Sermón 6 - La justicia que es por fe
Romanos 10:5-8
Porque de la justicia que es por la ley Moisés escribe
así: El hombre que haga estas cosas, vivirá por ellas. Pero la
justicia que es por la fe dice así: No digas en tu corazón: ¿Quién
subirá al cielo? (Esto es, para traer abajo a Cristo); o, ¿quién
descenderá al abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de
entre los muertos). Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la palabra,
en tu boca y en tu corazón. Esta es la palabra de fe que
predicamos.
1. El Apóstol no contrapone el pacto dado por Moisés al
que Cristo dio. Si alguna vez nos hemos figurado semejante
cosa, ha sido por falta de meditación, pues tanto la primera
como la última parte de estas palabras fueron dichas por Moisés
mismo al pueblo de Israel, respecto al pacto que existía en aquel
tiempo. Dios estableció el pacto de la gracia con los seres
humanos a través de todas las edades por medio de Jesucristo
(tanto antes, bajo la dispensación judía, como desde que Dios se
manifestó en la carne), el cual san Pablo contrasta al pacto de
las obras, hecho con Adán mientras estaba en el paraíso. Dicho
pacto de obras generalmente se considera, particularmente por
los judíos a quienes el Apóstol escribe, como el único pacto que
hizo Dios con la humanidad.
2. De ellos habla cariñosamente al comienzo de este
capítulo: «hermanos, ciertamente el anhelo de mi corazón, y
1Wesley predicó varias veces sobre este tema, y sobre el mismo texto. El sermón que
sigue, empero. Parece haber sido escrito con el propósito especifico de publicarlo
en forma impresa.
117
1 18 Sermón 6
mi oración a Dios por Israel, es para salvación. Porque yo les
doy testimonio de que tienen celo de Dios, pero no conforme a
ciencia. Porque ignorando la justicia de Dios» (de la
justificación que procede de su pura gracia y de su misericordia,
perdonando gratuitamente nuestros pecados por medio del Hijo
de su amor, por medio de la redención que hay en Jesús), «y
procurando establecer la suya propia» (su propia santidad,
antecedente de la fe en aquel que justifica al impío, como el
fundamento de su perdón y aceptación) «no se han sujetado a
la justicia de Dios»2 y, por consiguiente, buscan la muerte a
causa del error de su vida.
3. Ignoraban que el fin de la ley es Cristo, para justicia
a todo aquel que cree;3 que por medio de la oblación de sí
mismo ofrecida una vez, él puso fin a la primera ley o pacto (la
cual no fue dada por Dios a Moisés, sino a Adán en su estado
de inocencia). Como consecuencia de lo cual, sin duda alguna
se desprende «Haz esto y vivirás». A la misma vez él compró
para nosotros un mejor pacto: «Cree y vivirás,» cree y serás
salvo, salvo desde ahora de la culpa y del poder del pecado y,
por consiguiente, de sus consecuencias.
4. ¿Y cuántos ignoran igualmente esto ahora, aun entre
aquellas personas que se llaman cristianas? ¿Cuántos hay que
tienen celo de Dios, pero que aun así procuran establecer su
propia justicia como la base para su perdón y aceptación, y por
lo tanto rehúsan con vehemencia sujetarse a la justicia de Dios?
Ciertamente el deseo de mi corazón y mi oración a Dios,
hermanos míos, es que puedan ser salvos. Y para quitar de en
medio esta piedra en el camino, voy a tratar de demostrar:
Primero, cuál es la justicia que es por la ley, y cuál la justicia
que es por la fe. Segundo: la torpeza de confiar en la justicia
2 Ro. 10.1-3.
3 Ro. 10.4.
La justicia que es por fe 119
que es por la ley, y la sabiduría de someterse a la justicia que es
por la fe.
I. 1. La justicia que es por la ley dice que «el hombre
que hiciere estas cosas vivirá por ellas». Haz estas cosas
constante y perfectamente, y vivirás para siempre. Esta ley o
pacto (llamado generalmente el pacto de obras), dado por Dios
al ser humano en el paraíso, exigía una obediencia perfecta en
todas sus partes, completa, como la condición para que pudiese
continuar por siempre en la santidad y felicidad en que fue
creado.
