Sermón 8 - Las primicias del Espíritu
Romanos 8.1
Ahora, pues, ninguna condenación hay para los que están en
Cristo Jesús, los que no andan conforme a la carne, sino
conforme al Espíritu.
1. Con la frase «los que están en Cristo Jesús» san
Pablo sin duda alguna se refiere a los que verdaderamente
creen en él; a quienes, justificados por la fe, tienen paz con
Dios por medio de nuestro Señor Jesucristo.1 Quienes creen de
esa manera ya «no andan conforme a la carne», ya no siguen
los impulsos de la naturaleza corrompida, sino que andan
«conforme al Espíritu». Tanto sus pensamientos como sus
palabras y sus obras están bajo la dirección del bendito Espíritu
de Dios.
2. No hay «ninguna condenación» para éstos. No hay
condenación por parte de Dios, por cuando han sido
justificados gratuitamente por su gracia, mediante la
redención que es en Cristo Jesús.2 Dios ha perdonado todas
sus iniquidades, y ha borrado todos sus pecados. Y tampoco
hay condenación por parte de su conciencia, porque no han
recibido el espíritu del mundo, sino el Espíritu que proviene de
Dios, para que sepan lo que Dios les ha concedido, el Espíritu
que da testimonio a su espíritu de que son hijos de Dios.3 A
esto se añade el testimonio de su conciencia, de que con
1 Ro. 5.1.
2 Ro. 3.24.
3 Ro. 8.6.
149
1 50 Sermón 8
sencillez y sinceridad de Dios, no con sabiduría humana, sino
con la gracia de Dios, se han conducido en el mundo.4
3. Pero, debido a que esta doctrina ha sido mal
interpretada con frecuencia y en forma tan peligrosa; debido a
que hay infinidad de personas indoctas e inconstantes,5
personas que no han sido enseñadas por Dios, y que, por tanto,
no están arraigadas en la verdad que es según la piedad,6 la cual
han torcido para su propia destrucción,7 me propongo
demostrar tan claramente como pueda, primero, quiénes «están
en Cristo Jesús» y «no andan conforme a la carne sino conforme
al Espíritu»; y segundo, cómo «no hay condenación» para estas
personas. Concluiré con algunas deducciones prácticas.
I. 1. Primeramente, voy a mostrar quiénes «están en
Cristo Jesús». ¿No son los que creen en su nombre? ¿Quienes
son hallados en él, no teniendo justicia propia por la ley, sino
la justicia que es de Dios por fe?8 Los que han alcanzado
redención por su sangre son los que están en él, porque moran
en Cristo y Cristo mora en ellos.9 Esas personas están unidas al
Señor, siendo un Espíritu con él. Han sido injertadas como
ramas a la vid;10 están unidas como los miembros a la cabeza,
de una manera tal que las palabras no llegan a expresar, ni
podían sus corazones concebir antes de la regeneración.
2. Todo aquel que permanece en él, no peca;11 no anda
según la carne. La carne, en el lenguaje común de san Pablo,
4 1 Co. 1.12.
5 2 P. 3.16. Wesley cita el texto griego.
6 Tit. 1.1.
7 2 P. 3.16.
8 Fil. 3.9.
9 1 Jn. 4.13.
10 Jn. 15.4-5.
11 1 Jn. 3.6.
