Sermón 10 - El testimonio del Espíritu, I
Romanos 8:16
El Espíritu mismo da testimonio a nuestro espíritu, de que
somos hijos de Dios.
1. ¡Cuántas personas vanidosas, sin comprender lo que
dicen ni lo que afirman, han torcido el sentido de este pasaje de
las Escrituras, con gran pérdida y peligro de sus almas!
¡Cuántos han tomado la voz de su imaginación como el
testimonio del Espíritu de Dios, creyendo vanamente que eran
los hijos de Dios al mismo tiempo que hacían las obras del
demonio!1 Estos son verdaderos fanáticos2 en el más completo
sentido de la palabra. ¡Qué trabajo cuesta convencerlos cuando
están aferrados a este abominable error!3 Consideran todos los
esfuerzos que se hagan para sacarlos de su error como
tentaciones del demonio que lucha contra Dios.4 Ese ardor y
vehemencia de espíritu, que se complacen en llamar «contender
ardientemente por la fe»,5 los afirma en su convicción a tal
grado que podemos decir: «Para los hombres es imposible».6
1 1 Jn. 3.8.
2 Wesley usa aquí la palabra entusiasta, que era una palabra denigrante aplicada a los
metodistas por el fervor que usaban en sus servicios. Wesley mismo presentó un modo
positivo de entender el entusiasmo. Véase el sermón No. 37: «La naturaleza del
entusiasmo».
3 1 Jn. 4.6.
4 Hch. 5.39.
5 Jud. 3.
6 Mr. 10.27; Mt. 19.26.
189
190 Sermón 10
2. ¿Quién puede sorprenderse, entonces, de que
muchas personas sensatas al ver los terribles efectos de este
engaño, procurando mantenerse a la mayor distancia posible de
él, caigan algunas veces en el error opuesto? ¿Si no pueden
aceptar a los que dicen tener este testimonio, viendo que otros
se han equivocado tan lamentablemente, que califican de
fanáticos7 a todos los que usan estas palabras, que han sido tan
abusadas? Sí, ¿si ellos dudan que el testimonio que
mencionamos aquí sea el privilegio de los cristianos ordinarios
y no uno de esos dones extraordinarios que ellos suponen
pertenecieron únicamente a la era apostólica?
3. Pero ¿estamos obligados a aceptar uno u otro de estos
extremos? ¿No podemos tomar un término medio y caminar a
una distancia conveniente de ese espíritu de error y fanatismo,8
sin negar, por otra parte, que existe ese don de Dios y sin
renunciar al privilegio de ser sus hijos? Ciertamente, podemos.
Con este fin, consideremos en la presencia y en el temor de
Dios,
Primero: ¿Cuál es el testimonio de nuestro espíritu?
¿Cuál es el testimonio del Espíritu de Dios? Y ¿cómo es que él
da testimonio a nuestro espíritu, de que somos hijos de Dios?
Segundo: ¿Cómo este testimonio unido del Espíritu de
Dios y nuestro espíritu puede distinguir clara y sólidamente,
entre la presunción de una mente natural y el engaño del
diablo?
I.1. Consideremos primero: ¿Qué es el testimonio de
nuestro espíritu? Antes de pasar adelante, quisiera decir a todos
aquéllos que confunden el testimonio del Espíritu de Dios con
el testimonio racional de nuestro espíritu, que en este texto, lejos
de referirse el Apóstol solamente al testimonio de nuestro
7 Aquí Wesley vuelve a usar la palabra «entusiasmo».
8 Nuevamente, Wesley usa aquí la palabra «entusiasmo».
El testimonio del Espíritu, I 191
espíritu, usa tal lenguaje, que parece no mencionarlo siquiera,
sino concretarse al testimonio del Espíritu de Dios. El texto
puede entenderse en el original como sigue: El Apóstol acaba
de decir en el versículo anterior: «Habéis recibido el espíritu de
adopción, por el cual clamamos: ¡Abba, Padre!». E
inmediatamente añade: «El mismo espíritu da testimonio a
nuestro espíritu de que somos los hijos de Dios».9 (La
preposición griega syn, que indica dar testimonio juntamente,
denota sólo igualdad de tiempo: en el mismo momento en que
clamamos ¡Abba, Padre!, el Espíritu da testimonio de que
somos hijos de Dios). Pero, tomando en consideración muchos
textos y la experiencia de todos los verdaderos cristianos, no
pretendo negar que todos los creyentes tengan el testimonio del
Espíritu de Dios, además del de su propio espíritu, de que son
hijos de Dios.