2. Exigía del ser humano el cumplimiento de toda
justicia, tanto interior como exterior, negativa y positiva; no sólo
que se abstuviese de toda palabra ociosa y evitase toda mala
obra, sino que tuviese cada afecto, cada deseo, cada
pensamiento, en obediencia con la voluntad de Dios; que
continuase siendo santo, como aquél que lo creó es santo, tanto
de corazón como en sus costumbres; que fuese puro de corazón,
como Dios es puro, perfecto como su Padre en los cielos es
perfecto;4 que amara al Señor su Dios con todo su corazón, con
toda su alma, con toda su mente, y con todas sus fuerzas;5 que
amara a todas las almas a quienes Dios había creado como Dios
la amaba a él; de manera que por medio de esta perfecta
benevolencia, pudiese vivir en Dios (quien es amor) y Dios en
él;6 que sirviese al Señor su Dios con todas sus fuerzas, y en
todo procurase su gloria.
3. Estas eran las cosas exigidas por la justicia que es por
la ley, de modo que quien lo cumpla pueda vivir por ellas. Exi-
gía además que esta completa obediencia a Dios, esta santidad
interior y exterior, esta conformidad de corazón y de vida con
su voluntad, fuese perfecta en grado sumo. No podía admitirse
4 Mt. 5.48.
5 Mt. 22.37.
6 1 Jn. 4.16.
1 20 Sermón 6
ninguna excusa, ni hacerse ninguna concesión por haber faltado
en algún grado a una jota o una tilde de la ley interior o exterior.
No bastaba obedecer todos los mandamientos que se referían a
las cosas exteriores, a no ser que se obedeciese cada uno de
dichos mandamientos con todas las fuerzas del alma, del modo
más completo y la manera más perfecta. Según las exigencias
de este pacto, no bastaba amar a Dios con todas las facultades,
sino que era necesario amarle con la plenitud de cada una de
ellas.
4. Otra cosa exigía irremisiblemente la justicia que es
por la ley, y era que esta plena obediencia, esta perfecta santidad
de corazón y de vida, no debería interrumpirse jamás, sino
continuar desde el momento en que Dios creó al ser humano y
sopló en él aliento de vida, hasta el día en que concluyese su
prueba y fuese sellado para la vida eterna.
5. La justicia, pues, que es por la fe dice así: «Oh tú,
hombre de Dios, permanece firme en el amor, en la imagen del
Dios en que fuiste creado. Si quieres permanecer en vida, guarda
los mandamientos que están escritos en tu corazón, ama al Señor
tu Dios con todo tu corazón. Ama a todas sus criaturas como te
amas a ti mismo. No desees otra cosa sino a Dios. Busca a Dios
en cada pensamiento, cada palabra, cada obra. No te apartes de
Dios con ningún movimiento del cuerpo o del alma, de aquél
que es la señal y el premio de tu gran llamamiento. Y permite
que todo tu ser, cada poder y facultad de tu alma, de todo tipo y
en toda medida, en todo grado, y en cada momento de tu
existencia, alaben su santo nombre. Haz esto y vivirás, tu luz
alumbrará, tu amor aumentará más aun, hasta que seas recibido
en la casa de Dios en los cielos, para reinar con El por la
eternidad.»
6. «Pero la justicia que es por la fe dice así: No digas
en tu corazón: ¿Quién subirá al cielo? (esto es, para traer
abajo a Cristo)» [como si Dios nos exigiese alguna cosa
imposible antes de aceptarnos] «o, ¿quién descenderá al
La justicia que es por fe 121
abismo? (esto es, para hacer subir a Cristo de entre los
muertos)» [como si quedase aún por hacer alguna cosa para
poder ser aceptados]. «Mas ¿qué dice? Cerca de ti está la
palabra» [según la cual puede ahora ser aceptado como
heredero de la vida eterna], «en tu boca y en tu corazón. Esta es
la palabra de fe que predicamos», el nuevo pacto que Dios ha
establecido ahora con el ser humano pecador por medio de
Jesucristo.
