de Dios.

Algunos agregan: «La Biblia nunca se refiere al testimonio

directo». De una manera aislada, o como el único testimonio,

ciertamente que no; pero sí lo menciona unido a otro, como

dando un testimonio unido, testificando con nuestro espíritu

que somos hijos de Dios. Y ¿quién puede probar que no sucede

así en este texto de la Escritura?: «Examinaos vosotros mismos

si estáis en la fe; probaos a vosotros mismos. ¿O no os

conocéis a vosotros mismos, que Jesucristo está en

vosotros»?48 Resulta bien claro que supieron tal cosa por

medio de un testimonio directo, a la vez que remoto. Si no,

¿cómo podrá probarse que no lo supieron primeramente por

medio de la conciencia y luego por el amor, el gozo y la paz?

7. «Las Sagradas Escrituras mencionan constantemente

el testimonio que resulta de ese cambio interior y exterior.» Es

44 Mt. 12.33.

45 1 Ts, 5.21.

46 1 Jn. 4.1.

47 2 Co. 13.5.

48 Ibid.

222 Sermón 11

un hecho al cual nos referimos frecuentemente para probar que

existe el testimonio del Espíritu.

«A pesar de todo, todas las señales que usted ha dado

para distinguir la operación del Espíritu de Dios de una ilusión

o engaño, se refieren al cambio que se obra en nosotros.»

Indudablemente, esto es igualmente cierto.

8. Se objeta, en quinto lugar que «el testimonio directo

del Espíritu no nos evita el peligro de caer en el más craso

engaño. ¿Es justo aceptar un testimonio que no ofrece ninguna

seguridad, que tiene que apelar a otras fuentes para probar sus

aserciones?» A lo que contesto: Para evitar que caigamos en el

engaño Dios nos da dos testimonios de que somos sus hijos.

Ellos testifican unidos. Por lo tanto: «Lo que Dios juntó, no lo

separe el hombre».49 Mientras estos dos testimonios estén

unidos, no podemos engañarnos, su testimonio es verdadero.

Podemos confiar en ellos absolutamente y no necesitan nada

más para probar lo que afirman.

«Pero el testimonio directo sólo afirma, mas no prueba

nada.» El testimonio será probado por dos testigos.50 Cuando el

Espíritu da testimonio a nuestro espíritu, como Dios lo indica,

prueba completamente que somos hijos de Dios.

9. Se objeta, en sexto lugar: «Admite usted que cierto

cambio es suficiente testimonio, excepto en casos de cruentos

sufrimientos, como los que sufrió nuestro Salvador en la cruz.

Pero ninguno de nosotros puede ser probado de esa manera.»

Pero usted y yo sí podemos ser probados de esa manera, lo

mismo que cualquier otro hijo de Dios, por lo que sería

imposible para nosotros conservar nuestra confianza filial en

Dios sin el testimonio directo de su Espíritu.

49 Mt. 19.6; Mr.10.9.

50 Mt. 18.16.

El testimonio del Espíritu, II 223

10. Se objeta, finalmente: «Entre los defensores más

denodados de esta doctrina se encuentran personas muy

soberbias y poco caritativas.» Probablemente algunos de los

más celosos de sus defensores son orgullosos y egoístas, pero

muchos de sus más valientes defensores son profundamente

mansos y humildes de corazón51 y, ciertamente, en otros

respectos también,

Verdaderos seguidores del Señor de apariencia de

cordero.52

Estas son las objeciones más importantes que he

escuchado y que creo tienen cierta fuerza. Sin embargo creo que

cualquiera que considere con calma e imparcialmente estas

objeciones y las respuestas ofrecidas, verá fácilmente que no

destruyen, no, ni aun debilitan, la evidencia de la gran verdad:

que el Espíritu de Dios directa e indirectamente testifica que

somos hijos de Dios.

V.1. Resumiendo: el testimonio del Espíritu es una

impresión profunda en el alma de los creyentes, por medio de la

cual el Espíritu de Dios testifica directamente a sus espíritus que

son hijos de Dios. No se discute si hay un testimonio del

Espíritu, sino si hay un testimonio directo, aparte del ser

conscientes de tener los frutos del Espíritu. Creemos que lo

hay, porque éste es el claro y natural sentido del texto,

demostrado tanto por las palabras anteriores como por el

pasaje paralelo en la epístola a los Gálatas. En el curso natural

de las cosas, el testimonio debe preceder al fruto que brota de

él. Además, el sentido claro de la Palabra de Dios se confirma

en la experiencia de innumerables hijos de Dios, y en la de las

personas convencidas de su pecado, quienes no encuentran

descanso hasta que tienen el testimonio directo. Aun los hijos

51 Mt. 11.29.

52 Cita de un himno en la colección Hymns on the Lord's Supper (1745), p. 139.

224 Sermón 11

del mundo que no tienen el testimonio en sí mismos, todos

declaran que no pueden saber que sus pecados han sido

perdonados.