Las primicias del Espíritu 151
significa la naturaleza corrompida. En este sentido usa la
palabra, cuando les escribe a los gálatas: «manifiestas son las
obras de la carne»12 y también al decir: «Andad en el Espíritu,
y no satisfagáis los deseos de la carne.»13 Para probar que los
que andan en el Espíritu no satisfacen los deseos de la carne,
añade inmediatamente: «Porque el deseo de la carne es contra
el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen
entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis.» Las palabras se
traducen literalmente no como «para que no podáis hacer lo
que quisiereis», como si la carne hubiera conquistado al
espíritu. Dicha traducción no tiene nada que ver con el texto
original del Apóstol, lo cual haría su argumento inútil, pues de
hecho afirmaría lo opuesto de lo que él quiere probar.14
3. Los que «están en Cristo», los que permanecen en
él,15 han crucificado la carne con sus pasiones y deseos. Se
abstienen de todas estas obras de la carne: adulterio,
fornicación, inmundicia, lascivia, idolatría, hechicerías,
enemistades, pleitos, celos, iras, contiendas, disensiones,
herejías, envidias, homicidios, borracheras, orgías16 -de
cualquier designio, palabra y obra a los cuales nos guía la
corrupción de nuestra naturaleza. Si bien sienten en sí mismos
la raíz amarga, sin embargo, son investidos con poder de lo alto
para hollarla ésta bajo sus pies constantemente, de modo que
no pueda levantarse para molestarlos. Así cada nuevo asalto es
12 Gá. 5.19.
13 Gá. 5.16.
14 Wesley cita el griego, y luego argumenta que no debe traducirse «de modo que no
podéis hacer lo que quisierais», sino «de modo que no hagáis lo que quisierais». El
problema exegético se complica, porque hay variantes textuales. Pero la mayoría de
los eruditos modernos no le da la razón a Wesley en este punto.
15 1 Jn. 2.27.
16 Gá. 5.2-24.
1 52 Sermón 8
una nueva ocasión para la alabanza, para exclamar: «Mas
gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de
nuestro Señor Jesucristo.»17
4.Andan «conforme al Espíritu tanto» en sus corazones
como en sus vidas. El Espíritu les enseña a amar a Dios y a su
prójimo con un amor que es como fuente de agua que salta para
vida eterna.18 Y por el Espíritu son guiados a cada deseo
santo, a cada sentimiento divino y celestial, hasta que cada
pensamiento que nace de sus corazones es santidad al
Señor.
5. Los que andan «conforme al Espíritu» son guiados
por él hacia toda santidad en la conversación. Su palabra es
siempre con gracia, sazonada con sal,19 con el amor y el temor
de Dios. Ninguna palabra corrompida sale de su boca, sino la
que es buena para la necesaria edificación, a fin de dar gracia
a los oyentes.20 En esto también se ejercitan de noche y de día,
para hacer solamente lo que agrada a Dios; para seguir en toda
su conducta exterior a aquél que nos dejó un ejemplo para que
sigamos sus pisadas;21 para andar en justicia, misericordia y
verdad en todos sus tratos con sus prójimos, y para hacer todo,
en todas las circunstancias y detalles de la vida diaria, para la
gloria de Dios.22
6. Estos son los que en verdad andan en el Espíritu.
Estando llenos de fe y del Espíritu Santo, poseen en sus
corazones y muestran en sus vidas, en todo el curso de sus
palabras y acciones, los frutos genuinos del Espíritu de Dios, es
17 1 Co. 15.57.
18 Jn. 4.14.
19 Col. 4.6.
20 Ef. 4.29.
21 1 P. 2.21.
22 1 Co. 10.31.
Las primicias del Espíritu 153
decir, amor, gozo, paz, paciencia, benignidad, bondad, fe,
mansedumbre, templanza,23 y cualquier otra cosa que es buena
y digna de alabanza. Adornan en todas las cosas el evangelio
de Dios nuestro Salvador;24 y dan prueba total a toda la
humanidad de que están verdaderamente movidos por el mismo
Espíritu que levantó de los muertos a Jesús.25
II. 1. Me propongo demostrar, en segundo lugar, cómo
no hay condenación para quienes están en Cristo Jesús y, por
tanto, andan, «no conforme a la carne, sino conforme al
Espíritu».
Primeramente, para los creyentes en Cristo que andan
de esta manera «no hay condenación» por sus pecados pasados.
Dios no los condena por ninguno de éstos; son como si no
hubiesen sido; son echados en lo profundo del mar, y ya Dios
no los recuerda más. Dios, habiendo dado a su Hijo como
propiciación por ellos, por medio de la fe en su sangre, para
manifestar su justicia, a causa de haber pasado por alto, en su
paciencia, los pecados pasados,26 no les imputa ninguna de sus
iniquidades, cuya memoria misma ha desaparecido.