7. La «justicia que es por la fe» significa ese estado de
justificación (y en consecuencia la salvación presente y final, si
permanecemos fieles hasta el fin) que Dios le ha dado al ser
humano caído por medio de los méritos y la mediación de su
unigénito Hijo. Esto fue revelado en parte a Adán poco después
de su caída, en la promesa original que se le hizo a él y a su
simiente, respecto de la simiente de la mujer que había de herir
la cabeza de la serpiente.7 Fue revelado un poco más claramente
a Abraham por el ángel de Dios desde el cielo, diciendo: «Por
mí mismo he jurado», dice el Señor, «en tu simiente serán
benditas todas las naciones de la tierra».8 Fue revelado aun más
claramente a Moisés, a David, y a los profetas que lo siguieron;
y por medio de ellos al pueblo de Dios en sus respectivas
generaciones. Aun así, la mayoría de estas generaciones
ignoraba la promesa; y muy pocos la entendían claramente. A
pesar de esto, la vida y la inmortalidad no salieron a la luz para
los judíos de la antigüedad, como lo son para nosotros por medio
del evangelio.9
8. Este pacto no dice al ser humano pecador: sé
obediente hasta la perfección y vivirás. Si tal fuera la condición,
de nada le aprovecharía todo lo que Cristo hizo y sufrió por él;
sería como si se le exigiese que subiera al cielo para traer a
7 Gn. 3.15.
8 Gn. 22.16-18.
9 1 Ti. 1.10.
1 22 Sermón 6
Cristo abajo, o que descendiera al abismo, es decir, al mundo
invisible, para volver a traer a Cristo de entre los muertos. No
se requiere que se haga ninguna cosa imposible (aunque sería
imposible para el ser humano por sí mismo, pero no para el ser
humano con la ayuda del Espíritu de Dios); eso sería como
burlarse de la debilidad humana. Hablando en forma estricta, el
pacto de la gracia no nos exige que hagamos nada como cosa
indispensable o absolutamente necesaria para nuestra
justificación; sencillamente que creamos en aquél que por amor
a su Hijo y la propiciación que éste hizo justifica al impío que
no obra, y su fe le es contada por justicia.10 Aun así Abraham
creyó a Jehová, y le fue contado por justicia. Y recibió la
circuncisión como señal, como sello de la justicia de la fe... para
que fuese padre de todos los creyentes... a fin de que también a
ellos la fe les sea contada por justicia. Y no solamente con
respecto a él se escribió que le fue contada (la fe), sino que
también con respecto a nosotros a quienes ha de ser contada (a
quienes la fe le será imputada por justicia, en lugar de la perfecta
obediencia, para ser aceptados por Dios) esto es, a los que
creemos en el que levantó de los muertos a Jesús, Señor nuestro,
el cual fue entregado por nuestras transgresiones, y resucitado
para nuestra justificación,11 para asegurarnos la remisión de
nuestros pecados y la vida eterna, a todos aquellos que creemos.
9. ¿Qué dice, pues, el pacto del perdón, del amor no
merecido, de la misericordia que perdona? «Cree en el Señor
Jesucristo y serás salvo.»12 El día en que creyeres, ciertamente
vivirás. Dios te restaurará su favor; y en agradarle encontrarás
la verdadera vida. Serás salvo de la maldición y de la ira de
Dios. Resucitarás de la muerte del pecado a la vida de justicia.
10 Ro. 4.5.
11 Ro. 4.23-25.
12 Hch. 16.31.
La justicia que es por fe 123
Y si permaneces fiel hasta el fin, creyendo en Jesús, no probarás
la muerte segunda, sino que, habiendo sufrido con el Señor,
vivirás y reinarás con él por los siglos de los siglos.
10. Ahora está cerca de ti la palabra. La condición para
obtener la vida es clara, sencilla, y está a la mano. Está «en tu
boca y en tu corazón» a través de la obra del Espíritu de Dios.
En el momento en que confesares con tu boca que Jesús es el
Señor, y creyeres en tu corazón que Dios lo levantó de los
muertos, serás salvo13 de la condenación, de la culpa y del
castigo por los pecados pasados, y podrás servir a Dios en
verdadera santidad todos los restantes días de tu vida.
11. ¿Qué diferencia hay, pues, entre «la justicia que es
por la ley» y «la justicia que es por la fe»; entre el primer pacto,
de las obras y el segundo, de la gracia? La diferencia esencial,
inmutable, es ésta: el primer pacto supone que la persona que lo
recibe es ya pura y feliz, creada a imagen de Dios y en disfrute
su favor; y señala la condición mediante la cual puede continuar
en amor y felicidad, en vida e inmortalidad. El otro pacto la
supone pecaminosa y desgraciada, por haber perdido la imagen
gloriosa de Dios, constantemente bajo la ira de Dios y en rápida
marcha, por medio del pecado que ha causado la muerte de su
alma, a la muerte tanto del cuerpo como eterna. Al ser humano
en este estado, la justicia que es por la fe le señala la condición
para poder obtener de nuevo la perla que ha perdido; el favor y
la imagen de Dios, la vida de Dios en su alma, y ser restaurado
al conocimiento y el amor de Dios, que es el principio de la vida
eterna.
