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Sermón 5 - La justificación por la fe

Romanos 4:5

Mas al que no obra, sino que cree en aquel que justifica al

impío, su fe le es contada por justicia.

1. Cómo puede una persona pecadora justificarse

delante de Dios, el Señor y Juez de todos, es una pregunta de

gran importancia para todos los seres humanos. Contiene el

fundamento de toda nuestra esperanza, pues mientras estamos

en enemistad con Dios no puede haber verdadera paz, ni

verdadero gozo en esta vida ni en la eternidad. ¿Cómo puede

haber paz cuando nuestro corazón nos condena? ¿Y mucho más

aquél que es mayor que nuestro corazón, y conoce todas las

cosas?1 ¿Qué gozo verdadero puede haber en este mundo o en

el otro, mientras la ira de Dios permanezca en nosotros?2

2. Y sin embargo, ¡cuán poco se ha entendido un asunto

tan importante! ¡Cuántas ideas confusas tienen muchos sobre

este asunto! A la verdad, no sólo confusas, sino a menudo

erróneas y tan contrarias a la verdad como la luz lo es a las

tinieblas; nociones absolutamente inconsistentes con los

oráculos de Dios, y con toda la analogía de la fe. Por lo cual, al

errar con respecto al fundamento, no pueden construir nada

después; al menos, no con oro, ni con plata, ni con piedras

preciosas que resistan la prueba de fuego, sino con heno y

hojarasca,3 que ni son aceptables a Dios ni útiles a los seres

humanos.

1 1 Jn. 3.20.

2 Jn. 3.36.

3 1 Co. 3.12-13.

99

1 00 Sermón 5

3. A fin de hacer justicia, en cuanto de mí dependa, al

asunto de tan gran importancia que vamos a tratar; de evitar que

aquéllos que con toda sinceridad buscan la verdad, se distraigan

con vanas pláticas y contiendas de palabras;4 de aclarar la

confusión a que algunas personas han sido conducidas, y de

presentarles grandes y verdaderas concepciones de este gran

misterio de la piedad,5 me esforzaré en demostrar:

Primero, cuál es la base general de toda esta doctrina de

la justificación;

Segundo, qué es la justificación;

Tercero, quiénes son justificados;

Cuarto, bajo qué condiciones son justificados.

I. En primer lugar, debo presentar la base general de toda

esta doctrina de la justificación.

1. El ser humano fue creado a imagen de Dios;6 santo

como aquél que lo creó es santo;7 misericordioso como el

Creador de todo es misericordioso, perfecto como el Padre del

cielo es perfecto. Así como Dios es amor, el humano, quien

vivía en amor, vivía en Dios y Dios en él.8 Dios creó al ser

humano para que fuese imagen de su propia eternidad,

semejanza incorruptible del Dios de gloria. Era por consiguiente

puro como Dios es puro, sin mancha de pecado. No conocía el

pecado en ningún grado o manera, sino que estaba interior y

exteriormente limpio y libre de pecado. Amaba al Señor su Dios

con todo su corazón, con toda su alma, y con toda su mente y

con todas sus fuerzas.9

4 1 Ti. 6.4.

5 1 Ti. 3.16.

6 Gn. 1.27.

7 Mt. 5.48.

8 1 Jn. 4.16.

9 Mc. 12.13.

La justificación por la fe 101

2. Dios le dio a este ser humano justo y perfecto una ley

perfecta, en la que esperaba obediencia plena y perfecta. Dios

requirió total obediencia en todo punto; obediencia que debía

ser observada sin interrupción desde el momento en que el ser

humano fue alma viviente hasta el momento en que terminara

su prueba. No había disculpa para falta alguna. No tenía que

haberla por cuanto el ser humano era capaz de llevar a cabo la

tarea asignada, y estaba totalmente equipado para toda buena

palabra y obra.10

3. Pareció bien a Dios, en su infinita sabiduría, añadir a

la ley del amor que estaba grabada en el corazón del ser humano

(contra la cual, quizás, no podía pecar directamente), otra ley

positiva: «Mas del fruto del árbol que está en medio del huerto

dijo Dios: no comeréis»; añadiendo la siguiente pena: «para que

no muráis.»11

4. Tal era el estado del ser humano en el paraíso. Debido

al amor infinito e inmerecido de Dios, el ser humano era puro y

feliz; conocía, amaba y disfrutaba de Dios, lo cual es (en

substancia) la vida eterna. Y podía vivir en esta vida de amor

para siempre si continuaba obedeciendo a Dios en todas las

cosas. Pero si lo desobedecía en alguna lo perdería todo. «El día

que de él comieres», dijo Dios, «ciertamente morirás».