2. No hay condenación para ellos en su corazón, ni
conciencia de pecado, ni temor a la ira de Dios. Tienen el
testimonio en sí mismos; están conscientes de su interés en la
sangre rociada. No han recibido el espíritu de esclavitud para
estar otra vez en temor, en duda e incertidumbre; sino que han
recibido el espíritu de adopción, por el cual clamamos: ¡Abba,
Padre!27 Justificados por la fe, la paz de Dios reina en sus
corazones, pues fluye de un experimentar constante de la
23 Gá. 5.22-23.
24 Tit. 2.10.
25 Ro. 8.11.
26 Ro. 3.25.
27 Ro. 8.15.
1 54 Sermón 8
misericordia perdonadora y una buena conciencia hacia
Dios.28
3. Quizá alguien diga: «Pero a veces el creyente en
Cristo puede perder de vista la misericordia de Dios; a veces la
obscuridad le rodea de tal manera que no logra ver a aquél que
es invisible, no logra sentir el testimonio en sí mismo de su
participación en la sangre redentora; y entonces se condena
interiormente, tiene la sentencia de muerte sobre sí mismo.» Yo
respondo que, suponiendo que así sea, suponiendo que esa
persona no vea la misericordia de Dios, entonces no es creyente;
porque la fe implica luz, la luz de Dios que brilla en el corazón.
De modo que quien temporalmente pierde esta luz, pierde la fe.
Y sin duda alguna un creyente verdadero en Cristo puede perder
la luz de la fe. Mientras ésta fe está perdida, la persona puede
caer otra vez en condenación. Este no es el caso de quienes están
en Cristo Jesús, quienes creen en su nombre. Porque mientras
crean y anden en el Espíritu, ni Dios ni su propio corazón los
condenan.
4. En segundo lugar, no son condenados por pecados
presentes, por violar ahora los mandamientos de Dios. No los
violan; «no andan conforme a la carne sino conforme al
Espíritu». Esta es la prueba constante de su amor a Dios, que
guardan sus mandamientos.29 Así lo afirma san Juan: «Todo
aquel que es nacido de Dios, no practica el pecado, porque la
simiente de Dios permanece en él; y no puede pecar porque es
nacido de Dios».30 No puede hacerlo mientras la simiente de
Dios, esta fe amorosa, santa, permanezca en él. Mientras
permanezca, el maligno no puede tocarlo.31 Es evidente que
28 1 P. 3.21.
29 1 Jn. 5.3.
30 1 Jn. 5.18.
31 1 Jn. 5.18.
Las primicias del Espíritu 155
no es condenado por los pecados que no ha cometido. Quienes
son así guiados por el Espíritu no están bajo la ley.32 No están
bajo su maldición o condenación, porque la ley no condena sino
a quienes la desobedecen. La ley de Dios que dice «No robarás»
no condena sino a quienes roban. «Acuérdate del día de reposo
para santificarlo» condena sólo a quienes no lo santifican. Pero
contra los frutos del Espíritu no hay ley.33 El Apóstol más
extensamente lo declara en estas memorables palabras de su
Epístola a Timoteo: «Sabemos que la ley es buena, si uno la usa
legítimamente; conociendo esto [si mientras usa la ley de Dios,
para convencer o dirigir, conoce y recuerda esto] que la ley no
fue dada para el justo [no tiene fuerza contra él, ni poder para
condenarle],34 sino para los transgresores y desobedientes,
para los impíos y pecadores, para los irreverentes y profanos ...
según el glorioso evangelio del Dios bendito.»
5. En tercer lugar, no son condenados por ningún
pecado interior, aun cuando éste permanece. Que permanece la
corrupción de la naturaleza aun en quienes son hijos de Dios
por la fe; quienes tienen en sí mismos la simiente del orgullo y
la vanidad, de la cólera y la gula, de los deseos depravados y de
toda clase de pecado, es un hecho demasiado obvio para
negarse, por ser experiencia diaria. Y es por esto que san
Pablo, hablando a quienes un poco antes había afirmado que
estaban en Cristo Jesús, como llamados por Dios a la
comunión con su Hijo Jesucristo nuestro Señor,35 sin embargo
les dice: «no pude hablaros como a espirituales, sino como a
32 Gá. 5.18.
33 Gá. 5.23.
34 1 Ti. 1.8-9,11. Una traducción literal del griego sería: «la ley no se recuesta sobre el
justo». Wesley cita el griego y luego ofrece una traducción semejante.
35 1 Co. 1.9.