12. Además, para que el ser humano pudiese continuar
en el favor de Dios, en su conocimiento y amor, en santidad y
felicidad, el pacto de obras requería una obediencia
ininterrumpida y perfecta a todos y cada uno de los detalles de
13 Ro. 10.8-9.
1 24 Sermón 6
la ley de Dios; mientras que el pacto de la gracia, para que el ser
humano pueda obtener otra vez el favor y la vida de Dios, sólo
exige la fe; una fe viva en aquél a través del cual Dios justifica
a quienes no han sido obedientes.
13. Más aún: el pacto de las obras exigía de Adán y de
sus descendientes que ellos mismos pagasen el precio, en
consideración de lo cual recibirían todas las futuras bendiciones
de Dios. Pero en el pacto de la gracia, viendo Dios que no
tenemos nada con qué pagar, nos perdona todo, con la única
condición de que creamos en aquél que pagó el precio por
nosotros; que se dio a sí mismo como propiciación por nuestros
pecados; y no sólo por los nuestros, sino también por los de
todo el mundo.14
14. El primer pacto, por consiguiente, exigía lo que los
seres humanos no tenían ni podían remotamente tener, a saber:
la obediencia perfecta, que está muy lejos de quienes son
concebidos y nacidos en pecado. Mientras que el nuevo pacto
exige algo que está al alcance de la mano, como si quisiera decir:
«¡Tú eres pecador! ¡Dios es amor! Tú, a causa de tu pecado, has
caído del favor de Dios; sin embargo, en él hay misericordia.
Trae, pues, a Dios todos tus pecados y se desvanecerán como la
nube que se evapora. Si no fueras pecador no habría necesidad
de que Dios te justificara. Acércate, pues, lleno de confianza,
con toda la certeza de la fe. Dios habla y ya es hecho. No temas,
cree solamente. Dios es justo y justifica a todos los que creen en
Jesús.»
II. 1. Después de considerar todo lo anterior, será fácil
demostrar, tal como me propuse en segundo lugar, la torpeza de
confiar en la justicia por la ley, y la sabiduría de someterse a la
justicia que es por la fe.
La torpeza de quienes confían en «la justicia que es
por la ley», cuya condición es: «haz esto y vivirás», se hace
14 1 Jn. 2.2.
La justicia que es por fe 125
muy patente por lo que sigue: su principio es erróneo. Su primer
paso es una gran equivocación. Mucho antes de poder alegar
derecho a estas bendiciones, hay que estar en el mismo estado
de pureza de aquél con quien se hizo pacto. Pero ¡qué vana es
esta suposición! El pacto fue hecho con Adán, mientras éste se
encontraba en un estado de inocencia. ¡Cuán débil debe ser el
edificio fabricado sobre una base tan movible! ¡Qué torpes son
los que edifican en la arena, quienes nunca han considerado,
según parece, que el pacto de las obras no fue dado al ser
humano muerto en transgresiones y pecados, sino a ese ser
cuando vivía en Dios, cuando estaba sin conocimiento del
pecado, en estado de pureza así como Dios es puro! ¡Se olvidan
de que ese pacto no fue dado para recobrar el favor de Dios y la
inmortalidad perdidos, sino para que continuasen y aumentasen
hasta entrar en la vida eterna!
2. Tampoco consideran quienes de tal modo tratan de
establecer su propia justicia según la ley, qué clase de
obediencia o de justicia requiere la ley como indispensables.
Deben ser plenas y perfectas en cada detalle, o no satisfacen las
demandas de la ley. ¿Pero quién es capaz de tener esa
obediencia o de vivir en armonía con ella? ¿Quién de ustedes
cumple con todos las tildes y las jotas aun de los mandamientos
externos de Dios? ¿Quién de ustedes no hace algo de lo que
Dios prohíbe hacer, grande o pequeño? ¿Quién no deja sin
hacer algo de lo que Dios manda? ¿O no habla palabras
ociosas? ¿Quién no conversa sino a fin de dar gracia a los
creyentes?15 ¿Quién, sea que coma o que beba, o que haga
cualquier otra cosa, hace todo para la gloria de Dios?16
¿Cuánto menos son capaces de cumplir todos los
mandamientos interiores de Dios? Aquéllos que requieren que
cada impulso y movimiento del alma sea santo ante Dios. ¿Eres
15 Ef. 4.29.
16 1 Co. 10.31.