5. El ser humano desobedeció a Dios; comió del árbol

que Dios le había mandado diciendo: «no comerás de él». En

ese día fue condenado por el justo juicio de Dios. Desde ese

momento también comenzó a cumplirse en él la sentencia que

se le había advertido. Desde el momento en que probó el fruto,

murió. Su alma murió, se separó de Dios; separado del cual el

alma no tiene más vida que el cuerpo cuando está separado del

alma. Su cuerpo asimismo se volvió corruptible y mortal, de

manera que la muerte se posesionó también de esta parte del

10 1 Ti. 3.17.

11 Gn. 2.17; 3.3.

1 02 Sermón 5

ser humano. Estando ya muerto en espíritu, muerto para con

Dios, muerto en pecado, se precipitaba hacia la muerte eterna,

hacia la destrucción tanto de su cuerpo como de su alma en el

fuego que nunca se apagará.12

6. Así que, por un hombre entró el pecado en el mundo

y, por el pecado, la muerte. Así que la muerte pasó a todos los

seres humanos13 que estaban contenidos en él, como padre y

representante de todos nosotros. Así que por la ofensa de una

persona todos están muertos, muertos para Dios, muertos en

pecado, viviendo en un cuerpo corruptible, mortal, que pronto

se disolverá, y bajo sentencia de muerte eterna. Por la

desobediencia de uno los muchos fueron constituidos

pecadores. Por la ofensa de uno, vino la culpa a todos los seres

humanos para condenación.

7. En esta condición se encontraba la raza humana

cuando de tal manera amó Dios al mundo, que ha dado a su

Hijo unigénito, para que todo aquel que en él cree, no se pierda,

mas tenga vida eterna.14 En la plenitud de los tiempos,15 fue

hecho Hombre, segunda cabeza de la humanidad, un segundo

padre y representante de toda la raza humana. Y de esta forma

fue que llevó él nuestras enfermedades y Jehová cargó en él el

pecado de todos nosotros. Entonces él herido fue por nuestras

rebeliones, molido por nuestros pecados. Él puso su vida en

expiación por el pecado.16 Él derramó su sangre por los

transgresores. Él llevó él mismo nuestros pecados en su cuerpo

sobre el madero,17 de modo que por sus llagas fuimos nosotros

12 Mc. 9.34.

13 Ro. 5.12.

14 Jn. 3.16.

15 Gá. 4.4.

16 Is. 53.4-10.

17 1 P. 2.24.

La justificación por la fe 103

curados. Y por esa oblación de si mismo ofrecida una vez, nos

redimió a mí y a toda la humanidad; habiendo hecho «un

completo, perfecto y suficiente sacrificio ... y satisfacción por

los pecados de todo el mundo.»18

8. Debido pues a que el Hijo de Dios gustó la muerte

por todos,19 Dios reconcilió consigo al mundo, no tomándoles

en cuenta sus pecados.20 Así que, como por la transgresión de

uno vino la condenación a todos los hombres, de la misma

manera por la justicia de uno vino a todos los hombres la

justificación de vida.21 De manera que, por amor de su amado

Hijo, por lo que ha hecho y sufrido por nosotros, Dios ahora

promete, bajo una sola condición (en el cumplimiento de la cual

él mismo nos ayuda) tanto perdonarnos el castigo que nuestros

pecados merecen, como volvernos su gracia, y dar a nuestras

almas muertas la vida espiritual perdida como arras de la vida

eterna.