2. Respecto a esto último, el fundamento descansa en los
numerosos textos de la Escritura que describen las señales de
los hijos de Dios tan claramente que aun el que corre puede
leerlos.10 Estos también han sido reunidos y presentados con
toda su fuerza por mucho escritores, tanto antiguos como
modernos. Si alguien necesita más luz, puede recibirla
estudiando la Palabra de Dios, meditando en ella delante de
Dios, en secreto, y conversando con aquéllos que tienen más
experiencia. Además, utilizando la razón y el entendimiento que
Dios le ha dado y que la religión no debe extinguir sino
perfeccionar, de acuerdo con la palabra del Apóstol:
«Hermanos, no seáis niños en el modo de pensar, sino sed niños
en la malicia, pero maduros en el modo de pensar».11 Cualquier
9 Wesley cita este pasaje en griego, y luego ofrece su propia traducción. En el griego,
el verbo «testificar» se halla precedido del prefijo syn, que indica hacer algo
juntamente. Luego, el pasaje podría traducirse con el neologismo «cotestifica». Es a
esto que se refiere Wesley en lo que sigue entre paréntesis. (Nota del editor castellano.)
10 Hab. 2.2.
11 1 Co. 14.20.
192 Sermón 10
persona puede saber si es hijo de Dios aplicándose estas señales
de las Escrituras. De esta manera, si sabe, primero, que los que
son guiados por el Espíritu de Dios a una vida santa y piadosa,
estos son hijos de Dios (de lo que tiene el testimonio infalible
de las Escrituras).12 En segundo lugar, si es guiado por el
Espíritu de Dios llegará fácilmente a la conclusión: «Por lo
tanto, yo soy un hijo de Dios».
3. Todas las claras declaraciones de san Juan, en su
Primera Epístola, están de acuerdo con lo que hemos dicho «Y
en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus
mandamientos.13 El que guarda su palabra, en éste
verdaderamente el amor de Dios se ha perfeccionado; por esto
sabemos que estamos en él,14 es decir, que en verdad somos
hijos de Dios. Si sabéis que él es justo, sabed también que todo
el que hace justicia es nacido de él.15 Nosotros sabemos que
hemos pasado de muerte a vida, en que amamos a los
hermanos.16 En esto conocemos que somos de la verdad, y
aseguraremos nuestros corazones delante de él;17 es decir: en
que «nos amamos» los unos a los otros, no de lengua, sino de
hecho y en realidad18. En esto conocemos que permanecemos
en él, ... en que nos ha dado de su espíritu (de amor).19 Y en esto
sabemos que él permanece en nosotros, por el Espíritu (de
obediencia) que nos ha dado».20
12 Ro. 8.14.
13 1 Jn. 2.3.
14 1 Jn. 2.5.
15 1 Jn. 2.29.
16 1 Jn. 3.14.
17 1 Jn. 3.19.
18 1 Jn. 3.18.
19 1 Jn. 4.13.
20 1 Jn. 3.24.
El testimonio del Espíritu, I 193
4. Es muy probable que, del principio del mundo hasta
nuestros días, no haya existido hijo de Dios más avanzado en la
gracia y conocimiento de Dios y nuestro Señor Jesucristo, que
el Apóstol Juan, cuando escribió estas palabras y que aquellos
padres en Cristo21 a quienes escribía. Sin embargo, es evidente
que tanto el Apóstol como aquellas columnas del templo de
Dios,22 estuvieron muy lejos de despreciar las señales que los
identificaban como hijos de Dios y que las aplicaban a sus vidas
para la confirmación de su fe. Sin embargo, todo esto es
únicamente evidencia racional, la evidencia de nuestro espíritu,
nuestra razón o entendimiento. Todo se resuelve así: Los que
tienen estas señales son hijos de Dios. Nosotros tenemos estas
señales. Luego somos hijos de Dios.
5. Pero, ¿cómo sabemos que tenemos estas señales? Esta
es una cuestión todavía por resolverse. ¿Cómo sabemos
que amamos a Dios y a nuestro prójimo y que guardamos sus
mandamientos? Fijémonos que la pregunta es: ¿Cómo sabemos
nosotros? y no ¿cómo lo saben otros? Yo le diría al que
presentara esta pregunta: ¿Cómo sabes que estás vivo, en
buena salud y libre de dolores? ¿No eres inmediatamente
consciente de ello? De la misma manera, tu conciencia te puede
decir inmediatamente si tu alma está viva delante de Dios, si
eres libre de soberbia y gozas de la bendición de un espíritu
calmado y humilde. Por el mismo medio puedes percibir si
amas, te gozas y te deleitas en Dios. En la misma manera
puedes cerciorarte si amas a tu prójimo como a ti mismo,23 si
abrigas sentimientos fraternales para todos24 y si tienes
mansedumbre y paciencia. En cuanto a la señal exterior de los
21 1 Jn. 2:13-14.