1 56 Sermón 8
carnales, como a niños en Cristo».36 Como a niños en Cristo,
es decir, que están en Cristo, pero son creyentes en grado
mínimo. ¡Cuánto pecado había todavía en ellos, en esa mente
carnal que no se sujeta a la ley de Dios!37
6. A pesar de todo esto, no están condenados. Aunque
sienten la carne, su naturaleza pecaminosa, y aunque cada día se
persuaden más y más de que su corazón es engañoso y
perverso.38 Sin embargo, mientras no cedan a sus instintos,
mientras no den lugar al demonio, mientras continúen luchando
con el pecado, con el orgullo, la ira, los malos deseos, de
manera que la carne no se enseñoree de ellos, sino que anden
«conforme al Espíritu, ninguna condenación hay para los que
están en Cristo Jesús.» Dios se complace con su sincera aunque
imperfecta obediencia; y ellos tienen confianza en Dios,
sabiendo que son suyos por el Espíritu Santo que les ha
dado.39
7. En cuarto lugar, aunque están plenamente
convencidos de que el pecado se adhiere a todo lo que hacen; a
pesar de que se dan cuenta de que no pueden cumplir con la
perfecta ley, ni en pensamiento, ni en palabras, ni en obras;
aunque saben que no aman al Señor su Dios con todo su
corazón, su mente, su alma y sus fuerzas; aunque sienten más o
menos orgullo o vanidad mezclarse con sus más altos deberes;
aunque en su más íntima comunión con Dios, cuando se reúnen
con la congregación, y cuando derraman su corazón en secreto
ante aquél que conoce todos los pensamientos y las intenciones
del corazón, sienten vergüenza de la vaguedad de sus
pensamientos, o de la torpeza e insensibilidad de sus afectos-
36 1 Co. 3.1.
37 Ro. 8.7.
38 Jer. 17.9.
39 1 Jn. 3.24.
Las primicias del Espíritu 157
aun así no hay condenación para ellos, ni por parte de Dios ni
de su propio corazón. El considerar estos varios defectos les
hace sentir aun más profundamente la necesidad de la sangre
rociada40 que habla por ellos al oído de Dios, y de ese Abogado
para con el Padre que vive siempre para interceder por
ellos.41 Lejos de separarles de aquél en quien han creído, estas
debilidades les hacen acercarse más al que satisface sus
necesidades. Al mismo tiempo, mientras más profundamente
sienten la necesidad, más sincero es su deseo y más firmes sus
esfuerzos para, de la manera que han recibido al Señor
Jesucristo, andar así en él.42
8. No son condenados, en quinto lugar, por pecados de
debilidad, como generalmente se les llama. (Quizás sería mejor
llamarles flaquezas, a fin de no parecer que atenuamos o
disculpamos el pecado como una debilidad.) Pero si hemos de
emplear tan ambigua y peligrosa expresión, los pecados de
debilidad son esas caídas involuntarias tales como el decir de
buena fe que tal o cual cosa es cierta, cuando en realidad se
prueba que es falsa; o el herir a nuestro vecino sin saberlo o sin
tener tal intención, quizás cuando queríamos hacerle bien.
Aunque éstas son desviaciones de la santa, aceptable y perfecta
voluntad de Dios, sin embargo no son pecados propiamente
dichos, ni traen ninguna culpa a la conciencia de quienes están
en Cristo Jesús. No se interponen entre Dios y ellos, ni
obscurecen la luz de su rostro; puesto que estas flaquezas no son
inconsecuentes con el hecho de que andan «no conforme a la
carne, sino conforme al Espíritu».
9. Por último, no hay condenación para ellos por causa
de cosa cualquiera que no esté en su poder evitar; ya sea de
40 He. 12.24.
41 He. 7.25.
42 Col. 2.6.
1 58 Sermón 8
naturaleza interna o externa, ya sea haciendo lo que no deben
hacer o dejando de hacer lo que deberían hacer. Por ejemplo, se
administra la Santa Cena, pero algunos no participan. ¿Por qué
no lo hacen? Están confinados debido a la enfermedad; por lo
tanto no pueden asistir al culto. Por la misma razón no estás
condenado. No hay culpa por cuanto no hay oportunidad de
escoger. Porque si primero está la voluntad dispuesta, será
acepta según lo que uno tiene, no según lo que no tiene.43
10.Algunas veces el creyente se aflige porque no puede
hacer lo que desea. Puede exclamar, cuando se ve impedido de
adorar a Dios en medio de la gran congregación: «Como el
ciervo brama por las corrientes de las aguas, así clama por ti,
oh Dios, el alma mía. Mi alma tiene sed de Dios, del Dios vivo.