9. Esta es pues la base general de la doctrina de la

justificación. Por el pecado del primer Adán, que era no sólo el

padre sino también el representante de la raza humana,

perdimos el favor de Dios; nos convertimos en hijos de la ira, o,

como dice el apóstol: por la transgresión de uno vino la

condenación a todos los hombres. De la misma manera, por

medio del sacrificio por el pecado que el segundo Adán ofreció

como representante de todos nosotros, Dios se reconcilió a todo

el mundo de tal modo que le dio un nuevo pacto. Una vez

cumplida la condición de éste, ya no hay condenación para los

18 Libro de Oración Común, Oración de consagración en el servicio de

comunión.

19 He. 2.9.

20 2 Co. 5.19.

21 Ro. 5.18.

1 04 Sermón 5

que están en Cristo Jesús, siendo justificados gratuitamente por

su gracia, mediante la redención que es en Cristo Jesús.22

II. 1. Pero, ¿qué significa ser justificado? ¿Qué cosa es

la justificación? Esta es la segunda proposición que prometí

desarrollar. De lo anteriormente observado se desprende que no

se trata de ser justo o recto en sentido literal. Eso es

santificación; lo cual es en cierto grado el fruto inmediato de la

justificación, pero es aun así un don de Dios distinto y de una

naturaleza diferente. La justificación implica lo que Dios hace

por nosotros por medio de su Hijo; la santificación es lo que

Dios obra en nosotros por medio de su Espíritu. Así que, aunque

en algunas raras ocasiones el término «justificado» o

«justificación» se usa en un sentido amplio que incluye la

santificación también, sin embargo en su uso general tanto san

Pablo como los otros escritores inspirados distinguen un

concepto del otro.

2. No se puede probar con ningún texto específico de

las Sagradas Escrituras la doctrina aventurada de que la

justificación nos libra de toda acusación, especialmente de la

que Satanás hace en nuestra contra. En toda la exposición

bíblica sobre este tema, no se toma en cuenta ni al acusador ni a

su acusación. No se puede negar que él es el acusador de los

seres humanos, llamado así en forma enfática. Pero no parece

que el gran Apóstol haya hecho referencias a ello en forma

mayor o menor, en todo lo que escribió a los romanos y a los

gálatas acerca de la justificación.

3. Es mucho más fácil, además, suponer que la

justificación significa quedar libre de la acusación que la ley

presenta en contra nuestra, que probarlo claramente con el

testimonio de la Escritura. Especialmente si esta manera de

expresarse, tan forzada y poco natural, quiere decir otra cosa

que lo siguiente: que si bien hemos quebrantado la ley de Dios

22 Ro. 3.24.

La justificación por la fe 105

y merecido por ello la condenación del infierno, Dios no aplica

el merecido castigo a las personas que han sido justificadas.

4. Menos aún que lo anterior, la justificación significa

que Dios se engañe con aquéllos a quienes justifica; que los crea

ser lo que en verdad no son; que los considere diferentes de lo

que son. No significa que Dios se forme de nosotros una idea

contraria a la verdadera naturaleza de las cosas; que nos crea

mejores de lo que realmente somos, o que nos crea justos

cuando en realidad somos injustos. Ciertamente que no. El

juicio de Dios, que es todo sabiduría, es siempre conforme a la

verdad. No puede tampoco ser consistente con su infalible

sabiduría pensar que soy inocente, juzgar que soy justo o santo,

porque otra persona lo sea. No puede de esta manera

confundirme más con Cristo que con David o con Abraham. A

quien Dios haya dado inteligencia, que sopese estas cosas sin

prejuicio y no dejará de comprobar que tal concepto de la

justificación es contrario a la razón y a la Escritura.23

5. La enseñanza simple y clara de la Escritura respecto

a la justificación es el perdón, el perdón de los pecados. Es ese

acto de Dios el Padre mediante el cual, por medio de la

propiciación hecha por la sangre de su Hijo, manifestó su

justicia (o misericordia) a causa de haber pasado por alto, en

su paciencia, los pecados pasados.24 Esta es la sencilla y

natural explicación que da san Pablo a través de toda su

epístola. De esta manera lo explica él mismo, particularmente

en éste y en el siguiente capítulo. Uno de los versículos que

siguen al texto dice: «Bienaventurados aquellos cuyas

iniquidades son perdonadas, Y cuyos pecados son cubiertos.