22 Ap. 3.12.
23 Mt. 19.19.
24 Ro. 12.10.
194 Sermón 10
hijos de Dios que, de acuerdo con san Juan, es el guardar sus
mandamientos, tú sabes en tu propio corazón si, por la gracia de
Dios, la posees. Tu conciencia te indica de día en día si
mencionas el nombre de Dios con tus labios, excepto con
seriedad y devoción, con reverencia y santo temor;25 si
recuerdas el día de descanso para santificarlo;26 si honras a tu
padre y a tu madre;27 si tratas a los demás como quisieras que
ellos te trataran;28 si guardas tu cuerpo en santidad y honor;29 si
eres sobrio en tu comida y bebida y si en todo das gloria a
Dios.30
6. Este es, pues, el testimonio de nuestro espíritu, el
testimonio de nuestra conciencia que Dios nos ha dado, para que
seamos limpios de corazón y santos en nuestra conducta. Es la
conciencia de haber recibido, por medio del Espíritu de
adopción, los dones mencionados en la Palabra de Dios y que
pertenecen a sus hijos adoptivos: un corazón amante de Dios y
del género humano, con la fe de un niño en Dios nuestro Padre,
sin desear nada sino su comunión, depositando todos nuestros
cuidados sobre él,31 abriendo nuestros brazos para recibir a toda
la humanidad con sinceridad y amor fraternal, dispuestos a dar
nuestra vida por nuestro hermano, como Cristo puso su vida por
nosotros;32 la conciencia de que, interiormente, somos
conformados por el Espíritu de Dios a la imagen de su Hijo y de
que caminamos ante su presencia en justicia, misericordia y
25 Ex. 20.7.
26 Ex. 20.8.
27 Ex. 20.12.
28 Mt. 7.12; Lc. 6.31.
29 1 Ts. 4.4.
30 1 Co. 10.31.
31 1 Pe. 5.7.
32 1 Jn. 3.16.
El testimonio del Espíritu, I 195
verdad, haciendo las cosas que son agradables ante su
presencia.33
7. Pero, ¿qué testimonio es ése que se añade y supera a
éste? ¿Cómo da testimonio a nuestro espíritu de que somos hijos
de Dios? Es difícil encontrar palabras en el lenguaje humano
para explicar lo profundo de Dios.34 Ciertamente, no hay
palabras que puedan expresar adecuadamente la experiencia de
los hijos de Dios. Pero tal vez uno pudiera decir (deseando que
alguien, inspirado por Dios, corrija, dulcifique o fortalezca la
expresión), que el testimonio del Espíritu es una impresión
interna en el alma por medio de la cual el Espíritu de Dios
directamente da testimonio a mi espíritu de que yo soy un hijo
de Dios; que Jesús me amó y se dio a sí mismo por mí;35 que
todos mis pecados han sido borrados;36 y que, aun yo mismo,
estoy reconciliado con Dios.37
8. Que este testimonio del Espíritu de Dios debe, como
es natural, anteceder al testimonio de nuestro espíritu, se
desprende de la siguiente consideración: debemos ser santos en
nuestro corazón y en nuestra vida antes de que podamos ser
conscientes de que lo somos, antes de que podamos tener el
testimonio de nuestro espíritu de que somos santos en nuestro
interior y en nuestro exterior. Pero debemos amar a Dios antes
de que podamos ser santos: ésta es la raíz de toda santidad.
Pero no podemos amar a Dios hasta que sepamos que él nos
ama a nosotros: Nosotros le amamos a él, porque él nos amó
primero.38 Y no podemos conocer su amor perdonador hacia
33 1 Jn. 3.22.
34 1 Co. 2.10.
35 Ga. 2.20.
36 Hch. 3.19.
37 2 Co. 5.20.
38 1 Jn. 4.19.
196 Sermón 10
nosotros hasta que su Espíritu lo testifique a nuestro espíritu,
puesto que el testimonio del Espíritu al amor de Dios y a toda
santidad, debe preceder también a nuestra conciencia interior, o
sea al testimonio de nuestro espíritu.