¿Cuándo vendré, y me presentaré delante de Dios?»44 Puede
desear ardientemente (aunque diciendo en su interior al mismo
tiempo, «pero no sea como yo quiero, sino como tú»45) ir con la
multitud y conducirla hasta la casa de Dios.46 Sin embargo, si
no puede ir, no siente la condenación, ni la culpa, ni siente el
desagrado de Dios, sino que puede con alegría someter sus
deseos diciendo: «Espera en Dios, porque aún he de alabarle,
Salvación mía y Dios mío.»47
11. Es más difícil determinar lo que tiene que ver con
los «pecados de sorpresa», tal como cuando una persona que
generalmente tiene dominio propio cede a una violenta y
repentina tentación de hablar o actuar en forma que no es
consistente con la ley: «Amarás a tu prójimo como a ti
mismo.» No es fácil fijar una regla general respecto a las
43 2 Co. 8.12.
44 Sal. 42.1-2.
45 Mt. 26.39.
46 Sal. 42.4.
47 Sal. 42.11.
Las primicias del Espíritu 159
transgresiones de esta naturaleza. No podemos decir si las
personas son o no son condenadas por los pecados de sorpresa
en general. Pero parece que cada vez que un creyente es
dominado por una falta hay mayor o menor condenación de
acuerdo al mayor o menor consentimiento de su voluntad. En
proporción al modo en que el deseo pecaminoso, palabra o
acción sea más o menos voluntario, así podemos concebir a
Dios como más o menos molesto, y hay mayor o menor culpa
en el alma.
12. Si esto es cierto, entonces debe haber algunos
pecados de sorpresa que acarrean mucha culpabilidad y
condenación. Esto es así debido a que hemos sido sorprendidos
en una negligencia voluntaria y culpable; o debido a la pereza
del alma que podría haberse prevenido o sacudido antes de que
la tentación llegara. Se puede haber recibido aviso, sea de Dios
o de otra persona, de que se avecinan pruebas y peligros, y aun
así decir: «Un poco de sueño, un poco de dormitar, y cruzar por
un poco las manos para reposo.»48 Si alguno cae en tales
circunstancias, aunque sea por sorpresa, en la tentación que muy
bien pudo haber evitado, no tiene disculpa; debió haber previsto
y evitado el peligro. La caída en el pecado, aun cuando sea por
sorpresa, como en el ejemplo anterior, es en realidad un pecado
de la voluntad; y como tal, debe exponer al pecador a ser
condenado por Dios y por su conciencia.
13. Por otro lado, pueden venir asaltos repentinos sea
del mundo o del dios de este mundo, y frecuentemente de
nuestro corazón perverso, que ni previmos ni pudimos
anticipar. Estas tentaciones pueden sumergir a un cristiano, por
ser débil en la fe, en una tentación peligrosa, como por
ejemplo, la ira o pensar mal del prójimo, sin que participe su
libre albedrío. En tal caso un Dios celoso sin duda le mostrará
48 Pr. 6.10.
1 60 Sermón 8
que ha actuado con necedad. El cristiano quedará convencido
de haberse separado de la ley perfecta, de la mente que hubo
también en Cristo,49 y por consiguiente se apesadumbrará con
gran dolor, y se avergonzará ante la presencia de Dios. Sin
embargo, no tiene que caer en condenación. Dios no le culpa,
sino que le compadece, como el padre se compadece de sus
hijos.50 Su corazón no le condena; en medio de su dolor y
vergüenza puede decir: «Me aseguraré y no temeré; porque mi
fortaleza y mi canción es el Señor, quien ha sido salvación
para mí.»51
III.1. Sólo resta deducir algunas conclusiones prácticas
de las consideraciones anteriores.
Y, primeramente, si «ninguna condenación hay» por
sus pecados pasados «para los que están en Cristo Jesús, los
que no andan conforme a la carne, sino conforme al
Espíritu», entonces, ¿por qué temes, hombre de poca fe?52
Aunque tus pecados sean más numerosos que la arena del mar,
qué importa eso ahora que estás en Cristo Jesús? ¿Quién
acusará a los escogidos de Dios? Dios es el que justifica.
¿Quién es el que condenará?53 Todos los pecados que has
cometido desde tu niñez hasta la hora en que fuiste aceptado en
el Amado, han sido esparcidos como la paja, han desaparecido,
se han perdido, han sido tragados, ya no existen en la memoria.
Ahora has nacido en el Espíritu. ¿Te preocuparás o temerás lo
que haya pasado antes de haber nacido? No has sido llamado
para tener espíritu de temor sino de amor y de dominio propio.