23 Aquí Wesley está rechazando la doctrina de algunos puritanos que decían que la

«justicia imputada» de Cristo consiste en que el pecador se reviste de Cristo, de modo

que al juzgarle, lo que Dios ve es a Cristo, y no al pecador.

24 Ro. 3.25.

1 06 Sermón 5

Bienaventurado el varón a quien el Señor no inculpa de

pecado.»25

A quien está justificado o perdonado, Dios no le

imputará pecado para condenación. Por esta causa no lo

condenará ni en este mundo ni en el otro. Todos sus pecados

pasados, de pensamiento, palabra y obra, son cubiertos, son

borrados; no serán recordados ni mencionados en su contra; son

como si nunca hubieran sido. Dios no aplicará a este pecador lo

que merece, porque el Hijo de su amor sufrió por él. Desde el

momento en que somos aceptos en el Amado»,26 justificados en

su sangre,27 Dios nos ama, nos bendice, y vela por nosotros para

bien, como si nunca hubiéramos pecado.

De hecho el Apóstol en un lugar parece extender el

sentido de la palabra mucho más, cuando dice: «porque no son

los oidores de la ley los justos... sino los hacedores de la ley

serán justificados».28 Aquí parece referir nuestra justificación a

la sentencia del gran día del juicio. Lo mismo dice nuestro Señor

Jesucristo: «Porque por tus palabras serás justificado»;

probando así que «de toda palabra ociosa que hablen los

hombres, de ella darán fruto en el día del juicio».29 Difícilmente

encontraremos otro pasaje en que san Pablo use la palabra en

este sentido. En sus escritos en general es evidente que no lo

hace; al menos en todo el texto ante nosotros, el cual habla sin

duda, no de aquéllos que han acabado la carrera,30 sino de

quienes la están comenzando, apenas empezando la carrera que

les ha sido propuesta.31

25 Ro. 4.7-8.

26 Ef. 1.6.

27 Ro. 5.9.

28 Ro. 2.13.

29 Mt. 12.36-37.

30 2 Ti.4.7.

31 He. 12.1.

La justificación por la fe 107

III. 1. Mas éste es el tercer asunto que hemos de

considerar, a saber: ¿Quiénes son los justificados? Y el Apóstol

nos contesta claramente: «los injustos.» Dios «justifica al

impío», a las personas impías de toda clase y grado, y a nadie

más que a los impíos. Los justos no tienen necesidad de

arrepentimiento,32 por lo cual no necesitan perdón. Son los

pecadores los que necesitan del perdón: sólo el pecado puede

ser perdonado. El perdón, por consiguiente, tiene una relación

directa y única con el pecado. Nuestra iniquidad es el objeto del

perdón misericordioso de Dios; es nuestra iniquidad la que Dios

no vuelve a recordar.33

2. Los que arguyen con vehemencia que el ser humano

tiene que estar santificado antes de ser justificado parecen

olvidar por completo todo lo anterior; especialmente los que

dicen que debe haber primero una santidad universal u

obediencia que debe preceder a la justificación (a menos que

estén refiriéndose a la justificación en el día final, lo cual está

fuera de toda consideración). Tan lejos de la verdad está

semejante proposición, que no sólo es imposible, (porque donde

no hay amor de Dios no puede haber santidad, y no hay amor

de Dios fuera del que resulta de la conciencia de su amor para

con nosotros), sino que es un absurdo, una contradicción. No es

el santo sino el pecador quien es perdonado, y bajo el título de

pecador. Dios justifica a los impíos, no a los justos; no a los que

ya son santos, sino a los que necesitan santificación. Vamos

muy pronto a considerar bajo qué condiciones lleva a cabo esta

justificación; pero es evidente que la base de dicha justificación

no es la santidad. El hacer esta declaración sería como decir que

el Cordero de Dios quita sólo aquellos pecados que ya habían

sido borrados.