9. Cuando el Espíritu de Dios da testimonio a nuestro
espíritu de que Dios nos ha amado y dado a su Hijo en
propiciación por nuestros pecados;39 que el Hijo de Dios nos
amó, y nos lavó de nuestros pecados con su sangre;40 entonces,
y sólo entonces, nosotros lo amamos a él porque él nos amó
primero y, por amor de él, amamos también a nuestro
hermano.41 Y no podemos menos que ser conscientes de lo que
Dios nos ha concedido.42 Sabemos que amamos a Dios y
guardamos sus mandamientos y que somos de Dios.43 Este es el
testimonio de nuestro espíritu y, mientras continuemos amando
a Dios y guardando sus mandamientos, continúa uniéndonos
con el testimonio del Espíritu de Dios, que somos hijos de
Dios.
10. No se crea, de ninguna manera, que lo que he dicho
hasta ahora excluye la obra del Espíritu de Dios del testimonio
de nuestro espíritu. De ninguna manera. El no sólo obra en
nosotros toda buena obra, sino que también nos ilumina y nos
hace ver que no somos nosotros quienes las llevamos a cabo. A
esto se refiere san Pablo cuando habla de las señales de
aquellos que han recibido el Espíritu: Para que sepamos lo que
Dios nos ha concedido, por medio de las cuales Dios fortalece
el testimonio de «nuestra conciencia» respecto a nuestra
39 1 Jn. 4.10.
40 Ap. 1.5.
41 1 Jn. 4.19,21.
42 1 Co. 2.12.
43 1 Jn.5.19.
El testimonio del Espíritu, I 197
sencillez y sinceridad,44 y nos permite discernir, con una luz
más plena y abundante, que ahora hacemos las cosas que le
agradan.
11. Si todavía alguien preguntara: ¿Cómo da
testimonio el Espíritu de Dios a nuestro espíritu de que somos
hijos de Dios, excluyendo absolutamente toda duda y dando
pruebas evidentes de que tenemos derecho al título de hijos?,
diríamos que la respuesta es tan fácil como clara. Primero, en
relación con el testimonio de nuestro espíritu. El alma humana
percibe clara e íntimamente cuando ama, se deleita y regocija
en Dios, de la misma manera que cuando ama y se deleita en las
cosas terrenales, y no puede dudar si ama, se deleita y regocija,
como no puede dudar de su existencia. Si esto es cierto, el
siguiente silogismo es verdadero:
Todos los que aman a Dios, y se regocijan y deleitan en
él con un gozo puro y un amor obediente, son hijos de Dios.
Yo amo a Dios, me regocijo y deleito en él.
Luego, soy hijo de Dios.
Un verdadero cristiano no puede dudar que es hijo de
Dios. Está tan seguro de la primera proposición como de la
veracidad de las Sagradas Escrituras. Y de su amor a Dios tiene
una prueba interna, evidente en sí misma. De esta manera el
testimonio de nuestro espíritu se manifiesta en nuestros
corazones con una convicción tan íntima que no deja lugar a la
menor duda de que somos hijos de Dios.
12. Yo no pretendo explicar la manera en que el
testimonio divino se manifiesta en el corazón. Más maravillosa
es la ciencia que mi capacidad; alta es, no puedo
comprenderla.45 El viento sopla y oigo su sonido, pero yo no
44 2 Co. 1.12.
45 Sal. 139.6. Wesley cita el salmo según la traducción del Libro de Oración
Común.
198 Sermón 10
puedo decir de dónde viene y a dónde va.46 Así como nadie
sabe lo que anida en el corazón del ser humano sino el espíritu
del ser humano, así las cosas de Dios no las conoce nadie,
excepto el Espíritu de Dios.47 Nos consta el hecho, sin embargo,
que el Espíritu de Dios da al creyente tal testimonio de su
adopción que, mientras permanece en su alma, no puede dudar
de su calidad de hijo, así como no puede dudar de la luz del sol
mientras está de pie recibiendo el calor de sus rayos.
II.1. A continuación, consideremos cómo puede
distinguirse clara y fielmente el testimonio del Espíritu de Dios
y nuestro espíritu de la suposición de nuestra mente natural y
del engaño del diablo. Es importante a los que desean la
salvación de Dios, considerarla con la mayor atención para no
engañarse a sí mismos. Un error en asunto como éste es de
fatales consecuencias; tanto más, porque el que lo comete no lo
descubre hasta que ya es demasiado tarde para corregirlo.