1 26 Sermón 6
capaz de amar a Dios con todo tu corazón? ¿De amar a la
humanidad con toda tu alma? ¿Quién es capaz de orar sin cesar
y de dar gracias por todo?17 ¿Eres capaz de tener siempre a Dios
delante de ti? ¿Puedes sujetar todos tus afectos, tus deseos, y tus
pensamientos en obediencia a la ley de Dios?
3. Debes considerar además, que la justicia que la ley
exige consiste no sólo en obedecer todos los mandamientos de
Dios, negativos o positivos, interiores o exteriores, sino que este
cumplimiento debe ser en grado sumo. En toda circunstancia la
voz de la ley es: «Amarás al Señor tu Dios con todas tus
fuerzas».18 No hay disculpas para el cansancio, ni perdona
defecto. Condena cualquier imperfección en la obediencia
plena, y pronuncia inmediatamente una maldición sobre el
ofensor. Su único criterio son las leyes inmutables de la justicia,
y dice: No sé mostrar justicia.
4. ¿Quién, pues, podrá comparecer ante tal Juez, severo
al señalar lo que está mal hecho? ¡Cuán débiles son quienes
pretenden presentarse ante el tribunal en que no puede
justificarse ningún ser humano, ningún miembro de la raza de
Adán! Porque, supongamos que pudiéramos obedecer cada
mandamiento con todas nuestras fuerzas; aun así una sola falta
que cometiéramos destruiría todo reclamo de vida. Si alguna
vez hemos ofendido en un solo punto, la justicia concluye.
Porque la ley condena a todos los que no practican la obediencia
sin interrupción y de una manera perfecta. Así que, según esta
sentencia, para la persona que ha pecado alguna vez, en
cualquier grado ya no queda sino una horrenda expectación de
juicio, y de hervor de fuego que ha de devorar a los adversarios
de Dios.19
17 1 Ts. 5.17-18.
18 Mc. 12.30.
19 He. 10.26-27.
La justicia que es por fe 127
5. ¿No comete entonces la mayor de las locuras el ser
humano caído que busca la vida por su propia justicia? El ser
humano que ha sido formado en maldad y concebido en
pecado;20 un ser humano que es de naturaleza terrenal, animal,
diabólica;21 un ser humano corrompido y abominable; en el
cual, hasta que no encuentre la gracia no mora el bien;22 que no
puede pensar nada bueno. Un ser humano que es en verdad todo
pecado, una masa de iniquidad, y quien comete pecado cada vez
que respira; cuyas transgresiones, en palabra y hecho, son más
que los cabellos de su cabeza. ¡Qué torpeza, qué falta de sentido
puede ser la de este gusano impuro, culpable, indefenso, el soñar
en buscar ser aceptado por medio de su propia santidad, querer
vivir por «la justicia que es por la ley»!
6. Al mismo tiempo, las mismas razones que
demuestran la torpeza de confiar en la justicia que es por la ley,
prueba igualmente la sabiduría de someterse a la justicia de Dios
por medio de la fe. Esto sería fácil de demostrar con respecto a
cada una de las consideraciones anteriores. Mas sin tener que
hacerlo, vemos claramente que al rechazar el reclamo de la
propia justicia, obramos conforme a la verdad y a la naturaleza
real de las cosas. Porque, ¿qué es sino reconocer con nuestro
corazón así como con nuestros labios el verdadero estado en que
estamos? Reconocer que venimos al mundo con una naturaleza
corrompida y pecaminosa; más corrompida de lo que se puede
concebir o expresar en palabras. Es aceptar que estamos
propensos a todo lo malo y opuestos a todo lo bueno; que
estamos llenos de orgullo, de soberbia, de pasiones
desordenadas, de deseos torpes; de afectos viles y sin control;