32 Lc. 5.32.

33 He. 8.12.

1 08 Sermón 5

3. ¿Busca el buen Pastor sólo a los que ya se encuentran

en el redil? No. Busca y salva a las ovejas perdidas.34 Perdona a

quienes necesitan de su perdón misericordioso. Salva del

sentido de culpa a causa del pecado (y de su poder al mismo

tiempo) a pecadores de todo tipo, de todo grado: seres humanos

que hasta ese momento eran impíos por completo; en los cuales

no existía el amor del Padre; y en quienes, por tanto, nada bueno

existía, ninguna disposición buena o verdaderamente cristiana,

sino por el contrario, sólo la que era mala y abominable: orgullo,

ira, amor al mundo, los frutos naturales de una mente carnal que

es enemiga de Dios.35

4. Los «enfermos», a quienes el peso de sus pecados

abruma y resulta intolerable, son quienes tienen necesidad de

médico;36 quienes se sienten culpables, y gimen bajo el peso de

la ira de Dios, son quienes necesitan perdón. Quienes que se

sienten ya condenados, no sólo por Dios sino también por su

propia conciencia, como por mil testigos, de su iniquidad y

transgresiones de pensamiento, palabra y obra, son los que

claman por «aquel que justifica al impío» mediante la redención

que es en Cristo Jesús;37 los impíos, quienes no hacen el bien,

no hacen nada bueno, verdadero o santo antes de ser

justificados, sino que constantemente hacen iniquidad. Sus

corazones son por necesidad perversos, hasta que el amor de

Dios se derrama sobre ellos.38 Mientras el árbol esté

corrompido, el fruto también lo estará; el árbol malo no puede

dar frutos buenos.39

34 Lc. 19.10.

35 Ro. 8.7.

36 Mt. 9.12.

37 Ro. 3.24.

38 Ro. 5.5.

39 Mt. 7.18.

La justificación por la fe 109

5. Mas si alguien levanta la objeción: «Una persona

antes de ser justificada, puede dar de beber a las personas

sedientas, vestir a las desnudas, y éstas son buenas obras.» La

respuesta es sencilla. Esa persona puede hacer estas cosas, aun

antes de ser justificada. Y en cierto sentido son buenas obras;

son buenas y provechosas para los seres humanos. Esto no

quiere decir que sean buenas intrínsecamente, o que sean buenas

a los ojos de Dios. Todas las obras verdaderamente buenas (para

usar el lenguaje de nuestra iglesia) siguen a la justificación, y

son, por lo tanto, buenas y aceptables a Dios en Cristo, porque

nacen de una fe viva y verdadera. Usando las mismas razones

podemos decir que todas las obras hechas antes de la

justificación no son buenas en el sentido cristiano, pues no son

el resultado de la fe en Jesucristo (aunque pueden surgir de

cierto grado de fe en Dios), puesto que no son hechas de acuerdo

a la voluntad de Dios ni a sus mandamientos (aunque esto nos

parezca extraño) sino que tienen la naturaleza del pecado.

6. Tal vez los que dudan de esto no hayan considerado

en todo su peso la razón que aquí se aduce por la cual no deben

considerarse como buenas las obras hechas antes de la

justificación. El argumento es el siguiente:

Ninguna obra es buena a menos que se haya hecho

según Dios lo desea y manda.

Ninguna obra hecha antes de la justificación es hecha

según Dios lo desea y manda.

Luego: Ninguna obra hecha antes de la justificación es

buena.

La primera proposición es evidente por sí misma. Y la

segunda, que ninguna obra hecha antes de la justificación es

hecha en conformidad con la voluntad y el mandato de Dios,

aparecerá clara y evidente si consideramos el mandato de Dios

1 10 Sermón 5

de hacer todas las cosas en amor (en agápee);40 en ese amor a

Dios que produce amor hacia todos los seres humanos. Pero

ninguna de estas obras puede ser hecha en amor mientras el

amor del Padre (de Dios como nuestro Padre) no está en

nosotros. Y este amor no puede estar en nosotros hasta que no

recibamos el espíritu de adopción, por el cual clamamos:

¡Abba, Padre!41 Por lo tanto, si Dios no justifica a los impíos y

a los que en este sentido no hacen obras buenas, entonces Cristo

ha muerto en vano; entonces, a pesar de su muerte, ninguna

carne será justificada.