49 Fil. 2.5.
50 Sal. 103.13.
51 Is. 12.2.
52 Mt. 8.26.
53 Ro. 8.33-34.
Las primicias del Espíritu 161
Conoce tu llamamiento. Regocíjate en Dios tu Salvador, y da
gracias a Dios tu Padre por medio de él.
2. ¿Dirás pues: «pero he pecado después de haber sido
redimido por medio de su sangre; y por tanto me aborrezco y
me arrepiento en polvo y ceniza»?54 Es justo que te aborrezcas;
es Dios mismo el que te ha traído a este punto. Pero, ¿no crees?
¿Te ha permitido decir nuevamente: «Yo sé que mi Redentor
vive»55 «y lo que ahora vivo en la carne, lo vivo en la fe del Hijo
de Dios.»?56 Entonces, esa fe cancela todo lo pasado, y no hay
ninguna condenación para ti. En el momento mismo en que
creas verdaderamente en el Hijo de Dios, todos tus pecados
pasados se desvanecerán como el rocío de la mañana. Ahora,
estad, pues, firmes en la libertad con que Cristo nos hizo
libres.57 Te ha librado una vez más del poder del pecado, así
como de la culpa y el castigo. No estéis otra vez sujetos al yugo
de esclavitud.58 Ni al vil y diabólico yugo del pecado, de los
malos deseos, del mal genio, malas palabras u obras que
constituyen el yugo más pesado que fuera del infierno puede
haber, ni tampoco al yugo del temor servil y torturador de la
culpa y condenación de sí mismo.
3. Pero, en segundo lugar, si los que están «en Cristo
Jesús ... no andan conforme a la carne, sino conforme al
Espíritu», podemos deducir que quienquiera que comete
pecado no tiene parte en esta bendición, sino que ahora mismo
está condenado por su propio corazón. Pero si nuestro corazón
nos reprende, si nuestra conciencia nos da testimonio de que
somos culpables, sin duda que Dios también lo hará; pues
54 Ef. 1.7; Col. 1.14; Job 42.6.
55 Job 12.25.
56 Gá. 2.20.
57 Gá. 5.1.
58 Gá. 2.20.
1 62 Sermón 8
mayor que nuestro corazón es Dios, y él sabe todas las
cosas;59 así que no podemos engañarle, aun si nos
engañásemos a nosotros mismos. No pienses decir: «Fui
justificado una vez; mis pecados fueron perdonados en una
ocasión.» Yo no sé sobre esto; ni puedo discutir si lo fueron o
no. Quizás, al cabo de un tiempo, es prácticamente imposible
saber con certeza si fue una obra verdadera y genuina de Dios,
o si sólo engañaste a tu propia alma. Pero esto sé con la más
absoluta certeza: El que practica el pecado es del diablo.60 Por
lo tanto eres de tu padre el diablo. No puedes negarlo, porque
haces las obras de tu padre. No te llenes de falsas esperanzas.
No le digas a tu alma: «Paz, paz; y no hay paz.»61 Grita, clama
a Dios desde lo profundo, por si tal vez tengas la fortuna de
que te escuche. Ven hasta Dios como al principio, como pobre,
indigno, como lleno de pecado, miserable, ciego y desnudo. Y
cuídate de dar descanso a tu alma hasta que no te revele su
amor perdonador, hasta que haya sanado tus rebeliones y te
haya llenado nuevamente con la fe que obra por el amor.62
4. En tercer lugar, puesto que no hay condenación para
quienes andan conforme al Espíritu a causa de algún pecado
interior que aún permanezca, ni a causa del pecado que se
adhiere a todo lo que hacen, no te llenes de pesadumbre a
causa de la maldad, aun cuando ésta permanezca en tu
corazón. No te entristezcas porque todavía te encuentres lejos
de la gloriosa imagen de Dios; ni porque el orgullo, la soberbia
o la incredulidad se aferren a todas tus palabras y acciones. Y
no te atemorices de conocer toda la maldad de tu corazón, de
conocerte a ti mismo tal como eres conocido. Sí, pídele a Dios
59 1 Jn. 3.20.
60 1 Jn. 3.8.
61 Jer. 6.14.
62 Gá. 5.6.
Las primicias del Espíritu 163
que no tengas de ti una opinión más alta de la que debes tener.