2. Primero, ¿cómo podemos distinguir este testimonio
de la suposición de una mente natural? Ciertamente, uno que
nunca ha sido convencido de su pecado está siempre listo para
halagarse y para pensar de sí mismo, especialmente en asuntos
espirituales, más altamente de lo que debe pensar.48 De la
misma manera, no es extraño si uno que se vanagloria de su
mente carnal, cuando oye acerca de este privilegio de los
verdaderos cristianos, entre los que indudablemente se cuenta
él mismo, se persuada a sí mismo, y esto con la mayor
facilidad, de que él lo posee. Tales ejemplos abundan ahora en
el mundo, como han abundado en todas las edades. Entonces,
¿cómo podemos distinguir el testimonio verdadero del Espíritu
en nuestro espíritu de esta peligrosa presunción?
46 Jn. 3.8.
47 1 Co. 2.11.
48 Ro. 12.3.
El testimonio del Espíritu, I 199
3. Mi respuesta es que en las Santas Escrituras hay
abundantes marcas y señales que nos ayudan a distinguir entre
el testimonio del Espíritu y las presunciones de nuestra mente
natural. Ellas describen de la manera más clara las
circunstancias que anteceden, que siguen y que acompañan, al
verdadero y genuino testimonio del Espíritu de Dios unido al
espíritu del creyente. Cualquiera que estudie y considere estas
señales podrá descubrir la gran diferencia entre el verdadero y
el pretendido testimonio del Espíritu. No habrá ningún peligro
–yo diría, ninguna posibilidad– de confundir el uno con el otro.
4. Por medio de estas señales, quien presume
vanamente de poseer el don de Dios puede saber con
seguridad, si realmente lo desea, que, hasta ahora, ha vivido
bajo un poder engañoso y creído una mentira.49 Las Escrituras
presentan esas marcas que preceden, acompañan y siguen el
don, tan claramente, que un poco de reflexión podría
convencerle de cualquier duda que pudiera existir en su alma.
Por ejemplo, la Escritura describe el arrepentimiento, o la
convicción de pecado, como una de las señales que se
presentan constantemente antes de recibir el testimonio del
perdón. Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha
acercado.50 Arrepentíos, y creed en el evangelio.51
Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros ... para perdón
de los pecados.52 Arrepentíos y convertíos, para que sean
borrados vuestros pecados.53 De acuerdo con estas palabras,
nuestra iglesia predica constantemente que el arrepentimiento
49 2 Ts. 2.11.
50 Mt. 3.2.
51 Mr. 1.15.
52 Hch. 2.38.
53 Hch. 3.19.
200 Sermón 10
viene antes que el perdón o el testimonio de haber sido
perdonado. El perdona y absuelve a todos los que
verdaderamente se arrepienten y sinceramente creen en su
santo Evangelio.54 Dios Omnipotente ... ha prometido el
perdón de los pecados de todos los que con sincero
arrepentimiento y verdadera fe se convierten a El.55 Pero para
el que no tiene el verdadero testimonio, este arrepentimiento es
enteramente extraño. Nunca ha conocido un corazón contrito y
humillado.56 El recuerdo de sus pecados, nunca ha sido
motivo de aflicción, ni un peso intolerable sobre ellos.57 Al
repetir estas palabras nunca siente lo que dice. Simplemente
quiere agradar a Dios con palabras vacías. Considerando la
falta de la previa obra de Dios en su corazón, tiene mucha
razón en creer que sólo tiene una sombra y no el verdadero
privilegio de los hijos de Dios.
5. Además, las Escrituras describen el nuevo
nacimiento como un cambio que debe preceder al testimonio
de que somos hijos de Dios, como un cambio grande y
poderoso, un cambio de las tinieblas a la luz y del poder de
Satanás a Dios;58 como pasar de muerte a vida,59 una
verdadera resurrección de los muertos. El Apóstol escribe a los
Efesios: «Y él os dio vida a vosotros, cuando estabais muertos
en vuestros delitos y pecados.»60 Y añade: «Aun estando
nosotros muertos en pecados, nos dio vida juntamente con
Cristo ... y juntamente con él nos resucitó, y asimismo nos hizo
54 Wesley cita del Libro de Oración Común.
55 De nuevo, Wesley cita del Libro de Oración Común.
56 Sal. 51.17.
57 Citas del Libro de Oración Común.
58 Hch. 26.18.
59 Jn. 5.24; 1 Jn. 3.14.
60 Ef. 2.1.
El testimonio del Espíritu, I 201
sentar en los lugares celestiales con Cristo Jesús.61 Pero ¿qué
sabe esta persona de que hemos venido hablando acerca de un
cambio como éste? Ignora completamente todo lo relacionado
con este asunto. Este es un idioma que no puede comprender.