IV. 1. Entonces, ¿bajo qué condiciones son justificados

los injustos y aquellas personas que hasta ese momento no

hacen buenas obras? Bajo una sola condición: la fe. Dicha

persona cree en aquél que justifica al impío, y el que en él cree,

no es condenado;42 mas ha pasado de muerte a vida.43 La

justicia de Dios es por medio de la fe en Jesucristo, para todos

los que creen en él ... a quien Dios puso como propiciación por

medio de la fe en su sangre, de manera que él sea el justo, y

(consecuente con su justicia) el que justifica al que es de la

fe de Jesús... Concluimos, pues, que el hombre es

justificado por fe sin las obras de la ley.44 (es decir, sin previa

obediencia a la ley moral, que ciertamente no podía obedecer

hasta ahora). Es evidente que se refiere a la ley moral

solamente, a juzgar por las palabras que siguen: «¿Luego por

la fe invalidamos la ley? En ninguna manera, sino que

confirmamos la ley.»45 ¿Qué ley establecemos por la fe? ¿La

ley del ritual? No. ¿La ley ceremonial de Moisés? No. En

40 1 Co. 16.14.

41 Ro. 8.15.

42 Jn. 3.18.

43 Jn. 5.24.

44 Ro. 3.22,25-26,28.

45 Ro. 3.31.

La justificación por la fe 111

manera alguna; sino más bien la gran ley del amor, que nunca

cambia, del amor santo a Dios y a nuestro prójimo.

2. La fe en general es una prueba o persuasión divina y

sobrenatural, una convicción de lo que no se ve,46 que los

sentidos de nuestro cuerpo no pueden descubrir porque

pertenece a lo pasado, a lo futuro o a lo espiritual. La fe

justificadora significa no sólo la evidencia o convicción divina

de que Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo,47

sino una confianza y seguridad de que Cristo murió por mis

pecados, de que me amó, y se dio a sí mismo por mí. Cualquiera

que sea la edad de la persona pecadora que así cree, sea en la

infancia, en la plena madurez, o cuando ha llegado a la

ancianidad, Dios justifica a esa persona; Dios por amor de su

Hijo perdona y absuelve a quien hasta entonces no tenía en sí

nada bueno. Dios le había dado antes el arrepentimiento. Pero

dicho arrepentimiento no era nada más que una convicción

íntima de la falta de todo bien, y la presencia de todo mal.

Cualquier cosa buena que se encuentre en esta persona desde

ese momento en que cree en Dios por medio de Cristo, no es

algo que la fe encuentre en la persona, sino más bien algo que

la fe produce en ella. Es fruto de la fe. Primeramente el árbol es

bueno, y entonces el fruto también es bueno.

3. No puedo describir esta fe mejor que en el lenguaje

de nuestra iglesia:48

«El único medio de salvación (de la cual la justificación

es una parte) es la fe; es decir: la seguridad y certeza de que Dios

nos ha perdonado y perdonará nuestros pecados, que nos ha a-

ceptado de nuevo en su favor, por los méritos de la pasión y mu-

erte de Cristo. En este punto debemos estar seguros de no vacilar

en nuestra fe en Dios. Al acercarse Pedro al Señor sobre el agua,

46 He. 11.1.

47 2 Co. 5.19.

48 Lo que sigue son dos citas de las Homilías oficiales de la Iglesia de Inglaterra.

1 12 Sermón 5

vaciló y estuvo en peligro de ahogarse. De la misma manera, si

vacilamos o empezamos a dudar, debemos con razón temer

hundirnos como Pedro, mas no en el agua, sino en las

profundidades del infierno».

«Ten, por consiguiente, una fe segura y constante no

sólo en la muerte de Cristo que es aplicable a todo el mundo,

sino en el hecho de que ofreció un sacrificio completo y

suficiente por ti, un perfecto lavamiento de tus pecados de

manera que puedes decir con el Apóstol, que te amó y se dio a

sí mismo por ti. Esto es hacer tuyo al Cristo, apropiarte sus

méritos».