2. Se nos objeta que la experiencia no es suficiente para

probar una doctrina que no está confirmada por las Escrituras;

que locos y fanáticos de todas clases han imaginado tener tal

testimonio; que el objeto del testimonio es probar que nuestra

creencia es genuina, lo cual no consigue; que la Escritura dice:

«El árbol es conocido por sus frutos»53 y «Examinaos a

vosotros mismos...probaos a vosotros mismos»,54 mientras el

testimonio directo nunca se menciona en el Libro de Dios; que

no nos evita caer en los engaños más crasos y, finalmente, que

el cambio producido en nosotros es un testimonio suficiente,

excepto en tales pruebas como las que sólo Cristo sufrió.

Respondemos: (1) La experiencia es suficiente para

confirmar una doctrina basada en las Escrituras. (2) Aunque

muchos pretenden tener una experiencia de que carecen, esto no

evita la existencia de la experiencia verdadera. (3) El motivo del

testimonio es asegurarnos que somos hijos de Dios, cuyo

motivo cumple. (4) El verdadero testimonio del Espíritu es

conocido por sus frutos, amor, paz, y gozo que no preceden a

ese testimonio, sino lo siguen. (5) No puede probarse que el

testimonio directo, tanto como el indirecto, no se mencione en

el texto: «¿no os conocéis a vosotros mismos...que Jesucristo

está en vosotros?»55 (6) El Espíritu de Dios testificando a

nuestro espíritu nos protege de todo engaño. Y, finalmente,

todos podemos caer en pruebas de las cuales el testimonio de

nuestro propio espíritu no es suficiente para salvarnos. Lo

53 Mt. 12.33.

54 2 Co. 13.5.

55 Ibid.

El testimonio del Espíritu, II 225

único que puede hacerlo es el testimonio directo del Espíritu de

Dios que nos asegura que somos sus hijos.

3. De todo esto podemos inferir dos cosas. Primero: que

nadie presuma nunca descansar en un supuesto testimonio del

Espíritu separado de sus frutos. Si el Espíritu de Dios realmente

testifica que somos hijos de Dios, la consecuencia inmediata

serán los frutos del Espíritu: amor, gozo, paz, paciencia,

benignidad, bondad, fe, mansedumbre, templanza.56 Por más

que la tentación obscurezca estos frutos de manera que el alma

no los pueda discernir, mientras Satanás la zarandea como a

trigo,57 la substancia de dichos frutos permanece aun en medio

de la más espesa nube. Cierto, el gozo en el Espíritu Santo58

puede desaparecer durante la hora de prueba. Cierto, el alma

puede estar triste hasta la muerte59 mientras la hora de la

potestad de las tinieblas60 continúa. Pero el gozo retorna a

nosotros con creces y el alma se alegra con gozo inefable y

glorioso.61

4. La segunda inferencia es: que nadie confíe en que

tiene los frutos del Espíritu, sin el testimonio de éste. Puede

haber manifestaciones de gozo, de paz, de amor (no ilusorias,

sino de Dios) mucho antes de tener el testimonio del Espíritu en

nuestros corazones, antes que el Espíritu de Dios testifique a

nuestro espíritu que tenemos redención por su sangre, el

perdón de nuestros pecados.62 Sí, puede haber cierto grado de

benignidad, de bondad, de fe, de mansedumbre y templanza (no

56 Gá. 5.22-23.

57 Lc.22.31.

58 Ro. 14.17.

59 Mt. 26.22, 38.

60 Lc. 22.53.

61 1 Pe. 1.8.

62 Ef. 1.7; Col. 1.14.

226 Sermón 11

simplemente una sombra de ellos, sino en verdad, por la gracia

anticipante de Dios), antes de ser aceptos en el Amado,63 y por

consiguiente, antes de tener el testimonio de nuestra aceptación.

Pero no debemos detenernos aquí. Nuestras almas peligran si lo

hacemos. Si somos sabios, estaremos constantemente clamando

a Dios, hasta que su Espíritu clame en nuestro corazón: «¡Abba,

Padre!»64 Este es el privilegio de todos los hijos de Dios, y sin

él nunca podremos estar seguros de que somos sus hijos. Sin

este testimonio no podemos tener paz, ni evitar las dudas y

temores. Pero una vez que hemos recibido el Espíritu de

adopción,65 la paz que sobrepasa todo entendimiento, y que

echa fuera toda duda y temor guardará nuestros corazones y

mentes en Cristo Jesús.66 Cuando ese Espíritu ha producido en

nosotros el fruto genuino y toda santidad interior y exterior, se

hace evidente que la voluntad de aquél que nos llama es darnos

siempre lo que una vez le plugo conceder. De manera que no

hay el menor temor de que jamás nos falte el testimonio del

Espíritu de Dios o el de nuestro propio espíritu: la conciencia de

que andamos en toda justicia y santidad.

Newry, 4 de abril de 1767

63 Ef. 1.6.

64 Gá. 4.6.

65 Ro. 8.15.

66 Fil. 4.7.