Dice que siempre ha sido cristiano y no siente necesidad de
ningún cambio. Pero, si se detuviera a pensar un poco, llegaría
a la conclusión de que no ha nacido del Espíritu,62 que nunca ha
conocido a Dios y que ha tomado, equivocadamente, la voz de
la naturaleza como la voz de Dios.
6. Pero aun haciendo a una lado la consideración de lo
que haya experimentado o dejado de experimentar, podemos
distinguir fácilmente, por sus marcas, a un hijo de Dios de uno
que presume serlo, engañándose a sí mismo. Las Escrituras
describen el gozo en el Señor que acompaña al testimonio de
su Espíritu como un gozo humilde; un gozo que se humilla
hasta el polvo de la tierra; que hace exclamar al pecador
perdonado: «¡Yo soy vil!»63 ¿Qué soy yo o, la casa de mi padre?
De oídas te había oído, mas ahora mis ojos te ven. Por tanto
me aborrezco, y me arrepiento en polvo y ceniza.64 En
dondequiera que hay humildad, allí también se encuentran la
mansedumbre, paciencia, amabilidad y templanza.65 Hay cierta
ternura y sencillez de espíritu, una templanza y dulzura, una
ternura del alma, que no puede expresarse con palabras. Pero
surge la pregunta: ¿Se presentan estos frutos en aquéllos que
carecen del testimonio del Espíritu? Todo lo contrario.
Mientras uno tiene más fe en el favor de Dios, más ayuda
recibe. Mientras más se exalta uno mismo, más altivo y
61 Ef. 2.5-6.
62 Jn. 3.6,8.
63 Job 40.4.
64 Job 42.5-6.
65 Gá. 2.22-23.
202 Sermón 10
arrogante aparece. Mientras más poderoso cree que es su
testimonio, con mayor orgullo se comporta con los que lo
rodean. No es capaz de recibir ningún reproche y se disgusta
con los que le contradicen. En lugar de ser más humilde, amable
y dispuesto a ser enseñado, en lugar de ser pronto para oír,
tardo para hablar,66 es más lento para oír y más rápido para
hablar, no está dispuesto a aprender de nadie. Tiene un
temperamento belicoso y violento y es atraído por su propia
conversación. Algunas veces obra con tal fiereza y enojo que
parece que va a hacer a Dios a un lado y que va a devorar a los
adversarios.67
7. Además, las Escrituras nos enseñan que la verdadera
marca del verdadero hijo de Dios es el amor: Este es el amor de
Dios, que guardemos sus mandamientos.68 Nuestro mismo
Señor dijo: El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es
el que me ama.69 El amor se regocija en la obediencia, en
cumplir en todos sus detalles lo que es agradable al Amado.70
El que ama verdaderamente a Dios se apresura a hacer su
voluntad en la tierra como es hecha en los cielos.71 Pero, ¿es
éste el carácter del que presume amar a Dios? No. Por el
contrario, su amor le da libertad para desobedecer y romper los
mandamientos de Dios, no para guardarlos. Probablemente,
cuando tenía temor de la ira de Dios, se esforzó en hacer su
voluntad. Pero ahora, considerándose libre de la ley,72 piensa
que no está obligado a observarla. Es menos diligente en hacer
66 Stg. 1.19.
67 He. 10.27.
68 1 Jn. 5.3.
69 Jn. 14.21.
70 Ef. 1.6.
71 Mt. 6.10; Lc. 11.2.
72 Ro. 6.14-15.
El testimonio del Espíritu, I 203
buenas obras,73 menos cuidadoso en abstenerse de la maldad,
menos esmerado en dominar las malas inclinaciones de su
corazón, menos celoso en dominar su lengua. Ya no tiene
deseos de negarse a sí mismo ni de tomar su cruz cada día.74 En
una palabra, su estilo de vida ha cambiado desde que se
consideró ser libre. Ya no se ejercita para la piedad,75 porque
no tenemos lucha contra sangre y carne, sino contra
principados, contra potestades,76 sufriendo penalidades,77
esforzándose a entrar por la puerta angosta.78 No. Ha
encontrado un camino más fácil para ir al cielo: un camino
ancho, llano, lleno de flores, en el cual puede decirle a su alma:
repósate, come, bebe, regocíjate.79 De esto se desprende, con
una evidencia incontrastable, que esta persona carece del
testimonio de su propio espíritu. No puede ser consciente de las
marcas de que carece: mansedumbre, humildad y obediencia.