4. Al afirmar que esta fe es la condición para la

justificación, quiero decir ante todo que sin ella no existe la

justificación. El que no cree, ya ha sido condenado,49 y en tanto

no puede creer, su condenación permanece, y la ira de Dios está

sobre él.50 No hay otro nombre debajo el cielo51 sino el del

Señor Jesús de Nazaret, ni otros méritos aparte de los suyos, por

medio de los cuales el pecador pueda salvarse del sentido de

culpa por el pecado; de modo que, el único medio de tener parte

en estos méritos es por la fe en su nombre.52 Así que mientras

estemos sin esa fe somos ajenos a los pactos de la promesa,

alejados de la ciudadanía de Israel y sin Dios en el mundo.53

Cualquier virtud que el ser humano pueda tener (hablo de

aquéllos a quienes el evangelio se les ha predicado, porque ¿qué

razón tendría yo para juzgar a los que están fuera?54) de nada

le vale: sigue siendo hijo de ira,55 todavía está bajo la maldición,

hasta que crea en Jesús.

49 Jn. 3.18.

50 Jn. 3.36.

51 Hch. 4.10.

52 Hch. 3.16.

53 Ef. 2.12.

54 1 Co. 5.12.

55 Ef. 2.3.

La justificación por la fe 113

5. La fe es, por lo tanto, la condición necesaria para la

justificación. La única condición necesaria. Este es el segundo

punto que debemos examinar con cuidado. Desde el mismo

momento en que Dios da esta fe (porque es un don de Dios), al

injusto que no hace buenas obras, «su fe le es contada por

justicia». Antes de este momento no tenía ninguna justicia, ni

siquiera la justicia pasiva de la inocencia. Empero «su fe le es

imputada por justicia» desde el mismo momento que creyó. No

es que Dios crea que el creyente sea de naturaleza diferente a la

que en realidad es. Es que Dios hizo a Cristo pecado por

nosotros56 (esto es, lo trató como a pecador, lo castigó por

nuestros pecados), así que Dios nos cuenta como justos desde el

momento en que creemos en él (esto es, no nos castiga por

nuestros pecados, sino que nos trata como si fuésemos inocentes

y justos).

6. Sin duda alguna la dificultad de aceptar esta

proposición de que la fe es la única condición de la justificación

se debe a que no se entiende bien. Esto es lo queremos decir: es

la única condición sin la cual nadie es justificado, la única cosa

que es requisito inmediatamente, absolutamente indispensable

para obtener el perdón. Así como por una parte, aunque el ser

humano tenga todos los demás requisitos, si no tiene fe no

puede ser justificado; de la misma manera, y por otra parte,

aunque le falten las demás condiciones, si tiene fe, está

justificado. Supongamos que un pecador de cualquier clase o

condición, consciente de su completa iniquidad, de su falta de

habilidad para pensar, hablar o hacer el bien, y de su total

aptitud para el infierno de fuego--supongamos, como digo,

que este pecador sin ayuda y sin esperanza se rinde por

completo a la misericordia de Dios en Cristo (lo cual no sería

posible sino por la gracia de Dios)--¿quién puede dudar de que

56 2 Co. 5.21.

1 14 Sermón 5

será perdonado en este momento? ¿Quién podría afirmar que es

indispensable cumplir con alguna otra cosa antes de que el

pecador pueda ser justificado?

Si desde el principio del mundo se ha dado semejante

caso (y deben haberse dado millares de millares) claramente se

desprende que la fe, en el sentido antes mencionado, es la única

condición de la justificación.

7. No corresponde a las pobres criaturas pecaminosas

que diariamente recibimos tantas bendiciones (desde la más

pequeña gota de agua que refresca nuestra lengua hasta las

inmensas riquezas en gloria en la eternidad) de gracia, por puro

favor, y no en pago de alguna deuda, pedir a Dios las razones de

su conducta. No nos corresponde preguntar a quien no da cuenta

de ninguna de sus razones;57 reclamar: «¿Por qué hiciste que la

fe fuese la única condición de la justificación? ¿Por qué

decretaste: el que cree, y solamente el que cree, será salvo?»