amantes del mundo y de sus placeres más que de Dios. Es
reconocer que nuestras vidas no han sido mejores que nuestros
20 Sal. 51.5.
21 Stg. 3.15.
22 Ro. 7.18.
1 28 Sermón 6
corazones, sino impías y faltas de santidad, tanto en
pensamiento como en hecho, tan numerosas como las estrellas
de los cielos. Es aceptar que por todas estas razones
desagradamos a aquél cuya pureza no le permite ver la
iniquidad, y que no merecemos sino su indignación, su ira, la
paga del pecado, que es la muerte. Es declarar que no podemos
con nuestra propia justicia (la que verdaderamente no tenemos),
ni con nuestras obras (que son como el árbol del cual crecen),
aplacar la ira de Dios, o evitar el castigo que tan justamente
merecemos. Es afirmar que si quedamos abandonados a
nosotros mismos, solamente nos volveremos peores, nos
sumergiremos más y más en el pecado, ofendiendo a Dios tanto
con nuestras obras malas como con las expresiones de nuestra
mente carnal, hasta que, habiendo llenado la medida de nuestras
iniquidades, atraigamos sobre nosotros completa destrucción.
¿No es esta nuestra verdadera naturaleza? El reconocer, pues,
todo esto tanto en nuestro corazón como con nuestros labios,
esto es, el no pretender que tenemos santidad, «la justicia que es
por la ley», es actuar de acuerdo con la naturaleza real de las
cosas y, por consiguiente, con verdadera sabiduría.
7. La sabiduría de someternos a «la justicia que es por
la fe» se muestra todavía más al recordar que se trata de la
justicia de Dios. Quiero con esto decir que éste es el método de
reconciliación con Dios que ha sido escogido y establecido por
Dios mismo, no sólo como el Dios de sabiduría, sino como el
Dios que es soberano del cielo y de la tierra, y de todas las
criaturas que ha creado. ¿Será justo que el ser humano le diga a
Dios: «¿Por qué haces esto?» Sólo un loco, falto de todo juicio,
podría entrar en contienda con quien es más poderoso que él,
con aquél cuyo reino gobierna todas las cosas. Por
consiguiente, la verdadera sabiduría consiste en someterse en
La justicia que es por fe 129
todo a Dios, en decir en esto como en todas las demás cosas: «El
Señor es; hágase su voluntad.»23
8. También puede considerarse el hecho de que el
ofrecer Dios al ser humano algún medio de reconciliación es
pura gracia, amor gratuito, misericordia inmerecida; cuando
pudo habernos abandonado a nuestra suerte, y habernos
olvidado completamente. Por lo cual, mostramos sabiduría al
aceptar cualquier método que Dios tenga a bien establecer,
movido por su tierna misericordia, por su favor inmerecido, para
que quienes son sus enemigos, quienes se han separado de él, y
por tanto tiempo han sido rebeldes, puedan aún encontrar el
remedio.
9. Debemos mencionar un punto más. Hay sabiduría en
tratar de lograr el mejor fin con los mejores medios. El mejor
fin que una criatura puede procurar es la felicidad en Dios. Y el
mejor fin que una criatura caída puede procurar es recobrar el
favor y la imagen de Dios. Pero el mejor, de hecho, el único
medio, bajo el cielo, dado al ser humano mediante el cual pueda
volver a tener el favor de Dios (el cual es mejor que la vida
misma); o la imagen de Dios (la cual es la verdadera vida del
alma) es someterse a «la justicia que es por la fe», el creer en el
unigénito Hijo de Dios.24
III. 1. Quienquiera que seas, oh alma, ansiosa de
salvarte, de ser perdonada y reconciliarte con Dios, no digas en
tu corazón: «Primero tengo que hacer tal o cual cosa: debo
dominar el pecado; evitar toda palabra u obra mala y hacer bien
a todos los seres humanos; o primero tengo que ir a la iglesia, y
recibir la Cena del Señor, escuchar más sermones, y orar más.»
¡Hermano mío, te has apartado totalmente del camino! Todavía
ignoras la justicia de Dios y estás tratando de establecer tu
propia justicia como la base de tu reconciliación. ¿No sabes que
23 Stg. 3.18.
24 Jn. 3.18.
1 30 Sermón 6
no puedes hacer nada sino pecar mientras no te reconcilies con
Dios? ¿Por qué entonces dices: Primero debo hacer esto y
aquello otro, y entonces creeré? No, cree primeramente. Cree en
el Señor Jesucristo, la propiciación por tus pecados. Echa
primero este buen cimiento, y entonces podrás hacer todas las
cosas bien.