Tampoco el Espíritu de Dios, que es espíritu de verdad, puede
ser testigo de una mentira, o testificar que es hijo de Dios quien
manifiestamente es hijo del diablo.80
8. ¡Desengáñate por ti mismo! Tú, que confías en ser
hijo de Dios; tú, que dices: «tengo el testimonio de mí mismo»,
y desprecias a tus enemigos. Has sido pesado en la balanza y
has sido hallado falto,81 aun en la balanza del santuario.82 La
73 Tit. 2.14.
74 Lc.9.23.
75 1 Ti. 4.7.
76 Ef.6.12.
77 2 Ti. 2.3.
78 Lc. 13.24.
79 Lc. 12.19.
80 Hch. 13.10.
81 Dn. 5.27.
82 Esta era una metáfora familiar en tiempos de Wesley. Indicaba una seria reflexión
sobre algún problema a la luz de las Santas Escrituras y ante la presencia de Dios.
204 Sermón 10
Palabra de Dios ha examinado tu vida y la ha encontrado
falsa.83 No eres humilde de corazón, lo que prueba que no has
recibido el Espíritu de Jesús. No eres benigno y humilde, y tu
gozo es falso, no es el gozo en el Señor.84 No guardas sus
mandamientos, por lo tanto no lo amas ni tienes el Espíritu
Santo en tu corazón.85 Por lo tanto, es tan cierto y tan evidente
como la Palabra de Dios lo puede mostrar, que su Espíritu no
da testimonio a tu espíritu que eres hijo de Dios. Clama al
Señor, para que las escamas caigan de tus ojos;86 para que te
puedas conocer a ti mismo como eres conocido;87 para que
sientas que recibes la sentencia de muerte, hasta que oigas la voz
que resucita a los muertos, diciendo: «Ten ánimo, hijo; tus
pecados te son perdonados; tu fe te ha salvado».88
9. Pero, ¿cómo podrá un alma que tiene el verdadero
testimonio del Espíritu distinguir entre este y el falso? ¿Cómo,
te pregunto, distingues entre el día y la noche, entre la luz y las
tinieblas o ente el brillo de una estrella o el titilar de una vela y
la luz del sol en pleno medio día? ¿No hay una inherente, obvia
y esencial diferencia entre lo uno y lo otro? ¿Y no percibes
inmediata y directamente la diferencia por medio de tus
sentidos? De la misma manera, hay una diferencia inherente y
esencial entre la luz espiritual y la tiniebla espiritual; y entre la
luz con que el sol de justicia89 alumbra nuestros corazones y la
83 Jr. 6.30.
84 Flm. 20.
85 He. 6.4-6.
86 Hch. 9. 18.
87 1 Co. 13.12.
88 Mt. 9.2, 22.
89 Mal. 4.2.
El testimonio del Espíritu, I 205
luz vacilante de las chispas que se levantan de nuestras teas.90
Esta diferencia se percibe inmediatamente si nuestros sentidos
espirituales están dispuestos.
10. Exigir una descripción más detallada de estas
señales y del criterio que usamos para conocer la voz de Dios,
es pedir lo que no se puede obtener. No, ni siquiera por quienes
tienen el más profundo conocimiento de Dios. Supongamos
que, cuando Pablo fue llevado ante Agripa,91 el sabio romano le
hubiera dicho: «Tú pretendes haber oído la voz del Hijo de Dios.
¿Cómo sabes que fue su voz? ¿Qué criterio usas, qué señales
intrínsecas usas para saber que fue la voz de Dios? Explícame
la manera de distinguir ésta de una voz humana o angélica.» ¿Te
imaginas que el Apóstol hubiera intentado contestar una
pregunta tan ociosa? Sin embargo, no dudamos por un momento
que él oyó la voz y que, inmediatamente, supo que era la voz de
Dios. Pero cómo lo supo, nadie lo puede explicar,
probablemente ni los humanos ni los ángeles.