Este es el punto en que san Pablo insiste firmemente en el

capítulo nueve de esta epístola; que los términos del perdón y la

aceptación no dependen de nosotros sino de aquél que nos

llama. Dios no es injusto cuando establece sus propias

condiciones, no según nuestra voluntad, sino conforme a la

suya. Dios es quien puede decir: «Tendré misericordia del que

tendré misericordia», a saber: de aquel que creyere en Jesús. Así

que no es del que quiere ni del que corre el escoger la condición

con la cual será aceptado, sino de Dios que tiene misericordia,

que no acepta a nadie sino por su amor infinito y su bondad sin

límites. Por lo tanto, tiene misericordia de quien tiene

misericordia; esto es, de aquéllos que creen en el Hijo de su

amor; y al que quiere, esto es, al que no cree, endurece, lo

abandona a la dureza de su corazón.58

57 Job 33.13.

58 Ro. 9.11-18.

La justificación por la fe 115

8. Podemos, sin embargo, pensar humildemente en una

razón por la cual Dios ha fijado esta condición para la

justificación: «Cree en el Señor Jesucristo, y serás salvo».59 Lo

ha hecho con la intención de apartar al ser humano de la

soberbia. La soberbia había destruido a los mismos ángeles de

Dios; había hecho caer a una tercera parte de las estrellas del

cielo.60 Fue en gran medida debido a esta soberbia que cuando

el tentador dijo: «Seréis como Dios»,61 Adán violó su fidelidad

y trajo el pecado y la muerte al mundo. Fue, por lo tanto, un

ejemplo de sabiduría por parte de Dios el imponer tal condición

de reconciliación para él y su posteridad, para que quedásemos

humillados y abatidos hasta el polvo. Tal es la fe. Está

especialmente adaptada para este propósito. Quien se acerca a

Dios por la fe debe fijarse en su propia iniquidad, su culpa y

miseria, sin tomar en cuenta que haya algo bueno en sí mismo,

ninguna virtud o justicia. Debe acercarse como pecador que es,

interior y exteriormente, que ha consumado su propia

destrucción y condenación, que no tiene nada que presentar ante

Dios sino iniquidad, ni otra cosa que reclamar fuera de su

pecado y miseria. Solamente así, cuando enmudece y se

reconoce culpable ante la presencia de Dios, es cuando puede

mirar a Jesús como la única y perfecta propiciación por sus

pecados. Sólo de esta manera puede ser hallado en él, y recibir

la justicia de Dios por medio de la fe.62

9. Tú, inicuo que oyes o lees estas palabras; tú, vil,

desgraciado, miserable pecador, te amonesto ante Dios, el juez

de todos, a que te acojas a él con todas tus iniquidades.

Cuidado con destruir para siempre tu alma al querer alegar tu

justicia poco más o menos. Preséntate como pecador perdido,

59 Hch. 16.31.

60 Ap. 8.12.

61 Gn. 3.5.

62 Ro. 3.22.

1 16 Sermón 5

culpable y merecedor que eres del infierno, y hallarás favor ante

su presencia, y reconoce que justifica al impío. Tal como ahora

eres, serás llevado a la sangre rociada,63 como un desgraciado,

miserable y pecador condenado. Así que mira a Jesús. He allí el

Cordero de Dios que quita tu pecado. No alegues obras ni

bondad propias; humildad, arrepentimiento, ni sinceridad. De

ninguna manera. El hacer tal cosa sería negar al Señor que te ha

comprado con su sangre. Sencillamente no. Alega solamente la

sangre del pacto, el precio que ha sido pagado por tu alma

orgullosa, soberbia y llena de pecado. ¿Quién eres tú que ahora

mismo ves tu injusticia interior y exteriormente? Eres tú mismo

de quien se trata. Yo te reclamo para mi Señor. Te amonesto a

que, por medio de la fe, te conviertas en hijo de Dios. El Señor

te necesita.64 Tú que sientes en tu corazón que no mereces otra

cosa sino ir al infierno, eres digno de proclamar sus glorias; la

gloria de su gracia que libremente justifica al impío y a quien

«no obra» el bien. ¡Oh ven pronto! Cree en el Señor Jesús y tú,

tú mismo, te reconcilias con Dios.

63 He. 12.24.

64 Mt. 21.3.