Que tu continua plegaria sea:
Muéstrame, oh Señor,
Hasta donde pueda soportar
Lo profundo de mi pecado innato;
Declara toda la incredulidad,
La soberbia que se oculta en mí.63
Cuando escuche tu oración y te revele tu corazón,
cuando te muestre qué clase de espíritu tienes; cuida de que no
te falte la fe, de que no te arrebaten tu escudo. Humíllate,
póstrate en el polvo; mira que no eres sino miseria y vanidad. A
pesar de esto, no se turbe vuestro corazón, ni tenga
miedo.64 Persevera, afirma que tienes un abogado para con el
Padre, a Jesucristo el Justo.65 Como la altura de los cielos
sobre la tierra, así es más grande su misericordia que mis
mismos pecados.66 Dios es misericordioso contigo, pecador,
aun siendo el pecador que eres. Dios es amor; y Cristo ha
muerto. Por lo tanto, el Padre mismo te ama. Tú eres su hijo.
Por lo tanto, no te negará ninguna cosa buena.67 ¿Crees que
será bueno que todo el cuerpo de pecado que ahora es
crucificado en ti sea destruido? Será hecho. Serás limpio de
toda contaminación de carne y de espíritu. ¿Convendrá que
no quede nada en tu corazón sino el amor de Dios?
Anímate. Amarás al Señor tu Dios con todo tu alma, y con
toda tu mente y con todas tus fuerzas.68 Fiel es el que
prometió, el cual también lo hará.69
63 Himno de Carlos Wesley en Hymns and Sacred Poems (1742), p. 209.
64 1 Jn. 14.27.
65 1 Jn. 2.1.
66 Sal. 103.11.
67 Mt. 7.11.
68 Mc. 12.30.
69 He. 10.23.
1 64 Sermón 8
Por tu parte, debes continuar con paciencia en el trabajo de la
fe, del amor y de la paz con alegría; con humilde confianza, con
esperanza resignada y al mismo tiempo sincera, hasta que el
celo del Señor haga esto.70
5. En cuarto lugar, si están en Cristo y andan en el
Espíritu no son condenados por pecados de debilidad, ni por
caídas voluntarias, ni por transgresiones que no pueden evitar.
Ten cuidado, entonces, ya que tienes fe en su sangre, para que
Satanás no gane ventaja de esto. Todavía eres necio y débil,
ciego e ignorante; más débil de lo que las palabras pueden
expresar, más necio de lo que pueda tu corazón concebir, pues
todavía no sabes nada como lo deberías saber. No permitas, sin
embargo, que tu debilidad o torpeza, ni ningún fruto que no has
podido evitar, haga vacilar tu fe, tu esperanza filial en Dios, o
que interrumpa tu paz y gozo en el Señor. La regla que algunos
dan respecto a los pecados de la voluntad y que, en tal caso,
puede ser peligrosa, es indudablemente buena y segura, si sólo
se aplica a las debilidades humanas. ¿Has caído, seguidor de
Dios? No permanezcas postrado, lamentándote y desesperado
por tu debilidad, sino di con humildad: «Señor, caeré a cada
instante a no ser que tú me sostengas y me des la mano.»
Levántate, enderézate y anda. Camina pues, corre con
paciencia la carrera que te es propuesta.71
6. Finalmente, puesto que un creyente no viene a
condenación, aunque sea sorprendido en aquello que su alma
aborrece (suponiendo que esta sorpresa no se deba a su
descuido o negligencia voluntaria); si tú que crees, caes en
alguna falta, apesadúmbrate en el Señor; esto será para ti un
bálsamo. Derrama tu corazón delante de él, y preséntale tu
problema. Y ruega con todo tu corazón a aquél que puede
70 Is. 9.7.
71 He. 12.1.
Las primicias del Espíritu 165
compadecerse de nuestras debilidades72 para que afirme,
fortifique y establezca tu alma, y no permita que vuelvas a caer.
Aun así, no te condena. ¿Por qué has de temer? No tienes
necesidad de ningún temor que lleve en sí castigo. Amarás al
que te ama, y esto basta; más amor traerá mayores fuerzas. Y
tan pronto como le ames con todo tu corazón serás perfecto y
cabal, sin que te falte nada. Espera en paz por esa hora en la
cual el mismo Dios de paz os santifique por completo; y
todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado
irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo.73
72 He. 4.15.
73 1 Ts. 5.23.