2. Tampoco digas en tu corazón: «No puedo ser
aceptado todavía pues no soy suficientemente bueno.» ¿Quién
es o ha sido suficientemente bueno para merecer la aceptación
de Dios? ¿Ha existido alguna vez un descendiente de Adán
suficientemente bueno para merecer esta aprobación? ¿O lo
habrá antes de la consumación de los tiempos? Respecto a ti, no
eres bueno, ni jamás lo serás; no existe en ti nada bueno. Y no
existirá nada bueno hasta que no creas en Jesús. Más bien te
encontrarás siendo peor y peor. ¿Pero, piensas que es necesario
volverse peor antes de poder ser aceptado? ¿No eres ya
suficientemente malo? De hecho, lo eres, y Dios lo sabe; tú
mismo no lo puedes negar. Entonces, no tardes; todo está listo.
Levántate, lava tus pecados. La fuente está abierta. Este es el
tiempo de lavarte en la sangre del Cordero hasta que quedes
limpio. Ahora, Dios te purificará con hisopo, y serás limpio;
Dios te lavará, y serás más blanco que la nieve.25
3. No digas: «Pero no me siento suficientemente
arrepentido; no siento mis pecados suficientemente.» Lo sé.
Desearía que tuvieras más sensibilidad, que estuvieras mil veces
más arrepentido de lo que ahora estás. Pero, no te demores por
esto. Dios puede darte esta sensibilidad, no antes de creer, sino
al creer. Puede ser que no llores mucho sino cuando ames
mucho, porque has sido grandemente perdonado. Mientras
tanto, mira a Jesús. ¡Ve cuánto te ama! ¿Qué más puede hacer
por ti de lo que ya hizo?
Oh Cordero de Dios
25 Sal. 51.7.
La justicia que es por fe 131
¿Qué pena ha habido
Como tu pena?
¿Qué amor ha existido
Como tu amor?
Míralo, fija en él tu mirada, hasta que te mire y ablande
tu endurecido corazón. Entonces se abrirán las fuentes y tus ojos
derramarán aguas en abundancia.
4. No digas: «Debo hacer algo más antes de acercarme
a Cristo.» Supongamos que, puesto que el Señor se tarda en
regresar, estaría bien esperar su venida, haciendo lo que él te
manda según tus fuerzas. Pero no hay necesidad de esperar.
¿Cómo sabes que el Señor tardará en venir? Tal vez aparecerá
repentinamente en lo alto, como la aurora. No le impongas una
fecha. Espéralo en cualquier momento. Ya se acerca. Ya está
llamando a la puerta.
5. ¿Y por qué necesitas esperar hasta que sientas más
sinceridad en tu corazón para que tus pecados sean borrados?
¿Estás tratando de ser más digno de la gracia de Dios? ¿Estás
todavía tratando de establecer tu propia justicia? Dios tendrá
misericordia de ti, no porque lo merezcas, sino porque su
compasión nunca falla; no porque seas justo, sino porque
Jesucristo se sacrificó por tus pecados.
Además, si hay algo bueno en la sinceridad, ¿por qué
esperas tener más antes de tener fe, sabiendo que la fe es la raíz
de la que brota todo lo bueno y santo?
Sobre todo, ¿hasta cuándo olvidarás que todo lo que
haces, todo lo que tienes, antes de que tus pecados te sean
perdonados, de nada te sirve en la presencia de Dios para
obtener el perdón? ¿No sabes que, por el contrario, debes
desechar, que debes hollar, que debes dejar de tomar en cuenta
todas tus obras, o no podrás recibir el favor de Dios? Hasta que
hagas estas cosas no podrás rogar como mero pecador,
culpable, perdido, desgraciado, sin nada que alegar, sin nada
1 32 Sermón 6
que ofrecer a Dios sino los méritos de su bienamado Hijo,
quien te amó y se entregó a sí mismo por ti.26
6. Para concluir. Quienquiera que seas, oh humano,
que vives bajo sentencia de muerte, que te sientes como un
pecador condenado, y tienes la ira de Dios sobre ti, a ti te dice
el Señor, no que hagas esto; no que obedezcas todos los
mandamientos y vivas, sino: Cree en el Señor Jesucristo, y
serás salvo, tú y tu casa.27 La palabra de fe está cerca de ti.
Ahora mismo, en este preciso momento, en el estado en que te
encuentras, pecador como eres, tal como eres, cree en el
evangelio, y Dios será propicio a tus injusticias, y nunca más se
acordará de tus pecados ni de tus iniquidades.
26 Ga. 2.20.
27 Hch. 16.31.