11. Para traer el asunto más cerca. Supongamos que
Dios le dijera a alguien: «Tus pecados te son perdonados».92
Indudablemente hará que esa alma reconozca su voz, pues de
otra manera hablaría en vano. Y él puede hacerlo, porque lo
que Dios desea se realiza.93 El alma estará completamente
segura de que lo que ha escuchado es la voz de Dios. Sin
embargo, quien tiene este testimonio en sí mismo no lo puede
explicar a quien no lo tiene, ni se espera que pueda hacerlo. Si
hubiera algún método natural para probar o explicar las cosas
de Dios a personas carentes de esta experiencia, entonces el ser
90 Is. 50.11.
91 Hch. 26.
92 Mt. 9.2, 5.
93 Un eco de Ro. 7.18-19. Aquí Wesley establece un contraste entre la esclavitud
humana que se describe en ese texto y la absoluta libertad de Dios.
206 Sermón 10
humano natural podría discernir y conocer las cosas del
Espíritu de Dios. Pero esto es completamente contrario a la
afirmación del Apóstol: «El hombre natural no percibe las
cosas que son del Espíritu de Dios, porque para él son locura,
y no las puede entender».94 Estas se han de discernir por medio
de los sentidos espirituales, de los que carece el ser humano
natural.
12. Pero, ¿cómo puedo saber si mis sentidos
espirituales me guían a juzgar rectamente? Este es también
asunto de suma importancia, porque si una persona se equivoca
en este punto, puede caer constantemente en el error y en el
engaño. ¿Cómo puedo saber, entonces, que éste no es mi caso y
que no me engaño al creer que escucho la voz de Dios? Por el
testimonio de tu propio espíritu,95 y por el testimonio de una
buena conciencia delante de Dios.96 Por los frutos que Dios
haya producido en tu espíritu conocerás el testimonio del
Espíritu de Dios.97 De esta manera sabrás que no has caído en
un error y que no has engañado a tu propia alma. Los frutos
inmediatos del Espíritu que gobiernan el corazón son: amor,
gozo, paz,98 entrañable misericordia, benignidad, humildad,
mansedumbre, paciencia.99 Y los frutos exteriores son: hacer
bien a todos, no hacer mal a nadie y caminar en la luz –obedecer
fiel y completamente los mandamientos de Dios.
13. Por medio de los mismos frutos podrás distinguir la
voz de Dios de cualquier engaño del diablo. Ese espíritu altivo
no puede humillarte delante de Dios. Tampoco ablandará tu
94 1 Co. 2.14.
95 Ro. 8.16.
96 1 Pe. 3.21.
97 Ro. 8.16.
98 Gá. 5.22.
99 Col. 3.12.
El testimonio del Espíritu, I 207
corazón y lo fundirá, primero, en un sincero lamento delante de
Dios y, luego, en amor filial. No es el adversario de Dios y de la
humanidad el que te capacita para amar a tu prójimo o vestirte
de humildad, benignidad, paciencia, templanza y toda la
armadura de Dios.100 El no está dividido contra sí mismo,101 ni
es el destructor del pecado, su propia obra. ¡No! Es solamente
el Hijo de Dios quien vino a deshacer las obras del diablo.102
Con la misma seguridad que la santidad es de Dios y el pecado
es la obra del diablo, así también el testimonio que tienes en tu
corazón no es de Satanás, sino de Dios.
14. Entonces podemos exclamar: «¡Gracias a Dios por
su don inefable!»103 Gracias a Dios que me ha permitido saber
en quién he creído,104 quién envió al Espíritu de su Hijo a mi
corazón, clamando «¡Abba, Padre!»,105 y aún ahora da
testimonio a mi espíritu de que soy hijo de Dios.106 Procura
ahora alabar a Dios no únicamente con tus labios, sino con toda
tu vida.107 Te ha sellado como su propiedad, glorificad, pues, a
Dios en vuestro cuerpo y en vuestro espíritu,108 los cuales le
pertenecen. Si tienes en tu corazón esta esperanza, purifícate a
ti mismo, como él es puro.109 Mientras miras cuál amor te ha
dado el Padre, para que seas llamado hijo de Dios,110 límpiate
de toda contaminación de carne y de espíritu, perfeccionando
100 Ef. 6.11,13.
101 Mt. 12.26.
102 1 Jn.3.8.
103 2 Co. 9.15.
104 2 Ti. 1.12.
105 Ga. 4.6.
106 Ro. 8.16.
107 Sal. 51.15.
108 1 Co. 6.20.
109 1 Jn. 3.3.
110 1 Jn.3.1.
208 Sermón 10
la santidad en el temor de Dios.111 Permite que todos tus
pensamientos, palabras y obras sean un sacrificio espiritual,
santo, agradable a Dios por medio de nuestro Señor
Jesucristo.112
111 2 Co. 7.1.
112 Ro. 12.1; 1 Pe.2.5.